jueves, 23 de diciembre de 2010

LUDOVICO ARIOSTO: LA SÁTIRA SÉPTIMA

Tras releer las célebres Sátiras del insigne Ludovico Ariosto, entendí como cosa del todo oportuna hacer una suerte de reflexión (tras tomar  notas) sobre obra tan peculiar como divertida y harto interesante, no sólo por la calidad de sus textos sino por ser reflejo de costumbres (y vicios) de una época que, a mi modesto entender, es extraordinariamente importante para la sociedad italiana del momento, cuya impronta habría de quedar impresa no sólo en la cultura de dicho ámbito geográfico, también en buena parte del resto de la producción literaria de Europa. Así las cosas, y centrándome en la Séptima Sátira, que habría de dejar en mí una huella importante por las razones que les paso a ofrecer seguidamente.



Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo





LA SÁTIRA SÉPTIMA
(BREVES NOTAS SOBRE LA NATURALEZA

SATÍRICO-ARIOSTESCA.

ALGUNAS PROYECCIONES

E INFLUENCIAS)




Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo


«Sol tanta ne vorrei, che viver sanza
chiederne altrui mi fésse in libertadi,»

                                                                                                                       L. ARIOSTO. SÁTIRA
I



Quiero presentar, a guisa de comentario y muy personal reflexión: la «Sátira Séptima», del poeta insigne, acaso nunca suficientemente ponderado Ludovico Ariosto.

De esta suerte recordaba que «quanto andò in alto, ingiú tornò altretanto», dando por hecho que lo que a la verdad atañe, casi siempre tuvo a bien mantenerse ajeno de la lisonja tanto como del mal de la «comedilla», mejor conocida como maledicencia.

Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco AcuyoDe esta manera, fascinado siempre por la sobriedad de estilo que marcará los designios literarios de las «Sátiras», quise entretener el paso sobre la última de ellas, mas no porque mostrase mayor inclinación hacia ésta en virtud de su mejor gusto, o porque entendiese ver ella un más excelso vuelo en sus versos; por el contrario, que en igual elegancia, equilibrio e inteligencia mantienen por igual las anteriores seis. Quizá fuese porque en ella vióse más y mejor identificado en espíritu y criterio con toda la modestia este humilde exégeta, con la excelsitud de tan sublime poeta, y todo esto a pesar de la potencial subjetividad a la que induce tan personal preceptiva, acaso nada fiable para el rigor que exige cualquier estudio comparativo o de análisis textual, pero a todas luces me parece que pueden verse brillar otros elementos muy dignos sin duda de mención, máxime si se ofrecen motivados por la pasión hacia la poesía y el amor profundo por la obra literaria y poética de aquellas figuras que han dejado su huella como impronta imborrable en los corazones de quienes entendimos ver en ellos una forma total de vida y conocimiento.

Desde la corte estense de Ercole I, al gobierno de Alfonso I, y tras el asendereado y, algunas veces, alevoso trasiego de sus días, pasando por los nunca olvidados catorce años que estuvo al servicio del Cardenal Ippolito, veremos que dejaron buena parte de la huella que habría de dar lugar a sus memorables siete sátiras para, en cierto modo, reservarse el severo estipendiario que le habría de mantener «atado al duro yugo» que vería configurarse y adquirir tamaño y monumento a sus cuitas de aquellos años en forma de viajes para legaciones diplomáticas, «campañas bélicas» y «pesadumbres familiares».

Tras la definitiva ruptura con el ignominioso cardenal (corría por entonces el mes de septiembre de 1527) por negarse a seguirle al obispado de Agria, aparecería la primera sátira, mas, otras ocasiones habrían de pintarse también calvas para dar origen a la seis siguientes: un viaje a Roma, el balance de peligros y calamidades en la Garfagnana, la boda de un primo, el deseo de encontrar un profesor de griego para su hijo y, finalmente, el rechazo de un importante cargo papal, dan crédito seguro para estimar como innegable que la fuente de inspiración de las «Sátiras» será la experiencia propia y ajena, siempre bien conducida así como muy a propósito para el desarrollo literario y fines éticos de las mismas.

Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo
Cuando se dice que las «sátiras no se entienden sin el «Orlando Furioso», debemos observar que comparten con aquél la finísima ironía que, desde luego, era ignaro el «Innamorato», aunque pueda parecernos que la motivación y el resultado final de las «Sátiras» resulte, en principio, del todo contrapuesto al del «Furioso». No es, por tanto, ninguna casualidad que encontremos algunos estudiosos que emparenten al Ariosto de estos siete singulares poemas con el autor del «Quijote». Y es que se ofrece aquella ironía en ambos autores como consustancial a la vida misma de las obras y de sus creadores, pudiéndose hablar más que de un posicionamiento estético «de una actitud vital», que diría José María Micó. Al fin y al cabo serán además abundantes las referencias de nuestro genial Miguel de Cervantes a Ariosto; se me ocurre en este punto, como un ejemplo entre otros muchos el «De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad», en su capítulo primero, cuando decía: «El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió después de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la dejó donde dijo:


«Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro».



«Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman vates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después acá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta castellano cantó su hermosura.»

No sería la primera vez que se destacase ‘la estrecha relación’ entre Cervantes y Ariosto, así como entre El Quijote y Orlando furioso. En el Quijote predomina la parodia y Cervantes desarrolla la ironía de Ariosto, mas no sabemos hasta donde las sátiras influyen en su obra y pensamiento inmortales.

Mas también veremos traslucir, por otra parte vivacísimamente, los influjos y notables recomendaciones de los clásicos griegos y latinos, desde las «sátiras» de Persio, la visión sarcástica de Décimo Junio Juvenal o, de aquella «mutatio animi», característica de Horacio cuando decía «Non eadem est aetas, non mens»: «Mi edad ya no es la misma, ni mi espíritu». Así lo dejaba meridianamente claro cuando en una de sus epístolas decía: «Ahora dejo la poesía y los demás juegos fútiles; qué es la verdad y qué es el bien, eso es lo que quiero y lo que ocupa todo mi ser» (Epístolas, I, I, 4 y 10-11).

Desea verdaderamente, después del ejercicio ciclópeo y prodigioso de invención del Furioso, encararse con la realidad y con la verdad que ofrece ésta, aunque sea tan descarnada como a todos generalmente nos acostumbra y, de forma particular, a Ariosto en momentos muy concretos de su vida.

Desde los «Sermones» a las «Epistulae» de Horacio, encontraremos un modelo pertinente para Ariosto, el cual verá una imagen digna de ser seguida para la consecución de sus fines en las «Sátiras» cuales eran, fundamentalmente, reconocidas en la experiencia vital del poeta y también de sus destinatarios. Nos anticipa Cesare Segre: «L’Ariosto garantisce la referenzialità di io idedntificando in partenza tu con persona concrete», siendo aquella «vieja polaridad entre la sátira y la epístola» auténtica seña de identidad.

Tiene lugar, pues, una combinación que habrá de tener unas consecuencias magníficas, como el equilibrio ariostesco reflejo en estas «Sátiras», quedando lejos de la comicidad de otros autores que condujeron la sátira a sendas del todo intrascendentes, o de un moralismo trasnochado y pacato, en contraste con el que Ariosto nos regala.

Podemos distinguir que la presunta doctrina moral ariostesca no surge de ninguna sistemática ética, sino de la vida misma; mostrándonos el contraste que ofrecía la tradición literaria como típica impostura que habría de reflejar: la burla de los vicios y costumbres, o la alabanza siempre hipócrita de virtudes que no se practicaban en absoluto.

Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo
De este último punto cabe señalar, como ejemplo, entre las voces que se levantaron en Italia contra la inconveniente multiplicación de las indulgencias, y en este punto destacaba la de Ariosto. Lo veremos además en la tercera sátira (v. 228) y del pasaje aducido por Gaspary, II, 422, tomado de la Scolastica, especialmente en el prólogo del Negromante, cuya representación no permitió León X por este motivo, aunque el mismo era allí alabado. Una impugnación todavía más fuerte de las indulgencias se halla en «Rinaldo ardito», IV, 38, de la cual obra ciertamente no consta con seguridad que la haya compuesto Ariosto.

Es cierto que esta moralidad implícita en las «Sátiras» puede tenerse como verdaderamente ejemplar, en tanto que tiene una naturaleza «confesional y autobiográfica», donde reclama, a la luz de la historia, su independencia como artista y su libertad como hombre.

