viernes, 23 de enero de 2015

EL SÍMBOLO: MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN. SIMBOLOGÍA: ÍNTIMA HISTORIA DEL CORAZÓN Y LA CONCIENCIA. II

Segunda entrega de El símbolo: más allá de la razón. Simbología: íntima historia del corazón y la conciencia, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, en su segunda entrega.




El símbolo: más allá de la razón. simbología: íntima historia del corazón y la conciencia, 2 Francisco Acuyo





EL SÍMBOLO: MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN.
SIMBOLOGÍA: ÍNTIMA HISTORIA DEL CORAZÓN Y LA CONCIENCIA. II








QUE el ser humano es especie imbuida desde la noche de los tiempos en un devenir continuo de símbolos de la más variada naturaleza, desde los representados en las tallas de bloques de ocre de hace 75.000 ó 65.000 años, hasta los símbolos que componen la panoplia complejísima del universo informático –y matemático-, tan afín al trajinar vertiginoso de la tecnolgía en nuestros días (aunque estos símbolos tengan un carácter eminentemente sígnico o semiológico, que distinguiremos del símbolo al que nos referimos en este breve opúsculo), debería hacernos reflexionar sobre el hecho de que muy bien estos no tienen por qué ser herramientas útiles para la consecución de fines materiales prácticos pues, incluso en este último caso, queda la huella siempre enigmática de cómo la idea simbólica acaba alcanzando conformación material, cuestión que, de nuevo, nos lleva incidir en el carácter marcadamente colectivo (arquetípico, que diría Jung) de los más sustanciales de ellos y, a su vez, nos enfrenta la humanidad a uno de los misterios más profundos y consustanciales, el de la conciencia, y el necesariamente vinculado a aquella cual es el de la creatividad y los procesos vinculados a esta última.

                Cuando el Löwenmensch (hombre león) de la cueva de Hohlestein-Stadez, de 40.000 años de antigüedad, se descubría al mundo, ponía en evidencia no sólo una labor técnica y de elaboración encomiable, sino una capacidad creativa de excepción habilitada para extraer de la naturaleza un animal de su tiempo y, lo que sin duda es más importante, la creación de una criatura (tal vez la primera reconocida hasta la fecha) totalmente imaginaria, quizá para su veneración, motivada por las diversas, complejas y acuciantes preocupaciones ante los misterios de la existencia. Hecha para la ocasión de ser compartida por sus contemporáneos como inaudita realidad estremecedora de la imagen (símbolo) que interactúa tanto con el mundo conocido como con el trasmundo acaso siquiera soñado entonces por el hombre.

El símbolo: más allá de la razón. simbología: íntima historia del corazón y la conciencia, 2 Francisco Acuyo
Löwenmensch 
                Interpretación, comprensión, contemplación del símbolo han sido las directrices mediante las que tantos sabios se han interesado desde tiempos, lugares, culturas e incluso disciplinas del saber harto diferentes y distantes, por la indagación de aquél y su incidencia en el espíritu humano y en la realidad que al mismo le atañe: teólogos, filósofos, psicólogos, poetas, artistas…. se han sentido fascinados por la enorme potencia de lo simbólico.

Se dice que el milagro del símbolo (verdadero) radica en su singular y paradójica universalidad: lengua común que integra culturas diversas y distantes en pos de mucho más que el conocimiento de un determinado saber, si es que en verdad el símbolo está imbricado en lo más íntimo y vital del individuo humano. Alcanza cotas el símbolo fuera del tiempo en tanto que sucede en el ámbito donde el espíritu muestra la trascendencia que nos habla de lo eterno.

           El poder del símbolo marca obstinada y objetivamente sus dominios muchos más allá de la determinación alegórica, pues radica su fuerza y se hace expreso en los procesos vitales manifiestos en la conciencia que intuye lo unánime del ser y de los nexos de este con el mundo.

                Aquellas manifestaciones artísticas primitivas a las que aludíamos al principio ponen en evidencia que el símbolo habría de manifestarse antes incluso de la historia: pictogramas e ideografías así lo atestiguan y parecen expresar la sentencia de Dionisio Areopagita (y de Platón) en la que lo sensible es el reflejo de lo inteligible; el símbolo pone de manifiesto la profunda e intricada urdimbre de  interconexiones de lo físico y lo metafísico. O lo que es lo mismo, el símbolo como exponente en la cultura del aspecto psicológico del hombre que está siempre entre dos aguas: lo consciente y lo inconsciente.

                Acaso el símbolo sea la manifestación más patente de aquel instinto (junguiano) de lo espiritual, y de que el conocimiento científico nos es el único accesible, privativo de la materia. La proyección simbólica instiga y anima lo más íntimo de cada cual para vivir la materia como símbolos con los que explicar las relaciones entre el alma y el mundo.




Francisco Acuyo







El símbolo: más allá de la razón. simbología: íntima historia del corazón y la conciencia, 2 Francisco Acuyo

miércoles, 21 de enero de 2015

CONTROL TOTALITARIO, VIOLENCIA, COERCIÓN, ÚLTIMA ENTRADA DE LAS UTOPÍAS MAQUETAS

Control totalitario, violencia, coerción, última entrega de Las utopías maquetas, por el profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección de Microensayos del blog Ancile.


Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, Ancile




CONTROL TOTALITARIO, VIOLENCIA, COERCIÓN, ÚLTIMA ENTRADA DE LAS UTOPÍAS MAQUETAS




Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, Ancile


LAS UTOPÍAS MAQUETAS: CONTROL TOTALITARIO, VIOLENCIA, COERCIÓN (10)
Las utopías maquetas 5, Tomás Moreno, AncileComo hemos visto hasta ahora, las utopías maquetas no sólo se caracterizan por establecer gobiernos más o menos despóticos o tiránicos, sino por  llevar a cabo una estricta planificación político-institucional de la sociedad, mediante la cual no sólo suprimen la propiedad privada y eliminan el dinero y la libertad económica (de adquisición y de venta, de producción y de empresa) sino que promueven y prescriben la abolición de la familia, el control asfixiante de la educación y de la sexualidad e incluso del ocio, de la vida cotidiana y de las costumbres, llegando a controlar  y amordazar -con una legislación ad hoc- la libertad moral, artística y científica y a instituir incluso la inquisición de las conciencias.
Este carácter extremadamente planificador, controlador, autoritario y dirigista[1] es, sin duda, uno de los rasgos más sobresalientes de las sociedades utópicas descritas en las utopías literarias que hemos ido analizando.  Desde el pensamiento liberal J. A. Rivera ha denunciado, siguiendo a Karl Popper, que esa pretensión planificadora, colectivista y reglamentista es el principal error de la fantasía utópica de Platón y de las ficciones utópicas renacentistas  y socialistas utópicas que le constructivistas y de ingeniería social global que pretendiesen implementarse actualmente o en el futuro. Y es que, en su opinión:


 “Una sociedad no se planea ni se construye como un edificio, sino que es, en lo fundamental aunque no exclusivamente, un orden detrás del cual no hay una mente ordenadora, ningún plan intelectual. […] No todo lo que consiguen los hombres lo logran porque previamente se hayan trazado un plan explícito para hacerlo […]. A veces los objetivos de una persona se obtienen mejor por una vía indirecta, no persiguiéndolos a través de un plan premeditado. Tampoco una sociedad se hace de este modo “planificado”; es más, creo que una sociedad no “se hace” en absoluto: no se debe dejar a nadie que dirija su factura, sino permitir que se vaya ensamblando poco a poco y por sí sola”[2].

En efecto, al analizar el enfoque “integrador” u “holístico” del comportamiento humano efectuado por quien planifica -un sumo legislador individual o colectivo- estas comunidades, K. Popper hace notar que un “control científico” así de la naturaleza humana conduce irremisiblemente al suicidio social y al totalitarismo[3]. Lo mismo opina Thomas Molnar al considerar que un sistema social e institucional trazado con criterio “holístico”, que busca, ostensiblemente, la igualación total, lleva a la igualación de las mentes humanas y así al final del progreso[4].
Aunque es cierto que, como ha sostenido M. A. Ramiro[5], no todos los tratadistas del género utópico (sobre todo el referido a las primeras formulaciones del modelo: las utopías renacentistas, en concreto) desde M. Eliav-Feldon hasta Lyman T. Sargent o Barbara Goodwin, identifiquen sin más utopía y totalitarismo, ni vean en ella la muestra o el retrato de una sociedad cerrada-infernal o totalitaria, sino más bien el de un cierto autoritarismo político -porque en ellas estaba presente un incipiente concepto de libertad negativa y porque “los reformadores sociales del Renacimiento felizmente ignoraban la experiencia de la civilización del siglo veinte con los regímenes totalitarios” (Eliav-Feldon)-, en alguna de esas descripciones de sociedades utópicas hemos podemos observar la anticipación más asombrosa de los regímenes totalitarios que asolaron Europa en el siglo XX[6] 
En ellas hemos constatado su obsesiva pretensión no ya de modificar las imperfecciones de la naturaleza humana -a través de la educación, la exhortación moral, y las reformas sociales,

institucionales y económico-estructurales pertinentes o adecuadas- para facilitar su mejora y compensar así el altruismo limitado y la escasez de bienes, lo que es plausible y admirable a todas luces, sino de tratar por todos los medios -lo que ya es no es tan plausible ni encomiable- de cambiarla y transformarla radicalmente, confiando en la posibilidad de crear una nueva naturaleza humana, un “Hombre Nuevo”[7].
Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, AncileEn efecto, una vez separado el niño del círculo familiar y conseguida la desintegración de la familia y adoctrinado por el sistema educativo convenientemente, puede darse comienzo a la creación de esa nueva naturaleza humana, de ese Hombre Nuevo. Los diseñadores intelectuales del Estado ideal (de todos los tiempos) ha pretendido erigirse en ingenieros de almas y han considerado preferible para ellos trabajar con “hombres nuevos”, con seres psicológicamente vírgenes, -como propugnaba Platón-, en los que queden más indeleblemente troquelados los principios compartidos de la convivencia en colectividad, a la hora de establecer su Paraíso en la tierra. En este sentido Steven Pinker dice con respecto a los intentos para establecer en pleno siglo XX macroutopías totalitarias presididas por esas mismas directrices:

“Los Estados marxistas del siglo XX no solo eran dictaduras, sino unas dictaduras totalitarias. Intentaban controlar todos los aspectos de la vida: la educación de los hijos, el modo de vestir, el ocio, la arquitectura, las artes, hasta la comida y el sexo. A los autores de la Unión Soviética se les imponía que se convirtieran en “ingenieros de las almas humanas”. En China y en Camboya, los comedores comunales obligatorios, los dormitorios para personas adultas del mismo sexo y la separación de sus padres eran experimentos recurrentes y odiados”[8].

Tanto Friedrich Hayek como Karl Popper han señalado a este respecto, que el planificador utopista se ve obligado a simplificar sus problemas eliminando sus diferencias individuales y reduciendo todas sus creencias e intereses a una uniformidad absoluta. Y esto solamente puede ser obtenido no sólo por la educación y la propaganda, sino por otros medios más expeditivos: dictando nuevas normas y creando nuevas instituciones legales y conseguir su aplicación efectiva mediante determinados mecanismos coercitivos legales más expeditivos- hasta llegar a ese momento ideal en el cual los intereses, los credos y los pensamientos de todo el mundo se hacen idénticos.
En efecto, ese orden político centralista, absorbente, tiránico, estricto, férreo y minucioso no se produce espontánea o naturalmente. Los intentos de poner en práctica este tipo de utopías, con fuertes dosis de planificación, exigen recurrir a la violencia y conducen a sociedades cerradas donde es imposible vivir con libertad: unos pocos iluminados toman el poder -advierte Hermann Tertsch[9]-  y se convierten en la nueva clase social privilegiada que están convencidos de que para alcanzar la utopía (la pureza, felicidad y perfección definitivas, el paraíso final,) es necesario eliminar cualquier tipo de discrepancia, oposición o crítica; no puede tolerarse una pluralidad de opiniones sobre ella, y en consecuencia la libertad ni existe ni puede existir. El sino de toda utopía realizada o en vías de realización es utilizar la violencia como medio y ya se sabe por experiencia que los medios contaminan los fines. Cuando esos proyectos utópicos, absolutizados tratan de imponerse por medios violentos o coercitivos y totalitarios entonces las utopías se metamorfosean en infiernos, en campos de concentración, en sociedades regimentales. T. Molnar, por todo ello, concluyó que “los utopismos se ven obligados a emplear la coerción, la violencia”[10].
Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, AncileEs por todo ello por lo que Popper establezaca la identificación del utopismo con la violencia totalitaria[11]  y propugne la necesidad de abandonar la ingeniería social utópica global (de las utopías sociales) y de practicar en su lugar lo que llama ingeniería social fragmentaria, que opera paso a paso, con proyectos factibles, realizables, con reformas parciales y progresivas y conociendo,Como puso de manifiesto Bernard Henrí-Levy, las sociedades utópicas del pasado anticipan las “sociedades totalitarias” del siglo XX caracterizadas ambas por ser enemigas de la libertad, estados policíacos como los denunciados o representados en la ficción por el Orwell, de “1984”, o por el Panóptico de Bentham, organizados como “sociedades de transparencia, gobernadas por príncipes insomnes que sueñan con casas de cristal”[12].

además, qué medios adecuados utilizar para alcanzar los fines anhelados y propuestos.
En ellas, como en el en el caso de los totalitarismos comunista estaliniano o nazi-fascista, el poder delimita un ámbito de racionalidad estricto y el que no esté de acuerdo con ella: o es arrojado al exilio,  o es enviado al mundo de lo irracional o al hospital psiquiátrico, cuando no eliminado convenientemente. Utopismo  y totalitarismo adolecen de una especial racionalidad instrumental, hipertrofiada, pervertida pero eficiente: el Gulag y Auschwitz, “los campos de concentración soviéticos, nazis, fascistas se organizaron según un modelo racional de eficacia. No es extraño que el Leviatán de Hobbes termine con un himno a la claridad y a la luz universal”[13].
Paul Watzlawick psicoterapeuta y epistemólogo y teórico de la comunicación de Palo Alto[14] reconoce asimismo cómo "las más espléndidas utopías desembocan en la más cruel opresión" y que así ocurre es algo de lo cual la historia proporciona pruebas incontestables desde los días de Platón hasta los tiempos más recientes. Por otro lado, señala que “es digno de tenerse en cuenta el hecho de que la mayor parte de las utopías clásicas no salieron de las cabezas de sus inventores ni del papel de sus tratados y que, ello no obstante, a pesar de no haberse realizado de forma práctica llevan todas el sello de inhumana opresión". En este sentido Wolfgang Kraus decía al respecto en Die verratene Anbetung:

"Si examinamos las utopías sociales clásicas en las que sus autores cifraban los máximos valores, llegamos a un resultado sorprendente. Desde la República y las Leyes de Platón pasando por el capítulo sobre Licurgo de Plutarco, por la Utopía de Tomás Moro y Heliópolis de Campanella, hasta la Atlántida de Francis Bacon y otras muchas obras, se manifiesta un rasgo aterrador: todas son órdenes establecidos violentamente. Las dictaduras políticas que hoy conocemos parecen poéticos campos de libertad comparadas con estos llamados estados ideales"[15].
           
            Pero incluso mucho antes de realizarse, en su camino hacia el Paraíso, las utopías dejan en el borde del mismo multitud de víctimas, cadáveres, individuos masacrados, para los cuales la busca de utopía ha sido un infierno sin posibilidad de vuelta atrás, sin posibilidad de redención alguna. Milan Kundera en una famosa entrevista ya nos lo advertía al declarar: “Toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anexo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad; con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventuranzas y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que las magnitudes se invierten[16].
            “La utopía es hermosa para soñada, terrible cuando realizada”: esa es la conclusión a la que llega José Luis Aranguren, para quien las utopías son en realidad imágenes, cristalización en el reino de las ideas de esas ficciones fabricadas, pero no tanto obra de la imaginación, cuanto de la “Esta pretensión intrínseca de realización de las imaginerías fijas y cerradas es lo que, por paradójico que parezca, convierte en terribles a las utopías. Las utopías, no siempre, pero a veces sí, se cumplen. Mas cuando se cumplen, se cumplen por modo no eutópico sino distópico, es decir a la manera rígida, uniforme, sofocante, fanática, estrecha, ritualizada y coactiva que les es propia. Es el sino de las utopías más generalmente denominadas así: no ser tan hermosas en su fabricación o ficción como piensan sus autores y ser, en cambio, en contra de lo que estos desearían terribles cuando realizadas”[17].
Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, Ancile
fantasía meramente combinatoria:
 Y es que las sociedades humanas no admiten una planificación “more geométrico”, ni una estructuración tipo hormiguero o colmena -tan caras a los utopistas en general y a la mayoría de sus sueños, ficciones o proyectos utópicos por realizar- como la historia, trágicamente, nos ha demostrado. Contra estos modelos de pensamiento utópico escribirá el poeta Hölderlin en su Hyperion: “Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno sobre la tierra es precisamente que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso[18].      
No queremos con todo ello abdicar de la lucha por la justicia y por la igualdad, ni renunciar a la utopía (con minúscula), ni proclamar su Requiem. Todo lo contrario. Nuestro rechazo no es el rechazo de los ideales utópicos concretos, ni de los anhelos éticos de perfección siempre progresivos y siempre inalcanzados y asintóticos. Nuestra respuesta no es en absoluto el conformismo y la resignación ante los males que agobian a la humanidad, no es la renuncia escéptica a los ideales regulativos,  ni a las microutopías concretas, fragmentarias y posibles o a los  proyectos parciales de ingeniería social. Todos esos proyectos son los nuestros: programas parciales en y por la lucha por los Derechos Humanos; nuestra verdadera utopía a alcanzar.
Rechazamos, por el contrario, las Utopías globales (con mayúsculas), absolutas, abstractas, irrealizables. Denunciamos todas esas macroutopías revolucionarias que tantos millones de muertos han causado a lo largo de nuestro trágico siglo XX y que, tratando de realizar el Bien Absoluto y de establecer de una vez por todas, mágica y violentamente, el Paraíso en la tierra, sólo han logrado establecer un nuevo Infierno en nuestro mundo o incrementar el ya existente.
El método que proponemos, el camino a seguir para ir haciendo de nuestro Mundo otro Mundo más humano posible y habitable, es el que Maquiavelo e  Italo Calvino nos ofrecían y aconsejaban en sendos ejemplares textos: luchar contra el mal allí donde estuviese, enfrentarnos al infierno allí donde se nos manifieste o donde lo descubramos. El primero es de Nícolás Maquiavelo, quien en una carta a su amigo Guicciardini le advertía: “Creo que el verdadero modo de conocer el
Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, Ancile
camino al paraíso es conocer el que lleva al infierno, para poder evitarlo[19]. El sabio y sagaz florentino sabía por experiencia que los intentos de instaurar imperios salvíficos en nombre de algún tipo de Bien Absoluto, sólo ha hecho correr ríos de sangre sobre la tierra.
Algo muy semejante a lo propugnado por Italo Calvino en Las ciudades invisibles con esta ejemplar historia: el anciano Khan, impaciente por los relatos de Marco Polo, que le enfrentan una y otra vez al sufrimiento y la injusticia, le pregunta a éste por las ciudades de la utopía, donde reina la concordia y todos los hombres son hermanos. Marco Polo le dice que jamás encontró una ciudad así. Entonces, insiste dolorido el Khan: ¿Sólo cabe la ciudad infernal? Marco Polo lo niega con la cabeza. Él sabe que ése infierno existe, pero también que hay una alternativa mejor que “aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo”. La misión del viajero, le dice entonces Marco Polo al anciano, es “buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y darle espacio[20].



                                                                                                                     Tomás Moreno
           








[1] M. A. Ramiro Avilés señala acertadamente que a excepción del reducidísimo número de utopías de tipo anárquico existentes, la ausencia de normas y leyes (anomia) característica de ese tipo de comunidades también crea sus propias reglas y sanciones pero menos desarrolladas que las legales de tal manera que pueden permitir un uso irracional e injusto del poder. La anomia crea normalmente una situación de miedo e invita a la tiranía del gobierno personal. Aunque ha habido ejemplos históricos de sociedades anómicas, sus resultados fueron desastrosos pues se convirtieron en infiernos terrenales. Además, una vez puestos en marcha, necesitaron controlar de algún modo el comportamiento de los miembros de la comunidad con prescripciones normativas (“La utopía de Derecho”, op. cit.).
[2] Constructivismo social: postura que sostiene que la sociedad perfecta no puede derivar del espontáneo juego de las fuerzas sociales o del ejercicio de la libertad individual. Una sociedad perfecta es un organismo o todo sustantivo que debe ser construido por ingenieros sociales de acuerdo con un modelo racional. Los hombres deben integrarse en ella mediante la educación y la imposición coactiva de las normas.
[3] K. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, op. cit.. Popper lo ve como el defensor de una sociedad cerrada, clasista e inmovilista. La calificación popperiana de la utopía platónica como totalitaria no es exclusiva del filósofo austríaco. En un artículo famoso Walter Kaufmann  (Philosophical Review, 1951,  pp 465-466) menciona que el filósofo nazi oficial, Alfred Rosenberg, se refiere al Régimen Político de la Republica de Platón en términos entusiastas. Algunas ediciones especiales de pasajes de Platón, cuidadosísimamente seleccionados, fueron utilizados en las escuelas alemanas durante el periodo nazi como ejemplares. R. H. Grossman, Plato Today, (Londres, George Allen und Unwin, 1959, p. 92): llegará a escribir: “La filosofía de Platón es el ataque más salvaje y más profundo a las ideas liberales que puede mostrar la historia. Rechaza todos los axiomas del pensamiento progresista y desafía a todos sus ideales. La igualdad, la libertad y el autogobierno se condenan como si fueran ilusiones que sólo pueden sostener idealistas cuyas simpatías son más fuertes que su buen sentido”. Otros enfatizarán sus paralelismos con el otro totalitarismo, el comunismo soviético bolchevique, como B. Russell en su Teoría y práctica del Bolchevismo,(Barcelona, Ariel, 1994) o Friedrich A. Hayeck en Camino de servidumbre (Alianza, Madrid,. 1976)
[4] Cf. El utopismo. La herejía perenne, EUDEBA, Buenos Aires, 1970.
[5] M. A. Ramiro Avilés, “La utopía de Derecho”, op. cit. pp. 431-460.
[6] Frente a la opinión de Karl Popper que  explícitamente equiparó la utopía con la fuerza, la violencia y el totalitarismo, Barbara Goodwin argumentará  en este sentido que «aunque una minoría de utopistas hayan visto a la coerción e incluso a la violencia como un instrumento lamentable pero necesario de cambio, un examen de la literatura utópica no establece nada aproximado a una asociación necesaria y universal del utopismo con los mecanismos coercitivos» (B. Goodwin, Utopía Defended Against the Liberals, Political Studies, 28: 3, 1980, p. 395). Cit. en M. A. Ramiro Avilés, “La utopia de Derecho”, op. cit., pp. 456-457.
[7] Noción de “Hombre Nuevo” que, más allá de sus reminiscencias paulinas y cristiano-evangélicas o nietzscheanas -como la representada por la línea de los bolcheviques nietzscheanos Anatoly Lunacharski, Alexandr Bogadanov o Nickolai Bujarin- , será asumido por la escatología marxista más dogmática, criptorreligiosa y deificadora del homo sapiens, hasta hacerle escribir a León Trotski en 1923 al profetizar (en su famoso ensayo Literatura y revolución, Buenos Aires, El Yunke, 1974) cómo sería el futuro “hombre nuevo comunista”, cosas como esta: “El hombre será incomparablemente más fuerte, más sabio y más sutil. Su cuerpo será más armonioso, sus movimientos, más rítmicos y su voz, más musical. Sus modos de vida pasarán a ser dinámicamente dramáticos. El tipo humano medio se elevará hasta alcanzar las cimas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y sobre esas cumbres, otras nuevas se erigirán” (Cit. en John Gray, Misa Negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, Barcelona, Paidós, 2007, p. 62.
[8] La tabla rasa, Paidós, 2003, p. 237.
[9] Cf. Hermann Tertsch, La Venganza de la Historia, El País-Aguilar, Madrid, 1999.
[10] El Utopismo. La herejía perenne, op.cit..
[11] La sociedad abierta y sus enemigos, op. cit.
[12] Cf. La barbarie con rostro humano, Monte Ávila Editores, Caracas, 1978.
[13] Bernard Henrí-Levy, La Barbarie con rostro humano,  op. cit. pp. 145-146. Es destacable la equiparación que hace Martin Amis, al respecto, entre utopismo, socialismo estaliniano y totalitarismo en su Koba el temible, trad. de A. Prometeo Moya, Anagrama, Barcelona, 2004.
[14] "Componentes de 'realidades' ideológicas”, pp. 167-199 en Paul Watzlawick La Realidad Inventada. ¿Cómo sabemos lo que creemos saber?, Gedisa editorial, Buenos Aires, 1988, p. 173. 
[15] Piper, Munich, 1978.
[16] Otro escritor disidente soviético, Andrei Siniaski en Sobre el realismo socialista (1965), describía así su dramática denuncia de similar utopía: “Así, para que las prisiones se desvanezcan para siempre, construimos nuevas prisiones. Para que todas las fronteras caigan, nos rodeamos con una Muralla China. Para que el trabajo se convierta en reposo y placer, introducimos los trabajos forzados. Para que nadie vuelva a derramar una gota de sangre, matamos, matamos y matamos. En nombre del proscrito recurrimos a los medios empleados por nuestros enemigos”.
[17] José Luis Aranguren, “Utopía y libertad”, en Revista de Occidente, Núms. 33-34, Febrero-Marzo, Madrid,1984, pp. 19 y 32.
[18] Citado en Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre, cap. 2, “La gran utopía”, Alianza editorial, Madrid, 1976, p. 51.
[19] Carta a G., 17 de mayo de 1521, en Lettere di Niccolò Machiavelli, Milán, Bompiani, s. f., p. 14.
[20] Italo Calvino Las ciudades invisibles, Colección Millenium, El Mundo, Madrid, 1999, p. 117.




Las utopías maquetas 10, Tomás Moreno, Ancile

lunes, 19 de enero de 2015

BUSHIDO -PREPARANDO LA RUTA: LA NOCHE: REFLEXIÓN SOBRE LA SOMBRA- (MAJOS)

El poema intitulado Bushido, del (singular y, según algunos lectores, extravagante) poemario Ancile (1991) para la sección de Poema semanal, del para el blog de mismo nombre.


Enlace a la Web Ancile



Bushido _preparando la ruta-, Francisco Acuyo, Ancile




BUSHIDO

-PREPARANDO LA RUTA: LA NOCHE: REFLEXIÓN
SOBRE LA SOMBRA-

(MAJOS)



Bushido _preparando la ruta-, Francisco Acuyo, Ancile



... pronaque cum spectent animalia cetera terram,
os homine sublime dedit caelumque uidere
iussit et erectos ad sidera tollere uultus.
OVIDIO

(... y mientras los demás animales están
naturalmente inclinados mirando la tierra,
dio al hombre un rostro levantado disponiendo
que mirase al cielo y que llevase el semblante
erguido hacia las estrellas.)






QUIÉN ya sublime al cielo diese olvido
única y vanamente sostenido,
intransferible, en luces casi, cuando
estela desvanece
núbil, si sobre el astro sesteando.
Silencio de alas a la luz parece.
El ángel que adormece sobre el cauce.
Suave espíritu sobre el calmo cauce
una ciencia de cálices florece.
Parece olvido el lecho de un navío
y alígero subir ornado el río.
Espera para el sueño
rosa y seda, si cálido su empeño.
Es sombra que a la luz ondula roce
vivo o nube que bóveda reluce
espejo; así renace
nuevo, límpido, intacto el pulcro enlace
sombra que nunca hubimos que repose.
Estela de la luz he-
rida tras de su gesto venerando.

Volar sauce usando
un ido alzar si hubiere a veces nido,
su ave brisa de lizos desunido.
Hubiere todavía luz divina
y cima en la planicie
de la línea que en la severa roca del camino
nos traza cristalina
orilla en lo abisal de su molicie.





Quien se supiere vencer

S. JUAN DE LA CRUZ




Francisco Acuyo, de Ancile (1991)






Bushido _preparando la ruta-, Francisco Acuyo, Ancile

viernes, 16 de enero de 2015

TRABAJO, OCIO Y VIDA COTIDIANA, EN UTOPÍAS MAQUETAS, NOVENA ENTREGA

El Trabajo. ocio y vida cotidiana, en las Utopías maquetas, en su novena entrega para la sección de Microensayos del blog Ancile, por el profesor y filósofo Tomás Moreno.

Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile




TRABAJO, OCIO Y VIDA COTIDIANA, 
EN UTOPÍAS MAQUETAS, NOVENA ENTREGA





Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile




UTOPÍAS MAQUETAS: TRABAJO, OCIO Y VIDA COTIDIANA (9)
Utopía no es Arcadia ni Cucaña[1]. “El utopista serio del Renacimiento -señala M. A. Ramiro Avilés- no describe tierras fantásticas en las que hay ríos de leche y miel, montañas de queso o guijarros que son pasteles, sino tierras en las que la industria del hombre saca el provecho aplicando la razón”. El modelo de Utopía cuenta, pues, en sus inicios con una cierta escasez, con algunas dificultades para satisfacer las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Tomás Moro, por ejemplo, reconoce que el suelo de la isla de Utopía no era muy fértil y su clima no de los mejores, y decía que los utopianos se protegían contra el clima con una forma de vida temperada y que mejoraban su suelo mediante la industria. Es decir no confiaban la resolución de los problemas sociales y políticos a una abundancia natural; porque ésta era inexistente, no la producía de forma espontánea y graciosa el entorno natural sino que dependía de las instituciones formales creadas por

los hombres: “La eliminación de la escasez se debe a que el hombre aplica la técnica para trabajar mejor la tierra, la ciencia para descubrir las leyes de la naturaleza, y a que posee un sistema justo de distribución de los bienes materiales disponibles”[2].
La organización social del trabajo y el reparto racional y justo del mismo son pues indispensables para que las comunidades utópicas puedan subsistir materialmente. Así en la Amauroto moreana, por existir un comunismo económico, todos los bienes de consumo se ofrecían a los ciudadanos para satisfacer sus necesidades alimentarias y materiales. Existían comedores colectivos para cada 30 familias y almacenes de barrio para guardar los excedentes productivos que aseguraban la satisfacción de las necesidades de la comunidad en periodos de mayor escasez.
Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, AncileNo existía una estricta división del trabajo social, al contrario que en la Kalipolis de Platón; los distintos grupos de ciudadanos se repartían el trabajo obligatorio para todos (hombres y mujeres) en función de sus capacidades o aptitudes y preferencias, en jornadas de seis horas diarias, lo que les permitía largos períodos diarios de ocio. Cada dos años determinados grupos de ciudadanos, por rigurosa rotación, se alternaban en las tareas agrícolas (que eran las más pesadas y penosas), en períodos de cosecha se preveían “movilizaciones suplementarias” para agilizar la recogida de los frutos. La actividad productiva básica era la agricultura, aunque también existían actividades relacionadas con las artes mecánicas para la producción de tejidos (lanas), herramientas de labranza, y hasta “incubadoras artificiales” para optimizar la producción de huevos en las granjas avícolas.
Los trabajos “serviles” eran desempeñados por los “servi”, que no eran propiamente ni esclavos, ni siervos feudales, sino delincuentes de derecho común, ladrones (o también adúlteros, prisioneros de guerra, extranjeros clandestinos, ateos etc). Eran tratados “humanitariamente”; sus pies arrastraban cadenas de oro, para mostrar con ello su “desprecio” por las joyas y por los metales preciosos (que eran, ya lo dijimos en un epígrafe anterior, utilizados para los usos más viles: fabricar bacinillas o como simples juguetes para los niños muy aficionados a los objetos brillantes). Al no existir cárceles para castigar los delitos en la sociedad de Utopía, los reos se rehabilitaban desarrollando los más humillantes oficios y de esta manera reducían penas y prestaban un servicio a la sociedad. En la mayoría de las utopías el ocioso, perezoso o pordiosero y el vagabundo no tenían derecho de ciudadanía alguno, por lo que en muchas de ellas se les trataba de reintegrar en el circuito del trabajo y la producción.
En la Taprobana solariana, los niños/as desde su más tierna infancia (partir de los tres años) comenzaban sus aprendizajes contemplando los muros ilustrados de la ciudad y visitando los distintos talleres de pintores, sastres, orfebres, etc., teniendo a los ancianos como instructores. Desde los siete

Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile
en adelante recibían una exhaustiva instrucción escolar en las diversas artes mecánicas y especialmente en aquella para la que mostrasen mayor capacidad. Las mujeres de la Ciudad del Sol participaban en el trabajo de los hombres (incluso se las adiestraba en el manejo de las armas), pero se les asignaban las tareas más livianas. Todos trabajaban, pues, en los distintos oficios, artes y ocupaciones agrícolas y ganaderas fundamentalmente. Había cuatro horas de trabajo obligatorio y se premiaba o incentivaba la cantidad y calidad del trabajo realizado. El resto del tiempo podía dedicarse a pasear, charlar, leer, escribir, cultivar las artes y la filosofía.

En Christianopolis de J. V. Andreae, la producción tenía por fin la utilidad y no el lucro. A tal objetivo el trabajo (“empleo de las manos”, lo denominan) se realizaba según ciertas reglas preestablecidas. Todos los materiales de trabajo se llevaban a un cobertizo público y allí cada trabajador/a recibía lo que necesario para el trabajo de la semana siguiente. La ciudad se asemejaba a un gran taller donde se desarrollaban las más variadas tareas. Al frente de ellas,  los supervisores -“apostados en las torrecillas que hay en los ángulos de la muralla”- daban  a los obreros las instrucciones necesarias para desarrollar su tarea y vigilaban el trabajo. No producían más de lo que podían consumir: su vida era austera y sin necesidades artificiales o superfluas. Como las familias eran poco numerosas, vivían apartamentos o casitas muy pequeñas (dormitorio, cocina y cuarto de baño), por lo que no necesitan servidumbre. Y dado que entre ellos reinaba la igualdad más absoluta, no deseaban impresionar a los demás por el lujo.
En la Icaria socialista de E. Cabet todo estaba regulado por comités de expertos (funcionarios) al servicio del Estado, el trabajo de los ciudadanos por supuesto también. Por ley se había fijado el horario rígido y uniforme de todos los habitantes, que debían levantarse a las cinco de la mañana, trabajar hasta las dos de la tarde, divertirse hasta las nueve de la noche y, a partir de las diez, observar estrictamente el toque de queda, que duraba hasta las cinco de la mañana. Era obligación del ciudadano trabajar para la República cierto número de horas igualmente establecido por ley (nada, pues, novedoso o que ignoremos los ciudadanos del siglo XXI).
Al terminar los estudios escolares los muchachos (a los dieciocho años) y las muchachas (a los diecisiete) elegían su profesión u oficio. Si para determinado empleo había demasiados solicitantes, se seleccionaba a los mejores mediante un concurso oposición. Los hombres podían jubilarse a los sesenta y cinco años y las mujeres a los cincuenta, pero en Icaria el trabajo era tan liviano  y grato, que la mayoría continuaba en sus puestos pasada la edad de retiro.
Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile El trabajo se tornaba agradable gracias a una conveniente distribución de los períodos de reposo, a la limpieza de las fábricas y al empleo de máquinas que eran eficientísimas y omnipresentes en ellas. La producción industrial se efectuaba en grandes fábricas donde se aplicaba el sistema de trabajo en cadena. No había labores degradantes en Icaria, pues la ley prohibía cualquier actividad tenida por insalubre o inmoral (así por ejemplo, no había taberneros, y a nadie se permitía fabricar

puñales). Un zapatero gozaba allí de tanta estima como un médico; no es de extrañar, entonces, que uno de los más altos dignatarios de la República fuera cerrajero y su hija, costurera.
En lo que respecta a la organización del ocio y del recreo en las diferentes ciudades utópicas, su realización efectiva era de una monotonía, de una tristeza y de un claroscuro sin límites: baste decir que en Kalipolis, la ciudad de Platón, el teatro, la música, las artes miméticas, los mitos y fábulas poco moralizantes estaban sometidos a un riguroso control y sólo se toleraba la danza y la música (y preferiblemente de índole “militar”), pero controlándolas de una manera estricta para que no superasen cierta intensidad, y se prohibía todo aquello que pudiera parecer una improvisación. Los poetas, eran proscritos y expulsados de la ciudad como elementos “rebeldes y subversivos” y los mendigos –“esa clase de bichos”, como los denomina el legislador- expulsados también de la comunidad. Y Sócrates, de vivir en ella, sin duda, habría sido también condenado por el Consejo Supremo de Guardianes de la Ley.
            En lo referente a estas actividades recreativas, Thomas More sólo permitía en su ciudad dos diversiones exclusivas, fuera de las cuales se caería bajo el peso de la ley: el juego de damas y el juego de ajedrez. Por otra parte, las cenas de los utopienses, que Thomas More pretendía asimilar a los antiguos banquetes griegos y romanos por conservar aun la índole religiosa y culta de los orígenes, así como las horas de reposo que les seguían -dedicadas a la lectura, a la música y a esos juegos de mesa antes citados - no dejan de producirnos la sólida impresión de tratarse en realidad de un festejo empalagoso y plomífero poco comparable a lo que hoy entenderíamos por una fiesta.
            El piadoso Johann Andreae nos cuenta, excitado, las “divertidísimas” rondas del orfeón local, interpretando salmos y motetes moralmente edificables por las calles de su utópica ciudad conventual, las representaciones públicas de los misterios divinos o de los sucesos más dramáticos de la historia sagrada, los oficios divinos en la iglesia, las procesiones. Todo ello como prueba manifiesta del profundo gozo y beatitud que se alojaba en el alma de los piadosos cristianopolitanos.  
            En Nueva Atlántida, Bacon nos obsequia con un minucioso relato de la Fiesta de la Familia en Bensalem que nos basta y nos sobra para comprender la atmósfera tediosa y sofocante que rodeaba a la vida familiar de los bensalemianos, marcada por un patriarcalismo antipático y un odioso machismo. Tommaso Campanella extendía la transparencia del ciudadano  de Taprobana y la de sus

Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile
acciones ante el Estado a ámbitos tan íntimos de su vida -como la complexión física o la actividad sexual- que lo que nosotros entendemos por “fiesta”  podemos asegurar que allí brillaba  por su ausencia. Es, por otra parte, tan habitual y regular la presencia de los otros en la vida de cualquier ciudadano que ello hacía inviable cualquier posibilidad festejar o gozar de alguna actividad placentera o fruitiva al no existir espacio ni tiempo libres para desarrollar ningún atisbo de vida personal o de privacidad. Por ejemplo, para dar fe de una acusación ante el juez se exigía  cinco testigos, cosa fácil puesto que [los solarianos] casi siempre están acompañados.

            Por lo que se refiere a  la Icaria de Etienne Cabet, F. Laplantine nos recuerda cómo éste instituye en ella por decreto la noción de fiesta obligatoria: “Todas estas diversiones, escrupulosamente organizadas, y que no son más que una sombra trasladada del trabajo […], bastan para demostrarnos de un modo casi experimental que ‘no hay y que nunca ha habido una verdadera fiesta laica’ que no sea siempre una miserable caricatura de fiesta y nada más. La fiesta –como lo cómico y como el juego-, que es una de las dimensiones fundamentales de la existencia de los pueblos bien sustentados, supone la capacidad de transgredir lo ‘sagrado’, una capacidad que falta por completo en un universo banal carente de profundidad” y de misterio[3].
María Luisa Berneri en su magnífico e insustituible examen de las utopías literarias[4] hace una crítica sistemática de las instituciones de las utopías literarias, a las que califica de represivas, autoritarias y cercanas al totalitarismo. La abolición de la propiedad privada y del dinero, la militarización permanente,  las restricciones a la libre circulación de personas, la convivencia obligatoria, inevitable y absorbente, la absoluta falta de intimidad, la existencia de la pena de muerte (a veces por los motivos más nimios) y de durísimas sanciones y castigos penales por determinadas infracciones, y la represión indiscriminada y arbitraria instituida en muchas de ellas, las hace aparecer a primera vista como tiránicas, agobiantes y sombrías, y, a la vista de las experiencias habidas posteriormente en algunos países totalitarios o teocráticos, como muy temibles.
Con la excepción tal vez de  La ciudad del Sol, donde el genio descontrolado de Tommaso Campanella suelta esporádicamente algunos detalles grotescos, graciosos o truculentos, las otras (las tres o cuatro utopías a las que aquí nos hemos referido preferentemente) proyectan una imagen de la vida cotidiana infinitamente tediosa y triste. La estampa de estas sociedades perfectas se nos antoja, efectivamente, desoladora, con su arcaísmo, su monotonía, su enclaustramiento y su abdicación ante el futuro. La vida cotidiana en la genérica Utopía de los soñadores utópicos es de una tristeza, de una

monotonía y de un claroscuro sin límites y está estrictamente “reglamentada” desde sus creencias, costumbres y tradiciones hasta los mismos juegos infantiles. En todo momento, el individuo está controlado o por familiares o por sus superiores o por sus vecinos, convertidos unos y otros en una especie de espías institucionales. “Hay -escribe M. L. Berneri- pocas utopías decimonónicas que podamos leer hoy sin experimentar mortal aburrimiento, a menos que consiga hacernos reír la ostensible fatuidad de sus autores, convencidos de ser los salvadores de la humanidad”[5]. 
Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, AncileIncluso ni en la  utopía moreana, la más tolerante y humana de todas las ficciones literarias imaginadas, existía ninguna intimidad: las puertas de las casas no se cerraban, de modo que cualquiera en cualquier oportunidad podía traspasarlas, con la consiguiente violación de la intimidad más elemental. Para pasear por los campos próximos a la ciudad se requería el permiso del padre y el consentimiento del cónyuge; y para excursiones más largas o para visitar otras ciudades el salvoconducto del príncipe con la fecha del retorno señalada. En la mesa los jóvenes estaban flanqueados por dos personas adultas que estaban atentas a sus palabras y a sus gestos, para que no se extralimiten y  para, a través de la conversación con ellos, ir averiguando el carácter de cada uno de ellos.
El mismo More nos asegura que la exposición del ciudadano a la vista de los otros, a la mirada presente de todos, es y debe ser continua y dondequiera[6]; ello es algo que compete al trabajo habitual del ciudadano o a un ocio no deshonesto. Carecían, además, de licencia alguna para estar ociosos, entregarse a torpes diversiones o formar conciliábulos. Se tenía asimismo “por delito capital entrar en consejo acerca de asuntos comunes fuera del Senado o de los Comicios públicos”, lo cual equivalía ni más ni menos que a una limitación a la libertad de reunión o de asociación política. Y por si fuera poco, Thomas More prescribe que todo el mundo debe hallarse en cama a las 9 de la noche, y el despertar deberá efectuarse a  toque de clarín.
            Johann Andreae, para quien no ya la presencia sino la vigilancia activa era uno de los deberes cívicos más fundamentales en Christianopolis -pues sin ella no era posible preservar la moral y la piedad cristianas ni mantener incólume la república-,  luchó toda su vida por introducir en el ducado de Wurttemberg los “tribunales de costumbres”, que había visto en la ciudad calvinista de Ginebra, una especie de comités o patrullas vecinales encargadas de velar por el buen comportamiento de cada uno, tanto dentro de su propia casa como fuera de ella. Vigilar era para él la gran palabra en el reino de la convivencia social. Vigilancia, Censura y Delación serán rasgos específicos y distintivos también de otras muchas macroutopías, esta vez no de ficción, sino trágicamente realizadas a lo largo del pasado siglo XX. (Continuará)


                                                                                                                      Tomás Moreno




[1] J. C. Davis distingue Utopía de otras sociedades ideales como son Cucaña, Arcadia, la Perfecta República Moral y  el Milenario (Utopía y la sociedad ideal. Estudio de la literatura utópica inglesa, 1516-1700, trad. de Juan José Utrilla, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, pp. 11- 49)  y  M. A. Ramiro Avilés también diferencia el modelo Utopia de otros modelos de ciudades ideales como Abundantia, Naturalia,  Moralia  y Millenium (Ideología y Utopía: una aproximación a la conexión entre las ideologías políticas y los modelos de sociedad  ideal, op. cit., pp.87-129).
[2] M. A. Ramiro  Avilés, “La utopía de derecho”, op. cit., pp. 445- 447.
[3] F. Laplantine, op. cit., p. 166
[4] A través de las utopías, Proyección, Buenos Aires, 1975, p. 105.
[5] Ibid., op. cit., p 244.
[6] E. García Estébanez, tratando de justificar esta praxis o costumbre (tan ominosa) de estado policíaco, comenta que se trata de una “circunstancia que subrayan con ufana obstinación tres de nuestros utopistas” y que “resulta bastante temerosa, hay que confesarlo, pero, desde luego, no se puede interpretar a la luz de la experiencia habida posteriormente con algunos regímenes, como los comunistas u otros. Es una distorsión histórica inaceptable. Debemos ceñirnos a la perspectiva de sus autores, cautivos de una concepción agrícola o artesanal de la sociedad, cerrada sobre sí misma y transparente a todos sus miembros. Una sociedad “presencial” o “cara a cara” que se dice hoy en sociología. En estas comunidades el estar a la vista es el estado ordinario y natural, no el efecto de un designio policial (en la de Andreae por sus connotaciones teocrátics sí es esto último)” (“Lo Utópico en el pensamiento político”, en Jorge Riezu y otros, Historia y Pensamiento Político. Identidad y perspectivas de la Historia de las ideas políticas, Biblioteca de C. P., Universidad de Granada, 1993,  pp. 119-149).




Trabajo, ocio y vida cotidiana en las utopías maquetas, Tomás Moreno, Ancile