jueves, 7 de mayo de 2020

HACIA UNA NUEVA TEORÍA DE CATÁSTROFES: DEL MITO Y LAS MATEMÁTICAS

Para la sección Pensamiento, del blog Ancile, traemos el nuevo post que lleva por título: Hacia una nueva teoría de catástrofes: Del mito y las matemáticas.




HACIA UNA NUEVA TEORÍA DE CATÁSTROFES:

DEL MITO Y LAS MATEMÁTICAS



Hacia una nueva teoría de catástrofes: Del mito y las matemáticas. Francisco Acuyo





Si hubo algún ámbito en el que el ámbito de las matemáticas generó una especial y grande controversia fue sin duda en la aplicación de la teoría de catástrofes[1] a las ciencia humanas[2]. Una nueva manera de interpretación de fenómenos diversos eran estudiados de manera harto diferente a los criterios estructuralistas y positivista en boga, que habría de poner, de nuevo, en la consideración que merece la misma filosofía de la ciencia, exponiendo valores que se habían olvidado en el dominio matemático aplicado al estudio de las ciencias sociales.

            Conceptos como pregnancia[3] (y prominencia)[4] emparentan las matemáticas con el mundo de la psicología y de la biología de la forma de manera indistinta. Lo paradigmático y sintagmático se ponen en contacto estrecho: ponen en evidencia la contigüidad entre pensamientos (positivamente diferenciados) como el científico y el mítico y el mágico.
Hacia una nueva teoría de catástrofes: Del mito y las matemáticas. Francisco Acuyo

           
            Esta última idea pone en conexión directa este trabajo y otros anteriores de este medio. El individuo y la sociedad interaccionan dinámicamente, siendo imposible diferenciar aquellos constructos arquetípicos de la mente universal (colectiva) con los que integran la sociedad misma, en tanto que esta está constituida por individuos. Aquí, particularmente, es donde se pone en evidencia que la Teoría de catástrofes aplicada a situaciones como la que dramáticamente vivimos hoy en el mundo, destapa aspectos profundos en la sociedad que son propios de la psique colectiva[5] que emparenta con el mundo de los símbolos y los arquetipos universales.

            La exigencia de moderar una teoría (nueva) de catástrofes es clara necesidad para una regulación aplicable a objetos concretos o abstractos, aun con la complejidad que esto conlleva. Situaciones de crisis extrema como la catástrofes de las pandemias (en la actualidad el Covid 19) ponen en franca y dinámica interacción el individuo y su trama psíquica consciente e inconsciente en la sociedad, y es aquí donde acaso sea más frágil y manipulable frente a las desconsideradas intenciones de las diversas ideologías.

            El anhelo de la muerte de la muerte es una de las necesidades psíquicas más profundas; en los momentos trágicos, inesperados de las catástrofes es donde, en la impronta solidaria, se manifiesta de manera más clara ese anhelo apoyado en el deseo común de cesar dicha desgracia y donde también se expone muy claramente la incapacidad de comprensión de la totalidad de dichos acontecimientos, sino es a través del encuentro con la diosa –mítica y arquetípica- para ganar el don del amor fati –caridad-, que es la vida en sí misma,[6] para el disfrute de la eternidad.





Francisco Acuyo



[1] Teoría emparentada con la teoría del caos y de los sistemas disipativos de Prigogine, estudia los comportamientos matemáticos en los sistemas dinámicos aplicados a fenómenos naturales (como la meteorología, biología, geología, topología…) que manifiestan, aun siendo estructuralmente estables, discontinuidad, divergencia e histéresis (cuando los cambios se invierten y no vuelve a sus condiciones iniciales) opuesta a la Termodinámica, que sí son reversibles.
[2] Recuérdese su aplicación en los conflictos carcelarios por Erik Christofher Zeeman, a mediados de los años setenta,[2] Prison disturbances” in P.H. Hilton (ed.) Structural stability, the theory of catastrophes, and applications in the sciences, Lecture Notes in mathematics 525. Berlin and New York: Springer, 1976, 367-372).
o Rene Thom[2] (matemático especialista en topología diferencial) Véase la entrevista en la revista Basilisco, entrevistado por José Luis Rodríguez Illeran, nº 13, Barcelona, noviembre de 1981.
[3] Cuando una forma está ligada a su significación biológica  -o psicológica, según el caso-, por ejemplo la asociación que hace un animal respecto al alimento del que se nutre.
[4] Cuando la forma sorprende a la mente a causa del carácter discontinuo de esa forma (un flash de luz, por ejemplo)
[5] Acuyo, F.: Véanse en el blog Ancile: Catarsis en la modernidad: La reminiscencia de la tragedia, el héroe y la vivencia de la realidad; Donde yo soy tú y tú eres yo: la voz unánime de la humanidad, El covid 19, y otros posteriores.
[6] Campbell, J.: ibídem, pág. 112.



