lunes, 18 de abril de 2022

LA CIUDAD ILUSTRADA, Nº 17, CON D. FRANCISCO FERNÁNDEZ

Para la sección de Noticias del blog Ancile, traemos un nuevo post dedicado a la primicia editorial del pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, dedicada al profesor, fotógrafo y muy querido amigo D. Francisco Fernández, y editada por Entorno Gráfico Ediciones. La presentación de dicho pliego tendrá lugar el día 22 de abril a las 19.30 en la librería Picasso, en la calle Obispo Hurtado de Granada. En este post ofrecemos un fragmento de la aportación de Francisco José Sánchez Montalbán, profesor, fotógrafo y actual Decano de la Facultad de Bellas Artes de Granada, otro fragmento del también profesor y fotógrafo Javier Leal y un poema de Antonio Carvajal dedicado a nuestro maestro de la fotografía. Intervienen también en dicho pliego Francisco Silvera y quien suscribe, con un poema, dedicadas ambas intervenciones también a D. Francisco Fernández. Ilustran el resto de páginas de este pliego fotografías del artista seleccionadas por Javier Leal, bajo la supervisión del autor para tan señalada ocasión, de las cuales escogimos algunas para esta especial entrada de nuestro blog.



pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, Francisco Fernández
Fotografía de Javier Leal




LA CIUDAD ILUSTRADA, PLIEGO Nº 17, 

CON D. FRANCISCO FERNÁNDEZ




pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, Francisco Fernández
Francisco Fernández






REVISIÓN DE TEXTOS SOBRE FRANCISCO FERNÁNDEZ




Esta es una revisión de textos seleccionados sobre Francisco Fernández, maestro de la fotografía.

Con motivo de la edición de este pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, dedicado a Francisco Fernández, me permito reunir algunas de las ideas que durante años me han hecho sentir y pensar la obra y la formar de trabajar de Francisco Fernández, con quien tanto he crecido y andado. Tanto para exposiciones, catálogos y otras acciones, fueron creándose estos textos, entre la evocación lírica de sus poéticas sobre el retrato, la arquitectura o el paisaje, y la reflexión crítica acerca de su trabajo en el contexto artístico y documental de su fotografía.

En la revisión actual de estos textos me surge la duda de si la cercanía que me une al fotógrafo permite mostrar un discurso demasiado emocional o si, por el contrario, me coloca en una posición comprensiblemente elocuente para discernir críticamente sobre sus procesos de producción y de pensamiento visual. Sea como sea, la vivencia de la creación, más allá de estas comprensibles incertidumbres, sustenta certezas que espero sean, tras su revisión, una forma de actualizar al lector la figura imprescindible de un genuino creador de imágenes a caballo entre la tradición y la más salvaje contemporaneidad.

Y esto es porque su trabajo está claramente marcado por las tendencias del pensamiento visual donde la pose, la actitud ante la cámara, la distribución de espacios o la jerarquía de personajes y elementos se entremezclan con otros órdenes representativos donde la libertad de expresarse sin preocupación busca argumentar la realidad desde una visión personal y subjetiva.

“Pero Francisco Fernández, no muestra, no enseña, ni traduce; habla con palabras bidimensionales. Sus imágenes son voz y discurso; su voz es verdad enmascarada y documento; es mentira y consuelo, pero sobre todo es expresión y calidez”.

“Yo sé con certeza que nadie como el fotógrafo Francisco Fernández es capaz de crear arte del arte. A través de sus fotografías no sólo descubrimos un entorno o una situación, un complejo espacio o sus vicisitudes físicas, sino que, como un mago, es capaz de introducirnos en una lectura de emoción visual, en un espectáculo de fascinación formal, y, en definitiva, en una experiencia de caricias sensoriales”.

“Las fotografías Francisco Fernández se envuelven en un particular uso de las tonalidades y en el dominio de los grises más excelsos y sutiles. Sólo los más profanos creen reconocer un contraste excesivo en sus fotos sin reconocer los tonos altos cercanos al negro cargados de matices, o aquellos grises tan bajos que velan por la sutileza y el detalle. Estos matices crean sentimientos de romanticismo vivo, o de geometrías sosegadas”.

“Pero esas tonalidades, esos perfectos encuentros entre los matices del oscuro, se convierten en la gran firma del fotógrafo; a su vez, dotan de corporeidad a las formas y las atmósferas visionadas. El blanco y negro, lejos del recurso, es el lenguaje, el código que ejerce el fotógrafo para crear. La luz dominada sucumbe ante la cámara para organizarse en efectos preciosistas de generosa delicadeza. La mirada es la dueña, la madre descubridora de otras realidades, y esas otras realidades son las que formulan el arte fotográfico y la susceptibilidad de la verdad frente a la paradoja”.



Francisco José Sánchez Montalbán







pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, Francisco Fernández
Francisco Fernández





DIÁLOGOS CON LA MIRADA


 

 

Francisco Fernández se configura como una personalidad decisiva en la Historia de la fotografía contemporánea. Con una obra que trasciende estilos y escuelas, muestra un increíble mundo creativo que ha sido honrado y galardonado en instituciones españolas y extranjeras, divulgado en los catálogos de sus exposiciones y preciado en las publicaciones realizadas por poetas, pintores, escultores, historiadores del Arte... Instantes visibles e invisibles que penetran en la cámara oscura de su mirada y de su memoria revelando una absoluta perfección técnica y un acorde equilibrio comunicativo.

Sus leyes obedecen a potenciales mágicos a los que consigue impartir un intenso dominio visual iniciado en su aprendizaje en la New England School of Photography de Boston, concretado en una excepcional trayectoria fotográfica, transmitido en su labor docente en la Facultad de Bellas Artes Alonso Cano de la Universidad de Granada y proyectado en sus destacadas actividades de difusión cultural que desde 2011 se han visto ampliadas y reforzadas con la inauguración en Torreblascopedro, su lugar de nacimiento jiennense, del Centro de Arte Contemporáneo Francisco Fernández, una referencia obligada para la presentación, reflexión y divulgación de la obra artística.

Su dilatada creación engloba una gran diversidad de dominios, pero es en el retrato donde se siente plenamente identificado. Platón consideraba que las pupilas eran nítidos y precisos espejos, las de Francisco Fernández poseen una indiscutible profundidad, atesoran una habilidad fascinante para entregarnos una aportación inmune al tiempo. Analiza, selecciona, dispara y revela la vitalidad de la propia vida. Reordena lo sistematizado, le otorga cadencia, aflora el placer de contemplar como estado de gran receptividad objetiva; todo lo que vulnere la realidad está ausente, aunque nos ofrece una visión de la misma desconocida. Representa la tangible presencia de una relación humana respetuosa, afectuosa y duradera con figuras relevantes del universo cultural, portadoras de valores absolutos en los que el espectador se puede reconocer. Ver se convierte en mirar, oír se transforma en escuchar, permitiéndonos relacionar los campos del conocimiento y acceder al disfrute de la comprensión, potenciando el deseo de saber, implicándonos en una actividad intelectual y emocional, provocando una respuesta, una reacción… La obra de arte está incompleta sin este escenario de recepción iluminado por el discurso secreto de los retratos de Francisco Fernández. Imposible trasladar justa e íntegramente las innumerables personalidades que ha fijado en su fotografía y en su corazón, como imposible es no recordar sin admiración y agradecimiento sus diálogos con la mirada.



Javier Leal Moreno






pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, Francisco Fernández
Francisco Fernández






FÁBULA FLUVIAL
(GUADALQUIVIR CON NARCISOS)




En la mañana espléndida las heridas de plata se encienden
y un índice de nácar alza al sol una cata de miel.
En el agua las básculas del sudor y los sueños pretenden
gratinar el azúcar que la luna ha dejado en la piel
de los que no la entienden.

Unas miradas fúlgidas los anillos de sangre sorprenden
y los lavan con dúctil jabonío más copia en papel
para que guarden fértiles huellas tantas de quienes los venden
tras secarlos con táctil donosura en un pálido arel
aunque los entienden.

