viernes, 19 de julio de 2019

ROBERT OWEN Y LA UTOPÍA NEW ARMONY

Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, y bajo el título de: Robert Owen y la utopía New Armony, del profesor y filósofo Tomás Moreno.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno




ROBERT OWEN  Y LA UTOPÍA  NEW ARMONY

 
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno

Robert Owen (1771-1858) los ingleses le reconocen la paternidad del ideario socialista y del movimiento cooperativo. Si en Saint-Simón su socialismo apenas se percibe y sus alegatos en pro de la llamada clase industriosa lo caracterizan como un pensador básicamente industrialista, y en Fourier su falansterio puede interpretarse como un simple cooperativismo, en Owen aparece –por el contrario- con más definido perfil un esbozo del ideario socialista. Nace en Newtown, Montgomeryshire en 1771. Hijo de un ferretero, a los 19 años era ya patrono de 500 obreros. Salido de la nada, en los tumultuosos años de la revolución industrial se convirtió en dirigente de fábricas textiles y desde 1799 en copropietario de las hilanderías de New Lanark (Escocia), donde puso en práctica las ideas filantrópicas y reformistas expresadas en Una nueva concepción de la sociedad (1813) y en Relación del condado de Lanark (1821)[1].
            Esencialmente optimista, Owen  considera que todos los hombres nacieron buenos y creados esencialmente para apreciarse y ayudarse mutuamente, pero las inhumanas condiciones de la sociedad de su tiempo -en plena emergencia de la sociedad industrial y maquinista- les ha inducido a odiarse y pelearse. Ha llegado el tiempo  en el que mediante un método racional de organización social, una forma de educación adecuada, así como a través de un crecimiento indefinido de la riqueza –dado el inmenso poder productor que las máquinas y el desarrollo de las fuerzas productivas brindaban a los hombres-  la abundancia para todos  y el advenimiento de una sociedad mejor será una realidad más que posible, alcanzable. “Ningún obstáculo existe en este momento, a no ser la ignorancia”, escribe en 1816.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno
            Fue ante todo un pragmático, y en muchos casos puso en práctica sus principios antes de llegar a teorizarlos.             Owen pondrá en práctica su primer experimento social como gerente de una fábrica textil en New Lanark (Escocia) hacia 1800. Sus  innovaciones habrían de alterar el estilo de vida de una población de 2500 trabajadores, transformando su fábrica en una especie de asociación comunitaria, en la que existían bibliotecas, salas de reuniones de los trabajadores, conferencias. Allí fue donde también ensayó sus planes de educación y reforma de las costumbres con verdadero éxito, llegando a suprimir, por ejemplo, el alcoholismo entre sus obreros. Robert Owen trató de mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras, humanizando las condiciones de trabajo a las que estaban sometidos los obreros industriales en la Inglaterra de la revolución industrial: mediante la limitación de beneficios y el aumento de salarios, la reducción del horario de trabajo y la organización de servicios sociales. Recordemos que el régimen regular de trabajo era de 14 0 15 horas diarias, que se contrataba a niños menores de diez años, procedentes de los hospicios y que trabajaban en condiciones infrahumanas. Consiguió en su fábrica reducir a diez horas y media la jornada laboral, proscribió el empleo de niños en los telares e introdujo un sistema de seguro por enfermedad para los obreros, desconocido hasta ese momento.
            El resultado de sus experiencias en New Lanark fue  su proyecto de creación  de “pueblos”, “aldeas” o “comunidades cooperativas”, ideados en principio para solucionar el problema del paro, pero al no recibir apoyo alguno de las autoridades, Owen se propuso realizarlos por su cuenta. Su idea de la organización cooperativa pasó de ser una simple forma de lucha contra la miseria, la explotación y la injusticia, frente a un sistema productivo injusto, a convertirse en un proyecto alternativo de sistema político y económico de organización permanente de la sociedad, una nueva forma social estable que superaría y destruiría las formas capitalistas de producción y la rivalidad que el afán de lucro y la competencia comercial traía aparejadas.
            Las “aldeas”, en las que la industria y la agricultura debían combinarse, se basarían en el principio del trabajo en común, el consumo común, la propiedad común y la igualdad de privilegios para todos. Serían autónomas, unidades económicas independientes, que combinarían ejemplarmente las ventajas de la ciudad y del campo; no estarían aisladas, sino que la unión de ellas en unidades federadas podrían dar lugar a la formación de “círculos de diez, cientos y miles, hasta que llegaran a comprender el mundo entero”. Y,  naturalmente, los Estados actuales serían inútiles y acabarían por desaparecer. La pobreza, la injustica y la explotación serían desconocidas y todos trabajarían en espíritu de fraternidad y cooperación.
            Basadas en un sistema comunista de la propiedad tendrían de mil a mil quinientos acres de terreno y estarían habitadas por una población de quinientas a dos mil, dedicadas a la agricultura y a la manufactura. Vivirían en casas espaciosas cuadrangulares –las jocosamente denominadas “paralelogramos de Owen- situadas en el centro de cada comunidad y que contendrían dormitorios, comedores, salas de lectura y escuelas en común. Jardines, campos de juego y recreo se constituirían dentro y fuera del cuadrilátero y detrás de los jardines exteriores se construirían fábricas y casas de labranza. Cada familia tendría una vivienda separada y los padres cuidarían de los hijos hasta que tuvieran tres años, edad en la que serían entregados a la comunidad para ser educados. A los padres se les permitiría ver a sus hijos en las horas de comer y en otros momentos convenientes.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno
            Casi el resto de su vida consistió en tratar de establecerlas, en muchas ocasiones infructuosamente. En 1824 Owen, sin ayudas estatales, trató de poner en práctica sus ideales sociales en Estados Unidos: compró a los “rappites” o rappistas -secta religiosa alemana que vivía bajo principios cooperativos- unas tierras en el estado de Indiana y fundó allí una colonia cooperativa bajo el luminoso título de New Harmony. Convocó a quienes deseasen incorporarse al proyecto de construir una comunidad basada sobre nuevos principios morales y fundada en el trabajo y el consumo cooperativo. Pronto, al cabo de tres años, surgieron rivalidades y discordias, especialmente en lo relativo a la “forma de gobierno” que se adoptaría. Desalentado de sus seguidores, aunque no de la “idea” que trató de llevar adelante, Owen dejó a sus hijos, en 1829, la colonia, donde había invertido gran parte de su fortuna, y retornó a Inglaterra.
            Tras el regreso, Owen dirigió su interés hacia el movimiento sindical y las organizaciones obreras (Trade Unions) existentes difundiendo sus ideas comunitarias y cooperativistas. Considerando que el trabajo es el único patrón de medida del valor (idea, vista antes por Adam Smith y por David Ricardo y que después también recogerá el socialismo marxista, según la cual el valor de los objetos-mercancías está determinado por el tiempo de trabajo que se emplee en producirlos) trata por medio de un efímero banco de intercambio de trabajo, la llamada "Bolsa de Cambios del Trabajo", de establecer relaciones directas entre productores. Su nuevo proyecto consistía en que los obreros llevaban los artículos elaborados y eran valorados conforme a las horas de trabajo empleadas en producirlos y se entregaban al trabajador bonos que le permitían adquirir otros objetos tasados igualmente según las horas empleadas en su fabricación. Se perseguía, con ello, abatir el beneficio. El propósito naufragó víctima de la mala fe: los almacenes de la Bolsa se llenaron de artículos no deseados en invendibles.     
            Tuvo una pléyade de discípulos que jugaron un importante papel en movimientos sociales de la época como el “cartismo”. Uno de sus continuadores más sobresalientes sería John Goodwin Barmby que fundó en 1841 la “sociedad de propaganda Comunista, llamada más tarde “Asociación Comunitaria Universal” influyo por Cabet, el utópico francés, cuyas comunidades icarianas fueron el modelo de lo que Barmby llamaba “comunismo”. Otro de sus seguidores fue Thomas Frost, que fundó con Barmby  un semanario, “La Crónica comunista”, en el que apareció en forma de folletón su novela utópica (desaparecida) “El libro de Platonópolis”, cuyo contenido según el resumen de su propio autor consistía en “una visión del futuro, un sueño de rehabilitación del mundo y de la humanidad. Monasterios comunistas en mármol y pórfido, donde los comunistas comían en vajilla de oro y plata, en comedores adornados con las más exquisitas obras maestras de la pintura y de la escultura, a los acordes de la más deliciosa música. Donde carrozas a vapor estaban preparados para servir en los desplazamientos, o bien, si se deseaba otro medio de locomoción, globo, aeronaves podían realizar el mismo servicio. Donde, en resumen, todo lo imaginado por Platón, Moro y Campanella se reproducía y asociaba a todo lo que la ciencia moderna ha descubierto para aliviar las penas de los hombres y hacer la vida más feliz” (sic)[2].  
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno            En la doctrina teórica de Robert Owen –cuya contribución fundamental en el paso del socialismo utópico al socialismo científico fue, según A. L. Morton, engarzar ambas concepciones en estrecho contacto con el movimiento obrero, en los últimos años de su vida[3]- son de destacar las ideas expresadas en sus Ensayos sobre la formación del carácter, en torno a la educación de la juventud: como el medio social determina la conducta humana y la “formación del carácter” depende de “circunstancias exteriores”,  y no de las voluntades individuales, éste sólo podrá transformarse en un sentido “racional” -que es el único conforme a la naturaleza y capaz de llevar al hombre a la felicidad- mediante la educación, que desempeña un papel fundamental en el acceso al “nuevo mundo moral”, por el propugnado. Este es el objetivo hacia el que orientará su obra y su existencia.
            Hostil a cualquier tipo de revolución, a la lucha entre clases sociales e incluso a las huelgas, Owen creyó en la colaboración entre las clases y fue fundamentalmente un “buen patrono”, pero pronto, el industrial filantrópico y generoso se transformará en enemigo del sistema capitalista: la propiedad privada va a ser considerada, desde entonces, como la causa de todos los males morales y materiales que agobian a la humanidadLa moral laica y utilitaria que da forma a su plan educativo para la formación del carácter, la polémica racionalista contra la educación religiosa, y los intentos de desarrollar una amplia federación de comunidades socialistas le enajenaron las iniciales simpatías de las clases dominantes inglesas. Owen dejó una obra escrita apreciable aunque quedó opacada por la gran dimensión de su extraordinaria actividad organizadora, de ella merece citarse, en especial, su obra de madurez El libro del nuevo mundo moral (1836-1844), en el que –pese a calificarse de librepensador- no disimula sus afinidades con el lenguaje bíblico del cristianismo protestante ni tampoco sus alusiones a una cierta “religión de la caridad” o nueva religión profana atenta al advenimiento de un venidero “paraíso terreste[4]”. Otros muchos escritos quedaron dispersos en folletos, informes y artículos para periódicos. En el Anti-Dühring, Engels –a pesar de su inquina o aversión al Socialismo utópico- aseguró de forma terminante: “Todos los movimientos sociales, todos los progresos efectivos que se han realizado en Inglaterra en beneficio de los trabajadores, van unidos al nombre de Owen”[5]. Tal elogio no pudo o no quiso atribuirlo el colaborador de Marx a ningún otro socialista pre-marxista.

