viernes, 22 de octubre de 2021

ELOGIO DE LA DECEPCIÓN DE FRANCISCO ACUYO, PRIMERA ENTREGA

 El filósofo Tomás Moreno, prologuista de la nueva edición del libro Elogio de la decepción, nos habla del libro con la precisión y aviso que nos acostumbra. Lo publicamos para su sección de Microensayos en dos entradas y bajo el título Elogio de la decepción de Francisco Acuyo.




ELOGIO DE LA DECEPCIÓN DE FRANCISCO ACUYO,

 PRIMERA ENTREGA

 

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, Tomás Moreno


Los que conocemos a Francisco Acuyo, sabemos de sus intereses por todos los aspectos imaginables del mundo de la cultura, de las artes, de las ciencias y de las humanidades.  Evidentemente, no existen para él las dos culturas separadas o divorciadas que denunciara en su día C. P. Snow, en su famoso libro Las dos culturas (1959)[1]. Sus intereses e inquietudes culturales van desde la astronomía o la electrónica al budismo zen; desde la métrica poética y la preceptiva literaria hasta el teatro; desde las más novedosas teorías matemáticas hasta la mística castellana.

Es de destacar, también, su encomiable curiosidad por el cine de vanguardia o por la física cuántica; por el arte de todos los tiempos, así como por los más complejos y profundos ensayos filosóficos. Cultiva, con excelencia, además de la poesía, la semiótica y el diseño artístico (prueba de ello es el exquisito gusto con el que maqueta e ilustra todas las entradas de su bello blog). Sin olvidar su afición -confesa- a la música extremada de las celestes esferas del maestro Francisco de Salinas (que tan bellamente evocara fray Luis de León) y a la soledad sonora sanjuanista, embriagado por la mística contemplación de la naturaleza.

            No voy a seguir con su semblanza, pues nos impediría ocuparnos del asunto para el que he sido convocado, que no es otro que la presentación del libro, Elogio de la decepción: que es lo que ahora nos interesa. Pero, antes de meternos a fondo en el contenido del mismo, quiero detenerme, aunque sea muy someramente, en subrayar y enfatizar la profunda significación cultural de este acto al que estamos asistiendo -y más en unos tiempos como los que ahora vivimos de penuria y pesimismo, en los que, además, por si fuera poco, la incuria, el utilitarismo materialista más soez y el filisteísmo más vulgar campan por sus respetos por doquier.  Sabemos, por experiencia, que la incomprensión, el olvido, la soledad o el simple desprecio es la única respuesta que van a obtener todos aquellos que se dedican por libre a estas actividades tan inútiles del espíritu o del intelecto.

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, Tomás Moreno

        El libro de Francisco Acuyo que presentamos incluye en su título el término o palabra “elogio”. Es efectivamente un “elogio”. Lo cual exige, desde el punto de vista de la preceptiva literaria, explicar en qué consiste el “Elogio” como género de pensamiento o como composición literaria. El término “elogio” procede del latín “elogium”, que a su vez deriva del vocablo griego “ellogión” (del sustantivo “logos”, en el sentido de “palabra”). Se aplicó en sus orígenes en la antigua Roma a las inscripciones que se hacían sobre tumbas, exvotos y estatuas, alabando la personalidad y/o las hazañas del muerto o del representado en ellas. Hoy se entiende por “Elogio” en sentido literario como una composición en la que se alaban (“laudatio”) las cualidades positivas de las personas por sus méritos, conducta, dotes físicos (fuerza), estéticos (belleza) o morales (valor, arrojo, sentido de la justicia), y por extensión pueden aplicarse a la alabanza de animales, objetos/cosas, entidades ideales o estados de ánimo (tristeza, alegría o pasión). Se distinguen varias formas o tipos de elogio literario, empleadas por los clásicos griegos y latinos (Anacreonte, Píndaro, Horacio, Ovidio):1) el elogio fúnebre dedicado a un personaje familiar, cercano (padres, hermanos, amigos/as, amado/amada, maestros o precptores etc.); 2) el elogio religioso dedicado a honrarlos dioses (Afrodita, Apolo, Hermes); 3) el elogio público o heroico: dedicado a los héroes políticos y guerreros, reyes, nobleza, caudillos, mecenas etc.

En la literatura del Renacimiento es de destacar el famoso Elogio de la locura (Encomium moriae, encomio de la necedad o de la estupidez) del humanista cristiano Erasmo de Rotterdam, que es una sátira contra las costumbres y prácticas eclesiásticas. En nuestro tiempo son muy conocidos y valorados dos libros que incluyen la palabra “elogio” en su título: un poemario, “Elogio de la sombra”, de Jorge Luis Borges, y  “El Elogio de la sombra”, del escritor taoísta japonés Juni´chiro Tanazaki, un mini-tratado de estética taoísta. Uno de los más conocidos de nuestro tiempo es el “Elogio de la imperfección” de Rita Lévy Montalcini, científica neurofisióloga italiana, premio Nobel de medicina en 1986, una emocionante autobiografía.

