martes, 5 de marzo de 2024

CUENTOS DESOBEDIENTES, SEGUIDOS DE MALABARISMOS, DE JOSEFINA MARTOS PEREGREGRÍN

Para la sección de Narrativa, tengo el placer de traer a nuestros lectores una selección de dos cuentos y la introducción al conjunto de los mismos, de la poeta y escritora Josefina Martos Peregrin; que llevan por título: Cuentos desobedientes, seguido malabarismos. Cuentos que, con gran desenvoltura narrativa nos llevan al particular mundo literario y personal de nuestra querida amiga Josefina, a la que le deseamos encuentre pronto un editor para estos preciosos y entretenidos cuentos de los que yo sólo  ofrezco una mínima muestra.




CUENTOS DESOBEDIENTES, 

SEGUIDOS DE MALABARISMOS, 

DE JOSEFINA MARTOS PEREGREGRÍN







INTRODUCCIÓN A CUENTOS DESOBEDIENTES


¿Por qué desobedientes?
Por la siguiente razón: a la hora de escribir no hay leyes; no obstante, se han escrito cientos de ellas y se repiten mil veces; pero no las acato, menos aun cuando abordo un género tan variado y de tan larga trayectoria como el cuento. Observo características, estructuras, secretos compartidos y una constante investigación de formas que implica un aluvión de descubrimientos. En mi caso, exploro por placer; forma y tema se me imponen, los trabajo, cambio, matizo, hasta quedar satisfecha, o casi satisfecha (del todo es imposible). 
¿Por qué cuarenta y nueve?
Sencillo, se trata de la cifra marcada por un algoritmo asentado en el número siete; al parecer el 2023 numerológicamente es un año siete, según un cálculo básico: dos más cero más dos más tres suman siete (2+0+2+3=7). Y siete por siete, cuarenta y nueve (7x7=49). Más extensamente y sin ahorrarme complicaciones matemáticas, me lo explicó mi primo Diego –de apellido Fint, por su padre canadiense- añadiendo que el siete es número que propicia la introspección y la sabiduría. 
La mayoría de los cuentos son breves, pero quede claro que la extensión no me preocupa; no regateo ni añado palabras, cada uno tiene las que necesita. No cerceno ni estiro. 
Me guío por la imaginación, el afán crítico y el oído musical, más el instinto entrenado en la búsqueda de la belleza.
No acepto más reglas que las del juego; de ahí los aventurismos y los rescates de la segunda parte, que comentaré cuando llegue el momento. 








1. EL PÁJARO-IRIS 




¿Qué podíamos hacer una treintena de ecologistas sino pasear las pancartas en procesión silenciosa, invocando su mítica belleza?
No nos permitían más: arriba, en la primera planta, se celebraba el juicio a puerta cerrada, pero a ventanas abiertas por el calor sofocante de aquella isla remota, el refugio final del pájaro-iris, su único hogar en todo el planeta.
“Parcelar la selva sin destruirla, apostando por una economía sostenible”: esa era la consigna, la teoría biensonante y falsa que nos querían imponer; solo la defensa de aquella singularísima ave en peligro podía detener el proyecto. Lo malo era que la daban por exterminada, pues habían pasado más de cincuenta años desde que fue vista por última vez; desde entonces ni un testigo, ni una foto, nada.
Sospechábamos la derrota, si el juez dictaminaba probada la extinción no habría esperanza. Pero en esto llegó planeando suavemente, acariciando el aire, un ave brillante, grande como un cuervo y de plumaje tornasolado, que replegó sus alas de esmaltada policromía para entrar en la sala por la ventana abierta.
Desde abajo oímos claramente gritos de sorpresa, voces, alegría, rabia… Según los intereses de cada cual. Sorteó lámparas y ventiladores, dio una vuelta sobre las cabezas sorprendidas y salió a tiempo de esquivar el disparo del policía; tomó velocidad, silbó como un tren que huye y se perdió la espesura.
No se parcelará la selva, todos lo vimos: el pájaro-iris vive todavía.












EL SEÑOR




-¿A qué hora llegaría anoche el señor? 
-No es asunto nuestro. Es muy dueño de entrar y salir a la hora que le plazca.
Silencioso como el humo, elegante como una pantera, ninguno de sus sirvientes ha conseguido verlo nunca, pero lo saben indiscutiblemente grandioso, dotado de autoridad por la naturaleza y por la sociedad; noble superior al resto de los nobles, rebosante de dignidad y distinción.
-¡Pule la plata, abrillanta el espejo, perfuma las sábanas, no venga el señor y encuentre su dormitorio a medio arreglar!- Y la doncella obedece, temerosa de ganarse una reprimenda del ama de llaves, de quien se dice que una vez oyó los pasos del amo en la biblioteca.
-¡Revisa los cigarros, renueva los licores, limpia el polvo a los libros, que el magnánimo no tenga queja de nosotros!- Y el lacayo tiembla ante las órdenes del mayordomo porque todos saben de su orgullo, no en vano hace años encontró y tocó un cigarro recién apagado en el despacho del ilustre.
Madrugan en la cocina; en el mayor silencio, en susurros y cuidando de que el cucharón no choque con la cazuela, no vayan a perturbar el sueño sagrado, disponen lo necesario para el desayuno, por si su señoría lo pidiera temprano, aunque nunca, salvo una mañana del año en que murió el obispo, como bien recuerda la cocinera, ha desayunado en casa.
En las cuadras, el palafrenero prepara el carruaje, atiende a los caballos –al dueño le gusta acariciarles las crines bien cepilladas-, y apenas acaba este primer trabajo convoca a mozos y caballerizos para darles las instrucciones del día y contarles la historia de aquella madrugada de invierno en que a punto estuvo de ayudar a montar al gentil patrón, casi lo vio, pero cuando llegó a las puertas del establo solo pudo oír el trote lejano de su alazán preferido. 
El jardinero cuida de innúmeras variedades de rosas y que no falten nunca rosales en flor, de manera que siempre un ramo adorne cada habitación; en especial para el vestíbulo principal reserva las más galanas, de tallo corto y limpias de espinas; las acomoda en una vasija ancha, sabedor de que su señoría, al salir, gusta de tomar una y colocársela graciosamente en la solapa. No olvida la vez que así ocurrió, pues de la docena que lucía en el búcaro, faltaba justamente la más rozagante, aquella del más exquisito amarillo azafranado. 
Cocinera, pinches, doncellas, lacayos, mozos, jardinero, agachan la cerviz ante el ama de llaves, el mayordomo y el jefe de cuadras, y estos ante el administrador que visita casa y dominio cada seis meses, inspecciona, revisa y asegura muy estirado que recibe al ilustre propietario todos los años, para el día de Santa Genoveva.
Viven felices, aunque temerosos, temen el castigo o el despido, pero su miedo más intenso es el de ofender al señor, ese ser supremo a quien, si se portan debidamente, algún día llegarán a ver.








Josefina Martos Peregrin,

Del libro inédito, Cuentos desobedientes, seguidos de malabarismos.









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