Hacia una nueva teoría de catástrofes: Del mito y las matemáticas. Francisco Acuyo




martes, 5 de mayo de 2020

HERRERA POR EJEMPLO, POR ANTONIO CARVAJAL

Para la sección De la métrica celeste, del blog Ancile, dedicada al arte y ciencia métrica, traemos el análisis de dos sonetos de Fernando de Herrera, por Antonio Carvajal, poeta, profesor de métrica en la Universidad de Granada y amigo entrañable, y todo bajo el título de, Herrera por ejemplo.



Herrera por ejemplo. Antonio Carvajal




HERRERA POR EJEMPLO



                       Para Valle, que me pregunta
                       por el primer verso



Fernando de Herrera : Soneto xiiii


Do vas? do vas cruel? do vas? refrena,
refrena el pressuroso passo, entanto
que de mi dolor grave el largo llanto
ȧ ȧbrir comienza esta honda vena.
Oye la boz de mil suspiros llena,
i de mi mal sufrido el triste canto;
que no podras ser fiera i dura tanto
que no te mueva esta mi acerba pena.
Buelve tu luz a mi, buelve tus ojos,
antes que quéde oscuro en ciega niebla;
dezia en sueño, o en ilusión perdido.
Bolvi, halléme solo i entre abrojos,
i en vez de luz cercado de tiniebla,
i en lagrimas ardientes convertido.





¿Do vas? ¿do vas, cruel? ¿do vas? refrena,
refrena el presuroso paso, en tanto
Oye la voz de mil suspiros llena,
y de mi mal sufrido el triste canto;
que no podrás ser fiera y dura tanto
que no te mueva esta mi acerba pena.
Vuelve tu luz a mí, vuelve tus ojos,
antes que quede oscuro en ciega niebla;
Volví, halléme solo y entre abrojos,
y en vez de luz cercado de tiniebla,
y en lágrimas ardientes convertido.          


      

Para mí no está el problema en el verso inicial, sino en los vv. 3, 4 y 11, dados nuestros actuales hábitos de dicción, complicados con los cambios gráficos, tan caprichosos, que nos impone la Academia, que sigue los malos pasos de los editores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y han impuesto la -v- frente al mismo don Miguel, que firmaba con -b- el Cerbantes y con -u- (-v) el Saauedra, excelente el oído, el pulso firme. Ahora que el latín no sirve ni para los pasaportes al cielo, donde veremos sentado a Trump en el trono del Padre, no sé qué razón hay para mantener una ortografía etimologista; pues nadie sabe, procuremos entendernos todos. Siendo aspirada la -h- en los dos casos en que aparece: honda, halléme, no hay problema de medida pues la aspiración impide la sinalefa. El problema sonoro está en el v. 3, que de mi dolor grave el largo llanto, porque siguiendo los preceptos de los preceptistas “sordos de corazón” (dijo Unamuno) se acepta amenistamente que son antirrítmicos los acentos en sílabas contiguas, aquí la 5ª y la 6ª, con el agravante de que se considera antitodo (antirítmico, antieufónico, antiestético, anticanónico, antipoético…) el acento en 5ª del endecasílabo. Tenía el poeta a mano otras soluciones para la acomodada eufonía, valga por ejemplo “que del grave dolor mi largo llanto” (nótese que semánticamente no hay alteraciones, sólo se ve afectada la sintaxis), pero no se trata de eufonía sino de expresividad, la molestia acústica y la torpeza lingual del verso herreriano es un trasunto, breve imagen, del dolor que expresa.
El verso 4º, a abrir comienza esta honda vena, reincide en el acento de 5ª y para colmo el poeta marca deliberadamente un hiato (hiante, que bosteza, cfr. Góngora, “Canción a la toma de Larache”) que bien puede ser un suspiro; en otro lugar de su edición de las poesías, la profesora Begoña López Bueno aduce esta “anotación a Garcilaso”: "I aviendo dicho; Tan cansado i perdido, que no tengo / fuerça para arribar, i nunca vengo, con mejor consejo lo mudé asi; Parȧ ȧrribar fuerça, i nunca vengo ". Si lo dice el poeta, habrá que admitirlo y habrá que tratar de entenderlo. Parȧ /ȧrribar fuerça, i nunca vengo: el hiato en 2ª-3ª, la conjunción de tónicas en 5ª-6ª, la sinalefa en 7ª y el acento en 8ª, más las aliteraciones y el cierre con tres bisílabos y compás trocaico imponen una dificultad articulatoria tan notable como eficaz. La eufonía de la primera redacción, donde la lengua va de vuelo, se muda, “con mejor consejo” en una casi cacofonía que ata las sílabas a la lengua o ata la lengua a las sílabas: ¡A pararse y a pensar y a sentir, nada de carrerillas y a ver quién “arriba” antes! Releído ahora, el cuarto verso, a abrir comienza esta honda vena, con su hiato en 1ª-2ª, sus acentos y sinalefa en 5ª-6ª, la aspiración y el acento de 8ª, el cierre con tres bisílabos y compás trocaico, nos está diciendo que el poeta procede con arte consciente.
En cambio, no me entusiasma tanto la durísima sinalefa en 5ª del verso 11: decía en sueño, o en ilusión perdido. Algún teórico de buen oído y finas entendederas advierte que suelen ser muy violentos los hiatos (boca abierta con dificultades para articular y modular los sonidos) en sinalefas con más de dos vocales; la eufonía pide que reduzcamos las dos oes a una sola, como si la segunda no estuviera, y entonces ajusta bien. No tenemos constancia de cómo lo leía el autor, nadie se molestó en describirlo y no había grabadoras.
Y, por fin, podemos oír el verso inicial: “¿Do vas? ¿do vas, cru’el? ¿do vas? refrena,” con sus ocho acentos, su hiato etimológico en cru’el (no diéresis, no era diptongo entonces, todavía la -d- marcaba su freza en la lengua), sus juego de tonos, la maravilla de cambio de tono en el apóstrofe, sus cuatro cesuras más la pausa final abreviada por encabalgamiento, un rarísimo ejemplo de contraste entre la acentuación mixta romance (cláusulas: trocaica, trocaica, yámbica, trocaica, yámbica) y el ritmo yámbico latinizante con sus cinco sílabas largas, que da cinco cláusulas yámbicas romances, privilegiando el verbo con la intensidad:
Romance: DÓ vas – DÓ vas – cru Él – DÓ vas – re FRÉ-(na); hay tónicas conjuntas en 6ª y 7ª, armonizadas por la duración de la cesura tras 6ª: 1ª-/3ª-/- 6ª/7ª-/-10ª
Latinizante: do vÁS /Do vÁS /CRu ÉL / Do vÁS / Re frÉ(NA) v¯  /v¯  /v¯  /v ¯ /v¯:  -2ª/-4ª/-6ª/-8ª/-10ª
Es una maravilla porque el pizzicato vehemente del primer verso, sobre todo leído a la manera latinizante, parece iniciar el 2º, pero rápidamente se desliza con un tiempo doble, más rápido aún porque desplaza la cesura a 9ª, y luego, en el verso 3º no aparece el primer apoyo hasta 5ª. La desarmonía por la dislocación de las tónicas reproduce la perturbación anímica. Toda una lección práctica de estética, por lo cual Herrera ha sido expulsado del canon y sustituido por gente como … (véanse los libros de texto para bachillerato).


Antonio Carvajal
Sobre el canon andaluz, compruébese cómo en la Gran Enciclopedia de Andalucía el toro que mató a Joselito mereció más líneas que Mateo Alemán. Lo dijo Bergamín, mi mundo no es de este reino.




Herrera por ejemplo. Antonio Carvajal




                                                   Motril, a 26 de marzo del año de la peste que corre, XXII.

viernes, 1 de mayo de 2020

CUARENTENA EN VERSO. SÉPTIMO DÍA, CAMINANTE

Para la sección Poesía, del blog Ancile, traemos un nuevo poema de Cuarentena en verso, que lleva por título: Séptimo día, Caminante.




