lunes, 28 de enero de 2019

LA DISTANCIA EXISTENCIAL ENTRE EL YO, LA CONCIENCIA Y LA NADA


Con el título: La distancia existencial entre el yo, la conciencia y la nada, proponemos nueva entrada para la sección, Ciencia, del blog Ancile.



La distancia existencial entre el yo, la conciencia y la nada, Francisco Acuyo



LA DISTANCIA EXISTENCIAL ENTRE EL YO,

LA CONCIENCIA Y LA NADA


La distancia existencial entre el yo, la conciencia y la nada, Francisco Acuyo

Hay quien dijo con mucho fundamento que: la vida universal, la conciencia, la razón y la personalidad emergen de las profundidades del mundo para llegar a ser inmanentes e individualizadas en cada ser […],[1] exponiendo que en realidad estamos separados desde la óptica de la nada, del vacío, que en verdad es, más que un más allá, un más acá absoluto desde el que se realiza el ser y en el tantas veces nos enclaustramos en un estrecho y vigoroso autoapego que nos hace confundir tantas y tantas cosas. Por eso, la muerte, es entendida –racionalmente- siempre como disolución y fin de todo, y  no tanto como en realidad lo que supone, si el fin que acompaña a la nada de nuestro yo,  es verdad creación y por tanto ser separado que es vida sin nombre y potencial de todos los nombres. Desde aquí podemos atisbar la naturaleza de esa vacuidad o nanidad a la que nos referimos , que en verdad no puede estar o ser en algún sitio sino como conciencia, en tanto que esta es la que hace que se manifieste la forma de lo que es como identidad original.
                Debemos decir que esta conciencia no es aquella que postula desde el ego la objetividad desde una entidad subjetiva. Se revela contra la paradoja de la representación y de la aporía de la conciencia del yo en el mundo. Esta conciencia es nihilidad que accede a la verdadera realidad que no excluye mediante sujeto y objeto, sino que integra más allá de la paradoja de la representación donde las cosas son una en su propia existencia.
La distancia existencial entre el yo, la conciencia y la nada, Francisco Acuyo

                La cuestión de la nada nos obliga a replantearnos la manera de entender, aprehender las cosas, si siempre las entendemos en la distancia de la sensación o de la razón como objetos, ya que aquella, la nada, nos obliga a reconsiderar la sustancia misma de las cosas un paso más allá de la razón misma, ya que la cosa y su ser no puede ser expresado de forma lógica, sino paradójica, ya que no es esa cosa, porque es esa cosa, entramos en el ámbito al que nos referíamos en la anterior entrada con explicación física (mecánica cuántica)[2], como potencialidad que solo puede ser en la nada y será en virtud de la conciencia de su entidad. La nada será el fuego que no quema el fuego, pues en realidad no hay dos mundos, ya que en esta nanidad se da el ser más elemental de las cosas así como su fundamento originario, porque la esa nanidad o vacuidad son las cosas, o lo que es lo mismo: su ser es ilusión en su verdad y verdad en su ilusión[3].
                La potencia de la nada que se desarrolla como conciencia (atención a este concepto de conciencia, que no es en modo alguna el de conciencia personal) es la fuerza, la energía, que hace posible la actualidad –factualidad material- del mundo. La interacción de esta conciencia vacía, potencial, de infinitas probabilidades, ya que esta conciencia vacía es el fundamento del ser, por lo que la distinción, la distancia entre el objeto observado y el yo que lo observa no es más que una ilusión, pura apariencia. Nos trae de nuevo a colación en estas reflexiones la denominada jerarquía entrelazada que encuentra sustento en los entresijos del mundo de la física cuántica, y que en su funcionamiento circular sujeto y objeto simultáneamente se crean y recrean sincrónicamente. Si la nada como conciencia unitiva de las cosas, en fin,  el fundamento y origen potencial de lo que es, ¿qué papel juega la conciencia personal, actual, autorreferencial del que  cree ver algo distinto fuera de sí en los objetos discernibles como sustancia supuestamente ajena a ella –a la conciencia personal- que observa ?  Según la propia mecánica cuántica, la de hacer sustanciales las potenciales probabilidades del ser –probabilístico- de la dualidad onda a la materialidad corpuscular de la partícula.
                En cualquier caso, la nada, la muerte, el vacío, el sunyata…  diríase que son no más que un sumario de cualquier proceso creativo. El contacto con la nanidad, con la muerte, con la disolución definitiva es el encuentro con la nada y su conciencia no local abierta a infinidad de potenciales realidades creativas. Sería no sólo interesante, también muy necesario incidir sobre lo que aquí denominamos creatividad, si la estamos vinculando a esa conciencia de la nada donde todo está potencialmente dispuesto para ser sustancialmente realizado, y si no existe una contradictio in terminis en relación a lo que entendemos como creativo (nuevo, nunca antes visto…), si ya esa sustancialidad estaba ya en la potencia creativa. La naturaleza de lo creativo es singular, y de ello hablaremos en la siguiente entrada de este blog.


