domingo, 22 de noviembre de 2015

LA FILOSOFÍA COMO FORMALIZACIÓN CULTURAL, 3ª ENTREGA SOBRE "LA NECESIDAD DE LA FILOSOFÍA", DEL PROFESOR TOMÁS MORENO

Entrega tercera del trabajo, Necesidad de la filosofía, titulada, La filosofía como formalización cultural, del profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección Microensayos del blog Ancile.



La filosofía como formalización cultural, Tomás Moreno




LA FILOSOFÍA COMO FORMALIZACIÓN CULTURAL

NECESIDAD DE LA FILOSOFÍA (3)





La filosofía como formalización cultural, Tomás Moreno

 



IV. La Filosofía como formalización cultural

Las aportaciones que este nuevo nivel de conocimiento o de formalización cultural del mundo –no otra cosa es la filosofía- traerá consigo, pueden sintetizarse en las siguientes:
            1ª Una desmitificación y desacralización del Cosmos, de la Naturaleza:
La Naturaleza se desacraliza; el cosmos natural y las cosas del mundo no están ya gobernadas por fuerzas mágicas, numinosas, sagradas; ni por seres divinos sobrenaturales, sino por causas, leyes, normas, principios, regularidades de carácter físico‑natural e impersonales. Ya no se hablará, pues, de entidades divinas, sobrehumanas, impersonales que rijan nuestro destino (Hado, Moira, Ananké) sino de causas y efectos; sustancias y accidentes; de “arjés”: principios físico‑naturales constitutivos de la realidad (materia, energía, espacio, tiempo; átomos, vacío, etc.). Precisamente es la búsqueda de esos principios constitutivos de lo real (“arjés”) lo que separa el pensamiento filosófico del pensamiento mítico, y a lo que Ortega y Gasset y otros muchos filósofos, darán en llamar Racionalidad crítica.
            Los fenómenos físicos no dependen ya, pues, de la arbitraria voluntad de los dioses, sino de principios o mecanismos intrínsecos a la naturaleza, de determinaciones fijas rectoras de los fenómenos. Y en consecuencia, los hombres mismos podrán “controlar” esos fenómenos mediante el conocimiento de las determinaciones, regularidades o leyes que los rigen. En lugar de acudir a actos‑ritos
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mágico‑apotropáicos propiciadores del bien, conjuradores del mal, para ganarse la benevolencia de esas entidades sobrenaturales, confiarán, si están enfermos, en la Medicina (saber empírico‑natural) y no en esos conjuros, rituales mágicos; ni en sacrificios propiciatorios ni algún tipo de oraciones.
            2ª El descubrimiento de una Normatividad Ético‑política:
El hombre abandona el sentido mágico‑totalitario de la vida. Se siente ya responsable de su propia vida y de su conducta. Es libre. Su logos puede dar sentido y dirección ético‑política a su existencia individual y a su existencia político‑comunitaria.
            Desde una cultura catártico‑soteriológica (típicamente oriental), en la que el hombre está apesadumbrado por normas y fuerzas cósmicas trascendentes al hombre (Moira, Ananké, Némesis), se pasa a otra de carácter Ético‑lógico‑secular en la que se siente urgido por la responsabilidad de su elección libre y racional.
            En efecto, en las ‘sociedades cerradas’, sacralizadas, como la griega de los siglos anteriores, prevalece la acción prescriptiva: el individuo no elige su destino, sino que es elegido por los dioses o la tradición; en las ‘sociedades abiertas’ ‑ como la que contempla la aparición de la filosofía ‑ ocurre lo contrario: es el individuo quien tiene que elegir ante una amplia gama de alternativas y de dudas; la acción electiva se impone, entonces, a la prescriptiva.
            3ª Descubrimiento de la Estructura racional de la realidad (o de la “Naturaleza” como “Kosmos”):
Ahora ya la Naturaleza se concibe como un Kosmos (orden); el mundo puede comprenderse; todo acontece “katá logos”, según la razón. Todo es “catalogable”, ordenable, lógico, comprensible. A través de la experiencia y la observación controladas, el hombre puede descubrir y explicar las propiedades de cada ser a partir de sus manifestaciones observables (los fenómenos). La ciencia es posible: los Presocráticos serán los encargados de expresar sus “Modelos explicativos de la Physis”, inaugurando, de esta manera, el procedimiento propio de la ciencia, consistente en: a) formulación de hipótesis‑conjeturas; b) críticas y refutaciones y c) propuesta de nuevas hipótesis‑conjeturas y así indefinidamente.
            4ª Progresiva Formalización y Racionalización del Lenguaje: El lenguaje va elevándose progresivamente desde lo concreto y perceptual a lo más abstracto y conceptual. La concepción  mágico ritual del lenguaje (“nómina sunt númina”), en el que la verdad depende de la fidelidad de la palabra‑discurso al rito o al mythos originario y de la autoridad del agente del discurso, es desplazada por una concepción semántica del mismo, en el que la “verdad” (“alétheia”) se fundamenta por su adecuación o referencia a la cosa misma. La verdad no residiría ya más en lo que era el discurso o en la fiabilidad de quien lo emitía, sino en lo que éste decía. Se incluyen además en el lenguaje filosófico términos, palabras propias o específicas de la jerga tecnológica: de la ingeniería, de la arquitectura, de la construcción naval etc.
            Pero incluso hubo algo más: hubo una nueva conceptualización del saber. Con esta transformación mental y cultural dejaba de creerse en la posibilidad de un tipo de saber garantizado por una instancia superior al hombre (los dioses) y sólo accesible a través de oráculos, poetas, adivinos, únicos capacitados para predecir la voluntad de los mismos. El depositario de este saber regalo de los dioses es el “sophós”.             Por entenderse ahora el saber como una simple “aspiración” (amor, philia),
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como una actividad perpetua de continua búsqueda y ahondamiento,  el “sophós tiene que dejar paso al  “philósophos”; y como a este nadie garantiza su verdad, su primera pregunta, su primera ocupación, será la pregunta por la verdad. La filosofía será entonces no la ciencia que se posee sino “la ciencia que se busca” (en famosa expresión de Aristóteles).
            La conclusión a la que podemos llegar después de todo este excurso es la de que Grecia, la cultura urbana de la Ciudad‑Estado, es la matriz de la racionalidad filosófica occidental, una forma de conocimiento que, originariamente, sólo se da en Grecia.