Gime el río sus curvas como goznes que oxidan las horas
y en las ramas y yerbas y en las aves que beben en él
o en paráclitas cuevas donde sólo del sol llegan halos
y sus trinos entienden

ve Francisco: los mira como saben mirar pecadoras
almas la luz que espera redimirlas del gusto de hiel
que les marcó la cara. Y las bocas se tornan onfalos
porque jamás la entiende.



 

Antonio Carvajal






 

pliego nº 17 de La ciudad ilustrada, Francisco Fernández
Francisco Fernández


miércoles, 13 de abril de 2022

POETAS Y GATOS, POR TOMAS MORENO

 Prosiguiendo con la anterior entrada dedicada al mundo de los felinos y el pensamiento y la literatura y la poesía, y para nuestra sección de Microensayos, traemos el post de nuestro filósofo y amigo Tomás Moreno que lleva por título: Poetas y gatos.


POETAS Y GATOS,

POR TOMAS MORENO


 

Poetas y gatos. Tomás Moreno




Si de los literatos y cuentista, novelistas y dramaturgos pasamos a los poetas, la fascinación que este animal enigmático y sigiloso predador ha ejercido, y ejerce, sobre muchos de ellos queda evidenciada por los magníficos poemas que les ha inspirado a lo largo de todos los tiempos y lugares. Víctor Hugo, el sin par novelista y poeta francés, autor de Odas y baladas (1826) y de Los Miserables (1862), llegó a escribir algo tan verosímil  y plausible  como que “Dios hizo el gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”. Verosímil, porque efectivamente, Dios --o la Naturaleza, sin entrar en disquisiciones teológico/metafísicas--, ha hecho  al tigre y al gato doméstico familiares cercanos por su filogénesis y por su genoma (ADN), pues comparten un 95,6 % de mismo. Al parecer ambas especies se diferenciaron hace aproximadamente 10, 8 millones de años (según la revista Nature Comunications del 19 sept. 2003). Plausible, porque ambos son bellísimos ejemplares de la naturaleza (el de mayor y menor tamaño respectivamente entre los felinos existentes, unas 40 especies) y ocasión para que Baudelaire o Borges despierten su “vis” creadora ante la presencia de cualquier miembro de esa distinguida y elegante familia biológica félida (felidae: de mamíferos placentarios del orden Carnívora).  Concluyamos este introito acordando  que el gato -----al igual que el tigre--- se ha convertido, por otra parte, en un tópico, en un referente literario tratado por infinidad de escritores, pensadores y poetas: “Ven acércate más”, apercibe poéticamente el escritor mexicano José Emilio Pacheco a su gato, “eres mi oportunidad, de acariciar al tigre y de citar a Baudelaire“.

            John Keats, el gran poeta romántico inglés de Endymión (1818) es el primero de los convocados en esta reunión o tenida antológica sobre las relaciones amistosas entre los poetas y los félidos domésticos. Es autor de una oda llena de un intenso y melancólico humor inglés dedicada al gato de la señora Reynolds (madre de su gran amigo, también poeta, J. H. Reynolds, que solía asimismo escribir odas).El poema pleno de conocimiento y empatía tanto por el gato, como por la señora, se publicó por vez aproximadamente unos diez años después de su muerte. Se dice ---y no es una leyenda urbana, las fotografías lo atestiguan--- que desde entonces gatos del cementerio romano guardan la tumba del joven autor de Hyperión (1819), fallecido en Roma de tuberculosis el 23 de Febrero de 1821,  con solo 26 años. El poema dice así:

 

ODA AL GATO

 

¡Gato! Tú que has dejado atrás el gran climaterio,

 ¿a cuántos ratones y ratas habrás destruido

 en tus días? ¿Cuántos bocados habrás robado? Contempla

con esos lánguidos y brillantes

 segmentos verdes, aguza

 esos oídos aterciopelados

 pero te ruego que no me claves

 esas uñas latentes, y enaltece

 tu suave maullido para contarme todas tus refriegas

 de peces y ratones, y ratas y tiernos polluelos.

