sábado, 17 de junio de 2017

ÉTICA Y ESTÉTICA DE LA REALIDAD: LA BELLEZA DE LAS VARIABLES OCULTAS Y EL DOLOR DE LA MATERIALIDAD

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos una nueva reflexión sobre la realidad y la belleza bajo el título de: Ética y estética de la realidad: la belleza de las variables ocultas y el dolor de la materialidad.


Ética y estética de la realidad: la belleza de las variables ocultas y el dolor de la materialidad. Francisco Acuyo


ÉTICA Y ESTÉTICA DE LA REALIDAD:

LA BELLEZA DE LAS VARIABLES OCULTAS 

Y EL DOLOR DE LA MATERIALIDAD








Que la intuición de la belleza es una realidad manifiesta en las obras de arte (y en la misma naturaleza) -y en la misma matemática y en la ciencia-, es un hecho perfectamente reconocible, aunque su valor provenga (como intuición, decíamos)[1] del impulso vital e irracional de nuestra naturaleza (en los que se verá inmersa la misma matemática y la ciencia en sus momentos culminantes creativos, si hijos de la verdad, aunque no del todo del realismo al menos en la concepción objetivo positivista, sobre todo en matemáticas y desde luego en poesía). Debemos recordar que en relación a la verdad del valor científico y su vinculación con lo que la realidad sea, en modo alguno es una posición definitiva, total y absoluta. Al fin y al cabo los juicios que pretenden expresar verdades científicas, sobre todo en su faceta imaginativa, no son impermeables de aquellos que perciben el bien (el goce estético) en la verdad, y por  qué no, de las percepciones del mal, del dolor (éticas) reflejas en las consecuencias del producto de su potencial aportación de verdad al mundo.

                De la funcionalidad de la mecánica cuántica se deducen útiles indiscutibles que habrían de afectar a la vida de todos hasta nuestros días, y esto manifiesto sobre todo en los avances tecnológicos, pero las consecuencias que conllevaría el desapego del físico hacia la realidad material o abstracta de los componentes elementales (átomos) de nuestra realidad
Ética y estética de la realidad: la belleza de las variables ocultas y el dolor de la materialidad. Francisco Acuyo
ordinaria son inevitables desde una óptica filosófica, si queremos entender que es realmente la realidad y cómo no afecta esta. La intuición de la belleza y su apreciación en la obra del hombre y de la misma naturaleza impone un criterio análogo, en virtud de que su idea en relación a la materia perceptual de lo bello, exige un entendimiento (además de la vivencia) de lo bello.

                Me inspiraba (y ruego disculpen mi imaginación que se desborda tantas veces injustificadamente y que, reconozco, es poco proclive a la mesura y al rigor exigido de la ciencia) el teorema de Bell[2] toda suerte de invenciones, hipótesis o conjeturas en correspondencia con mis intuiciones sobre la belleza (decía anteriormente también en concordancia con el dolor)[3] y la naturaleza de la realidad. Todo parece indicar que si se viola el teorema de Bell y su desigualdad en la experimentación de lo supuestamente real, y es imposible constatar la realidad de nuestro mundo y,  ¿evidentemente?, su separabilidad de otros fenómenos y del fenómeno de la observación (y de la conciencia), o lo que viene a traducirse: se hace una precisa –necesaria- una visión integradora –holística- de la naturaleza y de nosotros mismos. La visión estética del mundo muy bien nos ha hablado de esta óptica integradora de los valores de lo bello  en virtud de la conciencia y de los valores que baraja esta para su percepción y entendimiento.

                La razón –el sentido común- que exhibe la realidad de un mundo separado por sus diferentes objetos componibles (dícese que estos sólo pueden encontrar influencias entre sí en virtud del contacto físico y no de influencias espurias a esta razón ¿lógico? positiva y material), y es que no es posible nada fuera de esta razón, ya que no permite acciones fantasmales a distancia (o variables ocultas), como le gusta decir a Einstein. La apreciación de lo bello contiene una visión inquietante -¿irracional-?- que atenta contra aquella razón incuestionable de la separabilidad de las cosas, y nuestra percepción y concepción de lo bello: parece que la belleza no admite separabilidad y realidad a la vez, pero no por eso lo bello deja de tener realidad perceptible e intelectualmente apreciable.

                Lo que artistas, poetas, filósofos, místicos… intuían hace milenios en virtud de su apreciación y entendimiento de la belleza y la ineludible integración de la mente y la materia, sin la cual la realidad de lo bello no sería posible, hoy parece querer mostrarnos que la realidad del mundo tiene unas características similares ( y que ofrece el universo como obra de arte), en tanto que es imposible describir lo que el mundo sea al margen de la inevitable imposibilidad de la separabilidad, donde los objetos físicos se dice que están separados del resto (y de la observación consciente –o inconsciente- de aquello que apreciamos como real) y la realidad de lo que pueda ser aquello que entendemos como real.

                Realidad y belleza, belleza y realidad[4], son caras acaso de la misma moneda por la que nuestra conciencia rige para el entendimiento de nosotros mismos y nuestra situación en el mundo. Abundaremos sobre esta cuestión en próximas entradas de este blog.



Francisco Acuyo





[2]  Gracias al Teorema de Bell se ha planteado de manera más seria las cuestiones filosóficas inferibles de aspectos de la mecánica cuántica más allá de la comprobación experimental, o lo que es lo mismo, si partimos de las propiedades físicas del mundo no son creadas por la observación  y por lo tanto son separables unas de otras. Se deduce que ciertas magnitudes observables han de ser mayores que otras también observables, por lo que se colige una desigualdad (de Bell) que puede comprobarse experimentalmente.
[3] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, Jizo ediciones, Granada, 2013.
[4] En Ancile: Cuando la realidad es belleza y la belleza realidad: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/06/cuando-la-realidad-es-belleza-y-la.html




Ética y estética de la realidad: la belleza de las variables ocultas y el dolor de la materialidad. Francisco Acuyo

domingo, 11 de junio de 2017

DE LAS PROPIEDADES DE LO BELLO Y LA REALIDAD DE LO OBSERVADO

De nuevo insistiendo sobre la belleza y su realidad traemos para la sección, Pensamiento del blog Ancile, la entrada que lleva por título, De las propiedades de lo bello y la realidad de lo observado.


De las propiedades de lo bello y la realidad de lo observado. Francisco Acuyo
De Joel Rea


DE LAS PROPIEDADES DE LO BELLO Y

  LA REALIDAD DE LO OBSERVADO



El valor de lo bello es la propiedad de un objeto (también de una idea) que para ser necesita de la propiedad de ser observada (el ser en la belleza)[1], decía en más de una ocasión, sin conocer entonces la inquietante afirmación John Wheeler que se aproximaba inquietantemente[2] a la que había tenido (muy humildemente) como una intuición necesaria para indagar sobre lo que la belleza sea.

                  Más allá (o más acá) de que la belleza sea verdad (como ideal del bien y de perfección), es inevitable preguntarse cuál es la naturaleza de lo bello, lo cual es como decir o preguntarse qué debe producirse para que esto o aquello sea hermoso. Las causas físicas que producen dicha hermosura aparecen como incuestionables, si se manifiestan reflejadas en la materia misma (como objeto), recordamos en anteriores entradas[3], siendo la conciencia algo accesorio y en modo alguno fundamental, ofreciendo un ámbito de belleza carente de humanidad en una sociedad, no obstante, perfecta. Lo más íntimo de las estructuras materiales de su organización, así como sus propiedades habría sido insensible a cualquier cambio, sin el factor de la conciencia el dominio mecánico del mundo haría inevitable la imposibilidad de una valoración de lo supuestamente bello que requiere además de la observación (de la consciencia), también el dictamen, la consideración, el aprecio y valoración de lo hermoso.

De las propiedades de lo bello y la realidad de lo observado. Francisco Acuyo                  De lo inmediatamente antecedido se infiere que la conciencia (cartesiana) mecánica, radicalmente separada del objeto de belleza, es imposible para su valoración, no solo emocional, también intelectual de aquél. En cualquier caso partimos de potencialidades e intuiciones sobre lo que la belleza sea en las que la conciencia juega un papel capital para su realización y sobre el ámbito singular en el que lo bello aspira a ser real. Así pues,  la conciencia (la idea) de lo bello podemos afirmar que tiene que ver con más que lo que podemos decir de la belleza (análogamente decía Bohr[4] en relación a lo que podíamos advertir de la propia naturaleza, por lo que podíamos argumentar que el dominio en el que prevalece lo bello es el de las ideas o las abstracciones que, sin embargo, se identifican admirablemente con lo físico y que apreciamos sensorialmente. ¿La realidad de lo bello y la realidad de lo material están sujetas a la previsión de la abstracción (ideación) probabilística[5] y, por tanto, dependientes de la conciencia del observador?

                  Hubo quien en modo alguno se sentía cómodo con  esta visión extraña de la realidad atómica de todas las cosas que venían a estar hechas con átomos. Es el caso de Schrödinger. Así pensaba que (véase la metáfora del gato de Schrödinger)[6] que la conclusión lógica extraíble de la visión cuántica tenía que ser absurda o extravagantemente verdadera. La contemplación y valoración de la belleza me hace muchas veces sentirme como el observador del pobre gato sujeto al ser o no ser en virtud de si es o no observado. Parece que la cuestión de qué es o no bello puede ser análoga a la cuestión de qué es o no real, y eso nos lleva inevitablemente a entender qué es la belleza lo mismo que a qué nos referimos cuando hablamos de realidad. Parece difícil eximirse, no obstante, de la necesidad positivo materialista de que si una propiedad física (por qué no estética) de un objeto puede conocerse sin observarse, entonces esa propiedad no puede haber sido creada por su observación[7] (es decir por la conciencia).

                  En cualquier caso, la cuestión de las propiedades de lo bello y de lo real para su objetivación necesita un punto original desde el que partir para obtener la condición de bello y, por qué, de real. Estas cuestiones fascinantes las iremos desgranando en posteriores entregas de este blog.


Francisco Acuyo



[1] Acuyo, F. Fisiología de un espejismo, Artecittà ediciones, Granada, 2010. Elogio de la decepción, Jizo ediciones, Granada 2012.
[2] Decía: Ninguna propiedad microscópica (material) es una propiedad hasta que es una propiedad observada.
[3] Ancile: Cuando la realidad es belleza y la belleza realidad: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/06/cuando-la-realidad-es-belleza-y-la.html
[4] Niels Henrik David Bohr, padre de la denominada escuela de Copenhague y uno de los físicos fundamentales de la teoría mecanicocuántica.
[5] De hecho no son pocos los físicos de partículas que piensan que los objetos (microscópicos) no son reales, sino que son meras potencialidades.
[6] O paradoja del gato de Schrödinger, cuyo experimento imaginario consistía en introducir un gato en una caja cerrada y opaca de tal suerte que un dispositivo de gas se activa en virtud de que una partícula radiactiva lo active y el gato muera (o no) según las probabilidades, del 50%, de que esto suceda o no, por lo que se dice que hay una superposición de estados sucederá que en virtud del paso de unos instantes el gato estará al mismo tiempo vivo y muerto.
[7] Rosenblum, B. y Kuttner, F.: El enigma cuántico, Barcelona, 2010, p. 164.



De las propiedades de lo bello y la realidad de lo observado. Francisco Acuyo

miércoles, 7 de junio de 2017

CUANDO LA REALIDAD ES BELLEZA, Y LA BELLEZA REALIDAD

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad.


Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo



CUANDO LA REALIDAD ES BELLEZA, 

Y LA BELLEZA REALIDAD





En los parámetros de la divina proporción (proporción áurea) se nos describe medidas cuya correspondencia y disposición muestran un equilibrio grato no sólo a los sentidos, también en conformidad con principios de armonía lógico matemática que ponen en evidencia la ponderación de su extensión, cantidad y providencia de su estructura y disposición. Es el ojo (sensorial e interno) el que pone dicha realidad proporcionada como algo bello susceptible de ser perturbado por la misma observación (en cuanto que estará sujeta a múltiples interpretaciones, según quien lo mire. Acaso lo más extraordinario es que la conciencia de lo bello no sólo cambia las proporciones en otras que aspiran a la misma belleza, sino que son capaces de producirla ex nihilo.

            Como buen soñador (acaso muy ingenuo) visionaba yo un cierto paralelismo entre la percepción, reconocimiento  o creación de lo bello con la manifestación de la realidad en lo más íntimo de la materia. Hablamos del experimento cuántico arquetípico[1] mediante el que se dice que las observaciones no sólo perturban lo que se mide, sino que lo producen[2].

            La atención a lo bello (y su búsqueda y su entendimiento) nos depara una forma acaso más completa por integradora e imaginativa del mundo. La exigencia de lo bello en el mundo manifiesta una realidad propia de un universo que en modo alguno se explica mediante los resortes de relojería justificado por lo razonable de su mecánica clásica a la hora de interpretar el mundo. Que el poeta (el artista) y su observador intérprete (lector) sea capaz de recrear o crear el mundo de lo bello es perfectamente aceptado cuando esto es referido a los paraísos artificiales o de ficción que pudieran obtenerse en su ejercicio. Cuestión más difícil de aceptar sería que esas ficciones pudiesen ser integrantes de nuestra realidad (no literaria), sino de nuestras vidas y de lo que estas puedan influir en la realidad material del mundo.

Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo            Que la ética y la estética sean concebidas como meras estructuras de valor carentes de realidad objetiva por parte de la ciencia, acaso se están mostrando en la actualidad como nunca antes, el prejuicio sobre su realidad. Aquello que emane de la subjetividad individual no es digno de atención científica, sólo aquellos preceptos, leyes y principios que sean susceptibles de ser independientes de nuestra propia naturaleza merecen crédito, aunque en verdad traten de hechos objetivamente reconocibles (conductas, emociones,  sensibilidades… ciertas), despreciando algo que incluso en una de las ciencias positivas más rigurosas y austeras de subjetividades como es la física, empieza a tener una valor sustancial: la conciencia, ya que ella no sólo nos ayuda a la distinción de preferencias e ideales transitorios de aquellos que son comparativamente permanentes y universales[3], también nos habla de la propia sustancialidad de la materia y de su necesidad para conformarla.

            Se desprecia soberanamente que el objeto de manifestación de belleza puede abarcar principios universales que pueden acabar conformándose en la riquísima significación –consciente e inconsciente- de los símbolos. Si una vez la belleza fue considerada una singular manifestación de la divinidad a los sentidos y a la inteligencia, y esto por mor de la idea de perfección y elevación que nos suscita. En verdad que la vivencia de lo bello en lo ideal que puede mostrarnos el arte, la poesía o la misma naturaleza encierra un potencial inspirador y creativo de una importancia que acaso no puede compararse ninguna otra forma de conocimiento y expresión científica, sobre todo si queremos extraer de la misma ciencia las potenciales verdades de belleza que pueden encerrar aunque no se puedan constatar empíricamente, y es que la belleza acabará por ser la conciencia moral de cualquier actividad que aspire a lo sublime que la verdad encierra.

            La cuestión capital radica en que en el momento que lo más íntimo de la materia (átomos) se considere casi entidad fantasmagórica, la incuestionable solidez sobre los que se construye y estructura como entidades materiales lo ordinario de aquella: montañas, casas, valles, nosotros mismos… sean a su vez aceptados como realidades tan tangibles como incuestionables; mucho tiene que decir sobre esto la idea de lo bello y sus imperativos de valor para nuestra conciencia de la belleza y lo que esta supone en la constatación de la realidad.
            Sugerentes posibilidades nos abre la no menos incuestionable realidad de la belleza sobre la propia naturaleza de la realidad, de ello trataremos en nuevas entradas de este blog.


Francisco Acuyo




[1] Nos referimos al experimento de la doble rendija, realizado por el físico Thomas Young en 1801, mediante la que se postula la realidad dual de onda corpúsculo de la luz, y que a la sazón, será característica fundamental para la teoría de la mecánica cuántica.
[2] Rosenblum, B. y Kutner, F.: El enigma cuántico, Tusquet, Barcelona, 2010, p. 97.
[3] Santayana, G.: El sentido de la belleza, Tecnos, Madrid, 1999, p. 30.


Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo

martes, 6 de junio de 2017

REVISTA ENTORNO LITERARIO, NÚMERO 2-3

Sale a la venta el número 2-3 de la revista Entorno Literario. Aprovechamos la ocasión para ofrecer en la sección, Noticias, del blog Ancile, una brevísima aportación del número (doble) que anunciamos estará ya en las librerías. Mostramos el manuscrito del poeta Pedro Lastra y el poema que lleva por título, Para hablar con los árboles, y ya transcrito en la sección de la revista que lleva el encabezamiento, Especial Poesía, y que acompaña otro poema de Antonio Carvajal. Con sus habituales secciones, Poesía, en la que se muestran poemas varios y reseñas de libros de versos, Narrativa, La caja de Pandora, De negro y oro (suplemento de bibliofilia y artes del libro), todo ello aderezado con espléndidas fotos de Alfredo Torrescalles. Se presentará este jueves, en La Empírica, espacio de creación (adjuntamos abajo la invitación), por lo que aprovechamos desde aquí,  para quienes tengan ocasión de asistir, ofrecerles la oportunidad de tener de primera mano un ejemplar de este número especial de Entorno Literario.







REVISTA ENTORNO LITERARIO, NÚMERO 2-3




















sábado, 3 de junio de 2017

DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO

Siguiendo con las argumentaciones anteriores sobre la cuestión de la belleza y sus posibles conexiones con la verdad y la realidad, traemos para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, el post que lleva por título: De la belleza: hypotheses non fingo.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
De Oleg Dou



DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO







SIEMPRE me ha parecido que intentar hablar de la realidad, supone que aquello que entendemos como existencia objetiva del mundo físico, acababa por resbalarse entre los peculiarmente susceptibles dedos de la conciencia, no obstante, de que sea verdad o no que esta sea el resultado de un conjunto de propiedades electroquímicas que acontezcan en el reducto material (neurológico) de nuestro cerebro. Acaso esto se hacía más patente a la hora de intentar entender el muy singular fenómeno de la belleza (en realidad, los muy singulares fenómenos del dolor y la belleza)[1]. Una postura en cierto modo antirreduccionista me impulsa a intuir una disposición holística, integral, totalizadora en relación a mi conciencia y el entorno material, este último supuestamente indiscutible en su individualidad y objetividad, mas susceptible de reflejar o conllevar en muchas ocasiones el aporte tantas veces sorprendente de la belleza. Incluso me llegó a parecer que todo aquello perfectamente perceptible, y que pudiese o no concitar al valor de la  belleza (también el sufrimiento expreso en muchos de ellos), no tendría mucha consistencia sin la ley que impone el sujeto consciente, intérprete de su presunta realidad, solidez o sustancialidad.

                La dualidad mente materia siempre traía a mi memoria la singular característica de una de las manifestaciones de aquella (de la materia, digo)  y de la energía más estudiadas y, sin embargo, (¿misteriosamente?) especial, me refiero a la de la luz. La visión newtoniana de la luz como la proyección de un haz de partículas, dejaba, no obstante, la duda del patrón de interferencia[2] que nos decía que en realidad la luz era un fenómeno ondulatorio o electromagnético. Pero, ¿cuál es la realidad sustancial de la luz, onda o partícula?

                La energía lumínica acaso no sea más que una manifestación energética entre otras que conocemos (y que también que desconocemos, véase la denominada energía oscura[3]) y cuya naturaleza material se plantea como indiscutible. Nunca entré yo en cuestionamiento sobre estos principios científicamente aceptados, pero no dejaba tampoco de pensar en cómo la belleza (como [4] no sería sino una muestra manifiesta de otra energía que perteneciese a la mente, a la psique, a la conciencia, en fin. Divagaciones en un principio que acabarían por tornarse en una suerte de intuición que, para mi asombro, coincidía con la visión de algunos célebres e insignes científicos de las matemáticas y de la física, es el caso que la afirmación de James Jeans, cuando decía: el universo comienza a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina, parecía dar pábulo a una idea que fuera del dominio de la propia ciencia, no fuese sino una conjetura que tenía poco de reflexiva y mucho de peregrina.

De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
                Volviendo a la fascinante y enigmática cuestión de la naturaleza de luz, Max Planck daría el golpe de gracia a todas las convicciones clásicas sobre su realidad material: los electrones que componen la luz se radian en forma de paquetes (cuantos),[5] denominados fotones, de manera que, un electrón puede vibrar durante un tiempo sin perder energía en forma de radiación y, de forma ¿aleatoria, sin causa, sin ninguna fuerza?, expresan algunos, aplicada, radiaría un pulso de luz; advertimos que este comportamiento viola las leyes de electromagnetismo y la ley universal del movimiento. Estos saltos (cuánticos) ponían de manifiesto la naturaleza paradójica de la luz (aun cuando algunos, entre ellos el propio Einstein, seguían aferrados a aquellas leyes mencionadas), y también la necesidad de aceptar dos proposiciones sobre la luz que son contradictorias. Mas, ¿es susceptible esta misma y extraña apreciación sobre la materia? ¿La realidad física de un objeto tiene dependencia del modo en el que lo observemos?

                El valor de lo bello no deja de ser un hecho inevitable para la conciencia, e incluso es exigencia para la constatación de la realidad de determinadas cosas es indiscutible (no solo en el mundo de las relaciones matemáticas, artísticas y poéticas). La materia y la luz se manifiestan como ondas y partículas (o mejor como paquetes de ellas –cuantos-), y todo parece indicar que la incidencia de la observación en su realidad última está amparada en una nueva ecuación del movimiento que, a la sazón sería la de Schrödinger y que habría de dar una nueva perspectiva a la función de onda que vendría a afirmar la rara realidad de esta función que puede ser compacta (es decir, como partícula) y extensa (como onda) y que, finalmente, vendría a decirnos que la ondulatoriedad es la probabilidad de hallar ese objeto en esa región de movimiento. Esta extraña naturaleza de lo real en lo más íntimo de la materia trae de nuevo a mi imaginación la idea de lo bello que diríase (según mi inquieta, limitada y acaso calenturienta imaginación) ser el valor de lo hermoso conseguido, mas no como probabilidad clásica subjetiva, sino como probabilidad real y última ¿objetiva, y reconocible para cualquier conciencia apropiadamente sensible?

                ¿Belleza y verdad, belleza y realidad, belleza y conciencia última y primera del mundo? Sobre esta extravagante concepción de lo bello indagaremos con más dilación y detalle en próximas entradas.

Francisco Acuyo



[1], Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo Ediciones, Granada, 2013
[2]  Recordamos el experimento famoso que hiciera ThomasYoug de las rendijas por donde hacía pasar un rayo de luz y que al proyectarse en la pared producía un patrón de bandas que se reconoce como de interferencia, el cual nos hablaba claramente de que nos encontramos ante un fenómeno ondulatorio, ya que si fuesen partículas este patrón no podría llegar a producirse. James Clarke Maxwel, a través de sus famosas ecuaciones, demostró matemáticamente la luz es una onda electromagnética.
[3] Dícese que esta energía es la responsable de que el universo, en lugar de ir deteniéndose en su expansión, es la responsable de su veloz aceleración.
[5] Dichos cuantos o paquetes emitirían una energía igual al número h de su fórmula multiplicado por la frecuencia de vibración del electrón.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo

jueves, 1 de junio de 2017

DE LA BELLEZA Y EL NEXO TRASCENDENTE CON LO SUBLIME

Para nuestra (vuestra) sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime.



De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo


DE LA BELLEZA Y EL NEXO 

TRASCENDENTE CON LO SUBLIME






SI para el matemático la belleza es la señal de que en el mundo no hay lugar  para las matemáticas feas[1] (acaso para el poeta sucede algo muy similar con la poesía), nos parece muy clara la invitación a reflexionar, un paso más allá de las aportaciones utilitarias reflejas en su estructuras –simetrías, patrones varios, coherencias lógicas…-, sobre los significados de lo bello. El orden (filosófico platónico) manifestó es una de las vertientes que pueden llamar la atención sobre la belleza, pero también el trágico –el doloroso, manifiestamente expuesto en el sufrimiento[2]- o el poético al que aludiría Nietzsche, y que se caracterizará por su naturaleza paradójica y su irreductible ambigüedad[3].

                En cualquier caso, lo bello trasciende necesariamente lo artístico, si es que en verdad nos habla de armonía, de euritmia, elegancia, verdad, paz, unidad, ser…. es así que cualquier ley física verdadera debe contener belleza matemática,[4] o la proporcionalidad universal del número que encontramos manifiesta en la misma naturaleza.
De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo                Y aunque la belleza puede manifestar un principio terrible (que nos puede abocar al sufrimiento, a la angustia, al pánico incluso, así lo creían Rilke o Pascal, o bien visto en aquella temible y hermosa simetría del tigre por William Blake) no puede reducirse a una mera percepción sensorial,[5] si es que la armonía, el ser, la verdad, son interiormente reconocibles, por lo que será preciso poner en reconocimiento las relaciones entre belleza y razón, belleza y emoción y, desde luego, belleza y crecimiento espiritual.

                Pero, hagamos un esfuerzo más de entendimiento y preguntémonos si esa intuición de la belleza que no sabemos bien de donde viene deriva de un abstracto anterior a ella[6], o por el contrario, la belleza no contiene verdad alguna, si ella es subjetiva,[7] y se ofrece como mero juego de las facultades, y será necesario distinguir entre lo bello y lo sublime, o ¿no puede ser lo sublime deducido de lo bello? Son estas cuestiones las que nos hacen barruntar que la realidad de lo bello puedan ser contestadas desde una óptica netamente esteticista.

                Lo raro y lo bello pueden establecer conexiones clarificadoras en su manifestación en la naturaleza, véanse los fractales, por ejemplo, o en los esfuerzos de abstracción más pura aplicables a la realidad matemática (que en muchas ocasiones no tienen nada que ver con la realidad de lo cotidiano) como es el concepto –monstruoso- del infinito llevado a cabo por Cantor en 1899.

                La vivencia de lo bello es o puede ser también, paradójicamente, la superación de lo empírico, si este atado tantas veces a la convención falsaria de la realidad, pues aspira a través de su impulso creativo a lo nuevo que aspira el espíritu atento.

                El impulso creativo y la percepción de lo bello diríanse estar estrechamente vinculadas a la totalidad a la que aspira todo arte (y saber) verdadero(s), en tanto que son, ante todo, fuerzas liberadoras del espíritu, si es que en verdad es superación de toda contradicción y sufrimiento la belleza.


Francisco Acuyo






[1] Hardy, G. H.: Apología de un matemático, Episteme, Madrid, 1999, p. 85.
[3] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo Ediciones, Granada, 2013, p. 105.
[4] Paul Dirac reflexionaba en términos muy parecidos.
[5] Acuyo, F.: p. 106
[6] Vico, G.: Ciencia Nueva, Folio, Barcelona, 2002.
[7] Kant, E.: Crítica de la razón pura, Alfaguara, Madrid, 1988.



De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo