viernes, 15 de marzo de 2024

NOTAS PARA UN ENSAYO, POR MARTÍN NOGUEROL

 Siguiendo la estela de la anterior entrada, y de nuevo con el artista y ensayista Martín Noguerol, ofrecemos unos fragmentos de su libro intitulado: Notas para un ensayo, donde reflexiona sobre la abstracción en el arte bajo unos parámetros donde se expone el pensamiento como generador de plasticidad, y la pintura capaz de producir pensamiento; ensayo muy interesante publicado por la Fundación Chirivilla Soriano, en una edición impecable; entrada que incluimos para la sección de Pensamiento del blog Ancile.






NOTAS PARA UN ENSAYO,

MARTÍN NOGUEROL









ESPACIO / INFINITO / FINITO


Espacio. 1. m. Extensión que contiene toda la materia existente.
Infinito. 1. adj. Que no tiene ni puede tener fin ni término.
Finito. 1. adj. Que tiene fin, término, límite.



El concepto pictórico de infinito en el espacio bidimensional ya se encuentra asociado a la abstracción en las pinturas de Kandisky; de otro modo en las de Malévich, cuyo concepto estaba más cerca de la noción de “vuelo espacial” bajo una forma más idealizada. En la pintura suprematista cierta deformación de algunas de las figuras geométricas usadas contribuye a dotarlas de una “perspectiva” que nos indica un espacio más allá, una profundidad que la aleja de unas imágenes sujetas al plano. En algunas obras, sobre todo en las pinturas monocromáticas, y a través de algunos colores se consigue cierto sentido de la profundidad que palpita en la superficie; ello es posible, en mayor grado, cuando nos sentimos penetrar en el espacio pictórico. El formato en este caso tiene bastante que aportar a la cuestión. La tesis visual junto a la mental puede ayudarnos a ello.

La Capilla Rothko posiblemente sea un ejemplo que nos ayude a comprender mejor la cuestión. La planta interior octogonal resulta fundamental para que las obras de Rothko adquieran una dimensión sagrada de intemporalidad. El espacio frontal en el eje de acceso nos ofrece con las tres piezas el tríptico simétrico, con piezas de grandes dimensiones situadas a izquierda y derecha, que enfatizan la idea del artista de penetrabilidad espacial sin estar juntas sometiendo a la vista un conjunto unitario. Resulta evidente la carga de espiritualidad extrema de la capilla; el pintor dota a sus obras de un contenido trascendente que va más allá de la plástica pura; la expresión es contenida de una forma vibrante y la abstracción se hace casi “absoluta” para adentrarse en la tragedia, el dolor, en un canto espiritual de clara raíz mística.

Creo que trabajo mis obras y las “concluyo” como no finitas, como si quedaran inacabadas, no conclusivas, pudiendo ser retomadas en cualquier momento histórico, ajeno posiblemente al devenir temporal o a su fijación contemporánea; quiero decir con ello que no son obras representativas de su tiempo en el sentido tradicional del término, no obedecen a la necesidad de insertarlas y datarlas; el tiempo es un todo que los humanos tendemos a parcelar, a fragmentar para intentar alcanzarlo, comprenderlo ¿Con ello quiero dotarlas de una condición de atemporalidad? 

Regreso a EM. 1996

Posiblemente los tiempos y sus necesidades no necesariamente van de la mano. Puede que esta cuestión sea un tanto ajena al mundo del arte, salvo si la ponemos al servicio de intereses determinados: la exaltación política o social, por ejemplo. No cabe duda de que el artista difícilmente se podría separar de su condición humana, lo que no viene a decir que deba ser un espejo de la sociedad o deba asumir el rol que ideológicamente se le pueda atribuir. Sobre ello podríamos construir diversos relatos y posiblemente no nos falte razón en la mayoría de ellos; por tanto, y volviendo al tema que me ocupa, podemos disociar la finitud de estos periodos históricos, ya que siempre estaremos en un continuo histórico, de trazado lineal o transversal, y por tanto dentro del mismo tiempo. Como antes comentaba, esta infinitud es fruto de la intemporalidad, que es al fin y al cabo el contenido de los grandes temas asociados al ser humano. Esos grandes interrogantes, señalados pero no desentrañados del todo, como una verdad absoluta, no hablo de
infinito como una cuestión matemática. 

La obra es portadora de una imagen final; en un tiempo anterior pudo tener otra, en el posterior también podrá cambiar, pero se elige un momento para terminarla ¿al azar? ¿Premeditadamente? Esta noción del tiempo en relación a las decisiones resulta sumamente atrayente, en el caso de mis trabajos fundamental.

Son algunas de las preguntas que rodean mi obra. En ellas habitan ciertas estructuras inherentes que pueden contribuir a que tengan continuidad en el tiempo y el espacio, considerando el tiempo como un continuo ininterrumpido. Por otro lado, esas mismas estructuras de las que antes hablaba actúan introduciendo cánones orgánicos.