SÉPTIMO DÍA


CAMINANTE

A Emilio Peregrina,
en la soledad del retiro




    CAMINANTE solitario,
por la solitaria acera
proyectaba con su sombra
el ámbito de otra esfera.

   Transparente dimensión
donde el espíritu empera:
en la calle un río ofrece
de silencio su ribera.

   La soledad, tan potente
se muestra que, ni siquiera
la avenida tiene ahora
un lugar, ni lo tuviera.

   Causa soy de mi ser
efímero duradera,
y en este retiro supe,
sino soy yo, Dios no fuera.






Francisco Acuyo







jueves, 30 de abril de 2020

LA PESTE DE ALBERT CAMUS. UNA REFLEXIÓN AL HILO DEL CONFINAMIENTO; POR TOMÁS MORENO

Para la sección Microensayos del blog Ancile, traemos el artículo que lleva por título: La peste de Albert Camus. Una reflexión al hilo del confinamiento, del profesor y filósofo Tomás Moreno.

La peste de Albert Camus. Una reflexión al hilo del confinamiento; Tomás Moreno



LA PESTE DE ALBERT CAMUS. 

UNA REFLEXIÓN AL HILO DEL CONFINAMIENTO



En su excelente ensayo El hombre imaginario. Una antropología literaria, el profesor Antonio Blanch –teólogo y filósofo- señalaba que -según la taxonomía del gran antropólogo y mitólogo francés Gilbert Durand (Las estructuras antropológicas de lo imaginario)- las imágenes más arcaicas sobre el mal  en las más diversas civilizaciones “podrían cifrarse en una antítesis: la de las sombras luchando contra la luz, siendo la luz el símbolo primario de todo lo bueno y benéfico”. Así, pues, la primera y fundamental agrupación de imágenes primordiales -comenta el ilustre catedrático de la Universidad de Comillas- establecería un “régimen nocturno” frente a un “régimen diurno”, quedando englobados dentro del primero de los símbolos nocturnos.

            Entre ellos se encontrarían todas las imágenes que indican mancha, impureza, suciedad, ceguera, oscuridad -la noche, las tinieblas y la sombra, por ejemplo- y otras como las de  caída y abismo. En un sentido menos negativo, también pertenecerían al régimen nocturno las imágenes de reingreso en el seno original (entraña intrusa) o de reinserción en la Naturaleza[1]. Dentro de la constelación de lo impuro, podrían señalarse otras imágenes metafóricas del mal, tales como la de lo corrompido, la del cuerpo en estado de descomposición o la del contagio físico infeccioso provocado por una determinada epidemia,  sea la peste, la viruela, la malaria o cualquier otra plaga. Ya el clásico latino Tito Lucrecio Caro en su famosa crónica poética De Rerum Natura evocaba una de ellas en la que “enfermedades de esta especie / causadas por mortíferos vapores, / en los pasados tiempos devastaron / los campos de los términos Cecropios, / e hicieron los caminos, soledades, / dejaron la ciudad sin pobladores”.
La peste de Albert Camus. Una reflexión al hilo del confinamiento; Tomás Moreno


            Muchos otros ejemplos sobre la peste y el contagio podrían aducirse aquí –como nos recuerda oportunamente Blanch- desde la mítica peste de Tebas, que decide del fatal destino de los Atridas, en
Edipo rey y en Antígona de Sófocles, etc., hasta la infección maléfica que contamina la ciudad en Muerte en Venecia (1912) de Thomas Mann o la mortífera y universal infección declarada en Orán, en la novela La peste (1947), de Albert Camus. Todas ellas concebidas como magníficas parábolas de grandes males que afectan a la colectividad o asedian al hombre hasta destruirlo del todo[2].

            Pero detengámonos por un momento en esta última. En ella se nos describe cómo “un día 16 de abril, el doctor Rieux, de Orán, encontró una rata muerta en la mesa de su despacho. Después aparecieron más. Muchas más. Cientos, miles de ratas agonizantes, que surgían de los pozos y las simas urbanas, invadían las calles, los hogares, las tiendas, para morir al sol, aplastadas o descompuestas, decapitadas o febriles, una a una o en tropas fétidas”[3]. Portadoras de la peste, el mal se extiende incontenible, las ratas lo inficionan todo, contagiando inmisericordes a los habitantes de la ciudad. Los muertos se multiplican día a día. La ciudad se halla aislada del resto del mundo. Y en ese estado de sitio, la vida prosigue, extraña, atemorizada y vulnerable. Hay quien trata de distraerse y aturdirse; hay quien se ve atenazado por el miedo, y hasta quien saca provecho de tan trágica situación para lucrarse; hay también quien se esfuerza valerosamente por luchar. En tal ambiente caótico y enrarecido por el mal el protagonista intenta contrarrestar los poderes maléficos dominantes luchando denodadamente contra la terrible infección.

