jueves, 14 de marzo de 2019

SEXO Y CARÁCTER (SEGUNDA PARTE) (“LOS TIPOS SEXUALES”)


 Se prosigue analizando la segunda parte de Sexo y carácter, de Weininger, en esta ocasión bajo el título: Los tipos sexuales, y todo redactado por el filósofo Tomás Moreno para la sección, Microensayos, del blog Ancile.


Los tipos sexuales, Tomás Moreno




SEXO Y CARÁCTER (SEGUNDA PARTE)

 (“LOS TIPOS SEXUALES”)



Los tipos sexuales, Tomás Moreno

La Segunda parte (“Los Tipos Sexuales”) consta de catorce capítulos. Se inicia con un capítulo, “El hombre y la mujer”, en el que se examinan los tipos sexuales. Sin embargo, para conseguir que su caracteriología hipotética funcionara, Weininger tenía que presentar tipos ideales (construidos como abstracciones o ideas platónicas) de masculinidad y feminidad (cap. I), puesto que, según su definición del problema, éstos ya no eran idénticos a los géneros observados, macho/hembra de la primera parte. Muy sumariamente a lo largo de estos catorce capítulos Weininger va a tratar de analizar y descubrir las diferencias entre la sexualidad masculina y femenina y sus divergencias intelectuales. Asociará así, como veremos, la masculinidad con la capacidad de discernimiento intelectual y la memoria (cap. II); con la genialidad, la moralidad, la voluntad y la religión (caps. III, IV y V); con el amor verdadero (cap. VI); con la identidad personal, el celo por la verdad y por el bien, el impulso a la trascendencia y el anhelo de inmortalidad (caps. VI, VII, VIII, IX, X) y por último, con la raza aria (cap. XIII) En cuanto a la feminidad, la vinculará a la credulidad y a la confusión mental; atribuyéndole la amoralidad, la impulsividad o instintividad y la irreligión; así como la carencia de Yo y de individualidad, la nulidad ontológica, la mendacidad, la tercería, la mutabilidad, la esclavitud al deseo sexual, la histeria y, como era de esperar, su vinculación al judaísmo. El capítulo XII desarrollará por extenso el tema de la naturaleza de la mujer y su significación en el universo. Pese a que Weininger concluía con un plan de redención (cap. XIV) según el cual judíos y mujeres podían llegar a situarse al nivel de los hombres, y los arios se reconciliaban con su naturaleza bisexual, lo cierto es que la mayor parte de las páginas de su enciclopédico libro estaban dedicadas a plasmar la polaridad básica, esencial entre hombre y mujer. De acuerdo con su teoría, todos los logros significativos de la historia –como el arte, la literatura y los sistemas legales- se deberían al principio masculino, mientras que el principio femenino sólo daría cuenta de los elementos negativos, que, según él, convergían en su totalidad en el pueblo judío. La raza aria es la encarnación del principio organizador fuerte que caracteriza al hombre, mientras que la raza judía personifica al “caótico principio femenino del no ser” (caps. XIII y XIV).
Los tipos sexuales, Tomás Moreno

            El capítulo XIV (“La mujer y la humanidad”) es uno de los más sorprendentes y herméticos de la obra. En él Weininger trata de “comprender el papel de la mujer en el mundo y el sentido de su misión en la humanidad” y lo aborda “desde el punto de vista de aquella idea de humanidad que late en la filosofía de Immanuel Kant” (SYC, p. 328). Lo que parece nuevo es la actitud y comportamiento del hombre que, influido por el judaísmo y la dionisíaca “cultura del coito”, acepta resignadamente el valor que las mujeres se atribuyen y le atribuyen (por su naturaleza la mujer sólo puede apreciar en el hombre la parte sexual). La castidad masculina es objeto de burla y “el hombre ya no siente a la mujer como pecado, sino como destino” (SYC, p. 330)[1]. En el acto sexual las mujeres descubren el sentido de su existencia, su destino vital: “el objeto principal de la mujer es practicar el coito, gracias al cual su existencia  se justifica” (SYC, pp. 329-330).
            Según Weininger el ideal de la virginidad y de castidad tiene su origen en los hombres y no en las mujeres. La mujer quiere “poder no ser casta”, pide y exige al hombre sexualidad y no virtud, porque sólo por la sexualidad ella adquiere una existencia. En el fondo no les satisface el elevado amor platónico del hombre porque “en realidad, no les dice nada”: “Que  la mujer pretenda el coito y no el amor, significa que quiere ser envilecida, no exaltada. El mayor enemigo de la emancipación de la mujer es la propia mujer” (SYC, p. 331). Y por ello ésta prefiere al hombre con instinto de brutalidad, y “se arroja en los brazos de quien tiene fama de Don Juan.: “Beatriz se impacientaría como Mesalina si se prolongara mucho tiempo las endechas del galán arrodillado ante ella” (SYC, p. 331). 
El coito no es inmoral porque produzca placer, ni porque sea el primero entre todos los goces de la vida inferior. El hombre tiene derecho a aspirar al placer, le hace más fácil y alegre su vida sobre la tierra, pero no está autorizado a sacrificar un mandato moral. Para el kantiano Weininger la radical inmoralidad del ímpetu sexual está en tomar a otra persona como medio, un pecado contra el principal mandamiento ético, que ordena considerar a los demás como fines y no como medios en desconocer prácticamente en ella su condición de fin:
 “El coito es inmoral porque en él se pospone el valor de humanidad, tanto en la persona de él como de ella, al placer. Durante el coito el hombre se olvida de sí mismo en el goce, y olvida a la mujer, la cual, para él ya no tiene una existencia psíquica sino tan sólo corporal. Pretende de ella un hijo o la satisfacción de la propia voluptuosidad: en ambos casos no ve en ella un fin, sino que la utiliza para un objeto ajeno a ella misma” (SyC, p. 332).

            Es decir: en el coito la mujer, privada de valor es sólo objeto o materia para el hombre, bien como fin de su deseo físico (para gratificar la propia lujuria, o como medio para producir criaturas de la carne), bien como soporte o pretexto de su proyección erótica ideal (representar puramente el Yo del amante). También la mujer, que es la misionera de la idea del coito, se utiliza ella a sí misma como un medio para ese fin: quiere al hombre para obtener el placer o un hijo y pretende ser utilizada por el hombre del modo adecuado a dicho fin: ser tratada como una cosa, como un objeto de su propiedad y nadie debe dejarse utilizar por otro como medio para un fin. El hombre puede intentar redimirla: ya que la mujer es realmente una función del varón, que él puede afirmar o abolir y las mujeres no quieren en realidad otra cosa (SYC, p. 333). La feminidad, estima Weininger, es un valor siempre negativo y debería ser negada y suprimida, incluso en las propias mujeres. Y si la feminidad es inmoral, la mujer debe dejar de ser mujer y transformarse en hombre. Pero –como entiende Weininger- es muy difícil que las mujeres, en tanto que mujeres, puedan emanciparse, pues si “ser mujer”, en efecto, es estar excluida de lo genéricamente humano (representado por el hombre), la pretendida inclusión en un ámbito tal, en términos de igualdad, no puede sino conllevar un cambio de identidad, un traspasarse a lo masculino desvirtuando así su naturaleza genuina.
            La redención de la mujer, y con ella de la humanidad, ocurrirá  únicamente  mediante la negación de lo femenino, mediante la completa anulación de la feminidad. En tanto que la mujer
Los tipos sexuales, Tomás Moreno
sentencia nuestro mesiánico filósofo- no deje de existir como mujer para el hombre, no dejará de ser mujer (SYC, p. 338), es decir: no podrá ser liberada o redimida. Y la condición para dejar de ser mujer, en opinión de Weininger, es que “renuncie sincera y voluntariamente” en su fuero interno a ese acto sexual –el coito- que toma a la mujer “tan sólo como una cosa y no como un ser humano vivo con procesos psíquicos internos” y que es como una cadena la ata al género humano a esa “vida inferior” que comparte con las hembras de las demás especies. Es decir, la mujer: tiene que desaparecer como tal, “y antes de que esto ocurra no existe la posibilidad de instalar el reino de Dios sobre la tierra” (SYC, p. 337 y 339).
Weininger se proclama, así, como el verdadero emancipador de la mujer, y aspira a liberarla de esa mortífera esencia femenina, a rescatarla de su condición de objeto sexual, de mero recipiente creador de vida y convertirla en un fin en sí mismo. Esta es la única posibilidad de redención para la mujer:
“El hombre debe redimirse del sexo, y sólo así redimirá a la mujer. Sólo su castidad, no su lujuria, como ella cree, es su salvación. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro […]. Mientras haya dos sexos el problema de la mujer persistirá y tampoco se resolverá antes el de la humanidad […]. La muerte continuará en tanto las mujeres paran, y la verdad no alumbrará hasta que de los dos sexos haya surgido un tercero que no sea hombre ni mujer” (SYC, p. 338).
           
            Solamente la continencia de ambos sexos o lo que es lo mismo: la abolición de los sexos, el cesar toda fecundación, puede llevar de nuevo al género humano a aquella idea kantiana de humanidad que lo hace partícipe de lo divino. Pero ello conllevaría un “pequeño problema”: que la humanidad desaparecería pronto de la faz de la tierra, la especie perecería. El objetivo que propone es, pues, triple: en primer lugar, la anulación de la mujer y su conversión o transmutación en hombre, mediante su total masculinización, esto es, su desaparición “qua mujer”, único paso que le permitiría ser lógica y ética; en segundo lugar, la abolición de la sexualidad, con la disolución de los sexos y la supresión de la fecundación, para concluir, en tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, en la desaparición misma de la especie humana tal y como la conocemos[2].

