viernes, 14 de junio de 2019

FOURIER Y LA ARMONÍA PASIONAL DEL NUEVO MUNDO (I)


Para la sección, Microensayo, del blog Ancile, traemos un nuevo post del profesor y filósofo Tomás Moreno, que lleva por título: Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo.

Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno



FOURIER Y LA ARMONIA PASIONAL 

DEL NUEVO MUNDO (I)


Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno


Natural de Besançon, cerca de la frontera suiza, hijo de comerciante lyonés, Charles Fourier (1772-1837) es uno de los más relevantes “enemigos del comercio” de la historia del pensamiento social occidental. Su juramento de “odio eterno” al mismo se fundamentaba en que, en su opinión, el comercio desarrollaba en el individuo todo tipo de impulsos egoístas y un desmesurado afán de lucro, y, sin embargo, hubo de dedicarse a él desde su juventud como viajante y encargado de la correspondencia de una casa comercial. Tras ganarse la vida en los más variados oficios en diversas ciudades, se instaló en París, dedicado a difundir sus doctrinas y encontrar adeptos capaces de hacerlas  realidad. El 10 de octubre de 1837, su portera lo encuentra muerto en su apartamento parisino, vestido de levita, arrodillado en medio de sus flores y de sus gatos.    Considerado como uno de los fundadores del Socialismo Utópico, junto con Saint-Simon y Robert Owen, en 1806 publicó su obra más polémica, Teoría de los cuatro movimientos[1], posteriormente, en 1822, el Tratado de la asociación doméstica y agrícola[2] y, en 1829, El nuevo mundo industrial y societario, obras que ampliarán su concepción original sobre la organización de los falansterios. El Nuevo Mundo amoroso[3], una de sus obras más importantes e interesantes, será publicada póstumamente por Simone Debout  en 1967, 130 años después de haber sido escrita. Pierre Klossowski nos lo recuerda como profeta de la felicidad, loco, visionario, poeta, utopista, reformador social, experimentador societario, inventor de extravagantes neologismos y vocablos. Por su audacia imaginativa, su actividad lúdica, su rechazo de toda represión y su atención al mundo infantil ha sido considerado como precursor del arte moderno, del psicoanálisis, de la pedagogía e incluso del urbanismo de vanguardia,[4]. E. Dühring lo definió como un “alquimista social”; Marx y Engels como un ingenuo y simple “novelista poético” e Italo Calvino afirmará: “Lo que debemos a Fourier, ese soñador sublime, único en su género, es la facultad de concebir un mundo completamente diferente, y el de describirlo hasta el menor detalle”.  
          
Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En su obra se encuentran los principios de una crítica radical del orden social existente en su época y toda una teoría de la civilización dependiente de una filosofía de la historia peculiar, así como un conjunto de propuestas para construir un nuevo mundo armónico. Según Fourier, el mundo había pasado por cinco etapas cada vez más degradadas: el estado de naturaleza, el salvajismo, el patriarcado, la barbarie -que identifica con la edad Media- y la civilización, época en la que Fourier escribía. En el desarrollo futuro veía una etapa intermedia de transición hacia las nuevas formas colectivas de convivencia (“garantismo”), y, finalmente, la humanidad remontaría hasta un período de realización plena de sus ideales más elevados de organización social denominado “sociantismo” o “Armonía”, que durará por espacio de 70.000 años, y cuyo principio o regla fundamental prescribirá que la felicidad de unos no debe fundarse nunca en una desgracia definitiva de otros.

            Para Fourier la civilización se define por tres constantes fundamentales: reprimir, corregir, moderar. Constantemente la civilización no es más que represión, corrección, moderación de lo “real”, en donde no introduce más que desorden, despropósito y violencia. Como ha hecho notar Roland Barthes[5], Fourier no intentará establecer una teoría “correcta” de la civilización sino sólo mostrar las condiciones prácticas de la liberación de la realidad social así moderada, corregida, y reprimida. La civilización es criticable desde el principio mismo de toda organización social que ella produce: cada hombre tiene en ella necesidad de la desgracia del otro. Tanto en economía como en política, los principios del liberalismo, basados en la competencia, están siempre de parte del más fuerte, del más mentiroso, astuto y egoísta. La sociedad está organizada sobre la incoherencia, la coacción y la división, de forma que selecciona los peores parásitos, tales como los rentistas, los soldados, los comerciantes, los científicos. Su crítica de la civilización –más allá de los aspectos económicos y políticos de la misma-  abarca también todos los aspectos de la “vida cotidiana” de los individuos: educación, familia, matrimonio, sexualidad, urbanismo, polución, descubriendo por todas partes las huellas de la coacción.

            En lo que se refiere al matrimonio burgués, por ejemplo, Fourier considera que los principios del mercantilismo presiden esa institución: no es más que un negocio basado en el engaño, donde todos son engañados, fuertes y débiles, hombres, mujeres y niños; todos coexisten en el disimulo y la agresividad contenida. Porque la civilización “ha organizado el régimen del amor basado en la coacción general, y por consiguiente en la falsedad general: porque donde hay un régimen coercitivo, sólo hay falsedad por todas partes. La prohibición y el contrabando son inseparables tanto en el amor como en el comercio”. La situación de “las jóvenes” se aproxima a la de la “esclavitud”: puestas en venta “a quien quiera negociar su adquisición y su propiedad exclusiva”; igual la de los “niños” “encerrados en su mejor edad” y tan mal educados por esos “educadores” que no tienen “ni los recursos, ni la pasión, ni los conocimientos, ni el discernimiento” necesarios para su educación. Pero el “sexo fuerte” tampoco conoce la felicidad. Fourier elaborará un irresistible “cuadro analítico del cornudaje”, pasando revista a 76 tipos de “cornudos” (¡sic!). Así describe a sus integrantes en El nuevo mundo amoroso:
           
Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En ciernes o precoz, marcial o fanfarrón, vigilante o cauteloso, irreprochable o víctima, por prescripción, por salud, regenerador o conservador, auxiliar o coadjutor, trascendente o de alto rango, federal o mancomunado, de estribo o prestanombre, embrujado o con cataratas, apóstata o tránsfuga, de urgencia o de salvaguardia, juicioso o de garantía[6].
           
            Y termina esta sabrosa enumeración con este breve recordatorio: “Moralistas, si atacáis un vicio como el adulterio, lo denunciáis en la mujer y lo toleráis en el hombre es porque es el más fuerte”. En este punto, como en muchos otros, su crítica supera de lejos la de Marx y Engels: más que un producto de la lucha de clases, el adulterio, como toda tara de la civilización, no existe para Fourier más que como una mentira a la que obliga la coacción. En resumen, todo está por hacer; hay que sustituir el mundo “civilizado” por el mundo “armónico”, tratando de pensar “al revés” de los principios y directrices impuestos por la civilización: la teoría de las pasiones o la ley de la atracción pasional se encargará de ello.
                En efecto, entre lo más fantasioso de sus afirmaciones, Fourier se ufanaba de haber descubierto en la conducta humana una ley comparable a la ley de la atracción física que Newton había descubierto en la vida natural. Esa ley -llamada ley de atracción apasionada o pasional- era la que gobernaba la conducta individual y también la que regía el mundo social. En el “Discurso preliminar” de su Teoría de los cuatro movimientos (1818) hace la siguiente síntesis de su concepción:

La primera ciencia que descubrí fue la teoría de la atracción apasionada […]. Pronto me di cuenta de que las leyes de la atracción apasionada se conformaban en todas sus partes a las leyes de la atracción material  explicadas por Newton; el sistema de movimiento del mundo material era el del mundo espiritual. Sospeché que esta analogía podía extenderse de las leyes generales a las leyes particulares y que las atracciones y propiedades de los animales, los vegetales y los minerales quizás estaban coordinadas de la misma manera que las de los hombres y los astros […]. Así fue descubierta la analogía de los cuatro movimientos: material, orgánico, animal y social. Apenas estuve en posesión de las dos teorías, la de la atracción y la de la unidad de los cuatro movimientos, comencé a leer el libro mágico de la naturaleza[7].         

            Fourier se da cuenta de que la civilización reprime una realidad que hay que rehabilitar con urgencia: la “pasión”, (luego llamada “deseo” y “placer”). Sólo la sociedad ha decretado cuáles son las buenas y las malas pasiones, provocando así la fragmentación, la atomización, las guerras, la coacción. Sólo el respeto de todas las pasiones en la atracción apasionada, y su combinación sucesiva de atracciones, conducirá al género humano a la unidad y a la armonía universal. Frente a Freud, no es el principio del placer el que debe acomodarse al principio de realidad, sino al contrario. Si para Sade el placer era esencialmente agresión y transgresión y para Freud subversión (por eso la sociedad, so pena de perecer desgarrada por las pasiones e instintos, deberá recurrir a la represión y a la sublimación), Fourier, en cambio, afirmará que todas las pasiones y manías (“perversiones o desviaciones”) no son más que notas de la atracción universal. Es posible y deseable para él, por consiguiente, una forma de civilización humana sin represión y sin sublimación: una auténtica “utopía libidinal”[8].

Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En su ya aludida Teoría de los Cuatro movimientos, Fourier distingue 12 pasiones fundamentales, como las notas musicales, más una nota 13 (el pivote): 5 sensitivas (vista, tacto, gusto, olfato y oído; 3 distributivas o directrices consideradas “vicios” por los no iniciados (la mariposera o tendencia al cambio y a la variedad; la cabalística o afición a la intriga, espíritu de partido y la compuesta es la pasión de la fogosidad opuesta a la razón); 4 afectivas (amor, amistad, paternidad/maternidad y ambición) que, cuando se encuentran reprimidas, “atascadas”, se convierten en perjudiciales. La nº 13 es la de la unidad, que está reprimida en el mundo “civilizado” o de la “imbécil civilización”. Estas doce “pasiones” en sus múltiples combinaciones producían otras 810 pasiones para cada sexo, todas naturales y dichosas que determinarían la existencia de 810 tipos diferentes de personalidad. Y, por eso mismo, su falansterio está constituido por 1620 componentes, precisamente para que estén representados todos los caracteres de uno y otro sexo.

            El conocimiento de las pasiones tenía importancia a fin de agrupar a los individuos de manera que pudieran complementar sus propensiones y combinarse en labores que se identificaran con su temperamento, para lograr aquel objetivo cardinal de hacer el trabajo atractivo, ubicando a cada cual conforme a sus aficiones. Aceptadas totalmente, las “pasiones”  nos conducen a resultados socialmente beneficiosos para todos. He aquí, por ejemplo, uno de los hallazgos más sorprendentes y famosos de la pedagogía fourierana: los niños que se complacen en la suciedad se convertirán en beneméritos servidores de la “sociedad armoniosa” porque, para ellos, la limpieza urbana es placentera como un juego divertido. Como nos advirtiera Simone Debout, Fourier es el primero, o el único, de todos los socialistas románticos en llevar a cabo un explícito desplazamiento desde lo económico a lo psicológico, dado que, en su opinión, “la transformación social no depende de la sola reorganización industrial, sino de la metamorfosis de todas las relaciones ente los hombres y de los hombres con las cosas”[9].

            Para Pierre Klossowski, Fourier se revela en dicha obra como un pensador anti-Sade y anti-Freud, sin que su conocimiento de las pasiones humanas haya sido menor que el de ellos. Es realmente un autor escandaloso, que con Sade y Freud, se opondrá a una tradición ética, moral y cultural de casi dos mil años, coincidiendo en cierto modo con aquellos en una “visión negativa del judeocristianismo”. Reivindicado por Mayo del 68, Octavio Paz comentará que Fourier fue un adelantado de la liberación de la mujer y de la liberación sexual por haber soñado un mundo sin represión, y por haber descubierto con enorme soltura cosas que a Freud le habían costado mil trabajos pensar:

“La figura de Fourier es central lo mismo en la historia de la poesía francesa que en la del movimiento revolucionario. No es menos actual que Marx (y sospecho que empieza a serlo más). Fourier piensa, como Marx, que la sociedad está regida por la fuerza, la coerción y la mentira pero, a diferencia de Marx, cree que lo que une a los hombres es la atracción apasionada, el deseo. La palabra “deseo” no figura en el vocabulario de Marx”[10].

 
 
TOMÁS MORENO
 
 
 
 



[1] Charles Fourier, La armonía pasional del nuevo mundo, Taurus, Madrid, 1973. Se trata de una selección de los siete primeros volúmenes de sus Obras Completas (Teoría de los cuatro movimientos, Teoría de la Unidad universal, El nuevo mundo industrial y El nuevo mundo amoroso) conservando un coherente y amplia unidad temática.
[2] Publicada en versión castellana reducida con el título de Charles Fourier,  Doctrina social (El Falansterio), trad. de José Menéndez  Novella, Ediciones Jucar, Madrid, 1978.
[3] Le Nouveau Monde Amoureux  formó parte de sus escritos inéditos y fue publicado por Simone Debout, en éditions Anthropos, París, 1967. Existe una versión parcial del mismo en castellano –el dossier 2 de sus manuscritos: “Des harmonies polygames  en amour”- de Miguel Gimenez Saurina, publicado con el título de Elogio de la Poligamia, Ediciones Abraxas,  Barcelona, 2005.
[4] Pierre Klossowski, “Sade y Fourier” en Aproximación al pensamiento de Fourier, Octavio Paz y otros, Castellote, Madrid, 1973, pp. 107-146).
[5] Cf. Roland Barthes, Sade, Fourier, Loyola, Seuil, París, 1972.
[6] La armonía pasional del nuevo mundo, op. cit., pp. 217-279.
[7] “Teoría de los cuatro movimientos”, en Charles Fourier, La armonía pasional del nuevo mundo, op. cit., pp. 61-64.
[8] Cf. Eduardo Subirats, Utopía y subversión, Anagrama, Barcelona, 1975.
[9] Simone Debout, L’Utopie de Charles Fourier, Payot, París, 1978.
[10] O. Paz, Aproximación al pensamiento de Fourier, op. cit., pp. 145-160


Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno


jueves, 13 de junio de 2019

MODOS DE SER REAL: EN MATEMÁTICAS Y POESÍA

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Modos de ser real: en matemática y poesía.


Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo



MODOS DE SER REAL:

 EN MATEMÁTICAS Y POESÍA




 Si el gnomon en geometría es aquella figura que, tras ser aplicada a una forma geométrica, generará otra similar, podemos deducir cómo el número puede servir de puente y conexión (de las percepciones) con el sentir y manera de elaborar lo percibido que tiene el alma (psique)  para hacer reconocibles y numerables las cosas, mas no sólo las que lo son de facto, inmediatamente, también aquellas que pueden no serlas de manera inminente.

                En cierto modo estamos emparentando este proceso de conexión con el curso de la  poiesis (creación o producción), que adquiere  en este caso primordial para el desvelamiento (que diría Heidegger) de la realidad. No en vano en matemáticas (y en poesía)  el número –el verbo medido- hace germinar  los mismos entes que conforman la realidad que, acaso,  son connaturales a la misma realidad.  Lo mismo que el número es la última defensa  de una existencia en acto,[1] el verbo poético, estructurado según su singularidad lingüística y rítmica (métrica), hace que su discurso tenga entidad real pues, conlleva  para la conciencia, respecto aquello  que es (real), que sea verdaderamente inteligible. Diríase que las cosas que conciernen a la matemática (o nombra la  poesía) son naturalmente reales y existen por necesidad, cuestión que, a mi juicio, se manifiesta en su pretensión de ser o de alcanzar conocimiento a través de lo bello,  si es que la belleza es necesaria para inspirar la búsqueda de todo conocimiento, y si este último es el saber que da un verdadero sentido existencial. Por eso la poesía, como la matemática, ha de pensarse siempre en relación con la phýsis . Es así que lo abstracto que hubiere en el contenido poético (y matemático) es fundamental no solo para la descripción de lo que sea la realidad (no sólo de la naturaleza), también de lo que sea nuestro espíritu.
Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo

                Pero, ¿a qué espíritu nos referimos con la denominación  anteriormente aludida a este concepto? Es claro que nuestra referencia es la que pone en relación el alma (el espíritu, la psique, la conciencia), con la phýsis para su desarrollo y crecimiento –Platón- en el logos. Es una curiosidad única contemplar cómo este entendimiento ha de moverse en el ámbito de la paradoja[2] (incluso en la matemática[3]), si hemos de atender a lo material –phýsis- con los ojos de lo que no lo es . Está demostrado que estas paradojas en las que se mueve este saber son fundamentales, y esto porque la realidad está constituida por aquellas.

                El tiempo poético (que se diría circula en un perene presente) es una razón de peso para ver en la poesía la paradoja del ser y el tiempo como una natural realidad constitutiva de su discurso y de la realidad que aprehende. El orbe poético es divisible (en un potencial análisis conceptual del mismo) pero no puede ser actualmente dividido (analizado) porque ahora está donde está y es lo que es[4] , y es que nada puede moverse en el instante (presente) que domina el tiempo poético, y es que el tiempo de la poesía no es el tiempo de lo que se mueve y se analiza,  paradójicamente, lo paradójico se vuelve real en un movimiento que es creación, o lo que es lo mismo oposición al caos –el ápeiron- de las sensaciones que invitan a la confusión de lo inaprensible en el infinito.

                Seguiremos con casos más concretos y comprensibles en próximas entradas abundando sobre la realidad en sus no siempre evidentes dimensiones.






Francisco Acuyo



[1] Zellini, P.: La matemática de los dioses y los algoritmos de los hombres, Siruela, Madrid, 1018, p. 62
[2] Expresaba como “ciencia de la paradoja”; ver: Acuyo, F.: Fisiología de un espejismo, Artecittá, Granada, 2005.
[3] El ámbito del concepto matemático de infinito da cuenta de esta realidad en el dominio de esta ciencia.
[4] Whitehead, A. N.: Proceso y realidad.



Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo

lunes, 10 de junio de 2019

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: ¿ACASO SON LA VERDAD DE MAÑANA?


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, escrito para la ocasión por el profesor y filósofo Tomás Moreno.


Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, Tomás Moreno



LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: 

¿ACASO SON LA VERDAD DE MAÑANA?



Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, Tomás Moreno



En el capítulo final de su obra sobre Los Socialismos utópicos, Dominique Desanti pone de manifiesto las evidentes diferencias que podemos percibir en los distintos modelos sociales premarxistas, calificados de utópicos, así como en sus creadores: “Al leer sus obras y penetrar sus vidas, nada parece unir al aventurero Saint-Simon con el delirio doméstico y metódico de Fourier, o al materialista Babeuf y a su discípulo Cabet, creador de un “nuevo cristianismo2. Sin embargo, entre Babeuf y Cabet, comunistas y Owen reformador y devoto de las finanzas y Fourier, el bucólico enemigo de las ciudades, son más fuertes los rasgos comunes que las diferencias”[1].
            Hijos de la Revolución francesa, de ella extrajeron sus valores más importantes. En efecto, todos los socialistas utópicos participaron, en fin, del mismo legado; sus  fuentes o antecedentes fueron los mismos: Tomás Moro, Tommaso Campanella, el Código de la Naturaleza de Morelly, Rousseau, los ideólogos de la Revolución francesa (Robespierre), Babeuf, Buanoarroti etc. Una concepción optimista de la historia fundamentada en la idea ilustrada del progreso de las sociedades de Condorcet, la del Hombre Nuevo forjado por la educación así como la fe en que la Edad de Oro no se encuentra en el pasado sino en el porvenir, como llegó a vislumbrar o profetizar Saint-Simon.
Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, Tomás Moreno            El segundo de los rasgos comunes a destacar, es la valoración del trabajo como rechazo de la ociosidad nobiliaria, una idea nueva en Europa. Antes de 1789, en efecto, el estamento nobiliario no trabajaba, sus títulos, privilegios y tierras/posesiones les eximían de la penosa carga de trabajar para sobrevivir. Los “socialistas utópicos” lo revalorizaron sin excepción. Rechazaron el trabajo forzado que encadenaba al obrero –hombre, mujer o niño- a la fábrica de 12 a 18 horas diarias. Junto al trabajo digno, reivindicaron el descanso institucionalizado, el tiempo libre, la humanización de las condiciones laborales –todas ellas calificadas de imposibles de satisfacer, de pretensiones ilusorias e irrealizables, hoy día aceptadas en todos los países industriales y democráticos. Fourier consideraba que las ocupaciones de los  serían atribuidas según las pasiones (aspiraciones, aptitudes, gustos y variarían según el día y la hora para impedir rutinas y mantener el impulso. Cabet, por su parte, encabezaba la divisa de su “Viaje a Icaria” con estas palabras: “Primer derecho: vivir- Primer deber: trabajar- A cada uno según sus necesidades- De cada uno según sus fuerzas- Felicidad común”. La idea del trabajo limitado en el tiempo, del ocio enriquecido por las distracciones, de los “goces en común” fourieranos, el final de la célula familiar cerrada, una sociedad en la que cada uno sería el hermano del prójimo, en la que cada uno se vería afectado por el otro, es común a los socialistas utópicos[2].
            El rechazo de la violencia y de la guerra de clases, fue común a la mayoría de ellos. Ni racistas, ni sexistas o clasistas. El respeto a la diversidad de los seres y un pacifismo sinceramente profesado eran teóricamente, al menos, garantía de un régimen de vida apacible y respetuoso con los demás. Ninguno, ni siquiera el mismo Fourier, repudió la civilización, ni anheló retornar a un modo de vida “salvaje feliz”, al modo rousseauniano.” Las adquisiciones técnicas debían servir para los goces en común y la ciencia para liberar a los hombres de los trabajos difíciles”[3]. 
            En lo que respecta a las costumbres sexuales, no cabe duda de que Fourier fue el precursor de la libertad sexual, impulsando sin restricciones todo tipo de uniones sexuales, juegos orgiásticos de grupo, aceptando desde  las denominadas en su tiempo perversiones hasta el amor moral o platónico (“celadonismo”) entre hombre y mujer. Como nos recuerda Le Bras, Fourier con su dura crítica del matrimonio y su apelación al libre desarrollo de las “pasiones”, abrió el camino a la revolución sexual y al feminismo. Saint-Simon y sus discípulos también se caracterizaron por revalorizar a la mujer y su papel en la sociedad: el Nuevo Mundo societario futuro (profetizaba el Padre de la Iglesia sansimoniana, Enfantin) deberá ser gobernado por una Pareja, El Padre y la Madre. Prosper Enfantin buscará a “la Madre” hasta en Egipto. Augusto Comte, discípulo predilecto y también sucesor y seguidor del Conde, preconizó el  culto a “la virgen- madre” (que llegaría a encarnar su amante, Clotilde de Vaux). Icarianos y armonianos, por su parte, se quejaban del sexismo inconsciente por parte de la mentalidad de los varones de su tiempo.
Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, Tomás Moreno            Otros socialistas adoptaron, sin embargo, una actitud mucho más moderada, al respecto: conservaron la familia monógama y admitieron el divorcio sólo en casos excepcionales. “Proclamaban la igualdad del hombre y de la mujer en el hogar y su derecho al trabajo, pero con matices de importancia: Cabet, por ejemplo, pensaba que la opinión del marido debía ser preponderante y que la mujer debía consagrarse a las carreras médico-sociales; los socialistas eran aún más reservados en cuanto a los derechos políticos de la mujer: se opusieron vivamente en la Asamblea cuando en 1851 Pierre Leroux reclamó para las mujeres un derecho de voto solamente municipal; incluso las mismas mujeres, encabezadas por la escritora George Sand, pensaban que no debían ejercer derechos políticos, con la excepción de una pequeña minoría que sí los reclamaba (Flora Tristán, Jeanne Deroin o Pauline Roland).  Sucumbiendo a la mitología de la época que exaltaba en la mujer el ser todo “sentimiento”, los socialistas terminaron por temer incluso a esta sensibilidad, desempeñando una especie de tutoría o tutelaje paternalista sobre las mujeres”[4].
            Finalmente, y este tal vez sea, en opinión de D. Desanti, el rasgo fundamental de estos pensadores socialistas premarxistas, es que  todos ellos eran “históricamente optimistas” y “creyeron que el trabajo libre y aceptado alegremente, la educación, la atención no represiva en el niño y el respeto sin condescendencia a la mujer engendrarían una humanidad mejor”. La fuerza del ejemplo podría cambiar las sociedades. Estableciendo y constituyendo “comunidades ejemplares” podría “evitarse el sacrificio de una o varias generaciones en revoluciones violentas”. Todos, sin distinción de razas, sexo o edad, origen de clase, tenían derecho al goce común creado por su trabajo y su solidaridad[5].
            Antes de la Caída del Muro, al final de los años 80 del pasado siglo, nadie se atrevía a cuestionar las tesis revolucionarias y salvacionistas del comunismo marxista, apostando por los desvaríos del “socialismo utópico”. “Querer cambiar la vida de acuerdo con las recetas de Marx y Engels es una lucha revolucionaria. Querer cambiar la vida según Fourier, Saint-Simon, Cabet o Robert Owen es una chifladura”. ¿Cómo es posible y por qué en el primer tercio del siglo XXI, “las minorías, hippies o cristianas, revolucionarias o pacifistas, vuelven a creer en ellas?”, se pregunta con toda razón Dominique Desanti. La historiadora francesa termina su libro con estas certeras y suscribibles palabras: “Actualmente algunos de los elementos de su proyecto: derecho al ocio, derechos de la mujer, reglamentación del trabajo, psicología del niño, revolución en la educación y en la sexualidad, ya son leyes y realidades. Pero ha llegado ya el momento de examinar a la Utopía en su conjunto para saber si no será la verdad de mañana”[6].

TOMÁS MORENO



[1] D. Desanti, Los Socialistas utópicos, op. cit., p. 409.
[2] Ibid., pp, 410-411.
[3] Ibid., p. 412.
[4] Ibid., p. 412 -413 y Armelle Le Bras, en O.P. Ory, NHIP,  op. cit., p. 159
[5] Ibid, p. 413.
[6] Ibíd., pp. 414-415.


Los socialistas utópicos: ¿acaso son la verdad de mañana?, Tomás Moreno


miércoles, 5 de junio de 2019

LA REALIDAD Y LA LÓGICA (MATEMÁTICA Y POÉTICA)

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile  ofrecemos la entrada que lleva por título: La realidad y la lógica (matemática y poética).




La realidad y la lógica (matemática y poética). Francisco Acuyo


LA REALIDAD Y LA LÓGICA

 (MATEMÁTICA Y POÉTICA)


¿Cuándo decimos -lógicamente- que un ente existe en realidad? Apreciamos la realidad de cualquier objeto cuando lo apercibimos sensorialmente. Nadie duda la materialidad y entidad del mismo una vez tocado, visto… y medido en sus extensiones y cualidades. Mas, ¿cómo apercibimos la supuesta realidad de un ente lógico, y sobre todo, cómo sabemos que entidad se manifiesta de manera independiente de nuestras suposiciones lógicas? Se ha puesto gran énfasis en distinguir que una cosa era definir dichos entes y cosa bien distinta era crearlos.

                Al margen de la concepción clásica y nominalista de dichos objetos lógicos (cuestión ya avisada en anterior entrada),[1] es muy recomendable distinguir entre lo que lingüísticamente supone (el número, por ejemplo) y su realidad ontológica, sobre todo porque aquellas entidades abstractas son perfectamente susceptibles de existir y persistir en el contexto espacio temporal de la existencia. Todo parecía indicar que la abstracción matemática (y poética, veremos), coexisten y viven de manera inseparable en el dominio de la matemática (y de la poesía), aun reconociendo que hay evidencias y certezas matemáticas que diríanse provenir de otra dimensión bien distinta a la realidad   No en vano será los dioses quienes quienes son los primeros en plantear las cuestiones matemáticas (Esquilo),[2] y así mismo las divinidades las que dictan los versos al poeta elegido. Esta transmisión trascendente del número y del verso está intrínsecamente integrado en la naturaleza y obedece a unas leyes matemáticas (y poéticas).

La realidad y la lógica (matemática y poética). Francisco Acuyo
                Las relaciones entre número y figura (geométrica), verso e idea motivadora del poema, se hallan imbricados en las magnitudes que solo acaban siendo resolubles a través de ecuaciones y proposiciones que tienen que afrontar la realidad de lo finito, mas también de lo inconmensurable. Así pues, con Platón, debemos reconocer que la matemática (y la poesía, cuestión esta última más controvertida por el filósofo), sirven para facilitar la radical conversión del alma desde el mundo del devenir al de la verdad y el ser.[3] Será, en fin, la analogízen) analogía la que establezca la relación entre la diversas cosas y las traiga al mundo espacio temporal de nuestra realidad existencial.

                De la manera en la que el alma (la psique) piense (e intuya y sienta) el número (y el verso)  para conectarla a las diferentes percepciones de las que es capaz el alma, será cuestión que debatiremos en la siguiente entrada de este blog.

Francisco Acuyo



[1] Ver anterior entrada
[2] Prometeo
[3] Platón, La república, p. 525.





La realidad y la lógica (matemática y poética). Francisco Acuyo


sábado, 1 de junio de 2019

SOCIALISTAS UTÓPICOS[1]. UNA BREVÍSIMA HISTORIA (I)


Prosiguiendo con la temática de la utopía, traemos para la sección, Microensayos, del blog Ancile, el post del profesor Tomás Moreno que lleva por título: Socialistas utópicos. Una breve historia.


Socialistas utópicos. Una breve historia. Tomás Moreno


SOCIALISTAS UTÓPICOS[1]

UNA BREVÍSIMA HISTORIA (I)


Socialistas utópicos. Una breve historia. Tomás Moreno



En septiembre de 1814 escribía Karl Marx a su amigo Arnold Ruge estas palabras: “Se verá que desde hace mucho tiempo el mundo pose el sueño de una cosa de la que tan sólo le falta tener la conciencia para poseerla realmente”. Ello no le impidió calificar de “utopistas” a los pensadores que, desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX, intentaron hallar un lugar en la tierra en el que realizar sus irrealizables sueños, anatematizándolos como socialistas ingenuos, idealistas y románticos, en contraste con los únicos socialistas dignos del nombre de científicos, sus seguidores.
            El término socialista (“socialist”) fue usado probablemente por primera vez en 1827 en la revista oweniana “Co-operative Magazine”, y socialismo (“socialisme”), en 1832, en “Le Globe”, órgano de los saint-simonianos dirigido por Pierre Leroux: precisamente y lo difundió a través de la Revue encyclopédique  y de L’Enciclopédie nouvelle. Todos los expertos en teoría e historia política coinciden en señalar como los primeros grupos socialistas a los saint-simonianos y los fourieristas en Francia y a los owenianos, en Inglaterra, unidos todos ellos por su crítica a la política, por privilegiar la “cuestión social” y por tratar de abolir la propiedad privada, fuente de la “desigualdad” entre los hombres, y sustituirla por alguna forma o modalidad de propiedad colectiva de los instrumentos de trabajo. Coincidieron también todos ellos en su empeño por experimentar modelos comunitarios de vida, planeados  con exactitud geométrica e igualitariamente previstos hasta en los menores detalles en todo lo concerniente a las comidas, el vestido, la arquitectura, los horarios, el trabajo, las relaciones afectivas y sexuales etc., y destinados a expandirse y multiplicarse por imitación o contagio  en forma de “falansterios” fourerianos, “armonías” owenianas,  comunas o “colonias” icarianas de E. Cabet etc. La ciega confianza en la educación de las jóvenes generaciones como instrumento esencial para la superación del individualismo egoísta y la instauración de una nueva sociedad más justa y benéfica, fue otra de las características por todos compartida.
Socialistas utópicos. Una breve historia. Tomás Moreno