Francisco Acuyo




[1] Nishitani, K.: op. Cit. p.158.
[2] Acuyo, F.:Blog Ancile, La nada en la conciencia del ser mismo.
[3] Nishitani, K.: op. Cit. p.207.




La distancia existencial entre el yo, la conciencia y la nada, Francisco Acuyo

lunes, 21 de enero de 2019

EL AFFAIRE SOBRE LA BISEXUALIDAD: OTTO WEINENGER


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos el post titulado: El affaire sobre la bisexualidad, según la figura de Otto Weininger, por el profesor y filósofo Tomás Moreno.



El affaire sobre la bisexualidad, Tomás Moreno




OTTO WEININGER (III). 

EL AFFAIRE SOBRE LA BISEXUALIDAD




El affaire sobre la bisexualidad, Tomás Moreno

A principios de 1904, apenas un año después de su muerte y tres años de su conversación con Freud, el fallecido Weininger ya estaba en boca de todos: los periódicos vieneses se habían hecho eco de la historia, envolviéndola en un cierto halo romántico y dramático  (“joven genio se quita la vida”), lo cual, unido a una buena campaña publicitaria, había disparado la venta de su obra convirtiéndola en un sonado éxito. Su probidad intelectual se vio, no obstante, seriamente comprometida por un pleito por derechos de propiedad intelectual, instado por Wilhelm Fliess, famoso otorrinolaringólogo de Berlín, amigo de Freud y autor de numerosos trabajos científicos, quien denunció su libro, acusándolo de plagio.
El affaire sobre la bisexualidad, Tomás Moreno            Aun reconociendo su valor y atractivo -al que calificaba de “perversamente fascinante”- la obra de Weininger encerraba un pequeño problema: “la doctrina de la bisexualidad original de todos los seres humanos, incluyendo la ley de la atracción sexual -de la que se deducía que los hombres femeninos atraían a las mujeres masculinas, y viceversa- así como la explicación de la represión en la histeria que de ella se derivaba”[1] no era, en términos estrictos, propiedad intelectual del joven filósofo vienés. Aquellas ideas, fuesen innovadoras o no, eran en realidad parto de su propio ingenio. No obstante, en ningún lugar del libro de Weininger aparecía su nombre (el nombre de Fliess)[2].            El propio Freud se vio envuelto en el grotesco pleito en torno al joven pensador. En efecto, la denuncia de Wilhelm Fliess cuestionó la seriedad y honradez intelectual del joven escritor desaparecido, acusando, con razón y muy dolido, a su antiguo amigo y confidente, Freud, de haber comunicado, en el curso de una terapia psicoanalítica, su tesis de la bisexualidad a su paciente, y también filósofo, Hermann Swoboda, íntimo amigo de Weininger.
            La idea de la bisexualidad habría llegado, pues, al conocimiento del joven Weininger a través de Swoboda. “El fallecido Weininger”, se lamentaba Fliess en una irritada carta, “ha sido ladrón con una llave que ha encontrado”. Freud habría prestado servicios de intermediario coadyuvante al robo intelectual.            Efectivamente John Kerr comenta que W. Fliess al leer el best-seller de Weininger descubrió, deduciéndolo de un pasaje de la obra, que los dos hombres –Swoboda y Weininger- eran íntimos amigos y que habían comentado específicamente el capítulo de la obra  que Weininger dedicaba a la histeria, escrito por el joven Otto para obtener el favor del maestro Freud. Comprendió, anonadado, que tanto Swoboda como Weininger se habían apropiado la esencia de su inédita teoría y que Freud estaba involucrado en el origen del famoso libro, aunque hubiera instado al joven Weininger a no publicarlo. Pese a ello, la conducta de Freud había sido, en su opinión, del todo imperdonable. Indignado, escribió a Freud el 20 de julio de 1904 acusándole de haber sido el intermediario del robo de Weininger y lamentándose por el hecho.
            A Freud no le quedó más  remedio que confesar el papel que había representado. No obstante, se permitió advertir a Fliess que las “ideas” no podían patentarse e insistió en que “el daño que le ha hecho Weininger es mínimo, pues nadie tomará en serio su pésimo libro”. El “pésimo libro” se estaba convirtiendo, sin embargo, con gran rapidez en un best-seller mundial y sería traducido nada menos
El affaire sobre la bisexualidad, Tomás Moreno
que a dieciséis lenguas. Swoboda, por otra parte, también habría de utilizarla en una monografía titulada “Los períodos del organismo humano y su significado psicológico”, publicada en 1904, en ella hablaba de los ciclos sexuales, contenía una versión chapucera de las teorías de Fliess; tampoco lo citaba. Freud reconocería más tarde, con su sarcasmo característico, que cuando Swoboda encontró a Weininger reflexionando sobre los problemas sexuales y le comentara la idea de la bisexualidad original de todos los seres humanos, la reacción de Weininger fue inmediata: “se dio un golpecito en la frente con la mano y corrió a su casa a escribir su libro”[3].
            Una vez subsanado tan lamentable malentendido, Freud comunicaba en una carta a Fliess que estaba a punto de terminar un nuevo libro, Tres ensayos para una teoría sexual, en el que intentaría, en la medida de lo posible, evitar el tópico de la bisexualidad, si bien, ésta tenía que aparecer en algunos puntos. La amistad entre ambos médicos ya era tensa desde hacía tiempo; el conflicto en torno a Weininger no hizo sino partirla definitivamente en dos, dejando a todos los implicados un amargo sabor de boca. Todavía en el último año de su vida, el fundador del psicoanálisis se justificaba diciendo que había sido el primero en “condenar” los excesos verbales del joven y apasionado filósofo (cont.).


TOMÁS MORENO.


[1] Punto de partida central del análisis de los sexos de Weininger y sobre las que éste edificaba su extraña construcción ideológica.
[2] Cf. John Kerr, La historia secreta del Psicoanálisis, Crítica, Barcelona, 1995, pp. 87-89 y 104-105.
[3] Cf. P. Roazen, “Freud y sus discípulos”, trad. cast., Alianza, Madrid, 1978, p. 113. Según Castilla del Pino (op. cit., pp. 11-12): “En todo caso tampoco la tesis de la bisexualidad era absolutamente original de Fliess, pero para el gran público pasó definitivamente como propia de Weininger”. La tesis de la bisexualidad, muy cara a Freud, por su utilidad para la explicación de la homosexualidad. Para la historia de la tesis de la bisexualidad anterior a Fliess y Freud y, por supuesto, a Weininger, véase: Freud, Tres ensayos de teoría sexual, trad. cast., vol.VII de la edición de Amorrortu p. 130, nota 12.




El affaire sobre la bisexualidad, Tomás Moreno

miércoles, 16 de enero de 2019

LA NADA EN LA CONCIENCIA DEL SER MISMO

Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos el post que lleva por título: La nada en la conciencia del ser mismo.



La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo




LA NADA EN LA CONCIENCIA DEL SER MISMO



La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo


Cuando comentábamos en anterior ocasión[1] la imposibilidad de sustraer la vacuidad, la nada así como el ser mismo de la conciencia del sujeto, esto no implicaba que su no objetividad positiva, dicha nihilidad (vinculada al ser) no pueda tratarse como algo despegado de nuestra propia existencia, y por lo tanto no sea menos real que aquella misma en la que nos incluimos. Diríase que el ser de nuestra existencia es al mismo tiempo, de manera dual, nada en nosotros y nada en su absoluto. No puedo inhibir la imaginación al respecto y establecer una analogía que no se me antoja disparatada, me refiero al fenómeno del entrelazamiento cuántico[2], que nos habla de un sistema que viola cualquier realismo local, y del que se deriva la no separabilidad (matemática y acaso física) del objeto cuántico, siempre sujeto a la misma observación y que en cierto modo pone patas arriba el monismo materialista de la realidad.
                La paradoja de esta dualidad, que en realidad es uno, nos trae a la memoria,  de nuevo, paradojas que sobrevienen en el mundo de lo infinitamente pequeño[3], donde el ser de lo material es posibilidad, en donde la nada (el vacío) es el fundamento de las posibles realidades existenciales –materiales- como superposiciones varias de posibilidades. ¿Es en esta nada objetivable dónde esto tiene lugar? ¿Cómo es esto posible, de ser cierto? Mas, esto parece ir en contra de la causalidad positivo materialista –ascendente- que reza: será la partícula material la que, mediante el soporte físico biológico del cerebro, haga posible la conciencia. De hecho, de la no localidad de dichos objetos minúsculos (partículas elementales), se ha demostrado que influyen mutuamente sin mediación de señales, por lo que se dirían estar aquellos interconectados en dominios ¿extraespaciales y extratemporales? (se dicen que parecen violar la constante de la velocidad de la luz), y donde la potencialidad es tan real como lo actual objetivo. ¿No será en esta nada en donde se radica dicha potencialidad? ¿Pero, cual es la naturaleza de esta nada? Esta interrogante vuelve una y otra vez a lo largo de todas y cada una de nuestras reflexiones a lo largo de esta ya prolija exposición sobre la nada.
La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo
                En cualquier caso, la conciencia parece tener un protagonismo extraordinario en el razonamiento sobre la sustancialidad de la nada. Diríase que la realidad que acontece en la nada se resuelve por la vía opuesta de la causación material ascendente, la potencia –la probabilidad- es la que precipita el acontecimiento material –existencial-  de lo que entendemos como materia, y que es la conciencia la que lo precipita. Aquí surge una nueva interrogante no menos capital y de difícil respuesta, a saber: ¿Cuál es la naturaleza de la conciencia capaz de corporeizar, actualizar materialmente la probabilidad o potencia de un objeto?
                La nada a la que lleva el final, la muerte, la disolución de algo que existe (con consciencia), ¿es el reducto donde todo, al fin y al cabo, se cuece en forma de probabilidades de ser, y donde, por tanto, hablar de  sujeto y de objeto no tiene el más mínimo sentido ya que todo se circunscribe a los potenciales procesos creativos que lleven a su materialidad?
                Esta interrogante fundamental en física se concreta en: ¿qué será lo que impulsa, genera, la realidad corpuscular, material, actual de los electrones que se mueven como ondas probabilísticas? Todo parece indicar que el colapso de la partícula localizada tiene mucho que ver con lo que denominamos conciencia (John von Neumann) del observador, aunque dicha conciencia,  nos lleve a una aparente nueva dualidad. Insistiremos sobre esta peculiar interrogante en la siguiente entrada del blog  Ancile.


Francisco Acuyo



[1] Acuyo, F.: Blog Ancile, Ciencia, Filosofía y Trascendencia,
[2] Recogido por Einstein, Podolsky y Rosen en su famosa paradoja EPR, y que Schrödinger adaptaría para sus estudios sobre los estados cuánticos.
[3] Véase una delas proverbiales paradojas de la física de partículas, a saber: la dualidad onda partícula.




La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo


lunes, 14 de enero de 2019

LA VIDA BREVE DE UN FILÓSOFO DILETANTE: OTTO WEININGER


Abundando sobre el personaje, la personalidad y el pensamiento de Otto Weininger, traemos para la sección, Microensayos, la entrada del filósofo Tomás Moreno, que lleva por título: Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. 

Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno



OTTO WEININGER (II). 