V. El origen conjunto de la Filosofía, de la transformación Urbana y de la revolución Espiritual
Dice F. Chatelet, en su “Historia de las Ideologías”, que “la filosofía es hija de la ciudad y de la democracia”; que la filosofía es un fenómeno específicamente urbano, que no puede explicarse al margen de lo que significa este fenómeno cultural (podría decirse, incluso, que ambas se auto-exigen y retroalimentan). Esta misma correspondencia ha sido destacada por J.P.Vernant, en un capítulo (“La Formación del pensamiento positivo en la Grecia arcaica”) de su obra “Mito y pensamiento en la Grecia antigua” en el que escribe:

“La solidaridad que constatamos entre el nacimiento del filósofo y el advenimiento del ciudadano no es para sorprendernos. La ciudad realiza, en efecto, sobre el plan de las formas sociales, esta separación de la naturaleza y de la sociedad que implica, en el plano de las formas mentales, el ejercicio de un pensamiento racional. Con la ciudad, el orden político se ha desligado de la organización cósmica; aparece como una institución humana que constituye el objeto de una búsqueda inquieta, de una discusión apasionada”.

            Por la misma razón que el orden natural, por la existencia de la filosofía, ha devenido “physis” investigable y comprensible lógicamente, el orden social deviene humano y se presta a una elaboración racional también por ello mismo. La transformación mental que introduce la filosofía no se marca menos en el pensamiento político griego que en el pensamiento cosmológico. Subraya así J. P. Vernant la
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concordancia sorprendente entre estos dos modelos de pensamiento: el modelo cosmológico, que regula la ordenación del universo físico entre los primeros filósofos de Jonia ‑siendo en Anaximandro donde aparece con mayor claridad ‑ y el modelo político, que preside la organización de la ciudad y que encuentra en la “politeia clisténica” su expresión más  acabada.
            Gordon Childe, por su parte,  en su obra “Los orígenes de la Civilización”,  destaca el hecho, sorprendente y significativo, de que la aparición de los más grandes movimientos culturales y espirituales de la historia de la Humanidad va a tener lugar en el momento de consolidación y madurez de las culturas urbanas -tanto occidentales como orientales-,  proceso que se iniciará en el Mediterráneo oriental hacia el 4.000 a. C. En efecto, entre los siglos VII y V a. C. (entre los años 630 al 500 a de C.) se produce una extraordinaria revolución o conmoción cultural y espiritual de enorme trascendencia para posterior historia de las civilizaciones; una revolución Cultural que, como hemos señalado, no se circunscribe únicamente a la cuenca del Mediterráneo Oriental (Grecia) sino que se extiende por todo el próximo y lejano Oriente. Durante ese período van a surgir, casi simultáneamente:
            En Grecia la Tragedia y la Filosofía (con Tales de Mileto en el 630 a. C.); en China, Lao‑Tse y Confucio (551‑479) quienes predican sus caminos de liberación, ya sea a través del Taoísmo, doctrina antirritualista, espiritualista, personalizadora que trata de alcanzar la identificación o unión mística con el Tao, eliminando el “desorden cósmico”, ya mediante el Confucianismo (510), que tratará de alcanzar una armonía ética‑social y política, superadora del “desorden socio‑político” en el que el homre chino vive inmerso.
            En la India, coinciden la iluminación de Buda (560) -que apesadumbrado por la existencia del dolor y de la ignorancia, trata de liberar al hombre de la cadena de la existencia, rompiendo con la tradición Brahmánica, ritualista, de los Vedas- con las reflexiones sapienciales de los Upanishads (una especie de comentarios filosóficos a los Vedas) y también con el mensaje de renuncia ascética y de no violencia de Vardhamana Mahavira (Jina), el Jainismo, una doctrina que predica la interiorización, el ascetismo más radical y una extrema no violencia (sólo existen dos sustancias: la sustancia viva, las almas, que son activas, y la sustancia  inerte, la materia, que penetra en plantas, animales y hombres).
            Asimismo, en la Persia de Zoroastro (latinizado en Zaratustra), hacia el 600 a. C., el profeta de la verdad enuncia su revelación en su libro sagrado, el Zend‑Avesta,: un mensaje ético‑soteriológico de
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Ahura Mazda que trata de superar el mal, la materia, la mentira; de carácter también antirritualista. Para Zoroastro la historia de la humanidad es el centro de una historia cósmica en donde luchan dos grandes fuerzas, las del del Bien y las del Mal. En Israel (587, la cautividad de Babilonia) surgen por entonces una importante Literatura Sapiencial (Job, Eclesiastés o Qohelet), en donde el hombre hebreo reflexiona sobre el dolor, el trabajo, la injusticia, el mal y el destino, esto es acerca de la “condición humana”; y una implacable y liberadora Literatura Profética (Josías, Jeremías, Ezequiel, Amós, Miqueas, Isaías), con una profunda carga moralizante, que predica un Dios justo, remunerador y universalista (no particularista), sin magias sacrificiales sino con una moralización del sacrificio, interiorizándolo. En Roma, finalmente (hacia el 500 a. C) Numa Pompilio instituirá la religión oficial Romana.         .
            Esta homotaxialidad temporal, esta simultaneidad o coincidencia[1], en la eclosión de semejante revolución filosófica, política, cultural y espiritual dio pie a Karl Jaspers, en su profunda y singular obra “Origen y meta de la Historia”, para acuñar la expresión de “Tiempo‑Eje”, para referirse a una especie de periodo vertebrador  y cenital en la historia del espíritu humano. Con esta expresión el filósofo germano quiso significar esa enorme mutación o metamorfosis cultural que acabamos de referir y que comportó: 1º) una radical conversión ética hacia la interiorización y moralización del hombre; 2º) la emergencia de la individualidad y de la personalidad humana, de la responsabilidad personal; 3º) el autodescubrimiento en el hombre, de su autoconciencia.
            Las categorías culturales, espirituales, que en ese momento se crean siguen siendo válidas para el hombre de nuestro tiempo; categorías que se resumen y concretan en estas tres grandes corrientes de pensamiento y espiritualidad: a) el Racionalismo filosófico‑científico griego; b) la Liberación ultrarracional y mística Oriental (hindú, taoísta, budista); c) y el Mensaje de salvación mesiánico-religioso y  soteriológico‑profético judío. Filósofos, ascetas‑místicos, reformadores religiosos, profetas etc. Protagonizarán desde entonces la historia del humano espíritu.
            Pues bien, no es gratuito ni inoportuno formularnos la siguiente pregunta: ¿Por qué la Filosofía ‑ese tipo especial de saber ‑ sólo surge en Grecia y no en China, India, Persia o en el Méjico de Moctezuma II?, ¿qué factores o circunstancias hicieron posible que la Filosofía naciese en Grecia y no en cualquier otra Civilización? A responder a estos interrogantes ello dedicaremos algunos micro-ensayos más         (Continuará).


                                                                                                 Tomás Moreno




[1] Esta simultaneidad puede explicarse por un mecanismo de difusión cultural que avanzó en dirección Oeste‑Este, tal vez siguiendo la ruta de expansión de la utilización del hierro forjado (según la tesis de Gordon Childe, en “Los orígenes de la Civilización”). Según J.D. Bernal, en su “Historia social de la Ciencia”, ésta coincidencia fue consecuencia de una transformación económica motivada por el tránsito de una civilización basada en el bronce a otra basada en el hierro. Representaría la superestructura ideológica legitimadora y justificadora de un nuevo modo de producción social, de un cambio en la infraestructura económica. Examinar todas estas interpretaciones además de otras de índole menos sociológica o materialista, nos llevaría más tiempo y espacio del que disponemos. Quede para otro momento.



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