Con esta cuarta entrada, terminamos las entregas tituladas, Algunas aproximaciones al título: Arte, la vida en busca de sentido IV, para la sección de Ciencia del blog Ancile.
ALGUNAS APROXIMACIONES AL TÍTULO:
"ARTE, LA VIDA EN BUSCA DE SENTIDO" IV
El ejercicio creativo nos contacta con fuerzas inconscientes que se ofrecen como el servator mundi o vaso sanador, el cual reconoce que la luz benévola de la curación brilla incluso en el infierno oscuro de nuestras miserias. ¿Hasta que extremo, no es lo verdaderamente terapéutico liberar nuestro inconsciente creativo y vital de nosotros mismos y su razón opresora, para que esas fuerzas inconscientes puedan moverse asistidas por nuestra propia conciencia creativa?
A mi muy humilde entender, cuando creamos estamos percibiendo directamente nuestra experiencia más íntima de forma inmediata, liberándonos de la atrofia del no ver lo evidente, en virtud del uso excesivo del vehículo de la razón, por eso, en cierto modo, el ejercicio creativo exige una suerte de desaprendizaje de lo razonable que nos libere de sus convenciones para situarnos, por qué no decirlo, en el ámbito que trasciende aquella para indagar en los dominios de la poiesis, que es como decir, de lo más ancestral que nos conecta con el mundo (de la magia), donde la ciencia no encuentra en ella ninguna controversia.
El reconocimiento de los procesos creativos propios o ajenos consigue sacarnos de nuestro exiguo mundo personal con su problemas, taras y trastornos hacia magnitudes inmarcesibles que no conectan con otros mundos, la curación se produce precisamente cuando en virtud de la atención al proceso creativo volamos más allá de nosotros mismos, en una graciosa suerte de renacimiento que procede de
lo personal a lo impersonal. Contactar con este orbe transpersonal es el que nos sana de los males más frívolos y mundanos, pues nos pone en conexión con las insondables profundidades donde el tiempo y la seducción fáustica de nuestro ego ya no tiene consideración alguna.Creo que el impulso creativo y su ejercicio es terapéutico sin duda, pues nos ofrece el cáliz sanador (servator mundi), decíamos anteriormente, del que ya bebían los sabios de la antigüedad, y que ofrecían a sus acólitos enfermos de la ilusión de este mundo, y cuyo pharmakon athanasias (o medicina de la inmortalidad), tenía una realidad incuestionable y que hoy sin duda hemos olvidado.
La creación es la catarsis que nos conmina a gritar desde dentro de nosotros como lo haría el profeta, para reclamar, poner en valor, reivindicar lo trascendente marchitado por la razón del progreso moderno, por eso el arte, la poesía, a través de su acto mágico creativo nos conecta con lo imposible, lo nunca visto u oído, porque en el fondo, la voz, la luz, que expresa el artista y el poeta es la voz y la luz de la misma naturaleza que hubo de engendrarnos.
Pues sí, me atrevo a decir que el acto creativo es la magia de los antiguos que hoy, miserable y triste y enfermizamente yace para todos (menos acaso para el artista o el poeta o el profeta visionario) olvidada. La lógica de la razón, tan necesaria y justificable para las situaciones ordinarias de la vida pierde todo sentido cuando enfermamos, cuando a través del dolor y el sufrimiento, comprendemos que no puede ayudarnos, pues las cuestiones y situaciones decisivas están muy lejos de aquella lógica de lo razonable.
Crear es regresar a lo originario. Volver a la fuente primera que nos dio aliento para reconocer, en su origen primigenio, la salud que nos salva dando a aquella trascendencia, y, como lo antiguos advertían, que ese regreso es observar paradójicamente, lo nuevo. Los ecos científicos de esta obrita de la que hablamos son el disimulo, la metis, el necesario engaño para que, vosotros, público oyente y los potenciales lectores, no me tomen por loco. Es la máscara que exigen los tiempos de la modernidad e incluso de la posmodernidad denunciadora de los rigores de la razón. El terapeuta debe ofrecer su cura como revelación, en realidad, al caer en la cuenta que, a través de la atención del ejercicio creativo, que la cura siempre estuvo ahí, antes del propio pensamiento humano. Aquello que también la ciencia mantiene (sin saberlo acaso) como revelación de que todo lo que sabe ya estaba ahí, para ser descubierto o supuestamente creado, y que su teoría y experiencia en realidad pertenecen al saber y a la experiencia de otro mundo.
El acto creativo es terapéutico, en fin, porque nos ayuda a entender el secretum meum mihi, que mi secreto es para mí. Este vínculo íntimo, interior, es el que nos conecta con lo más profundo de nuestro corazón. Crear es imaginar activamente dentro de nosotros, y desde allí contemplar que nuestra subjetividad creativa es la que verdaderamente actúa y nos conecta íntimamente, para asombro de propios y extraños, no solo con los demás, sino también con la inmensidad del cosmos.

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