TOMÁS MORENO






[1] Para todo este ensayo nos han sido fundamentales las obras de A. L. Morton, Vida e Ideas de Robert Owen, editorial Ciencia Nueva, Madrid, 1968 y A. L. Morton, Las utopías  socialistas, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1970, pp 129-139.
[2] Citado en A. L. Morton, Las utopías socialistas, op. cit., p. 137.
[3] A. L. Morton, Vida e ideas de Robert Owen, op. cit.
[4] Darrin M. MaMahon, Historia de la felicidad, op. cit., p. 380.
[5]Cf. F. Engels,  Anti-Düring, tr. José Verdes Montenegro, Editorial Ciencia Nueva Madrid, 1968.



Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno

martes, 16 de julio de 2019

LA ESCUELA SANSIMONIANA. EL PADRE: PROSPER ENFANTIN

 Abundando en la temática de las corrientes utópicas traemos una nueva entrada para la sección, Microensayos, del blog Ancile, con el título: La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, del filósofo Tomás Moreno.




LA ESCUELA SANSIMONIANA. 

EL PADRE: PROSPER ENFANTIN  



La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno







El gran historiador de la Escuela de Saint-Simon, Sébastien Charlety, inicia su relato histórico con estas certeras palabras: “Poco menos que desconocido durante su vida, pese haber pensado y escrito mucho, se hizo mundialmente famoso después de su muerte, cuando  un grupo de hombres recabó el honor  de tenerle por maestro único y revelador de verdades ignoradas, considerándole como un mesías. En su nombre, formularon y difundieron doctrinas políticas y sociales e incluso una nueva religión. Para ellos no sólo su vida fue un ejemplo y sus escritos una enseñanza, sino que su pensamiento les pareció una revelación divina y sus actos tuvieron un valor simbólico cuya interpretación era de suma importancia para la humanidad”[1].

            En efecto, inmediatamente después de la muerte de Saint-Simón, sus fieles amigos decidieron realizar el proyecto que había formulado durante a lo largo de su vida y “predicación”: para ello se dispusieron a crear una publicación destinada a dar a conocer las nuevas teorías y doctrinas del desaparecido Maestro. En torno a una revista, “Le Producteur”, y luego en torno al diario “Le Globe”, se reunieron todos los futuros fundadores de la escuela sansimoniana (o saint-simoniana), convertida enseguida  en “Secta” o “Iglesia”. P.Enfantin (1796-1864) y A. Bazard (1791-1832), autor de La doctrina saint-simoniana (1828-1832) manifiesto de la Escuela, fueron sus primeros guías o dirigentes y un grupo de economistas y de científicos, procedentes de la “Ecole Polythechnique” en su mayoría, entre los que se hallaban Auguste Comte, Adolphe Blanqui, Philippe Buchez, Michel Chevalier, los hermanos Rodrigues, Prosper Enfantin, sus primeros miembros o seguidores.
La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno


            A historiar la formación y vicisitudes de la Escuela sansimoniana dedicó Sebastian Charléty –rector de la Universidad de París de 1927 a 1939 y discípulo de Langlois y  Seignobos- una apasionante Histoire du Saint-Simonisme[2], en la que además de pergeñar el perfil, la figura y personalidad del Precursor de la Escuela, dedica cuatro libros y más de una docena de capítulos a relatar el origen, desarrollo y características de la Escuela, así como a exponer sus múltiples avatares, la esencia de la doctrina y su transformación en Iglesia o Secta, con unos sacerdotes, un orden jerárquico, una dogmática, un culto, unos rituales y ceremonias, además de uniformes, divisas, himnos e incluso una especie de sacramentos  (iniciáticos, funerarios, matrimoniales).  La Escuela Sansimoniana se fundó en 1828-1829 con el objetivo de difundir sus  tesis y doctrinas no sólo en Francia, sino fuera de ella hasta aproximadamente 1870. Sus miembros, dirigidos por “El Padre”, Prosper Enfantin, y por A. Bazard, asumieron actitudes sectarias, espectaculares y extravagantes que les restaron arraigo popular y simpatía social: promovieron numerosos viajes al Oriente, establecieron una liturgia y unas ceremonias  pintorescas (inspiradas en los ritos masónicos y carbonarios). Adoptaron, como distintivo del grupo una especie de llamativo uniforme (chaqueta azul clara, pantalón blanco, chaleco blanco abotonado por la espalda, que implicaba la necesidad de contar con la “colaboración de los demás hombres”). En el chaleco escribían sus nombres con letras rojas, con el fin de establecer que cada individuo era responsable de sus actos.

            La figura más estrafalaria, excéntrica y atractiva de la Escuela-Secta fue, sin duda, El Padre, el Pontífice-Máximo,  Prosper Enfantin, un joven discípulo de Saint-Simon “de  frente despejada, negra barba, cabello largo y mirada magnética”, como nos lo describe Dominique Desanti[3]. Procedente de la Escuela Politécnica, puede considerársele una especie de partidario de la  no violencia, “precursor del “flower power” y de los hippies que aproximadamente 130 años más tarde se extenderán por las orillas del Pacífico, en la región más opulenta de Estados Unidos. Organizador del Colegio-Escuela, fue partidario decidido del valor del esfuerzo y del trabajo, que permiten el progreso y la comunicación entre los hombres y opuesto a cualquier forma de ociosidad. Impulsó, como antes señalábamos, numerosas empresas filantrópicas y altruistas por Oriente y el norte de Africa   para hacer progresar a la Humanidad,  fomentando el amor, la paz, la comprensión y  comunicación entre los pueblos, sin estar financiados por gobierno alguno (como las ONG actuales). El movimiento sasimonista fue, en consecuencia, pródigo en mártires. La lista de víctimas del cólera entre sus miembros fue espantosa: cuatro médicos, once ingenieros o técnicos, todos competentes y muy conocidos.

            Coexistió en la doctrina o ideología sansimoniana una mezcla de ciencia y de fantasía, de predicción científica y de profetismo mesiánico e iluminado: los sansimonianos alternaron experiencias utópicas y monacales con iniciativas empresariales y actividades políticas; alentaron ideales humanitarios y reivindicativos, como la emancipación de la mujer, que según Enfantin se encontraba
La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno
por aquel tiempo “en una situación de inferioridad intelectual, moral y física”; y, sobre todo, emprendieron proyectos y empresas “científico-técnicas” de gran  calado y ambición como la Fundación de la “Societé d'Etudes du Canal de Suez” (1840), la colonización de Argelia (1840-42), o la construcción de ferrocarriles, canales, carreteras  por Europa y Oriente (El Cairo y el Alto Egipto). Intentaron, a la vez crea/fundar una nueva Religión (mediante la transformación de la Escuela o Colegio  sansimoniano originario en una auténtica Iglesia), anunciando incluso la llegada de la Mujer-Mesías (tal vez influencia del culto comtiano a la mujer como “Prêtesse spontanée de l’Humanité”). En muy poco tiempo se difundieron por doce circunscripciones obreras en París, cinco Iglesias en Francia; Bélgica y Argelia e Inglaterra, también las tendrán. A partir de la segunda mitad del XIX las ideas de Saint-Simón y de la Secta sansimonista eran ya conocidas y comentadas en Alemania, en los países del Mediterráneo, Italia, Suecia y en América del sur (Brasil), Las Antillas. Su influencia llegó hasta Rusia.

            Miembros notables de la Iglesia fueron los banqueros Rodrigues (Olinde y Eugène) y los Pereire, el poeta  León Halévy, el político Hippolyte Lazare-Carnot el periodista Michel Chevalier, el industrial Armand Bazard, el matemático y Politécnico Abel Transon, el músico Felicien David autor del himno de los Industriales y del de la secta (en Menilmontant), el abogado Duveyrier, el banquero Arlés Dufour y numerosos ingenieros, científicos, empresarios, financieros etc. También pertenecieron a la Escuela y luego a la Secta-Iglesia mujeres –fascinadas por el Padre- desde Claire Bazard, Cecile Fournel, Aglaé Saint-Hilaire  o Jeanne Deroin, hasta Pauline Roland, Eugénie Niboyet y Suzanne Voilquin.
            La unidad y cohesión de grupo empezó a resquebrajarse en el seno del Consejo Supremo (Enfantin-Bazar-Rodrigues y Claire Bazard) a partir de 1831 como consecuencia de profundas discrepancias doctrinales relativas a la moral sexual y prácticas relacionadas con escándalos o aventuras amorosas en el seno del Colegio, protagonizadas preferentemente por “El Padre” Enfantin. Claire Bazar y su esposo Armand abandonaban definitivamente a causa  de ello la Iglesia. Entre finales d 1831 y principios de 1832, los discípulos más notorios abandonaron ruidosamente al Maestro.    
     
Se les abrió un proceso judicial y Enfantin, Chevalier y Duveyrier fueron condenados a un año de prisión, Olinde Rodrigues y Barrault sólo fueron multados. Los restantes miembros del grupo perdieron su cohesión interior y se dispersaron.

            Dominique Desanti concluye su evaluación de la influencia de la Secta/Iglesia y su legado y proyección histórica con estas palabras: “En consecuencia, Saint-Simon tuvo una doble posteridad, por una parte, desde los financieros y consejeros del Imperio a los “neo-radicales” de 1970; por otra (aunque estos discípulos constantemente llevaron a cabo una síntesis entre Saint-Simon y Fourier) desde la familia y el Colegio a los matrimonios colectivos de Escandinavia y las comunidades no-violentas de california. Aunque unos y otros con el tiempo han sufrido la influencia de los cooperativistas anarquistas, de Proudhon y de los comunistas que enlazan con Babeuf, Buonarroti y Cabet. Toda esta abigarrada y múltiple descendencia, desde finales del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX, fue contrarrestada por al descendencia de Marx”[4].
           
TOMÁS MORENO
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[1] Sèbastien Charléty, Historia del Sansimonismo, Alianza Editorial, Madrid, 1969, p. 9.
[2] Ibid.,
[3] Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, op. cit., p. 123.
[4] Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, op. cit., p. 124-125.




La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno

jueves, 11 de julio de 2019

LA REALIDAD: ¿ES CONTINUA O DISCRETA?

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la nueva entrada que lleva por título: La realidad: ¿ es continua o discreta?


La realidad: ¿es continua o discreta?, Francisco Acuyo


LA REALIDAD: 

¿ES CONTINUA O DISCRETA?



QUE la gravedad es la consecuencia  y manifestación física del espacio y del tiempo, es una realidad constatable y puesta en evidencia por la ciencia de la física. No es menos cierto que estos campos físicos son integrantes de una realidad (cuántica) sujeta a probabilidades e interacciones singulares que condicionarán a su vez el espacio y el tiempo. Deducimos esto de dos visiones de la realidad que han sido tenidas como contradictorias, a saber: la relatividad general y la teoría cuántica.

                La realidad es un continuo (espacio temporal), según la relatividad;  la realidad es discreta y cuantizada, según los principios de la teoría cuántica. Esta paradoja, cuando no franca contradicción, pone en evidencia el difícil entendimiento de la complejidad de la realidad material del mundo.

                Que el espacio pueda tener  un carácter granular y que esta estructura cuántica ponga certeza sobre el origen gravitatorio del tiempo, y que este mismo sea puesto en cuestión, hace que  el concepto mismo de realidad convencional o de sentido  común sobre esta se tambalee. Ese flujo temporal  de nuestras observaciones no es más que el resultado de nuestras aproximaciones -muy generales, por cierto- que hacemos de la misma realidad.

Pero la problemática de la realidad se coloca en una vertiente aún más controvertida cuando la verdad del espacio tiempo es consecuencia del mundo cuántico primordial (muy similar al ápeiron presocrático de Anaximandro), donde las ideas de espacio-tiempo no tienen ya ningún sentido. Las entidades minúsculas (cuantos) subatómicas son las que generan la realidad espacio temporal en sus interacciones y manifiestan su irrealidad aisladamente y, por lo tanto, no pueden considerarse que están en ningún dominio de tiempo y espacio.

La realidad: ¿es continua o discreta?, Francisco Acuyo

La dimensión de lo que la realidad sea parece incrementar su complejidad (y con ella nuestra propia perplejidad) cuando inferimos de todo lo anteriormente expuesto, que la realidad no es sino un constructo de partículas que la configuran  en virtud de sus interacciones y la configuración de las relaciones de información que conllevan, y que la consistencia de lo que la realidad sea, irá determinada siempre por los límites o bordes probabilísticos de lo que pueda o no suceder (principio holográfico) en el dominio de lo infinitamente pequeño, o lo que es lo mismo, igual que no podemos saber lo que sucede dentro de un agujero negro, ya que sólo podremos hablar del mismo en virtud de lo que sabemos de él por la información de la región mínima de la frontera del horizonte de sucesos, y nunca dentro del mismo, tampoco podremos saber lo que ocurre en esa realidad última, seminal del mundo, donde el espacio y el tiempo no tienen ningún sentido. Es más, donde el concepto temporal  no es sino la muestra de toda aquella información de la que carecemos para deducir lo que es real, o lo que es lo mismo: el tiempo es la medida de nuestra propia ignorancia.[1]

Todo parece indicar que la realidad de la realidad y su conocimiento, en suma, viene a depender de nuestra relación con lo que consideramos sistemáticamente realidad, ya que cualquier manera de conocimiento de sus estructuras va a depender de la interacción del que observa sobre aquella supuesta realidad. Todo está (en un orden peculiar) implicado en todo, y  la estructura o tejido del mundo que conforma la verdadera realidad no es otra cosa que integración, relación, ilación, correspondencia y concomitancia. No son cosas (objetivas) las que conforman la realidad, sino una continua interacción cuyo flujo determina lo que la realidad sea.

Seguiremos abundando sobre esta cuestión tan interesante en próximas entradas de este medio.






Francisco Acuyo



[1] Rovelli, C.: La realidad no es lo que parece, Tusquet Barcelona, 2015, p. 228.



La realidad: ¿es continua o discreta?, Francisco Acuyo


lunes, 8 de julio de 2019

DE LA REALIDAD VISIBLE Y LA INVISIBLE


 Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile traemos una nueva entrada que lleva por título: De la realidad visible y la invisible.




De la realidad visible y la invisible. Francisco Acuyo


DE LA REALIDAD VISIBLE Y LA INVISIBLE




Una de las deducciones más necesarias e interesantes de lo expuesto sobre el concepto de realidad y la realidad misma pasa por el reconocimiento de que lo podemos percibir de ella es mucho menor de lo que ella es en realidad.

                Aquello que denominamos evidencia experimental exhibe necesariamente una limitación clara, así lo demuestra aquello a que lo podemos acceder por conocimiento directo, que es muy poco: el universo y sus asterismos y su fenomenología y naturaleza, así también el constructo o estructura íntima de la materia, y por supuesto muchas impresiones sensoriales que damos por sentadas en su aparente certidumbre.

                En todo caso nos vemos obligados a superar cualquier solipsismo si queremos hablar con cierta propiedad sobre la cuestión de la realidad, más aún cuando hoy podemos acceder a elementos sensoriales artificiales que pretenden simular una realidad concreta, hablamos de los artefactos generadores de realidad virtual. ¿Cómo distinguir la genuina realidad de una generada artificialmente? Todo parece indicar que esto va a depender de la capacidad de interacción de la virtualidad con la realidad de lo artificialmente generado y del grado de impredecibilidad que contenga la realidad virtual generada. De todas formas, lo que cabe inferirse en cualquier caso es que la experiencia sensorial será siempre una infinitesimal parte de la totalidad (que es la que a la ciencia interesa) la que finalmente seremos capaces de captar.

                Pero también es cierto que la distinción entre lo virtual o artificial de una realidad creada, no solo no es clara, sino que muchas de las maneras de conocimiento de las que somos acreedores muy bien pueden considerarse como virtuales: en muchos aspectos las abstracciones matemáticas los son, así como el ejercicio imaginativo, que no es precisamente portador de un conocimiento directo y, acaso porque nuestra propia experiencia sensorial tampoco lo sea.
De la realidad visible y la invisible. Francisco Acuyo


                ¿Significa (inferido de lo anteriormente señalado) que la realidad, independientemente de nuestra observación y experiencia, no tiene una realidad intrínseca? ¿O, simplemente, es que no la podemos apercibir directamente?

                Que tengamos que aceptar que el conocimiento que tenemos de la realidad es en el fondo virtual, hace de la realidad universal una problemática de resolución bastante delicada y de no fácil acercamiento por su compleja e insólita naturaleza. Nuestra propio acercamiento a la realidad no deja de ser antrópico, así como que todas nuestras respuestas o soluciones (científicas) a dicha problemática habrán de conducir a nuevos problemas que, a su vez, exigirán, nuevas explicaciones (K. Popper). Hasta aquí, me atrevo a conjeturar que es extremadamente difícil, si no es un craso error, la distinción radical y taxativa del sujeto que observa  y el objeto observado, todo lo cual nos hace mantener la ilusión de un yo capaz de distinguir objetos.

                A tenor de todo lo expuesto en la serie de reflexiones sobre la realidad que hemos llevado a cabo en estas entradas, es muy razonable pensar que la realidad puede ser ambivalente en tanto que responde a unas singularidades constatables en el ámbito de la ciencia de la física clásica y otras en el ámbito de la mecanocuántica, pero ¿es cierto que hay dos tipos de realidades en atención a su naturaleza y estructura? ¿Y, de ser así, qué papel juegan las matemáticas, habida cuenta que tanto en una y otra realidad son fundamentales para establecer pilares idóneos para su conocimiento? Sobre estas y otras cuestiones hablaremos en entradas posteriores de este blog Ancile.



Francisco Acuyo



De la realidad visible y la invisible. Francisco Acuyo



jueves, 4 de julio de 2019

SAINT- SIMON. FILÓSOFO Y SOCIÓLOGO LA SOCIEDAD INDUSTRIAL


Prosiguiendo con la figura de Saint-Simon, traemos la nueva entrada que lleva por título: Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, por el profesor Tomás Moreno.


Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno



SAINT- SIMON. FILÓSOFO Y 

SOCIÓLOGO LA SOCIEDAD INDUSTRIAL



Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno


El aspecto de su pensamiento reformador que gozó de mayor fortuna fue la idea de realizar una nueva sociedad o civilización fundada en el trabajo industrial, en la que la producción fuese centralmente planificada y los productores participasen del producto proporcionalmente a sus prestaciones. Como ha señalado Pierre Ansart, las grandes líneas de esta sociedad, de este nuevo modelo social,  pueden ya dibujarse en su tiempo, pues no harán más que confirmar procesos que están en marcha, entre los que el esencial es la extensión de la “industria, auténtico motor del progreso social”, con todas sus consecuencias sociales y políticas. Como escribía Saint-Simón ya en 1817: La sociedad entera reposa sobre la industria, entendiendo por esta palabra, no el sector manufacturero únicamente, sino todas las formas de producción y circulación: la agricultura, la artesanía, las fábricas y el comercio incluidas las ciencias y las artes que también participan en la producción.
Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno


            Del mismo modo que el sistema feudal tenía por fin colectivo la guerra y la defensa militar, el sistema industrial tendrá por exclusivo objeto la producción de bienes materiales e intelectuales, el dominio sobre la naturaleza y la satisfacción de las necesidades. Este sistema lleva dentro de sí una fuerza fundamental que acabará imponiendo la primacía de la “clase de los industriales”, la instauración de relaciones de "societarios" y no de dominio. En su célebre “Parábola Política” (Parabole des abeilles et des frelons)[1], Saint-Simón opone radicalmente las clases políticamente dominantes y parásitas, vestigios a sus ojos de la opresión feudal, y la clase de los industriales.    Una sociedad industrial significaría la eliminación de las clases parásitas y el advenimiento de los productores en conjunto, es decir, de todos aquellos que participan en la producción de las riquezas.

            Cuando en 1819 Claude Henri de Saint-Simón publica su famosa parábola, presenta brevemente lo que, a sus ojos, constituye el principio de la política positiva. El mismo título de Parábola que da a su texto es significativo del carácter místico y profético de la perspectiva abierta. Se trata, nada menos, que de hacer triunfar una nueva religión. Pero esta revolución espiritual tiene como meta no una ilusoria salvación en el otro mundo, sino la realización de la humanidad mediante la completa dominación de este mundo, lo que le aseguraría, infinitamente prolongadas y acrecentadas, la felicidad y la virtud.            La parábola recurre a la hipótesis de que Francia perdiese aquellos franceses “más esencialmente productores”; los que dirigen los trabajos más útiles a la nación y la hacen productiva en las ciencias, las bellas artes y las artes y oficios. Al menos sería necesario el paso de una generación entera para reparar aquella desgracia. Supongamos ahora que sean los grandes del reino, los nobles de alto rango, los ministros, los mariscales, los cardenales, los ricos, los grandes propietarios, quienes desaparecen: Ningún mal se seguiría de ello para el estado. Pero veamos con sus mismas palabras esta “parábola:
           
            Supongamos que Francia pierde súbitamente sus 50 primeros físicos, sus 50 primeros químicos, sus 50 primeros banqueros, sus 200 primeros comerciantes, sus 600 primeros agricultores. Como estos hombres son los franceses más esencialmente productores la nación quedaría convertida en un cuerpo sin alma. pasemos ahora a otra suposición; admitamos que Francia conserva todos los hombres de genio que posee en las artes y oficios; pero que tiene la desgracia de perder en el mismo día al señor hermano del rey, a monseñor duque de Angulema, a todos los dignatarios de la corona, a todos los ministros de estado, a los consejeros de estado, a los cardenales, arzobispos y obispos, y a los diez mil propietarios más ricos. Como los franceses son muy buenos, seguro que este accidente los afligirá mucho; pero esa pérdida no causaría pesar más que desde el punto de vista sentimental, porque de ella no resultaría ningún mal político para el estado[2].