LA VIDA BREVE DE UN FILÓSOFO DILETANTE



Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno

Otto Weininger (1880-1903)[1], hijo de un orfebre judío, antisemita, adorador de Wagner y peregrino a Bayreuth, nace en Viena el 3 de abril de 1880 de padres judíos e ilustrados; se dedicó en principio, en su etapa del Gymnasium, a los estudios literarios y filológicos. Políglota precoz, aprendió de manera autodidacta ocho lenguas antes de dejar la universidad. A los 18 años dominaba el latín y el griego, se había iniciado en el español y el noruego y hablaba francés, inglés e italiano. Seguidamente pasó a interesarse por el estudio de las matemáticas y las ciencias naturales. Tras graduarse de bachiller en 1898, se matriculó en la Universidad de Viena cursando distintas disciplinas  todas relacionadas con la psicología y la filosofía: lógica, psicología experimental, pedagogía e historia de la filosofía. El conocimiento de la filosofía, campo en el que experimentó de manera determinante la influencia del pensamiento kantiano, fue determinante en su formación intelectual.
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno
            El filósofo argentino Francisco Romero, en un famoso ensayo sobre el joven filósofo vienés, nos lo retrata así: de elevada estatura, descarnado, nervioso, de naturaleza muy resistente… se creía por encima de cualquier flaqueza o debilidad física, y mantuvo hasta el último momento la seguridad del absoluto dominio de su cuerpo. “No daba la impresión de un hombre feliz”[2]. Uno de los amigos que lo trataron en la intimidad, Emil Lucka, halla cierta dificultad para transmitirnos el rasgo que en él particularmente le chocaba. No se podía decir que pareciera desdichado (unglücklich), sino más bien privado de dicha o de alegría (glücklos, glückfremd). En su opinión, Weininger no era de los que predican moral y construyen teorías a las cuales permanecen ajenos en la práctica. “Cada principio considerado por él como verdadero, cada postulado establecido, se le imponía ante todo a sí mismo. Consiguió vivir su filosofía, y cuando llegó a verse impotente para ello se quitó voluntariamente la vida”[3]. K. Dallago[4], uno de sus primeros  biógrafos, lo describe, en 1912, como un personaje nietzscheano que filosofaba desde las profundidades de su ser y Stefan Zweig, coetáneo y buen conocedor del joven pensador, lo evoca como dando “siempre la impresión de que acababa de llegar de un viaje de ferrocarril de más de treinta horas, sucio, fatigado, los trajes arrugados, con un aire incómodo y una sonrisa oblicua”[5]. Jacques Le Rider recoge en su ensayo numerosos testimonios de psiquiatras de su tiempo en los que se lo calificaba de homosexual reprimido, de demente cuya obra podría ser definida como un “sistema fóbico” y de narcisista hipersensible afectado de un complejo edípico negativo. Freud, por su parte, lo calificó de “neurótico” dominado completamente por complejos infantiles y Hans-Johann Glock lo calificará, en su ensayo Wittgenstein and Reason (2001), como todo un peligroso psicópata que influyó negativamente en muchos jóvenes coetáneos induciéndolos al suicidio o, en otros como el propio Wittgenstein, inficionándolos de sentimientos misóginos y antisemitas[6].
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno            En 1900 viajó con su amigo Hermann Swoboda a París, participando en el Cuarto Congreso Internacional de Psicología. En 1901, Otto Weininger, entonces de veinte años, era en filosofía partidario del empiriocriticismo positivista de E. Macht, T. Lipps, R. Avenarius, J. P. Moebius, E. Haeckel y tantos otros, seguidores todos ellos de un Darwin deformado. Pronto abandona el psicologismo empiriocriticista y positivista así como la corriente de Brentano y su escuela (Stumpf, Meinong, Ehrenfels, Höfler), para orientarse hacia el biologismo, que le conducirá, finalmente, hacia una peculiar metafísica cientificista en la que se combinan tanto las aportaciones de la ciencia empírica y del positivismo de su tiempo como las concepciones de Platón, Kant y el Cristianismo[7] y la influencia del pesimismo irracionalista de Schopenhauer y Nietzsche, que marcará profundamente su pensamiento[8]. Georg Lukács, en El asalto a la razón lo sitúa en la corriente de la filosofía alemana de la vida más influenciada por Nietzsche, junto con la de Dilthey y la escuela poética de Stefan George[9].
            Versado en filosofía,  psicología y teoría del conocimiento -con sus amigos solía leer y comentar la Crítica de la experiencia pura, de Avenarius-, muy pronto se interesará por el naciente psicoanálisis, que conoció en Viena asistiendo a conferencias impartidas por el propio Freud[10]. A través de su amigo Swoboda, que se psicoanalizaba con Freud, conoció alguna de sus doctrinas que le fascinaron, decidiéndose, en el otoño de 1901, a escribir un ensayo sobre sexualidad con el título de Eros y Psyche: un estudio biopsicológico, que luego devendría en borrador de su proyecto de tesis. Se atrevió a visitar a Freud para que lo leyera, solicitándole una recomendación para culminar su proyecto. Paternal, Freud le aconsejó que siguiera trabajando en él otros diez años y revisara cuidadosamente sus atrevidas conjeturas, hasta reunir evidencia empírica que las confirmase. Naturalmente el exaltado joven ya no disponía de tanto tiempo. Weininger presentó su manuscrito a Friedrich Jold y a Laurenz Müllner, profesores de la Universidad de Viena. Friedrich Jold, bien impresionado por el joven y atrevido estudiante, aceptó el compromiso de asesorar su desarrollo como tesis doctoral. A finales de 1902 la tesis estaba terminada: sus examinadores fueron precisamente Jold y Müllner, quienes le recomendaron ciertas correcciones y revisiones.
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno
Obtenido el doctorado y converso al protestantismo -el mismo día en que se doctoraba- Weininger emprendió un viaje por el norte de Europa y a su regreso se entregó a la tarea de revisar y adaptar su manuscrito con el fin de publicarlo. El libro apareció en mayo de 1903 en la editorial de Wilhelm Braunmüller (de Viena y Leipzig). Weininger tenía entonces 22 años y había asombrado a todos por sus dotes intelectuales a amigos y profesores de la universidad vienesa. En los primeros meses de su publicación no tuvo el éxito y el reconocimiento que esperaba. Desilusionado y herido en su amor propio, viajó a Italia y regresó a Viena más deprimido aún. Tras pasar cinco días en casa de sus padres, el 3 de octubre de 1903 alquiló la casa donde Beethoven había muerto treinta y seis años antes. Esa misma noche con “un disparo en medio de la niebla” se destrozó el corazón (cont.).



TOMÁS MORENO



[1] Para la biografía de Otto Weininger pueden consultarse, entre otras, las clásicas de Emil Lucka, Otto Weininger, der Mensch. sein Werk und seine Persönlichkeit, Braumueller, Wien und Leipzig, 1905; H. O. Swoboda, Otto Weininger´s Tod (Viena, 1912); C. Dallago, Otto Weininger und seine Werk (Innsbruck, 1912) y Georg Klaren, Otto Weininger. Der Mensch, sein Werk und sein Leben, 1924; y el famoso Prólogo de M. Rappaport a la edición de “Ueber die letzen Dinge”, la obra póstuma del pensador vienés. Es todavía muy útil la de David Abrahamsen, The Mind and Death of a Genius, Columbia Univers. Press., Nueva York, 1946. Las más recientes son las de Jacques Le Rider, Le cas Otto Weininger. Racines de l’antiféminisme et de l’antisemitisme, PUF/Perspectives critiques, París, 1982; Jörg Zittlau, Vernunf und verlockung. Der erotische Nihilismus Otto Weiningers, Zenon-Verlag, Düsseldorf, 1990 y, en tercer lugar, la de Chandak Sengoopta, Otto Weininger/ Sex, Science and Self in Imperial Vienna, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2000.
[2] Francisco Romero: “Otto Weininger”,  en “Ideas y figuras”, Losada, Buenos Aires, 1949, p. 11.
[3] Emil Lucka, op. cit. p. 5.
[4] Karl Dallago, op. cit.
[5] Citado en Carlos Castilla del Pino, Otto Weininger o la imposibilidad de ser, Prólogo a la edición en castellano. de Sexo y carácter, op. cit, nota 5, p. 6.
[6] Cit. en José María Ariso, “Cómo leían a Otto Weininger sus contemporáneos vieneses y cómo es leído hoy”, en revista Riff-Raff  43, 2010, pp. 63-75.
[7] Influencia que explícitamente reconocerá en el Prólogo de su obra (SyC, p. 17).
[8] Cf. Hans Mayer, Historia maldita de la literatura. La mujer, el homosexual, el Judío, Taurus, Madrid, 1982, p. 116. Según Mayer “es claramente perceptible la cadencia del epígono de Nietzsche: su secretismo sin pruebas, su apasionamiento, su diletantismo… entre Nietzsche y Spengler […]. Lo mismo que Nietzsche, Weininger se aventuró también en la conexión entre crítica de la cultura y utopía antihistórica. Frente a la regresión romántica se establece la utopía masculina y aria, que, sin embargo, proclama, en nombre de Emmanuel Kant, precisamente la Ilustración burguesa; es decir, quiere restablecer la doctrina que fue causante de la Ilustración y de la emancipación judía”.
[9] George Lukács, El asalto a la razón, Grijalbo, Barcelona, 1975, p. 324.
[10] Freud en 1895 ya había publicado sus Estudios sobre la histeria, en colaboración con J. Breuer, y en 1899 La interpretación de los sueños.


Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno

miércoles, 9 de enero de 2019

MIS VIAJES POR EL CARIBE, DE PASTOR AGUIAR


Para la sección, Narrativa, traemos un fragmento de la primicia de la editorial Poetario, Mis viajes por el caribe, del escritor y poeta Pastor Aguiar, quien nos invita a viajar con el autor desde Cuba a Estados Unidos, montado en un bote de fiberglass, es la historia de un médico cubano en la travesía oscura y peligrosa por alcanzar la libertad. Desde aquí vivamente recomendamos lectura, testimonio fiel y crudo de la vida de su autor.

Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar



FRAGMENTO DE, 

MIS VIAJES POR EL CARIBE, 

DE PASTOR AGUIAR


Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar



El oleaje era moderado, quizás tres o cuatro pies, pero eran olas rápidas pues ya íbamos por la corriente del Golfo, que nos desviaba hacia el oeste. El mar, hermoso en su inmensidad, nos trasmitía su poder, ajeno  a nuestra mínima expedición. Era de color añil y lo mirábamos sin ver a los feroces tiburones devoradores de balseros. No niego que por momentos pensaba en el riesgo de caer y ser rozado por las bestias. Me veía flotando a la deriva, tratando de no atraerlos, economizando energías y dándome algún pequeño trago de agua salada, pero siempre prevalecía el optimismo de ser rescatado después de muchas horas.
Como a las diez de la mañana, con un mar soportable pero movido, al que ya nos íbamos acostumbrando, el motor se detuvo de repente. Juano trató  de bombear gasolina con un dedo, a la vez que abría las válvulas al máximo; pero no tuvo éxito y nos quedamos a la deriva, empujados por la corriente hacia el seno del Golfo de México, sin saber hasta dónde y por cuánto tiempo.
Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar
Entonces me pregunté si repetiríamos la suerte de otros tantos perdidos en el océano, a merced de las tormentas, o en el mejor de los casos, de algún buque que nos recogiera y quién sabe si a Cuba de regreso. ¿Daría gracias por la vida en tales circunstancias? Creo que sí, porque ello significaba nuevos intentos.
Unas algas flotantes nos dieron la idea de la velocidad a la que éramos impulsados. De no solucionar el problema en pocos minutos iba a ser muy difícil recuperar el rumbo.
A Fico le dio por maldecir mientras Juano iba revisando las bujías, algunas de las que estaban sucias de hollín. Yo las limpiaba con un pedazo de lija y un trapo. Entre una cosa y otra, obviando discusiones de mecánica, quejas de que el jodido motor estaba clueco, pasaron unos cuarenta minutos, hasta que logró arrancar como si tuviera asma, pues desde este momento trabajó con un solo pistón durante la mayor parte de la travesía.
Fico no abandonaba el timón, tratando de mantener la proa frente al oleaje. Yo palpaba las cámaras para comprobar que no perdían aire.
Cada cual lidiaba con sus miedos, pero con una especie de tranquilidad hasta entonces desconocida, una anestesia dada por el instinto de conservación, de forma que nadie se quejó.
Yo trataba de mantener el tabaco de turno encendido, cubriéndolo de vez en cuando con el hueco de la mano para que las salpicaduras no me lo apagaran. La botellita de café iba por la mitad. Suerte que no tenía azúcar; de lo contrario se hubiera avinagrado.
_ No he podido ver un tiburón todavía_ Comentó Juano inclinándose sobre la borda.
_ Déjate caer y ya los verás, cabrón_ Le sentenció Fico soldado al timón.
Así marchamos pendientes del ruido del bote, de las cámaras, mojándolas a cada rato para que el recalentamiento no fuera a explotarlas, y achicando cada diez o quince minutos con las vasijas plásticas.  Esta primera rotura sirvió para probarnos los nervios.
Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar La costa era una mancha en la memoria y el faro había quedado detrás y a la derecha, invisible. Hubo quien propuso hacer señales al primer barco que pasara. Mientras, racionamos líquidos y alimentos por si no había rescate, por si la primera tormenta no nos tragaba.
Fueron horas de angustia. Juano terminó mareado a causa de fijar la vista en el motor. Yo le di un diminhidrimato y le aconsejé que respirara profundo, mirando al horizonte. También el Curro tuvo náuseas y más tarde vomitó unos buches de líquido verdoso. Ahora nadie bromeaba. El bote avanzaba jadeante y Fico hacía lo imposible, dando quince o veinte grados a la derecha del Norte, para recuperar el rumbo. 
Ya andábamos por el mediodía cuando vimos un gran barco por delante, casi paralelo a nosotros, de colores grises. Al principio pensamos en un guardacostas.
_ Tienen que matarnos; pero yo no subo con ellos_ Aseguró Fico_ Estamos en aguas internacionales.
Así vimos pasar tres durante en el resto de la tarde, y en una ocasión, Santos se puso a hacerles señas con el pulóver, pues la máquina se había detenido por segunda vez.
Juano iba ganando experiencia y cambiaba bujías y bombeaba gasolina con un dedo que se fue hinchando, adquiriendo un color negruzco. Rellenábamos el tanque a cada rato, aún sin necesidad, para mantenernos ocupados mientras perdíamos tiempo y dirección.
Al caer la tarde, Fico confesó que habíamos pasado muy lejos de Cayo Sal y que no había otra alternativa que seguir directo al Norte.


Pastor Aguiar



Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar

lunes, 7 de enero de 2019

CIENCIA, FILOSOFÍA Y TRASCENDENCIA DE LA NADA

Abrimos el año con una nueva entrada para la sección, Ciencia, del blog Ancile, esta vez bajo el título: Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, abundando sobre la cuestión de la nada.



Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo




CIENCIA, FILOSOFÍA Y TRASCENDENCIA

DE LA NADA


Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo


La tradicional (positiva) confrontación entre ciencia y cualquier visión o entendimiento trascendente (religioso o no), es aceptada como norma de indiscutible para la distinción entre uno y otro saber (cuestionándose que esta última sea una manera de saber auténtica). Los estancos compartimentos de una y otra apreciación del mundo son claros –o al menos así quieren venderlos los más interesados en hacer de esas fronteras bastiones inaccesibles para cualquiera que no comprenda sus fundamentos metodológicos y, desde luego, teleológicos . La filosofía ha medrado gnoseológicamente acaso precisamente en esa encrucijada de ciencia y trascendencia (y la poesía ha fructificado como proyección creativa de aquellas). En cualquier caso la ciencia ha proyectado de manera indiscutible su veracidad sobre cualquier otra manera de conocimiento, no en vano la objetividad de sus leyes (que son las de la naturaleza) serán las que den sentido al fundamento de sus presupuestos. Nadie discute hoy la autoridad del criterio científico, aunque esté basado en muchos casos en hipótesis (por lo que el arte, la religión y la misma filosofía  están basadas no más que en  estructuras de pensamiento subjetivas). En cualquier caso habrá que enfatizar en que las leyes en las que se basa el constructo científico son leyes vivas en cuanto que son de la naturaleza y no tanto de la mecánica tecnológica a las que se le atribuye como manifestación más evidente e incluso importante, por lo que existe una franca contradicción entre el dinamismo de lo vivo en la naturaleza y la servidumbre (mecánico tecnológica) a la que se pretende someter su funcionamiento, si aquellos productos mecánicos de la tecnología se hacen para atender fines estrictamente humanos y que encuentran su anclaje perfecto en la máquina puesta al servicio del hombre, aunque esto suponga poner en crisis profunda la humanidad de la cultura contemporánea que no hace sino enmascarar el vacío, la nihilidad del ser humano actual manifiesto en la frivolidad de sus comportamientos.
Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo

                La mecanización de todo lo que compete a la vida del hombre es una constante en la actualidad. Cabe, muy legítimamente por otra parte, interrogarse sobre si la distancia marcada con la idea de lo trascendente hoy día no ha supuesto sino una deshumanización y mecanización  no sólo de la estirpe del hombre, también su actividad y naturaleza. El reconocimiento de la necesidad y reconocimiento interdisciplinar aplicado a la ciencia nos da señas inequívocas de lo que hablamos, remitiéndonos  no sólo a una interdisciplinariedad entre las diversas ciencias (duras -matemáticas, física, química… ; sociales, ciencias de la mente….), también con las humanidades y las artes, acaso se abre la puerta a la filosofía a través de la epistemología y se verá en qué otros ámbitos. La ciencia y su indiscutible soberanía en la sociedad moderna requiere sin ninguna duda una atenta observación. La liberación de lo subjetivo que presupone por principio , en realidad puede suponer una grave rémora para el conocimiento del sí mismo, y cuya subjetividad es tan importante para la salud mental y física de todo ser humano (y consciente en definitiva).  De hecho la óptica de la personalidad humana está tan desfigurada por los (¿imposibles?) criterios objetivo conductistas que han hecho que resurja un autoapego de excepción que acaba por traslucirse en un cautiverio singular de un yo que pretende entenderse en la distancia, en el más allá, en lugar del más acá de donde en realidad procede. Volviendo a la cuestión de la nada, veremos que la concepción de esta es hija inevitable  de una objetivación similar, donde la nada es la cosa así denominada nada.
                En realidad, la nada, como el yo, acaso no  son sino realización de la nihilidad a la que se ve finalmente avocado el yo, la personalidad, la conciencia de uno mismo. Es así que la existencia queda suspendida en la nada (Heidegger), pero en realidad la representación (objetiva) de la nada –que son los árboles que no dejan ver el bosque- nos impide ver la realidad de esta nada inevitablemente unida al sujeto existente que en verdad es nihilidad; conciencia, en fin, que nos remite a la idea de la importancia de la conciencia en lo que es (física cuántica) y así mismo sobre lo que no es (vacío, nada…). El dejar de ser sobrevenido –la muerte- no es más que el vaciarse de sí mismo y ser en esa nada que no deja de ser idéntica al ser donde se restituye como ser en la nada. En definitiva, la nada, como el ser mismo, acaso no sea nunca objetivable, por lo que, insistimos, estemos bordeando en nuestras aproximaciones las fronteras del discurso científico, del filosófico y, por qué no, de lo trascendente.
                Trataremos de ahondar más en próximas entradas del blog Ancile sobre cuestiones tan profundas como fascinantes.


Francisco Acuyo



Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo