Recogemos para la sección de Microensayos del blog Ancile la séptima entrega de las Utopías maquetas, del profesor y filósofo Tomás Moreno, que lleva por título Control de la educación y moralidad.
CONTROL DE LA EDUCACIÓN Y MORALIDAD,
EN LA SÉPTIMA ENTREGA DE UTOPÍAS MAQUETAS.
LAS
UTOPÍAS MAQUETAS. CONTROL DE LA EDUCACION Y MORALIDAD (7)
El
sistema educativo es, por una parte,
absolutamente imprescindible para configurar
la sociedad utópica que se quiere establecer, porque propone un determinado
modelo humano al que se aspira, moldea el comportamiento de los individuos a
tal efecto y prescribe las normas necesarias para determinar qué acciones son
admisibles y que acciones no lo son para la consecución y el logro de ese determinado
paradigma humano.
La pasión por la uniformidad y por la homogeneidad, característica de todo
diseño utópico, confiere, por otra parte, un valor casi supremo a la educación.
Para alcanzar sus propósitos de nivelación entre los individuos, la educación se
muestra como indispensable: ha de desarrollar una labor incansable y permanente
para instalar dentro de los corazones de los niños y jóvenes todos los
fetiche
del utopista y la “utopía pedagógica” -que domina en la literatura del género a
lo largo de todo siglo XVIII- ocupa también un lugar importante en la mayor
parte de los relatos y proyectos utópicos de todos los tiempos.
Los utopistas muestran, pues, una confianza fanática en la escolarización y
la pedagogía: por la escuela se erige el Estado en amo absoluto de las
conciencias. Su enseñanza autoritaria y adoctrinadora no deja de moldear y
remodelar la vida del niño, lo que les lleva a transformar lagigantesca guardería; luego, en una rígida escuela doctrinaria y, por último,
en un disciplinado cuartel. Los niños
son arrancados del área del cuidado
de los padres lo antes posible y confiados a la colectividad, que se encarga de
reducirlos al estatuto de obedientes súbditos[1].
sociedad entera
en una
En la utopía
Platónica la educación, junto con la selección racial, constituye uno de
los pilares fundamentales sobre el que va a apoyarse la estabilidad y
conservación idónea de su organización estatal. En ella, la educación se
concibe como un método casi perfecto para crear una auténtica “aristocracia”
humana y seleccionar a los “mejores” individuos, a los más aptos biológica,
física, intelectual y moralmente, a través de un rigurosísimo y complejo
sistema de enseñanza intelectual y adoctrinamiento ideológico, al que se
añadirá la superación de toda una serie de “pruebas” físicas, morales y de toda
índole a las que los elegidos -de la casta superior y dominante- habrán de ser
sometidos desde su más tierna infancia. De este modo irán filtrándose y
seleccionándose los individuos más aptos e idóneos para los distintos cargos
del Estado.
Desde su nacimiento los niños -se entiende que de la
clase dirigente, los “otros”, salvo excepciones, son simplemente “ignorados”- son entregados a la
tutela estatal; el Estado se encargará de su “crianza” y “educación”. El
currículo educativo presenta dos fases: a) la primera destinada a la educación
y selección de los guardianes o
auxiliares; de ella se nos informa en el libro III de la República[1]; y b) la segunda, a la que está dedicada
en exclusividad el libro VII, orientada a la formación de los filósofos-reyes o
gobernantes, y sólo para ellos y que presenta dos ciclos académicos: durante el primero los futuros
políticos se dedicarán al estudio de las Matemáticas: aritmética, geometría,
astronomía y música; para entrenarse y familiarizarse con el razonamiento “abstracto”; en el segundo, los educandos se
iniciarán en el conocimiento de la “Dialéctica” (la contemplación de las “ideas”
y, sobre todo, de la “idea del Bien”) y cuando logren su perfecto conocimiento
alcanzarán la culminación de su proceso educativo y podrán pasar a ocupar las altas magistraturas
del Estado.
Con todo este largo proceso formativo se pretende crear
una auténtica “elite de gobernantes” ejemplares, hombres de gran excelencia y
sabiduría, verdaderos “instrumentos desinteresados” o “agentes impersonales del
poder”, adornados de todas las virtudes -inteligencia,
salud, belleza, generosidad, desinterés, valentía-, cuya voluntad sea siempre
coincidente con el bien del Estado y cuyas
obligaciones políticas sean asumidas por todos como un “deber moral”, y no movidos por el egoísmo, el interés o el
ansia de riquezas, poder y honores. Se diría que su modelo a imitar estaría
representado por el prisionero “liberado” de la caverna, quién, una vez
conocida la verdadera realidad exterior, deberá de retornar al interior de la
misma para liberar de sus cadenas y
del mundo de las sombras y de los
reflejos a sus antiguos y confiados compañeros, los prisioneros, que
todavía permanecen allí ignaros de la verdadera realidad. Una minoría de
políticos ilustrados y benéficos que, para Platón, representan la antítesis de
la figura del “tirano”. De ahí el largo y complejísimo proceso educativo al que
deberán someterse antes de alcanzar y ejercer el poder.
En la Utopía de Thomás More (1478-1535) el sistema educativo es también, sin duda,
una pieza clave -juntamente con la moral y la religión- para la reforma social
propuesta por el legislador, ya que tiene como objetivo consolidar los principios
y reglas que van a regir la vida de los ciudadanos en la nueva sociedad y
favorecer su adhesión a las leyes establecidas. A través del sistema educativo
las jóvenes regulan su conducta y desarrollan su personalidad según los
principios de una filosofía o doctrina moral concretas. Esta relación entre los
principios morales y el control educacional se hace evidente en textos de su Utopía como éste: “Tienen los sacerdotes
a su cargo la educación de los niños y jóvenes, ocupándose más en formar sus
costumbres que en instruirlos. Ponen el mayor cuidado en inculcar en los
tiernos y dóciles espíritus infantiles ideas sanas y útiles a la conservación
del Estado, las cuales, al penetrar profundamente en sus corazones, los
acompañan durante toda la vida y contribuyen en buena parte a salvaguardar la
República, de cuya ruina son causa los vicios nacidos de perversas opiniones”[2].
La educación de los jóvenes es, en
consecuencia, especialmente cuidada: universal y común para todos los
ciudadanos sin distinción de sexos y extensible a todas las edades. Este afán
de instrucción cultural del legislador utópico se manifiesta también en la
obligación de todos los ciudadanos de asistir a charlas y conferencias durante
el amplio tiempo libre que les permite su reducida jornada laboral, y que
también dedican a otras actividades artísticas y lúdicas. Es interesante
destacar a este respecto que la sociedad
comunista imaginada por Marx en su Crítica del programa de Gotha se asemeja
en gran manera a esta forma de vida propugnada en la Utopía moreana.
Hay otros soñadores utópicos, como Tommaso
Campanella (1568-1639), que
llevan su frenesí didáctico hasta el extremo de que, por ejemplo, en las murallas de cada uno de los 7
barrios (nº mágico-pitagórico, Apolo, sabiduría) de su Ciudad del Sol, representan en pinturas, “graffiti” y frescos ilustrados (como gigantescos "comics" o murales) los personajes
históricos, los planetas, la
zoología, la botánica, la geografía, las
matemáticas, con el fin de que mediante su contemplación los niños puedan aprender, al pasar o pasear por ellos, el
emplazamiento de los planetas, el nombre de animales y vegetales, las diferentes partes del cuerpo y
toda una variedad de saberes etc. Taprobana era una verdadera ciudad-enciclopedia,
que hubiera gozado sin duda del parabién de un Ivan Illich[3].
En la
educación de los niños se empleaban, ciertamente, modernos métodos “intuitivos”,
experiencias lúdicas, para instruirlos “sin trabajo y con placer”. La Ciudad del Sol era una sociedad
tecnológicamente avanzada: que contaba con arados movidos por el viento, barcos
que navegaban sin velas, máquinas y vehículos con los que se podía volar hasta las
estrellas. En ella, se rendía culto a los inventores y descubridores
científicos y se veneraba a todos los que cultivan el conocimiento científico. Se
anticipa así Campanella a la utopía
tecnológica de Francis Bacon, La Nueva Atlántida (1627), gobernada por
sabios y científicos, e incluso, podríamos decir, a la ciencia-ficción de un Julio Verne. La Educación estaba –no
hace falta decirlo- totalmente
controlada por el Estado.
Johann Valentin Andreae (1586-1654),
el buen utopista luterano alemán, perteneciente
al movimiento rosacruz, dedica en su
utopía Christianopolis
-inspirada en las Kircherconvent
alemanas de su época- a la educación una especial atención. Al igual que el
matrimonio, la educación tiene su base y su guía en la religión cristiana. No
se instruye a los niños para que se conviertan en soldados
del Estado, sino
para que sean buenos cristianos. Se trata de un sistema de enseñanza mixto, el
mismo para todos los niños/as sin distinción de sexo, pero con la
particularidad de que los niños asisten a clase por la mañana y las niñas por
la tarde.
Los criterios pedagógicos eran
avanzados para su tiempo: la escuela es bella, soleada, alegre y espaciosa;
esto es, confortable para hacer agradable a los niños su estancia en la misma.
Pero tan importante como el aspecto del local escolar es la selección de los
maestros: “Sus maestros no son individuos extraídos de la hez de la sociedad,
ni personas ineptas para otras profesiones, sino la flor y nata de la ciudad,
hombres cuya reputación es de todos conocida y que a menudo tienen acceso a las
más altas posiciones del Estado”. Adornados por cuatro virtudes fundamentales:
dignidad, integridad, actividad y generosidad “deben continuar en sus cargos en
condición de profesores libres, obrando siempre con bondad y cortesía y
empleando, en vez de golpes y amenazas, una disciplina liberal”[4].
Las materias y contenidos van desde la
oratoria o la lógica metafísica y teología,
griego y latín, hasta los idiomas modernos (¡¡), y desde la aritmética, la
geometría y el álgebra hasta la química, las ciencias naturales, la astronomía
y la astrología. También la enseñanza esotérica –cabalística y alquímica-
además de la formación religiosa, tendrán un importante papel en el objetivo de mejorar la humanidad. Francis A. Yates señala -en su obra El iluminismo rosacruz[5]- a J. V. Andreae como uno de los
grandes representantes de la ilustración
rosacruciana. Según los expertos es muy probable que Francis Bacon
conociera la obra del utopista alemán y que se inspirara en su apuesta por la
utopía tecno-hermética al concebir su Casa
de Salomón en la capital de su Nueva
Atlántida.
Francis Bacon (1561-1626) organiza, en efecto, su Nueva
Atlántida como una moderna ciudad tecnológica que en nada tendría que
envidiar a una verdadera Silicon Valley del siglo XVII. En el mismo centro de
la isla de Bensalem se elevaba la
“Casa de Salomón”, una suerte de “Academia de las Ciencias y las Técnicas”, con
poder de organización social y de planificación científica. Toda la tarea
educativa, estará lógicamente encomendada a esta preclara institución. Creada
por la sabia decisión del rey fundador de la isla, Salomón, llegaría a ser “la
fundación más Royal Society
de Londres) es “el conocimiento de las causas y secretas nociones de las cosas
y el engrandecimiento de los límites de la mente humana y del imperio de los
hombres sobre la naturaleza, para la realización de todas las cosas”. Afirmación ésta que es, sin duda
alguna, la primera formulación de lo que en el siglo XXI se llamará el
“imperativo técnico”, el que ha configurado nuestra actual civilización
científico-técnica.
A diferencia del curriculum escolar de Campanella y de Andreae, humanista además de
científico pero lastrado de indoctrinación religiosa, la mayoría de los pensadores utopistas posteriores entablarán un
combate encarnizado contra todo lo que en sus modelo pedagógico no sea
utilitario e inmediatamente utilizable. Las lenguas muertas, la historia, el
arte, la poesía y todas las formas de pensamiento reflexivas que sean capaces
de conducir a un despertar crítico, son sistemáticamente prohibidas. Así en Memorias
del año 2500, por ejemplo, publicado en París 1770, Sebastián Mercier informa al viajero,
quien ha preguntado a su guía si a los niños se les enseña latín y griego, que
existen disciplinas más importantes para ellos y que no se les educa en lenguas
muertas sino en propia lengua, prohibiendo asimismo los relatos históricos que
no son más que narraciones de locuras y crímenes
En
la Icaria
de Cabet se permite a los chicos educarse
en el ambiente familiar durante un pequeño lapso de tiempo -el destete familiar
se produce a los 5 años- pero los padres y las madres realizarán serios
esfuerzos para evitar de proporcionar a sus hijos las ideas falsas, los errores
y los prejuicios que antiguamente les eran sugeridos por sirvientes y por
campesinos ignorantes. Pasado ese tiempo, los niños son reagrupados en escuelas
y sometidos a adoctrinamiento moral y político, recibiendo una formación específicamente técnica y pragmática cuya
finalidad exclusiva es la rentabilidad para el mayor bien común. Y en esa
pesadilla de una sociedad totalmente escolarizada y gobernada por profesores y
pedagogos sectarios permanecerán durante su juventud.
Se pondrá en marcha investigaciones
técnicas y se renovarán los métodos pedagógicos y de instrucción. Con el empleo
de una metodología eficaz, que hará a cada materia más fácil, de asimilación
rápida y satisfactoria, se les enseñará a los niños todo lo posible. Cada
lección será como un juego y viceversa. Pese a ello, los colegios, en
definitiva, no dejarán de ser centros de adoctrinamiento y ajuste, ejes
institucionales desde los que se efectuará “la transformación del orden social”
para homologar y nivelar a todos los individuos, repudiando así a los mejores, a
los más destacados o a las excepciones.
Saint-Simon, por su parte, elaborará un
esquema para una “academia de
sentimientos”, cuyos sillones serían ocupados por profesores de moral,
abogados, teólogos, poetas y pintores. Su objetivo sería inspirar en los individuos
los sentimientos adecuados y correctos. Él mismo propuso un Catecismo Nacional con una “doctrina
general” y una “ciencia universal”. El resultado de estos esfuerzos debería
ser, según su criterio, la desaparición de todos los males del presente: la
arbitrariedad, la incompetencia, la intriga. Finalmente, por no alargarnos en
demasía, recordemos a los Perfeccionistas de Oneida[6],
para los cuales la finalidad última de los esfuerzos pedagógicos era liberar la
mente de los alumnos de todos los principios educacionales, filosóficos y
religiosos aprendidos desde la infancia e iniciarlos en los principios
colectivistas de su secta o comunidad.
Los
intereses pedagógicos de la mayoría de los utopistas de los siglos XVII al XIX
se dirigen con absoluta claridad hacia las matemáticas, las ciencias naturales
y la tecnología. En una palabra, todo lo que es gratuito, todo lo que no sirve
para nada, pero que no obstante es tan fundamental y necesario para la vida de
los hombres y el pensamiento crítico -como las artes, las letras y las
humanidades- se ve inexorablemente reprimido. Tratándose de utopía, no hay más instrucción que
aquella que favorece y refuerza los intereses utilitarios y profesionales del Estado
o del colectivo social y no hay más educación que el adecuado y correspondiente
adoctrinamiento ideológico. (Continuará).
Tomás Moreno
[3] Ivan Illich, teórico-pedagogo de los años setenta del
pasado siglo autor de La educación sin
escuelas, en donde se propugnan otros métodos y procedimientos
desescolarizadores (alternativos a la escuela convencional) para impulsar el
aprendizaje infantil.
[6] Sobre los proyectos y experimentos utópicos para
experimentar o ensayar a lo largo de todo el siglo XIX Oneidas e Icarias en
América, véase el modélico ensayo de nuestra mayor pensadora actual, Carmen
Iglesias, titulado “América o el Paraíso de lo posible en el siglo XVIII”, en Razón, sentimiento y utopía, Galaxia
Gutenberg, Barcelona, 2006, pp. 416-446.
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