 ---No, no bajes la mirada, no te lamas

 las delicadas muñecas---

 pues a pesar de tu resuello asmático,

 y de que hayas perdido

 la punta de tu cola, y que los puños

 de numerosas criadas te hayan

 asestado numerosos golpes,

 tu pelo sigue tan suave como el día

que penetraste de joven el muro defensivo armado

 de trozos de vidrio.

 

Poetas y gatos. Tomás Moreno

            Charles Baudelaire, deslumbrante poeta francés, romántico y simbolista, autor de Les fleurs du mal (1857), dedicó numerosos poemas a los gatos, tal vez por una inconsciente identificación con la voluptuosidad y belleza de la especie felina, aureolada por una sensualidad estetizante e inmersa en una soledad inmensa e hierática, que le llevará a afirmar que “cuando los gatos sueñan, adoptan actitudes augustas de esfinges reclinadas contra la soledad, y parecen dormidos en un sueño sin fin”. Ellos representan símbolos exactos y aterradores de la condición existencial de un hombre, como el propio poeta, asido a la vida y que, sin embargo, no quiso ni pudo sustraerse a la certeza de ser como el gato, un ser extravagante y marginado, un inadaptado, objeto de animadversión y escarnio. De él seleccionamos dos poemas el primero, un soneto, tiene como título Los gatos, en plural, el segundo y singular se titula El gato, y en ambos el poeta con el pincel de sus palabras nos entrega un retrato sumamente fidedigno de los rasgos psicológicos y comportamentales que los caracteriza, sin obviar su enigmática complejidad interior.

 

LOS GATOS (LXVI)

 

Los amantes fervientes, los sabios venerables,

Sienten, cuando maduros, igual predilección

Por los gatos, orgullo de la casa, que son

Como ellos sedentarios y al frío vulnerables.

 

Amigos de la ciencia y la sensualidad,

Prefieren el silencio y las tinieblas crueles.

Del Erebo serían los fúnebres corceles

Si su altivez cediese ante la majestad.

 

Cuando sueñan, adoptan las nobles actitudes

De las grandes esfinges que en vastas latitudes

Solitarias se pierden en un sueño inmutable.

 

Mágicas chispas arden en sus grupas tranquilas

Y partículas de oro, como arena impalpable,

Alumbran vagamente sus místicas pupilas.

 

EL GATO

 

Por mi cerebro se pasea

Como en su departamento

Un bello gato, fuerte y opulento.

Cuando maúlla se oye apenas,

su timbre es tierno y discreto,

Por más que su voz se calme o gruña

Es siempre rica y profunda.

He aquí su encanto y su secreto.

 

Poetas y gatos. Tomás Moreno


            Wislaba Szymborska, la insigne poeta polaca, Premio Nobel de Literatura en 1996, en su Cracovia vital (no natal, pues nació en Prowent, cerca de Poznan en 1923), atenta como pocos al misterio y la magia de la cotidianidad, supo describirnos con desenfado, humor y ternura las andanzas de un inquieto gato en un piso vacío. La poeta polaca describe en este caso, de una manera sumamente original e innovadora, los avatares a los que hubo de enfrentarse el gatito al fallecer su dueño, mostrando no sólo la desorientación sentida por el minino ante la ausencia del mismo, sino, sobre todo, la vinculación afectiva  existente entre ambos y los sentimientos gatunos –y también humanos-- de extrañamiento, dolor, tristeza y soledad que nos invaden cuando alguien cercano no se encuentra ya con nosotros. Este es su poema-relato del gatito doméstico y, repentinamente, huérfano.

 

UN GATO EN UN PISO VACÍO

 

Morir, eso no se le hace a un gato

Porque qué puede hacer un gato

En un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles.

Parece que nada ha cambiado

Y, sin embargo, ha cambiado.

Que nada se ha movido,

Pero está descolocado.

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

 

Se oyen pasos en la escalera,

Pero no son ésos.

La mano que pone el pescado en el palto

Tampoco es aquella que lo ponía.

 

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

Como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba

que de repente se fue

e insistentemente no está.

 

Se ha buscado en todos los armarios.

Se ha recorrido la estantería.

Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.

Incluso se ha roto la prohibición

Y se han desparramado los papeles.

Qué más se puede hacer.

Dormir y esperar.

 

Ya verá cuando regrese,

Ya verá cuando aparezca.

Se va a enterar

De que eso no se le puede hacer a un gato.

Irá hacia él

como si no quisiera,

despacito,

con las patas muy ofendidas.

Y nada de saltos ni maullidos al principio.

 

            El siguiente ejemplo pertenece a Natsume Soseki escritor japonés y profesor de literatura inglesa, fallecido en 1916, a los 49 años, autor de la conocida novela satírica “Soy un gato”, escrita entre 1905 y 1906, cuyo protagonista y narrador es un gato anónimo convertido en sabio y perspicaz observador y crítico de la sociedad japonesa conservadora de la época o de la Era Meiji (1818-1926) en transición hacia la modernización occidental, a la que fustiga tratando de pasar por el tamiz  tradicional modas, costumbres y formas de pensar importadas de Occidente tratando de conciliar el progreso y modernidad con el patrimonio cultural ancestral del pueblo y de la civilización nipona. Además de padre de la literatura japonesa moderna fue un enamorado de los gatos hasta el punto de llegar a utilizar como inscripción sepulcral de su gato doméstico este conmovedor haiku, en el que es la ausencia del amado gato familiar la que hace resaltar el vacío del corazón humano de N. Soseki desolado por su muerte:

 

YACE AQUÍ ABAJO…

 

“Yace aquí abajo

 todo un atardecer,

 con posible tormenta.”

 

Poetas y gatos. Tomás Moreno


            Seguiríamos, largo y tendido, ilustrando con bellos poemas a los poetas admiradores de los gatos --- y autores de reconocidos poemas sobre ellos---, como los estadounidenses T. S. Eliot, Ezra Pound, Williams Carlos Williams, W. B. Yeats y Lawrence Ferlinghetti, el francés Apollinaire o el portugués Fernando Pessoa, autenticas “cimas” de la poesía occidental del siglo XX. Destaquemos sólo dos de ellos, como ejemplo. En primer lugar, el caso del estadounidense-británico Thomas Stearns Eliot, (nacido en Saint-Louis, Misuri, pero fallecido en Londres en 1965), autor de “Tierra baldía” (1922) y de “Cuatro cuartetos” ( entre 1935 y 1942), que publicó en 1939 una colección de poemas, ¡quién lo iba a imaginar!, sobre los gatos: “El libro de los gatos sensatos de la vieja comadreja” (“Old Possum’s Book of Practical Cats”), entre los que destaca el titulado  “Ponerle nombre a un gato”, largo y espléndido poema. Tras su muerte, Andrew Lloyd Weber adaptó la colección de esa obra poética para el célebre musical “Catts”, estrenado en Londres en 1981 y en Broadway en el año siguiente (Vid.

            En segundo lugar, nos referiremos al genial, extravagante y bohemio, y desgraciadamente furibundo antisemita y seguidor de Mussolini, Ezra Pound, perteneciente a la denominada “Generación perdida” y  autor de la inmortal y monumental obra de su vida “Cantos Pisanos” (The Cantos, circa 1917 y 1962). Según su amigo, otro gran poeta, W. B. Yeats, que coincidió con él en  Rapallo, en 1928, era un auténtico apasionado por los gatos hasta el punto de obsequiar a los mininos que encontraba en los callejones oscuros de la ciudad vaciando sus bolsillos de carne y de huesos. Dedicó a los gatos numerosos poemas entre los que destaca su “Gato domesticado”, que aparece en todas las antologías dedicadas a los gatos. Yeats señala que los gatos pertenecían a las clases oprimidas y, en cierto modo, Ezra Pound se comportaba al efecto como un auténtico revolucionario (Vid. Ezra Pound, Antología, Visor, 1979).


Continuará


Tomás Moreno



Poetas y gatos. Tomás Moreno


            

 

 

 

martes, 12 de abril de 2022

ORFEO TRIUNFA SOBRE EL ABISMO, DE MANUEL VERGARA

 Nueva entrega para la reflexión que nos brinda nuestro sabio colaborador y amigo Manuel Vergara para la sección de Pensamiento del blog Ancile, esta vez bajo el título: Orfeo Triunfa sobre el abismo.


ORFEO TRIUNFA SOBRE EL ABISMO,

DE MANUEL VERGARA 

 

 

Orfeo Triunfa sobre el abismo. Manuel Vergara

 

  ¿De qué puede salvarnos el canto? A Orfeo le sirvió para rescatar a su amada, la ninfa Eurídice que, mordida por una serpiente (es el momento de esa bella postal de Edward J. Poynter), había bajado al mundo de los muertos. Hasta allí la siguió el enamorado que, seduciendo con su canto a Hades y Perséfone, logró de éstos la vuelta al mundo de los vivos. Con una sola condición: que el enamorado no se volviera a mirarla hasta haberla tenido a la luz del sol. Pero éste lo hace un instante antes, -tenía aún un pie a la sombra-, y ella se desvanece como un sueño.

  A partir de ahí, las especulaciones del moderno psicoanálisis; y, el pesimismo del viejo Platón al respecto de la poesía. Pero no es ni mucho menos el único; de ahí que uno se pregunte: ¿por qué tanta desconfianza con ella? ¿No es, en definitiva un legítimo el deseo…de aire?

  Ya adelantamos que Rilke, nuevo Orfeo, se ofrece incluso a salvar a aquel que no sabe cómo salir del abismo:                            

“Llámame en aquella de tus horas

                           que te resiste inacabablemente:

                           suplicando cercana como el rostro

                           de un perro, mas después se da la vuelta

                           cuando piensas que al fin la has comprendido:

                           Lo que se zafa así es lo más tuyo.

                           Somos libres (…)                                                        

Orfeo Triunfa sobre el abismo. Manuel Vergara
El poeta no puede olvidar, ya lo vimos, la mirada implorante de aquel perro de Goya, porque retrata lo  espontánea que surge en nosotros la demanda de socorro (…Temerosos buscamos un soporte). Por eso se ofrece al lector (Llámame…), con su propuesta que viene a decir más o menos: …, no temas que se te escape el sentido de la vida y la muerte: Que te veas desbordado y expuesto al abismo sin
respuesta,… ¡eso es liberador!

Pero ¿de qué y, cómo?

Este mismo texto, leído por los filósofos existencialistas, se convierte en la pesadez del siglo, pero afortunadamente Rilke es un grandísimo poeta que sabe lo que estos pensadores afines sólo empiezan a entender -si acaso-  cuando callan; que somos:

                             Justos tan sólo allí donde alabamos,

                            pues, ay, el hierro somos y la rama

                            y el dulzor del peligro que madura     

                                                                              (Sonetos a Orfeo 2, XXIII)                                                                                 

   Para poetas como Rilke, la esencia de la poesía -de la llamada poesía esencial-, es inseparable del carácter efímero (¡ser a la vez, hacha y rama…!) e inesencial de nuestra existencia. Porque eso es, paradójicamente, lo que dota de infinita hondura (“dulzor…”) al canto.

   ¿Hay alguna razón -pregunta el poeta- para pasar así (como humanos),…el plazo de nuestra existencia” (Elegía IX)? Desde luego, no porque haya felicidad; esta ventaja prematura de una pérdida cercana

                                                                        (…) sino

                           …porque estar aquí es mucho, y porque parece

                          que nos necesita todo lo de aquí, esto que es efímero,   

                          que nos concierne extrañamente. A nosotros, los más

                          efímeros. Una vez cada cosa, sólo una vez. Una vez

                          y  ya no más. Y nosotros también una vez. Nunca más.

