martes, 25 de septiembre de 2012

DE PANDORA A LA FEMME FATALE, TERCERA ENTREGA, POR TOMÁS MORENO

Ofrecemos en la muy visitada sección Microensayos del blog Ancile, la tercera entrega De Pandora a la femme fatale, del profesor Tomás Moreno, en consecución de un tema de enorme interés y actualidad, relacionado con los prejuicios y mitologías de la mujer, esta vez sobre los diferentes estereotipos y el imaginario cultural relacionado con esta. 


De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3


DE PANDORA A LA FEMME FATALE (III) 



De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3, Ancile


Estereotipos femeninos e Imaginario cultural.
Como ya hemos señalado, desde el principio los hombres patriarcales han tratado de construir la imagen de la mujer que mejor se conformara a sus anhelos y deseos, a sus miedos, angustias y a sus intereses[1]. Como nos recordara Simone de Beauvoir:
La historia nos ha mostrado que los hombres siempre tuvieron todos los poderes concretos; desde los primeros tiempos del patriarcado consideraron útil mantener a la mujer en un estado de dependencia; sus leyes se construyeron contra ella; así es como se convirtió concretamente en Alteridad. Esta condición servía a los intereses económicos de los varones, pero también a sus pretensiones ontológicas y morales[2].
            En efecto, ellos han inventado los mitos, los arquetipos, las figuras o representaciones imaginarias de la mujer, los modelos ideales o los estereotipos estigmatizadores de lo femenino[3], así como los mecanismos de difusión y perpetuación de los mismos. Es de resaltar a este respecto -a pesar de las transformaciones radicales del estatus sociolaboral de la mujer contemporánea y de su emancipación económica (al menos desde la Segunda Guerra Mundial)- la pervivencia de esos estereotipos tradicionales de la mujer en nuestras modernas sociedades.
De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3, Ancile
Simone de Beauvoir 
            Como ha demostrado R. Gubern[4], todavía hoy permanecen los mismos procedimientos de creación de estereotipos, generados secularmente por el universo  sociocultural, potenciados más que nunca en nuestra sociedad massmediática, controlada y dirigida por hombres.
            Aunque el tema de la representación de la mujer en la publicidad -recuerda R. Gubern- ha generado mucha literatura, es preciso señalar que la máscara de la feminidad  que se impone en nuestra sociedad industrial y comercial, en los medios incitadores al consumo, se mueve entre dos polos fundamentales -o mitos matriciales, como los denomina- de los que derivan por combinación o matización los demás arquetipos y estereotipos: a) el de la mujer (Eva) como la gran tentadora del hombre y b) el de Eva como la gran culpable de la caída[5].
            Ellos, los hombres patriarcales, han creado y formulado los códigos y cánones éticos, sociales, económicos, estéticos, sexuales y religiosos por los que debería regirse la vida y la conducta en las distintas sociedades bajo su dominación[6]; han ideado y prescrito  los tabúes, las interdicciones, las prohibiciones, que debían regir la vida social, asignando asimismo a las mujeres el papel, las pautas de sumisión, las reglas de subordinación y obediencia que en ella deberían adoptar. Ellos construyeron, en fin, las distintas y a veces antitéticas imágenes de la mujer en las que ella no se ha reconocido, aunque haya sumisamente aceptado.
            En efecto, como explica Simone de Beauvoir:
En la realidad concreta, las mujeres se manifiestan en aspectos diferentes; pero cada uno de los mitos edificados a propósito de la mujer pretende resumirla en su totalidad; cada uno pretende ser único; la consecuencia es que existe una pluralidad de mitos incompatibles y que los hombres se pierden en ensueños ante las extrañas incoherencias de la idea de Feminidad; como toda mujer participa de una pluralidad de estos arquetipos que pretenden encerrar cada uno de ellos su Verdad exclusiva, los hombres encuentran ante sus compañeras el asombro de los sofistas que no podían entender que un hombre fuera rubio y moreno al mismo tiempo […] La ambigüedad del personaje de Aspasia, de Mme Pompadour, es fácil de entender desde una experiencia concreta. Pero si planteamos que la mujer es la Mantis Religiosa, la Mandrágora, el Demonio, sembrará la confusión descubrir también en ella a la Musa, la Diosa Madre, Beatriz[7].
            Por eso, precisamente, Simone de Beauvoir alude a la artificiosa y alienante ambigüedad esencial del ser femenino -del Eterno Femenino- y señala que el sexo femenino es misterioso para la mujer misma, oculto, atormentado, en gran parte, porque no se reconoce en él, porque la mujer no reconoce como suyos sus deseos. Al ser misteriosa para el hombre, la mujer se considera por lo tanto misterio en sí, y en su corazón, es indefinible para ella misma: una esfinge: “Mantenida al margen del mundo, la mujer no puede definirse objetivamente a través de este mundo y su misterio sólo oculta un vacío… sus verdaderos sentimientos, sus verdaderas conductas, las ocultan cuidadosamente”[8].
            Desde el principio de los tiempos la imagen de la mujer ha sido, pues, un mítico constructo artificioso inventado y fabricado por el hombre para satisfacer sus intereses, sus sueños, pero también para conjurar su miedo -o sus pesadillas- frente a su misteriosa capacidad maternal creadora[9] y su ilimitada potencia y receptividad sexual. Afectado el hombre de un ambivalente sentimiento de amor y de odio con respecto a la mujer, su imaginación le ha llevado a disociar las imágenes y representaciones femeninas en función de esa polaridad afectiva.
            La ambivalencia parecerá así una propiedad intrínseca del eterno femenino: la santa madre tiene como correlato a la madrastra cruel, la joven angelical a la virgen perversa: así podremos decir que Madre es igual a Vida o que Madre es igual a Muerte, que toda doncella es un espíritu puro o carne consagrada al diablo[10]. Pero, añade Simone de Beauvoir, no es la realidad la que dicta a la sociedad o a los individuos este tipo de disyuntiva entre dos principios opuestos de unificación; en cada época, en cada caso, sociedad e individuo deciden de acuerdo con sus necesidades y proyectan en el mito adoptado las instituciones y los valores que reivindican.
            Jean Delumeau[11] ha constatado asimismo cómo la actitud masculina respecto al segundo sexo siempre ha sido contradictoria, oscilando de la atracción a la repulsión, de la admiración a la hostilidad:
El judaísmo bíblico y el clasicismo griego expresaron a su tiempo estos sentimientos opuestos. Desde la edad de piedra, que nos ha dejado muchas más representaciones femeninas que masculinas, hasta la época romántica, la mujer ha sido, en cierto modo, exaltada. Primero diosa de la fecundidad, madre de los senos fieles e imagen de la naturaleza inagotable, se convirtió con Atenea en la divina sabiduría; con la Virgen María, en el canal de toda gracia y la sonrisa de la bondad suprema. Al inspirar a los poetas, desde Dante a Lamartine, el eterno femenino –escribía Goethe- nos arrastra hacia lo alto […] Esta veneración del hombre por la mujer se ha visto contrapesada, a lo largo de las edades, por el miedo que ha experimentado ante el otro sexo, particularmente en las sociedades con estructuras patriarcales”.
De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3, Ancile
Jean Delumeau
            Un miedo que, en su opinión, durante mucho tiempo no se ha querido estudiar y que el psicoanálisis mismo ha subestimado hasta época reciente. Sin embargo, señala Delumeau, la hostilidad recíproca que opone a los dos componentes de la humanidad parece haber existido siempre y lleva todas las señales de un impulso inconsciente[12]. De ahí la persistente escisión de la imagen femenina y de sus representaciones iconográficas y culturales a lo largo del tiempo y en las más diversas formaciones sociales.
            En efecto la imagen femenina suele aparecer en el imaginario cultural,  artístico e iconográfico occidental  -básicamente misógino- escindida y disociada en dos, en negro y en blanco.  El hombre representa y conceptualiza, pues, a la mujer a base de polaridades y dicotomías abstractas de su imagen[13].
De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3, Ancile
                Tanto la filosofía como el arte occidentales nos ofrecen múltiples ejemplos de tal disociación, ambivalencia o antítesis. Recordemos, así, la representación de la belleza femenina bajo las formas de las dos Venus aludidas en el Symposium de Platón: Afrodita Urania y Afrodita Pandemós. La Venus Coelestis, que pertenece a la esfera inmaterial, supracelestial, Idea platónica, intelligentia pura, y la Venus vulgaris o terrenal, natural (Venus Genitrix, dotada de vis generando) de Ficino y los neoplatónicos renacentistas que tuvieron su reflejo en el cuadro de Tiziano Amor sacro y  Amor Profano (de la galería Borghese de Roma)[14]. 
                Polarizada así entre los estereotipos de María y de Eva, Madonna venerable o Bruja diabólica, idealizada Beatriz o fierecilla domada, Ángel del hogar o Lulú, la imaginación masculina ha escindido sistemáticamente a la mujer entre la virgen y la prostituta, la madre y la vampiresa. La mirada del artista oscilará siempre entre el temor, la repugnancia o el aborrecimiento (pues el cuerpo femenino es origen de riesgo, peligro, enfermedad y pecado)  y la fascinación, el deseo y la atracción sexual (por ser fuente de placer y de nutrición)[15].
            Pero existen otras razones -además de la señalada- de esta escisión tan digna de ser enfatizada, de esa capacidad masculina para, en expresión de Eva Figes, “poner a la mujer en un pedestal y al mismo tiempo pisotearla”: y es que se trata de imágenes tan rígidas que a la fuerza tienen que escindirse, pues ni la realidad más complaciente podría ajustarse completamente a ellas.
            A este hecho se refiere Simone de Beauvoir al analizar los “hechos y mitos” de la existencia femenina, y comprobar las polaridades que le sirven de base:
Siempre es difícil describir un mito, no se deja atrapar ni delimitar; ronda las conciencias sin afirmarse nunca frente a ellas como un objeto definitivo. Es tan ondulante, tan contradictorio que a primera vista nunca se capta su unidad: Dalila y Judit, Aspasia y Lucrecia, Pandora y Atenea: la mujer es a un mismo tiempo Eva y la Virgen María. Es un ídolo, una criada, la fuente de la vida, una potencia de las tinieblas; es el silencio elemental de la verdad, es artificio, charloteo y mentiras, es la sanadora y la bruja; es la presa del hombre, es su pérdida, es todo lo que no es y desea tener, su negación y su razón de ser[16].

                                                                                   Tomás Moreno



[1] Para una comprensión de la identidad sexual (femenina y/o masculina) como constructo socio-cultural, transido de historicidad, véase T. Laqueur, La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Cátedra, Madrid, 1994.
[2] Simone de Beauvoir, El Segundo Sexo, Ediciones Cátedra, Madrid, 2005, p. 225.
[3] Utilizamos los vocablos estereotipos y figuras o imágenes míticas/arquetípicas culturales semánticamente como sinónimos. El D.R.A.L.E define el estereotipo como “una figura, imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad”. Una especie de cliché, imagen o creencia popular aceptada por un grupo social de manera más o menos consciente, dotada de una gran carga de emocionalidad. Sobre los estereotipos o imágenes culturales véanse: Bruno M. Mazzara, Estereotipos y prejuicios, Acento Editorial, Madrid, 1999 y, sobre todo, Anna M. Fernández Poncela, Estereotipos y roles de género en el refranero popular, Anthropos, Barcelona, 2002. Para un análisis del carácter relacional de los estereotipos masculino y femenino (a partir de la modernidad) véase el lúcido y exhaustivo ensayo de Fernando Fernández-Llebrez, ¿”Hombres de verdad”? Estereotipo masculino, relaciones entre los géneros y ciudadanía, Foro Interno, 2004, 4, pp. 15-43.
[4] Estereotipos femeninos en la cultura de la imagen contemporánea, Anàlisi.Quaderns de Comunicació i Cultura. Revista del Departamento de Periodisme i Ciènces de la Comunicació de la UAB. Num. 9, 1984.
[5] Así, según Gubern, del mito primigenio de la tentadora, derivará el arquetipo o estereotipo de la casta Susana (cuya historia es narrada en el capítulo XIII del Libro de Daniel). Susana -símbolo o representación de la mujer sexualmente ofrecida y deseada, objeto del voyeurismo libidinoso de los ancianos del relato hebreo- preanuncia, en una sociedad tan prepotentemente misógina y patriarcal como la judía de aquella época, una de las funciones centrales del mundo del espectáculo, de la publicidad de las sociedades modernas: la incitación al consumo de sexo, virtual o no, la espectacularización del cuerpo de la mujer y la utilización de la mujer misma como gadget sexual de consumo. El otro arquetipo o estereotipo –su polo opuesto- lo suministra la cultura europea con el personaje perverso y prepotente de Wanda von Dunajeff, la protagonista literaria de La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher Masoch, como representante y símbolo de la mujer fálica y antagonista del hombre: sádica, dominante, adornada de todos los atributos de la llamada  femme fatale (literaria y cinematográfica), y que, en la jerga psicoanalítica, se denomina “mujer castradora”. Como puede verse jamás se ofrecen relaciones democráticas o simétricas entre los sexos, concluye el profesor Gubern. (Ibid, pp. 33-35)
[6] Por referirnos sólo a uno de ellos, el estético, recordemos cómo Gombrich ha mostrado, estudiando los problemas anatómicos con que tropezó Botticelli al pintar su famoso cuadro El nacimiento de Venus, hasta qué punto la pintura del Renacimiento, en manos de hombres como lo sigue estando hoy, desconocía la estructura y proporciones del cuerpo femenino y su “imagen del cuerpo” estaba regida por una autoconciencia masculina. (Citado en Román Gubern, Estereotipos Femeninos en la cultura de la imagen contemporánea, op. cit., p.33).
[7] El Segundo Sexo, op. cit., p. 352.
[8] El Segundo Sexo, op. cit. p. 357.
[9] Para el hombre, escribe Jean Delumeau  la maternidad seguirá siendo, probablemente siempre, un profundo misterio, y Karen Horney (La Psychologie de la femme) ha sugerido con verosimilitud que el miedo que la mujer inspira al otro sexo se basa, sobre todo, en ese misterio, fuente de tantos tabúes, de terrores y de ritos, que la une, mucho más estrechamente que a su compañero, a la gran obra de la naturaleza y hace de ella el santuario de lo extraño. Cf. El miedo en Occidente, capítulo 10, Los Agentes de Satán, III.- La Mujer, Taurus, Madrid, 2002, pp.475 y ss.
[10] El Segundo Sexo, op. cit., pp. 352-353.
[11] El miedo en Occidente, op cit., pp.471 y ss.
[12] J. Delumeau, op. cit., pp. 471-472.
[13] Recordemos que la división de la mujer en objeto maternal y objeto sexual es analizada por Freud en Sobre una degradación general de la vida erótica. Cf. Obras completas, Vol. 9: Ensayos LXII-LXXIV, trad. del alemán Luis López Ballesteros, Ediciones Orbis, Buenos Aires, 1993, pp. 1710-1717. Igualmente, Otto Weininger afirmará que los dos tipos o polos extremos del “vivir femenino”-a los que las mujeres se aproximan en mayor o menor medida- son la madre y la prostituta (Sexo y carácter, cap. X “Maternidad y Prostitución”, Península, Barcelona,1985, pp. 216 y ss.). Por citar alguna de las polaridades evocadas por Eva Figes: “la Virgen María y la Mujer Escarlata, ángel misericordioso y prostituta, compañera amable e intolerable marisabidilla” (Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit.).
[14] Cf. Erwin Panofsky, Estudios sobre iconología, Alianza Universidad, Madrid, 1972, pp. 200-237.
[15] Françoise Borin en su ensayo Imágenes de mujeres,  atestigua esta persistente ambivalencia de la mujer en el arte occidental: “la mujer en la iconografía pictórica presenta rasgos constantes que reflejan la dicotomía esencial de la imagen femenina: Ángel/Diablo, Diosa/AnimalEva/María, Vida y Muerte, Madre /Prostituta”. Y añade: “Siempre la mujer, se sitúa en los extremos opuestos, como si le estuviera negada una posición intermedia, normal” (en Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres, 3. Del Renacimiento a la Edad Moderna, Taurus, Madrid, 2000 p. 277.Para profundizar en el tema véanse: Susan Rubin Suleiman (editora), The female body in western cultura. Contemporary perspectives, Harvard University Press, 1986, y Edwin Mullins, The painted witch. Female body/male art, Londres, 1985.
[16] El Segundo Sexo, op. cit. p. 229.



De Pandora a la femme fatale. Mitos, figuras y estereotipos de estigmatización femenina 3, Ancile

viernes, 21 de septiembre de 2012

CARILDA OLIVER LABRA Y SU ACTA LÍRICA


Llegó recientemente a mis manos un libro, tan amable y diligentemente enviado como acostumbra la Fundación Jorge Guillén de Valladolid, en las primorosas y exigentes ediciones con las que nos tiene tan  gratamente familiarizados; esta vez en la colección Maravillas concretas, el número 2 para ser precisos, de la autora de Matanzas (Cuba) Carilda Oliver Labra. Editorial en la que, por cierto tuve el privilegio de ver publicado un libro mío (Vegetal contra mosaico, en la colección Cortaelaire), y a la que con tantos cuidados se entrega mi muy querido amigo y gran poeta Antonio Piedra –a quien la autora dedica uno de los poemas seleccionados- acompañado en esta colección por Eduardo Fraile. Seleccionamos pues, algunos de los poemas del libro, antología singular a la sazón, intitulado Todos los días (Acta lírica) de la poeta Carilda Oliver Labra, que ofrece lo más granado de su poesía publicada, acompañando, además, este espléndido elenco de poemas algunos inéditos para la ocasión, de los cuales reproducimos nosotros uno al final del post,  con el que tenemos el gusto deleitarles en esta señalada ocasión en el blog Ancile. Al final les invitamos a enlazar en un par de videos de Carilda Oliver Labra donde se la entrevista y recita.


Carilda Oliver Labra y su acta lírica, Ancile




 CARILDA OLIVER LABRA Y SU ACTA LÍRICA



Carilda Oliver Labra y su acta lírica, Ancile




Carilda Oliver Labra y su acta lírica, Ancile




Mira el retrato…
¡Fíjate bien!:
en lo que tengo tras la sien
hay arrebato.
Y la sonrisa
que por el rostro pasea,
como enfermiza,
es pena fea.
¿No has observado
esta nariz?
Es un rarísimo desliz…
¡Vaya pecado!
En la garganta
ya casi pura
cantando canta
mi sepultura.
No he de ocultarte que por la frente
anda cautivo
un ser ausente,
peor que vivo.
Mira mi boca
-¿será de hada, será de bruja?-:
me la he cosido con una aguja;
herida antigua que se sofoca.
Jardín de rasos elementales,
ya no es un vino;
y aunque le corto ala y camino
tiene una furia, sufre unos males…
Aquí en el pecho
inútilmente, no sin razón,
loco, maltrecho,
mi corazón
el tiempo olvida;
por una estrella lo cambia todo,
y muy a su modo
hace la vida.
Estas orejas
guardan secretos interesantes,
músicas viejas,
voces de antes.
Lo que me pierde
y me aniquila
es la pupila
trágica, verde:
jade en que huyo,
mito en desgracia,
hoja de acacia,
luz de cocuyo.
A maravilla
el mármol finge
de alguna estatua, de alguna esfinge
esta mejilla;
y sin embargo
es suave y dulce como una pera
y sólo espera
un beso largo.
¿Y mi cabello?
Pobre tesoro,
pájaro bello,
lluvia de oro,
sube que sube
se enreda siempre con una nube.
Soy algo boba,
soy algo miope.
(Uno me daña y otro me roba);
pero ando en sueños siempre a galope.
¿Ves este cuello?
Pues se me enfría…
Lleva la muerte como un destello
de poesía.
Vida absoluta.
Hay cierta monja que nunca azoro,
hay cierta puta
aquí en mi carne. Con ambas lloro.
Cuando mañana se vuelva ayer
no haré del polvo un parentesco:
¡en el retrato siempre parezco
una mujer!

(De desaparece el polvo)



CANTO A MATANZAS





Por el Pompón donde bebo,
por el Canímar que cruza
hacia el mar desde mi blusa;
por esta pena que muevo,
lo juro por Pueblo Nuevo
–que es de rodillas jurar–:
quisiera hacerte un cantar
con versos, con margaritas,
con jarcias y estalactitas
robadas a Bellamar.

Matanzas lenta: yo adoro
los líquenes putrefactos,
tus rayoneros, tus pactos
con crepúsculos de oro;
y sigo aquí, no demoro
mi cariño en toros valles.
Desde la Playa a Versalles
te repito como un cuento
y soy un ciclón violento
de soledad por tus calles.

¿Y qué decir de mi herida
que por la hierba se mete?
¿Qué decir de este juguete
en que ha parado mi vida?
¿Qué decir, tierra querida
donde acabaré este viaje
sin destino ni equipaje,
de aquel hombre, de aquel hombre
que dejó roto mi nombre
en medio de tu paisaje?

Te quiero porque eres triste,
triste como la tristeza;
te quiero por tu pobreza
de canario sin alpiste.
Te quiero porque trajiste
el verde justo en la sien;
pero te quiero también
por tu pan que tiene sueño,
por tu porvenir pequeño
de fósforo y henequén.

Te quiero porque me asombro
de tu majestad humilde,
y te quiero por al tilde
del nombre con que te nombro;
por esto que bajo el hombro
me defiende y me combate;
por mi corazón, que late
rebeldemente inconforme
como un campanario enorme
sobre el tiempo, en Monserrate.

Pareces sola una palma.
Exhibes en cada esquina
tu acuarela repentina.
Cuando madrugas en calma
mi carne se vuelve alma.
Tus ciegos se sienten mal
pues no ven la Catedral
ni el valle verde y abierto
ni el Ten Cents: frívolo injerto
de muchachas y cristal.

Matanzas: bendigo aquí
tus malecones mojados,
los árboles desterrados
del Paseo de Martí
y el eco en el Yumurí.
Y van mis lágrimas, van
como perlas con imán
o como espejos cobardes
a vaciar todas las tardes
sus aguas en el San Juan.

Sé quieta, sé solidaria,
sé amiga de la marea;
sueña, sueña que pasea
Plácido con su Plegaria.
Sé buena, sé legendaria;
oye un violín al revés,
oye el silencio; tal vez
cuando suena así la brisa
está llorando por Isa
el alma de Milanés.

Aunque a tu parque mejor
–ese bello como un cuarzo–
lo llaman algo de Marzo*
(que es llamarle lo peor),
la gente que tiene honor,
la gente azul de verdad,
la gente con claridad,
le sigue llamando: Mella,
porque rima con estrella,
con vergüenza y libertad.

Matanzas: siempre me curas
después que el amor me enferma.
Si tengo la dicha yerma
y las palomas oscuras
me das tus vendas seguras…
Si me sobra el corazón,
si mis labios besos son
y no le encuentro remedio
voy a la calle del Medio
y me compro una ilusión.

Tu pasado tiene un brillo
que no para de crecer,
¡qué pena da recoger
en tu historia algo amarillo,
pero pienso en el Morrillo
aunque no quiero pensar!
¡Qué pena da recordar!
De lejos casi se acaba:
allí Guiteras jugaba
con un rifle y con el mar.

Matanzas –misa en mis venas–:
beso tus patios con flores,
tus negros estibadores,
tus puentes y tus arenas.
Matanzas –droga en mis venas–:
beso tus mujeres malas,
beso el ruido de las palas
de tus obreros hermanos
y beso tus veteranos
para besarte las alas.

Fui a tu cine, fui a tu escuela,
fui a tu parque adolescente,
y cayó amorosamente
tu tierra sobre mi abuela.
Te debo la luz que vuela,
una cita en el recuerdo,
milagros que nunca pierdo
y un dolor como una ele
que apenas sé si me duele
debajo del seno izquierdo.

Te debo, Matanzas, ratos
de bohemia y de locura,
te debo una noche pura
y unos niños sin zapatos
y te debo aquellos gatos
al fondo de mi alegría,
la Plaza de la Vigía,
muchos versos en la frente,
el tedio de ser decente
y este azul de la bahía.

Todo te debo, Matanzas:
la Biblioteca, el estero,
tener alma y no dinero…
Te debo las esperanzas.
A mi pecho te abalanzas
con una pasión tan fuerte
que no basta con saberte
en mi sangre, detenida:
ya que te debo la vida
te quiero deber la muerte.

(De Tú eres mañana)



UNA CARTA DONDE DIGO: AMADO




En una carta donde digo: amado,
y después otras cosas en que exploto.
Es una carta simple, con un loto
y la letra del ángel dominado.
Una carta donde digo: usado
por este corazón que juega, roto.
Es una carta azul donde te boto
y más tarde te encuentro enamorado.
Es una carta, sí, con que te entrego
esta ilusión -palabra mentecata-.
Es una carta donde digo: luego;
pero entonces adjuro en la postdata,
y firmo de inmediato con el fuego
porque es mucha la vida que me mata.



(De desaparece el polvo)



ELEGÍA PARA DECIRME





Yo le recuerdo aquí: donde me duele
el color que le trajo a mi esperanza;
y le recuerdo aquí porque soy triste
y ya no puedo echarme entre sus lágrimas.
¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha;
si no me pareciera tanto a mis ojeras,
ni a esta tarde de invierno, así doblada!
Pero me acuerdo aquí de que anda lejos
el que vivió a la vuelta de mi espalda.
Me acuerdo de su nombre perezoso
que casi no quería ser palabra.
Me acuerdo de su risa mal abierta
riñéndole por dentro a la mirada,
y de su frente que crecía;
y de su voz inútil como el alba
y de un secreto que quedó inconcluso
aquel domingo en que amó la nada.
¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha!
Pero me duele aquí, donde me canso,
aquel hombre agobiado por crisálidas.
Pero me duele aquí, donde soy sola,
esta verdad metida entre dos alas.
Qué corazón saldría de este insomnio…
Pero soy todo el blanco que se acaba,
y no me porto bien con la alegría
por lo que traigo al sur de mi garganta.

(De Al sur de mi garganta)


CALLADOS POR LA TARDE, GRAVEMENTE




       
Callados, por la tarde, gravemente, 
sin elegir el sitio de la tierra,        
tú y yo nos besaremos como en guerra 
hasta quedarnos fríos frente a frente.        

Yo, cada vez más tumba que se ahonda, 
tú, cada vez más carne renovada,
acaso llames y jamás responda
cuando te vuelvas en mi cuerpo nada.
       
He de tragar entonces, con locura, 
en tu vaso de tórrida hermosura        
la sangre poderosa que se queja; 

y daré media vuelta hacia lo inerte,
perdida en esa luz que te refleja,
tan hambrienta de ti como la muerte.


(De Sonetos)



DÉCIMA A MARTÍ



¡Qué muerto muerto más vivo!
¡Qué muerto, Dios, menos muerto!
¡Qué dormido tan despierto
el Martí definitivo!
¡Qué muerto muerto más vivo!
¡Qué bala mala más mala!
¡Qué bala mala la bala
que saliendo de la guerra
dejó en mitad de la tierra
al que volaba sin ala!


(De Los huesos alumbrados)








Con tu presencia súbita de obrera
andabas trajinando en una espiga;
luego te vi, ya tarde, con la miga
del pan que me sobró. ¡Qué primavera

entraba con la verde enredadera!,
y yo, siempre de amores tan mendiga,
no supe ser tu madre, pobre hormiga;
no supe que mi cuerpo era tu acera.

Así cuando viajabas por mis brazos
caíste hacia la hierba con tus trazos
en un último intento de aventura.

Te pisé sin querer, mi niña oscura;
mas todos saben que me hará pedazos
alguna como tú... en la sepultura.








SOMBRA SERÉ, QUE NO DAMA




A Antonio Piedra

Muerte que me das la mano
pero no por ayudarme
sino para al fin quitarme
este sitio en el verano.
Es inútil, es en vano
que esté sorda cuando llama
tu frío sobre mi cama
porque llegará el minuto
en que, silencio absoluto,
sombra seré que no dama.

Procuro no hacerte caso,
te ignoro de compañera
aunque si ocupas la acera
nadie te quita del paso.
Te vuelves futuro vaso
donde no quiero beber,
y es tan grande tu poder
que casi sin asomarte
más que maña tienes arte
de acabarme la mujer.

Ayer dejaste una arruga
aquí en la frente que ganas,
me coronarás de canas,
tendré los nardos en fuga.
Eres la fatal oruga
que renace muchas veces.
Tú, porfiada, siempre creces
hasta volar, mariposa
que enemiga de una rosa
la alimenta de vejeces.

Por eso pregunto, muerte
que por mi carne paseas,
y mientras sueño aleteas
oculta en el gesto, inerte:
¿qué haces con esconderte
jugando a pronto y después
si me has puesto de revés,
si estoy por ti mal herida
y aunque suplique la vida
vas a pararme estos pies?


(De Error de magia)



MAÑANA




Hombre que se cayo de mi cintura
y tengo a la distancia del lucero,
te invito ahora a la caricia pura
por si ya pronto de verdad me muero.

Si para entonces en el patio sientes
Que salga alguna flor desde el cantero
Seré yo misma en pétalos lucientes
Que de mano imposible me apodero.

Y si la hierba llora como herida
Y si el trino seráfico aunque en guerra
Alza su amor de música escondida

Seré también el ojo que no cierra,
Sangre ya desbordante de tierra,
Hueso enamorado aún de la vida.




Inédito para el libro antológico “Todos los días (Acta lírica)”


Carilda Oliver Labra





Carilda Oliver Labra y su acta lírica, Ancile