sábado, 18 de septiembre de 2010

EN LOS LÍMITES DE LO POSIBLE: EL ESPEJO POSMODERNO

Esta (muy irónica) reflexión sobre Los principios del tigre (1997) surgió con motivo de algunas consideraciones que se hicieron en su momento (equívocas, a mi modesto entender) sobre su situación en el panorama poético actual, y de cómo se trataba de incorporarlo a las directrices del postmodernismo literario.










En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo





EN LOS LÍMITES DE LO POSIBLE:
EL ESPEJO POSTMODERNO






CUANDO SE LE OFRECE AL AUTOR MISMO DE una obra de creación la posibilidad de ejercer una labor interpretativa capaz, debe si no de establecer claves de lectura, sí, al menos, dilucidar por aproximación algunas de las señas de identidad significativas de la misma; pues sucede que todos aquellos signos vertidos para propiciar una guía de perplejos en su lectura pueden convertirse en una suerte de martirio o de tortura exegética ciertamente insufribles.

Así aconteció cuando me propusieron, abierta y desenfadadamente por otra parte, al autor de las valoraciones que nos ocupa, es decir a mí mismo, dar claves de lectura de este libro en virtud de sus influjos (si los hubiere) con supuestos rasgos posmodernos. Tengo que confesar que cuando se me hizo esta indecente proposición, lo que más me preocupaba era caer en el uso -inevitable- de la convencional práctica de los principios que abundan en la teoría que alimenta la crítica de la posmodernidad. Cuando le dije que no le garantizaba encontrar señas identitarias que fuesen de su satisfacción, noté demudar la color de sus facciones, normalmente bien aderezadas, y la expresión habitual de amable complacencia hubo de tornarse en visaje algo mohíno, e hizo gestos intraducibles a mi negativa demanda, los cuales quise interpretar para la ocasión, como de curiosidad o expectación, aunque, en confianza, creo que era más patente la suspicacia y la perplejidad, a la vista de los posteriores y enigmáticos comentarios al respecto del por qué un examen tan riguroso (el suyo,  aun siendo del todo favorable), a una obra (la mía),  no mereciese un grado tal de austera introspección y rechazo por mi parte. Dicho lo cual, con la benevolencia que caracteriza a las almas candorosas, también quiero creer que por la amistad con la que tiene a bien en regalarme de forma inmerecida en tantas ocasiones, y a pesar de mi proceder impertinente y tantas veces inoportuno, me pidió que defendiese mi rechazo por escrito. Quise acceder -a regañadientes- a su inusitada demanda por la devoción a la excelencia de su persona, y empecé a relatar de esta atropellada y muy breve pero no menos amable manera:

«Querido amigo: No sé si acertaré a dar satisfacción completa a tu exigente requerimiento, de cualquier modo, de la obra que creo más atinada para establecer características que muestren inclinación a aquellos principios, aun siendo mi naturaleza muy reacia a tales circunscripciones y posterior catalogamiento, será la que muy a propósito se intitula: «Los Principios del Tigre».

Diría que en la totalidad de su conjunto tuve siempre muy claro que la tradición, el pasado, como designabas en la relación que me ofrecías como caracteres propios de la posmodernidad, iba a transcurrir muy naturalmente, con una aceptación muy acorde del que sabe certeramente que dicha tradición no puede (acaso no debe) ser destruida, y esto porque no es ninguna cosa vanal colegir que con ella se recurre a un saber universal. Tal es así que me permití, entre otros collages con valor de intertextualidad  el del poema titulado La soledad y el tiempo: [...] de estos días azules[...] del verso tercero, o [...] de ese sol de la infancia, retrato en verdad ostensible de los célebres versos de Antonio Machado.

En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo
En cuanto a la ironía, que también se encontrará, y en cantidad notable en no pocos versos, acaso vea su marca más reconocible en las líneas que conforman este particularísimo comentario, que no pierde mantenerse sino con grado importante de fe en el disparate más sincero, pues es producto del más profundo escepticismo; no obstante quede aquí la estrofa cuarta del fragmento cuarto del poema que da título al libro: Los principios del Tigre, que de por sí bien puede tenerse como auténtico sarcasmo: Sabe el tigre que mirar // no es un arte cultivado, // no cuentan tanto los siglos // como el saber instantáneo. Presta atención, y observa que subyace en estos versos (idea también perfectamente deducible en otros momentos del libro) quizá no la debilitación de la historia, acaso la nulidad de la misma.

En este instante no puedo menos que hacer una reflexión sobre la concepción espacio temporal que discurre a lo largo del poemario, y hacer notar que los modos espacio temporales que se muestran, no son en absoluto los que priman al sentido común de los mortales sensatos. Mira si no cuando dicen los versos del mismo poema: Entre el discurso del tiempo // la eternidad sensitiva, concepto non grato a cualquier entendimiento medianamente enjuiciado; o estos otros de A la sombra del álamo blanco cuando dicen: Puedo tocar el pasado, // puedo escuchar si crepita // el ascua desde el futuro// que regresa a su ceniza».

También se me antoja como bastante claro y pertinente al caso: el manifiesto declive de cualquier mito de modernidad y progreso y su consecuente rango de superioridad en poemas como el que da título al libro, por su contenido evidente, por otra parte ya fácilmente deducible del sentido ambiguo o ambivalente del mismo: ¿cabe acaso la sofisticación intelectual expresa en esos principios para una fiera que, además, se supone tan irreverente como iletrada?

La alegoría es cosa de veras digna de reseñar a estas alturas de este apresurado análisis, no sólo en el poema último, pues incluso puede verse cierto sentido alegórico en la totalidad del poemario.

Que hay una fuerte propensión ecléctica, me parece de bulto, las fuentes que hacen aparición a cada paso de los poemas, es del todo compleja por abundante, señalaba a Antonio Machado, mas también cabe detectarse a Rubén Darío, a Vicente Aleixandre, a Góngora, a Juan Ramón Jiménez, a Lorca, y un larguísimo etcétera, y todo ello vertido en una, creo que digna hibridación que da fe de un importante sincretismo de estilos, pero también de pensamiento, veremos circular desde Platón a N.A.Witthead, pasando por Epicuro y Kant... De esto puede lógicamente deducirse el posicionamiento antitotalitario radical, el cual marcharía desde la visión estética hasta cualquier posicionamiento moral y filosófico, deducible por el singular desfile de ideas, filosofías y poses estéticas del todo muy variadas.

La congruencia, en esa curiosa acepción postmoderna, es también un rasgo perfectamente constatable: hacen desigual desfile en estas páginas poetas, filósofos o científicos, certificando una clara afinidad entre poesía, literatura, filosofía, ciencia, ética, estética... De todo lo cual cabrá deducirse el auténtico desafío para la habilidad interpretativa del lector potencial en el manejo coordinado o parataxis de todo este material.

Tengo también que reconocer de seguro, no sin cierto pudor, que este tipo de confesiones llevarán a malinterpretaciones tanto literarias como personales, aunque me es grato referirlo, no sé si hasta el punto de haber manifestado celebración alguna, sin ser tampoco demasiado consciente de haber mantenido algún grado de befa hacia alguno de los valores establecidos, nunca quise herir la sensibilidad de nadie en modo y momento alguno...».

De esta guisa fui despachándome respecto a las convenciones postmodernas vistas por el crítico, autor y amigo de mi libro. Ahora con más seriedad, atención, circunspección y desde luego menos vehemencia, me siento en notable confusión, sabiéndome menos discreto, reservado, reflexivo, cómo menos dueño de mí mismo; más exento de pudor y con más responsabilidad por apuntar presuntos despropósitos, aunque también más señor de un aire de desafío, porque tal vez le hiciera parecer por momentos más ajeno, despegado a su amistad, por lo que encarecidamente ruego su disculpa, mas acaso más libre con aquello que en un principio me hiciera mostrarme, por mor de la amistad y de las buenas costumbres, del todo tan pusilánime.






                                                                                                                       Francisco Acuyo






En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo

viernes, 17 de septiembre de 2010

CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.

He aquí unas reflexiones expresas brevemente sobre la temática proverbial del Carpe diem horaciano, por ejemplo, en la poesía del gran D. Luis de Góngora, y de buena parte de la tradición renancentista y del barroco, a modo de introducción a la concepción de lo que en posteriores apuntes y entregas mostraré sobre el tiempo poético.


Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo






CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS
 VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.





Mientras por competir con tu cabello



Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.





De la brevedad engañosa de la vida



Menos solicitó veloz saeta,
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.



CARPE DIEM


O LA NATURALEZA DEL TIEMPO




DE LA INTERPRETACIÓN, COMENTARIO Y SINOPSIS de la primera y, sobre todo, de la undécima oda (y de algún epodo), deducimos, al margen de la exposición de motivos de índole poética y encomiástica al benefactor (Mecenas), una suerte de descriptio del presumible transcurrir del tiempo. El hecho de que su dedicatoria sea explícitamente abierta y en pos de Leucónoe (me refiero a la Oda XI que comentamos) fémina de su época, nos hace conjeturar sobre la naturaleza del tiempo qu desde Horacio, habría de mantenerse durante siglos casi imperturbable como uno de los temas dilectos en la poesía, sobre todo renacentista - española e italiana- y del Siglo de Oro.

Como decía, la dedicatoria ya nos parece rasgo de delación importante en la configuración y carácter del tiempo para nuestro poeta ( y como digo para tantos otros después), que me atrevería a decir que marca más que una pauta para describir la naturaleza del tiempo en poesía. Así, la cuestión de que sea una mujer a quien va dirigido el poema me parece reveladora en tanto que, según la creencia de nuestro autor (vigente también en el momento de su dedicatoria), ésta, Leucónoe, digo, tiene, como mujer, una mayor propensión a estrechar vínculos con supersticiones de muy variada índole.

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco AcuyoEl Carpe diem, quam minimum credula postero con que cierra la Oda no sólo es una invitación sibarita al vivir gozoso del instante; a mi juicio, y sobre todo, es una transcripción exacta de lo que el tiempo supone para el poeta en la vida y en su traducción inevitable en la poesía.
Es así que se reproduce como una de las claves no sólo temática del poema, acaso también de lo que el tiempo fenomenológicamente sea. Y desde luego de esa dudosa fugacidad del mismo, entendemos que transcurre, pero ilusoriamente.

Nos ofrece la quimera secularmente aceptada del transcurrir del tiempo en su dimensión en extremo más embaucadora: Dum loquimur, fugerit invidia // aetas: pues éste ha huido sigilosamente. Pero, ¿realmente el tiempo ha transcurrido? La cuestión es que no podemos fiarlo al mañana, tan sólo a lo que ahora aprehendemos y vivimos.
Del Collige, virgo, rosas... al De rosis nascentibus», del excelso Ausonio, cabe añadir a lo ya dicho del gran Horacio, que lo efímero de la belleza en la rosa no sólo Magistral de la poesía, también de la vida tiene igual carácter y naturaleza, pero su misterio no está tanto en su decadencia anunciada como en el hecho de que será con su muerte como de hecho viva: Aunque inexorablemente deba la rosa morir, // ella misma prolonga su vida con los nuevos brotes.

Mas ¿qué es ésto, sino poner de nuevo en duda la realidad del transcurrir del tiempo y de lo que éste sea en cuanto que se mueve hacia la aniquilación de lo que le rodea? Nos parece un nuevo dato a tener muy en cuenta para inferir la naturaleza intrínseca del tiempo en poesía, y en la vida acaso.

Ché fugaci son l´hore, e’ l tempo lieve // e voloce a la fin corre ogni cosa, del influyente Bernado Tasso, insiste sobre la fugacidad, matiza en este extremo con cierto detalle conceptual, pues son las horas, al fin y al cabo de lo que se compone el tiempo, ¿también la vida? Y ellas son las que sin duda transcurren y son veloces para infortunio nuestro. Así insiste nuestro poeta en la duración del tiempo dando la sensación de movimiento con el Mentre che... reiterado en el soneto a través de los cuartetos en forma de eficaz anáfora.

Esto es un hecho: una estación sucede a otra inexorablemente mientras el poeta, y ahora nosotros como lectores, contemplamos (¿inmóviles?) el singular transcurso estacional. Será este soneto de Bernardo Tasso modelo indiscutible para otros poetas posteriores en su tratamiento del carpe diem, lo veremos en D. Luis, quien no tiene reparo en transcribir versos y recursos, no sólo ideas y modelos aproximados. Pero también tendremos ocasión de observar cuán magistralmente asume la tradición para mayor gloria de nuestras letras y de la poesía.

Detendremos nuestro discurso ahora, para detenernos en el inspirado e insuperable Garcilaso de la Vega, concretamente en su soneto XXIII. Que abrir un soneto es todo un arte, lo sabe como pocos nuestro carísimo Garcilaso: En tanto que de rosa y azucena // se muestra la color en vuestro gesto[...] es una de tantas muestras de aquella maestría, mas, ¿qué tiene de infrecuente esta con aquellas otras no menos celebradas?

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo
Nos parece, sobre todo, que su espléndido arranque se asienta en la sensación ilusoria de movimiento: En tanto que [...] De nuevo surge la expectante visión del espectador, casi inmutable, que comienza a visionar el transcurso de la juventud toda de rosa y azucena con el que se viste el gesto ¿amado?, o de cómo en tanto que el cabello es de oro volando prestamente por el cuello inmaculadamente blanco, todo se traslada por obra y gracia del tiempo enigmático hacia la nieve y el viento helado que, indefectiblemente, transformaran lo que ahora es bello para mañana estar marchito.

Si nos parecía extraordinario el arranque, con no menos maestría cierra en sus tercetos el soneto nuestro amado poeta: todo lo mudará la edad ligera» // por no hacer mudanza en su costumbre. El tiempo es hijo de la mudanza, lo contingente y lo mudable, pero, paradójicamente, ese movimiento transcurriendo toma un carácter diferente en su tratamiento en los poetas anteriores: Esto porque nos muestra la naturaleza real del tiempo: No hace «mudanza en su costumbre». ¿Nos plantea el carácter ilusorio del transcurso del tiempo con este juego conceptual; la costumbre se asienta y se hace fija, inamovible, mas no hace mudanza en su costumbre de parecernos continuamente en movimiento.

He aquí que el poeta, al fin, nos enfrenta con la realidad del tiempo que aparentemente todo lo cambia: a saber su ilusoria imagen dinámica. Este espléndido juego en paradoja con el que concluye el soneto sería cota suficiente para encaramar a nuestro poeta a lo más alto del empíreo parnasiano, mas, a mi modesto entender, no contento con tal hazaña, nos deja un sabor en sus conceptos, con el que paladeamos muy al gusto de nuestra época, la sensación insana del fluir temporal, la cual invita a una reflexión, por otra parte, no sujeta a ningún tiempo.

Decía, que el tema del carpe diem parece que fue muy del gusto renancentista, ya lo vimos en Bernardo Tasso y después en Garcilaso y su soneto XXIII, introducido a su vez por Ausonio en su Collige virgo rosas, dum flos novus, et nova pubes, y también tratado, como vimos, por Horacio en su Oda XI, para verlo al fin, en D. Luis de Góngora, por cierto, con un tratamiento bien distinto al gusto renacentista.

Mientras por competir con tu cabello // oro bruñido al sol relumbra[...] de este soneto ciento cuarenta y nueve en la edición de la ilustre Birute Ciplijauskaite, encuadrado dentro de los sonetos de temática moral, sacros, varios, y fechado en 1582, nos muestra, también como adelantaba, sin ningún pudor las reminiscencias del Mentre che l’aureo crin v’ondeggia intorno» de Tasso, y siguiendo el juego de anáforas «mientras[...] como un calco ostensible, nos va a dar un poema, sin embargo, de carácter muy muy diferente.

El juego extraordinario de correlaciones, estudiado magistralmente por Dámaso Alonso en sus «Estudios y ensayos gongorinos», nos hace ver y sentir como en muy pocos otros poemas que tratan la misma temática, el fluir inexorable del tiempo. Este sentencioso soneto, a través de las ya mencionadas correlaciones de los dos cuartetos, viene a cristalizar conceptualmente con una precisión matemática en los tercetos que concluyen el soneto y el poema: el desfile de elementos dinamizados por el tiempo hacen desigual desfile en esta espléndida enumeración: Goza cuello, cabello, labio y frente,.... //.... oro, lilio, clavel, cristal luciente....//... en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[...]

Pero la espléndida y contundente gradación del ultimo verso, se encuentra bastante lejos de la distinción, gusto y gozo renacentistas, pues representa la angustia de la desaparición total desde lo apenas consistente (tierra, humo, polvo, sombra, nada) hasta la disolución total.

El carácter metafísico del poema no va a la zaga del sentir propio del espíritu barroco, mas pienso que también engarza con la visión moderna nihilista de nos pocos creadores contemporáneos.

De signo muy distinto se nos antoja el soneto que inicia diciendo: Ilustre y hermosísima María[...], con el número cientocincuenta de la edición de Biruté, y con fecha de 1580. Desde luego llama la atención el préstamo del verso inicial, de la Égloga III de Garcilaso, que aún habría de repetir en el soneto 114 de la citada edición de los sonetos de Góngora. También vemos los ecos del soneto XXIII de Garcilaso que dice: y en tanto que el cabello, que en la vena // se escogió con vuelo presto, cuando dice Góngora: y mientras con gentil descortesía // mueve el viento la hebra voladora; todo lo cual demuestra (amén del repertorio de imágenes amorosas renacentistas) su gusto por el tratamiento del asunto poético que nos ocupa a la forma tradicional renacentista.

Siguiendo la mencionada estela del gusto tradicional del renacimiento, concluye con la invitación al gozo: goza, goza el color, la luz, el oro, mostrándonos la quimérica realidad de un tiempo que en su transcurso demuda la vida y la juventud, dejando, no obstante, la alternativa de la vida presente, todo lo cual parece emparentarse perfectamente con la tradición clásica del «carpe diem»

Cabe hacerse un planteamiento, por otra parte muy legítimo, sobre todo si atendemos a que hemos visto «transcurrir» en nuestro apresurado análisis, casi dos milenios en una temática que parece desbordar ideologías, presupuestos estéticos, concepciones religiosas o metafísicas, y este planteamiento será sin duda, y en virtud de la urgencia de nuestro análisis, no más de una semblanza, semblanza que tratará de vincular, a modo de epílogo, esta tradición con la modernidad.

¿Es pues, detectable en nuestros días el carpe diem? Ciertamente se me ocurren innumerables ejemplos, desde el romanticismo hasta la coetaneidad, con los que ilustrar dicha tradición, eso sí, más o menos fiel a sus presupuestos y planteamientos originarios. No obstante, si conectamos el carpe diem con el transcurso del tiempo, los ejemplos seguirán siendo numerosos, pero observaremos que la concepción temporal, sobre todo en poesía, que puede ser bien distinta, al menos en su argumentación y acaso también en su mismo espíritu, pues diríase que si bien mantiene el mismo pulso, lo expresa de manera bien distinta. Se me ocurre el ejemplo de Antonio Machado, que eleva el concepto de tiempo a esencia de todas las cosas. O como decía un poeta con menos enjundia por recientísimo:

Pero, dentro y fuera de la poesía ¿qué es en realidad aquello que denominamos tiempo y que idealizamos siempre en actividad, en marcha, trascurriendo siempre? Cuando un instante reparamos en esa situación tan grata a la memoria, o, ya en aquella sensitiva elevación del alma en la distancia que son días, semanas, meses e incluso años, se diría que se tiende y extiende en horizonte nebuloso la vida muy lejano, y en cuya superficie de sucesos acaso hiciera remembranza el más íntimo y particular de los recuerdos; como si anduviera en un paisaje movible y en derredor de una conciencia que, firmemente, pisa y, no obstante, con inmutable paso.

¿Es posible encontrar algún grado de afinidad, por ejemplo en esta visión moderna de tiempo, y aquella que con Horacio, Ausonio, Bernardo Tasso, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora la vinculan a la vieja tradición del carpe diem?

A todas luces nos pueden parecer bien distintas en lo que a la concepción del «vivir ahora» en el tiempo se refiere, sobre todo marcado por la idea temporal de la que se parta, conllevando esto una discusión filosófica puede que interminable. Pero creo que a la luz del concepto de tiempo poético no sea del todo lo mismo.

El nexo común del carpe diem en culturas tan distantes se algo más claro, cuando vemos que su naturaleza en poesía no es tan distinto. Es tenida como cosa común a cualquiera en este aspecto, tener la sensación de que el tiempo pasa, pero diríase que en poesía se manifiesta como una alevosa ilusión que tiene como consecuencia el tratamiento del carpe diem.

Parece como si la noción de tiempo en poesía tuviese una percepción más acorde con lo que el tiempo en realidad sea. Es como si el poeta fuese consciente de una cualidad física del tiempo que está perfectamente armonizada con el ejercicio, no tanto de hacer versos como el de sentirlos en su realidad temporal, por lo que el tiempo no corre, no vuela: el tiempo es. De esa manera se manifiesta como el presente vívido que goza y apercibe en el carpe diem y se despliega de forma análoga a la dimensión espacial, excepto en aquello que hace que lo temporal nos muestre donde acontecen los sucesos, y no tanto como una abstracción, sino como un estado-instante por el que deben regirse sensatamente nuestras vidas.




                                        

                                       Francisco Acuyo



Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo








jueves, 16 de septiembre de 2010

DE LA LÍNEA Y SU ESPEJISMO

Cron el número 4 de la colección Jizo de Literatura y Artes Plásticas titulado De la línea y su espejismo, se incorporaron reproducciones del pintor Salvador Fajardo y algunos poemas de Francisco Acuyo. Reproducimos aquí algunos cuadros y poemas para la consideración de quien pudiese interesar la siempre fascinante coordinación de poesía y pintura, pintura y poesía.

De la línea y su espejismo, Salvador Fajardo, Francisco Acuyo


DE LA LÍNEA Y SU ESPEJISMO






SI la línea, a través del ejercicio singularmente experto, y ofrecida sobre las excelencias de un dibujo depurado en extremo se me antoja (y creo que no caprichosamente) que quiere descifrarnos con la cierta guía de su seguro trazo, la naturaleza enigmática e insegura de lo que sea el tiempo: En seguida, por esto mismo, cierne sobre este humilde intérprete la sombra de lo incierto, si hijo de la duda y la fascinación en la belleza.

Mi corazón sospecha más nociones de las que ven sus ojos, y comprende menos las razonables indagaciones del concepto que las subidas alas que hacen excelsa la intuición, si así sorprende con el vuelo del espíritu.

De la línea y su espejismo, Salvador Fajardo, Francisco AcuyoAcaso nos parece insuficiente (sobre todo en la muestra peculiar de una expresión artística, en verdad original, y si esta nos transporta a un mundo personal y universal inconfundible),(1) la visión que quiere discernir entre el arte que se vierte como extracto de vida, irremediablemente imbricado a la prosaica y mera realidad, de aquella claramente subvertida para el iniciado, para el que entiende del conspicuo entresijo que articula el proceso de creación artística.

La sensibilidad estética en el arte nuevo, bajo el signo de la deshumanización, era estigmatizada. Pero la deforme realidad expresa en las insólitas figuras, a mi juicio, no hace sino cuestionar no su relación con el entorno real, si no aquello que la realidad misma sea; mas todo esto no como triunfo sobre lo humano, más bien como invitación a que lo humano al fin participe de lo que pueda ser verdadero.Esta voluntad de estilo que desvirtúa la apariencia real de los entornos y de las figuras, no implica desrealización, cosmética de lo auténticamente humano, porque ver lo falso si falso, es lo que invita a lo que sea verdadero.(2)





EL ESPACIO DE LA LÍNEA



LUZ en sombras la caverna
De la línea y su espejismo, Salvador Fajardo, Francisco Acuyo
temblorosas que al sentido,
proyecta un caos abstraído,
un alma en el tiempo eterna.
Perfil que corta la tierna
luz de la pupila exacto;
luz que en la sombra sujeto
invisible su boceto
es molde en la forma intacto
de un espacio sin objeto.





LA LÍNEA DEL TIEMPO




SOBRE el tiempo delinea
nebuloso la figura
en la roca de la idea
De la línea y su espejismo, Salvador Fajardo, Francisco Acuyo
que cincela la estructura,
de una célica criatura,
de una cierta incertidumbre
que, alma a solas, cenital
luz resuena a roquedal
(si de sombras muchedumbre)
en su abismo de cristal.




Francisco Acuyo










(1) Es éste el expreso singularmente a lo largo de la ya dilatada trayectoria del pintor Salvador Fajardo.

(2)La crítica, por ejemplo, de las viciadas costumbres no hace sino incitar a la verdad de lo que sea auténtico. Por esto, nada hay a mi entender más legítimo que esta azorada invitación a mirar la falsedad que encierra la aparente realidad expresa en la farsa de las convenciones sociales, estéticas e incluso

miércoles, 15 de septiembre de 2010

CEZANNE: PLÁSTICA DEL TIEMPO

Sobre la observación de dos versos y el cuadro de Muchacho con chaleco rojo, de Paul Cezanne, hacemos una breve semblanza no sólo de las relaciones entre poesía y pintura, también una reflexión algo heterodoxa del tiempo en relación con las artes.



Cezanne: plástica del tiempo, Francisco Acuyo





(En unos versos)






QUIEN HUBIESE TENIDO LA INMENSA FORTUNA DE HABER visto en la colección Bührle, en Zurich, El muchacho del chaleco rojo, quizá no encontrase tan extraño el parentesco entre los versos que una vez tuvieron lugar, en homenaje al maestro Paul Cézane, y el enigmático discurso del color del óleo sobre tela de este cuadro; y todo ello manifiesto en una suerte de melancólica plástica del tiempo que dialoga, no sabría decir si consciente o inconscientemente, con la vida pasada y presente del artista.

No nos parecería vano ejercicio señalar y resaltar como punto de inflexión interpretativa de los versos que nos ocupan, que la ciudad natal de Cézane, Aix-en-Provance, hace acto de presencia dos veces a lo largo del poema: si le preguntáis por su hermana en Aix, en el verso quinto concretamente y: Mi hermana está muerta en un parque de Aix, en el verso catorce. De hecho, la fecha de realización del cuadro se sitúa entre los años 1890 a 1895, momentos en los que Paul Cézane se expresa con un dominio total de su arte, y donde la serenidad de la mayoría de sus obras contrasta con la hosca y atormentada de períodos anteriores. Coincide, también, con la reclusión del artista en huraño aislamiento en la citada ciudad de Aix.

El poema aparece contagiado de esa maravillosa soltura que expresa a un tiempo: la libertad que inspira y en la cual se basa el artista en estos momentos de plenitud creativa, y el orden, no obstante, a que obedece cada pincelada en un riguroso equilibrio geométrico, el cual se trasluce no sólo en los paisajes, también en las figuras que realiza en esta época. Así pues, estos versos parecen dignos hijos del óleo en el que se basa para su homenaje al maestro. Asimila, a mi juicio, nuestro (enigmático) poeta, con gran dotes de suficiencia y dignidad la síntesis que Cézane llevase a cabo desde la forma a la luz y al color, por ejemplo cuando anuncia en los dos primeros versos: A ese muchacho de chaleco rojo,/ se le ha vaciado el corazón. La pose de la figura en una situación de serena pero profunda melancolía, corrobora este extremo.

No es menos homologable, y de veras resaltable a mi modesto entender, cómo el poeta, certeramente, a través de los singulares pinceles de la palabra poética, da cuenta de las texturas aterciopeladas que ofrece el original magnífico pictórico: Si le apretáis los dedos,/ vais a sentir un guante en vuestra palma, y verterá esa plástica temporal a la que hacia referencia al principio de este apunte, pues os dirá que se ahogó en sus trenzas/ una tarde que la lluvia era roja, como su chaleco, para decir finalmente, si arañas en la tierra, verás o descubrirás que su hermana está viva y su nombre y su familia, en una particular oferta de verdades últimas.
Cezanne: plástica del tiempo, Francisco Acuyo
despliega con el color del verso un presunto transcurso del tiempo plasmado ya como color y como ritmo versal o sonido eternos:

Si observamos los volúmenes que significan principalmente en el cuadro (la figura, los muebles soporte de la melancólica expresión del personaje, la cortina situada en un lateral, el fondo de pared que parece reflejar toda la disposición de dichos volúmenes) no podemos menos que verificar, aunque al principio sea de manera aparentemente fortuita o aleatoria, una estructura similar en el poema, así las diferentes estrofas de la composición poética (cuatro, concretamente) se nos trasladan a los sentidos como los volúmenes que sostenían el equilibrio portentoso de la composición pictórica del maestro.

Me voy a permitir una observación, no sé si aventurada, pero que, en mi escaso bagaje de conocimientos pictóricos, creo percibir en muchos momentos de la obra genial de Cézane, y que a su vez pueden emparentarla con la literatura, pues ofrece un singular discurso narrativo hecho de color, de luz, de figuras o de objetos que, tal vez delate que su amistad de muchos años con Emile Zola tuvo una importancia decisiva en su vida artística, puede que mal que le pese al último Paul Cézane, quien rompió con el autor de L’ouvre, novela que, precisamente, iba a costar su amistad de casi treinta años con el novelista.

Puede, en fin, con estos versos constatarse, que las figuras de Paul Cézane, si caracterizadas por su aire ausente (muchas veces es en extremo difícil entrever siquiera un destello de emoción íntima), resaltan, sin embargo, toda una serie de factores psicológicamente precisos y preciosos, muy penetrantes, de los cuales hacen gala buena parte de los numerosos personajes de sus enigmáticos retratos.

El viejo libro del mundo/ con muertas mariposas señalando la hoja de tu historia sea acaso la metáfora dilecta por la cual se hace posible esa plasticidad del tiempo, audazmente emparentada por otra parte por el poeta que nos concierne, con la materia genuina del pintor, y basado todo ello en un sustrato sustancialmente distinto, cual es el sin duda el de la poesía, pero esencialmente idéntico en cuanto que hace aseverar la importancia de que una nueva conciencia del mundo tome cartas en la realidad que la vida nos presenta, y que exige de forma definitiva una indagación distinta la cual identificaremos singularmente como arte.


Francisco Acuyo






Cezanne: plástica del tiempo, Francisco Acuyo

ENTRE EL HECHO Y LA FICCIÓN

Algunas breves aproximaciones a Jorge Luis Borges en el tratamiento de los hechos relativos a la narración literaria, centrados en una de sus obras más significativas: Ficciones.







Entre el hecho y la ficción. Entre la realidad y el deseo, Francisco Acuyo










ENTRE EL HECHO Y LA FICCIÓN:



ENTRE LA REALIDAD Y EL DESEO








No la verdad de los hechos,
sino la verdad de los sueños

Jorge Luis Borges
Arte poética: El arte de contar historias










QUE JORGE LUIS BORGES EXPONGA e identifique de suyo y con toda naturalidad los personajes de los relatos al servicio de su discurso memorable, en una suerte de ofrecimiento familiar mas lleno de misterio, se debe tal vez a que los vierte de forma concisa y además en singular alarde de minucioso conocimiento de los mismos, mostrándolos a través de un breve recorrido por su linaje tantas veces enigmático y desigual, tal es así que, por común esta característica suele darse en el plano literario como hechos auténticamente consumados. Con tan grata costumbre nos regala a ese juego de identidades emparentadas por claras semejanzas o disimilitudes más menos nebulosas; ofrecidas todas ellas en una suerte de cohorte que vierte su abolengo como parte más de su polifonía dialógica (aunque algunas veces elidida) de manera tal, que la presencia de aquella inaudita parentela diríase presidir de forma omnisciente la totalidad de los hechos que acontecen en el proceso narrativo.

De esta guisa peculiar vemos como se advierte un proceso ejemplar de modalización, a través del cual se va templando y contemplando el excelente discurso que dará consistencia a un extraordinario relato. Digamos que no en vano forma parte esta narración del sublime compendio de Ficciones intitulado El sur.

La omnipresencia del narrador ofrece una particular perspectiva con la que garantizar un elemento de sugestión esencial, el cual nos trasladará desde la figura protagonista y presencial de la narración, a saber, Johannes Dahlmann, y a una parte de su peculiar y extraña parentela, mas al discurrir del relato con la total seguridad y atención del lector interesado por ver en qué acción depara tan curioso personaje. De nuevo, como en tantos otros de los cuentos y narraciones de Borges, el cronotipo bajtiniano no viene a ceñirse al uso habitual de otros narradores de su época: el espacio y el tiempo confluyen de una forma indiscernible, ambas dimensiones acaban fundidas para conformar un todo que va a imprimir de un carácter verdaderamente único a nuestro relato.

Otro de los rasgos ciertamente identificadores de nuestra breve narración (también presente en otros cuentos de Borges) hace aquí especial acto de presencia: Será el factor de equivalencia de la narración, en donde podrá identificarse el orden de sucesión espacio-temporal, el cual se aleja de ser en absoluto lineal; me atrevería a decir que el orden de acontecimiento que aparece en el discurso deja de ser sincrónico. También puede decirse que, en este aspecto de extraordinaria y singular anacronía, carece tal vez de sentido hablar de una prolepsis o de una analepsis al uso discursivo habitual, pues el transcurso del tiempo se transmuta desde lo que en principio parece un tiempo lógico, por un transcurrir paralógico o, mejor aún, psicológico. Para lo cual veremos cómo suceden los hechos de la historia que tan magistralmente relata nuestro autor.

Entre el hecho y la ficción. Entre la realidad y el deseo, Francisco Acuyo
Nuestro protagonista, habitante de la ciudad de Buenos Aires, maquinaba pensamientos varios sobre una nebulosa propiedad que poseía en el Sur, en un sitio -que el protagonista designa como preciso- de la llanura; mas, ya se anuncia que, todo el panorama anodino y cotidiano de sus días ciudadales, iba a cambiar radicalmente. Nos dice que leyendo un descabalado ejemplar de Las mil y una noches, que había adquirido tal vez a buen precio, libro que va a convertirse en compañero inseparable y emblemático en el transcurso de los acontecimientos, y que con el afán urgente de dar cuenta de algunas de sus páginas en apresurada lectura, sube a oscuras por la escalera de su domicilio, cuando se golpea con un batiente recién pintado, produciéndose una herida que sangra profusamente por su cabeza.

A consecuencia de la herida cae enfermo. Le visita un doctor en primera instancia; después éste llamará a otro para contrastar opiniones; finalmente coinciden en la urgente necesidad de ingresarlo en un hospital, debido a que sufre una gravísima septicemia, por la que su vida corre serio peligro.

A partir de aquí comienza a cobrar sentido aquello que nuestro autor expone tan enigmáticamente en una parte capital de la narración cuando dice: A la realidad le gusta las simetrías y los leves anacronismos, los cuales van a marcar tan peculiarmente la suerte y desarrollo de este extraordinario relato.

Aquí, en este eterno y preciso momento, es cuando ya fuera de peligro, milagrosamente curado, transcurre el sueño o el deseo del que fuera un moribundo, ahora redivivo para ver hechos realidad sus sueños, para dar sentido al absurdo que muy bien pudiera haberle costado la vida.

Ya está viajando, repuesto de sus dolencias, a los miríficos parajes de su ansiado sur, aunque sólo fuese para morir con la dignidad, desde luego precisada por la conciencia libre de nuestro personaje principal Johannes Dahlmann, y acaso buscando si no un destino razonable para una vida insustancial, sí un destino o un final que no fuese aquel que le advoca a un desenlace absurdo; cobra en este punto el viaje imaginario un sentido auténticamente metafísico. Mas dicho viaje se lleva a cabo sin ninguna incidencia inicial, absorto en el paisaje y en los aconteceres corrientes de un viaje en tren; todo discurre hacia un término quizá imprevisto para el lector, pero, tal vez perfectamente premeditado por nuestro protagonista.

Es así que, del hecho inicial, rodado en un tiempo narrativo real, se sumerge, casi sin sentirse la ficción, en el fluir de un acontecer anhelado, dando lugar, prodigiosamente, a la que será la segunda parte del relato.

Como resultado final de su viaje enigmático, el encuentro final con los que, a la postrer muy bien pudiesen ser los objetos de su (segunda) muerte, acaso más legítima que la que amenazaba tan triste y lacónicamente en el hospital. Surge así en este momento culminante, el enfrentamiento con los peones, y pensaba, todo convencido que era preferible acabar así: morir en pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo.

Parece colegirse que la fuerza con la que se acoge a su sueño no radica tanto en el hecho de seguir con vida, acaso en morir con la dignidad que nuestro personaje protagonista estimará como necesaria.
Entre el hecho y la ficción. Entre la realidad y el deseo, Francisco Acuyo
El hecho de no rehuir el enfrentamiento lo demuestra, a pesar de no saber apenas manejar el cuchillo, mostrando su cabal torpeza para la lucha, constata quizá este argumento con suficiente peso.

Veremos en este relato borgiano el eco de aquel espíritu que lamentaba la escisión absurda de la poesía en dos ámbitos o fronteras distintas, y con este lamento invoca a los antiguos que no distinguían entre el hombre capaz de la emisión de las más altas notas líricas y el hacedor capaz de narrar las historias más fascinantes. Es por esto que nos resulta tan familiar y al tiempo tan extraño su relato, me refiero a los elementos narrativos que se traducen en personajes latentes, y que aparecen como un linaje lejanísimo muchas veces, pero del todo fundamental para sostener el sentido último de su lenguaje.

Podemos deducir en esta y otras narraciones una nostalgia cierta de la épica, cuyo eco, como decía, resonará inevitablemente entre las páginas de éste y otros cuentos como un anhelo y una profunda nostalgia.

Si las historias, como decía Borges, acaso han sido contadas muchas veces, las de nuestro autor se ofrecen, si contadas, sin límites, donde el acento trágico no es sino signo de ese ciclo ciertamente entrañable.

En este y otros tantos memorables relatos, la poesía y la prosa olvidan sus diferencias y fronteras para marcar posteriormente una sola diferencia, esto es: lo mismo que sucede en la épica, en la narrativa lo que importa es el héroe, pues en él se verá lo genuino del espíritu moderno como cuestión traída por el relato, donde sabemos de antemano que todo acabará en fracaso.

Observaremos, finalmente que este cuento y su trama se enmarca a la perfección en el compendio general que supone Ficciones, integrado de tal manera que, acaso no se nota sino como una variación más del mismo. Es pues, a mi juicio, bastante claro cómo la voz del que cuenta en El sur es la voz del que canta, para que sus oyentes lo consideren como el que ejerce la tarea bipolar en la que se manifiesta con los matices líricos y épicos a un tiempo, o acaso, como una sola cosa esencial.

En fin, nos mostramos gozosos partícipes al observar que el relato no lleva aquel pesado lastre, para el propio Borges muchas veces insufrible, cual es el que no sea el mismo héroe el narrador, pues éste se distancia en nuestro texto lo suficiente como para presentarse como realmente verosímil.

Es cierto que este como en otros tantos relatos borgianos podría haber concluido felizmente, pero participa de aquella clarividencia propia del genio que sabe que de otra manera diese lugar a otra cosa bien distinta a la verdad: No la verdad de los hechos, sino la verdad de los sueños.



Francisco Acuyo





Entre el hecho y la ficción. Entre la realidad y el deseo, Francisco Acuyo

martes, 14 de septiembre de 2010

TAOÍSMO: CLAVES LÍRICAS

Aportamos en esta bitácora una serie de reflexiones sobre las manifestaciones líricas en la poesía china bajo el influjo del pensamiento taoísta, trayendo como ejemplo algún poema para su contraste y mejor entendimiento. Esta breve semblanza pretende iniciar a la lectura de tan interesante y sugestiva tradición poética, así como a detectar de su fuerza, armonía y capacidad lírica las influencias en el pensamiento y en el arte occidental en la actualidad.






TAOÍSMO: CLAVES LÍRICAS





Taoísmo:claves líricas, Francisco Acuyo





SI ADVERTIMOS QUE LA FASCINACIÓN occidental por el Taoísmo proviene, la más de las veces, por una sentida admiración hacia la extrema ( y aparente) sencillez de una forma de vida y pensamiento, avalada, además, por la grande estima a los principios de la entrega y a cierto concepto de pasividad y que, así mismo, porque diríase adoptar ante la vida una posición acaso neutra e inferior para reconciliar todos aquellos enigmas que marcan más profundamente la existencia humana, pero con la enorme singularidad de sobrellevarlos con todas aquellas otras preocupaciones de la vida cotidiana, marcando así un carácter ciertamente pragmático de la existencia del hombre taoísta.

Taoísmo:claves líricas, Francisco Acuyo
Las referencias a Lao Zi y Zhuan Zi resultarán en este punto del todo inevitables, por lo que estimaremos como muy familiares en buena parte de la tradición y cultura chinas, y por lo tanto en absoluto es extrañar en las manifestaciones poéticas de innumerables poetas y poemas de aquella tradición cultural y literaria. De cualquier modo, y en atención a algunos textos poéticos estudiados, no nos resultará excesivamente difícil detectar algún que otro elemento propio de tan sugestivo como tantas veces enigmático influjo para su peculiar modo de vida y pensamiento.

Si el Tao se entiende como el curso de la naturaleza, no debe parecernos insólito que, el hecho de la menor resistencia, sea el camino más directo para el logro del equilibrio, la seguridad y la paz interior. En tantos poemas encontraremos reflejos estos planteamientos singulares; no nos resultarán sino familiares en el discurrir de imágenes (casi cinematográficas) de las que se impregnan mágicamente sus versos.

La adopción del posicionamiento inferior, tan característico de la filosofía taoísta, puede explicar aspectos que atañen no sólo a la temática de los versos, también a la propia forma de los mismos: dejar pretensiones y afanes que sin duda generan desasosiego, pueden ser muy consecuentes, por ejemplo, con la humildad de los moldes poéticos utilizados para la confección literaria del poema.

El Tao Te King vierte múltiples referencias a sabios que, como el anciano joven, pueden infundir sabiduría a gobernantes para beneficio del estado y del hombre común, y cómo siguiendo el espíritu del Libro, esas referencias visten numerosos poemas, ambientados en montañas, valles, grutas remotas...

La práctica de la vacuidad resultará también relativamente fácil de señalar en la poesía de muy diferentes dinastías, mas, marcando la indiscutible utilidad del vacío: pues el provecho viene de lo que es, pero la utilidad dimana de lo que no es; de donde podemos colegir de nuevo la deslumbrante armonía entre el pensamiento más elevado y los usos más habituales y aun groseros de la vida cotidiana. El sentido del vacío no parece sino aún más congruente cuando en aquellos poemas de influjo netamente taoísta nos recuerdan que un vaso sólo sirve cuando está vacío.

Taoísmo:claves líricas, Francisco Acuyo
La recurrencia al tema de la virtud no es, en tantos poemas expreso, sino una clara influencia de la doctrina del Tao, si bien entendida aquella siempre desmarcada de cualquier connotación contaminadora, pues está dirigida para expresar la naturaleza o el verdadero carácter de lo expreso en el poema. Mas esta idea de la virtud, permanece siempre unida o conectada a la visión de la vacuidad; en realidad sólo se aprende cuando nuestra mente se halla libre de ideas preconcebidas. Es así como en tantos poemas es característica singular de su discurso la extrema brevedad y a un tiempo la extraordinaria capacidad de síntesis tanto en los juicios como en las exposiciones. Invitan en este momento los poemas al regreso al estado primigenio, manteniendo en suspenso nuestros juicios y la memoria de todo aquello que aprendimos, mas con el fin de situarnos en la situación propicia, ya alertas nuestros sentidos para captar o aprehender lo que el poema ofrece, pues: El erudito aprende algo cada día; el hombre del Tao desaprende algo cada día, hasta que acaba regresando a la no acción.

Será también de gran interés considerar otro elemento capital de la conciencia taoísta, y que sin duda encontraremos con frecuencia en algunos poemas bajo su poderoso influjo: El ziran o lo que actúa espontáneamente. Aquello que ocurre no encuentra diferencia con aquello que hacemos y que, en el poema, marca una indiferenciación del yo poético, disolviéndose prácticamente con lo que acaece y se expresa en el poema. De esta suerte, volvemos al ejemplo anteriormente mencionado, la lectura del poema ofrece la imagen (casi cinematográfica) como elemento más destacado e inmediato del poema.

Es interesante en este momento observar que el movimiento que sucede en el poema, y en virtud de aquella acción espontánea, no será algo que rija según los principios de una lógica causal (a la que, por otra parte, somos tan afectos por influjo aristotélico y por la concepción de mímesis también deudora de dicha sistemática), sino que, imbuidos del Tao, será improcedente hablar de la causa y del efecto, pues en la ingenuidad del pensamiento y la visión taoísta, el movimiento temporal acaece en el presente, mas de forma tal que el pasado es la consecuencia inmediata de lo que acontece ahora (piénsese en la estela que deja un barco a su paso). Sólo existe la sensación de que algo pasa o está sucediendo. No será raro quedar ante algunos poemas con un balbucir inexpresable cuando queremos conceptualizar aquello que creemos que allí sucede, pues eso que creemos no es sino una idea, una mera fórmula ideal, pues lo auténtico es lo que emana de sí mismo, y es lo que realmente subyace en el poema.





Poemas.-



Sin título



¿Me preguntas por qué habito en
estas colinas verde jade?


Sonrío. No hay palabras
que expresen el sosiego
de mi corazón.


¿No ves lo fascinante
de la flor del Melocotón
arrastrada por el arroyuelo?


Aquí vivo en otro Reino.
Aquí estoy mas allá del mundo de los hombres.


Li Tai Po (S.VIII)




Canción de las nubes blancas




Hay nubes blancas en el cielo,
grandes acantilados se elevan hacia lo alto.
Interminables son los caminos de la tierra,
montañas y ríos obstruyen el camino:
te ruego que no mueras.
Por favor trata de venir nuevamente.


Sosan



Tercer Patriarca Ch´an ( ? – 606 d.C.)





(para cantar bebiendo)






Construir una casa en el mundo de los hombres
y no oír el ruido del caballo y el carruaje,
¿cómo se puede lograr esto?
Cuando la mente está desapegada, el lugar es tranquilo.
Junto crisantemos bajo el seto del Este
y miro silenciosamente las montañas del Sur.
El aire de la montaña es hermoso al crepúsculo,
y los pájaros en bandadas vuelven juntos a sus hogares.
En todas estas cosas hay un significado verdadero,
pero cuando quiero expresarlo, quedo perdido sin palabras.


Tao Yan-Ming (372-427 D.De C.)












El hombre reposa, las flores de acacia caen.
La noche es tranquila, la montaña de primavera vacía.
La luna sale, sorprende a los pájaros de la montaña.
Entonces cantan, dentro del torrente de primavera.












La flor de durazno está más roja por la lluvia de anoche,
Los sauces están más verdes en la niebla de la mañana.
Los pétalos que caen aún no fueron barridos por los sirvientes,
Los pájaros cantan, el huésped de la montaña aún duerme.


Wang Wei (699-759 D. De C.)




Taoísmo:claves líricas, Francisco Acuyo




Durmiendo en primavera no se advierte la                                                                  [aurora.
En el lugar dulce se oyen cantos de pájaros.
Llega la noche, hay sonidos de viento y lluvia.
Cayeron flores, quién sabe cuántas.








Se mece el barco, anclado en la isla neblinosa,
el Sol se pone, la preocupación del viajero surge.
En la vasta llanura, el cielo baja hasta los árboles,
en el río puro, la Luna se acerca al hombre.


Meng Hao-Ren (689-740D. De C.)










Si el Cielo no tuviera amor por el vino,
no habría una Estrella del Vino en el cielo.
Si la Tierra no tuviera amor por el vino,
no habría una ciudad llamada Fuentes de Vino.
Como el Cielo y la Tierra aman el vino,

puedo amar el vino sin avergonzar al Cielo.
Dicen que el vino claro es un santo,
el vino espeso sigue el camino (Tao) del sabio.
He bebido profundamente de santo y de sabio,

¿Qué necesidad entonces de estudiar los espíritus y los inmortales?
Con tres copas penetro el Gran Tao,
tomo todo un jarro, y el mundo y yo somos uno.
Tales cosas como las que he soñado en vino,
nunca les serán contadas a los sobrios.


Li Po (701-762? D. De C.).







Taoísmo:claves líricas, Francisco Acuyo