lunes, 17 de septiembre de 2018

El SILENCIO DE LAS MUJERES EN LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA


Bajo el título, El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, traemos un nuevo post del profesor Tomás Moreno, para la sección Microensayos.



El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno



 El SILENCIO DE LAS MUJERES 

EN LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA




El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno



Ésta obsesión patriarcal y androcéntrica por hacer callar a las mujeres no fue exclusiva de los griegos ni de otras áreas culturales más alejadas de nuestra traducción occidental (Islam, y Próximo y Extremo Oriente), también en el ámbito cultural semítico emerge con el nacimiento del judaísmo a la par que la ley judía de Moisés, la misma admonición contra las mujeres: Las mujeres deben permanecer calladas. “Miel destilan los labios de la mujer extraña y es su boca más suave que el aceite. Pero su fin es más amargo que el ajenjo, punzante como espada de dos filos”, leemos en Proverbios (5: 3-4); y en el Eclesiástico, refiriéndose también a la voz femenina, se dice: “La conversación con la mujer quema como el fuego” (9, 11, Vulgata).
El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno            Sin sufrir modificación alguna, volvió a resurgir como mandamiento cristiano, en el que San Pablo impone para la mujer el silencio en la asamblea, al exigir que todas las mujeres permanecieran en ella “calladas y sometidas”. En la Primera Epístola a 1os Corintios, San Pablo escribe: “Las mujeres en las iglesias callen, pues no les está permitido hablar; antes muestren sumisión, como también la ley lo dice” (1 Cor. XIV, 34-36). En la Primera Carta a Timoteo, el apóstol de los gentiles prohíbe a las mujeres tomar la palabra en las asambleas litúrgicas y enseñar en ellas y señala que deben permanecer “en silencio, con toda sumisión”: “No le consiento a la mujer que enseñe ni domine al hombre, sino que esté callada, porque primero crearon a Adán y después a Eva, y a Adán no le engañaron sino que la mujer se dejó engañar y cayó en pecado” (1 Timoteo 2, 11-15). Uno de los más influyentes Padres de la Iglesia del siglo II-III, Tertuliano, proscribe en De virginibus velandis (9), que la mujer hable en la Iglesia, y ordena que debe permanecer en silencio.
            El miedo a la voz femenina, a los peligros que podría comportar su escucha, era, para la mayoría de los eclesiásticos, predicadores y teólogos morales, algo habitualmente referido en los tratados morales del Medievo, y también en los del Renacimiento y del Barroco. Para el imaginario patriarcal medieval, la voz femenina constituía, en efecto, una de las características más nocivas de la mujer, que más atraía la atención de los hombres para hacerles caer en las redes del diablo y, en fin, uno de los lugares privilegiados en los que la lascivia femenina actuaba con segura eficacia seductora: su tono suave y tierno, su timbre sugestivo e insinuante eran una de las indiscutibles armas de su sexo, de la que los varones deberían cuidarse para no caer en sus redes. En consecuencia a las mujeres se les impuso también en toda esta época, como en el pasado, la “ley del silencio”.
            Eduardo Galeano en su inapreciable Espejos. Una historia casi universal[1], y bajo el epígrafe “Los santos retratan a las hijas de Eva” nos recuerda algunas admoniciones y sentencias absolutamente misóginas de los Padres de la Iglesia y de preclaros predicadores medievales relacionadas con el peligro que anidaba en la voz y en las palabras femeninas. San Juan Crisóstomo (“Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original”); San Ambrosio (“Si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre”); San Bernardo (“Las mujeres silban como serpientes”). Y en el epígrafe denominado “Prohibido cantar” recuerda que “desde el año 1234, la religión católica prohibió que las mujeres cantaran en las iglesias” porque “ensuciaban la música sagrada”.
El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno            La pena del silencio femenino rigió inmutable, durante siete siglos, hasta principios del XX en los lugares de culto. San Jerónimo por ello proponía que las mujeres cantasen los salmos en su casa, pues no era propio ni conveniente que lo hiciesen en la asamblea de los fieles. Una de las razones que da el Aquinate para que la mujer no hablase en público es que su mera presencia en la asamblea es ya una indecencia, pues despierta las pasiones de los presentes en ella[2]. De ahí la prohibición eclesiástica de 1234, a la que antes hemos aludido, que impedía a las mujeres cantar en las iglesias. No es de extrañar por tanto cómo en el Malleus Maleficarum (1486), sus autores Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger[3], nos advirtiesen  del peligro de la voz femenina: desgraciadamente para los hombres que no están en guardia –venían a decir los inquisidores dominicos-, la perversa criatura tiene dulce voz de sirena para atraerlos con su melodía y conducirlos a su propia ruina:

Abordemos otra de sus propiedades, la voz. Como es mentirosa por naturaleza, así también con su habla hiere a la vez que deleita. Por lo tanto su voz es como un canto de sirenas, que con sus dulces melodías atraen a los viajeros y los matan. Y los matan vaciándoles la bolsa, consumiéndoles las fuerzas y haciéndolos abandonar a Dios […] Véase Proverbios, 5:3-4: “Sus palabras son más suaves que el aceite, pero su fin es amargo como el ajenjo” (Malleus Maleficarum, I, q. 6)[4].

            Pero la enemiga de los hombres ante las cualidades persuasivas, hipnotizadoras y peligrosas de la voz femenina traspasaron los ámbitos y espacios clericales. También el jurista y teórico político francés, Jean Bodin, ilustre autor del tratado sobre Los Seis libros de la República, de 1576, incluirá en su famosísimo De la Demonomanía de las brujas (1580)  la charlatanería como uno de los siete defectos esenciales que impulsan a la mujer al mal y a la brujería, junto con su credulidad, curiosidad, impresionabilidad, maldad, espíritu vengativo y facilidad para la desesperación.

TOMÁS MORENO





[1] Eduardo Galeano, Espejos. Una historia casi universal siglo xxi, Siglo XXI, Madrid, 2008.
[2] Humberto de Romans (1194-1277) y Enrique de Gante (1217-1293), fundamentarán como Tomás de Aquino la prohibición de predicar en el templo en que su voz induce al placer en lugar de reprimirlo y contribuye a la inmoralidad en vez de combatirla, en un caso; y en el otro, por carecer de autoridad para flagelar con energía los vicios y mover a la práctica de la virtud. Al contrario, la mujer con su voz más que nada lo que hace es incitar a los hombres e incitarse a sí misma a la lujuria.
[3] Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, Malleus Maleficarum,  op. cit.
[4] Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, Malleus Maleficarum. El martillo de los brujos, op. cit p. 122.




El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno

viernes, 14 de septiembre de 2018

RETÓRICA DE LOS LÍMITES EXPRESIVOS Y CONCEPTUALES EN LA CIENCIA (¿Y LA FILOSOFÍA?)

Con el título, Retórica de los límites expresivos y conceptuales en la ciencia (¿y la filosofía?), para la sección, Ciencia, del blog Ancile.



Retórica de los límites expresivos y conceptuales en la ciencia (¿y la filosofía? Francisco Acuyo




RETÓRICA DE LOS LÍMITES EXPRESIVOS 

Y CONCEPTUALES EN LA CIENCIA

 (¿Y LA FILOSOFÍA?)




Cuando pretendemos explicar objetos, fenómenos, estructuras a la luz de la física (por ejemplo relativista, cuántica, del caos…) mediante un lenguaje (ordinario, filosófico e incluso lógico y matemático) los límites para una explanación comprensible se hacen cada vez más evidentes. El recurso a la metáfora, la sinécdoque, la metonimia, las analogías,… son extraordinariamente recurrentes. Esta observación es muy pertinente, no solo para poner de manifiesto la interrogante: ¿hasta qué punto los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo?[1] También para conjeturar: ¿hasta dónde los límites del conocimiento no son también los límites del lenguaje? Vemos, por ejemplo, que la física recurre a  denominaciones curiosas (¿plenamente metafóricas?) como la de  agujeros negros[2]. Volviendo a la analogía expuesta al principio con la muerte[3] (como extinción total de la conciencia –entendida en este caso como la capacidad de gestionar información- en los seres y entidades que la tienen, extendiéndose a todas aquellas entidades físicas que la transmiten –la información, decimos) expone una problemática que es de interés observar a luz de la potencia expresiva como a los mismos límites del lenguaje. Pero antes debo exponer una nueva
Retórica de los límites expresivos y conceptuales en la ciencia (¿y la filosofía? Francisco Acuyo

cuestión que, con toda modestia y siendo consciente de mis muchas limitaciones en el ámbito de la ciencia y de la filosofía, se me hace inevitable exponer y debatir: ¿existe lo que no soy capaz de expresar con el lenguaje (ordinario, matemático, lógico, literario, metaliterario…)?

Pero, a modo de inciso (que relacionaremos más tarde), diremos, volviendo al asunto de la explicación y derivaciones conceptuales sobre la estructura y comportamiento de los agujeros negros (y su termodinámica), que cabe colegirse de su deducción físico-matemática[4], primero, y su constatación experimental, después[5], su gran influencia en las deducciones sobre la naturaleza del espacio-tiempo-, entidad fundamental en los propósitos expositivos de estas reflexiones, si luego queremos emparentarlas con el concepto de vacío, nada y muerte y sus representaciones conceptuales y lingüístico expresivas.

Será muy conveniente añadir que de las diversas teorías sobre la naturaleza del espacio-tiempo- (las basadas en el principio holográfico,[6] la teorías de cuerdas, …), comparten un principio común relacionista. Para explicar  la constitución del cosmos y del espacio que ocupa la física emparenta, de manera inevitable, con el ámbito de conceptualización, expresión y sistemática filosófica,  concretamente con el discurso filosófico de Leibniz y su visión relacionista, mediante la cual se infiere que el espacio no es sino el resultado de las interacciones que componen los objetos que están en él situados, y que hoy parece tener una especial preponderancia teórica en las nuevas cosmologías, así como en las interacciones entre los objetos (subatómicos) que pueblan el espacio, entrelazamiento cuántico[7]. Serán pues, los patrones de conectividad los que determinarán las relaciones de los objetos y la estructura íntima del espacio. Todo parece indicar que en el mismo vacío, en ausencia de partículas, el fenómeno del entrelazamiento, en los campos electromagnéticos o de otro tipo, se mantendrán entrelazados[8]. Esto hace pensar que la continuidad del espacio(-tiempo) es un hecho y que incluso en los agujeros negros este fenómeno de entrelazamiento se mantiene entre las partículas que están en el agujero negro y las entrelazadas fuera de él. Como curiosidad, hay físicos que teorizan que, el agujero negro y la emisión de radiación (de Hawking) generaría un agujero de gusano[9] [10](una puerta trasera del agujero negro)[11] mediante el que podría conservarse la información y por tanto se garantizaría la reversibilidad de las leyes físicas anteriormente cuestionadas[12].

Retórica de los límites expresivos y conceptuales en la ciencia (¿y la filosofía? Francisco Acuyo
Abundando sobre lo anteriormente expuesto creo que merece la pena detenerse en las expresiones, descripciones  y definiciones  traídas al caso por la física (y otras disciplinas científicas), para nominar determinados fenómenos estudiados por aquella y que en su esfuerzo de denominación recurren a palabras, acepciones y sintagmas que pueden calificarse como propios del discurso retórico o de figuras figuras literarias que en no pocos casos entran ya en los dominios de lo que se denomina función poética.. Vimos hace apenas unas líneas atrás la expresión –el sintagma- agujero de gusano. Al margen de las analogías y ambigüedades que puedan resultar del uso (y del abuso) de estas expresiones, parece innegable que el lenguaje parece retorcerse semánticamente para salvar aquellos límites de significado que puedan acercarse a la realidad física que pretenden describir. Esto plantea una nueva duda, a saber: ¿puede definirse o al menos referirse al espacio-tiempo- de manera directa, constatando su realidad y transcribiéndola lingüísticamente? ¿O, solo podremos referirnos a ella en virtud de nuestras experiencias –subjetivas- sensoriales y cotidianas? La cuestión se agudiza cuando los mismos científicos apuntan a que no todos los fenómenos encajan en el continuo espacio temporal[13] (véase la gravedad cuántica)[14]. ¿Son estos límites expresivos y de comunicación los de la misma ciencia? ¿O acaso son los de nuestro lenguaje incapaz de explicar con lógica gramatical a fenómenos que son estrictamente materiales? ¿Cómo afrontaríamos la explicación y expresión a referencias ineludibles que tienen, digamos un carácter abstracto (digamos, el vacío, la nada, la muerte, la extinción supuesta de la información? Desde luego no es nada fácil dar una contundente respuesta a estas interrogantes, no obstante, en próxima entrada de este blog, seguiremos conjeturando al respecto, en donde los límites del lenguaje (común e incluso matemático), de la ciencia, de la filosofía parecen hablarnos de los mismos límites del conocimiento.



Francisco Acuyo







[1] Wittgenstein, L.: Tractatus lógico-philosophicus, Alianza Universidad, Madrid, 1984.
[2] [2], para describir el fenómeno que acaece en aquella región del continuo espacio tiempo, cuya concentración masiva de gravedad no deja escapar ninguna partícula (ni siquiera la luz), y que en su evaporación o disolución o muerte no deja rastros (al menos en principio) de información sobre sí mismo.
[3] De la muerte y la paradoja de la información.
[5] En junio de 2004 se descubre el primer agujero negro supermasivo Q0906+6930. En 2016 (LIGO) se detectaron ondas gravitatorias, producto de la fusión de dos agujeros negros, y que a la sazón, vendría a suponer la primera observación de dos agujeros negros fusionándose.
[6] Este principio establece que una imagen tridimensional está producida por una superficie de dos dimensiones. La teoría de cuerdas establece que las partículas son en realidad vibraciones producidas por objetos aún más básico que denominan cuerdas o filamentos.
[7] Es una correlación extremadamente fuerte que sucede sólo en mecánica cuántica y que implica que, en el caso de que dos partículas se distanciaran en direcciones opuestas, da igual la distancia, mantendrían su relación de coordinación.
[8] Resulta curioso, a pesar de las evidencias,  que estas partículas entrelazadas, si caen en un agujero negro, no quedarían en modo alguno entrelazadas con sus compañeras en el exterior de esta singularidad.
[9] Así lo creen Leonard Susskind, de la Universidad de Stanford, y Juan Maldacena de la Universidad de Princeton.
[10] O puente de Einstein Rosen. Es una topología hipotética del continuo espacio temporal que ofrece una atajo conectado por dos extremos (a guisa de una manzana que un gusano atraviesa) por cuyo conducto puede atravesar la materia.
[11] Musser, G.: ¿Qué es el espacio tiempo?, Investigación y ciencia, agosto 2018, p. 52.
[12] Véase post: De la muerte y la paradoja de la información.
[13] Ibidem
[14] La gravedad cuántica es la teoría que pretende unificar la teoría de campos vinculando todas las fuerzas de la naturaleza (teoría de campo unificado).



Retórica de los límites expresivos y conceptuales en la ciencia (¿y la filosofía? Francisco Acuyo


martes, 11 de septiembre de 2018

LAS MUJERES EXCLUIDAS DE LA PALABRA


Para la sección, Microensayos del blog Ancile, traemos una nueva entrada del profesor Tomás Moreno, esta vez con la denuncia de la exclusión histórica de la mujer en el ámbito de la palabra. Lleva por título esta nueva entrada: Las mujeres excluidas de la palabra.


 Las mujeres excluidas de la palabra. Tomás Moreno




LAS MUJERES EXCLUIDAS DE LA PALABRA




 Las mujeres excluidas de la palabra. Tomás Moreno




Su exclusión de la educación, del saber y del conocimiento comportó para las mujeres, lógicamente, la pérdida de la palabra, su condena al silencio y a la preterición social, así como la ignorancia y  la infantilización de por vida, llegando incluso a ser ridiculizadas, con el apelativo de preciosas ridículas, o de mujeres sabias, cuando reivindicaban su derecho a utilizarla como los hombres varones. En efecto, durante milenios la mujer se ha visto privada de la palabra, lo más propio del ser humano, si atendemos a la clásica definición del hombre de Aristóteles “animal que tiene logos” (zoon logon ejon), porque, en efecto, la palabra (logos) es exclusivamente humana, es lo que nos diferencia de los restantes animales. En este sentido, nos recuerda María Ángeles Durán, cómo en la Política, Aristóteles ponía la palabra en los fundamentos mismos de la ciudad (polis), porque como nos enseñaba el filósofo “la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, el sentido del bien y del mal” [1].
            La palabra –añadía la socióloga española, en su comentario al texto del Estagirita-, permite la ciudad, porque sin ella no podría expresarse la Justicia, que es el orden de la comunidad civil. Por
 Las mujeres excluidas de la palabra. Tomás Moreno
eso, cuando Aristóteles dice que el esclavo carece en absoluto de facultad deliberativa y que la hembra la tiene, pero desprovista de autoridad, “está privando a ambos del acceso a la palabra; a los esclavos, plenamente; a las mujeres, de modo parcial, porque ¿de qué sirve deliberar sobre lo justo e injusto, lo conveniente y dañosos, si luego ha de guardarse silencio sobre las conclusiones?”. Y continúa nuestra ilustre profesora: “Desafortunadamente, el robo de la palabra ha caracterizado la vida de las mujeres durante siglos, tal vez milenios. Ante la ausencia de la palabra pública, la voz se aniña y enreda en expresiones inmediatas. Reclama Aristóteles para las mujeres ‘el ornato del silencio’. El silencio del discernimiento sobre el bien y el mal, sobre la organización de la justicia, sobre los asuntos de Dios y de los hombres”[2].
            En efecto, la prescripción del silencio femenino en las diferentes culturas es algo conocido por todos: la Antropología cultural nos ha informado suficientemente del interdicto contra el uso público de la palabra por parte de las mujeres en la mayoría de las culturas conocidas. En el propio rostro, la mujer escondía una de sus armas más potentes y traicioneras: la lengua. Un proverbio que se encuentra en muchas lenguas sugiere tímidamente que “la única esposa buena es la que calla”, y entre los griegos de Asia Menor, por ejemplo, durante muchos siglos se creyó que si una mujer “tenía lengua” frustraba sus posibilidades de encontrar marido. Entre las tribus de Mongolia, estuvo prohibido durante más de mil años que las mujeres pronunciaran una extensa gama de palabras que sólo los hombres estaban autorizados a utilizar. Un poco más hacia el oeste, bajo el dominio del Islam, el peor vicio que una esposa podía tener era el de “shaddaka”, “hablar mucho”. Pero el silencio de la mujer como condición previa de su sometimiento no sólo se reducía al Próximo Oriente y al Oriente Medio. En las enseñanzas japonesas de la religión Shinto, la mujer fue la primera en hablar en los albores del mundo y como resultado, el hijo que tuvo fue un monstruo. El primer hombre, su compañero, entendió esto como un mensaje de los dioses, según el cual los hombres eran los que debían hablar y así ha sido desde entonces.    
   
 Las mujeres excluidas de la palabra. Tomás Moreno
         Si nos limitamos al ámbito originario de nuestra cultura occidental, a la cultura y  filosofía griegas, uno de sus representantes más ilustres, Aristóteles, consideraba que a la mujer, tal como dijera Sófocles, le conviene ante todo el silencio, es decir, la renuncia a la utilización del “logos”, de aquel lenguaje-razón que en su boca se convierte en una insoportable caricatura: la mujer parecería una cotorra si hablase como el hombre de bien (Pol., 1277, b, 20 y ss.)[3]. La capacidad maléfica, embaucadora e hipnótica de la voz femenina ya sea en el altar o en los espacios públicos se puso de manifiesto en el famoso episodio homérico del canto de las sirenas de La Odisea (canto XII).
                Y es que, como nos ha mostrado Cristina Molina Petit, la historia del discurso filosófico occidental ha llegado a ser valorada como una historia del discurso patriarcal amalgamado por la misoginia, con lo cual “dicho discurso ha sido protagonizado por la autodesignación del varón como único portador y decodificador de la palabra”[4]. Claudio Arturo Díaz-Redondo, comentando esa afirmación señala atinadamente que “debido precisamente a esta apropiación fáctica del logos puede denominarse, en sentido histórico, al logocentrismo como androcentrismo” y que, “como muy bien conoce la sabiduría popular, quien posee ‘la última palabra’ es el amo, el dominus[5]. G. Lloyd  corrobora  todo lo anteriormente expuesto al respecto, afirmando que el logos occidental ha intentado castrar la subjetividad femenina en la historia, del mismo modo que los hombres de Bangla Desh intentan castrar la psique femenina -convertir a las mujeres en un monstruo- volcando ácido en el rostro de aquéllas que les han rechazado. El ácido contra las mujeres del pensamiento occidental se llama misoginia[6].

TOMÁS MORENO





[1] María Ángeles Durán, Si Aristóteles levantara la cabeza, Ediciones Cátedra, Universitat de Valencia, Instituto de la Mujer, Madrid, 2000, pp. 31-32.
[2] Ibid.
[3] Aristóteles, Política,  op. cit.
[4] C. Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Anthropos, 1994, p. 168.
[5] De “Hombres sin cabeza: aversión misógina y subversión femenina”, Claudio Arturo Díaz-Redondo, pp. 29-33 (en M. Dolores Ramos, M. Teresa Vera (Coords): Discursos, realidades, utopías. La construcción del sujeto en los siglos XIX y XX, Anthropos, Barcelona, 2002).
[6] The Man of Reason: “Male” and “Female” in Western Philosophy, Londres, Methuen, 1984. Podríamos preguntar con G. Lloyd a las desfiguradas de Bangla Desh si el ácido ha sido una anécdota en sus vidas. Inquiérase una/o mismo/a si la desfiguración de las mujeres por el pensamiento misógino constituye una anécdota o chascarrillo, o bien la punta del iceberg de un logos patógeno.





 Las mujeres excluidas de la palabra. Tomás Moreno

viernes, 7 de septiembre de 2018

LA MUERTE DE LA INFORMACIÓN Y LOS LÍMITES DEL LENGUAJE


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos un nuevos post que lleva por título: La muerte de la información y los límites del lenguaje.


La muerte de la información y los límites del lenguaje. Francisco Acuyo




LA MUERTE DE LA INFORMACIÓN 

Y LOS LÍMITES DEL LENGUAJE







Si morir (mori) es dejar de vivir, y la muerte (mors,  morti) es la cesación de la vida (vita, bíos), la destrucción, el aniquilamiento,[1] la conclusión de la homeostasis en los seres vivientes. No obstante, la cuarta acepción del diccionario de la RAE, atribuye vida a un proceso que dura en el tiempo, y muerte a su destrucción y aniquilamiento. Así, la muerte como proceso neurofisiológico y bioquímico parece claro. No lo es tanto desde la óptica de la termodinámica (e incluso en el mismo dominio de la neurología). Lo que parece reunir ideas y analogías varias sobre la muerte es que esta está sujeta al proceso de dejar de existir. La existencia (exsistentia), ex: hacia fuera; sistere: estar en un sitio o en una posición; nt: agente, que equivale a; y ia: cualidad, que viene a significar lo que se hace con industria y es competente y resistente; todo lo cual nos viene a  inferir que existe todo aquello que mantiene la acción de vivir o bien la de mostrarse –dinámica y complejamente-  como realidad. En este sentido último no es de extrañar el uso de las acepciones de muerte atribuibles a entidades no propiamente sujetas a las homeostasis inherentes de los seres biológicos; véase la expresión: muerte térmica del universo[2], -que ofrecen un exponente básico en la concepción misma de los procesos dinámicos vitales, como es el de la creación- . Ahora bien, volviendo al inquietante título inicial (De la muerte o la paradoja de la información), expondremos el concepto de muerte en relación a la idea genérica de la información y de la pérdida de esta.


                La informatio (acción y efecto de dar noticia de algo) es referida conceptualmente a través varias ópticas o aproximaciones (biológica, computacional, comunicación…) que tendrían en común la atención al proceso de datos (sensoriales, de complejidad, de movimiento,…) que afectarán al conocimiento de individuos o sistemas –seres vivos, sistemas expertos, sistemas físicos,…- en su interacción con el entorno. Este informare es el que dará forma a la mente, a los organismos, a los sistemas químicos y físicos (véase la entropía)…  y expone en algunos casos cruciales[3] nada menos que el cumplimiento o no del principio de causalidad[4] , por lo que su relación con cualquier sistema dinámico es fundamental y su presencia y desaparición es de capital importancia para el entendimiento y descripción de la estructura y funcionamiento de cualquiera de estos sistemas.

Si la muerte es, decíamos, el telos postrer de la vida, de la existencia, el fin de todo, también lo será de la información. Y se hace nuevamente necesaria la anterior interrogante expuesta:  ¿no ha de quedar algo en esa singular fuente de conocimiento y de información que una vez fue conciencia del mundo y de su singularidad personal cual es la entidad humana? Compartiría espacio con esta pregunta  otra ¿No ha de quedar algo –siquiera información- en la extinción de un sistema complejo de los anteriormente referidos, o solo queda, nada, y su extinción es completa? Insistimos en que el caso de los agujeros negros nos parece un ejemplo extraordinariamente fascinante y particular para establecer analogías y metáforas, sobre todo por su necesaria relación con la naturaleza  de lo que hemos venido denominando la constante espacio temporal, y no cesa de sugerir planteamientos de manera no menos seductora. En párrafos anteriores (el post inmediatamente anterior a este) exponíamos que en realidad el agujero negro no era tan negro, la radiación de Hawking nos mostraba
La muerte de la información y los límites del lenguaje. Francisco Acuyo
que algo sí que escapaba de la masiva gravedad del mismo antes de su evaporación o desintegración o muerte de esta singularidad. No obstante, ¿es cierto que toda la información desaparece, aun con la emisión de esta energía? Lo veremos con detenimiento en el siguiente post.  No obstante terminaremos este recordando que es preciso prestar atención a la observación -matemática- de aquellas singularidades, entonces teóricas, de las que Einstein deducía que la gravedad no es una fuerza, sino una característica del espacio-tiempo. También, nuevamente, invocamos aquello anteriormente expuesto de: deducimos del comportamiento de los mismos agujeros negros que, si bien estos son el espacio receptáculo en el que se depositan las partículas y que estas no permanecen allí, las partes constituyentes de dicha entidad han de ser las del propio espacio. Luego el espacio no será o (mejor) no está tan vacío[5], cuestión esta que abre otro debate no sólo científico, también filosófico sobre el vacío y sus relaciones con el concepto de nada que también más adelante debatiremos con la atención que merece.

                Todo esto suscita, en un enamorado de la física (aunque sólo aficionado y algo fantasioso y de imaginación inquieta), conjeturas sobre cuestiones que acaso desbordan esta admirable disciplina de la ciencia, y creo que para el lector atento, iniciado o no esta extraordinaria insturcción, pueden suscitar una suerte de reflexiones sobre la naturaleza tanto de la materia como de aquello que la contiene, a saber, el espacio (tiempo), que resueltamente no acabarán de dejarnos indiferentes.

                Será bueno adelantar, para finalizar este post y adelantar el siguiente, un problema añadido al de la complejidad del asunto debatido, a saber, el de la insuficiencia del lenguaje (y no sólo del ordinario, acaso también del matemático) para expresar sus contenidos y plantearnos interrogantes muy diversas, entre ellas, si los límites del lenguaje son los límites de nuestro conocimiento sobre las cuestiones aquí debatidas. Abundaremos sobre esta cuestión en la próxima entrada del blog Ancile.


Francisco Acuyo


[1] Diccionario de la RAE, acepciones, 1 y 4.
[2] O muerte entrópica del mismo, en la que se llega al momento en el que se supone que ya no hay energía libre para crear y mantener la vida y otros procesos de sistemas dinámicos y complejos.
[3] Relatividad especial.
[4] Todo evento –efecto- debe tener unas causas específicas, principio fundamental no sólo en física (y en las ciencias naturales), también en filosofía.





La muerte de la información y los límites del lenguaje. Francisco Acuyo