viernes, 11 de octubre de 2019

VASCO de QUIROGA. DATOS BIOGRÁFICOS


Continuando con la fascinante figura de Vasco de Quiroga, publicamos para la sección, Microensayos, del blog Ancile, la nueva entrada del profesor Tomás Moreno que lleva por título: Vasco de Quiroga. Datos biográficos.



Vasco de Quiroga. Datos biográficos. Tomás Moreno





VASCO de QUIROGA. DATOS BIOGRÁFICOS




Vasco de Quiroga. Datos biográficos. Tomás Moreno



Vasco de Quiroga, oidor de la Segunda Audiencia de Nueva España en 1530 y obispo de Michoacán, en la Nueva España, nació en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) hacia 1470, de familia de origen gallego y noble. Tras realizar estudios de bachiller y de licenciatura en cánones (jurisprudencia) posiblemente en Salamanca, orientó su carrera hacia el cuerpo de letrados, actuando como tal en los distintos oficios de la corte en Orán en 1525 y  como experto en la resolución de los asuntos de Estado representando a la Corona en Tremecén, en 1526. Próximo a la nueva corriente del derecho de gentes de Francisco de Vitoria, de la escuela de Salamanca, precursora del derecho Internacional moderno, sus meritorios servicios le granjearon la atención de personajes influyentes de la Corte y de la Iglesia que más tarde influirían de manera decisiva en su carrera profesional. Posteriormente, siguiendo a la Corte, vivió en Granada y Valladolid. De ello nos quedan como referencias la huella que la primera ciudad dejó en su espíritu y pudo influir en su idea, no realizada, de llamar así a la ciudad que eligió como capital de su obispado o en el nombre, Santa Fe, con que designaría sus experimentos americanos, así como las amistades y relaciones que estableció con algunos cortesanos ilustrados.
            Como señala Paz Serrano Gassent, en Granada se había dado precisamente una situación similar a la que después se encontraría Quiroga en México. Ciudad conquistada y sometida en 1492, requería con urgencia su cristianización para un mejor control y gobierno de los vencidos[1]. Para ello se plantearon dos tácticas. La primera, la propiciada por el cardenal Cisneros y sus franciscanos, mediante imposición a los infieles de bautizos masivos, en gran parte forzados y falsos, antecedente claro de los que sería su acción misionera, tres décadas después, en las nuevas tierras de América. Mediante ella no se consiguió una auténtica conversión y aculturación de la población hispano musulmana, sino que fueron semilla de alzamientos como el de 1499. La segunda, la impulsada por fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, que propuso otro método basado en la persuasión, el ejemplo y la labor de catequesis; para ello fundó un Colegio, el de San Cecilio, donde además de existir un seminario, germen de un futuro clero reformado, se instruía a los moros principales y, sobre todo, a sus hijos, en la escritura, lectura y gramática castellana, así como en la doctrina y el amor al trabajo. Parece que este modelo debió influir en Quiroga, repercutiendo seguramente en su futura fundación del Colegio San Nicolás de Pátzcuaro, una de cuyas intenciones sería la de integrar, vía educativa, a indios y españoles, además de formar un clero  selecto.
Vasco de Quiroga. Datos biográficos. Tomás Moreno

            Su nombramiento como oidor de la Segunda Audiencia de México, tuvo lugar en 1530, siendo obispo de México fray Juan de Zumárraga, que denunció, ante la Metrópolis, a la Primera Audiencia, por su codicia y maltrato a los indios. En noviembre de 1529, a propuesta de las audiencias de Granada y Valladolid y al interés y recomendación de la Reina (a instancias de su amigo el Obispo de Badajoz) se propuso al licenciado Quiroga para el cargo. A primeros de enero fue nombrado juez de Nueva España. En agosto de 1530 salió de Sevilla, junto con otros oidores, rumbo a Nueva España. El 9 de enero de 1531 llegó a la ciudad de México como oidor.
            Una vez toma contacto con los indios e informado de su situación de miseria e injusticia en las que viven, empieza a plantearse la idea de concentrar a los indios en pueblos donde pudieran reunirse, sobrevivir económicamente y autogobernarse. El 14 de agosto de ese mismo año manda una carta al Emperador donde le cuenta lo que ocurre en aquellas tierras, proponiéndole las soluciones que considera más pertinentes para liberarlos de tal situación de ignominia. En ellas estaban ya pergeñadas las características esenciales de lo que más tarde sería sus Hospitales-Pueblo o Pueblos-Hospital:
            “Teniendo siempre en cuenta la dignidad humana de los indios”, viene a decirle al Emperador que lo que le importa es la formación de estos pueblos, en los que se recojan los indios y se atienda a los enfermos y necesitados, formando una propia comunidad que viva de su trabajo y en la que los indios “estén ordenados en todo buen orden de la policía y con santas y buenas católicas ordenanzas”.  Y añade que, dado el dócil carácter y como de “cera muy blanda” y “la innata humildad, obediencia, y pobreza y menosprecio del mundo y desnudez” de los indígenas -andando descalzos, con el cabello largo, sin cosa alguna a la cabeza, a la manera que andaban los apóstoles”- sería muy fácil organizarlos en una serie de pueblos o poblados cristianos con una comunidad de bienes semejante a la de la primitiva Iglesia[2].
            El primer experimento o modelo de poblado utópico fue el Hospital-Pueblo de Santa Fe de la Laguna en  México, fundado en 1531 en las proximidades de la ciudad, en Tacubaya a unas dos leguas de ella. Su objetivo, al principio, era  facilitar a los jóvenes indios una forma más civilizada de sociedad, dotar al pueblo de cohesión y de los servicios asistenciales necesarios para todos y sobre todo para los más necesitados: enfermos, viudas, huérfanos, para así favorecer además su conversión. Todavía no se mostraba expresamente su inspiración en la Utopía de Tomas Moro.
            Su siguiente tarea como juez fue la visita a Michoacán, el pueblo de los tarascos –rebeldes y con escasas conversiones- a mediados de 1533. La Segunda Audiencia envió a varios corregidores para solucionar la rebelión de los indígenas y finalmente fue enviado don Vasco, quien puso en práctica su concepción humanista de la justicia, atendiendo las quejas de los indios y dándoles satisfacción. Pacificada la región, inició la fundación de un nuevo Pueblo-hospital, con el mismo modelo que el anterior, cerca de Tzintzuntzan. La gran extensión de la Nueva España exigía la creación de nuevos obispados entre ellos el de Michoacán, para cuya diócesis fue propuesto, por el emperador Carlos I de España, el “laico” Vasco de Quiroga; tomando posesión de la misma en el año 1538. La fundación del Colegio de San Nicolás, germen del futuro clero y de la posible integración hispano-indiana, y la cuestión de la capitalidad y de la sede episcopal en Pátzcuaro, mejor situada en su opinión, fueron motivo de fuertes polémicas entre el obispo de Michoacán y colonos o  encomenderos españoles apoyados por el virrey Antonio de Mendoza.
            En lo que respecta al Colegio de San Nicolás, en Pátzcuaro,  su fundación tenía un doble propósito: constituir un seminario para los clérigos de su obispado, imprescindible si se tiene en cuenta que su procedencia laica le obligaba a formar su propio clero, y crear un espacio educativo para españoles e indios. Con ello se podría lograr que los nuevos sacerdotes, en contacto con los indios, fuesen expertos en sus lenguas y ejerciesen mejor sus funciones y que la mezcla de naturales y españoles fuese creando las bases de una mejor convivencia entre las razas y una futura armonía social. La Junta Eclesiástica de 1539, celebrada en México, permitió la ordenación de indios y mestizos en las cuatro órdenes menores, un atisbo para la creación de un futuro clero autóctono. Pero la decisión del Concilio de México de 1555 se optó por prohibir la ordenación sacerdotal de los indígenas. Todo ello impidió a don Vasco cualquier planteamiento educativo que supusiera una ruptura de esa legalidad, que ya no era compatible con su modelo utópico.
Vasco de Quiroga. Datos biográficos. Tomás Moreno            Una serie de conflictos, litigios y pleitos con sus opositores y enemigos hicieron peligrar su obra. En efecto, la recuperación económica y la implantación del autogobierno, pese a la tutela, estimularon la ambición de colonos y encomenderos, como es el caso de Juan Infante, que alegaba derechos de encomienda sobre Santa Fe de la Laguna y que, en efecto, había obtenido del Consejo de Indias, en 1539, el reconocimiento de sus derechos sobre los Pueblos de La Laguna. La firme oposición del obispo Quiroga a su expropiación tras diversas escaramuzas y recurrir la decisión del Consejo, evitó la ruina de su “obra” logrando que el pleito se resolviera a su favor.
            Tras todo ello, Vasco de Quiroga viajó a España en 1548. Esta etapa hasta 1553 fue oscura y conflictiva. Se interesó en la polémica que sostenían por entonces, acerca de la conquista indiana, Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, sobre la política a seguir en la colonización y también en temas relacionados con el derecho de propiedad de la Corona, la licitud o no de la guerra contra los indígenas, el comercio y el modo de enfocar la colonización, así como en cuestiones referidas a la condición natural y racional, de los indios y su política y a la prohibición o no de las encomiendas etc. Al parecer Vasco de Quiroga escribió un tratado De debellandis indis, que era una defensa explícita y  radical del poder espiritual y temporal, universal y absoluto de la Iglesia. Las Casas acusó por ello a Quiroga de defender la guerra contra los indios para conducirlos a la fe.
            Quiroga mostró, sin embargo, sus reservas a esa interpretación. “Pudiera pensarse –escribe Paz Serrano Gassent-  que la sorpresa de Quiroga radicaba en la sesgada interpretación que un defensor de los indios, como él mismo, podía hacer de su acatamiento a la justicia y al derecho de la monarquía hispana en su dominio de América. Esa parece era su intención prioritaria: mostrar el derecho, basado en la concesión pontificia, a la posesión de las Indias, pero subordinado a la labor evangelizadora, a la obligación de limosna tanto espiritual como temporal de los reyes para con sus nuevos súbditos. A partir de ahí, sólo para lograr este objetivo, la consideraba posible para su pacificación, no para su destrucción. La ambigüedad de su posición se muestra, no obstante, al ser considerado por Sepúlveda como favorable a sus tesis y a las de los encomenderos”[3].
            En 1554 regresa don Vasco a su sede americana. Hasta 1565 tratará de edificar su catedral en Pátzcuaro, sin conseguirlo definitivamente. Presiones externas de los intereses coloniales y oposición, en parte, de los franciscanos que criticaban la grandiosidad de la misma y  el excesivo gasto que comportaba y optaban por otra más humilde[4]. Don Vasco  murió en Pátzcuaro el 14 de marzo de 1565. Dos meses antes, en enero, había redactado su Testamento, en el que recalcaba expresamente las medidas a tomar para el futuro de sus hospitales-pueblo y de su colegio. Sus restos mortales se encuentran actualmente en un mausoleo, dentro de la basílica de Nuestra Señora de la Salud. (Continuará).

TOMÁS MORENO


[1] En este perfil biográfico seguimos principalmente  los datos aportados por Paz Serrano Gassent en su magnífica y  exhaustiva Introducción  a la obra de Vasco de Quiroga, titulada La Utopía en América, op. cit. pp. 9-18. Sobre la vida de Vasco de Quiroga pueden verse: Pablo Arce Gargollo, Vasco de Quiroga. Jurista con mentalidad secular. Biografía y Guía Bibliográfica, Porrúa, Universidad Panamericana, 2007; Francisco Martin Hernández, Don Vasco de Quiroga, protector de los indios, Universidad pontificia de Comillas, Servicio de Publicaciones, 2004; Paulino Castañeda Delgado, Don Vasco de Quiroga y su ”Información en Derecho”, Madrid, 1974.
[2] Colección de Documentos Inéditos relativos…. a América, 2, XIII, Madrid (1884), p. 424 s. Citado por F. Martín Hernández  en “Humanismo, Erasmismo y Utopía Cristiana”, op. cit., p. 65-66.
[3]  Paz Serrano, op. cit., pp. 15-16. Paz Serrano alude a la ambigüedad de Don Vasco al respecto porque, efectivamente, era difícil conjugar en el pensamiento de Quiroga su apasionada visión profética de la comunidad india, moralmente perfecta, como las primitivas agrupaciones cristianas, con una concepción absolutista del poder universal de la Iglesia como se defendía en su escrito: el  pretendido liberalismo reformista de Quiroga parecía sostener la utopía de un imperialismo decididamente teocrático, como críticamente le reprocha Eduardo Subirats en El continente vacío. La conquista del Nuevo Mundo y la conciencia moderna, Anaya y Mario Muchnik, Barcelona, 1994, p.164 y ss.
[4] También su diseño, en sintonía con la arquitectura renacentista italiana  -argumenta Paz Serrano- sorprendía o indignaba, por lo que fue también un serio obstáculo para su realización final. Por una parte estaba pensado para que desde todas las partes de la catedral pudiera seguirse con atención el culto, pero también lo estaba para que el oficiante pudiera controlar sin esfuerzo a todo el pueblo. Así considerada, el diseño catedralicio se anticiparía a una especie de panóptico, modelo de vigilancia perfecta -aplicado aproximadamente tres siglos después al ámbito carcelario como propugnara J. Bentham en el siglo XIX y denunciara M. Foucault en el XX- donde el ojo divino del sacerdote podía observar sin fisuras la fidelidad de su grey.





Vasco de Quiroga. Datos biográficos. Tomás Moreno


martes, 8 de octubre de 2019

POÉTICA DEL LENGUAJE Y LA FILOSOFÍA DE LA MENTE


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, y siguiendo con los argumentos sobre nuestra concepción de la conciencia, la mente y el pensamiento, traemos bajo el título de: Poética del lenguaje y la filosofía de la mente.



Poética del lenguaje y la filosofía de la mente. Francisco Acuyo



POÉTICA DEL LENGUAJE 

Y LA FILOSOFÍA DE LA MENTE



El pensamiento adquiere cauce formal a través del lenguaje (sea de origen gramatical o lógico simbólico). La conciencia del lenguaje es primordial para la comunicación, la expresión e incluso el conocimiento de las limitaciones de uno mismo: la cautividad del conocimiento sea especialmente palpable a través de este entendimiento fundamental: la palabra no es la cosa de la cual hablamos. No en vano, ante la incapacidad de aprehender la realidad mediante el lenguaje y su reconocimiento, es cuando volvemos no solo al pensamiento salvaje, también a la intuición primera del lenguaje.

                Pero, ¿es posible un pensamiento sin expresión verbal[1]? ¿No percibimos acaso toda una suerte de imaginería espacial y de formas interiores? En cualquier caso, todo parece indicar que el lenguaje y aquellas formas (símbolos, incluso) se enredan en nuestra experiencia subjetiva. Reconocemos que este ruido del pensamiento es  o puede ser molesto y que es preciso liberarse de él para clarificar el avasallamiento que parten de aquél. Pero, ¿hay algo más allá del pensamiento  (y de sus representaciones lingüísticas y simbólicas) que la conciencia pueda reconocer? La manifestación del dolor (físico y psíquico), por ejemplo. También, de un modo u otro, las manifestaciones inconscientes que condicionan nuestra aprehensión del mundo y de nosotros mismos. Desde luego debe incluirse el afán de crear para salir de rutinas y posibilitar hacer algo nuevo. La percepción de la belleza. No debemos olvidar cierto tipo de intuiciones que nos motivan a buscar sentido (al dolor, por ejemplo) y al vislumbre de algo que se extiende más allá de nuestras limitadas percepciones, y expresadas a través de una singular capacidad simbólica que diríase, se manifiesta para muchos como un principio cósmico.
Poética del lenguaje y la filosofía de la mente. Francisco Acuyo

                De todas formas, el lenguaje no deja de ser una de las manifestaciones más interesantes para llegar a la conclusión de que el ser psíquico es la única realidad de la que tenemos inmediato conocimiento.[2] Y llegamos a esta conclusión para muchos asombrosa porque si el mundo no adoptara una imagen psíquica (mental, de conciencia, pensamiento) carecería de existencia.[3] Pero lejos de ser esta una aproximación radicalmente idealista, resulta avalada por la más materialista de todas las ciencias: la física. La física de partículas no hace más que dar crédito a esta afirmación que pasa a ser apodíctica, la realidad material no es susceptible de tener realidad si no hay un observador. Observemos que la filosofía oriental daba cuenta de esto hace milenios.

                Conciencia, mente, pensamiento, conceptos que, con sus similitudes y diferencias, a través del lenguaje, dan cuenta de una poética  cuyos principios y modelos de metalenguaje nos hablan del mundo como una auténtica obra de arte que tiene su origen en el fenómeno psíquico. El elemento subjetivo (el yo) que identifica la conciencia el pensamiento, la mente, es de capital importancia sin duda para su reconocimiento, pero implica esto que no existan otros modos (¿superiores?) de conciencia? Parece que para acceder a ellos solo puede hacerse de manera irracional, y de la que sólo puede hablarse mediante un lenguaje especial que rompe las reglas de uso habitual, violando principios gramaticales, semánticos…. y que recurre a la analogía, a lametáfora, a la semejanza, a la paradoja, al símbolo…. y que es genuinamente creativo: la poesía.

                Seguiremos hablando sobre la conciencia, la mente, el pensamiento en el orden universal y sus interacciones con el lenguaje singular de la poesía; será en próximas entradas del blog Ancile.






Francisco Acuyo



[1] Vygotsky, L.: Op. Cit.
[2] Jung. C. G.: Op. Cit.
[3] Ibidem.





Poética del lenguaje y la filosofía de la mente. Francisco Acuyo

viernes, 4 de octubre de 2019

LA UTOPÍA DE LOS HOSPITALES-PUEBLO DE VASCO DE QUIROGA


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, llevada a cabo por el catedrático de filosofía Tomás Moreno, traemos una nueva entrada retomando la temática de las utopías, esta vez con el interesantísmo personaje Vasco de Quiroga, todo bajo el título: La utopía de los hsopitales-pueblo de Vasco de Quiroga.


La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno



LA UTOPÍA DE LOS HOSPITALES-PUEBLO 

DE VASCO DE QUIROGA



La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno

I. No fueron pocos los hombres instruidos de la época de Tomás Moro que recibieron su relato sobre la isla de Utopía como si fuese “una historia verdadera” y que estaban preparados para hacer el gran viaje oceánico hacia el Nuevo Mundo recién descubierto, hacia los utópicos para aprender de ellos, y quizá para convertirlos,  nos recuerda Melvin J. Lasky en una enciclopédica obra sobre la utopía, Utopía y revolución[1]. Uno de ellos fue un juez español, el madrigalense Vasco de Quiroga, quien inflamado con el espíritu del Renacimiento europeo, llegó a la Nueva España en el decenio de 1530  y esbozó y realizó empíricamente a  la manera de la Utopía de Moro[2], un nuevo sistema de gobierno para los indígenas que fue seriamente tomado en consideración por el Consejo de Indias[3].
            En su estudio sobre la utopía americana del siglo XVI, el ilustre investigador mexicano Silvio A. Zavala se refiere precisamente “al programa humanístico [de Quiroga] basado en la utopía de Moro”, que, a su juicio, debería ser “la Carta Magna de la civilización europea en el Nuevo Mundo” y señala que, además de la influencia del humanista inglés, también recibió la del relato las Saturnales de Luciano,  a quien cita en la versión traducida por Erasmo y Tomás Moro. En efecto, las Ordenanzas promulgadas por Quiroga tradujeron fielmente la propuesta utópica de Moro, pero “la transportaban de la atmósfera de la divagación teórica a la aplicación inmediata”.
La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno

            El humanista y jurista castellano combinaba en su proyecto comunitario la idea de retornar a una edad de oro, vieja y nueva a la vez, con la esperanza de hacer posible una iglesia renaciente, ya que su  anhelado proyecto tenía un objetivo social y religioso a la vez, pues habría de ser (al contrario que el de Moro) una utopía cristiana en la que poder “ubicar y plantar rectamente el tipo de cristianos, al igual que en la Iglesia primitiva”.
            Paz Serrano Gassent en su excelente Introducción[4] a los textos conservados de Vasco de Quiroga (Cartas, Información en Derecho, las Ordenanzas y su Testamento) comenta en este sentido que su obra presenta el interés de permitir analizar un aspecto de la conquista de América a veces oscurecido por las hazañas espectaculares de los hechos de guerra o la magnitud del desastre indígena: el de la evangelización y la construcción, con y para la masa indiana, de utopías[5] que, pese a su origen europeo, sólo parecían posibles en el Nuevo Mundo descubierto, espacio abierto para la realización de todos los sueños”, que o bien languidecían en el Viejo Mundo o morían anegados en sangre. El Nuevo Mundo, por el contrario, ofrecía todo un nuevo espacio, con una nueva humanidad para realizarse[6].
            Fernando Ainsa considera, por su parte, que Quiroga propuso construir allí un modo de “estado cristiano perfecto” basado en la interpretación que de la Utopía de Moro había hecho Guillermo Budé, a quien cita en forma reiterada. La isla moreana de Utopía no era una simple ficción literaria o fantástica, estaba en el Nuevo Mundo y  se fundaba y fundamentaba en “tres principios divinos” muy caros a su promotor: “la igualdad entre los hombres”, “el amor resuelto y tenaz por la paz y la tranquilidad” y “el desprecio del oro y de la plata”[7].       
La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno            Los proyectos utópicos europeos de la época se trasladaban así a América[8] de la mano de almas audaces, tan determinantes en la formación del espíritu utópico y revolucionario moderno como las de los franciscanos Juan de Zumárraga, Motolinia y Jerónimo de Mendieta, primero, y como el oidor seglar y después obispo Don Vasco de Quiroga y los jesuitas, posteriormente. Animados, pues, con ese ilusionante experimento cristiano-social, aunque con concepciones ideológicas diferentes y distintos modelos de sociedad, tanto unos como otros partían de la defensa del indio y sus cualidades naturales - docilidad, mansedumbre, humildad, carencia de codicia, que le conferían un carácter privilegiado- para intentar reconstruir con ellos el ideal de la primitiva cristiandad. Los franciscanos se hallaban -como han sostenido J. L. Phelan en una célebre investigación sobre su obra y escritos[9] y posteriormente Georges Baudot[10], en otra encomiable investigación- inmersos en un contexto mesiánico-milenarista, característico de la época, y su intención era fundar el paraíso en las Indias, animados por el resurgir de las profecías de Joaquín de Fiore, cuyo espíritu no coincidía en absoluto con la mansedumbre franciscana y poco tenía que ver con el advenimiento pacífico de la Edad del espíritu del monje calabrés.
            Los doce primeros apóstoles, miembros de la provincia de la Custodia del Santo Evangelio, acudieron al Nuevo Mundo con el ánimo apostólico (y utópico) de transformarlo en una perfecta comunidad cristiana en la que figurasen los ancestrales rasgos o caracteres de la Iglesia apostólica de los primeros tiempos en forma de república indiana, separada de la comunidad española (que agredía y esclavizaba a los indios comunes). De ahí las interdicciones y enfrentamientos contra la Primera Audiencia y contra la ciudad de México por parte de los franciscanos -y del obispo de la misma orden, fray Juan de Zumárraga- y la acusación que sobre ellos se lanzó de conspiración contra los intereses de la Corona española, al pretender fundar una comunidad exclusivamente india bajo la tutela de los frailes.
La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno

            Los franciscanos[11] trataban, pues, de construir para los indígenas “islotes ideales de perfección” y lograr un orden perfecto, civilizado y urbano, tanto espiritual como temporal. Es decir intentaban crear con los indios (esos “cristianos nuevos”, pobres y niños desvalidos) “un orden diferente, pero dominado por el imperio de la superior fe y cultura, en el que al habitante de utopía, la masa indígena no se le exigía como en el proyecto de Münzer, una acción liberadora, sino sumisión a esa emancipación espiritual impuesta”[12].  Sin duda alguna, uno de los representantes más conspicuos de ese intento utópico fue Gerónimo de Mendieta, como John Leddy Phelan nos mostrara. En su opinión el paraíso terrenal anhelado por Mendieta contenía gérmenes de la idea utópica. En realidad, Mendieta era más utopista que el mismo Tomás Moro, cuya utopía estaba ubicada en un espacio y en un tiempo de su propia imaginación. En contraste con el alemán y con el español, Tomás Moro era totalmente pesimista en cuanto a su materialización concreta. Münzer y Mendieta ubicaban sus utopías en un espacio y un tiempo determinados: Thomas Münzer en Alemania, y Gerónimo de Mendieta, en la Nueva España. El paraíso terrenal de Mendieta era un intento de trascender el orden colonial español en su totalidad.
            En su pensamiento existía una fusión de la visión mesiánica apocalíptica del reino milenario en la Tierra con las exigencias activas de un estrato oprimido de la sociedad. El paso final que hubiera comprometido a Mendieta con la revolución social nunca se dio. Münzer exhortaba a los grupos explotados a participar activamente, para reivindicar sus derechos mediante la violencia; sin embargo, Mendieta deseaba que la dirección viniese de arriba: del Mesías-emperador, Gobernador del Mundo. Los indígenas no habrían de tener ninguna participación combatiente en su propia liberación. Mendieta pertenecía a la tradición joaquinista; pero su idea de que el Mesías habría de romper las cadenas de la explotación económica de una clase determinada, para que los indígenas pudiesen lograr “la cristiandad más perfecta y saludable que haya conocido el mundo”, se apartaba un tanto de los seguidores de Joaquín de Fiore, para ir en dirección de la mentalidad utópica de Münzer.           
            Por su parte, Don Vasco de Quiroga aspiraba –como sostiene en su Introducción, Paz Serrano Gassent, y antes señalábamos- a algo semejante pero con diferencias significativas, fundamentalmente referidas a “los diversos puntos de partida y los distintos caracteres de los actores de la utopía”. El  jurista y obispo Vasco de Quiroga, y funcionario de la Corona, más pragmático, humanista, conciliador y moderado que los franciscanos partía de un modelo o de una concepción totalmente distinta de la defendida por los frailes franciscanos, y  más cercana a los planteamientos de la Escuela teológico-jurídica española, tratando de llevar a efecto con sus Hospitales-pueblo (o Pueblos-Hospitales) la realización cristianizada de la organización política que proponía como modelo el canciller inglés.
La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno

            Por estas razones, en Información en Derecho, el obispo Quiroga declaraba explícitamente la necesidad de edificar la “ciudad ideal” en América, condición indispensable para salvar moral y físicamente a los indígenas. El plan de su utopía lo formulará con detalles en Ordenanzas de hospitales y pueblos, en el Plan de funciones agrícolas y en su propio Testamento de 1565, nos recuerda Fernando Ainsa en un excelente ensayo sobre la génesis de la utopía social cristiana y del discurso utópico americano en general.

La fundación de la república se lleva a cabo a partir de “pueblos muy concertados y ordenados”, habitados por gentes sencillas, humildes, “a la manera como andaban los apóstoles”. El primer Hospital-Pueblo de Santa Fe se bendice el 14 de septiembre de 1532. La experiencia debería durar casi 30 años y su ingeniosa organización demostró ser práctica y eficaz. Como había dicho el propio Quiroga no se trataba de entender la caridad como un simple dar, sino como un modo de “organizar la bondad”, dándole ley a las cosas para resolver los problemas. El principal general era de “dar a cada uno según su calidad y necesidad, manera y condición”, un principio en el que no es difícil reconocer textos utópicos contemporáneos [13].
           
            Sin embargo, tan nobles pretensiones no lograron a llegar a realizarse plenamente. Como escribe atinadamente Paz Serrano:

“Finalmente primaría en él su fidelidad a la Corona y a la Iglesia. La utopía, reforma de la inicua práctica colonial, se quedaría en mero proyecto, reducida, en el orden social y educativo a la nostalgia de lo que pudiera haber sido otra manera de afrontar la conquista. La educación, más que servir a los deseos de un mundo mejor o a la prosperidad futura del indio civilizado, en pie de igualdad con los conquistadores, se convertía, como indica Julia Varela, en una pieza más de la política de tierra quemada dictada por el Consejo Real, una forma dulce de guerra que implica sucesivos actos de violencia real, material y simbólica”[14].

            De esta manera el oidor Quiroga, de fidelidades  burocráticas a la vez que religiosas, ofreció un modelo más paternalista y menos discordante con los intereses coloniales, que el propugnado por los doce primeros apóstoles y misioneros franciscanos, más cercano a un modelo mesiánico milenarista.
            A pesar de ello, Don Vasco o Tatavasco (Padre o Papá Vasco como cariñosamente lo llamaban los tarascos y aún se le continúa recordando con ese apelativo  por las tierras de Michoacán)  fue un gran misionero y civilizador y  una de las grandes personalidades americanas de la primera época de la Nueva España. Enrique Dussel nos recuerda asimismo, tras señalar que Vasco de Quiroga fue el “primero que tuvo la idea de las reducciones”, antes que los jesuitas del Paraguay. Para terminar ofreciéndonos esta apretada síntesis sobre su semblanza personal, social y religiosa en la que queda reflejada su fascinante personalidad:

Siendo oidor de la Audiencia de México, un laico de unos sesenta y tantos años, se estableció entre los indios y los “pacificó”, los evangelizó como laico y no más. Quiroga era un humanista que había leído mucho a Tomás Moro. Leyendo la Utopía, pensó constituir sociedades cristianas fuera del contacto con los españoles. El rey, por último, lo propone como obispo. […] Vasco de Quiroga es una de las personalidades americanas, un hombre que decía: “Yo no soy obispo de hispanos sino de indios”. No llegó a construir su catedral porque todo el tiempo vivió entre os indios. Hizo ciento cincuenta pueblos de indios; admirable era la organización que tenían aquellos tarascos. Por providencia tuvieron su primer contacto con los españoles por medio del obispo Vasco de Quiroga. Así nació la diócesis de Michoacán”[15].  (Continuará)

TOMÁS MORENO


[1] Melvin J. Lasky, Utopía y revolución, trad. Juan José Utrilla, Fondo de cultura económica, México,pp. 38-54.
[2] Podemos distinguir aquí entre sueños e intentos utópicos de reforma social que se alimentan de mitos e imágenes ancestrales del imaginario cultura y de categorías mesiánico-milenaristas (religiosas) y utopías empíricas propiamente dichas, planteamientos utópicos que se ensayaron o experimentaron en la realidad social  americana. Entre estas últimas expertos como Stelio Cro y Fernando Ainsa destacan las utopías empíricas pertenecientes al modelo utópico del cristianismo social, a saber: 1ª, la Teocracia Reformista de Bartolomé de las Casas; 2ª, la Teocracia electiva de Vasco de Quiroga y 3ª, la República cristiana del Paraguay (Reducciones jesuíticas).
[3] Silvio A. Zavala: La Utopía de Tomás Moro en la Nueva España y otros estudios (1937) e Ideario de Vasco de Quiroga (1941). Para otros estudios importantes sobre la temática Vid. el ensayo de José Antonio Maravall, “La utopía político-religiosa de los franciscanos en la Nueva España” en Estudios Americanos (enero de 1949) I: 197-227 y los de Stelio Cro, La utopía cristiano-social en el Nuevo Mundo, Anales de literatura hispanoamericana, nº 7, 1978, pp. 87-130,  y  Francisco Martín Fernández, Humanismo, erasmismo y utopía en el nacimiento de América, 1986, U. Pontificia de Salamanca, Salmanticensis, 33 (1), pp. 55-80.
[4] “Vasco de Quiroga. La Utopía en América”, edición de Paz Serrano Gassent, historia 16, Madrid 1992, pp. 3-18. 
[5] Distinta sería la actitud frente a América del mundo protestante, con la excepción de los anabaptistas y sectas derivadas. Como consecuencia de la estricta separación entre el orden espiritual y político y la imposibilidad de influir desde lo sobrenatural en la maldad de la naturaleza humana, no se encontrará entre los puritanos que allí acudieron ese afán por evangelizar y construir con los naturales el orden ideal.
[6] “Pues no en vano”, escribiría Quiroga, “sino con mucha causa y razón, este de acá se llama nuevo Mundo, no porque se halló de nuevo, sino porque es en gentes y en casi todo como fue aquel de la edad primera y de oro”. 
[7] Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado. Génesis del discurso utópico americano, Fondo de Cultura Económica, México,  p. 156
[8] Melvin J. Lasky, Utopía y revolución, op. cit., pp. 38 y ss.
[9] J. I. Phelan, El reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo, tr. J. Vázquez de Knauth,.Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1972.
[10] Georges Baudot,  Utopía e historia en México. Los primeros cronistas de la civilización mexicana (1520-1569), Espasa–Calpe, Madrid, 1983, pp. 88-102.
[11] Enrique Dussell en Desintegración de la Cristiandad colonial y liberación, (Ediciones Sígueme, Salamanca, 1978, pp.57-58)  nos describe cómo en el 1524, llegaron a tierras mexicanas los “doce apóstoles”: franciscanos extraordinarios que se lanzan a recorrer todo México. Uno de ellos era Motolinía, que significaba “el pobre”. Aquellos misioneros venían de la España del XVI donde florecía santa Teresa y san Juan de la Cruz; esa España que se hallaba en los más fervoroso d su afán caballeresco y a su vez de su ansia de santidad. Motolinía recorría  a pie, descalzo, todo México; cientos de kilómetros; era para los “indios”: “el pobre”; porque era más pobre que ellos, con la franciscana sotana raída etc. Aprendió rápidamente el azteca y predicaba admirablemente en este idioma, como los otros primeros misioneros. La iglesia no permitía que los indios aprendieran el idioma castellano. La corona de Castilla se vio obligada a establecer una organización política para millones de gentes (Aragón estaba más comprometida con/en la política europea). Hasta 1519 América era insignificante, “no aportaba un centavo” a la Corona, no interesaba. A partir de 1519 en adelante comienza la época de esplendor, es cuando llegan los grandes eclesiásticos: Zumárraga en 1528; Julián Garcés obispo dominico a Tlaxcala, después Vasco de Quiroga, en Michoacán y Marroquin en Guatemala; clero secular en aumento y miles de misioneros. dominicos, franciscanos , mercedarios.
[12] Paz Serrano Gassent, op. cit, p. 21.
[13] Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado, op. cit., p. 157.
[14] Paz Serrano, Introducción, op. cit., p. 42.
[15] Enerique Dussel, Desintegración de la cristiandad colonial y liberación, op. cit. p. 56.




La utopía de los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga. Tomás Moreno