            Este texto, aparecido en “L'Organisateur, llama a una revolución social que dé poder de gestión a los “industriales” o “clase industrial”, término que designa a los empresarios y magnates de la industria, a los financieros y banqueros; en ella incluye  también a los obreros especializados, los agricultores, los artesanos y a toda la comunidad laboriosa y productora: la porción de la sociedad que trabaja y crea riquezas y que constituye 24 de las 25 partes de la sociedad francesa en oposición a la clase ociosa y parasitaria que nada produce y se beneficia del trabajo ajeno (propietarios, clero, nobleza, militares, funcionarios), con vistas a eliminar a la clase política (aristocrática o democrática)  juzgada inútil. Por ello los discípulos de Saint-Simón serán preferiblemente hombres de negocios, ingenieros, constructores y administradores, más que políticos.

            Esa inclusión es lo que convierte a Saint-Simón en un “socialista” y no en un simple ideólogo de la clase empresarial, teórico exaltador del Industrialismo que, como algunos, erróneamente, han señalado sólo aspiraba al “gobierno de una oligarquía de capitanes de industria”, más cercano a una ideología crasamente tecnocrática que al ideal socialista. El concepto que Saint-Simón tiene de clase industriosa no es exactamente igual a la idea que modernamente tenemos nosotros de “clase industrial”. Hay que comprender que en la circunstancia histórica en que él escribe no están perfectamente separados los campos de la burguesía y el proletariado, pues juntos habían combatido en las barricadas de la revolución y su programa era solidario en la lucha contra el feudalismo y por el triunfo de los derechos ciudadanos. Como atinadamente destacará Engels, por este tiempo el desarrollo capitalista tan incipiente no había aún separado claramente los campos antagónicos del proletariado y de la clase burguesa.

Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno
            Saint-Simón no duda de que este nuevo modelo de sociedad que corresponde a la evolución general de las sociedades modernas, terminará convirtiéndose en el modelo de todas las sociedades europeas. La idea de una época “positiva” y científica gobernada por Científicos e “Industriels”,  vistos como guías naturales de los trabajadores y solidarios con éstos, en lugar de las “clases ociosas” de los nobles, religiosos y militares, fue desarrollada en colaboración con su discípulo Augusto Thierry en Sobre la reorganización de la sociedad europea (1814).

            Su última obra Le Nouveau Christianisme, dará un sentido místico- moral a estas aspiraciones. Como si temiera que la sociedad industrial no realizase espontáneamente la esperada “asociación”, Saint-Simón vuelve a afirmar que dicha sociedad tendrá que proponerse como objetivo primordial el de mejorar lo más rápidamente la existencia de la clase más numerosa y más pobre. Para poder alcanzar tal objetivo, sería necesaria una nueva religión civil que, recogiendo la inspiración primitiva del cristianismo - pero sin identificarla ni con el catolicismo ni con el calvinismo -, permitiera la reorientación de las energías y el alumbramiento de la sociedad industrial. Este “nuevo cristianismo” ha de fundarse en la ciencia (pintoresca antítesis) y promoverá el mejoramiento moral de las relaciones humanas. Como ha escrito Simone Debout: “Con El Nuevo Cristianismo se pasa de la Iglesia de Dios a la Iglesia de los hombres. […] En el futuro, la moral no estará ya fundada en el capricho o la revelación. Ligada a una política industrial […] constituirá una nueva religión enteramente Humana. Los gobernantes no serán, pues, solamente banqueros, sino sacerdotes”[3].

            Con mayor claridad que en sus escritos anteriores, Saint-Simón apela aquí a la acción de los industriales, inspirada por una teoría y una moral nuevas, para edificar la sociedad industrial, de la que, con más fuerza que nunca, se convierte en profeta.          Esta concepción de la sociedad industrial incluye una crítica de lo “político” y pide una nueva teoría política. En la sociedad industrial, que carece de precedente histórico, la política cambiaría radicalmente de sentido y contenido. El ejercicio tradicional del poder autoritario desaparecería para ser sustituido por una actividad social totalmente opuesta: la producción, “la administración de las cosas”. La administración de las cosas, la producción y la creación colectivas sustituirían definitivamente a la política en el sentido de un poder que se ejerce sobre las voluntades.

Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno
            Es comprensible que una teoría semejante, que une en una visión profética tantos temas provocativos, levantara entusiasmo y también indignaciones. Sentimientos igualitarios y asociacionistas se entreveran en su doctrina con planteamientos autoritarios, tecnocráticos y desnudamente productivistas y desarrollistas, dos tradiciones interpretativas de su posición política y económica difícilmente conciliables entre sí.             Una interpretación,  que hace de Saint-Simon, en el alba de la expansión industrial del siglo XIX, el teórico de la “tecnocracia industrial”, deseosa de conseguir una racionalización de la economía, que subordina la política a las directrices de la economía y que propone una nueva integración social en torno a los objetivos del desarrollo económico, mediante una “planificación industrial” susceptible de ser aceptada por todos (aunque, según sus partidarios, de ningún modo piense que este “plan” pueda ser decidido únicamente por algunos “managers” o tecnócratas especializados).

            Otra que tiene, por el contrario, a Saint-Simon por el fundador del socialismo y a su primer teórico. Proudhon pudo en efecto pensar que Saint-Simon, al afirmar la primacía de los “productores” sobre la política, prefiguraba las grandes líneas del socialismo libertario. Marx, que aseguraba que se “impregnó” de las ideas saintsimonianas durante su juventud, pudo pensar que al sostener la primacía de lo económico, el papel creador del trabajo, la urgencia de una revolución social, el advenimiento de una sociedad nueva caracterizada por la asociación de los productores, Saint-Simon habría esbozado las líneas generales de un socialismo utópico o romántico, pero aun no científico como el representado por el defendido por él y por F. Engels.

            Por su primera fase su figura puede ser situada en el enlace entre la tardía Ilustración y el positivismo naciente; por su última etapa, aparece como iniciador de la vertiente cientificista y tecnocrática del socialismo.



TOMÁS MORENO
 




[1] Cf. H. de Saint-Simon, Ouvres complètes, Ed. Anthropos, París, 1966. Para todo este epígrafe hemos extractado, en gran parte, el estudio de Pierre Ansart “La teoría policía frente a la sociedad industrial. Saint Simon y sus discípulos”, en Pascal Ory, Nueva historia de las ideas políticas, Mondadori, Madrid, 1992, pp. 150-166. Véase también Pierre Ansart, Sociologie de Saint Simon, PUF, 1971.
[2] Ibid.
[3] S. Debout, “Saint-Simon, Fourier, Prudhon” en Yvon Belaval (Dir.) Historia de la Filosofía, Siglo XXI editores, Vol. VIII, Madrid, 1979, p. 168. Curiosamente será Comte, uno de los primeros discípulos del Conde de Saint-Simón, quien, al final de su vida, llevará a cabo también la creación de una nueva Religión de la Humanidad, con su calendario, sus fiestas, sus ritos y presidida por su mujer Clotilde de Vaux. Extraña ironía de la historia, pues, el que se haya reservado semejante apoteosis mistico-religiosa póstuma a quienes se esforzaron tan seriamente por establecer una auténtica ciencia de la Sociedad.



Saint-Simon. Filósofo y sociólogo de la sociedad industrial, Tomás Moreno


lunes, 1 de julio de 2019

LA REALIDAD Y LOS LÍMITES DEL CONOCIMIENTO


Abundando sobre las nociones de la realidad, ofrecemos la entrada que lleva por título: La realidad y los límites del conocimiento, para la sección, Pensamiento, del blog Ancile.

La realidad y los límites del conocimiento, Francisco Acuyo


LA REALIDAD Y LOS LÍMITES

 DEL CONOCIMIENTO


No nos resulta extraña la aprehensión aquella que nos dice: cuánto más aprendemos sobre una interrogante de esta o esa ciencia, se abre una nueva gama más amplia y compleja de dudas e incógnitas a resolver, bien sobre cuestiones análogas, o bien muy diversas y nuevas surgidas a las ya resueltas ab initio. Si bien  esos límites de conocimiento son los que alientan a la ciencia para seguir la búsqueda de respuestas, es también un claro motivo para la reflexión sobre la posibilidad de agotar todas la preguntas con sentencias científicas acordes a las exigencias de sus respuestas. Al mismo tiempo debe surgir la inevitable tentación de mencionar la innombrable situación de posibles cuestiones incognoscibles.

                ¿Si en verdad, como todo parece indicar,  hay cuestiones que no tienen respuesta, lo serán en virtud de los límites de nuestra ciencia y de nuestro lenguaje? ¿Mas, cuáles serán esas problemáticas, interrogantes,  demandas de nuestro entendimiento que tan difícilmente obtienen respuesta según nuestro actuales conocimientos?

                Los acontecimientos sujetos al devenir azaroso, pongamos el acaecer de determinados números a la lotería, un lance de dados, el devenir mismo de nuestras vidas… nos remite al ámbito de las probabilidades que atienden a las reglas del juego de dados, lotería, acontecer existencial… ¿A qué realidad es a la que podemos acceder desde este ámbito que ofrece la naturaleza? ¿Es posible seguir la reglas deterministas de la ciencia para poder hablar con propiedad de esta dimensión de la naturaleza? Es más, ¿podemos conocer con precisión absoluta algo? ¿Podemos, en definitiva, predecir el acontecimiento futuro de un fenómeno sujeto a esta impredecibilidad (caótica) que parece dirigirlo?
La realidad y los límites del conocimiento, Francisco Acuyo
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                Un cambio en las condiciones iniciales de cualquier sistema complejo conduce seguramente a errores de cálculo sobre sus predicciones, aún más, parece que dichas predicciones exactas son imposibles. El caos en la naturaleza es algo incuestionable. ¿Es esta realidad de incertidumbre  el fin de cualquier seguridad de evidencia? A tenor de estas y otras interrogantes se ha desarrollado la ciencia del caos, que no hace sino tratar de dar algunas nociones sobre su funcionamiento para deducir si es posible extraer, sino leyes -del mismo- cao-, sí algunas aproximaciones a su realidad. En cualquier caso, es esta  realidad incierta del mundo un límite inexcusable al conocimiento determinista (buscado siempre con ansiedad por toda ciencia ciencia).  Mas, si admitimos esta limitación, ¿es la realidad real cuando de ella hablamos?

                Parece claro que no es esta la única frontera a nuestra posibilidad de entendimiento de la realidad del mundo. Veremos que los límites para nuestro conocimiento no sólo se extienden al ámbito de los sistemas complejos y dinámicos que nos rodean con su comportamiento caótico, la veíamos también en uno de los sustratos que fundamentan todo conocimiento científico, a saber, las mismas matemáticas[1] que, sustentan la estructura de la visión del mundo infinitamente pequeño, nos referimos el reino del cuantum[2], que no es precisamente determinable a los ojos de la razón ni de la ciencia determinista clásica[3]. Daremos nociones más concretas en próximas entradas de este blog Ancile.






Francisco Acuyo




[1] Ver anteriores entradas al respecto de la realidad y las matemáticas.
[2] EL universo subatómico
[3] Algo hemos adelantado al respecto en la anterior entrada.


La realidad y los límites del conocimiento, Francisco Acuyo