TOMÁS MORENO











[1] “Para persuadirse de esto”, explica Weininger, “basta considerar el juicio despectivo que las mujeres en cuanto “mujer” se forman respecto a la virginidad de sus compañeras de sexo: el estado de no casada o de vieja solterona es estimado por la mujer como muy inferior al de las casadas por muy desgraciadas que estas sean. Basta que una mujer esté casada para que su existencia haya adquirido valor y se les perciba como “seres superiores”; incluso las prostitutas, que han gozado de amantes, son estimadas en más. Ello explica, que “una mujer pueda hallar placer ante la presencia de una joven hermosa” (siempre que haya adquirido ella ya su propia existencia y no la perciba como posible rival)” (SYC, p. 330).
[2] Objetivos weiningerianos sobre los que alguna de las orientaciones más extremas del feminismo hodierno –más allá de las justas y legítimas reivindicaciones feministas del  proto-feminismo ilustrado y de la mayoría de los feminismos, de la primera, segunda y tercera olas- radicalmente opuesto al feminismo de la diferencia, debería contrastar con los suyos e incluso replanteárselos, no vaya a ser que su pretendida defensa de la mujer, su apuesta por su liberación y su reivindicación del igualitarismo absoluto de los sexos deriven, paradójicamente, en frontal hostilidad  hacia el sexo femenino, al tratar de suprimir o  borrar, como preconizaban el propio Weininger y algunas sectas gnósticas de la antigüedad, todas sus diferencias con el hombre varón -incluida su cualidad biológica más definitoria e intransferible: la maternidad- y propiciando, en consecuencia, su plena anulación y autodestrucción como sexo genética y biológicamente distinto y complementario del masculino; esto es: como sexo gestante de la vida humana. Como se constata y repite casi siempre: los extremos se tocan, identifican y confunden.


Los tipos sexuales, Tomás Moreno


martes, 12 de marzo de 2019

LA NADA: ¿MÁS ALLÁ – O MÁS ACÁ- DEL ESPACIO TIEMPO?


Dentro de las reflexiones sobre la nada para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos un nuevo post que lleva por título: La nada: ¿Más allá - o mas acá- del espacio tiempo-? 


La nada: ¿Más allá - o mas acá- del espacio tiempo-? Francisco Acuyo




LA NADA: ¿MÁS  ALLÁ  

– O MÁS ACÁ- DEL ESPACIO TIEMPO?







La violación del principio de localidad (en la entrada anteriormente expuesto), expone un hecho que es realmente inquietante para los fundamentos de la  física moderna. Que dos objetos (partículas) estén influidas directamente sea cual sea la distancia a la que se encuentre (entrelazamiento cuántico), pone en jaque unos de los principios clásicos y fundamentales de la física, cual es el de la constante y límite de la velocidad de la luz –teoría de la relatividad-. ¿Cómo dos  sucesos pueden ser simultáneos sea cual sea el lugar donde se produzcan? Esta extraña interacción o conexión entre los objetos subatómicos se produce en los dominios que sitúan la materia al límite de sí misma y en contacto con la nada (o el vacío.)

                Volvamos por un momento a las reflexiones anteriores sobre los agujeros negros[1], donde según Stephen Hawking , no son tan negros, pues todo parece indicar que la información no se pierde. Esto parece no contradecir los principios cuánticos sobre la no localidad de sus objetos, comparte información (no señales materiales) y lo hace de manera instantánea. La ciencia hoy día no tiene del todo claro cómo sucede esto. Nosotros lo situaremos en el ámbito de la nada sobre  la que hemos disertado ya prolijamente.

                La cocreación de la realidad que cabe deducirse de la integración o conexión de lo infinitamente pequeño parece desarrollarse en un dominio nada claro en el que las propiedades y principios físicos más elementales parecen cuestionarse, y de la que participa la conciencia del observador nos sitúa en un lugar y momento críticos para la ciencia, se abren más incógnitas que respuestas en lo que podemos inferir de su funcionamiento. El plano estrictamente material está sujeto al fin y al cabo a las limitaciones espacio-temporales y, acaso encontramos alguna intuición que posibilite entendimiento desde ámbitos no estrictamente materiales, en los que la nada y su panoplia de conceptualizaciones e intuiciones acaso pueda conllevar alguna idea pre o post científica de su realidad. Al fin y al cabo, en el vacío, en la nada, las distancias y las direcciones no tienen ningún sentido, a lo que cabe decir lo mismo del tiempo, donde, si existe, es un eterno presente. Será este el ambiente idóneo para cualquier potencialidad creativa. Pero esta no sería posible sin el elemento fundamental intrínseco en cualquier proceso de creación que es la conciencia. Claro está que aquí hablamos  no tanto de una conciencia egotista, personal, sino, empleando un término aproximado que solo puede servirnos de manera aproximativa, transpersonal.
La nada: ¿Más allá - o mas acá- del espacio tiempo-? Francisco Acuyo

                Ahora sí que parece que nos situamos al margen de cualquier aproximación científica, pues, para la ciencia la materia es el más elevado grado de ser y posible de estudio y comprobación experimental, y reduce a la nada, al vacío, cualquier ausencia de ella. Partiendo de esta premisa, sí que podemos un juicio intuitivo del papel que juega la nada no solo para la ciencia, también para la filosofía y cualquier entendimiento tras(o pres)cendente del ser y de la existencia. Recordamos en este punto aquella energía de punto cero[2] que comentábamos en anteriores ocasiones que tratábamos esta temática.

                En cualquier caso, el reconocimiento científico de esta energía del vacío (que alimenta las propuestas teóricas de la materia y la energía oscuras), nos plantea una visión distinta de la nada, pues es claro que en su conceptualización filosófica clásica, ante esta afirmación de la ciencia, no tendría ningún sentido.

                SI en el mundo subatómico elemental es el que todo tiene origen y nos encontramos con todos esos enigmas, contradicciones y paradojas expuestos que acontecen en cuanto que tratamos de medir, acaso creo que oportunamente podríamos  traer a colación las palabras del filósofo Nishitani en relación a la nada o al vacío que intuimos en estas página como la fuerza que configura el mundo… El campo de sunyata es un campo de fuerza. La fuerza del mundo que se hace manifiesta en la fuerza de cada cosa en el mundo.[3] Esta nada es lo que las cosas son en sí mismas,… su modo de ser central, no objetivo que en realidad está más acá de lo que en la visión (física) clásica cotidiana de conciencia aprehendemos mediante el yo consciente, está donde las cosas adquieren su posibilidad de existencia. Ya avisaba Goethe de que las cosas que sucederán son metáforas de lo eterno.

En próximas entradas indagaremos en el ámbito de la metáfora y del símbolo en el que reflexionar vinculado al concepto de la nada.





Francisco Acuyo



[1] Acuyo, F.: Ancile, De la muerte o la paradoja de la información, https://franciscoacuyo.blogspot.com/2018/09/de-la-muerte-o-la-paradoja-de-la.html
[2] Conocida también como la energía del vacío, cuya energía debería ser cero.
[3] Nishitani, K.: Opus cit. p. 208.




La nada: ¿Más allá - o mas acá- del espacio tiempo-? Francisco Acuyo

viernes, 8 de marzo de 2019

PALABRAS PARA LA CIUDAD ILUSTRADA


Traemos la entrada que lleva por título, Palabras para la ciudad ilustrada, del profesor y filósofo Tomás Moreno, con motivo de su memorable intervención en los ciclos que organiza Entorno Gráfico Ediciones, y las librerías Picasso,  bajo el nombre de La ciudad Ilustrada; en torno al autor y su obra agradeciendo su siempre grata y avisada presencia.


Palabras para la ciudad ilustrada, Tomás Moreno




 PALABRAS PARA LA CIUDAD  ILUSTRADA



Palabras para la ciudad ilustrada, Tomás Moreno


El acertado título “La Ciudad Ilustrada” que preside este ciclo de presentaciones de nuestros poetas y escritores más representativos, que ha tenido a bien organizar Entorno Gráfico Ediciones bajo la sabia coordinación de Francisco Acuyo, hace justicia a una ciudad, como Granada, que brilla en el panorama cultural español como una de las más atractivas por su  legado histórico, artístico y literario y por su extraordinario potencial de desarrollo futuro.
            Y decimos que el título aludido es certero -bien elegido- porque sólo desde una ilustración anhelada y buscada, una ciudad puede sentirse libre, autónoma y dueña de su propio destino y alcanzar su madurez social, vital y cultural. Precisamente eso fue lo que Emmanuel  Kant quiso revelarnos en su famoso OpúsculoContestación a la pregunta ¿qué es la Ilustración?” de 1784. No me resisto  a leerles su comienzo, el primer párrafo de la misma. En él nos dice Kant lo siguiente.

“La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable minoría de edad. La minoría de edad significa la imposibilidad de servirse de su razón sin la guía de otro. Esta minoría de edad es culpable porque su causa no  reside en la falta de razón sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere Aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón: he ahí el lema de la Ilustración”.

            Según Kant la pereza y la cobardía son las culpables de esa minoría de edad y de ese sometimiento del individuo, como pupilo, a la tutela de otros, impidiendo así su emancipación e imposibilitando “atreverse a pensar por su propia cuenta” o “a pensar por sí mismo”. Curiosamente este texto kantiano conecta de alguna manera con el primero de los dos micro-ensayos elegidos por el antólogo de  esta colección, como muestra de mi modesta obra ensayística: se trata del titulado “Sobre la Verdad y  la Ficción”. En él, basándonos en la platónica alegoría de la caverna, hacemos un recorrido de la influencia de la misma en algunos hitos o momentos estelares  de la literatura europea y universal
            Es oportuno destacar y recordar, a este respecto,  que cada época ha diseñado su propia alegoría de la caverna . Acerca de ella, han reflexionado recientemente - en el primer tercio del siglo XXI, por no remontarnos a los 24 siglos precedentes- pensadores como el germano Hans Blumenberg, Salidas de caverna (Edit. Antonio Machado Libros, 2004) o el joven italiano Diego Fusaro en su ensayo Idealismo o Barbarie. Por una filosofía de la acción, (Trotta, 2018).
Palabras para la ciudad ilustrada, Tomás Moreno


            Para Hans Blumenberg esta Alegoría es la metáfora absoluta en la que se pueden leer  todas las prestaciones de sentido que contiene la filosofía en general, y la platónica en particular. En efecto, desde este símil o relato se aborda el proceso de ascensión (Anábasis) del prisionero que se libera de las cadenas de su ignorancia hasta alcanzar la contemplación y conocimiento de la verdad iluminada por la luz del Sol y, asimismo, se nos describe la vuelta, el regreso o descenso (Katábasis) del mismo hasta la oscuridad del mundo de la caverna –esto es: hasta la falsedad organizada del mundo de las sombras- con el único objetivo y finalidad de ayudar a los prisioneros de la caverna a liberarse todos juntos de sus cadenas.
            Para Diego Fusaro no existe metáfora alguna que aborde mejor que esta alegoría platónica el Proceso Ilustrado de Emancipación de la Humanidad como objetivo y orientación de la teleología filosófica y  desideratum último del filosofar. En su opinión, en el relato platónico verdad y libertad sintonizan y se exigen mutuamente, para concluir que aquél que ha contemplado la verdad afronta también -por solidaridad y simpatheia con los sometidos a las sombras- el deber moral inexcusable de ayudarlos a alcanzar la luz de la libertad.
            Se trata, en definitiva, de uno de los temas más notables que atraviesan diagonal o transversalmente toda la tradición filosófica occidental -que aparece, incluso, en boca de Jesús, en un conocido texto evangélico del Evangelio de San Juan: “La verdad os hará libres”- y que constituye el eje vertebrador de cualquier Proyecto Ilustrado, que se sintetiza y resume en estas dos apuestas: a) La apuesta por la VERDAD, que implica el desarrollo de una educación  libre, universal, gratuita y crítica para toda la ciudadanía y el libre acceso a la cultura en todas sus formas;  y  b) la apuesta por la LIBERTAD, por el uso libre de la razón, teórico y práctico, como condición de posibilidad de su auténtica emancipación.
            Sólo así nos acercaremos cada vez más al logro o realización del Proyecto ideal o utópico Kantiano de la Ciudad Ilustrada como salida (Ausgang) necesaria  del estado de dependencia y de ignorancia en el que se encuentra, aherrojado, el hombre del siglo XXI, todavía sometido a las cadenas de la ignorancia y de la manipulación, como lo estuvo también  en el pasado. Aunque hoy –inmersos como estamos en la caverna mediática y en el universo virtual del Gran Panóptico electrónico y multinacional- esas cadenas son mucho más insidiosas, persuasivas, ocultas, poderosas e incontrolables. Sin embargo, mientras caminamos en esa dirección, deberemos ser conscientes de que este proyecto nunca se verá definitivamente culminado. La utopía -en nuestro tiempo, ya escarmentado de macroutopías y de ingenierías sociales totalitarias- sólo puede ser una aproximación asintótica hacia el ideal, pues sabemos que “a medida que nos acercamos al objetivo perseguido, él se aleja un poco de nosotros”.

TOMÁS MORENO



Palabras para la ciudad ilustrada, Tomás Moreno


martes, 5 de marzo de 2019

BREVE SÍNTESIS DE SEXO Y CARÁCTER. (PRIMERA PARTE)


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos, siguiendo con el estudio sobre Otto Weiniger, una nueva entrada del filósofo, Tomás Moreno, que lleva por título: Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte)


Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte), Tomás Moreno



BREVE SINTESIS DE 

SEXO Y CARÁCTER. (PRIMERA PARTE)



Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte), Tomás Moreno


                “Groseramente expresado, el hombre tiene un pene, 
pero la vagina tiene una mujer” 

(Sexo y carácter, O. Weininger)



El libro de Otto Weininger se divide en dos secciones, precedidas de un prólogo. La primera, “preparatoria”, titulada La diversidad sexual, consta de una introducción y seis capítulos, y contiene la parte biológica y psicológica; la segunda o “principal” según su autor, que lleva por título Los tipos sexuales, mucho más extensa, tiene catorce capítulos y en ella considera Weininger puntos más especiales de psicología (y filosofía) y expone su doctrina caracteriológica, ética y metafísica.
            La arquitectura de su obra es peculiar: en tanto que científico trata de elucidar el problema de los sexos, en tanto que filósofo, intenta entrelazar este tema central con las más diversas cuestiones de la cultura: con cuestiones de filosofía, lógica, ética, estética, psicología, etc. Desde los primeros renglones de su obra enuncia Weininger su intención principal: tratar el problema nuclear de la caracterización psicológica de los sexos, la relación entre los sexos, bajo una luz nueva y definitiva. Para tratar de reducir a un único principio la diversidad entre ambos y así “compendiar todas las contraposiciones entre el hombre y la mujer en un sólo y único principio”, según confiesa en su Prólogo, recurre, para ello, a las diferencias psicológicas entre hombre y mujer.
Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte), Tomás Moreno

            Muy sintéticamente, las principales tesis y temas tratados en esta Primera parte derivan del tema central que trata de exponer, argumentar y demostrar en esta primera parte y a lo largo de los dos primeros capítulos (“Hombres y Mujeres” y “Arreniplasma y teliplasma”) es el de la bisexualidad e intersexualidad inherente y originaria de todos los seres u organismos vivos. Sostiene en ella Weininger que los seres humanos no pertenecen exclusivamente a un único sexo diferenciado, sino que poseen rasgos de ambos: “no existen seres vivos de los que se pueda afirmar que son unisexuales y de sexo determinado. La realidad muestra, por el contrario, una oscilación perceptible entre dos puntos; ningún individuo, ni siquiera empírico, puede ser catalogado en tales puntos concretos, pues todos los seres ocupan un lugar entre ellos” (SYC, p. 28).
            A partir de esa primera tesis, Weininger intenta explicar el carácter humano sobre la base de mezclas relativas de componentes masculinos y femeninos. Es su teoría de los “grados sexuales”. A su juicio, todos los individuos podrían alinearse a lo largo de una línea continua de “x” partes de masculinidad e “y” partes de feminidad, de tal modo que el aumento de un componente siempre iría ligado a la disminución del otro. Inspirándose en las investigaciones de su época y concretamente en Havelock Ellis trata de establecer una teoría de las propiedades anatómicas y fisiológicas de los tipos sexuales y de construir una teoría biológica explicativa de las diferencias sexuales manifestada en la existencia de los diferentes grados de masculinidad y feminidad. Llega a negar la existencia de formas extremas  o puras: no hay, en rigor, sino formas intermedias. Existen, pues, gradaciones innumerables entre el hombre y la mujer, es decir distintas “formas intersexuales” Podemos imaginarnos como tipo sexual un hombre ideal H y una mujer ideal M, que en realidad “no existen”, sólo existen “los posibles grados intermedios entre el hombre perfecto y la mujer perfecta” (SYC, p. 26)[1].   Sostiene Weininger, incluso, que los hechos empíricos demuestran que ni siquiera en el nivel celular es posible discernir las características sexuales. La sexualidad no se limita a determinados órganos, sino que se extiende, con diferente graduación, a todas las células del cuerpo, pudiendo ser, en ciertas partes, más masculina, y en otras, más femenina: “toda célula del organismo está caracterizada sexualmente y tiene un determinado tono sexual” las cuales presentan un tono sexual más o menos marcado en cuanto a su masculinidad o feminidad” (SYC, p.31). En realidad, no hay para él hombres ni mujeres, sino individuos en los cuales lo masculino y lo femenino se mezclan en distintas proporciones, constituyendo una serie donde se dan todos los grados y sólo faltan el hombre y la mujer absolutos, típicos. Pero estos ejemplares típicos, ausentes de la realidad temporal en la que sólo existen los tipos contingentes y mixtos que pueblan el mundo, deben ser construidos, configurados intelectualmente a la manera de esencias platónicas:
“El macho y la hembra […] se mezclan en diferentes proporciones, sin que el coeficiente de una de ellas llegue a ser nunca cero, y que se distribuyen en los individuos vivientes. Podría afirmarse que en la práctica no hay machos ni hembras, sino tan sólo seres varoniles o femeniles” (SYC, p.27).
           
            En su teoría de los grados sexuales  encuentra Weininger el fundamento para establecer la ley de la atracción entre los sexos al afirmar que al hallarse la masculinidad y la feminidad distribuidas en las más diferentes proporciones en los seres vivos le llevó “al descubrimiento de una ley natural desconocida, que sólo fue entrevista por un filósofo (Schopenhauer en su “Metafísica del amor sexual”), la ley de la atracción sexual” (SYC, p. 42). Esta temática es desarrollada en los capítulos 3º y 4º. En todos los seres vivos sexualmente diferenciados existe una atracción recíproca dirigida a la cópula entre machos y hembras. En el lenguaje corriente se dice refiriéndose a dos personas: “están hechas una para otra”[2]. También ocurre lo contrario: ciertas personas del otro sexo pueden ejercer sobre un individuo incluso una acción repelente:

Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte), Tomás Moreno
“Ocurre, en efecto, que cada tipo de hombre posee su correlativo en la mujer que actúa sobre él sexualmente y viceversa.” Debe existir una ley que rija esa acción: “Los opuestos se atraen”. Esa fórmula es excesivamente general y no puede ser formulada en forma matemática” (SYC, p. 43).
           
            La ley de la atracción tiende, pues, a unir individuos que se complementen y establece que en la unión sexual tienden siempre a reunirse un hombre completo (H) y una mujer completa (M), aun cuando en cada caso se hallen distribuidos en proporciones diferentes en los dos individuos en cuestión. Cada individuo posee tanta masculinidad como le falta de feminidad: cuando es totalmente masculino necesita un complemento totalmente femenino y al contrario (p. 43). Si se representa por H y M respectivamente el hombre tipo (H) y la mujer tipo (M), un varón constituido por ¾ de H y ¼ de M procurará unirse a una mujer en cuya composición entren ¼ de H y ¾ de M. De este modo, un varón femenino en una proporción de 3:4 se sentiría atraído por una mujer masculina en una proporción de 3:4, y así sucesivamente. Es una ley muy sencilla de reciprocidad, que no hace sino precisar una difundida opinión popular y que, por otra parte, supone una correspondencia mutua en la atracción. Para los casos concretos ha formulado otra ley matemática mucho más complicada, que tiene en cuenta factores omitidos en la ley principal (SYC, p. 44).
            Se debe prescindir del factor estético de la belleza pues éste no interviene como se cree normalmente. Sucede frecuentemente que un individuo está prendado de una determinada mujer, enloquecido a consecuencia de su belleza extraordinaria y fascinante, mientras para otros no posee ningún atractivo   pues para ellos aquella mujer no significa “su” complemento sexual (su “media naranja”). La atracción sexual debe llegar al máximo cuando “uno de los individuos posea tanta masculinidad como feminidad contiene el otro”. Goethe se refería a esto con la expresión “afinidades electivas” (SYC, p. 49)[3]. La ley de la afinidad sexual muestra, además, que la descendencia es más vigorosa y sana cuando procede de individuos en los que la atracción sexual recíproca alcanza el grado máximo. He aquí por qué las gentes suelen hablar con especial entusiasmo de los “hijos del amor” y se cree que éstos son los mejores y más bellos (SYC, p. 54-56). Con ello Weininger se muestra totalmente partidario –frente al amor libre o el matrimonio por conveniencia- del matrimonio por amor[4].
            El capítulo siguiente (V “Caracteriología y morfología”) trata de encontrar una correspondencia  del principio de los grados intersexuales en el campo de la morfología y fisiología de la mujer y del hombre, elevándolo a principio heurístico de las diferencias individuales. La conclusión a la que llega puede resumirse en este tipo de asertos:
Cuanto más femenina es una mujer tanto menos comprenderá al hombre, y cuanto más intensa sea la acción que éste ejerza sobre sus cualidades sexuales mayor impresión de hombre le producirá.” Por el contrario: “cuanto más varonil sea un individuo menos comprenderá a la mujer, y, sin embargo, tanto mayor impresión le causarán las mujeres por su aspecto exterior, por su feminidad”. Los hombres afeminados son “conocedores de mujeres” saben tratarlas mucho mejor que los varoniles (SYC, p.67)[5].

Breve síntesis de sexo y carácter (primer parte), Tomás MorenoH. Moreno ha puesto de manifiesto la contradicción o paradoja en la que cae Weininger. Llama la atención, señala, cómo a lo largo de esta primera parte la “bisexualidad originaria” -su punto de partida, descrita al principio como una especie de “indiferenciación” en virtud de la cual en un mismo individuo se reparten de manera aleatoria características de uno y otro sexo en proporciones impredecibles y que le lleva a cuestionar la diferenciación entre hombres y mujeres (“¡no hay machos ni hembras!”)- va difuminándose poco a poco hasta convertir, en la segunda parte, el centro de su reflexión en la existencia de dos sustancias distintas e inconmensurables y en el significado de la diferencia sexual, negando así la unidad de hombres y mujeres en una misma esencia material. Así “conforme Weininger desarrolla su argumento, la bisexualidad de la pareja humana va transcurriendo, desde una descripción donde hombres y mujeres comparten las características de los dos sexos –en una especie de continuum cuyo centro es indiscernible- hasta una atribución diferencial donde se pretende separar con una navaja muy filosa los significados esenciales de lo femenino y lo masculino”[6].
            Tal contrasentido, sostiene con razón H. Moreno, tiene profundas resonancias en la cultura del Romanticismo, en particular en la recurrencia al mito andrógino[7]: en efecto, como en la fábula aristofánica del Simposio platónico[8], en Weininger feminidad y masculinidad, no son rasgos que se deriven de la experiencia de mujeres y hombres, sino constructos ideales o valores preexistentes a la mera definición de mujer o de hombre: la paradoja, tanto para la figura del andrógino como para la entidad intersexual weiningeriana, es que la unidad humana se disocia en dos sustancias perfectamente distinguibles, organizadas entre sí a partir de una estructura jerárquica donde precisamente lo que no hay es complementariedad. Si no se admitieran los tipos de hombre y de mujer ideales se carecería de una unidad de medida aplicable a la realidad.

TOMAS MORENO


[1] Eva Figes comenta: “Un poco como Jung, cuyo pensamiento tiene más en común con la filosofía alemana que con la ciencia empírica, Weininger comienza con una suposición similar a la de ánimo y anima, es decir, “la existencia de un hombre ideal, H, y una mujer ideal, M, como prototipos sexuales, aun cuando en realidad tales prototipos no existan realmente”. Los hombres son machos y las mujeres hembras, pero toda persona lleva en ella algo del sexo opuesto, y a veces más que algo. Los hombres judíos se pasan un poco en ese algo femenino, y las mujeres intelectuales o las que piden la emancipación tienen en su constitución una amplia proporción de masculinidad. (Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit. p. 139).
[2] Este es su punto de partida: “cada individuo tiene, respecto al otro sexo, un gusto determinado. Todas las mujeres amadas por algún hombre famoso ofrecen notables semejanzas: la figura, el rostro, y se extiende también a los más pequeños rasgos, “pudiéramos decir incluso que hasta las uñas de los dedos” (SYC, p. 42).
[3] Así explica W. el hecho del adulterio, como algo perfectamente natural e inevitable: “Cuando se unen dos individuos que según nuestra fórmulas se avienen mal, y más tarde se presenta el verdadero complemento de alguno de ellos, se observa una tendencia a abandonar la precaria unión anterior, obedeciendo a una necesidad regida por una ley de la naturaleza. Entonces se produce el “adulterio”, suceso tan elemental, fenómeno tan natural como pueda serlo el hecho de que cuando se ponen en contacto una molécula de HOH, los iones SO4 abandonan inmediatamente los iones Fe para unirse a los iones K. Sería ridículo que alguien pretendiera aplaudir o criticar a la naturaleza cuando intenta igualar una diferencia de potenciales” (SYC, p. 53).
[4] El hecho de que entre los judíos –afirma nuestro autor- sea mucho más frecuente que en otras razas “el acuerdo de los matrimonios por terceras personas, sin intervenir para nada el amor, no debe ser ajeno a la degeneración física de los semitas de hoy día” (sic). (Ibíd)
[5]Se extiende W. en la necesidad de educar las formas intersexuales de manera más individualizada, no uniformar los seres que son diferentes: el hecho de dedicar a las niñas a trabajos manuales y a los niños a otros tipos de juegos […] desatendiendo los grados intermedios: niños que les gusta jugar con muñecas, coser, tejer, vestir prendas femeninas y viceversa. Tras la pubertad “reprimida” se rompen las cadenas: “las mujeres varoniles se hacen cortar los cabellos, prefieren vestimentas que semejan las masculinas, estudian, beben, fuman y se dedican al alpinismo o a la caza; los hombres afeminados dejan crecer sus cabellos, se interesan por las toilettes de las mujeres, hablan con ellas acerca de las modas, y son panegiristas entusiastas de las puras relaciones amistosas entre los dos sexos, y así, los estudiantes afeminados mantienen íntima camaradería con los del sexo opuesto
[6] Hortensia Moreno, Femenino y masculino en las ideas de Otto Weininger, en Rossana Cassigoli (Coord.), Pensar lo femenino. Un itinerario filosófico hacia la alteridad ,  Anthropos, Barcelona, 2008, 134
[7] Ibid, p. 135.
[8] En la fábula aristofánica se habla de un tiempo inmemorial donde los andróginos coexistían con los dioses y eran, al mismo tiempo, esféricos, inmortales y autosuficientes (en lugar de carentes, divididos y menesterosos como los humanos). El principal rasgo de esa perfección es una naturaleza dual: cada andrógino tenía un solo cuerpo, pero genitales dobles, dos cabezas, cuatro extremidades. En castigo por nuestra soberbia, los dioses nos cortaron en dos y desde entonces anhelamos encontrar nuestra mitad perdida, y ése es el origen del amor (SYC, pp. 118-156). Para el tema de la androginia véase bibliografía en infra




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