lunes, 8 de junio de 2015

LA SACRALIDAD DE LA VIDA ORGÁNICA, EN ANTÍGONA Y YERMA, SEGUNDA ENTREGA.

Para la sección de Microensayos, del blog Ancile, ofrecemos la segunda entrega del trabajo titulado Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica, del profesor y filósofo Tomás Moreno.



Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás Moreno



LA SACRALIDAD DE LA VIDA ORGÁNICA, 

EN ANTÍGONA Y YERMA, SEGUNDA ENTREGA





Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás Moreno



“ANTÍGONA” Y “YERMA” O LA SACRALIDAD DE LA VIDA ORGÁNICA (Segunda Parte)
V. Antígona encarna lo “Femenino” (la “Feminidad”) en el sentido griego. Su “feminidad” en este aspecto, es incuestionable: asume sin reparos el cumplimiento de los ritos y libaciones funerarias que  en Grecia era –Hegel nos lo recordará- una de las tradicionales funciones femeninas, un “rol” exclusivamente femenino, como lo eran también el entierro y la conmemoración de los muertos. Sin embargo, en su conducta (precisamente por causa de esa “Feminidad” sobreimpuesta) asume registros considerados “masculinos” por la cultura patriarcal de su tiempo como son, por ejemplo, la no aceptación de su marginación en el ámbito de lo político, la acción agonística, combativa, cívica de rebelarse contra una ley que considera injusta, o más aún, contraria a la sagrada “piedad familiar”. Y entonces, en tales casos, no teme actuar como un hombre o a asumir “roles” supuestamente exclusivos del varón[1].
Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás Moreno            Ella es, por naturaleza, “en su misma physis”, como apunta G. Steiner, un ser enteramente femenino: se siente, como su hermana Ismene “corporalmente débil” (recordemos cómo pide ayuda a su hermana para arrastrar el cadáver de Polinices, con el fin de enterrarlo). Su aflicción, su piedad, su compasión, su generosidad y capacidad de sacrificio también son rasgos que, convencionalmente, se atribuyen al ser femenino, en la cultura griega y entre nosotros occidentales. Cuando Creonte, en la tercera parte de la obra, insiste en que hay que odiar a los enemigos de la ciudad, ella responde: “No he nacido para odiar sino para amar (“outoi synechtein, alla symphilein ephyn”).
            A medida que se desarrolla la tragedia, la “feminidad” verdadera de Antígona se profundiza, parece querer expresarse, manifestarse. Convertida en víctima, Antígona crece en su esencial condición de mujer, de mujer normal, y no de “Arquetipo de Mujer” en abstracto. Su grito, en la primera parte, ante el cadáver insepulto de Polinices tras la tormenta, es desgarrador, animalesco, como el de un ave que ha perdido a sus crías.
            En los últimos versos de la cuarta parte de la obra su dolor como mujer es extremo: se lamenta no sólo de la extinción de su joven vida, sino también de la extinción, dentro de sí misma, de la posibilidad de parir hijos. Es consciente, en lo tocante a su identidad sexual y a sus implicaciones teleológicas o finalistas, que su feminidad profunda, verdadera, se ha frustrado, no ha podido ser –por este orden- “esposa” y “madre”. La tumba se le muestra como su único lecho nupcial: a través de la tumba podrá tener el “encuentro” con el amado, que es su hermano Polinices y no Hemón.
            En un determinado momento -nos recuerda Steiner- hay un extraño dejo de consuelo para su maternidad frustrada: el coro cita una serie de crímenes perpetrados por madres en sus hijos o hijastros, para expresar que la maternidad por sí misma, podría no ser una garantía de amorosa o plena felicidad, para una mujer… Su modo de morir –el suicidio- era también algo propio en la cultura griega de las mujeres (Yocasta , Eurídice y otras muchas heroínas trágicas también se suicidan).

Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás MorenoVI.  Yerma también encarna lo “Femenino”, tal y como la más tradicional cultura de su tiempo había troquelado, en sus roles y funciones fundamentales: “virginidad, nupcialidad, maternidad, fidelidad”. Precisamente su trágico destino surge de un conflicto o choque inevitable entre dos valores dominantes: el anhelo de realizarse como “mujer” –según los cánones establecidos- y, al mismo tiempo, la sumisión a la moral recibida, arraigada en la idea de la fidelidad al marido y de la honra[2]. Personaje conflictivo, pues, que enfrentado a unas normas sociales y a una tradición secular con la que en parte se identifica, reconoce en ellas, a la vez, los obstáculos que le impiden realizarse en libertad. El problema de Yerma, como el de la mayoría de las protagonistas de sus dramas, es, en definitiva, el problema de la libertad de la mujer.
            En este sentido, “Yerma” constituye -como ha visto el profesor J. Ortega, a quien seguimos en este apartado- una denuncia de un contexto histórico-social muy concreto: el andaluz de principios de siglo, feudal, campesino, patriarcal, donde la relación entre la mujer y el hombre está totalmente supeditada a una precisa estructura económica. El matrimonio de Yerma con Juan obedece a motivos socioeconómicos: “Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté”. El sentido de la propiedad de Juan sobre Yerma se extiende a las dos hermanas de éste, es decir, a la honra de la que él se considera depositario y defensor en virtud del principio de que la clase dominante es también la fuerza espiritual dominante: “mi vida está en el campo, pero mi honra está aquí. Y mi honra es también la vuestra”. La dependencia económica se traduce en opresión, en falta de libertad en Yerma, que por extensión afecta a la condición de la mujer andaluza, y española en su conjunto, de su tiempo[3].
            En todas sus tragedias y dramas teatrales -de asunto y temática femeninos- siempre es la “moral tradicional”, la “presión social”, las “diferencias sociales”, el “orgullo de casta”, la “condición subordinada y marginada de la mujer” –es decir: la ideología imperante- los auténticos y definitivos desencadenantes de la tragedia[4]. “Yerma –como ha escrito Díaz Plaja- es un biotipo perfecto de la mujer que supedita de manera absoluta lo erótico a lo fisiológico, la sexualidad a la maternidad” […]. El grito de la especie, la obsesión de la casta –que ya están en Bodas de sangre- crecen aquí frenéticamente. Así está la tragedia impregnada de sentido tradicional, de legítimo honor. Sólo una crítica miope ha podido ver inmoralidades en “Yerma”, que si alguna audacia de léxico posee, es absolutamente anecdótica. Lo fundamental aquí, lo auténtico, es el profundo y patético sentido maternal que hace olvidar a la feminidad misma y la lleva a asesinar al esposo porque no le muestra sino el amante cuando ella le soñaba por encima de todo paternal y patriarcal. Esta es -concluye Díaz Plaja- la “casada fiel” de Federico García Lorca”[5].

VII La presencia obsesiva de lo “femenino” –del mundo de la mujer- en sus obras es evidente. En Bodas de sangre (1933), Yerma (1934), Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores (1935), La casa de Bernarda Alba (1936) –por no citar sino sus obras del período de madurez y plenitud: dos tragedias y dos dramas respectivamente- la presencia de la “mujer” y de “su mundo” es central[6]. La mayoría de sus dramas y tragedias no son sino variantes del mismo tema hondamente sentido por Lorca: el de la “misteriosidad” del alma femenina, por usar una expresión acuñada por Álvarez de Miranda en su citado ensayo.
            Pero en García Lorca esa “misteriosidad” nunca es un recurso mistificador o mitificador del alma femenina, para “idealizarla” o “divinizarla” románticamente, legitimando y perpetuando así su condición social de oprimida, sino antes bien un motivo de denuncia ante la situación de marginación de la mujer en una sociedad tradicional como la de la España de la época. Como los niños, los gitanos, los negros, la mujer pertenece al grupo social de marginados o marginales; de los débiles y
Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás Moreno
perseguidos, y García Lorca trata de prestarle su voz para rebelarse.
            Nuestro poeta sabe, por otra parte, intuir y expresar las más peculiares sensaciones del mundo femenino con una intimidad, una intensidad, una delicadeza y una penetración incomparables. Baste como muestra la ternura de la que es capaz su vena lírica cuando, para describirle a Yerma los sentimientos de la maternidad expectante, la íntima vivencia del “esperar el hijo”, la amiga grávida, María, le dice: “¿No has tenido nunca un pájaro vivo / apretado en la mano? Pues lo mismo… / pero por dentro de la sangre” (“Yerma”, Acto Primero, Cuadro Primero).
            Es en este punto, en donde el poema trágico del poeta granadino y la tragedia del autor griego, se hacen más solidarios y remiten a un mismo “tema” y a una fuente cultural común: la sacralidad de la vida orgánica tal y como se presenta en múltiples mitologías arcaicas del área cultural mediterránea[7]. Álvarez de Miranda cita, a este respecto, una afirmación de O. Kern, uno de los mejores conocedores de los mitos griegos: “Sobre la tierra no hay nada más sagrado que la religión de la madre”[8]. En efecto: toda una iconografía que va del Neolítico hasta las religiones de misterios helenísticas rinde culto a la “Gran Madre” y se extasía ante el símbolo y atributo fecundo de los senos femeninos. (Continuará).

Tomás Moreno  




[1] Vid. Juan Cruz Cruz, “Antígona. La tragedia de la familia en Hegel”, op. cit. Sobre el tema de la condición de la mujer en Grecia clásica véanse: G. Steiner, “Antígonas. Una poética y una filosofía de la cultura”, Gedisa, Barcelona, 1981; Nicole Loraux,“Les enfants d’Athéna, París, 1981; I. Savalli, La donna nella societá della Grecia antica, Bolonia, 1983: E. Lévy (ed.), Las voces femeninas en el pensamiento griego, Madrid, 1990; Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres,  1º, Taurus, Madrid, 1991. Para todo lo referente al conflicto entre sexos (masculino vesus femenino) en “Antígona”, véase G. Steiner, op. cit., pp. 181-186.
[2] En relación con la obsesión de Yerma por la fecundación las interpretaciones van desde la de Ruppert C. Allen “Yerma’s negative actitude toward sexuality inhibits conception” en Psyque and Symbol in the Teather of Federico García Lorca, Austin, Londres, University of Texas Press, 1974, quien afirma que la propia obsesión de Yerma por la fecundidad la inhibe y frustra, hasta la de Gustavo Correa (op. cit., p. 127), para quien la crisis motivada por su esterilidad se debería a una ”inadecuación con la madre naturaleza” (sic): “Yerma […] es una madre virtual y su calidad trágica consiste en la no realización de esa virtualidad. Yerma al no encontrar adecuación armoniosa con el seno fecundo de la madre naturaleza adquiere proyecciones cósmicas en virtud de su marchita fecundidad”. En realidad, y aunque el tema es tratado con cierta  indefinición y ambigüedad en el texto, cada vez son más los intérpretes que -dadas en el mismo algunas alusiones indirectas o insinuaciones más que directas (las de la Vieja en Acto primero, Cuadro segundo)- sostienen que la causa de la infertilidad de la pareja no es de Yerma sino de su esposo Juan. Cuando se escribió la obra,  ése era un tema absolutamente tabú, además de poco divulgado, por mor del machismo imperante por entonces. ¿Sólo por entonces?
[3] José Ortega, Conciencia social en los tres dramas rurales de García Lorca, Centro de Estudios Hispánicos de Granada, 1981, pp. 18-19.
[4] Sobre el teatro de García Lorca en general pueden verse: G. Edwars, El teatro de Federico García Lorca, Gredos, Madrid, 1983;  M. Laffranque, Federico García Lorca (Téâtre de tous les temps), París, p. Seghers, 1969; A. Buero Vallejo, “García Lorca ante el esperpento”, en Tres maestros ante el público, Madrid, Alianza, 1973; F. Lázaro Carreter,  Apuntes sobre el teatro de García Lorca, Taurus, Madrid, 1973; Jenaro Talens, El discurso poético lorquiano: medievalismo y teatralidad, Curso de Estudios Hispánicos, Granada, 1983.
[5] G. Díaz Plaja, op. cit., p. 14.
[6] Sobre el tema de la mujer en su teatro véase. B. Frazier, La mujer en el teatro de García Lorca, Madrid, Plaza Mayor, 1976.
[7] Sobre la presencia del mito en la obra del poeta véanse: R. A. Zimbardo, “The mythic Pattern  in Lorca’s, Blood Wedding”, Modern Drama, 10, 1968; y G. Correa, La poesía mítica de Federico García Lorca, Madrid, Gredos, 1970. Y, sobre todo, Rosa María Aguilar, “El mito griego en la poesía de García Lorca”; Antonia Carmona Vázquez, “Elementos míticos en el teatro de Eurípides y García Lorca” y Aurelia Ruiz Sola, “El mito antiguo y su proyección dramática”, en  José María Camacho (ed.) La Tradición clásica en la obra de Federico García Lorca,  eug, Granada, 2006, obra que contiene la casi  totalidad de ensayos y estudios más relevantes publicados sobredicha  temática.
[8] O. Kern, Die Griechischem Mysterien de Klassiischen, p. 24, cit. en Álvarez de Miranda, op. cit., p. 15. Es de obligada consulta al respecto: Erich Neumann, La Gran Madre. Fenomenología de las construcciones femeninas de lo inconciente, trad. de Rafael Fernández de Maruri, Ttrotta, Madrid, 2004. 



Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 2, Tomás Moreno

viernes, 5 de junio de 2015

VIVENCIA, DE VEGETAL CONTRA MOSAICO

Para la sección de Poema semanal, del blog Ancile, el conjunto de poemas titulado Vivencia, del libro Vegetal contra mosaico 1991.


Enlace a la Web Ancile


Vivencia,Francisco Acuyo, Ancile





VIVENCIA



Vivencia,Francisco Acuyo, Ancile


Para Antonio Carvajal





EL mar transfigurado.
Corazón sin fortuna.
Jamás enjuta mano
diera tan fresca espuma.

*

EL diagrama del paisaje
por el párpado declina.
Marionetas de cristal.
Un resol en lejanía.

*

SE nutre extraña la idea,
el jilguero nos intriga
y se embriaga en los cristales
de la verdad consumida.

*

LA tierra verde descubre
los surcos blancos de perlas.
La muerte
sobre el relámpago
desde un círculo se cierra.

*

CORALES son las corolas,
colmenas llenas de miel.
Aquí de espuma el camino.
Allí la estela se ve.

Rotos de la mar la rosa
de rodar tiene los pies.
De las flores la corola
exprimida en el papel.

Ofrece virtud el sabio,
la nada nace del ser.


Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991.





Vivencia,Francisco Acuyo, Ancile

ARKADI AVÉRCHENKO: ESQUINAS TORCIDAS Y OTROS CUENTOS, EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA

Traemos a la sección de noticias del blog Ancile, el enlace al resumen del vídeo de presentación del libro de Arkadi Avérchenko, Esquinas Torcidas y otros cuentos, en la Feria del libro de Granada que inaugura la colección de Lengua y literaturas eslavas en la editorial Jizo. Intervienen el profesor y catedrático Rafael Guzmán Tirado, a la sazón traductor de la obra, la profesora Larisa Sokolova, el editor Francisco Acuyo, y las poetas Mara Romero y Magda Robles, en la dramatización de uno de los cuentos.
Incorporamos un muy breve reseña del libro para orientación de los lectores interesados. 

“Faltaban  quince minutos para nacer y aún no sabía que iba a venir a este mundo. Digo esto, que en principio podría parecer una apreciación baladí, solo porque  quiero adelantarme, aunque sea en un cuarto de hora, al resto de personas eminentes,  cuya vida con aburrida monotonía se suele empezar a describir desde el momento de su nacimiento”. De esta forma Arkadij Averchenko empezaba su biografía en 1910 en su libro Ostras alegresEstamos ante un autor con un talento bastante genuino, original y único, que se refleja en las descripciones de hechos reales, en las escenas de la vida cotidiana, de los detalles, en los diálogos sin pretensiones, en la  improvisación natural y ágil.  Es un autor de pespuntes e  hilvanados, pero de pespuntes e hilvanados muy vivos y bien dados!... Arkadi Averchenko es un escritor realista, de un estilo impecable. La característica principal  de sus cuentos infantiles es su increíble delicadeza de alma y su capacidad de observación con mirada cariñosa y tenue, que no provocan una risa airada, sino una sonrisa relajada, bondadosa  y prolongada, que no excluye, sino que presupone una triste meditación. Sí, exactamente eso, no provocan risas y lágrimas, sino sonrisa y tristeza ...



PGorelov 




Arkadi Avérchenko, Esquinas Torcidas y otros cuentos, Ancile







     

miércoles, 3 de junio de 2015

“ANTÍGONA” Y “YERMA” O LA SACRALIDAD DE LA VIDA ORGÁNICA (Primera Parte)

Inauguramos, para la sección de Microensayos del blog Ancile, esta primera entrega del trabajo titulado, Antígona y Yerma, o la sacralidad de la vida orgánica, por el profesor y filósofo, colaborador habitual de estas páginas, Tomás Moreno.





Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile


“ANTÍGONA” Y “YERMA” 

O LA SACRALIDAD DE LA VIDA ORGÁNICA

(primera parte)






Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile





I. En su insuperado ensayo La Metáfora y el Mito, uno de nuestros mayores antropólogos culturales e historiadores de la religión, Ángel Álvarez de Miranda, escribía en 1959 estas palabras: “La sacralidad de la vida orgánica se percibe como una realidad operante en la mente arcaica y manifestada en múltiples mitologías a través del tema de la fecundidad y de sus conexos. La fecundidad hace asistir al portentoso espectáculo de ‘la vida que nace’: en torno a ella se agrupan, como epifenómenos, la generación y la esterilidad, la sexualidad y la virginidad, la nupcialidad y la maternidad. Todo esto constituye uno de los ejes de la religiosidad naturalística basada en la sacralidad de la vida orgánica”[1].
            En dicho estudio, recuerda Francisco Rodríguez Adrados[2], nuestro antropólogo puso de relieve “las asombrosas coincidencias entre el mundo mítico-religioso y simbólico de Lorca (temas de la tierra, la fecundidad, la muerte) y el de las religiones agrarias”. Y prosigue: “Sin duda mucho de ello se conservaba en la Andalucía de su tiempo y basta que recordemos el libro de Pitt- Rivers sobre la permanencia de esta cultura arcaica en la Andalucía o el ensayo de Salinas “García Lorca y la cultura de la muerte”[3].
Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile
            Pues bien, el tema de la “sacralidad de la vida orgánica” es, efectivamente, uno de esos ejes desde los que se articulan y se emparentan no ya las más nucleares obras de Lorca (“Bodas de sangre”, “La casa de Bernarda Alba”, “Yerma” o el “Romancero Gitano”) como sostenía Álvarez de Miranda, sino también, dos de las obras más densamente trágicas, más dolorosamente vivas, vigentes y pregnantes de significado de toda la historia de la literatura occidental: “Antígona”, de Sófocles y

“Yerma”, de Federico García Lorca. La Grecia de la época trágica y la Andalucía de comienzos del siglo XX se encuentran y abrazan en la intemporalidad de una misma constelación mítica: la de la “fecundidad” y sus “mitologemas” conexos.