            Como ha señalado Armelle Le Bras-Chopard[2],  los pioneros socialistas  no sólo conservaban de la filosofía ilustrada del XVIII, de la que se decían herederos, el materialismo, la fe en la bondad de la naturaleza humana y en el poder de la razón, sino también la fe en el Progreso, base de su filosofía de la historia procedente de Condorcet, sino también el deseo de igualdad, el instinto amoroso o la aspiración a la unidad y a la armonía que informa el discurso utópico. Contaban ciertamente con precedentes por todos conocidos: lasideas socialistas” -bien que con otras denominaciones- ya habían sido expresadas anteriormente, al menos desde de autores como Meslier, Mably y Morelly,  de fines del XVIII, y por supuesto, si nos remontamos mucho más atrás, por parte de Platón, Tomás Moro o de toda la tradición literaria utopista del Renacimiento. Sin embargo, en todos esos casos eran manifestaciones –preconizadoras de sociedades igualitarias y económicamente organizadas en un comunismo de bienes- que tenían un carácter aislado, espontáneo y sin continuidad.
            En consecuencia, y a pesar de la divergencia existente entre sus respectivas visiones utópicas, son esos tres pensadores reformistas  (Saint-Simon y Charles Fourier en Francia y Robert Owen en Inglaterra) referencia obligada a la hora de situar el inicio del pensamiento socialista de una manera explícita y sistemática. Sin embargo, solamente Saint-Simón nos ofrece la particularidad de –además de ser “socialista”- desbordar el marco definido del “socialismo utópico” stricto sensu, para representar, por una parte, el enlace entre la tardía Ilustración y el Positivismo naciente y, por otra, el inicio del filón cientificista y tecnocrático del socialismo en general. Es, sin duda, el filósofo pionero de la sociedad industrial.               
            A propósito estos tres pensadores, Marx y Engels reconocieron el valor crítico de sus doctrinas de carácter positivo acerca de la sociedad futura, las que predican, por ejemplo, que en ella “se borrarán las diferencias entre la ciudad y el campo” o las que proclaman “la abolición de la familia, de las ganancias privadas o del trabajo asalariado”, así como el anuncio de  “la armonía social, la “transformación del Estado en un simple organismo administrativo de la producción”, pero atribuyen al escaso desarrollo del proletariado y de la lucha de clases el hecho de que “estos sistemas reconocen ya el antagonismo de clases […] pero no perciben todavía en el proletariado una función histórica autónoma, un movimiento político propio y peculiar”[3].
Socialistas utópicos. Una breve historia. Tomás Moreno
            Por otra parte el fracaso de esas comunidades reforzó, en opinión de Le Bras-Chopard, la severa crítica del marxismo hacia los utopistas, al evitar pasar por la política para realizar sus reformas y proyectos sociales, lo que hizo que sus autores fuesen llamados “utópicos”. Marx y Engels opusieron a la multiplicidad de sus “maquetas” la unidad del materialismo histórico, considerado el auténtico socialismo, “el socialismo científico”[4]. En su opinión, el “socialismo  científico” era el único que veía en la formación del proletariado industrial la auténtica vía de  transformación comunista de la sociedad, en la lucha de clase revolucionaria el método de esa transformación, y en las contradicciones objetivas del “modo de producción capitalista”  el inicio de su necesario fin y de su paso, también necesario, a un “modo de producción” superior.    No obstante ello, Marx y Engels no dejaron valorar positivamente muchos aspectos del “socialismo y comunismo crítico-utópico”, distinguiéndolo netamente del “socialismo reaccionario” (representado por escritores y pensadores que idealizaron las relaciones sociales del Antiguo Régimen) y del socialismo burgués de Proudhon, que no cuestionaba la substancia de las relaciones capitalista de producción.
            La denominación de “comunista” de ese socialismo científico, asumida por la “Liga de Los Justos” en 1847 y por el “Manifiesto” de Marx y Engels, denota el clasismo de la nueva orientación con relación a los precedentes “sistemas socialistas”. En los prólogos de 1888 y 1890 al Manifiesto Comunista, Engels subrayará cómo en 1847 “socialistas” eran los owenistas y los fourieristas y los grupos más diversos de reformadores sociales, y “comunistas”, aquellos otros grupos obreros organizados sobre bases radicales, como los seguidores de E. Cabet y W. Weitling: “En 1847, el “socialismo” –sostendrá el amigo y colaborador de Marx- designa un movimiento burgués, el “comunismo” un movimiento obrero”.        
            En 1839 todos estos grupos de “socialistas no marxistas” fueron denominados “socialistas utópicos” por el economista J.A. Blanqui en su Historia de la economía política, mientras se comenzaba a distinguir entre socialismo y comunismo. Denominación  (“socialismo utópico”) que será consolidada por la clasificación de la literatura socialista y comunista realizada por Marx y Engels en el Manifiesto del partido comunista (1848). (cont.)

TOMÁS MORENO




[1]Nota del autor a los lectores: Dos grandes narraciones que les recomiendo sinceramente, amables lectores, nos informan de la apasionante historia del socialismo utópico desde sus orígenes, avatares, características y protagonistas hasta su proyección, legado y reflejo en la historia de nuestro tiempo. Dos relatos, uno histórico-ensayístico (“Hacia la estación de Finlandia” de Edmund Wilson, publicado originalmente en 1940, y en 1972, en su versión española por Alianza editorial)  y el otro propiamente novelístico (“El paraíso en la otra esquina”, de Mario Vargas Llosa, publicado en el 2003, por Alfaguara). Su lectura haría innecesaria la búsqueda de información sobre esta temática en cientos de ensayos -académicos o de mera divulgación como el que os ofrezco en esta y sucesivas entregas- mucho menos bellos literariamente, más aburridos y difíciles de encontrar).     
[2] A. Le Bras Chopard, “Los primeros socialistas”, en Pascal Ory (Dir.), Nueva Historia de las Ideas Políticas, Mondadori, Madrid, 1992, pp. 156-165. Véase también,  A. L. Morton, Las utopías socialistas, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1970; Isabel Cabo, Los socialistas utópicos, Ariel, Barcelona, 1995. 
[3] Federico Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, Ricardo Aguilera Editor, Madrid, 1968, pp. 39-53.
[4] A. Le Bras-Chopard, en Pascal Ory, NHIP, op. cit.,  p. 157.



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