                          Pero este haber sido una vez, aunque sólo una vez

                          haber sido terrestre, no parece revocable.  

                          Y por eso nos damos prisa y queremos llevarlo a cabo,

 

  La prisa… por saber qué llevar a cabo: ¿qué vale o no la pena? Desde luego, nada de lo que en el mundo interpretado ha ocurrido, hemos visto, poseído, sabido o consabido. Si acaso, los dolores, la pesadumbre, la larga experiencia del amor, porque no va a caber nunca otra cosa:

            …, en la mirada más colmada y el corazón sin palabras. 

  ¿Qué te parece? ¿¡Se ha dicho nunca nada más hermoso!?

 Estar aquí ya es mucho si logramos eternizar -interiorizar amorosamente-, lo existente. Es más: Queremos llegar a serlo. En esto consiste el decir poético; en traer una palabra conseguida, pura. Pues:

                          Estamos aquí tal vez para decir (…) pero para decir,

                          compréndelo, oh para decir así, como ni las mismas cosas

                          nunca en su intimidad pensaron ser (…)

                          Aquí es el tiempo de lo decible, aquí su país natal.

                        Habla y proclama. Más que nunca van cayendo las cosas,                                                                                                        

                            (…)

                           Y estas cosas, que confían en que podamos salvarlas,

                           nosotros, los más perecederos, nos confían algo que salva,

                           a nosotros, los más perecederos.

                           Quieren que las transformemos del todo en el corazón

                           invisible ¡en -oh infinitamente- en nosotros! Da igual

                           quienes seamos al fin.                        

                           Tierra, ¿no es esto lo que tú quieres: invisible

                           resurgir en nosotros?(…)

                           ¿Qué es sino transformación la tarea que impones

                           apremiante? Tierra, amada, yo quiero (…)

                           En todo tuviste razón, hasta en tu santa ocurrencia

                           de la muerte. (…)

                           Existencia rebosante surge en mi corazón.

                                                                                                                     (Elegía IX)  

    ¡Estar aquí ya es mucho! dice el poeta, si se hace entrar al mundo entero en la mirada más colmada y el corazón sin palabras (me repito, no lo siento). Este es el salvar las cosas…que nos salva. Se trata sobre todo de esas cosas…, que ahora, más que nunca van cayendo (…)

             lo sencillo, lo que, configurado de generación en generación,

             vive como cosa nuestra, a mano y en la mirada

Todo aquello que está desapareciendo bajo el hacer sin imagen de la técnica deshumanizadora:                  

                            Entre los martillos aguanta

                            nuestro corazón, como la lengua

                            entre los dientes, que, no obstante,

                            sin embargo, sigue siendo la que celebra.

Orfeo Triunfa sobre el abismo. Manuel Vergara
  La tarea interiorizadora del corazón se ve dificultada porque la transformación técnica moderna (los martillos) ha desposeído a los objetos de la vida…; de ese algo de espíritu (aire…) que se les daba en el
hacer artesanal. En todo ha habido una muerte de Dios (incluso, de dios). Aún así, el corazón aguanta y celebra, pues: Todo esto era misión (Elegía I).

  La misión del poeta, dicen los teóricos, es la de: …iluminar nuevas zonas de la realidad y dotarlas de significado, porque las cosas no existen como realidades plenas, hasta que la mirada del poeta -convirtiendo las cosas en conciencia- no las ilumina (Antonio Santamaría Ruiz, en “Juan R. Jiménez: la poesía y lo divino”) (¡Vaya por Dios, otra vez con la “mirada”¡: “estamos aquí tal vez para decir / pero para decir, entiéndelo…” La obra de los ojos es otra)

 No se trata de una forma cualquiera de conciencia, ya que:

                  “(…) el gozar en plenitud

                   de conciencia amadora,

                   es la virtud mayor que nos trasciende”

                                                                   (JRJ, Soy animal de fondo)       

