Ofrecemos la segunda entrega de Ô excelso Góngora, de Antonio Carvajal para la sección De la métrica Celeste del blog Ancile, esta vez con el subtítulo, Flor de España.
Ô EXCELSO GONGORA,
POR ANTONIO CARVAJAL,
SEGUNDA ENTREGA
II FLOR
DE ESPAÑA
Eres poemófago, es decir, que devoras poemas
como algunos devoraron lotos. La diferencia entre comer flores y frutos de
loto, que te sumen en la placidez del olvido, y tragar poemas es que la ingesta
poética te enriquece la memoria y no te sacia, te pide siempre más, te exige
que renueves tus jugos mentales y afectivos, te convierte en adicto irredento.
Y si te da por comer flores de poetas ilustres, vas dado. Empiezas a ver cosas
y no sabes si alucinas, oyes campanillas de plata y no sabes si son de un
romance viejo o de un ultraísta; como te dijo Juan cuando te echó su Cruz
encima, entraste donde no supiste y quedaste no sabiendo. No aceptas las
rotundas afirmaciones de los demás pero no tienes la osadía de imponer tu
criterio con desparpajo. Claro, así te va, miras un poema anterior al siglo
XVIII y la ortografía es lo primero que te mata el gusto de leer, tanto comeo,
tanto punteo, y aprendes el poema de memoria en un intento, que sabes inútil,
de oír cómo lo dijo el autor. No cuentas penas sino masticaciones, sequedades
de boca, algunos hipos similares a los que producen las migas tragadas con
gula. Si el plato principal del menú lo elaboró Góngora, date por enganchado e
irredento. Así que te repites el soneto a Córdoba y en cada dicción oyes algo
distinto y no sabes qué te llena más, si la complejidad sintáctica, si la
fluidez del discurso, si la carga emocional, si la sutileza constructiva de la
descripción o el vigoroso orden del recuento o las sutiles sonoridades o la
metáfora final con la mejor alabanza que se puede hacer de una patria que se
ama. Los que se quedan en lo yerto del papel dicen que Fernando de Herrera
piropeó así al joven don Juan de Austria; sabes que no, que el sevillano estaba
pisando las huellas líricas de Virgilio, en quien la flor tronchada representa
la truncada juventud, y sospechas que el cordobés pisó la de Juan de Mena: “O
flor de saber y caualleria, Cordoua madre”. Y agradeces el tiempo que dedicas a
saborear lo que te da contento y lo que quieres, como un horaciano al que no
aturde el mundo.


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