En el exilio neoyorquino de los años finales de su vida, Piet Mondrian creó algunas obras bajo la influencia de la música negra, sobre todo jazz y blues, dotándolas de un “ritmo” desconocido hasta ese momento; siempre he pensado que esas obras eran como un inicio y un retorno, una dualidad imposible. Seguramente en esos años finales, aun sin desprenderse de sus “dogmatismos” de antaño, encontrara cierta libertad en esa música que lo acercaba a sus semejantes. Esto me lleva a reflexionar sobre las influencias de relatos externos que en momentos determinados pueden afectar a nuestras obras.

Existe algo significativo que busca desde el tiempo cuestiones tan abstractas como la eternidad, tan presente en la obra del poeta T. S. Eliot, que conforma un poderoso relato y nos conduce preclaramente hacia ella. Aunque la poesía conforma una cartografía diferente a la pintura, hay elementos que pueden ser trasvasados sin caer en tópicos. Puede parecer que en el espacio de la obra de arte el tiempo tenga una significación obscura, indescifrable, y probablemente sea así. Entre otras cuestiones porque no sabemos qué es exactamente ese tempus, cuál es su naturaleza cuando hablamos de él en el arte. No me refiero al tiempo medible, divisible.

Retomando el asunto del infinito estaríamos hablando también del espacio. Tiempo y espacio forman un binomio inseparable en diversas teorías. Pero yo me refiero a la relación de infinito en el espacio pictórico. Un espacio finito, acotado. Debemos por tanto pensar en un espacio pictórico mental y su representación espacial. ¿Es posible? De serlo debe ser a través de la geometría, o de cierta geometría.

Posiblemente hablar del espacio en general y particularmente en su trato con el arte, resulta de una enorme complejidad. 

Regreso a EM. 1996

Detengámonos sobre el breve pero interesante ensayo de Heidegger “El arte y el espacio”. El filósofo se plantea una serie de interrogantes alrededor del espacio y entre ellos su relación con la plástica y el espacio artístico, fundamentalmente la escultura. En el ensayo encontramos una serie de preguntas donde pone de manifiesto la diferencia del espacio artístico en relación al espacio científico. “El espacio, ¿pertenece a esos fenómenos primarios que, al ser descubiertos, despiertan en el hombre, según palabras de Goethe, una suerte de espanto que llega a convertirse en angustia? Porque parece que detrás del espacio no hay nada más a lo que pudiera ser reconducido, y delante de él no hay desvío que lleve a otra cosa. Lo peculiar del espacio tiene que mostrarse a partir de él mismo. ¿Se deja decir todavía su peculiaridad?” (Heidegger, 2009: 19). Ese espacio primitivo ya no tiene en la actualidad las mismas connotaciones, en todo caso nos referiremos a él desde diversos conceptos abstractos. El espacio cósmico nos intriga, pero su conquista es una cuestión técnico-científica. En cuanto al espacio artístico es evidentemente una formulación indeterminada, ya que entre otras cuestiones cuando nos referimos a él no sabemos si lo hacemos al espacio artístico o al espacio en la obra de arte, y se genera cierta confusión. Expresa Heidegger “Una vez admitido que el arte es el poner-en-obra la verdad y que la verdad designa el desocultamiento del ser” (Heidegger, 2009: 21). Efectivamente debemos partir de esa verdad, aunque no quede claro que el arte en general sea, en la actualidad, una búsqueda de esa verdad. En lo que sí estoy plenamente de acuerdo con el filósofo es en que es la “desocultación del ser” y como he venido manteniendo en estas notas nos encontramos ante la tarea de esclarecer lo oculto, dicho en otras palabras: hacer visible lo invisible. Es en ese hacer donde podemos hallar la verdad. Son interesantes también los planteamientos espaciales del sitio y el paraje, y los interrogantes que plantea alrededor de ellos. Cabría añadir que, si los sitios son el resultado y la consecuencia de espaciar, el actuar en esos sitios espaciados (lugares), no es más que ejercer una injerencia, una influencia en esos sitios, dejar una huella, una transmutación. Escribía Heidegger: “Sin embargo, el vacío está presumiblemente hermanado con el carácter peculiar del lugar y, por ello, no es un echar en falta, sino un producir.”  *(Heidegger, 2009: 31).
También el ya mencionado Ernst Cassirer nos habla del espacio: “En la totalidad de la cosmovisión mitológica el espacio no desempeña en modo alguno en cuanto al contenido una función idéntica a la que corresponde al espacio geométrico en la construcción de la “naturaleza” empírica, objetiva, pero sí una función análoga en cuanto a la forma” (Cassirer, 1972: 76-77).



Martín Noguerol










 * Esta es una cuestión con la que trabajaba Jorge Oteiza el concepto vacío-lugar. Heidegger da a conocer su texto “El arte y el espacio” en 1969, dedicado a Eduardo Chillida.

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