domingo, 18 de diciembre de 2016

LA ESPERANZA, MÁS ACÁ DEL CONSTRUCTO PSICOLÓGICO-SOCIAL DE LA MODERNIDAD.

La esperanza, más acá del constructo psicológico-social de la modernidad, es el título de la nueva entrada para la sección, De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile.

La esperanza, más acá del constructo psicológico-social de la modernidad, Francisco Acuyo



LA ESPERANZA, MÁS ACÁ DEL CONSTRUCTO
PSICOLÓGICO-SOCIAL DE LA MODERNIDAD




La esperanza, más acá del constructo psicológico-social de la modernidad, Francisco Acuyo




HUBO un tiempo en que el refugio en el mito hacía la vida soportable. La continuidad intemporal garantizada por aquél hacía de la esperanza algo innecesario por impensable. La visión cambiante y apocalíptica de nuestra cultura actual, entre la imagen de lo catastrófico y de lo imprevisible representan la esperanza como la vía de compensación ante la angustia de la posible extinción y de la pérdida. Se dice que la única esperanza esta radicada en la redención divina –para el creyente- y en la segunda oportunidad[1].
            La espontaneidad idealista, natural e infantil de lo justo, de lo bello, de la inclinación a la inmersión en lo insondable como vía de superación de lo convencional, la aspiración a lo trascendente, se ofrecen hoy como algo atrozmente insoportable para la sociedad (y el individuo) que reniega(n), quizá sin saberlo, de lo más profundo de su ser ya que lo arraiga, querámoslo o no en lo invisible que reside y radica en este espíritu nuestro propenso a la inmersión y reinterpretación del mito, olvidando acaso nuestras raíces más profundas que encepan en la naturaleza misma, madre y padre verdaderos de nuestras aspiraciones más profundas. Es paradójico que siendo los momentos actuales de nuestra historia en los que más énfasis se puesto en la defensa de la naturaleza, nunca nuestro espíritu se ha situado más lejos de su inevitable lazo ecológico.
La esperanza, más acá del constructo psicológico-social de la modernidad, Francisco Acuyo            Sigue triunfante su marcha –aun cuando se le ha denostado desde los más diversos ámbitos –científico, filosófico, psicológico…- el mecanicismo cartesiano (res estensa frente a la res cogitans),[2] en el que la naturaleza está enfrentada a nuestra alma en virtud de su materialidad hosca, feroz, inhóspita e inhabitable para el espíritu. El pensamiento mágico, salvaje,[3] que tan sabiamente emparentaba al hombre con el trueno, con las calamidades de las catástrofes, así también como con el árbol,  los animales, a la tierra que proporcionan el sustento, ha dejado de tener importancia consciente, también los mismos antepasados que, desde luego, no tiene por qué estar atados a humano cuerpo, y cuyo culto hacía pariente al río, a la roca, a los bosques, a las bestias que en ellos habitan… espíritu, digo, que si tiene residencia en la tierra, tan solo vive en unos pocos corazones fraternos y late solo en el pecho desprestigiado del místico, del profeta -enajenado para el mundo- o del raro poeta verdadero.
            El mundo de lo invisible ha sido relegado; lo primordial de nuestra psique ha sido olvidado en nombre de la civilización, o de unas sociedades en las que muchos no pueden integrarse por intuirlas –y vivirlas- profundamente enfermas. Si la religión fue una vez lealtad al mundo[4], así, la poesía, imposible de desvirtuar a pesar de los incesantes intentos de la mediocre sentimentalidad imbuida de prejuicios banales y sueños de gloria personal, es la vía perfecta para la conexión vital con todos los elementos invisibles que aspiran a la perpetuidad de lo que está más allá -y más acá- de lo que puede el tiempo topografiar, y de lo que se resiste a cualquier calibración en una definitiva medida y que, tan acertadamente, expresara Wordsworth[5]   en aquel vi que sentían, en relación al vínculo vívido e imprescindible con el mundo y sus criaturas.


Francisco Acuyo





[1] Hillman, J.: El código del alma, Edit, Martínez Roca, Barcelona, 1998, pg. 88.
[2] Res o sustancia o materia extensa, reconocible por su extensión (longitud, anchura, profundidad) que constituye(n) su sustancia, cuya realidad física se identifica geométrica y matemáticamente, junto a la res cogitans, identificada por Descartes con la mente, tras romper con la tradición aristotélico- tomista que aceptaba la existencia del alma en vegetales y animales, siendo un producto del ser consciente y volitivo. Véase: Descartes, R.: Meditaciones metafísicas, Espasa Calpe, Madrid, 1984.
[3] Levi-Strauss, C.: El pensamiento Salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 2012.2
[4] Schilpp, P.A.: The Philosophy of A. N. Whitehead, Tudor, New York, 1951, p. 502.
[5] Wordsworth, W.: The Prelude, The poems of Williams Wordsworth, Oxford Univ. Press, London, 1926.



La esperanza, más acá del constructo psicológico-social de la modernidad, Francisco Acuyo

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