viernes, 6 de mayo de 2022

GATOS Y FILÓSOFOS (2ª ENTREGA) DE TOMÁS MORENO

 Traemos la segunda entrega para la sección de Microensayos del blog Ancile, del título, Gatos y filósofos, de profesor Tomás Moreno.


GATOS Y FILÓSOFOS (2ª ENTREGA)

DE TOMÁS MORENO



Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno



3. Llegado es ya el momento de entrar en faena más filosófico-sistemática para preguntarnos ¿Qué es lo que ha fascinado, durante siglos, a escritores, poetas y pensadores ---y, por supuesto, a los seres humanos, en general--- de los gatos, esos seres carismáticos y esquivos y, al mismo tiempo, de costumbres sedentarias y domésticas? Tal vez sean ellos alguno de los seres más complejos y difíciles de entender para nosotros, extraños a pesar de desplegar la cotidianidad de su existencia tan próximos y con una capacidad de acomodación admirable. De los perros, se han escrito enciclopedias, también de los gatos, pero a diferencia de los “canes”, cuyo “modo de ser” y de “vivir” sirvió incluso de inspiración a toda una corriente filosófica “socrática menor”, tomando su nombre de ellos (“cínicos” o “perrunos”) y su  forma de vida de tratar de  imitarlos, los gatos, por el contrario, no tuvieron esa suerte o privilegio  (Sobre sus representantes Diógenes de Sínope y Crates de Tebas y doctrina véase: C. García Gual, La secta del perro, Alianza, nº 1987).

            Sin embargo, el libro del filósofo y crítico cultural inglés John Gray, uno de los maestros de pensar más prestigiosos de nuestro tiempo, titulado Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. (John Gray, Editorial Sexto Piso, España, 2021) viene a remediar ese olvido o injusticia para reivindicar, por el contrario, su “presencia” ocultada o marginada, relegada e innominada a lo largo de siglos de filosofía occidental y, en mucho menor grado, en el caso oriental.     Su libro consta de seis partes (y cada una de ellas de tres o cuatro epígrafes o apartados) en cada una de las cuales desarrolla, con claridad, fino humor e inteligencia, algunos aspectos desconocidos o poco conocidos de nuestros felinos domésticos; la primera versa sobre “Los gatos y la filosofía”; la segunda, trata de responder a la pregunta “¿Por qué a los gatos no les cuesta ser felices?”; la tercera versa sobre la “Ética felina”; la cuarta expone la contraposición entre “Amor humano Vs. Amor felino”; seguidamente, en la quinta el autor reflexiona sobre una temática profunda e irrenunciable en la que ningún filósofo que se precie ha dejado de incidir y meditar al menos unas pocas veces,  su concepción de “El tiempo. La muerte y el alma felina”; para concluir con una cuestión en la que  el contraste entre la naturaleza humana y la naturaleza gatuna quedan nítida y manifiestamente diferenciadas: “Los gatos y el sentido de la vida”. Termina con “Agradecimientos” y con unas notas bibliográficas.

            Considera John Gray, con acierto,  que la fuente originaria de la filosofía no es como algunos clásicos pensaron el “asombro” ante el espectáculo de lo real, sino algo más inmediato y angustiante: la “ansiedad”, la percepción del mundo como “un lugar amenazador y extraño” (op. cit, J. Gray, 1921, p. 11) y que “la religión y la filosofía obedecen a una misma necesidad. Ambas tratan de conjurar el pertinaz desasosiego que acompaña al hecho de ser humano” (ídem). Hay pocos filósofos, opina J. Gray, que hayan reconocido que no podamos aprender algo de los gatos. Uno de ellos es el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1869), que amaba sin medida a sus caniches Atma y Butz, y también tuvo un minino innominado. Murió sentado en su sofá doméstico junto a ese gatito

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
M. Zambrano
desconocido. Consideraba que, a diferencia de lo que creen los humanos, los gatos no son individuos diferenciados, tampoco los hombres: “ambos son simples ejemplares de una forma platónica, un arquetipo que se repite en muchos casos diferentes” (p. 13); sólo son, pues encarnaciones efímeras de una voluntad inmortal de vivir, que “es lo único que en realidad existe” (ibid). Los gatos serían por lo tanto no más que “sombras pasajeras de un Felino Eterno”, mera Forma platónica, carentes de individualidad (cfr. El mundo como voluntad y representación, Trotta, Madrid, dos vol. Madrid 2004 y 2005). Nada más lejano a la realidad, afirma Gray. Por su experiencia y conocimiento de los gatos sabe que hay una enorme variedad de gatos-individuo diferentes: contemplativos, reposados y juguetones, cautos y temerarios, callados y pacíficos, ruidosos o de fuerte carácter. “Cada uno es específicamente gato, pero “singularmente él mismo y tiene más de individuo que muchos seres humanos” (p. 15).

            Por lo que respecta a Descartes, el padre del Racionalismo, consideraba a los animales “máquinas insensibles”, simples animales máquinas sin alma y, en consecuencia, podía arrojarse a un animal, gato, perro o de otra especie, por la ventana para demostrar la ausencia de sensación de dolor consciente en ellos: “sus aterrados chillidos no serían más que ”reacciones mecánicas” (p. 15). Según Gray, la autoconciencia humana sobrevalorada por la tradición cartesiana, bien podría ser una pura casualidad sobrevenida y puntual: ha dividido la mente humana instándole a formularse preguntas sobre “el sentido de la vida, o el significado de su existencia. La  mente gatuna, por el contrario, es  una e indivisa, se centra en el presente: “Los gatos no necesitan examinar sus vidas”, escribe J. Gray, “porque no decidan de que vivir valga la pena. La autoconciencia humana ha generado esa agitación perpetua que la filosofía, ha intentado, en vano, mitigar” (p. 17).

            Otros filósofos escépticos, antifilósofos los llama el autor, sí mostraron un mayor conocimiento y amor por los animales. Es el caso de Michel de Montaigne (1522-1592), de ascendencia familiar “marrana” (judíos ibéricos forzados por la Inquisición a convertirse al cristianismo) que aseguraba, con más compasión y empatía por los animales que los cartesianos  Descartes o Malebranche, lo siguiente: “Cuando juego con mi gata, quién sabe si es ella la que pasa el tiempo conmigo más que yo con ella”. Montaigne aprendió gran parte de su filosofía del Pirronismo griego,  doctrina de Pirrón de Elis y de Sexto Empírico, denominada Escepticismo (una de las Escuelas de filosofía moral postaristotélica). En opinión del  humanista francés, los animales no son tan estúpidos como algunos han creído o afirmado. Para Montaigne (como escéptico vital, no metodológico) el objetivo de la filosofía era alcanzar la liberación de la mente humana de su confusión y alcanzar la serenidad del ánimo: la ataraxia.

            Las otras dos Escuelas de Sabiduría Moral griegas, Estoicismo y Epicureísmo, tenían también como objetivo de su doctrina alcanzar “algún estado de serenidad” o tranquilidad. La filosofía tenía, para ellas tres, un función terapéutica: “La filosofía era útil, para curar a las personas de los males de la filosofía” (p. 20). El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951), antifilósofo a la manera de Montaigne, sostenía igualmente que ”la filosofía era útil sobre todo para curar a las personas de los males de la filosofía” o, lo que es igual, del   lenguaje corriente, “contaminado de sistemas metafísicos pasados”.

 

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
IV. En opinión de John Gray, la ausencia de razonamiento abstracto y la incapacidad de argumentar de los animales o de los gatos, lejos de representar una señal de inferioridad  es una marca de su libertad moral. Por eso, trata de continuar su sencilla apología de los felinos con un relato: “El viaje de Mèo”, un gatito que apareció en la ciudad vietnamita de Hué en febrero de 1968, en plena campaña nortvietnamita contra las fuerzas norteamericanas y survietnamitas aliadas, que desembocaría en la salida de los americanos de  aquel país cinco años más tarde (p. 21). La historia de Mèo no la vamos a destripar aquí, su aventura merece ser leída con la maestría y sensibilidad como la narra John Gray a partir del relato del periodista televisivo de la CBS John (Jack) Laurence en The Cat from Hué (El gato de Hué), un relato conmovedor (pp. 21-31). Jack finaliza el relato con estas palabras de homenaje al
gatito Mèo: “Creo que llegamos a alcanzar un mutuo respeto por nuestras capacidades como supervivientes. No me cabe duda de que hace ya mucho que había consumido el limitado número de vidas que se le habían asignado, y que por eso vivía cada nuevo día como un regalo. Además, parecía sabio. Sabía. Nos habíamos hecho amigos. Nuestra larga relación de enfados y cariño había pasado a simbolizar, en cierto modo, el nexo entre nuestros países, empapados cada uno de la sangre del otro, atrapados en un inseparable abrazo de vida, sufrimiento y muerte”.

            No es este relato, sin embargo, el único que ameniza y adereza el libro de J. Gray, a lo largo del mismo, el autor va ilustrándonos y emocionándonos con historias ejemplares y apasionantes sobre las relaciones afectivas entre filósofos/as. Además de “El viaje de Mèo”, nos describe las relaciones y vínculos de verdadero amor entre humanos y felinos reflejados por sus autores en relatos de ficción o  en novelas breves  como la narrada por la escritora francesa Gabrielle Colette (1873-1954) sobre la  relación entre sus protagonistas Camille y Saha en su obra romántica La Chatte, de 1933, (pp. 105-109); o la relatada por Patricia Highsmith en La mayor presa de Ming (pp. 110-117); la narrada por el novelista japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) en su novela, protagonizada por la gata Lily, La gata, Shozo y sus dos mujeres (1936) (pp. 117-123). Cabe citar también en este apartado el “amor diferente entre un ser  humano y un gato”  como el que describe Mary Gaitskill, en Lost Cat, que no es producto de una ficción como los anteriores  sino de una historia verdadera: la vida y muerte de un gato real, Gattino (pp. 123-135). A ellas habría que añadir otras historias autobiográficas no menos paradigmáticas y emocionantes sobre los vínculos afectivos y experiencias dramáticas entre gatos y escritores como el relato del filósofo religioso ruso Nikolai Berdiaev y su gato Muri, o el de Doris Lessing y  su gata negra (pp. 136-143).

            El gran mérito de John Gray,  por otra parte, más allá de su  claridad expositiva y de su información exhaustiva, aunque siempre interesante y curiosa, consiste en exponer de una manera sistemática esta filosofía felina en contraste con escuelas y doctrinas filosóficas perfectamente reconocibles de la historia de la filosofía occidental. Y en proponernos una suerte de filosofía felina que sirva de guía para una vida más auténtica y sosegada. Partiendo de una concepción de la filosofía en la que el  “desasosiego”, como antes hemos referido, es el estado de ánimo (Stimmung) o disposición que lleva al humano a filosofar, impulsado por su necesidad de eliminar su condición de inquietud y desasosiego y, así, alcanzar la felicidad, en el caso del animal felino esa es precisamente su “condición natural”: no necesitan “distraerse de su  condición”, de su propia naturaleza, no necesitan “divertirse”, salir de sí mismos.

            Por eso mismo, “aunque presentada como remedio la filosofía es un síntoma del trastorno que pretende curar (p. 45). “Los gatos son felices siendo ello mismos, mientras que los humanos intentan alcanzar la felicidad huyendo de sí” (p. 46). Epicúreos (Epicuro de Samos), Estoicos (Marco Aurelio, Séneca) y Escépticos (Pirrón de Elis) trataron cada uno con independencia alcanzar la paz espiritual, tranquilidad, o serenidad, a través de un camino diferente aunque semejante. Los Epicúreos, mediante un control ascético de sus deseos ---respecto a la comida, las riquezas o el sexo— y retirándose “al apacible aislamiento de un ubérrimo vergel” donde protegerse del dolor y la angustia, para lograr la “ataraxia” (p. 47-50); los Estoicos, a través de  una identificación nuestra con el orden cósmico, regido por el Logos. Marco Aurelio, por ejemplo, creía que “si lograba hallar un orden racional en su interior, se salvaría de la angustia y la desesperación” (p. 51). Para él el sabio debería ser como una estatua

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
J. Gray
inmóvil que hubiera logrado “la extinción voluntaria de la voluntad”, sin sentirse afectado por las vicisitudes negativas de la existencia. Finalmente, los Escépticos de Pirrón tratarían de alcanzar la “ataraxia” mediante una “suspensión del juicio” (p. 54), un modo “apático de vida” difícil de mantener durante mucho tiempo en la práctica.

            El error de estas soluciones propuestas por esas filosofías, es creer que la mente puede diseñar una “forma de vida protegida” frente a cualquier tipo de pérdida, sin tener en cuenta la incidencia o influencia en ella del azar o de las emociones y pasiones. Y en su lugar, al no haber “podido remediar la muerte, la miseria, la ignorancia han ideado, para ser felices, no pensar en ellas” (p. 55). ¿Cómo? Mediante la distracción, esto es: “mediante alguna pasión novedosa y agradable que los ocupe o mediante el juego, la caza o algún espectáculo cautivador, o, en definitiva, cualesquiera de aquellas cosas a las que llaman diversión” (p. 56). Evitar el aburrimiento, ante todo. Ya que la “desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación” (p. 55). Esta será la solución de Pascal, científico, inventor, matemático y pensador religioso francés del siglo XVII, y la de Montaigne.

            También en lo que se refiere a la “ética felina” John Gray ha sabido en su delicioso ensayo deshacer prejuicios  y falsas  ideas establecidas sobre la conducta de los gatos, sobre su ética y moral. Escribe J. Gray al respecto: “Se dice a menudo que los gatos son amorales. No obedecen a mandamiento alguno y carecen de ideales. No evidencian señales de sentir culpa o arrepentimiento, como tampoco esforzarse por ser mejores de lo que son. No se esfuerzan en mejorar el mundo ni le dan vueltas a cuál es el modo recto de actuar” (p. 73). Nada de ello es pertinente aplicar a los gatos, ni a cualesquiera animales no “racionales”. La “vida buena”, que es la materia sobre la que versa la ética, no es unívoca para todos. Al igual que los hombres aspiran a realizar un “vida buena”, también los animales  tienden instintivamente hacia la mejor vida posible para ellos. En la historia de la filosofía existen muchas y diferentes maneras de concebir la vida buena. “En la Grecia y la China antiguas había tradiciones éticas que no hacía alusión alguna a lo que hoy conocemos como moral. Para los griegos, la vida buena consistía en vivir conforme a la diké, es decir, de acuerdo a tu naturaleza y al lugar de ésta en el orden de las cosas. Para los chinos, significaba vivir con arreglo al tao, el camino  del universo tal como de manifiesta en tu propia naturaleza” (p. 76). Seguir a la naturaleza es, por lo tanto, la “vida buena” y también la “virtud”.

            Aristóteles reconoció que también los animales no humanos poseen virtudes poniendo como ejemplo el caso de los delfines, en su “Investigación sobre los animales”. También en el taoísmo chino de Lao Tse y Chuang Tsé se hablaba de “virtud” (te), pero éste concepto no aludía a ningún tipo de capacidad “moral”, sino al “poder interior que se necesita para actuar de un modo acorde al orden de las cosas” (p. 78). John Gray considera, con toda razón, que en el pensamiento occidental lo que más se aproxima a esa visión es la noción spinoziana de “conato”, que es la tendencia de los entes vivos a preservar y potenciar su actividad en el mundo. O, con otras palabras, de esforzarse o empeñarse en “permanecer en el ser” (como sostiene en la proposición 18, parte IV de su “Ética more geométrico demonstrata”, de 1677).

            Ni Spinoza ni el taoísmo, concluye J. Gray, entienden la “vida buena” como un “vivir altruista”, orientada al bienestar de y  para los demás. En ambos, además, se relaciona la “autorrealización” con cierta forma de ausencia del ego, con la falta de un yo sustancial. Filósofos del pasado como Bayle o Spinoza y algunos actuales como el estadounidense Paul Wienpahl o el noruego John Wetlesen (El sabio y el camino. La ética de la libertad de Spinoza) apreciaron una gran afinidad entre la posición de Spinoza y el taoísmo en este punto. Tanto Spinoza como el taoísmo, dice el pensador noruego, no aspiran “a que uno sea lo que no es, sino a que  sea lo que es. Eso no obliga a ningún acto especial del ego temporal, sino más bien a una anulación del ego”. Pues bien, según J. Gray: “La ética felina es una especie de egoísmo sin ego. Los gatos son egoístas por cuanto solo se preocupan de sí mismos y de otros a quienes quieren. Y carecen de ego porque no tienen una imagen de sí mismos que traten de preservar y acrecentar. Los gatos no viven siendo unos egoístas, sino siendo ellos mismos desprovistos de un ego” (p. 101).

            Termina la obra de J. Gray con una apelación gatuna dirigida a los humanos con diez pistas felinas sobre cómo vivir bien, que de aplicarlas a nuestra vida humana, nos alegraríamos bastante, pues nos evitarían muchos sufrimientos y nos harían sin duda más felices y benéficos. Y con una pequeña admonición del gato de la historia de Jack, “Mèo sobre el alfeizar”, en el que se nos dice: “Los gatos nos enseñan que perseguir un sentido es como buscar la felicidad: una distracción. El sentido de la vida es una sensación táctil o un olor que llega por casualidad y, antes de que te hayas dado cuenta, ya se ha ido” (p. 170).

 

Tomás Moreno Fernández



Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno


 

 

 

 

 

miércoles, 4 de mayo de 2022

CONTRA LOS PÉREZ. DE PASTOR AGUIAR

 Para la sección de Narrativa del blog Ancile, traemos un nuevo relato de nuestro querido amigo y colaborador Pastor Aguiar, esta vez una narración harto descarnada que reza bajo el título de Contra los Pérez.


CONTRA LOS PÉREZ

 

 

Contra los Pérez, Pastor Aguiar


Voy a contar algo que sucedió durante mi niñez en la finca, hace tanto, que no puedo precisar si fue antes o después de nuestra era. Lo voy a hacer por dos razones, la primera porque la ancianidad me despertó el gusanito de la escritura, la otra es una causa filosófica, ya que la semana entrante comenzaré a practicar la no violencia absoluta, de pensamiento, palabra, y por supuesto acción.

Y basta de preámbulos. Bien recuerdo aquel día soleado de agosto. El moro y yo jugábamos tratando de caminar sobre una cuerda tensada entre dos ciruelos, cuando a veinte pasos de la cerca que custodiaba mi casa y en medio del camino vecinal, explotó un bulto que debía sobrepasar las veinte libras de peso.

_ ¿Viste eso? Llegó como desde las nubes_ Exclamó mi amigo.

_ Vamos a ver_ Contesté encaminándome al lugar.

La peste nos obligó a taparnos las narices, pues comprobamos que se trataba de un saco de mierda de cerdos. No habíamos desandado la mitad del espacio cuando un silbido rasgó el cristal del aire sobre nuestras cabezas. Muy cerca del anterior se precipitó esta vez una roca que nos daba por la cintura, levantando tumultos de tierra roja.

_ Creo que vienen volando sobre la arboleda de tus abuelos_ Me dijo el moro con los ojos que no le cabían en la cara y resoplando como potro al final de la carrera.

_ ¡Coño! Esto no es juego, hay que avisarle a la gente_ Contesté.

El batey de la finca era un caserío de madera y techos de hojas de palma. En total nueve construcciones de diferentes tamaños, incluyendo la nuestra. En medio estaban la escuelita primaria y la casa de carretas, una larga nave donde se protegían los aperos de labranza y los fertilizantes.

Contra los Pérez, Pastor Aguiar
A la hora de los hechos que narro, mi padre y mis tíos laboraban en los sembrados a medio kilómetro hacia el este. Los familiares del moro atendían la tienda por la frontera oeste. Al norte quedaba la arboleda tras la casona de mis abuelos, ya setentones.

Antes de salir en busca de los hombres, avisé a mi madre que cocinaba el almuerzo.

_ Mima, voy a avisar a la gente que nos atacan con mierda y piedras. Métete debajo de la cama por si nos toca una bomba.

_ Estás loco muchacho. Tanta novelita de aventura te está enfermando.

_ Asómate al camino para que te convenzas.

En un minuto mi madre rezaba avemarías sin parar, y nosotros corrimos rumbo a los campos de maíz.

Mi padre convocó a los hermanos y una decena de sobrinos y jornaleros, en total dieciocho, que más tarde con los moros, fueron veinticuatro.

A tales alturas una piedra monumental había hundido el techo de la escuela, y un bulto de mierda de vaca matado uno de los lechones de nuestro patio.

La tropa se reunió frente a la casa de carretas, todos con sus machetes al cinto.

_ Deben ser los Pérez, ya hace tiempo que nos tienen el ojo echado. Para colmo son como cincuenta, y de seguro han emplazado sus catapultas en el potrero de Ernesto, al otro lado de la arboleda. Tendremos que sacar nuestro cañón de cuero_ Declaró mi padre.

El cañón de cuero reposaba dentro de la casa de carretas, y fue sacado al espacio libre junto a la escuela. Las balas eran bolsas de lona que se rellenaban con cualquier material, desde excrementos hasta hormigas bravas. Para dispararlo colocaban una onza de pólvora por la culata y encendían la mecha.

_ Pepito, vayan ustedes a localizar al enemigo. Súbanse a lo más alto de aquel caimito_ Me ordenó Pipo.

Fui seguido por el moro, y desde la copa del árbol vimos al ejército atacante con todo su arsenal bélico.

_ Como dijiste, Pipo, son como cincuenta, con dos catapultas y machetes. Ahora celebran emborrachándose, hasta asan un puerco.

_ Alberto, reúne los perros mientras alistamos el cañón y los proyectiles_ Ordenó mi padre.

En menos de lo que canta un gallo Alberto fue rodeado por diez perros gracias al silbido hechizante.

_ Juan, dame la cafunga cabrona_ Siguió Pipo.

Contra los Pérez, Pastor Aguiar
Acto seguido, entre mi padre y Juan untaron el líquido en los culos de los canes, que de inmediato enloquecieron y se lanzaron en un mar de alaridos hacia la arboleda, la atravesaron e irrumpieron en el asentamiento de los Pérez a pura dentellada. El lechón asado desapareció, y varios hombres quedaron inútiles con las mordidas, pero al final, a puro machetazo, descuartizaron a los animalitos. El moro y yo nos turnábamos vigilando los acontecimientos desde el caimito gigante.

No pasaron diez minutos y una roca de cien libras aplastó a Franco, mi tío menor, y otra acabó con lo que quedaba de la escuela. Un tercer disparo resultó ser una bola de candela que incendió el inodoro cercano a nuestra vivienda.

_ No están jugando los muy hijos de puta. A ver, Juan, alcánzame aquella bala de cebo, sí, préndele fuego cuando la coloques en el cañón_ Decidió Pipo.

El estampido fue secundado por un nubarrón negro oliendo a rayos.

Desde la cima del árbol pude ver la casa del más viejo de los Pérez en llamas.


_ Ahora acerquémonos entre los frutales y el cañaveral hasta sus narices. Saquen los machetes_ Dijo Hipólito, quien era el más fuerte de mis tíos. Medía siete pies de altura y tres de ancho, y blandía un machete casi de su tamaño.

Fueron como gatos mientras otra lluvia de bombas iba destrozando el batey a sus espaldas.

Una vez situados a orillas del potrero de los Pérez, se enderezaron y comenzaron a vociferar un himno absurdo, del que había oído hablar a mi abuelo. Se trataba de un vocerío amorfo y tan agudo, que reventaba los tímpanos.

Cuando el canto se desató, el moro y yo pudimos ver a los Pérez tapándose las orejas arrodillados, y a nuestra gente irrumpiendo a machetazo limpio. Las cabezas rodaron ensangrentando la yerba. No duró un minuto la carnicería.

Después los hombres se reunieron en los remanentes del batey.

_ Muertos los perros, se acabó la rabia_ Sentenció mi padre_ A celebrar a todo lo grande, carajo.

 

Pastor Aguiar

Contra los Pérez, Pastor Aguiar

martes, 3 de mayo de 2022

GATOS Y FILÓSOFOS, POR TOMÁS MORENO

 Para la sección de Microensayos del blog Ancile, traemos un nuevo post sobre el mundo felino, escrito como los anteriores por el profesor Tomás Moreno, esta vez bajo el palio de la filosofía, y bajo el título Gatos y filósofos. Esta es la primera entrega.



GATOS Y FILÓSOFOS, 


POR TOMÁS MORENO



Gatos y filósofos, Tomás Moreno



1. Como ya hemos visto y comprobado en las páginas anteriores a los hombres de letras y de poética inspiración, narradores y poetas, les atraen mayormente los gatos. El gato, al que Ramón Gómez de la Serna “emplumó” en una genial greguería (“búho gato emplumado”) ---como recuerda el ensayista mexicano José de la Colina en “Señor Gato”, Milenio, México, 13 marzo de 2016--- suele ser el animal preferido por esos hombres de la “mano a pluma”, como los llamaba el poeta Arthur Rimbaud, los escritores en general. (Haber aludido a Ramón Gómez de la Serna nos da licencia para detenernos, aunque sea brevísimamente, en este narrador-poeta, inventor de la greguería, a la que define como: metáfora + humor, que dedicó a los felinos toda una colección de greguerías gatunas de las que sólo queremos recordar estas tres: “El gato rubrica todos sus pensamientos con la cola”; “La Q es un gato que perdió la cabeza”, o “El gato es una gárgola que pasea por casa”). Y vamos ya con los filósofos.

            Al parecer hay una secreta afinidad entre filósofos y gatos. Pocos animales tan afines a los “amantes de la sabiduría” (philo-sophos) como el gato. Su prestigio es proverbial: espíritus libres, misteriosos, elegantes, independientes, sigilosos, de silente compañía, estimulantes de la meditación y de la imaginación creadora, son animales que atraen, que fascinan sobre todo a los hombres de pensamiento y meditación. Numerosos filósofos se han visto arrastrados por su atractivo irreprimible y por su inteligencia. La sagacidad de los felinos es tan manifiesta que en el más reciente de los ensayos referidos a su inteligencia y a su gusto por la libertad,  el “Elogio del gato” (ed. Léo Scheer, París, 2014), de la escritora francesa Stéphanie Hochet, llega a sostener lo que todo el mundo lo sabe: “el gato es un animal libre, el gato escoge  su amo antes de que el amo llegue”. Clásicos y modernos, de Occidente y de Oriente, pensadores y pensadoras ilustres se han rendido a sus asombrosas cualidades de adaptabilidad, versatilidad y flexibilidad (“souplesse”) físicas y mentales.

Gatos y filósofos,
G. Deleuze
            Entre los filósofos del XIX y XX que han vivido con mascotas félidos y han llegado conocerlos en profundidad y admirarlos, podemos citar a François René de Chateaubriand escritor y filósofo político (“El gato vive solo. No necesita sociedad alguna. Solo obedece cuando quiere, o simula dormir para observar mejor y arañar todo cuanto puede arañar”); Henry David Thoreau, escritor y filósofo estadounidense (“¿Qué clase de filósofos somos que no sabemos absolutamente nada del origen y
destino de los gatos?”); Hippolyte Taine, filósofo del arte e historiador francés, autor de  “Vida y opiniones filosóficas de un gato” (1858) (“He estudiado con detención a los filósofos y a los gatos. La sabiduría de los gatos es infinitamente superior”); Marcel Mauss, ilustre antropólogo francés (“Los gatos son los únicos animales que consiguieron domesticar al hombre”).

            Miguel de Unamuno, nuestro lúcido filósofo cristiano agónico (“Mi gato nunca se ríe o lamenta. Siempre está razonando”); A. N. Whithead matemático y filósofo británico (“Si un perro salta sobre tu regazo es porque te  tiene cariño, pero si un gato hace lo mismo es porque simplemente está más caliente”); el filántropo y médico humanitario Albert Schweitzer y (“Hay dos maneras de refugiarse de las miserias de la vida: la música y los gatos”); el filósofo Jean Paul Sartre, que vivía con un gato de nombre “nada”, en perfecta consonancia con su nihilismo teórico y con  la filosofía existencialista por él mismo profesada, cuya obra fundamental se titulaba precisamente: El ser y la nada. Debemos, finalmente, recordar a Jacques Derrida y su gato “Logos”, que llegó a escribir un ensayo sobre la mirada felina, y a Albert Camus tan inseparable de su gato “Stranger” como Michel Foucault de su gata negra “Insanity”.

            No podemos detenernos en relatar, con el espacio que se merecerían, alguna de estas relaciones aludidas, y que vincularon tan profunda, anímica y afectivamente a sus protagonistas, escritores o filósofos con sus gatitos/as. Solo nos hemos permitido una excepción, por su singularidad y trascendencia artística: se trata de la conmovedora historia del poeta-filósofo austríaco Rainer María Rilke (1875-1926), autor de las Elegías del Duino, y de su “ahijado” durante unos pocos años, Balthus (Balthasar Klossowski, 1908-2001), parisino de ascendencia polaca ---que sería años más tarde famoso pintor figurativo--- con cuya madre, Baladine, el escritor mantenía a la sazón una relación sentimental. Rilke y el niño Balthus (de unos 10 años) amaban con pasión al gatito de la casa, Mitsou. Un día el gatito se escapó y el niño, preso de angustia, comenzó a pintar de manera obsesiva toda una colección de dibujos que recordaban momentos y situaciones vividas por ambos. La serie, compuesta por 40 láminas, se iniciaba con el día en que lo encontró en la calle y acababa con el pequeño Balthus llorando por su pérdida. Tanto impresionaron al poeta las estampitas dibujadas por el niño del minino de angora, que decidió publicarlas en un volumen, del que él mismo escribió el Prefacio.

            El libro se tituló Mitsou. Historia de un gato  y se publicó entre 1920 y 1921. En él, el poeta de Praga narra, con bellas y sencillas palabras, las ilustraciones y escenas dibujadas con su lápiz por el niño Balthus (seudónimo o hipocorístico, por cierto, que el propio Rilke le puso). El poeta pone de manifiesto en dicho Prefacio su impresión de que la naturaleza del gato es elusiva, inasible, esquiva y difícil de aprehender conceptualmente, para concluir con estos interrogantes: “¿Quién conoce a los gatos? ¿Es posible, por ejemplo, que ustedes pretendan conocerlos? Reconozco que para mí, su existencia no fue nunca más que una hipótesis bastante arriesgada”. Según cuenta Baladine, su amante y madre del niño, la relación entre el niño, el gato y el poeta fue bastante estrecha y Balthus lo recordará como un hombre amable y fascinante. En adelante, el pintor retrataría en numerosas ocasiones, con rebuscada  ambigüedad, gatos junto a niñas o adolescentes, como símbolo, tal vez, de lo indómito, misterioso, femenino y sensual de su naturaleza, coincidiendo en ello con Baudelaire.   

 

Gatos y filósofos, Tomás Moreno
M. Foucault
2. Entre las mujeres pensadoras citemos a la británica y premio Nobel de Literatura en 2007, Doris Lessing (1919-2013), autora de El cuaderno Dorado (“Si un pez es el movimiento del agua encarnada, dad la forma, entonces un gato es diagrama y patrón de aire sutil” (On Cats); a Patricia Highsmith (1921-1995), autora de Extraños en un tren, que empatizaban extraordinariamente con las criaturas animales y especialmente con sus gatitas y gatitos  ---de las que ya hemos hablado en el anterior epígrafe por su doble condición de escritoras novelista y filósofas--- y a la española María Zambrano (1904-1991). Centrémonos única y finalmente en esta última: La filósofa y escritora andaluza de Vélez-Málaga, discípula de Ortega y Gasset y autora de Filosofía y poesía (1939) y de La tumba de Antígona (1967), entre otras muchas. Recibió el Premio Príncipe de Asturias (1981) y el Premio Cervantes (1988), y pasó 44 años en el exilio después de la Guerra Civil.

            Con motivo del centenario de su nacimiento, Antonio Burgos, el escritor y periodista sevillano, iniciaba así su artículo conmemorativo “María Zambrano la gatuna”: “María era tres cosas filósofa, republicana y gatuna. Defendió a los gatos como defendió a la República Española. Demostró su valentía en la defensa heroica de sus gatos” (ABC de Sevilla, 22, de julio, 2004). Pero ella no teorizó su amistad con los felinos, especialmente gatas, no llegó a escribir libros sobre ellas, pero su vida sin ellas
sería impensable para quien llegó a conocerla, pues a lo largo de su vida llego a reunir, en Suiza, unos 70 gatos. Normalmente convivían con ella cinco  (Rita, Tigra, Blanquita, Lucía y Pelusa) que le acompañaron hasta su muerte a los 87 años de edad.

            Viajaron con ella durante el exilio por Francia, EE. UU., Cuba, México, Puerto Rico y Roma (donde retomaría su amistad con Alberti y M. Teresa León durante 11 años). Se conservan numerosas fotografías de María Zambrano con sus gatitos en sus brazos, abrazándolos igual que los abrazaría y jugaría con ellos cuando era una niña pequeña del precioso pueblo malagueño Vélez-Málaga. El poeta cubano José Lezama Lima llegó a escribir los siguientes versos sobre su relación con los gatos y su afición gatuna: “Tiene los ojos frígidos / y los gatos térmicos / aquellos fantasmas elásticos de Baudelaire / la miran tan despaciosamente / Que María temerosa / comienza a escribir.”

            Precisamente, por causa de sus gatitos, llegaría a ser expulsada de Roma junto con su hermana Araceli en el verano de 1964. El incidente se produjo como consecuencia de la denuncia de un vecino intransigente, a causa de las molestias producidas por los gatos que con ella convivían en su piso de Lungotevere Flaminio. Recibieron de la policía una orden de expulsión inmediata para dejar Italia en 12 horas. Enterado el presidente italiano Saragat (que interrumpió el Consejo de ministros con el que estaba reunido) mandó urgentemente cancelar dicha orden. A pesar de ello, en septiembre de ese verano María y su hermana Araceli abandonaron Roma en dirección hacia Suiza. “Pasó, como escribía A. Burgos, de dar de comer a los abandonados gatos proletarios de los barrios de Roma a cuidar los orondos gatos capitalistas helvéticos”.

Gatos y filósofos, Tomás Moreno
J. Derrida
            Hasta aquí, sucintamente su vida. Pero su historia, tiene un fin sorprendente, emocionante, mágico y gatuno, como no podía ser de otra manera. Inmediatamente después de enterrada la pensadora malagueña en el cementerio de su pueblo, sobre su tumba, rodeada por un naranjo y un limonero, comenzaron a visitarla a diario toda una colonia de gatos que, como en el caso del poeta Keats en la suya romana, la eligieron como lugar de reunión y de solaz.   Así permanecieron, por espacio de cerca de 16 años, hasta que el Domingo, 1 de noviembre de 2017 ---día aciago, sin paliativos--- apareció en la prensa malagueña  el titular y la noticia: “¿Qué pasa con los gatos de la tumba de la filósofa María Zambrano?” con el siguiente texto: “El grupo municipal de IU en el Ayuntamiento de Vélez Málaga denunció la semana pasada la captura y posible sacrificio de la colonia felina que tradicionalmente ha existido en el entorno del cementerio, unos animales que visitaban a diario la tumba de la filósofa María Zambrano”… Sin comentarios.

            Si repasamos los escritos, cartas o declaraciones de la mayoría de estos escritores y pensadoras hay en todos ellos una coincidencia, un punto de acuerdo generalizado: lo más fascinante de esos animalitos felinos, más allá de su inteligencia y de su conducta sorprendente son, sin lugar a duda, sus ojos, esos ojos… Se cuenta ---y no sé si es  leyenda, anécdota o suceso real--- que en cierta ocasión el Dante (1265-1321), recibió en su estudio-aposento florentino la visita de su buen amigo el médico y astrólogo Francesco Stabili, más conocido por su apodo Cecco de Ascoli (1269-1327), con el que disputaba frecuentemente sobre cuestiones filosóficas. La última disputa doctrinal se había referido, sin acuerdo, a la racionalidad o irracionalidad de los animales (y específicamente de los “gatos”) y  si en su conducta prevalecía la irracionalidad de su  instinto o el arte de los conocimientos adquiridos por “educación” o “experiencia”. Dante defendía una cierta inteligencia gatuna, frente al escepticismo mostrado por su amigo. Éste, Cecco, llegó a su cita dispuesto a infligir a su amigo una definitiva lección.

            Conociendo la costumbre del poeta florentino de utilizar a su gato ---al que había adiestrado a conciencia para sostener sobre sus patas una vela encendida para poder leer y escribir sus versos--- como una especie de candelero viviente, Cecco había llegado a la estancia de Dante trayendo consigo una caja llena de ratones. En cuanto tuvo ocasión de “soltarlos”, el felino, dejo la vela, se oscureció la estancia y, sin hacer caso de las llamadas del amo, comenzó a perseguirlos. Quedó, así, demostrada la superioridad del instinto sobre la “instrucción” o el aprendizaje en los seres irracionales. Alighieri no se arredró por ello y respondió a Francesco de esta manera: “Amigo Cecco, el gato, y particularmente este gato mío, no es irracional sino inteligente. Sin su ayuda, sin su generosidad de servirme con la luz de la vela, además de la luz de sus ojos, no hubiera yo podido escribir los mil endecasílabos que llevo ya de mi Comedia”.

            No fue el poeta de la Divina Comedia el único que ha ponderado en su justo valor no ya la belleza casi “luciferina” de los ojos de los gato/as, sino, sobre todo, el poder de iluminación física e intelectual de los mismos. Recuerdo haber leído en un ensayo del poeta y ensayista brasileño Gerardo Mello Mourao, “Los ojos del Gato y el retorno inacabado”, este texto casi mágico: “Una noche en la India, Luis de Camoes, a falta de velas, escribió parte de un canto de Os Lusíadas a la luz de los ojos de sus gatos. Tasso cuenta lo mismo: escribió un soneto en la oscuridad del manicomio donde lo habían metido, alumbrado por los ojos de un gato. Sospecho, concluía, que Baudelaire habría escrito unos alejandrinos bajo la luz verdosa de unos ojos de gato […]”.

Y es que la filosofía, al fin y al cabo, no es más que “una forma de mirar”.


Continuará


Tomás Moreno




Gatos y filósofos, Tomás Moreno


viernes, 29 de abril de 2022

ULTIMA POSTAL: LA TEMPESTAD CALMADA, DE MANUEL VERGARA

 Cerramos con esta última entrega los trabajos, reflexiones y ahora versos de Manuel Vergara, esta vez para la sección de Poesía del blog Ancile, y bajo el título de: Última postal: La tempestad calmada, que sirve de poético colofón a la totalidad de Como te iba diciendo (Cartas a cielo abierto).


ULTIMA POSTAL: LA TEMPESTAD CALMADA,

DE MANUEL VERGARA


 

Última postal: La tempestad calmada, Manuel Vergara

 

    De pronto se alborotó tanto el mar, que las olas cubrían la barca, pero él dormía” (Mt. 8.24)

 

Llegados al final, vemos a Cristo

Jesús sobre las olas,

-postal de Delacroix-, le van diciendo:

Repósate Señor ¿será por alma?

 

Mientras, yo le cantaba

lo que dictó Péguy de las virtudes,

llamadas teologales: La primera,

la Fe -lo dijo Dios-, la siempre firme,

por siglos de los siglos; la segunda,

la Santa Caridad, la más hermosa

Señora.

              ¿Serán grandes

las dos? Pero mi ojito

derecho -te lo digo,

Yo; el Dios de la Virtudes-: ¡mi pequeña

esperanza! una niñita

de nada, pero duerme

realmente tranquila; se levanta

y te da los buenos días.

                                         (Con qué poco,

con qué poquito Dios te apañas, Cristo

bendito; y, qué resuelto

es el aire!).

…………………………….

 

                    Pero, hombre;

la mar bajo tus pies (también la tuya),

se agita:

                  Últimamente,

no es tiempo de certezas, ya Babel

se  frustró y, como te iba

diciendo, yo desisto

que, al fin -menos es nada-,

me alimento del sueño.

                                        Fue dormirme;

se me coló en el alma: aquí y ahora,

                -suelto mi corazón-, ya canto en sueños.

 

 

 

 

 

      EPÍLOGO DELIRANTE

                                           …y dentro el pecho atesora

                                                                                                             (Tirso de Molina)

 

Muy en dentro mi pecho, las montañas,

mi amado, las montañas… Dentro el casco

mi moto: los que fuerdes,

pastores, los que fuerdes…, como un eco

divino.

             ¿Y, quién en dentro

mi lecho? -ya delira

mi alma-, si este brazo

si es mío o no este hombro si tu pierna

(a saber la periferia, no doy una

a derechas).

                       Besa el tiempo

-Roma con Santiago-; besa el tiempo

mi corazón el alba. Vuelo endentro

del águila imperial: qué dulce plano

de ala; totalmente

que sí: santo es el aire

-mi amado las montañas-; totalmente;

y, el agua.

                    Miro endentro

mi buen samaritano que da gusto

lo bien ¡qué limpiamente! aquella oveja

perdida.

                Pero el colmo

los colmos, aquel  padre -en su delirio

de herencias-; aquel padre,

que  vio venir al hijo (qué descanso

de lógica cerril):

                             ¡A pan y agua

de Dios! que, endentro el pecho,

Pascua Florida el alma. Qué descanso:

Pascua florida el alma.

 

                                                                          Antequera,  Abril de 2022 

                                                                             Manuel Vergara Carvajal

 

                                                                     

 

Última postal: La tempestad calmada, Manuel Vergara