Si, a partir de 1532 parece que no escribió más sátiras, será porque optaría por añadir seis cantos más a su monumental «Orlando Furioso», así como para «ajustar algunas cuentas personales», alejándose del mundanal ruido y siguiendo en buena parte el espíritu de la «Sátira Séptima» que, de seguido, pasaremos a comentar y que adelantaremos, forma parte de la respuesta a una carta perdida en la que Bonaventura Pistofilo le ofrece el cargo de embajador del Duque ante el Papa Clemente VI, elegido en 1523, el cual mantenía disputas varias con Alfonso D’Este; sería un tal Giacomo Alvarotti quien tomaría posesión del cargo en abril de 1594.


II



LA petición de Micer Bonaventura Pistofilo, secretario ducal, no parece coger sorpresivamente a Ariosto, así se deduce, no obstante, del tono sereno, de la sobriedad del discurso, del talante sosegado de su verso o, acaso se deduce de una posición evidente de hastío ante el putrefacto devenir de las traiciones y desengaños de la vida pública oficial y del nefando y tantas veces inútil trasiego en la corte. Se muestra de este modo resuelto, casi culminando la que a todas luces parece su última sátira, a abandonar la decepcionante vida en los círculos de la que fuese sociedad influyente y que, tantas veces por cierto, desilusionara a Ariosto, mostrándose así también ahíto de los excesos y abusos de un poder tan corrupto como aquellos que lo ostentaban. En las «Sátiras» (Sát. I, 208-227) se contiene entre otras tantas ironías, brillantes pasajes, con tintas singularmente acentuadas, acerca del nepotismo de los papas y de los funestos resultados que tuvo para Italia.

Que fue «buen amigo de los Medicis» (Sát.7 v.7) ya lo decía en la Sátira III (v.85-105) «tanto piú ch’ero degli antiqui amici / del papa...» lo que pone en clara y lógica evidencia de por qué resultaba ser un profundo conocedor de las costumbres y debilidades de las altas esfera de la trasegada sociedad de su época. De esta manera pone en antecedentes acontecimientos concretos que sucedieron, siendo él mismo testigo; habla así del destierro del Papa León X, rehabilitado posteriormente, luciendo «la cruz de oro en sus zapatos», es decir siendo elegido Papa, no dejando dudas tanto al destinatario de la epístola como a potenciales lectores de las sátiras, que en verdad sabe de lo que habla, y en este caso de lo que rechaza, al no admitirse en el cargo importante que se le ofrece. Mas, es perfectamente consciente de que, en su rechazo, renunciaría también a «beneficios no pequeños» para su provecho. Esto adelanta una consideración capital, a mi juicio, sobre la obra de las sátiras, así como del talante del propio Ariosto, a saber: la falta de ambición política, cosa que por otra parte marcaría los designios de su vida y de su excelsa obra.

«Or odi quanto acció ti rispondo io»; y ciertamente deberemos poner atención en su respuesta. Con humildad en el tono afirma su disposición para servir al Duque en el ejercicio de las armas o por fuerza mayor que afecte al «señor», por el que se siente obligado, mas nunca por «honor y bienes».

Veremos inmediatamente la altísima estima que a su propia libertad tiene, pues sólo quiere «el caudal que (le) permita, sin acudir a los otros, vivir libre», al margen de no perder de vista el hecho incuestionable en su vida, a saber que, aun habiendo tenido amigos de alta cuna, siempre obtuvo «la servidumbre y la pobreza».

Así de maltrecha queda su esperanza tal que, como Hesíodo («Los trabajos y los días»: 83-105) piensa que quedó aquella recluida en la caja de Pandora, pues sabiendo «del vaso del incauto
Epimeteo», si todo se lo cree, no quiere como él que le acabe tirando de la nariz, dejando además nota de sarcasmo en el concepto de fortuna, tan grato a los autores de la época: así la pinta, tal cual se describe en los juegos de cartas de su tiempo: «Que ruota di pinta mi sgomenta», no queriendo pasar, más que por ingenuo, por el asno mismo que dibuja en la ruleta.

Con no poca sorna alude seguidamente a los dispendios y no pocas irregularidades llevados a cabo (y las prebendas otorgadas a los más cercanos del Papa) por León X que vistió con los capelos cardenalicios a varios de sus parientes.