  Pero esta pretensión poética de estar salvando la realidad al interiorizarla amorosamente… le parece vana a Platón; pues, a su juicio (y del Evangelio) no hay salvación más que al precio de la propia vida, y:

"…a dar la vida por otro únicamente están dispuestos los amantes (…) En cambio, a Orfeo, el hijo de Eagro, le despidieron del Hades sin que consiguiera su objeto, después de haberle mostrado el espectro de la mujer en busca de la cual había llegado, pero sin entregársela, porque les parecía que se mostraba cobarde, como buen citarista, y no tuvo el arrojo de morir por amor como Alcestis, sino que buscóse el medio de penetrar con vida en el Hades …” (Platón, El Banquete) 

  Tiene gracia eso de la cobardía del citarista. Pero, ¿¡hemos de aceptar que esta brega del poeta (Orfeo)  para traer al mundo una palabra conseguida, pura (Rilke) que logre tomar el puesto de toda esta nombradía (JRJ),… no consigue más que un espectro de realidad!? ¿Eso es todo?

 ¿¡Acaso eso que el poeta llama “dios, es poco más que una proyección narcisista de su propia conciencia poética; es decir “el yo del poeta gozosamente salvado ya en su obra” como se ha dicho de JRJ!?

  ¿¡Puede una conciencia amadora que dice estar “anidada por dios / nido de entraña  ser un nido vacío!? ¿Acaso al “yo” del poeta que pasó la vida “en lucha hermosa de amor / lo mismo que un fuego con su aire” (JRJ), con el “tu” del mundo y de “dios”…, le puede decir Platón (y tantos otros) que no ha sacado del abismo más que un simulacro de divinidad!?

   ¿Acaso es un fantasma aquel al que el poeta se dirige así?:

                   Y yo sé que te pienso

                    de la mejor manera que yo puedo y quiero,

                    en verdad de belleza”           

                                                            (JRJ, Dios deseado y deseante)

Orfeo Triunfa sobre el abismo. Manuel Vergara
   Pues ¡es increíble la de reparos que se tiene con estas voces! y no sólo por parte de Platón. Y, sin embargo, todos los que, a su manera, han experimentado lo inefable “en verdad de belleza”, señalan en la buena dirección, quiere uno creer… Pero: ¡sólo se les entiende, si no se empeña uno en pensar con la cabeza! Porque, como afirma María Zambrano (El hombre y lo Divino): la relación inicial, primaria, del hombre con lo divino no se da en la razón, sino en el delirio.

  ¡Menos mal! Por eso, a un hombre que puede decir:

                            Se me ha atesorado

                             dios como un hallazgo” (JRJ

 …, no hay que preguntarle si se trata sólo de un hallazgo poético. Hay que dejarle en su delirio creador, sin dudar de él como un inquisidor malafollá, cuando afirma que “lo poético lo considero como profundamente religioso, esa religión inmanente sin credo” (Ob. cit.)

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   Aún siendo verdad que: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan,15,13 ¡y, Platón!), y teniendo Jesús “el arrojo de morir por amor”… mientras que el poeta “buscóse el medio de bajar con vida al Hades”, esta bajada no habría sido del todo en vano si le aplicamos la vara de medir con que argumentó Simone Weill (y S. Agustín):  ¡Si algo te atrae de verdad, tiene que ser verdad! Pues bien: el poeta es atraído por la necesidad de interiorizar la realidad…, amándola; de hacerse uno con ella, decirla: ¿No te parece?

  Hay, desde luego, una diferencia entre “el decir” y la “Palabra”; pero…, en su delirio, el poeta dice al menos esto: ¡No he bajado al abismo con la cabeza fría! ¿Y, qué nos ha traído?: Nos trae la conciencia de que el poeta es necesario en “tiempo de penuria” (F. Hölderlin, retomado luego por Heidegger): Tanta es ésta; que, -aún faltándonos Dios-, ni se percibe este hecho como falta ¿Será, también éste, un tiempo de poetas?




Manuel Vergara

 

 

Orfeo Triunfa sobre el abismo. Manuel Vergara