            Antígona y Yerma –sus protagonistas- representan, pues, dos “variaciones” del mismo tema: el de la “sacralidad de la vida familiar”, pero enfocadas desde dos perspectivas diferentes –la dimensión “fraternal” en un caso; la dimensión “maternal”, en el otro- e impulsadas por dos instintos básicos orientados a la “preservación de la especie”: el de “conservación” de la “oikia” (casa, familia, vínculo fraternal: “sotería”) y el de la “procreación” o surgimiento de una  nueva progenie.
            Ambas mujeres entregan su vida y su libertad tratando de protegerla; la mujer griega, llegando al sacrificio de su propia vida, al suicidio; la andaluza, matando al causante de su desesperanza, su marido. La tragedia, en los dos casos, es inevitable: un ineluctable destino, impulsado por un instinto natural de “fecundidad”, de “supervivencia de la casta familiar, o de “autotrascendencia biológica”, acaba por imponerse trágicamente[4].

II. Muy sumariamente el argumento de “Antígona” (442-441 a. C.), la tragedia de Sófocles, viene a mostrarnos la siguiente situación: la acción acontece en Tebas. Ha habido una guerra. A un lado está el ejército conducido por Eteocles, hermano de Antígona e Ismene. Enfrente, una expedición invasora, formada en parte por extranjeros, pero comandada por el otro hermano, Polinices. Etéocles y Polinices, hijos de Edipo, se han dado muerte recíprocamente en la batalla. Creonte, el tirano de Tebas, tras honrar pomposamente el cadáver de Etéocles, el hermano patriota, ha ordenado que Polinices, por traidor, sea dejado insepulto para ser pasto de las aves y animales carroñeros.
            Pero para Antígona, hermana de ambos fratricidas, las leyes divinas y la “piedad familiar” -que la obligan a enterrar a su hermano proscrito, Polinices- están por encima de las leyes humanas y políticas, y transgrede las órdenes del tirano Creonte, su tío carnal, dando sepultura al cuerpo de su hermano (la obligación de enterrar a los muertos, y más si se trata de un hermano, es para Antígona no sólo una “ley no escrita”, divina, inviolable, que no pueden borrar los decretos de ningún gobernante, sino un deber inexcusable y una auténtica pasión a la que sacrificará su vida).
            Creonte ordena encerrarla viva en un antro de piedra o cueva: con ella, sin embargo, se ha hecho encerrar, sin saberlo nadie, el hijo de Creonte, Hemón, prometido de Antígona. Cuando el viejo adivino Tiresias lo reconviene con terribles palabras, Creonte, inquieto, ordena abrir el antro; pero Antígona acaba de ahorcarse y Hemón se quita la vida ante los ojos de su padre. Incapaz de soportar el dolor por la muerte de su amado Hemón, Eurídice, su madre, se da muerte a su vez[5].

III. “Yerma” (1934), el “poema trágico en tres actos y seis cuadros”, de García Lorca, nos cuenta la historia de una campesina, Yerma, que se ha casado sólo para tener hijos y que vive angustiosamente la tragedia de la esterilidad, sin encontrar salida posible. Al parecer, la raíz o causa de su infertilidad reside expresamente en la negación a engendrar por parte de su marido.
Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile            Su marido, Juan, es un trabajador afanoso, que no quiere tener hijos y que no ve en la esposa más que la “hembra” que sacie sus deseos sexuales. Yerma, con su anhelo de maternidad obsesivo, arrastra infelices sus años de juventud. Dos fuerzas, pues, “que no se encuentran jamás en un mismo

plano”, en el plano del amor interpersonal. La tragedia va a resolverse –como señala Díaz Plaja- den dos direcciones. “una interior, estremecida de intimidad, desolada de su propio vacío fisiológico, y otra, externa y agresiva, que se proyecta sobre su marido, el hombre que la codicia con pasión de macho fuerte, que no ve en ella sino la hembra que le sacia”[6].

            Las mujeres de su edad estrechan en sus pechos nuevos lactantes. Yerma prepara en silencio la canastilla del hijo que no puede nacer. No le faltan, por parte de sus amigas, los consejos lúbricos que fácilmente desenlazarían el nudo de la tragedia planteada -en la romería del tercer acto se le ofrece la ocasión: ceder ante los deseos e impulsos de los mozos que la hostigan y solicitan…- pero Yerma es una mujer honrada, sabe cuál es su deber moral; se ha casado con Juan y Juan debe ser el padre de sus hijos. Por esto, finalmente, cuando su marido le revela que nunca ha deseado prole, Yerma ve en aquel deseo negativo la más odiosa traición, y cuando Juan se le acerca deseoso, lo estrangula[7].

IV. El tema de ambas obras apunta, pues, a una misma obsesión del alma femenina por proteger la vida de su entorno familiar más biológicamente cercano. Ambas sacrifican incluso el amor físico, erótico, su propia “sexualidad”, su más íntima y natural “feminidad”, a la consecución de un propósito impuesto por la cultura a la “Feminidad”, a la “Mujer” en abstracto. En ambos casos, lo

Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile

“femenino” permanece oculto, latente, sin emerger en la llama fecunda de la relación con el varón amado. Las dos supeditan lo erótico personal a lo biológico impersonal. Antígona muere “virgen”; Yerma sin conocer el verdadero amor de su hombre.

            Ambas están poseídas por una función biológico-orgánica que, socialmente establecida y “culturalmente” introyectada, se impone a todas sus pulsiones, a las más íntimas e individuales. Ambas son “femeninas”, en el sentido más convencional, pero el estereotipo de la “Feminidad” en abstracto, vigente en sus respectivos ambientes -una función transindividual, más social que personal- ahoga e impide el natural desarrollo de sus más íntimos y personales sentimientos humanos y femeninos.
            Sus respectivas feminidades íntimas, personales, se ven así reprimidas, frustradas, irremisible y trágicamente mutiladas por causa de una “Feminidad” estereotípica que se les impone desde fuera, desde la función que una “cultura” tradicional, rígida y asfixiante les ha asignado: velar por la perpetuidad y continuidad familiar, tanto hacia el pasado (Antígona) como frente al futuro (Yerma). Y todo ello, en nombre de la “piedad fraternal”, un ineludible deber de la religión familiar helénica, en el caso de la mujer griega, o bien, en el del “honor conyugal”, una onerosa e insalvable imposición social, en el caso de la andaluza. (Continuará).


                                                                                                            Tomás Moreno    






[1] Ángel Álvarez de Miranda, La Metáfora y el Mito, Cuadernos Taurus, Madrid, 1963, pp. 13-14. Trabajo que apareció en el tomo II de sus Obras  con el título de Poesía y Religión. E. de Cultura Hispánica, 1959.
[2] Francisco. R. Adrados “Las Tragedias de García Lorca y los Griegos” en Del teatro griego al teatro de hoy, Alianza Editorial, Madrid, 1999, pp. 287-299.
[3] Ibid., p. 290. Rodríguez Adrados señala además: “En las costumbres populares, el teatro de títeres, la copla, las romerías, encontraba Lorca elementos que le ponían en contacto con la misma cultura agraria de que brotó la obra de los trágicos griegos. La danza popular, la canción de boda y de duelo y una serie de rituales que están en el fondo del teatro griego y que he estudiado en otro lugar no son muy distintas de contrapartidas suyas en la cultura popular de Andalucía y de otras tierras de España. Y, sobre todo, e s bien sabido que los temas centrales de Bodas de sangre, de Yerma (y de Doña Rosita, Bernarda Alba y otras obras más) proceden de sucedidos reales de la Andalucía de su tiempo”.   
[4] La mayoría de los expertos en  García Lorca han estudiado las reminiscencias específicas en su teatro de pasajes de los trágicos griegos, fundamentalmente las de Esquilo en Bodas de sangre, las de Las Suplicantes en los coros lorquianos y en el Hipólito de Eurípides. La persecución del tercer acto en Bodas de Sangre recuerdan la que se da en Euménides. Hay también influjo de Esquilo en Yerma (el “ditirambo” del macho y la Hembra ofrece junto a recuerdos del tema dionisíaco a los que alude el propio Lorca y a raíces autóctonas (la romería de Moclín, de Almería), algunos recuerdos de la danza frenética de las danaides perseguidas por el heraldo egipcio al final de Las Suplicantes y, sobre todo, en opinión de F.R. Adrados,  el influjo en Yerma (tragedia de la maternidad frustrada) del Hipólito de Eurípides (tragedia del eros frustrado) y las similitudes entre Yerma y Fedra, sus protagonistas. La vinculación o similitud entre “Yerma” y “Antígona” de  Sófocles que nosotros aquí desarrollamos no ha sido –que sepamos- tratada nunca.  
[5] Las mejores traducciones en castellano de Antígona son : la bilingüe de I. Errandonéa, Tragedias de Sófocles, Alma Mater, Barcelona, 1959-1965; Sófocles, Antígona, Edipo rey, Electra, edición de Luis Gil, Guadarrama, Madrid, 1968; Sófocles, Tragedias trad. de Mariano Benavente Barreda, Biblioteca Clásica Hernando, Madrid, 1971. Sobre Sófocles y la tragedia griega en general pueden verse: Ignacio Errandonéa, Sófocles y la personalidad de sus Coros, Moneda y Crédito, Madrid,, 1970; Kare Reinhard, Sophokles, Franfort, Klostermann, 1947; V. Ehrenberg, Sophokles und Perikles, München, Beck, 1956; F. Rodríguez Adrados, El héroe trágico y el filósofo platónico, Taurus, Madrid, 1962; Hugh Lloyd-Jones, M. Fernández Galiano, F. Rodríguez Adrados, A. Tovar, Estudios sobre la Tragedia Griega, Cuadernos de la Fundación Pastor, nº 13, Madrid, 1966; R. M. Lida, Introducción al teatro de Sófocles, Paidós, Buenos Aires, 1971; Ana Iriarte, Democracia y Tragedia: la era de Pericles, en Historia del Pensamiento y la Cultura, Akal, Madrid, 1996; J. Cruz Cruz, “Antígona. La tragedia de la familia en Hegel”, en Razón y Libertad. Homenaje a A. Millán Puelles, Rialp, Madrid, 1990..
[6] G. Díaz-Plaja, Federico García Lorca, Espasa Calpe, Austral, Madrid, 1961, p. 207.
[7] Sobre Yerma existen numerosas ediciones: la de A del Hoyo, en Obras completas de Aguilar, Madrid, 1960; la de I. M. Gil, edit. Cátedra, Madrid, 1981; la de M. Hernández, en Alianza, Madrid, 1985; y, sobre todo, la edición crítica de M. García Posada, “Teatro 1. Obras 3”, Akal, Madrid, 1998. 







Antígona y Yerma o la sacralidad de la vida orgánica 1, Tomás Moreno, Ancile

lunes, 1 de junio de 2015

CREATIVIDAD Y ANGUSTIA: CIENCIA Y CONCIENCIA DE LA POESÍA –POIESIS-

Seguimos con la temática de la angustia iniciada con la entrada De la resiliencia, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, esta vez bajo el título de, Creatividad y angustia: ciencia y conciencia de la poesía -poiesis-.

Creatividad y angustia: ciencia y conciencia de la poesía -poiesis-, Francisco Acuyo




CREATIVIDAD Y ANGUSTIA:

CIENCIA Y CONCIENCIA DE LA POESÍA –POIESIS-










SI bien la neurociencia y la medicina tradicional (alopática) estudian y analizan el comportamiento condicionado de nuestro cuerpo y del mundo con resultados positivos inexcusables, poco o nada parecen tener que decir de los fenómenos y aspectos dinámicos, plásticos, expresivos y creativos en los que interviene la conciencia y que también informan de manera capital el universo que habitan (y habitamos). No deja de resultar curioso que en el ámbito de la ciencias –duras- como la física, se admita sin problemas la incidencia de la conciencia en los comportamientos micromateriales (cuánticos) y, sin embargo, en el dominio de lo biológico (y médico) se siga contumazmente con el escepticismo en la admisión de aquellos aspectos dinámicos, plásticos y creativos que aducíamos unos párrafos atrás, y que parecen tener un papel muy especial en determinados comportamientos y perturbaciones fisiológicos (materiales o corporales), derivados de la angustia (la ansiedad, la depresión…).

Creatividad y angustia: ciencia y conciencia de la poesía -poiesis-, Francisco AcuyoPara el psicólogo Donald Campbell la causalidad descendente es la que posibilita que la mente se imponga a la materia, por lo que la conciencia puede ser considerada como causa agente (o primera)[1] en disfunciones no sólo psicológicas, también biológicas –angustia, ansiedad, depresión, decíamos…- que inciden en el organismo del que las sufre. ¿Mas, cómo afecta o interviene esta apreciación tan radical en el ámbito de la curación de estas perturbaciones tan traídas y llevadas en estas páginas? Según el determinismo –positivo- clásico, el origen de la conciencia (y por tanto de la mala percepción de esta en casos de angustia, ansiedad o depresión) es siempre predecible y material y, en consecuencia, ha de mantener un carácter material, local (ubicado siempre en el organismo
neurocerebral). La experiencia y tratados en el ámbito de los estudios de las enfermedades (¿y dolencias?) mentales, nos muestran reiterada, y empecinadamente en no pocos casos, el rechazo a cualquiera procedencia u origen de estas que no sea material, o lo que es igual que no proceda  de un lugar concreto (localidad orgánica), ignorando otros factores como pueden ser los sociales, culturales, psicológicos… como afectos a las mencionadas perturbaciones, no obstante de constatar 
experimentalmente su incidencia manifiesta en cambios neuroquímicos que solo pueden llevarse a cabo en virtud de un estado reiterado (anómalo) de la angustia, o ante  un cambio positivo de conciencia, como sucede en la meditación, todo lo cual demuestra que las fronteras entre la conciencia y la materia no son, ni con mucho, tan evidentes como se creía, por lo que no sería mal asunto poner en cuestión dichos y tan radicales límites establecidos por el materialismo (o idealismo) extremo(s), pues, cada vez que estudiamos e investigamos este asunto con más detenimiento, se constata  que resulta muy difícil  separar el mundo de nuestra conciencia.

En realidad, si mantenemos como origen principal de aquellas  perturbaciones únicamente el mal funcionamiento orgánico (químico, por ejemplo), obtendríamos un centro neurológico sistémico (el cerebro y sus redes neuronales) muy parecido al de una máquina capaz de procesar símbolos (semejante a un artefacto informático), donde todo el mal funcionamiento en ese proceso de datos ha de provenir de un sustrato orgánico o material. Pero si lo miramos con más atención y esmero, el proceso en el que se ve implicada la mente a través del pensamiento, no es un simple proceso de gestión y reconocimiento de datos simbólicos[2], si no de significados.[3] Surgen nuevas interrogantes ante estas evidencias: ¿Qué es la conciencia -capaz de procesar significados-?

Creatividad y angustia: ciencia y conciencia de la poesía -poiesis-, Francisco Acuyo
¿Proviene la mente de la conciencia, o son ambas la misma cosa? ¿Puede ser la materia modificada resultado de una o varias opciones tomadas por la conciencia?

Leibniz proponía superar el dualismo mente-materia señalando que la mente y la materia no interactúan, sino que actúan en paralelo. En la observancia de los procesos perturbadores de la angustia, la ansiedad, la depresión… se puede colegir cosa bien distinta, ya que las interacciones entre materia (cuerpo) y mente y sus constatables influencias externas, se muestran evidentes y bien diferenciadas o distintas o independientes, pero no podría tener lugar esa interacción evidente que señalábamos, si no hubiera algo que mediara entre ellas, entonces ¿qué puede ser eso que media entre ambas, o, lo que es lo mismo, qué mantiene la interacción y funcionamiento entre los dos fenómenos que consideramos separados?

Es precisamente en aquellos procesos tan particulares como la angustia de donde se puede constatar un hecho fundamental, a saber: el fuerte condicionamiento y parcialidad de nuestros puntos de vista, de los que todo tantas veces queda frustrado al albur de una profunda intuición que nos hace sentir hondamente insatisfechos. Esta intuición (¿vitalista?) no parece responder a la idea que proyecta sobre la mente la biología molecular, pues no puede dar explicación a ese aliento vital[4] que anima lo que está vivo, y no digamos del fenómeno de la conciencia.

A mí siempre me gustó hablar de poesía (poiesis)[5] en términos extraliterarios, como entidad o como medio singular para explicar el impulso creativo capaz de generar lo nuevo, y que propicia el diálogo (creativo) entre los elementos perpetuamente separados de la conciencia y la materia ya que, a mis justos alcances, podría identificarse con los procesos de morfogénesis con más coherencia que la biología tradicional. Rupert Sheldrake apuntaba a unos enigmáticos campos morfogenéticos capaces de hacer interactuar dinámica y unitivamente el cuerpo y fuerza vitales para la generación de cualquier organismo diferenciado,[6] y que yo, acaso ingenuamente, identifico con ese impulso poiético de creación.

A través de la experiencia de la angustia y su incidencia en el proceso existencial podemos colegir que esta interviene como aquella intuición que, decíamos, nos hace sentir incompletos,  como si acaso no prestásemos la atención debida a aquello que, al tiempo, nos hace distinguir el mundo y sus singularidades y nos integra en el mismo a través de los procesos de creación que, acaso en realidad, son los que integran la conciencia poética o creativa desde una óptica ontológica.
En próximas entradas daremos cuenta de las interacciones entre materia y conciencia, dilucidadas a la luz de las crisis producidas por la angustia y su diversas manifestaciones.




Francisco Acuyo




[1] Campbell, D. T. (1974) Downward Causation. En Ayala, F. J. & Dobzhansky, T. (eds.) Hierarchically Organised Biological Systems. Studies in the Philosophy of Biology, Berkeley, Los Angeles: University of California Press, 179-18
[2] Penrouse, R.: La nueva mente del emperador, Mondadori, 1991.
[3] Searle, J,:  El misterio de la conciencia. Ediciones Paidós Ibérica, 2000.
[4] Emparentado con el élan vital Bergsoniano.
[5] Hace tiempo planteaba un razonamiento singular sobre la poesía como potencia o capacidad creativa (extrayéndola del ámbito estrictamente literario), así las cosas, la poesía puede considerarse como conciencia en sentido ontológico, ya que su impulso creativo es fundamento de la mente (que incide en la materia), ya que se establece como un mecanismo dinámico (poético) –ser en la belleza- consciente que interactúa, como conciencia en la materia.
[6] ¿Volvemos acaso a la idea platónica o a los moldes apriorísticos sintéticos kantianos?





Creatividad y angustia: ciencia y conciencia de la poesía -poiesis-, Francisco Acuyo