            La vida sigue, pero se trata de otra vida. La cuarentena separa a unos hombres de otros. La ausencia diaria de un amigo o de un pariente llega a no advertirse. Poco a poco, el azote de la enfermedad (en la que se halla simbolizada la peste de la ocupación nazi en Europa) remite: la epidemia se ha estabilizado. Cesa la amenaza: la ciudad recobra la libertad y sus habitantes se entregan nuevamente al sueño de la inconsciencia. Pero Rieux invita a permanecer vigilantes pues “el bacilo de la peste no desaparece nunca”.
La peste de Albert Camus. Una reflexión al hilo del confinamiento; Tomás Moreno
            La novela de Albert Camus que describe tan alarmante situación es la crónica de una imaginaria epidemia de peste en Orán (Argelia) en un tiempo innominado del siglo XX. Los acontecimientos, narrados en tercera persona por el doctor Rieux, aun siendo ficticios se perciben vívidos y lacerantes como una torturante pesadilla transmutada en un episodio dramáticamente real[4]. “La peste-reflexiona Felipe Mellizo- no es solo un error patológico: es un horror teológico. Impresiona porque distribuye la muerte de manera democrática, con equidad estadística, castigando los delitos colectivos con una pena colectiva. Porque como decía Schweitzer, la peste es en verdad un castigo, recae sobre todos aquellos que han preferido los discursos a las alcantarillas”. En su opinión, las grandes epidemias son formidables acusaciones contra la injusticia y la ineficacia, escondidas en la ciudad alegre y confiada durante algún tiempo, hasta que de pronto, los principios esenciales del equilibrio biológico se rompen, se cascan como huevos podridos y expanden irresistiblemente su hediondez. Tiene la Humanidad, desde siempre, tal conciencia de culpabilidad, que no es extraño el grito repentino de la muchedumbre ante la epidemia “¡Nos lo hemos merecido!”.

            Para el ilustre e inolvidable escritor y periodista cordobés[5] no hay nada menos espectacular que una epidemia, porque debido a su duración, las desgracias tremendas se vuelven monótonas. Albert Camus nos relata el drama de la ciudad condenada con una frialdad técnica en la descripción de los “hechos” paralela a la técnica descriptiva utilizada en sus informes por epidemiólogos e historiadores. Hablando precisamente de la peste, prestigiosos  historiadores españoles de la Medicina, llegaron a escribir que “en las epidemias se acumulan rasgos y consecuencias tan desastrosas, que las fuentes apenas pueden detenerse en la narración de las concretas muertes. El número embota la sensibilidad para el caso particular[6]. Desgraciadamente.

TOMÁS MORENO


[1] Antonio Blanch, El hombre imaginario. Una antropología literaria PPC, Madrid, 1996, pp. 250-251..
[2] Antonio Blanch, op. cit. pp. 253-254.
[3] Felipe Mellizo Literatura y enfermedad, Plaza & Janés, Barcelona, 1979, p. 53-55.
[4] Para el tratamiento literario de la temática de la peste y de otras epidemias letales vid.  René Girard, “La peste en la literatura y el mito”, en Literatura, mímesis, antropología, Barcelona, Gedisa, 1984, pp. 143-160.
[5] Felipe Mellizo, op. cit., p. 56-58.  
[6] Mariano y José Luis Peset, Muerte en España, Madrid, 1972.




La peste de Albert Camus. Una reflexión al hilo del confinamiento; Tomás Moreno

martes, 28 de abril de 2020

¿QUÉ ES LO “DISTINTAMENTE” CRISTIANO?; POR ALFREDO ARREBOLA

Para la sección Apuntes histórico teológicos, del blog Ancile traemos el post de Alfredo Arrebola que lleva por título: ¿Qué es lo distintamente cristiano?



 ¿Qué es lo distintamente cristiano? Alfredo Arrebola




¿QUÉ  ES LO  “DISTINTAMENTE” CRISTIANO?



     “Un hombre de Dios” es -conforme a mi criterio – aquel que está fascinado por la verdad y la  encuentra plenamente en la Palabra y en la Carne de Cristo. Decía aquel atormentado filósofo y matemático  francés, Blas Pascal (1623 - 1662)  que “toda  la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber estar tranquilamente en una habitación” (“Pensamientos”, E. D`Ors, 1962).  Nos encontramos sumamente afligidos por una pandemia universal que, posiblemente, el hombre no llegue  a conocer la razón última de la misma: la Ciencias avanzan mucho, pero no menos  las enfermedades. Estamos sufriendo un confinamiento impuesto: no es lo mismo la soledad elegida y poblada que la soledad impuesta. Aprovechando, pues, esta triste y  enigmática circunstancia, intentaré poner por escrito lo que desde hace muchos años se ha convertido en un perenne tormento:¿Qué es ser cristiano?

       Hace más de cinco años, bajo el seudónimo de Ambrosio Morales de la Vega, escribí “Por  qué soy cristiano”, cfr. Granada Costa, 31/01/2015; hoy, creyendo no equivocarme si digo que a  Dios – a quien nadie ha visto (Jn 1,18) – se puede llegar a través de la razón (Filosofía), o bien  por medio de la Revelación (Teología), he reflexionado, profunda y objetivamente, acerca de lo  que significa y comporta el sintagma “Ser cristiano”, porque existe mucha ignorancia sobre esta actitud humana.
      
 ¿Qué es lo distintamente cristiano? Alfredo Arrebola

     Hay quienes piensan  que se es cristiano por el solo hecho de recibir algunos sacramentos - el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio – en tanto que se ignora que el cristianismo es una opción fundamental por Cristo, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6). Ser cristiano no es simplemente hacer el bien y evitar el mal. Esto también lo hacen  personas de otras religiones, o de ninguna. De esto puedo dar testimonio veraz a lo largo de mi vida docente y artística. Ser cristiano no es simplemente creer en Dios. Hay quienes creen en Dios y no son cristianos. Como tampoco ser cristiano consiste en cumplir unos ritos determinados. Toda Religión posee ceremonias, ritos y símbolos; si no fuera así, se convertiría en un mero intelectualismo ético solo para minorías.

     Para ser identificado como cristiano no es suficiente haber sido bautizado, recibir la Primera Comunión, peregrinar a los santuarios marianos, asistir a las procesiones de Semana Santa. Hay quien, haciendo solo esto, cumple su cristianismo. Eso, no. Pues bien sabemos que los fariseos del tiempo de Jesús eran muy fieles en sus ritos y ceremonias y Jesús no tuvo el más mínimo reparo en denunciarlos públicamente como sepulcros blanqueados (Mt 23). Ser cristiano no se limita en aceptar unas verdades de fe, unos dogmas, incluso recitar el “Credo” o saberse el catecismo de memoria. Hay, por desgracia, muchos que profesan la doctrina cristiana, pero, en la práctica, están muy lejos del Evangelio.

     Un cristiano está obligado a conocer la fe de la Iglesia, conocer sus leyes y preceptos, pero esto no basta para “ser esencialmente cristiano”: el cristianismo no es solo una doctrina, sino praxis  evangélica. ¡Hay demasiados báculos teológicos y faltan verdaderos pastores evangélicos!. Como tampoco ser cristiano significa seguir una tradición mantenida de generación en generación, ya que toda  persona, medianamente culta, sabe que toda Religión reconoce y acepta la importancia del peso de la historia, pero el cristianismo no puede reducirse a ser  una cultura, un folclore, un arte, una costumbre transmitida a través de los tiempos. Ser cristiano, según mi corto entendimiento, no puede consistir solamente  en  prepararse para la otra vida, esperar en el “más allá”, en tanto que desinteresarse de lo presente. De ninguna manera: es, filosófico y teológicamente, bastante más.
   
   Es cierto – incluso “Dogma de fe” - que el cristianismo  admite la existencia de una vida futura y eterna, pero la esperanza de esa vida no debe amortiguar la preocupación por transformar y cambiar esta historia, como recomienda la  “Gaudium et Spes”(39), donde leemos: “Sabemos que al final de los tiempos serán restaurados el nuevo cielo y la nueva tierra; pero la espera de esto no nos dispensa de trabajar por la perfección de la tierra presente” (cfr. Documentos del Vaticano II, paǵ. 183). Por tanto, no puede llamarse cristiano quien se inhiba de las preocupaciones históricas, bajo el pretexto
 ¿Qué es lo distintamente cristiano? Alfredo Arrebola
del  cielo futuro. No puede, asimismo, considerarse cristiano quien esté al margen de la figura de Jesús de Nazaret, que murió y resucitó por nosotros y Dios Padre le hizo Señor y Cristo (Hch 2,36): Fundamento metafísico de nuestra fe.


      Hay que tener muy presente que “lo cristiano” no es simplemente una doctrina, una ética, o una tradición religiosa, sino que “cristiano” es todo lo que dice relación con la persona de Jesucristo. Sin él no hay cristianismo. Es decir, “lo cristiano” es El mismo.  Fue en Antioquía cuando los discípulos de Jesús fueron llamados cristianos (Hch 11,26). La vida es, pues, un Camino (Hch 9,22), el camino de  seguimiento de Jesús. Ser cristiano es, sencillamente, imitar a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús (Lc 5, 11). Seguir a Jesús hoy no significa imitar mecánicamente sus gestos, sino continuar su camino. En los Evangelios se  repiten siempre las mismas palabras: Sequere me, “Sígueme” (Jn 1,39-44).

     ¿Qué es, pues, “Ser cristiano”? Seguir y vivir los consejos evangélicos, como lo hicieron los apóstoles cuando reconocieron que El era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,36), el Hijo de Dios, el Rey de Israel (Jn 1,49). También serán los Apóstoles quienes reconocen que Jesús es Aquel que los profetas habían anunciado como Mesías y que Juan Bautista lo había proclamado ya cercano (Jn 1,27; Lc 3, 16). Hoy el cristiano reconoce a Jesús como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6), la Puerta (Jn 10,7), la Luz del mundo (Jn 8,12), el Buen Pastor (Jn 10, 11,14), el Pan de Vida (Jn 6,48), el Cristo, el Hijo de Dios Vivo (Mt 16, 16), el que existe antes  que Abrahám, el Juez de Vivos y Muertos, aunque la Teología nos enseña que Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Ante la luz de este Juez de misericordia – nos dice el Papa Francisco – nuestras rodillas se doblan en oración y nuestras manos y nuestros pies se fortalecen (10-11-2015 , cfr. “Evangelio 2020, pág. 150).

   Inspirados, pues, en Jesús de Nazaret, “el Hijo del hombre”, podemos hablar, sin el más mínimo miedo, de “Humanismo” solamente a partir de la centralidad de  Él, descubriendo en Cristo los rasgos del auténtico rostro del hombre. Es  la contemplación del  rostro de Jesús muerto  y resucitado la que recompone nuestra humanidad. Nadie, por tanto, que se considere verdadero y auténtico creyente cristiano, puede ignorar que la resurrección de Cristo constituye  el acontecimiento más sorprendente de la historia humana, que atestigua la victoria del amor de Dios sobre el pecado y sobre la muerte, y da a nuestra esperanza de vida un fundamento tan sólido como la roca.

Olvidaos, por un momento, - ¡amigos todos! - de la trayectoria histórica de las iglesias cristianas - Católica, Protestante, Ortodoxa – porque han sido la terrible soberbia humana y el ansia inconmensurable de poder de sus dirigentes los que rompieron – desde hace muchos siglos – aquel primitivo, puro y verdadero cristianismo, “donde todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes, y las repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad. Y día por día, asiduos en asistir unánimamente al templo y partiendo el pan en sus casas, tomaban el sustento con regocijo y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor cabe el pueblo”, tal como leemos en los “Hechos de los Apóstoles” 2, 44 – 47.

   Es decir, “Vivían como hermanos en república cristiana” (“La pedrada”), del malogrado poeta leonés-extremeño, José María Gabriel  y Galán (1870 -1905). Eso es lo “distintivamente” cristiano.
Ni tiaras, ni báculos, ni lumbreras teológicas definen la esencia óntica del cristianismo, sino aquel “Amaos los unos a los otros, así como yo os he amado”. Este mandamiento está registrado en  el Evangelio de San Juan (15,12) , “ el discípulo amado” de Jesús.




                                       Alfredo Arrebola

                                    Villanueva Mesía (Granada), 21 de Abril de 2020






 ¿Qué es lo distintamente cristiano? Alfredo Arrebola