martes, 17 de mayo de 2022

ZEPPELÍN, DE PASTOR AGUIAR

 Bajo el título de Zeppelin, traemos un nuevo post para la sección de Narrativa del blog Ancile, relato de nuestro querido amigo y colaborador de este medio, Pastor Aguiar.



ZEPPELÍN



 

Zeppelin, Pastor Aguiar



 

La finca era como un país, y el batey su capital. Para mí siempre había sido igual, sobre todo cuando escudriñaba los linderos con sus árboles añosos, alambres oxidados por las décadas, mis abuelos a punto de no despertar cualquier día.

Desde el portal de mi casa me extasiaba con la contemplación de las nubes que eran dragones, rostros conocidos, caballos al galope y hasta el mismo Dios siempre con una barba gris blanquecina. Después bajaba los ojos hasta la arboleda al fondo del pozo y de la casa de abuelo. Me sabía de memoria el lugar de cada mata de mango, de caimito, etc. Siempre había alguna fruta que nos disputábamos entre primos.

Pero hubo una tarde en que antes de llegar a las copas de los árboles, quedé lelo con la visión de una especie de melón enorme que flotaba avanzando hacia el este. Desde mi perspectiva lo imaginaba apenas cincuenta metros por encima de los ramajes.

Salí al patio para ver mejor y le descubrí una plataforma gris que colgaba de la panza del extraño animal. Adelantándome a la realidad supuse que allí había gente y me soñé entre ellos disfrutando de las maravillas que ven las aves.

El galope del caballo de tío Israel me sacó del éxtasis. Venía desde al callejón hondo y al verme aguantó el paso de la bestia.

_ ¿Vio el animal que vuela por allá, arrente al techo de abuelo?

_ Sigues con tus visiones, muchacho; a ver, enséñamelo_ Yo apunté con el brazo derecho extendido.

_ ¡Carajo!, ¿qué coño es eso? Parece un melón del tamaño del fotingo del moro.

_ ¿No le ve aquello que le cuelga por abajo? Creo que allí hay gente.

_ No faltaba más, hay que estar loco para encaramarse tan alto.

Vi cuando tío echó manos a la escopeta de doble cañón que traía al hombro. Venía de una cacería, con media docena de codornices atadas al pico de la montura.

Me quedé pasmado al verle colocar par de cartuchos en la recámara y apuntar hacia el artefacto

Zeppelin,
volador. 

_ Voy a ver quién le gana al tamaño de ese pajarraco, lo voy a bajar de un solo tiro.

_ Tío, mire que puede matar a los pasajeros.

_ Qué pasajeros ni ocho cuartos, eso es un animalón gigante. Habrá comida para un mes por lo menos.

Como la distancia le pareció mucha, le clavó las espuelas al caballo hasta que se situó al pie del pozo, se apeó y tomó puntería apoyando un codo en el brocal.

El disparo fue como un trueno, pero lo que no quería perderme era el impacto contra la cosa, entonces paralela a la mata de zapotes. Fue como un globo al desinflarse. Primero se bamboleó achicándose, y la plataforma de abajo se vino sobre la arboleda.

_ ¡Le partí el culo! _ Oí el grito de tío que ya corría para echar mano a la presa.

Yo me olvidé de que Mima me tenía de penitencia y volé para llegar primero.

Mi tío y yo nos quedamos tiesos y mudos a veinte pasos de aquel aparato con unos costillares como de tela, enredado sobre las copas, y debajo, rozando la tierra, una especie de cajón desde al que salían seis o siete personas vestidas a colores, entre ellas par de mujeres destrabando sus faldas.

_ ¡Quién fue el hijo de puta! ¡Esto le va a costar la cabeza!

Tío seguía sin chistar, pero ya preparaba la escopeta de nuevo, con cara de pocos amigos.

_ ¡No me digas que vas a seguir tirando! ¡A ver, suelta ese cachimbo si no quieres que te reviente los sesos! _ Entonces vi claramente al que vociferaba, con su uniforme de policía y sacando el revólver.

Cuando tío vio que era un oficial bajó el arma y dio unos pasos hacia el sujeto.

_ Eso les pasa por meterse en propiedad ajena sin permiso, parece mentira que usted sea agente del orden.

_ Soy capitán del ejército, y que yo sepa el cielo no tiene dueños.

_ Pero ahora está en tierra de mi padre.

_ ¡Porque usted nos bajó a tiros, mequetrefe! Y se puede dar con un canto el pecho que no hay heridos. A ver, prepárese, que cuando llegue el carro de rescate se va conmigo ante el juez.

Al anochecer llegaron dos jeeps de la guardia rural donde se acomodaron todos, además de tío, con los brazos atados por detrás de la espalda. Se había quedado sin habla.

Yo regresé una hora más tarde, respondiendo a los gritos de mi madre que esgrimía un cuje de guayaba. En verdad hubiera preferido que me llevaran preso.

 

Pastor Aguiar



Zeppelin, Pastor Aguiar


 

1 comentario:

  1. Gracias, querido amigo, por tu gentileza. Abrazos. Las imágenes son perfectas.

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