Viene después a adornar, gratificando siempre, con la fábula entretenida de la calabaza (V.70-87) de todos conocida y harto celebrada por la tradición oral italiana. Ilustra moral y literariamente que aquel que, si bien se encaramó raudamente al cielo, en contraste con el árbol que hubo de tardar más de treinta años en alcanzar su altura, se parece a la calabaza, que con igual velocidad a la que creció vendrá a dar en tierra con su efímera fortuna.

«Cosí a la mia speranza, che staffeta / mi trasse a Roma...» (v. 88-89) nos recuerda también la sátira tercera (v.154-165), donde refería la prioridad puesta a toda la parentela y amigos íntimos del pontífice que se sitúan bien cerca de su servicial persona para la obtención de cargos y prebendas, mostrándose al respecto irónicamente desengañado y sin ganas de probar nueva suerte en fútil intento.

Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo
Pone, con sarcasmo nuevo, los delirios de la fortuna y sus designios inesperados en relación con la parentela pontificia: Se decía que el astrólogo de la corte del Duque Ercole D’Este, Carlo Sosena, mantenía un espíritu atrapado, quien le mantenía al tanto de profecías varias, refiriendo posteriormente a la suerte desgraciada de algunos Médicis que habían sido parcialmente favorecidos por el Papa León X (v.94-102), así: Lorenzo di Piero, duque de Urbino desde 1516 y muerto a los veintisiete años; Giuliano, hijo de Lorenzo el Magnífico y duque de Namorse, a cuya muerte dedicó Ariosto varias composiciones; Luigi de’ Rossi, muerto a los dos años de su elección de cardenal; Bernardo Dovizi di Bibbiena, muerto (quizá envenenado) al poco de su regreso como legado del Papa en Tours; Contessa Medici in Ridolfi, Maddalena Medici in Cybo (hermanas de León) la nuera, (Maddalena de la Tour d’Auvergner) y la suegra (Alfonsina Orsini), muertas, respectivamente, en 1519 y 1550.

De tal manera, rápidamente, caerán abatidos los que pretendan subir muy alto y prontamente con el medro. Veremos en este punto un precioso circunloquio: «Leone appresso, prima che otto volte / torni in quel segno il fondator di Troya», antes de que el sol vuelva ocho veces sobre el signo del león morirán todos, aun el mismo León X.

En los versos siguientes, al igual que hiciera al inicio de la Sátira IV, dará cuenta de la rudeza de la Garfagnana, de inolvidable, por dramático recuerdo para Ariosto:

«Piú tosto di’ ch’io lascierò l’asprezza
di questi sassi, e questa gente inculta,
simile al luogo ove ella è nata e avezza»

Así interpela al Secretario Ducal, por si podía garantizarle lo más preciado para Ariosto, cual sería, en sus ratos de ocio, «visitar a las Musas», razón más que definitiva para optar por una u otra alternativa y, una vez allí, en Roma, si podría charlar con su amigo entrañable Pietro Bembo, residente junto a otros escritores y humanistas en la ciudad eterna, así también Paolo Giovio (Iovio), Marco Cavallo, Francesco María Molza, Marco Girolamo Vida o Antonio Tebaldi (Tebaldeo), y ellos como guía, resuelvan mostrarles los ricos rincones de la ciudad, y aun ofreciéndole la pobladísima biblioteca de Sixto, en referencia a la Biblioteca Vaticana, enriquecida por los desvelos del Papa Sixto V, no se muestra sino reacio a acudir a puesto semejante, exponiendo sus razones diciendo:» Tu non sa’ dove // questo calciar mi prema e dia dolore», recurriendo a Plutarco en sus «Vidas paralelas», a lo que hizo Paulo, a la sazón Emilio, para justificar por qué había repudiado a su bella y rica esposa Papiria.

En definitiva, era tal el sentimiento que le mantenía unido a su tierra que dice no «ser feliz fuera de ella», pues habría muerto de alejarse o, acaso, hubiere quedado «tan flaco como aquellos // del purgatorio que la fruta ansiaban», en referencia a la Divina Comedia del Dante, en el Purgatorio, XXIII, 22-36.

Con no poca ironía habla de que mucho más duro se le haría vivir en el «sagrado campo» del airado y fiero Marte, en referencia a Roma que, en el lugar donde ahora habita: así no quiere ir más lejos de Bondeno o de Argenta, lugares próximos a Ferrara, una al este y otro al oeste de aquella; finalmente no queriendo decir abiertamente por qué «quiere tanto su cuna», vertiendo tal vez un pensamiento impropio para un hombre que hacía meses había cumplido ya los cuarenta y nueve años.

La ironía se hace más punzante cuando ofrece un sentimiento de vergüenza que le hace parecer aún más colorado que doña Ambra o su hija, pueden no ser reales estas mujeres, aunque tal vez se refieran a dos mujeres célebres por el uso y el abuso de los afeites y cosméticos, pues en términos semejantes se refiere en la Sátira V (v, 202-228), y las escenas referidas posteriormente al capellán son fácilmente reconocibles y detectables en la literatura culta o popular de la época.

Que lo apalease el Secretario Ducal sería acaso razonable, en vista de las pocas y nada convincentes razones que dice aducir, con bastante sorna, Ariosto, cuya «loca razón» emparenta con la del amor, la cual se conduce en semejantes y desconcertantes términos, así se ve también en la Sátira IV, (V.19-36).

III


Veremos pues, haciéndonos eco de lo que decía José María Micó en referencia a «la vieja polaridad entre la sátira y la epístola», que vendría a afectar de uno u otro modo a especies limítrofes ya «consolidadas por la «terza rima» y que acabarían convirtiéndose en identidad, como así mismo avisaba Cesare Segre cuando decía: «L’Ariosto garantisce la referenzialità dio io identificando in partenza tu con persone concrete».

En esto punto cabe suponerse que tendrá algo que ver la propia naturaleza del sistema métrico elegido y que viene a dar carácter especial en esta suerte estrófica y rítmica cuya composición imprime personalidad y gracia singulares en su discurso. Pero veamos un esquema métrico del mismo:


«Pistofilo, tu scrivi che, se appreso
papa Clemente imbasciator del Duca
per uno anno o per dui voglio esser messo,


ch’io te ne avisi, acciò che tu conduca
la pratica; e proporre anco non resti
qualche viva cagion che me vi induca»


Ludovico Ariosto; la sátira séptima, Francisco Acuyo
Veremos cómo las rimas alternan bajo el esquema siguiente: ABA, BCB, CDC, DED... YZY Z; de donde deduciremos que da fe de su nombre, pues se designa como «encadenada» o también dantesca, que así se corresponde con la forma métrica de la «Divina Comedia». Pero su uso se remonta ya a la vulgarización de «De consolatione Philosophiae», de Boecio, transcrito por Alberto della Piagentina en el 1322, al uso de la misma por Bocaccio a Leon Battista Alberti, precisiones hechas, entre otras muchas por Pietro Beltrami, en su Métrica Italiana.

De cualquier forma, lo que en este momento cabe reseñarse es que la forma métrica conlleva de forma implícita una adecuación al tono o, mejor aún, al espíritu de la composición poética, y que en el caso de las Sátiras ariostescas, se verá perfectamente adecuada a la intención o a la finalidad en la que el poeta pone su empeño.

Si la agilidad o la fluidez de las estrofas se acentúa gracias al encadenamiento reconocido anteriormente de las rimas tal y como fueron expuestas, pero veremos además, aunque sea de forma muy breve, que existen otros factores métricos que resultarán más menos idóneos para lograr sus propósitos.

En este punto no nos parece casual el hecho de escoger la «terza rima», la cual está basada precisamente en el verso acaso más idiosincrático del lenguaje italiano, nos referimos claro está al verso endecasílabo.

Hagamos un análisis esquemático, teniendo en cuenta que el endecasílabo mantiene la acentuación obligada en la décima sílaba, adecuándose al tipo canónico, bien del tipo «a minore» si va acentuado en la 4ª sílaba, o «a maiore» si la acentuación tónica es en la 6ª sílaba.



Pistofilo, tu scrivi che, se appreso

       3ª       6ª          10ª

papa Clemente imbasciator del Duca

    4ª                8ª              10ª

per uno anno o per dui voglio esser messo,

    3ª              6ª      (7ª)      10ª

ch’io te ne avisi, acciò che tu conduca

  4ª            6ª              10ª

la pratica; e proporre anco non resti

  3ª              6ª              10ª

qualche viva cagion che me vi induca

  3ª                6ª                10ª


La cuestión del endecasílabo «a minori» o «a maiori» es harto compleja y digna de ser tenida en consideración (bien para aceptarla o acaso para rechazarla, en este punto veáse al respecto la controversia en español con José Domínguez Caparrós y Antonio Carvajal), y me voy a centrar exclusivamente en la acentuación de los versos transcritos con el fin último de acceder a esa intrínseca y necesaria relación entre fondo y forma en el verso, de manera, si cabe, aún más singular que en la prosa, y que la disciplina de la métrica sin duda tiene mucho que decir.

Observemos un instante el curso rítmico de estos versos iniciales de la Sátira VII, y con dicha observación podremos constatar que el sentido último del verso y del poema tienen una estrecha vinculación con los entresijos rítmicos y por tanto métricos de los mismos. El primer verso, con acentuación en 3ª, 6ª y obligada en 10ª abre con un endecasílabo según el canon «a maiori», con acentuación en 6ª sílaba, pero nos llama la atención que su combinación con el siguiente verso «a minori», con acentuación en 4ª, al amparo del encabalgamiento del primer verso, nos da una sensación de equilibrio que responde a la propia naturaleza que el autor quiere imponer a ambos versos; el primero, melódico (3ª y 6ª) que diría Tomás Navarro Tomás, y el segundo sáfico, de acentuación en 4 ª y 8ª sílabas. Veremos que el ritmo de todos los versos iniciales se mantiene semejante, característico, y viene a producir una sensación de fluidez que, acentuada con el sáfico, produce un tono de equilibro perfectamente acorde con la inflexión introductoria y expositiva que pretende el autor en estas dos primeras estrofas, con un matiz conciliador, por otra parte necesario para contrastar posteriormente con el marcado carácter irónico de prácticamente la totalidad de los versos siguientes.

Veamos ahora, aunque sea de manera aislada, un verso de esta sátira, concretamente el 42 cuando dice:

«son sempre in servitude e in povertade»

         2ª       6ª               10ª

Veamos que la acentuación cambia en un momento, a mi juicio, clave. Reclama la resolución de un desengaño evidente, mas acude para expresarlo a la acentuación en 2ª y 6ª del endecasílabo histórico,
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el cual reclama el pensamiento sobriamente expresado. Pero veámoslo en singular contraste con el verso 44, el cual quiere poner acento de sarcasmo en su ironía, y no en balde vemos desfilar en el endecasílabo una rítmica cuando menos no canónica por extravagante cuando dice:

«de l’incauto Epimeteo a fuggir lenta...»

           3ª     7ª      (9ª)    10ª

Desde luego rompe la norma de preceptiva, mas, no tanto, si tenemos en cuenta que recurrir a esta «anomalía» métrica implica imprimir carácter cómico al verso.

De esta manera podíamos continuar de forma prolija, analizando estos o aquellos versos de la Sátira VII, si el tiempo y el espacio de este apunte lo permitiera, seguros de hallar numerosos ejemplos con los que ilustrar de forma adecuada nuestra modesta tesis, también seguros de mostrar la maestría indiscutible del genio de Ariosto en materia peculiar como exige a su oficio de poeta: la métrica, incidiendo ésta sobre aspectos puntuales del verso y del poema, unas veces adrede, otras por mera (y genial) intuición poética.

No nos parece una casualidad que cualquier digna edición traducida de las Sátiras tenga muy en cuenta estos aspectos en lo que realmente valen para una consecución satisfactoria de su versión vertida a la lengua española.

Sea pues, en su modestia, estos apuntes no más que una apresurada y tímida muestra de la profunda admiración de este intérprete hacia el talento y la belleza siempre manifiestos en cada una de las «Sátiras», y que sin duda pueden ofrecerse como pórtico dignísimo a una obra genial e imprescindible. Me parece que también podía portar, como en la entrada de la casa de nuestro autor, mas con toda humildad y reverencia, estas líneas mías con aquello de: «Parva, sed apta mihi». Así, estos párrafos, sean breve tributo a su enorme figura, aunque la casa donde vivan en su homenaje sea mucho más «pequeña, (aunque) es buena para mi», pues desde ella puedo tan gratamente acceder el umbral de tantas y sublimes excelencias.




                                                                                                                 Francisco Acuyo







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