miércoles, 17 de octubre de 2018

LA APROPIACIÓN FEMENINA DEL DISCURSO ILUSTRADO. EL FEMINISMO DE LA PRIMERA OLA


La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, es el título del post nuevo para la sección, Microensayos, del blog Ancile, trabajo del profesor Tomás Moreno que recomendamos vivamente a los interesados en la historia de la misoginia.


La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, Tomás Moreno


LA APROPIACIÓN FEMENINA 

DEL DISCURSO ILUSTRADO. 

EL FEMINISMO DE LA PRIMERA OLA


La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, Tomás Moreno


 Escribía A. Valcárcel en un lúcido ensayo,  que “el feminismo es un hijo no querido de la Ilustración”[1]. Si tuviésemos que sintetizar la situación de la mujer en la Ilustración, tendríamos que advertir y subrayar una llamativa contradicción entre la posición y el rol asignados a la mujer en la sociedad de la época y los nuevos ideales de igualdad, proclamados para todos los seres humanos por la ideología Ilustrada. La posesión por parte de cada ser humano de la razón, y la afirmación, por principio, de la igualdad de derechos para todos los hombres –núcleo de las ideas ilustradas- tuvo indudablemente un significado liberador respecto a los privilegios y las desigualdades del antiguo régimen y fue inevitable que también las mujeres los reivindicasen, como de hecho lo hicieron.
            Sin embargo, paradójicamente, la “Declaración de los derechos” de 1789 va a excluir a la mujer de la ciudadanía –de los derechos de ciudadanía- y, lamentablemente, la época de la Ilustración y de la Revolución Francesa asistirá casi imperturbable a la condena a muerte en la guillotina de una mujer, Olympe de Gouges. Olympe no sólo criticó políticamente a Marat y se opuso a Robespierre, el genio perverso de los extremistas jacobinos, sino que  en su obra encontramos, además, la unión de
La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, Tomás Moreno
anti-esclavismo y feminismo. Abogó, por una parte, por la liberación de los esclavos negros de las colonias francesas del Caribe, en su obra teatral L’esclavage des Noirs, y  se atrevió, por la otra, a afirmar y apoyar los derechos de las mujeres en su famosa Declaración de los Derechos de la mujer y la ciudadana. Su publicación y el haber escrito algunos pliegos defendiendo al rey, la llevaron al patíbulo en el año del Terror, el 4 de noviembre de 1793. Antes de ser decapitada había escrito en aquella: “Si la mujer tiene derecho de subir al cadalso, también ha de concedérsele el derecho de subirse a hablar a la tribuna pública”. Mme. Roland[2] y  T. de Méricourt[3], también  mujeres y revolucionarias, fueron asimismo víctimas de la incontrolable furia revolucionaria.
             A excepción de muy pocos pensadores de los siglos XVII y XVIII, como los ya aludidos Poullain de la Barre y Condorcet[4] y algún otro, que se hicieron paladines de los derechos de las mujeres, la mayor parte de los filósofos Ilustrados –desde Rousseau, Diderot, Helvetius, D’Holbach hasta Voltaire, Jaucourt, Barthez o Chaderlos de Laclos- estuvo en una posición paradójica al reconocer teóricamente la igualdad de todos los seres humanos y, al mismo tiempo, negarla en la práctica a la mitad del género humano perteneciente al otro sexo, al femenino. Para Concepción Roldán, la Ilustración al enfrentarse a la llamada “cuestión de género”, “justificó sin cuestionarlo el orden establecido, el cual reducía a las mujeres a las tareas domésticas en el ámbito privado, oficiando como máquinas reproductoras y propiciando que el varón se dedicase a tareas más elevadas y a la participación en la vida pública. Hubo, no obstante, un movimiento de defensa de las mujeres conocido como querelle des femmes por ósmosis con el más pujante movimiento francés”[5].
            Por su parte, Celia Amorós nos ha mostrado, en diversos escritos, cómo el contrato social será seccionado por la Modernidad en dos partes bien diferenciadas: el espacio político (público, convencional) y la familia (espacio privado, natural), primando la esfera pública y considerando irrelevante la esfera privada. A pesar del creciente proceso de secularización y racionalización ilustrada, las mujeres continuaban condenadas a “permanecer bajo el conveniente dominio del varón y asumir las tareas domésticas”[6]. Con el establecimiento de la Revolución Francesa las mujeres radicalizarán el discurso revolucionario. Aunque del tema ya hemos tratado anteriormente, no es ocioso considerar cómo en pocas palabras refleja perfectamente la situación nuestra filósofa y pensadora feminista:

Los jacobinos, bajo la influencia de Rousseau excluían a las mujeres “por naturaleza” de la ciudadanía. Ellas los interpelaban autodesignándose como “el Tercer Estado dentro del Tercer estado” y poniendo de manifiesto la incoherencia patriarcal al excluir de la ciudadanía a las mujeres[7].

La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, Tomás Moreno            Mujeres reclamantes de los Cahiers de Doléances[8], como las que aparecen en la antología de Alicia Puleo, teóricas políticas de la talla de Olympe de Gouges, la autora de Los Derechos de la mujer y la ciudadana, condenada a la guillotina por Robespierre, así como varones pro-feministas como el marqués de Condorcet, estimaron que esta exclusión era discriminatoria:

Hombre […] ¿quién te ha dado el soberano poder de oprimir a mi sexo?... Sólo el hombre se fabricó la chapuza de un principio de esta excepción… quiere mandar como un déspota sobre un sexo que recibió todas las facultades intelectuales y pretende gozar de la revolución y reclamar sus derechos a la igualdad, para decirlo de una vez por todas[9].

            En definitiva, “las grandes construcciones teóricas de la Modernidad dejaron fuera a la mujer como sujeto de discurso y de derechos sociales”, nos recuerda Rosa María Rodríguez Magda. La ausencia de la mujer en la modernidad se consuma de forma desigual en los diversos frentes. El hecho, necesario para solventar la engañosa universalidad del término “hombre”, tuvo, como sabemos, consecuencias funestas: disolución en 1793 del Club de Republicanas Revolucionarias, prohibición de asociarse y de ejercer los derechos políticos, generalizada a todas las mujeres, detención de su presidenta, Claire Lacombe, y ejecución en la guillotina de Olympe de Gouges [10].
            Como ya señalábamos en un epígrafe anterior[11]  en  palabras de Cristina Molina Petit, la Ilustración no cumplió sus promesas (universalizadoras y emancipatorias) para las mujeres, sino que en vez de propiciar y facilitar su emancipación exigió incluso su propio sacrificio: “sin la Sofía doméstica y servil no podría existir el Emilio libre y autónomo” [12]. En este sentido, la profesora Celia Amorós concluirá con toda razón que “desde esta perspectiva la crítica anticolonialista y la crítica feminista vendrían a converger en tanto que asumidas como críticas inmanentes a la incoherencia del discurso ilustrado”[13]. (cont.)

TOMÁS MORENO






[1] Amelia Valcárcel, “La memoria colectiva y los retos del feminismo”, en Amelia Valcárcel, Mª Dolors Renau, Rosalía Romero (eds.) Los desafíos del feminismo ante el siglo XXI, Hypatia, Instituto Andaluz de la Mujer, 2000, p. 020.
[2]Aunque por motivos diferentes (por oponerse a Robespierre) el mismo mes de noviembre de 1793, fue también guillotinada Mme. Manon Roland, intelectual dotada y personaje clave en el partido de los moderados de la Gironda. Frecuentó las tertulias de la misma forma en que la Mericourt recorrió las calles, y a través de sus escritos apostó claramente por la política revolucionaria y democrática tanto oralmente como a través de sus escritos. “Me consideran lo bastante digna para compartir el destino de los grandes hombres que ustedes han asesinado”, les dijo a los jueces”. Y ya en el patíbulo pronunció una frase que se hizo célebre: “¡Oh, libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.  
[3] Thèroigne de Mericourt, fundó el Club de las Amigas de la Ley, uno de los más revolucionarios. Su vida estuvo rodeada de leyendas que no pudieron probarse, pero que fueron relatadas por Lamartine y Baudelaire. En 1870 fue acusada de intentar asesinar a la reina, pero finalmente se la puso en libertad. No acabó guillotinada, como sus compañeras de lucha, porque fue encerrada en el manicomio de La Salpretiêre, donde murió en 1817 tras diez años de reclusión.
[4] Para toda esta temática de la posición de los ilustrados ante la cuestión de los derechos de las mujeres véase Alicia Puleo (Edición) La Ilustración olvidada: la polémica de los sexos en el siglo XVIII, op. cit. En esta antología, a la que ya aludimos, se pone de manifiesto que, en lo que se refiere a la mujer habría habido dos Ilustraciones: una hegemónica, representada por Rousseau y Kant que excluía a la mujer de la ciudadanía y la relegaba al ámbito privado de la familia, la vida doméstica familiar y la maternidad. Y otra, ocultada e ignorada por una cultura patriarcal dominante, que las excluyó del Pacto social (Cf. Carol Pateman, El contrato sexual, Anthropos, Barcelona, 1995)- representada por autores como Poullain de la Barre, M. Wollstonecraft, Condorcet, Olympe de Gouges, Montesquieu, Madame D’Epinay, Madame De Lambert y otros, que hundía sus raíces en el racionalismo cartesiano del XVII y  el Enciclopedismo del XVIII y que culminará en los clubes de ciudadanas y en las exigencias de igualdad entre hombres y mujeres postuladas por la Revolución francesa.
[5] Concepción Roldán “Mujer y Razón Práctica en la Ilustración Alemana”,  en Alicia H. Puleo (Ed.)  El reto de la Igualdad, op. cit., pp. 221 y ss.
[6] Celia Amorós “El legado de la Ilustración: de las iguales a las idénticas”, en Alicia H. Puleo (Ed.) El reto de la igualdad op. cit., p. 226.
[7] Ibid., pp. 45-58 passim.
[8] Son los Cuadernos de quejas, escritos en los que los diversos estamentos expresaban sus quejas, peticiones y reclamaciones ante los Estados Generales. Las mujeres reclamaron su derecho a la educación, la supresión de leyes discriminatorias contra ellas e incluso su derecho a la representación política
[9] Alicia H. Puleo (Edición), La Ilustración olvidada, La polémica de los sexos en el siglo XVIII,  op. cit., pp. 154-155.  
[10] R. M. Rodríguez Magda, El Placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo, op. cit.,  pp. 74-79, passim. 
[11] Véase el epígrafe 3.3. “Ilustración y moralidad femenina”, de este ensayo.
[12] Cristina Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Anthropos, Barcelona, 1994.
[13] Celia Amorós, “El legado de la Ilustración: de las iguales a las idénticas”,  en El reto de la igualdad de Alicia H. Puleo, op. cit. p. 45  




La apropiación femenina del discurso ilustrado. El femeninsimo de la primera ola, Tomás Moreno

lunes, 15 de octubre de 2018

ENMANUEL KANT: LAS MUJERES EN LA “ANTESALA DE LA MORAL” Y SU RECLUSIÓN EN LO PRIVADO

En este nuevo post del blog Ancile, para su sección Microensayos del profesor Tomás Moreno, traemos una nueva referencia histórica a la misoginia, esta vez con el título: Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado.



Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno



ENMANUEL KANT: LAS MUJERES 

EN LA “ANTESALA DE LA MORAL”

Y SU RECLUSIÓN EN LO PRIVADO


Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno


Por su parte, Kant seguirá, a pesar de sus formas más refinadas, la misma argumentación que Rousseau y, por eso, llega el filósofo alemán a postular también la exclusión femenina del ámbito político. Para Kant sólo el que tiene derecho a voto puede ser llamado ciudadano. La única cualidad exigida por ello, aparte de la cualidad natural (no ser niño ni mujer), es  que uno sea su propio señor y, por tanto, que tenga alguna propiedad que le mantenga.  Ahora bien: únicamente el hombre -ya sea marido, padre, señor de la casa- puede ser propietario. La mujer no puede gozar de los mismos derechos de propiedad que el hombre. Su dependencia sobre todo económica -como la de los niños y algunos hombres, el mozo de cuadra, el siervo, el pupilo, los criados, los asalariados que dependen de un amo, empleador o del mandato de los demás- produce la falta de autonomía o personalidad civil, que la inhabilita para ser ciudadana activa de pleno derecho, para tener derecho al voto o participar en la legislación del Estado. Imposible fundamentar más gratuita e injustificadamente la desigualdad jurídica y social, no solamente de la mitad del género humano, sino también, como hemos visto, de todo individuo que carezca de propiedades y que reciba un sueldo o un salario. 
Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno

                Por consiguiente, como nos recuerda Rosa María Rodríguez Magda, “el término ciudadano no es una globalidad unívoca adjudicable a todo ser humano por el hecho de serlo”. Es preciso señalar, además, que Kant distinguía entre ciudadanos activos (los varones, éstos sí de pleno derecho) y ciudadanos pasivos (las mujeres y los niños) y que estos últimos poseían realidad moral-jurídica, pero no eran capaces de participar efectivamente en la legislación del Estado. Así, a la vez que se instituían los elementos universales de la ciudadanía, quedaba legitimada la minoría de edad de más de la mitad de la misma, recluida en una potencialidad privada e inoperante. Mal comienzo, concluía la filósofa valenciana, en una modernidad cuyo principal baluarte va a ser la gestión racional del espacio público[1]. Se inhabilita primero a la mujer como sujeto ético, como ya vimos, para después excluirla como sujeto político del ámbito de la ciudadanía:

La mujer es declarada civilmente incapaz a todas las edades, siendo el marido su cuidador, tutor natural; puesto que, si bien la mujer tiene por naturaleza de su género capacidad suficiente para representarse a sí misma, lo cierto es que, como no conviene a su sexo ir a la guerra, tampoco puede defender personalmente sus derechos, ni llevar negocios civiles por sí misma, sino sólo por un representante (A S P, 209).
               
                En conclusión, su prioritaria atención a la vida y a la singularidad de los seres vivientes; su incapacidad para acceder a la abstracción de los principios morales universales y, en consecuencia, para autolegislarse moralmente  y dotar a sus acciones de verdadero sentido ético (prerrogativas exclusivas de los varones); su relegación a la privacidad de lo doméstico; su cosificación como mero objeto sexual,  y, en fin, su infantilización y permanente minoría de edad injustamente impuestas[2] -que la descalifican para perseguir por sí mismas fin alguno- obligan a las mujeres no sólo a permanecer, como diría C. Roldán, en la “antesala de la moral”, sino que, además, les impide emanciparse de sus “tutores naturales” o representantes varones[3], excluyéndolas del acceso a la categoría de ciudadanas e incapacitándolas para la participación política. Sólo a ellos, a los varones, les corresponde las prerrogativas de autolegislarse moralmente y de participar activamente en la vida de la Polis: “el bello sexo” queda relegado a la asunción de la heteronomía que por definición las incapacita para dotar de verdadero sentido ético a sus acciones, y por ende, para la participación política.
           
Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno
Con ello, Kant está, en realidad, legitimando teóricamente un sistema de desigualdad instaurado por una parte de la humanidad (la masculina) en perjuicio  de la otra (la femenina). Los ideales de la Ilustración, en cuanto que afirmaban los principios de la libertad y de la igualdad para todos los hombres, deberían haber tenido un significado liberador también para las mujeres, pero Kant no saco las conclusiones que hubiera debido sacar de ellos. Al contrario, relegó a las mujeres a una ciudadanía a medias y a una dependencia sustancial de los demás (varones), manteniendo así al "sexo débil" en un estado de minoridad civil, algo incompatible con la plena dignidad del ser humano, la que él mismo convirtiera en principal “divisa de la Ilustración” en su famoso ensayo de 1784 Algunos suelen disculpar las incoherencias kantianas por ser “hijo de su tiempo” y es obvio que Kant lo era y que, en consecuencia, en su conceptualización e imagen de la mujer se resiente de los tópicos misóginos de su época, por lo que sería, efectivamente, un anacronismo juzgarlos desde nuestros parámetros actuales.
            A pesar de ello, no puede olvidarse que por la misma época que Kant está publicando sus Críticas, su Metafísica de las costumbres y su Antropología, Mary Wollstonecraft, conquistada por los ideales de la Ilustración, era capaz de publicar su Vindicación de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1792) y otros pensadores alemanes coetáneos, igualmente implicados en ese contexto histórico-social, tuvieron posiciones mucho más igualitarias y favorables a las mujeres que las sostenidas por el ilustrado filósofo de Könisgsberg. En su filosofía Kant tenía, sin duda, todas las claves para haberse convertido en el pensador adalid de la igualdad de las mujeres, como sostiene con toda razón C. Roldán[4], pero no supo dar ese paso, que hubiera sido lo más lógico y coherente[5].
                Solamente Condorcet es, entre los filósofos de la Ilustración -además de las pensadoras feministas antes aludidas Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft- quien, en el último cuarto del siglo XVIII, se tomará al pie de la letra el auténtico espíritu de las luces. Si un solo individuo fuese privado de sus derechos, el principio universal de la igualdad de los hombres perdería todo su valor: “O bien ningún individuo de la especie humana tiene verdaderos derechos, o bien todos tienen los mismos derechos; y quien vota contra el derecho del otro, sea cual fuere su religión, su color o su sexo, reniega en ese mismo momento de los suyos”. Igualdad de los derechos fundados en la naturaleza, igualdad en la “instrucción”, son las causas que, en una República en la que se supone que “todos” los ciudadanos gozan de los mismos derechos, fundamenta la “admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía”, es decir, al derecho político[6].
Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno

            Por otra parte, volviendo a Kant de nuevo, nuestro gran filósofo moral de la Crítica de la razón práctica (1787) y de la Metafísica de las costumbres (1797), participaba acríticamente de los prejuicios ancestrales contra la mujer que habían sido grabados en el inconsciente colectivo varonil lo largo de siglos de patriarcado, de tal manera que, en su opinión, el género femenino tenía más impulso y corazón que propiamente carácter –al manifestar una “tendencia natural” a ser más emotiva e impulsiva que racional- y se sorprendía de que el sexo femenino fuese totalmente indiferente al bien común, llegando incluso a considerar absurdo ocuparse de algo más que de su propio provecho, aun cuando no mostraran, ciertamente, ningún tipo de insensibilidad hacia las personas de su intimidad y conocimiento. Todo ello hacía posible que los varones (especialmente, los maridos)  pudiesen recuperarse con ellas “de sus cuitas públicas”.
            Estas ideas de Kant darán pie a L. Posada Kubissa para comentar pertinentemente que el filósofo de Königsberg adjudica a las mujeres el clásico tópico de ser “el reposo del guerrero”, que tantos otros pensadores anteriores y posteriores asumirán sin molestarse en cuestionar, como veremos. Plenamente acorde con el mismo, escribe, “la filosofía de Kant sobre los sexos no sólo excluye a la mujer de toda universalidad de especie, sino que las recluye en el ámbito de lo doméstico y privado, donde han de servir de solaz para su fatigado marido y, de paso, aliviarle de todo otro cuidado que pueda entorpecer su dedicación infatigable a la vida pública”. Y continúa afirmando que el gran drama que supone esta relegación de la mujer no está sólo en su exclusión de la vida pública y de los derechos y deberes de todo ciudadano, sino también en que tal exclusión se realiza mediante la reclusión o confinamiento en el oikos y en lo privado[7]. Con todo lo cual no podemos sino coincidir plenamente con Rodríguez Magda cuando escribe en el capítulo IV, (“Mujer y Transmodernidad”) de su ensayo El Placer del simulacro, las siguientes palabras:

Henos, pues, [a las mujeres] como hermosos floreros, candil auxiliar de la Gran Fiesta de las Luces. La intimidad del hogar parece no sólo alejada de la cosa pública, sino además éticamente oscura cual boca de lobo (acaso por esta penumbra: el eterno femenino y su misterio)[8]. (cont.)


TOMÁS MORENO



[1] Rosa María Rodríguez Magda, El Placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo, Icaria, Barcelona, 2003, p. 76.
[2] Según C. Roldán la  misoginia de Kant lo llevó a percibir a la mujer como “lo otro” - los niños también son para el filósofo “lo otro”-, pues la mujer manifiesta supuestamente una “tendencia natural” a ser más emotiva e impulsiva que racional. Mientras a los niños varones les era permitido entrar en el mundo de la autonomía ético-política al crecer, las niñas, las mujeres, permanecían por el contrario el resto de sus días como “niños grandes”. Y cita a Kant (Amweisung zur Meenschen-und Weltkennis, p. 71) corroborándolo: “Las mujeres no dejan de ser algo así como niños grandes, es decir, son incapaces de persistir en fin alguno, sino que van de uno a otro sin discriminar su importancia, misión que compete únicamente al varón”. La caracterización de la mujer como “niño grande” la debe Kant, como tantas otras ideas, a Rousseau. Véase al respecto: Concepción Roldán, “Mujer y razón práctica en la Ilustración Alemana”, en Alicia H. Puleo, El reto de la igualdad de género. Nuevas perspectivas en Ética y Filosofía política, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008, pp. 24 y 233.
[3] Esos varones tutores  son: primero el padre, luego el marido, con quien constituye una única “persona moral” en el matrimonio.
[4] C. Roldán, “Mujer y razón práctica en la Ilustración”, op. cit., pp. 233-234.
[5] Ibid. p. 235. Prueba de ello es que durante mucho tiempo se sospechó que él era el autor de las obras favorables a las mujeres que Tehodor Von Hippel publicara anónimamente. Autor de Sobre el mejoramiento civil de las mujeresr, de 1792, en esta obra -que Kant debió conocer- Von Hippel denuncia –como ya vimos en el epígrafe 2.7 de la segunda parte (II)- la reducción a la minoría de edad de todas las mujeres (con excepción tal vez de las reinas) y pone de manifiesto cómo el Derecho de su tiempo no trataba por igual a varones y a mujeres. Criticaba la galantería hacia el bello sexo, porque encubría una situación de debilidad física e inferioridad mental de las mujeres que no se debería a la naturaleza sino a una falta de educación o a una interesada instrucción femenina impuesta y dirigida por los hombres.
[6] Citado en George Duby y Michelle Perrot,  Historia de las mujeres. El siglo XIX. Ed. Taurus, Madrid, 1993, p. 63.
[7] L. Posada Kubissa, “Cuando la razón práctica no es tan pura. (Aportaciones e implicaciones de la hermenéutica feminista alemana actual: a propósito de Kant)”, op. cit., pp. 33-37 passim. 
[8] Rosa María Rodríguez Magda, El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo, op. cit. p. 76.




Enmanuel Kant: Las mujeres en la antesala de la moral y su reclusión en lo privado. Tomás Moreno


jueves, 11 de octubre de 2018

POR MI ONOMÁSTICA, ANTONIO CARVAJAL

Traigo para la sección, Amistad y poesía, este breve pero exquisito post de Antonio Carvajal quien, por mi onomástica tuvo el detalle que yo agradezco profundamente de enviarme por correo como especial felicitación.




Por mi onomástica, Antonio Carvajal


POR MI ONOMÁSTICA, ANTONIO CARVAJAL




Sé feliz en tu onomástica 
y sé feliz cada día 
y no padezcas insomnios 
por la molesta visita 
de ratones en tu cama 
según cuenta de Francisco
de Asís esta Florecilla:



Se hallaba Francisco gravemente enfermo de los ojos, y messer Hugolino, cardenal protector de la Orden, por el tierno amor que le profesaba, le escribió que fuera a encontrarse con él en Rieti, donde había muy buenos médicos de los ojos. Recibida la carta del cardenal, Francisco fue primero a San Damián, donde estaba Clara, esposa devotísima de Cristo, con el fin de darle alguna consolación y luego proseguir a donde el cardenal lo llamaba. Estando en San Damián, a la noche siguiente empeoró de tal manera su mal de ojos que no soportaba la luz. Como por esta razón no podía partir, le hizo Clara una celdita de cañizos para que pudiera reposar. Pero Francisco, por el dolor de la enfermedad y por la multitud de ratones, que le daban grandísima molestia, no hallaba modo de reposar ni de día ni de noche.



Un abrazo
Antonio  Carvajal




Por mi onomástica, Antonio Carvajal

martes, 9 de octubre de 2018

LA ILUSTRACION Y EL DESTINO HOGAREÑO DE LA MUJER: EL DISCURSO DE LA AMBIGÜEDAD: J. J. ROUSSEAU


 Del filósofo y profesor Tomás Moreno traemos  un nuevo post para la sección, Microensayos, del blog Ancile, esta vez bajo el título: La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau.




La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau. Tomás Moreno






LA ILUSTRACION Y EL DESTINO  HOGAREÑO 

DE LA MUJER: EL DISCURSO DE LA AMBIGÜEDAD:

 J. J. ROUSSEAU






La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau. Tomás Moreno


Hasta llegar la Ilustración, el estatus familiar y social de la mujer no va a cambiar sustancialmente. La eliminación efectiva de los derechos cívicos y políticos de la mujer como ciudadana encontrará en dos de los padres indiscutibles de la modernidad, Rousseau y Kant (por elegir a dos de los más representativos), su pretendida justificación teórica. El repaso somero de algunas de sus afirmaciones nos ayudará a rememorar su injusta deslegitimación intelectual, moral y política de las mujeres. Todo se describe en estos pensadores ilustrados bajo el prisma de la incondicional subordinación de las mujeres - “las mujeres al servicio de los varones”- como, en su opinión, dicta la ley natural. Para Rousseau, las mujeres quedan excluidas de toda participación política, y encerradas o recluidas en el oikos. Su lugar natural se sitúa en la esfera privada. ¿Por qué, sin embargo, a veces Rousseau llamará a las mujeres ciudadanas virtuosas y amables? Su respuesta es clara: la ciudadanía sólo le viene del hecho de ser esposas de ciudadanos, lo que no les confiere ningún otro derecho que el de mantener la castidad de las costumbres y de velar por el buen entendimiento de las familias.
La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau. Tomás Moreno

            La iconología de la Revolución Francesa –recuerda Celia Amorós[1]- puso de manifiesto esta relegación y apartamiento de la mujer del ámbito de la ciudadanía a través del famoso cuadro de David “El juramento de los Horacios” en el que se representaba emblemáticamente el juramento cívico que habilitaba para la ciudadanía a los hombres varones. En él, a diferencia de los hermanos juramentados, nítidamente destacados en su individualidad, aparecen las mujeres representadas “de forma difusa, como telón de fondo sobre el que gestálticamente emerge en sus pregnantes contornos, la ceremonia constituyente de la ciudadanía[2]. El mensaje era claro, evidente: el contrato social por el que los ciudadanos accedían a sus derechos cívicos y políticos concernía únicamente a los varones, las mujeres quedaban excluidas.
            El discurso de Rousseau es, pues, radicalmente misógino y de una aparente coherencia: la mujer no es igual al hombre, porque su rol biológico es distinto aunque complementario, y porque su sexualidad y su racionalidad son diferentes e inferiores. Se contradice, sin embargo, cuando en el Contrato social, por ejemplo, afirma estar hablando del acceso de toda la humanidad a la razón, y en el Emilio concluye por el contrario que “la búsqueda de verdades abstractas y especulativas, de  principios y  axiomas en las ciencias, todo lo que tiende a generalizar ideas no es de incumbencia de las mujeres” (EOE, 579). La lectura comparada que  efectuara Eva Figes[3] del Contrato social y del Emilio puso de manifiesto esas contradicciones del pensador ginebrino, así como su doble moral sexista, no por conocida menos silenciada desde la heurística académica. Frente a la proposición universal de que “el hombre nace libre” y de que “renunciar a la propia libertad es renunciar a la condición de hombre”, expuestas en el Contrato social, en el Emilio se afirmará que las mujeres “deben tener poca libertad” y que “habrán de ser educadas para soportar el yugo […] y someterse a la voluntad de los demás”  ya que “el orden de la naturaleza quiere que la mujer obedezca al hombre”, por lo que su único destino será el de ser esposa y madre y en él se manifiesta la fundamental dependencia  de la mujer respecto al hombre.
            En efecto, para el pensador ginebrino la Mujer, encarnada en la figura de Sofía,  “debe poseer todo cuanto conviene a la constitución de su especie y de su sexo, y ocupar su lugar en el orden físico y moral”. Y ese lugar es subordinado y al servicio del varón. Por ello, no debe recibir la misma educación que el hombre; ésta debe ser diferencial y estar orientada a la sumisión al marido y a la entrega amorosa, maternal y familiar. Incluso en la relación sexual marital la mujer debe estar al servicio de su amo y señor y aunque el papel activo masculino requiera siempre de un consentimiento femenino, en ella siempre interviene una cierta dosis de violencia: “Si la mujer está hecha para complacer y para ser subyugada, debe hacerse agradable al hombre en lugar de provocarlo; su violencia está en sus encantos, con ellos debe forzarle a él a encontrar su fuerza y a utilizarla” (EOE, V, 535). 
La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau. Tomás Moreno            La sexualidad femenina es, pues, la base de su servidumbre, según un complejo sistema suave y flexible de coerciones, ya que su destino de esposa será precisamente el ser coaccionada y sometida. Según Rousseau el Ser Supremo o la Naturaleza ha concedido al varón “inclinaciones sin medida” respecto a sus instintos y pasiones naturales y a la mujer “deseos ilimitados”, esto es, una actividad devoradora que, en determinados climas, se expande tan amenazadoramente que para preservar la tranquilidad y la paz de todos, los hombres, tanto más agotados cuanto que son polígamos, se ven impelidos a encerrar a sus mujeres.
            Condicionada  fisiológica y psicológicamente por su sexo, la mujer debe ser apartada totalmente de la vida política, recluida en el  reducto familiar, en el ámbito de la privacidad, y sometida al paterfamilias, que ejerce el mando ilimitado sobre los hijos, derecho a vigilar su conducta y a determinar sus creencias religiosas, mientras que ella, la mujer casada, está esencialmente obligada, además de cumplir con los deberes de esposa, madre y guardiana de la casa, a la castidad y a la fidelidad sexual y a la obediencia al marido. Rousseau niega así el reconocimiento del derecho de las mujeres a participar en la vida política, su derecho a la ciudadanía. La ideología de la domesticidad tiene aquí su acta de nacimiento. La casa y la familia son el reino de la mujer en el que ella reina, aunque su único imperio y dominio sea:

Un dominio de dulzura, de habilidad y de complacencia, sus órdenes son caricias, sus amenazas lágrimas. Deben reinar en la casa como un ministro en el Estado, haciéndose mandar lo que ella quiere hacer. […] Pero cuando ignora la voz del jefe, cuando quiere usurpar sus derechos y mandar ella, de tal desorden nunca resulta sino miseria, escándalo y deshonor (EOE, 611). (cont.)


TOMÁS MORENO


[1] Celia Amorós (editora), Feminismo y Filosofía, Editorial Síntesis, Madrid, 2000, p. 30
[2] O. Blanco, “Iconografía femenina en la Revolución Francesa”, en Celia Amorós (coord.), Actas del Seminario Permanente Feminismo e Ilustración 1988-1992, Madrid, Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense, 1994.
[3] Eva Figes Actitudes patriarcales, op. cit. 1972.





La ilustración y el destino hogareño de la mujer: El discurso de la ambigüedad: J. J. Rousseau. Tomás Moreno