Si repasamos las distintas composiciones o elogios literarios podemos encontrar una diversidad variopinta y casi infinita de “motivos” o “entidades” objeto de elogio, a saber: elogio del silencio, de la nada, del humo, de la noche, de la silla, de la poesía, de la primavera; e incluso de seres vivos humildes como el Elogio del gato de la francesa Stephanie Hochet o como el Elogio del asno de Camilo José Cela, e incluso de otras entidades todavía más insignificantes como la cebolla “Oda a la cebolla” de Pablo Neruda) o el “Cántico dolorosa al cubo de la basura”, de Tomás Morales. Nótese que hemos incluido bajo la etiqueta de “elogio” otras composiciones poéticas con nombre diferente (como oda o cántico). Lo hacemos porque en ellas uno de sus elementos definitorios y más destacables es que la mayoría de las Odas y Cánticos son composiciones lírico-poéticas en las que el tono dominante en ellas es la Laudatio (alabanza, celebración, panegírico, enaltecimiento, celebración, loa o elogio) de alguien o de algo. Entre ellas podemos recordar La Oda a Walt Whitman de Federico García Lorca; la Oda a la vida retirada de fray Luis de León; o la Oda a la alegría de Friedrich Schiller. Finalmente podemos encontrar cierta afinidad con el Elogio en la Elegía, composición  que manifiesta un sentimiento de dolor,  o Lamentatio, ante una desgracia individual o colectiva; aunque también pueda incluir e incluya en casi todas “de hecho”, la Laudatio, esto es: la alabanza y encomio de las virtudes y méritos de una persona o conjunto de personas (comunidad) desaparecidas. Incluimos en este grupo Elegías tan famosas como  Las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique; el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca, o la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández.

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, Tomás Moreno
Una vez aclarado este punto, pasemos al análisis de su estructura y contenido. El libro de Francisco Acuyo, cuyo título completo reza así Elogio de la decepción y otras aproximaciones al dolor y la belleza, está dividido en dos partes bien diferenciadas, a saber: ell "Elogio de la decepción", que es la Primera Parte,  y el titulado  "De las cuatro nobles verdades y la inferencia de una Quinta y Santa Verdad", que constituye la Segunda parte del libro. Cada una de las cuales se subdivide a su vez en distintos apartados, capítulos o reflexiones. Les confieso que, dada la complejidad del mismo, voy a referirme en este acto de presentación básicamente al primer ensayo, aunque, lógicamente, les informe también de la temática tratada en segundo lugar.

         
   Desde el mismo Pórtico del ensayo nos admira ya la feliz elección de su título (algo, por otra parte, a lo que el poeta nos tiene acostumbrados: recordemos sólo algunos títulos tan sugerentes como No la flor para la guerra, La Transfiguración de la lira, Cuadernos del Ángelus o Vegetal contra mosaico, por citar sólo unos pocos). Si, de entrada, nos extraña la expresión utilizada de elogio de la decepción -aparentemente contradictoria pues parece un oxímoron-, al aprehender sus reflexiones al respecto, caemos en la cuenta de su idoneidad y pertinencia: pues la decepción será entendida entonces, no a la manera estoica de una resignación desengañada ante un evento infortunado y frustrante, como el desamor o el silencio de Dios, y generadora, en consecuencia, de un sentimiento paralizante y resentido, sino como la constatación de que el amor se afirma y fortalece, aún a pesar de esa primera vivencia decepcionante, desilusionante o dolorosa.

            Es más, desde esa primigenia decepción, es como el poeta-ensayista logra saltar a un nivel ambital distinto, diferente, en el que la decepción se ha convertido en punto de partida, en umbral iniciático de un nuevo Stimmung (estado de ánimo) que nada tiene que ver ya con aquella. Nos recuerda -y permítanme este inciso o excurso- la misma situación de los entrañables protagonistas de El Principito de Antoine de Saint-Exupery[2]: el anónimo piloto de aviación y el pequeño niño que mágicamente le sale al encuentro. El piloto en un principio confiesa estar decepcionado o defraudado de las personas mayores por su falta de imaginación. Cuando se halla reparando el motor de su avión en pleno desierto, advierte la presencia de un pequeño, de noble porte, que muestra interés en que le dibuje un cordero y le hace diversas preguntas sobre temas al parecer anodinos. El piloto, acosado por la necesidad urgente de resolver el problema mecánico de su avión, responde con cierta acritud. El pequeño, disgustado, rompe a llorar, y el piloto, entonces, conmovido, adopta frente a él una actitud más acogedora.

            Confiado, el niño le cuenta que viene de un asteroide muy pequeño y que visitó diversos planetas en busca de amigos, a fin de mitigar la decepción que le había producido la vanidosa flor de su asteroide. Pero todos ellos -con la excepción tal vez del farolero- carecían de la creatividad necesaria para encontrar en común un nuevo ámbito de existencia más creativo y fundar así una auténtica relación de encuentro. El tema básico del ensayo primero, el que da título esta obra  de Francisco Acuyo, consiste en subrayar la importancia que encierra el encontrarnos rigurosamente con las personas que constituyen nuestras raíces, nuestro entorno vital primario, más allá de las decepciones que nos pudieran haber causado. Cuando todo parece haber fracasado, una voz interior -“el principito que llevamos dentro”- nos advierte que tenemos todavía -a pesar de la ausencia, a pesar de la incomprensión, a pesar de los malentendidos y reproches, de la frustración o de la decepción- una airosa salida: dar el salto a un nivel superior de realización personal, a un nivel de relación dialógica (Yo-Tú) y de creatividad.

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, Tomás Moreno

            Con encomiable bagaje categorial y metodológico, Francisco Acuyo ha sabido considerar las emociones no como fuerzas extrañas, misteriosas, irracionales e incontrolables de la naturaleza humana, sino como respuestas inteligentes y adaptativas, que nos permiten ayudar a discriminar lo que es valioso e importante para nosotros, para decidir nuestras elecciones éticas en cada momento o circunstancia de nuestra vida. De esta manera, dos personas decepcionadas por distintos motivos, y abandonadas en el grado cero de la creatividad, en un desierto existencial hostil –en una aparente falta absoluta de nuevas posibilidades para hacer de sus vidas un juego creador- se unen en la búsqueda de una tabla de salvación que será la amistad. Y una vez que la descubren a través de su trato mutuo, pueden ya felizmente reanudar la relación perdida. Es la misma situación a la que F. Acuyo se refiere a lo largo y ancho de su ensayo.

            Debemos reparar, antes de nada, en que la decepción –eje de su discurso-- pertenece al mundo de las emociones. A lo largo de la historia de los estados de ánimo y de los sentimientos y pasiones humanas, las emociones no han tenido buena acogida. Se las entendía como energías, impulsos de orden animal, casi instintivo, algo de carácter irracional, sin conexión ninguna con nuestros pensamientos, figuraciones o valoraciones conscientes que imprimían a nuestras vidas un carácter irregular e incierto y proclive a los vaivenes más bruscos y violentos.

            Muy recientemente, sin embargo, en el ámbito de la neurofisiología, de la psicología y de la ética, ha cambiado radicalmente esa percepción de las emociones. Y ha sido, concretamente Martha C. Nussbaum, la gran filósofa estadounidense y premio Príncipe de Asturias para la Comunicación y las Ciencias Sociales (2012), quien, en su libro Paisajes del Pensamiento. La inteligencia de las emociones[3], con un admirable bagaje categorial y metodológico, ha sabido considerar las emociones no como fuerzas extrañas, misteriosas, irracionales y adaptativas que nos permiten ayudar a discriminar lo que es valioso e importante para nosotros, para decidir nuestras elecciones éticas en cada momento o circunstancia de la vida.

            Las emociones tienen, pues, un gran valor cognitivo y de discernimiento en el sistema de nuestro razonamiento ético y son indispensables para nuestro autoconocimiento. Y en consecuencia, no cabe duda de que deben ser atendidas y tenidas en cuenta a la hora de entender o de dirigir nuestra vida axiológico-moral, como guías fiables de nuestra existencia personal. Descubrir, en el aparentemente confuso material de la aflicción y del amor, de la decepción y de la ira, del odio y del temor -es decir: de las emociones y sentimientos en general- el papel cognitivo esencial que éstas nos ofrecen para nuestra vida moral y personal, ha sido el objetivo nuclear de su investigación.  


Tomás Moreno         



[1] C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza editorial, Madrid, 1977.  

[2] A. de Saint-Exupery, El Principito, Alianza Editorial, Madrid, 1997.

[3] Marta Nussbaum,  Paisajes del Pensamiento. La inteligencia de las emociones Paidós, Barcelona, 2008.



Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, Tomás Moreno


martes, 19 de octubre de 2021

SOBRE ELOGIO DE LA DECEPCIÓN

 Para la sección de Pensamiento del blog Ancile, traemos un nuevo post que se centra en la nueva edición del libro Elogio de la decepción, con prólogo del filósofo Tomás Moreno, recientemente presentado en la Feria del libro de Granada, entrada que lleva por título: Sobre elogio de la decepción.



SOBRE ELOGIO DE LA DECEPCIÓN

 


Sobre Elogio de la decepción. Francisco Acuyo



Elogio de la decepción, y sus aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, quizá no sea sino una larga y profunda reflexión sobre cómo es posible la excepcionalidad de la belleza en el mundo  frente a la constante ineludible del  dolor y el sufrimiento en la existencia. Pero acaso lo que hace de este libro algo diferente en sus introspecciones sea la convicción de que indagar en cualquier cuestión, aun no siendo aquella objeto de certificaciones y experimentos  objetivamente exactos, como la aseveración matemática del dos más dos son cuatro, sí de intentar la superación de la grosera opinión (doxa) que conjetura tosca y vulgarmente, se demanda la exigencia y atención a los hechos para advertir la verdad (episteme), incluso, o sobre todo, en asuntos o materias en la que la apreciación subjetiva les atañe fundamental mente. Es así que el dolor no puede medirse, como tampoco la belleza. Por eso el rigor ha de ser el máximo posible a la hora de establecer parámetros para una interpretación, si no precisa, al menos correcta en virtud de los hechos incuestionables de la existencia e intromisión vital de ambos fenómenos en la vida de los hombres. Sufrimiento y belleza, aun en contraste, son hechos incontestables que marcan el designio de los que con conciencia y aviso suficientes los ven desfilar e influir en el acontecer y sobrevenir década uno de los sucesos que alimentan el acervo de sus vidas.

Sobre Elogio de la decepción. Francisco Acuyo
            Para esa correcta aproximación establecemos en el libro una serie de parámetros orientadores en los que la decepción, como concepto y sobre todo como realidad vital, se establece como guía de máximo interés, en tanto que su experiencia emocional puede  conllevar, y de hecho así sucede, un racional, a veces científico  acercamiento al sufrimiento del que procede dicha emoción. Su experiencia da fe irrebatible de su factualidad. Se trazan en este libro, para una cabal y adecuada referencia, una suerte de magnitudes, imprecisas, sí, pero también incuestionables en nuestras vidas, a saber: la amistad, el amor, la rara necesidad de trascendencia, y todas ellas articuladas por la verdad del sufrimiento y la percepción y vivencia no menos extraordinaria de la belleza.

            En la era de la incertidumbre como principio incluso en la ciencia más dura cual es la física, ésta indeterminación e inseguridad, muy bien puede ampararnos en este propósito aparentemente extravagante cuando no inaudito de querer abarcar con seriedad lógica y racional lo más íntimo de nuestra conciencias: el agobio del sufrimiento y el éxtasis de la belleza.[1].

            ¿No es así que nuestra conciencia manifiesta una análoga y fascinante correspondencia con el funcionamiento de lo más básico de la materia en sus estructuras corpusculares básicas? Si las partículas ya no siguen trayectorias definidas (en el mundo cuántico) y su conocimiento se adhiere a una aproximación estadística, y de esta manera no podamos determinar  sino probabilísticamente su distribución en la realidad física del mundo, ¿no sucede algo similar a la hora de intentar determinar lo que mide o alcanza nuestro dolor y percepción de la belleza en el mismo mundo?

            Para hablar con algún rigor de las verdades que se manifiestan factualmente a lo largo del tránsito existencial de cualquier criatura con conciencia, y aun reconociendo la necesaria incertidumbre objetiva en lo que atañe a su magnitud, proporción o providencia, se manifiestan, insistimos, como hechos incuestionables en todas y cada una de las criaturas que sufren, se decepcionan o se deslumbran con el inopinado paisaje de lo bello que se arroja tantas veces ante nuestras miradas atónitas que no entienden cómo conjugar el dolor con la contemplación de las diversas manifestaciones de la belleza en nuestras vidas. Son hechos incontestables, digo, que marcan el ser y el devenir de cualquiera que sea testigo, cómplice, acreedor o paciente sufridor de estos hechos ¿contradictorios? que acaecen en sus vidas.

Sobre Elogio de la decepción. Francisco Acuyo

     El singular mecanismo de compensación del sufrimiento y deleite de la belleza es el que puebla con reflexiones varias estas páginas, decía: el amor, la amistad, la trascendencia y su manifestación silenciosa a través del dolor o la pasión y la belleza misma son las constantes del discurso de este conjunto de pensamientos que, nos conminan al reconocimiento de su realidad a un nivel idéntico al de cualquier manifestación fenoménica material  medible o sujeta a las incertidumbres de la ciencia de lo infinitamente pequeño, mas también la poesía, no sólo como manifestación estético literaria, sobre todo como impulso creador (poiesis) que da sentido a la existencia de las criaturas que intuyen o saben de su potencia. Son verdades irrebatibles que deberían hacernos meditar sobre el significado de nuestras vidas que, acaso, no están en modo alguno tan separadas de las de los demás como creemos, y que nos avisan del otro como otro yo mismo.

            La belleza vinculada al dolor es una vía abierta al reconocimiento fundamental (aunque en principio nos resulte inexplicable) de una realidad que nos hace iguales y distintos, si de manera semejante o muy diferente todos sufrimos y somos testigos de excepción de ese dolor y de esa belleza que parece indicar que el impulso creativo que caracteriza a la vida y a la conciencia humanas están asociados a esa intuición de trascendencia en la que, lo que es hermoso y lo que duele hasta la extenuación, están unidos en un ansia inexplicable de razón, de entendimiento y de vida duradera.

            La decepción es la potencia  que abre los ojos ante lo superfluo de nuestras vidas, la que expone descarnada y dolorosamente la realidad del sufrimiento y de sus causas para entender la alegría que sorprende con la belleza de este entendimiento, a veces doloroso, pues a pesar de tanto dolor, se alza inexplicable y arrebatador todo el cúmulo que es evidente e incuestionable de la belleza, expreso en la naturaleza, en la razón, en el arte, en la ciencia e incluso en las abstracciones más profundas de las que son capaces los seres con conciencia.

            Es así que, en fin, necesario reconocer la verdad profunda que encierra la decepción, si nos muestra el engaño, y nos ofrece el ethós (lo ético) como una realidad tan necesaria como incuestionable para hacer sostenible nuestro sufrimiento, si amparado siempre por la potencia trascendente de lo bello contemplado o conseguido, y es que la decepción es elogiosa porque sabiamente nos desengaña, nos revela y nos avisa.

 

 

Francisco Acuyo

 



[1] Recuerdo el principio básico de incertidumbre y relación de indeterminación  en la apreciación de la realidad más íntima de la materia establecido por el genio matemático y físico de Werner Heinserberg en 1927: la imposibilidad de conocer con precisión de terminados pares de magnitudes físicas, por lo que no se puede determinar con precisión simultánea y arbitraria la situación, pongamos, entre la posición de una partícula y su velocidad por lo que sólo podemos acceder a su realidad física de manera probable



Sobre Elogio de la decepción. Francisco Acuyo


viernes, 15 de octubre de 2021

TEORÍA Y PRAXIS MATEMÁTICA, FÍSICA Y POÉTICA DEL MUNDO

 Teoría y praxis matemática, física y poética del mundo, es el título de nuestro nuevo post para la sección de Ciencia del blog Ancile, en el que se sigue abundando sobre el concepto y percepción de realidad.


Teoría y praxis matemática, física y poética del mundo, Francisco Acuyo


TEORÍA Y PRAXIS MATEMÁTICA,

FÍSICA Y POÉTICA DEL MUNDO

 

 

Es todos reconocido que la filosofía de la ciencia ha tratado de proporcionar una orientación entre la teoría y la realidad prácticamente reconocible de lo que nos rodea. Se deduce que la ciencia (matemática, física y también poética, entendida esta última sobre todo como potencia creativa) son capaces de describir e interpretar la realidad del mundo y, desde luego, de hacer predicciones que tienen una evidente utilidad práctica (en ciencia, tecnológica, en poesía, expresiva... por ejemplo). La cuestión es que el debate (anteriormente anunciado) entre instrumentalismo y realismo no está en absoluto cerrado, y que estas posturas no son sino maneras de entendimiento de las actividades matemáticas, físicas y poético-creativas para dar significado o sentido a sus propias actividades científicas, reflexivas o artísticas.

                En verdad que antes de acontecer la teoría y la mecánica* cuánticas la interpretación de la realidad no ofrecía problemas verdaderamente serios. Pero cuando se empezó a representar la realidad (del mundo de las partículas) probabilísticamente, es decir, de forma matemática como un espacio de fases[1] en el que se representan las posibilidades de posiciones y velocidades de un sistema (que ofrece una muy particular realidad), la facilidad de interpretación de lo real acabaría por cambiar radicalmente, ya que abría la posibilidad de una superposición de estados en dicho sistema (dicho de manera coloquial, de estar en dos sitios al mismo tiempo)  

                Sería una opción razonable buscar una solución intermedia entre el instrumentalismo y el realismo más riguroso. En cualquier caso es muy conveniente reconocer que la realidad (convencionalmente aceptada) amparada por las teorías de la ciencia acaso reflejan estructuras de la realidad, pero en modo alguno la totalidad de sus entresijos. Son ampliamente reconocidas las limitaciones que ofrecen las versiones más realistas del dominio cuántico (las más literales al realismo tradicional ofrecen una realidad de multiversos como estructura de la realidad, así proclamada por Hug Everett).Igual sucede con la versión realista de David Bohm, que introduce partículas clásicas en interacción, cuya función de onda no está exenta de contradicciones en la aportación de este campo físico real, ya que entra en contradicción con el relativismo einsteniano[2] Será esta situación controv.0b etida  lleva a la mecánica cuántica al ámbito de las teorías de la información que a su vez implicaría el reconocimiento de la función de onda como una mera aportación informática que nada tiene que ver con la realidad, aunque este realismo (participativo)[3] los estados cuánticos no representan realidades independientes, sino estados relativos al sujeto que observa.

                El subjetivismo de lo anteriormente enunciado ofrece inevitablemente una visión de la realidad que a todas luces es mucho más compleja de lo que la física tradicional, no obstante, no se cansa en reafirmar. Se puede afirmar que la incompletitud interpretativa de la teoría cuántica no hace sino manifestar las limitaciones de la misma ciencia a la hora de ofrecer parámetros definitivos sobre lo que la realidad sea. La indefinición interpretativa a su vez pone de manifiesto la indiferencia de los mismos científicos en entender los fundamentos de la misma realidad.

                Pero este debate no es privativo sólo de la física, la matemática, la filosofía e incluso las artes creativas (poiéticas) han intentado dar una interpretación de lo que ofrece la realidad a la óptica de sus teorías y prácticas reflexivas, creativas o de especulación abstracta. Parece que  la cuestión de si son posibles los juicios sintéticos a priori kantianos no ha acabado de periclitarse. La ciencia empírica nos da muestras de su insuficiencia una vez más a través de la incompletitud interpretativa traslucida en la física cuántica y que la matemática (como la poesía) mantiene(n) una versión exegética de la realidad como manera tan imprescindible de entendimiento como las que pueden deducirse de las ciencias empíricas más estrictas.

                La universalidad y necesidad de la matemática, la filosofía, la poesía…. se mantienen intactas para aprehender la realidad del mundo en la novedad que son capaces de aportar para el entendimiento de este, estableciendo parámetros fundamentales para el entendimiento global de lo que la realidad sea. En próximas entradas abundaremos sobre estas y otras cuestiones de interés para el avisado o al menos curioso del saber de aquello que nos rodea  y que decimos es real así como su influencia o confluencia en nosotros mismos.

 

 

Francisco Acuyo

 

               

 



* Conviene distinguir entre ambas.

[1] Sus, A.: Mecánica cuántica: interpretación y divulgación, Investigación y Ciencia (Scientific American), número especial: La interpretación de la mecánica cuántica, Julio 2017, pág.15.

[2] Véase también las teorías del colapso, que mantiene similares inconvenientes.

[3] QBismo cuántico, teoría elaborada por el físico Christopher Fusch.




Teoría y praxis matemática, física y poética del mundo, Francisco Acuyo

jueves, 14 de octubre de 2021

REALIDAD MATEMÁTICA, FÍSICA Y POÉTICA: LA EXÉGESIS DE LA REALIDAD

 Proseguimos reflexionando sobre la(s)  estructura(s) de la realidad desde los diversas ópticas que nos ofrecen disciplinas tan (aparentemente) distantes como las matemáticas, la física o la poesía, y esto para la sección de Ciencia del blog Ancile. En esta ocasión bajo el título: Realidad matemática, física y poética: la exégesis de la realidad.


REALIDAD MATEMÁTICA, FÍSICA Y POÉTICA:


LA EXÉGESIS DE LA REALIDAD

 


Realidad matemática, física y poética: la exégesis de la realidad. Francisco Acuyo



LOS experimentos mentales son una de las más célebres manifestaciones del intelecto humano durante el siglo XX. Acaso una de las más controvertidas, también harto divertidas y dramáticas sea la del renombrado e insigne gato de Schrödinger,[1] y que vendrían a incidir en el problema de la medición cuántica. Cuestión esta de capital importancia para la ciencia, si en estas mediciones encontramos el sustrato físico para describir la realidad, aunque dicha computación y contabilidad se haga a través de herramientas matemáticas.

                Es el caso que si aceptamos que es posible crear un algoritmo que, matemáticamente puede describirnos y predecir  esta realidad esta probabilidad simultánea, el entrelazamiento cuántico no pasaría de ser una anécdota matemática más o menos ingeniosa y paradójica del ámbito teórico. Pero la cuestión es mucho más profunda (ya lo adelantábamos en anteriores entradas), debido a que dicha aproximación matemática nos sirve para predecir y describir la realidad.

                Si la teoría cuántica exige un amplio y riguroso esfuerzo interpretativo, y si esta es una instrumento de descripción y predicción de la realidad, necesariamente exige a su vez una no menos esforzada y seria aproximación a la realidad a la que se aproxima, no obstante no entraremos en discusión sobre su incidencia (bastante difícil por no decir casi imposible) en la cultura popular y sus inevitables distorsiones de la teoría  que llevan, por supuesto, a una no menos importante deformación de la realidad que tratan de describir y aproximar.

                Que la realidad se entiende como una sustancia objetiva independiente del observador forma parte indiscutible del realismo de sentido común anteriormente señalado. El instrumentalismo científico con el que realizar predicciones sobre aspectos que inciden en el mundo físico, mediante el que se cree que el algoritmo matemático no pretende describir realidad alguna que garantiza la independencia de esa realidad objetiva sobre el que interpreta dicha realidad.

                Pero también es cierto (y de hecho así lo muestran muchos científicos y filósofos de la ciencia), que en modo alguno puede rechazarse otro tipo de realidad participativa que incluyen a los mismos observadores de dichos fenómenos.

                Esta última aproximación a una realidad participativa, en matemáticas esto es algo perfectamente asumible habida cuenta de la diferencia reconocida entre unas matemáticas aplicadas al mundo de la materia, de otras puras, que se desarrollan en un ámbito estrictamente abstracto –personal y subjetivo que se atiene a unas directrices lógicas-  (siendo esto también motivo de controversias en el mundo de las mismas matemáticas). Qué decir del ámbito de los estrictamente creativo o poético, donde el individuo observador del mundo capitaliza toda su realidad.

                Ahora bien, ¿qué tienen en común –si es que tienen algo- las realidades matemáticas, físicas y poéticas del mundo? De estas analogías, que acaso serán las de teoría y mundo, hablaremos de manera más concreta en la próxima entrada de este blog Ancile.

 

Francisco Acuyo

 

 



[1] El cual podría estar vivo o muerto en una caja simultáneamente (estado de superposición cuántica), para explicar la interpretación de la mecánica cuántica según la escuela de Copenhague.



Realidad matemática, física y poética: la exégesis de la realidad. Francisco Acuyo


miércoles, 6 de octubre de 2021

LA LUZ Y SU CONSTANTE UNIVERSAL: LO REAL (COMO UN TODO) MÁS ALLÁ DE DICHA CONSTANTE

 La realidad y la diversidad de sus facetas (si es que en verdad las tuviera) es la temática que abordamos en estos últimos post del blog Ancile para su sección de Ciencia, en este caso bajo el título: La luz y su constante universal: Lo real (como un todo) más allá de dicha constante.




LA LUZ Y SU CONSTANTE UNIVERSAL:

LO REAL (COMO UN TODO) 

MÁS ALLÁ DE DICHA CONSTANTE

 



La luz y su constante universal: Lo real (como un todo) más allá de dicha constante. Francisco Acuyo


El uso –teórico y práctico- de la denominada constante universal de la velocidad de la luz ha sido y es en verdad útil y de una importancia incuestionable en física. El modelo de la relatividad general de Einstein así lo ha corroborado y puesto en evidencia, estableciéndose como un marco singular y capital para el entendimiento de la realidad física y de su fenomenología, así lo demuestra su aplicación para la mayoría de mediciones que tienen interacción con el universo.

                No obstante, no son pocos los cosmólogos que aún con herramienta tan poderosa de medición y sobre todo de predicción, no acaban de poder explicar, en virtud de sus aproximaciones, cómo es que el cosmos goza de semejante inmensidad y, lo que es aún más enigmático, cómo es posible ese grado homogeneidad manifiesto (uniforme en todas las direcciones) del que participa, sobre todo si la velocidad de la luz ha sido constante desde la génesis del Big Bang. Además, todo parece indicar que con la constante de la velocidad de la luz, el centro teórico del universo no alcanzaría el límite exterior del mismo, dando esto lugar a un universo heterogéneo, que no es precisamente lo que se observa.[1]

                Como vemos, las consecuencias de la naturaleza de la constante universal de la luz, no sólo afecta al ámbito de lo inmensamente pequeño (al dominio de lo cuántico), también en el terreno de lo inmensamente grande, como es el de la cosmología. Las relaciones de ambos territorios y su fenomenología no han tenido una convivencia precisamente pacífica en la física teórica. Buena cuenta de esta controversia (que no es nueva, data de los filósofos griegos, que ya conjeturaban que en la aparente diversidad del mundo ocultaba una unidad subyacente) la da el intento de llegar a una teoría unificada (Theory of Everything), mediante la cual establecer un modelo simple para unificar todas y cada una de las interacciones que son posibles en la naturaleza y sin contradicciones. Contradicciones extraídas, sobre todo, por lo observado en el mundo cuántico, donde el azar parece campar por sus respetos, dominio decimos al que a lo más a lo que podemos llegar (que no es poco) es al cálculo de probabilidades de que suceda un determinado evento cuántico.

                Este intento de unificar en una sola teoría las explicaciones sobre las interacciones de las fuerzas básicas de la naturaleza y sus respectivas interacciones (gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil) ha sido y es una constante  de la ciencia física, añadiendo la cosmología la necesidad de una fuerza inflacionaria así como la materia y la energía oscuras, que exigirían una suerte de partículas fuera del modelo estándar. De hecho la relatividad general y la física cuántica mantienen sus diferencias, cuya principal inconsistencia radica en la exigencia de la incorporación de la gravedad cuántica.[2]  De cualquier manera, la mecánica cuántica aplicada al ámbito de lo infinitamente pequeño se ha mostrado como una herramienta predictiva eficacísima, aunque deba reconocerse que una teoría total muy bien pueda resultar un imposible, sobre todo si atendemos a las derivaciones lógico matemáticas del teorema de la incompletitud de Gödel.[3]

                Todas estas idas y venidas en la búsqueda de una visión completa y coherente de la realidad del mundo ha tenido también, inevitablemente, que afectar (¿filosóficamente?) al concepto de realidad, y hasta qué punto podemos aspirar a reconocer lo que esta sea. De las aproximaciones que de ella se han hecho se ha podido abordar una panoplia grande de fenómenos con predicciones cada vez más exactas. De todas formas estamos lejos de un determinismo laplaciano de totalidad de conocimiento de lo que la realidad consista, y para ello confrontamos, de nuevo, con la incertidumbre de la realidad cuántica del mundo.

                Veremos en próximas entradas de este blog Ancile, que la realidad no es algo tan evidente como nuestros sentidos, e incluso nuestra razón común, nos muestran en primera instancia.

 

 

Francisco Acuyo

 



[1] Según algunos teóricos, en realidad, al principio del Big Bang, la velocidad de la luz no era constante, sino que era superior a dicha velocidad, y a la medida que el universo se consolidó en su expansión ralentizándose y con ella la de la luz.

[2] Véanse como alternativas a superar esta inconsistencia entre ambas la teoría de supercuerdas y la teoría de gravedad cuántica de bucles.

[3] Nos viene a decir que cualquier teoría matemática suficientemente compleja o es inconsistente o incompleta, por lo que la física (si apoyada en la verificación matemática) tampoco puede ser completa.


La luz y su constante universal: Lo real (como un todo) más allá de dicha constante. Francisco Acuyo


martes, 5 de octubre de 2021

“VUELVE DENTRO DE TI…”, ¡ AMIGO LECTOR!, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos traemos un nuevo post de nuestro amigo y colaborador Alfredo Arrebola, esta vez bajo el título: Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡

           

                 

“VUELVE  DENTRO  DE TI…”, ¡ AMIGO  LECTOR!

                                           


Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola

 

    

    Jamás he intentado imponer a nadie mis ideas; me agrada más la persuasión y, sobre todo, aceptar  el pensamiento de cualquiera  que opine diferente  a mí. Pero  el ser humano está obligado a  obrar conforme a los principios fundamentales e inmanentes del recto y ortodoxo proceder. Estamos, pues, en el terreno de “ lo natural”, independiente de toda creencia religiosa, siempre posterior a la ley natural. Sin embargo, la historia de las religiones nos hacen ver que las hierofanías, las teofanías son el modo de manifestarse la divinidad.

   En mis largas y objetivas reflexiones he visto claramente que hay otra posibilidad: situar la revelación en uno mismo. Es el camino que han seguido las religiones de  la inmanencia, de la interioridad. Según mi modesto criterio – hablo con el máximo respeto a todo ser humano – pienso que Dios está en el interior del hombre y sólo hay que volverse allí, abandonando las realidades  exteriores, para encontrarle. Es fácil reconocer que estamos hablando de una evidencia de lo divino, pero posiblemente más íntima y recatada. El apóstol Pablo – columna vertebral del cristianismo – nos lo  dijo bien claro: “Dios lo llena todo”. La filosofía “racionalista” de Benito Spinoza (1632 – 1677), a pesar de su panteísmo, está  basada en esos principios inmanentes de la divinidad.

   Se sabe perfectamente que las experiencias místicas están en esa misma línea. España puede sentirse bien orgullosa de su rica y amplia literatura mística y ascética, que sirvieron – increíble, pero cierto - de fundamento metafísico  para admitir  la “prueba de la existencia de Dios” (Henri  Bergson, 1859 - 1941. Premio  Nobel  de Literatura 1927).  Muchas religiones - afirma el filósofo José Antonio Marina (Toledo, 1939) -, entre ellas la cristiana, han ido evolucionando hacia  grados cada vez mayores de intensidad. He aquí, pues, el porqué de esta breve reflexión “Vuelve dentro de ti.  La verdad habita en el interior del hombre”, que nos regaló uno de los más grandes  teólogos  y filósofos de todo el  Occidente, San Agustín (354 – 430). Los Vedas y los Upanisad hablan del Ser supremo como  situado en la cueva del corazón. Y así en “Katha Upanisad  I, 2, 12 leemos: “La persona inteligente que  medita en su ser reconoce al Ser divino y eterno que habita en la cueva  del  corazón”. Nuestra Santa Teresa de Jesús (1515 – 1582), la más famosa escritora mística, llamaba a  esa cueva “morada interior”.

   Quien replegado en sí mismo, liberado de los deseos, logra mediante la concentración  unirse al Uno (Dios), ve claramente la falta de realidad de los seres. Como gotas de agua, las cosas desaparecen cuando brilla el gran sol. Idea que, desde lejanos tiempos, ha fascinado siempre a la  inteligencia humana: adentrarse en lo más profundo de su espíritu. Ya el divino Platón (c. 427 – 347 a.C) decía algo parecido en su mito de la caverna: Lo que consideramos como seres no son más que  sombras evanescentes proyectadas en la pared de la cueva.  Fuera, al aire libre, luce el sol, el Bien, el único. Ciertos filósofos medievales ya hablaban del “infierno de las diferencias”. Si el ser humano fuera capaz de mirar todas las cosas en Dios, las vería hermanadas, pero la soberbia, el  pecado, la discordia  las independizan. Esta ha sido, sin duda, la trayectoria del ser humano.

   ¡Oh! ¡Si nos pudiéramos dar exacta cuenta de lo que es ese mundo interior que llevamos en el alma! ¡Si pudiéramos comprender cómo el Espíritu Divino habita en nosotros y, además, nos posee!. Verdaderamente, el  Espíritu es el alma de nuestra alma y la la vida de  nuestra  vida; ¡causa pena saber que el hombre con frecuencia olvida ese mundo que lleva dentro! ¡Lástima que, fascinados por las cosas de la tierra, muchas veces perdamos la noción de las cosas  divinas!

¡Ah! A cada uno de nosotros se nos pudiera decir lo que Jesús de Nazaret dijo a la Samaritana junto al brocal del  pozo de Jacob: ¡Si conocieras el Don de Dios! (Jn  4,10). ¡No salgas de tí, benévolo lector!. Ignoras, posiblemente, lo que llevas dentro de tu alma: riquezas sobrenaturales, riquezas 

divinas que puedes maravillosamente explotar. Pues, al fin y al cabo, el hombre está llamado a ser plenamente feliz. Reflexiona y experimenta en tu propio interior porque , nos dice Consuelo Martín, “la  experiencia aporta la única verificación  posible a la verdad trascendente que puede dar total  sentido a la  existencia” (cfr. “Introducción”  a  UPANISAD…, pág. 23 (Madrid,2001).

Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola
     También en el budismo podemos observar cómo considera que el mundo es una ilusión  mantenida
por el apego, como también  sabemos que toda la  enseñanza de su fundador, Buda (ss. VI-V a.C.), se reducía a las “cuatro nobles verdades”: la verdad de que existe la infelicidad; la verdad de que hay una causa de esa infelicidad; la verdad de que la infelicidad puede cesar; la verdad del camino  que conduce al cese de la infelicidad. El mítico eremita defiende una especie de empirismo espiritual: “Aceptar mis palabras, repetía, con relativa frecuencia, sólo y después de  haberlas comprobado vosotros mismos; no las aceptéis simplemente por la veneración que me  profesáis (…), los Budas sólo indican el camino”. Ese camino se reduce a aniquilar el deseo y alcanzar un nivel diferente de existencia: el nirvana. No lo niego - ¡tampoco me vanaglorio! - de haber estudiado medianamente bien el Budismo.

   Sin embargo, quienes seguimos a Cristo, el Unigénito de Dios, sabemos  cuál es nuestro  camino, que está perfectamente descrito en el Evangelio de Lucas:  “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian (…). A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito  tenéis?  También los pecadores aman a los que los aman (…) Amad a vuestros  enemigos, haced  el bien y prestad  sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es buenos con los malvados y desagradecidos; no juzguéis, y no seréis  juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterá una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que  midiereis se os medirá a  vosotros” (Lc 6, 27- 38).

  Larga cita, es cierto; pero no me quedaba otro remedio que servirme del propio Evangelio que nos enseña que sólo en Cristo - “Camino, Verdad y Vida”, Juan 14,6 – puede el ser humano encontrar la razón última de su existencia y su final. Es posible que no alcancemos a comprender esta doctrina sublime; pero aunque no la comprendamos, ahí están  testigos mayores de toda excepción que nos están indicando que es posible encontrar, partiendo de uno  mismo, en los múltiples y variados “dolores vitales”, la  alegría, y no cualquiera alegría, sino la “perfecta alegría”, siguiendo la senda del divino Jesús de Nazaret, que “pasó por este mundo haciendo el bien”.



Alfredo Arrebola

Villanueva  Mesía-  Granada, Septiembre de 2021

 



Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola