Mostrando entradas con la etiqueta Microensayos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microensayos. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de mayo de 2022

GATOS Y FILÓSOFOS (2ª ENTREGA) DE TOMÁS MORENO

 Traemos la segunda entrega para la sección de Microensayos del blog Ancile, del título, Gatos y filósofos, de profesor Tomás Moreno.


GATOS Y FILÓSOFOS (2ª ENTREGA)

DE TOMÁS MORENO



Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno



3. Llegado es ya el momento de entrar en faena más filosófico-sistemática para preguntarnos ¿Qué es lo que ha fascinado, durante siglos, a escritores, poetas y pensadores ---y, por supuesto, a los seres humanos, en general--- de los gatos, esos seres carismáticos y esquivos y, al mismo tiempo, de costumbres sedentarias y domésticas? Tal vez sean ellos alguno de los seres más complejos y difíciles de entender para nosotros, extraños a pesar de desplegar la cotidianidad de su existencia tan próximos y con una capacidad de acomodación admirable. De los perros, se han escrito enciclopedias, también de los gatos, pero a diferencia de los “canes”, cuyo “modo de ser” y de “vivir” sirvió incluso de inspiración a toda una corriente filosófica “socrática menor”, tomando su nombre de ellos (“cínicos” o “perrunos”) y su  forma de vida de tratar de  imitarlos, los gatos, por el contrario, no tuvieron esa suerte o privilegio  (Sobre sus representantes Diógenes de Sínope y Crates de Tebas y doctrina véase: C. García Gual, La secta del perro, Alianza, nº 1987).

            Sin embargo, el libro del filósofo y crítico cultural inglés John Gray, uno de los maestros de pensar más prestigiosos de nuestro tiempo, titulado Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. (John Gray, Editorial Sexto Piso, España, 2021) viene a remediar ese olvido o injusticia para reivindicar, por el contrario, su “presencia” ocultada o marginada, relegada e innominada a lo largo de siglos de filosofía occidental y, en mucho menor grado, en el caso oriental.     Su libro consta de seis partes (y cada una de ellas de tres o cuatro epígrafes o apartados) en cada una de las cuales desarrolla, con claridad, fino humor e inteligencia, algunos aspectos desconocidos o poco conocidos de nuestros felinos domésticos; la primera versa sobre “Los gatos y la filosofía”; la segunda, trata de responder a la pregunta “¿Por qué a los gatos no les cuesta ser felices?”; la tercera versa sobre la “Ética felina”; la cuarta expone la contraposición entre “Amor humano Vs. Amor felino”; seguidamente, en la quinta el autor reflexiona sobre una temática profunda e irrenunciable en la que ningún filósofo que se precie ha dejado de incidir y meditar al menos unas pocas veces,  su concepción de “El tiempo. La muerte y el alma felina”; para concluir con una cuestión en la que  el contraste entre la naturaleza humana y la naturaleza gatuna quedan nítida y manifiestamente diferenciadas: “Los gatos y el sentido de la vida”. Termina con “Agradecimientos” y con unas notas bibliográficas.

            Considera John Gray, con acierto,  que la fuente originaria de la filosofía no es como algunos clásicos pensaron el “asombro” ante el espectáculo de lo real, sino algo más inmediato y angustiante: la “ansiedad”, la percepción del mundo como “un lugar amenazador y extraño” (op. cit, J. Gray, 1921, p. 11) y que “la religión y la filosofía obedecen a una misma necesidad. Ambas tratan de conjurar el pertinaz desasosiego que acompaña al hecho de ser humano” (ídem). Hay pocos filósofos, opina J. Gray, que hayan reconocido que no podamos aprender algo de los gatos. Uno de ellos es el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1869), que amaba sin medida a sus caniches Atma y Butz, y también tuvo un minino innominado. Murió sentado en su sofá doméstico junto a ese gatito

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
M. Zambrano
desconocido. Consideraba que, a diferencia de lo que creen los humanos, los gatos no son individuos diferenciados, tampoco los hombres: “ambos son simples ejemplares de una forma platónica, un arquetipo que se repite en muchos casos diferentes” (p. 13); sólo son, pues encarnaciones efímeras de una voluntad inmortal de vivir, que “es lo único que en realidad existe” (ibid). Los gatos serían por lo tanto no más que “sombras pasajeras de un Felino Eterno”, mera Forma platónica, carentes de individualidad (cfr. El mundo como voluntad y representación, Trotta, Madrid, dos vol. Madrid 2004 y 2005). Nada más lejano a la realidad, afirma Gray. Por su experiencia y conocimiento de los gatos sabe que hay una enorme variedad de gatos-individuo diferentes: contemplativos, reposados y juguetones, cautos y temerarios, callados y pacíficos, ruidosos o de fuerte carácter. “Cada uno es específicamente gato, pero “singularmente él mismo y tiene más de individuo que muchos seres humanos” (p. 15).

            Por lo que respecta a Descartes, el padre del Racionalismo, consideraba a los animales “máquinas insensibles”, simples animales máquinas sin alma y, en consecuencia, podía arrojarse a un animal, gato, perro o de otra especie, por la ventana para demostrar la ausencia de sensación de dolor consciente en ellos: “sus aterrados chillidos no serían más que ”reacciones mecánicas” (p. 15). Según Gray, la autoconciencia humana sobrevalorada por la tradición cartesiana, bien podría ser una pura casualidad sobrevenida y puntual: ha dividido la mente humana instándole a formularse preguntas sobre “el sentido de la vida, o el significado de su existencia. La  mente gatuna, por el contrario, es  una e indivisa, se centra en el presente: “Los gatos no necesitan examinar sus vidas”, escribe J. Gray, “porque no decidan de que vivir valga la pena. La autoconciencia humana ha generado esa agitación perpetua que la filosofía, ha intentado, en vano, mitigar” (p. 17).

            Otros filósofos escépticos, antifilósofos los llama el autor, sí mostraron un mayor conocimiento y amor por los animales. Es el caso de Michel de Montaigne (1522-1592), de ascendencia familiar “marrana” (judíos ibéricos forzados por la Inquisición a convertirse al cristianismo) que aseguraba, con más compasión y empatía por los animales que los cartesianos  Descartes o Malebranche, lo siguiente: “Cuando juego con mi gata, quién sabe si es ella la que pasa el tiempo conmigo más que yo con ella”. Montaigne aprendió gran parte de su filosofía del Pirronismo griego,  doctrina de Pirrón de Elis y de Sexto Empírico, denominada Escepticismo (una de las Escuelas de filosofía moral postaristotélica). En opinión del  humanista francés, los animales no son tan estúpidos como algunos han creído o afirmado. Para Montaigne (como escéptico vital, no metodológico) el objetivo de la filosofía era alcanzar la liberación de la mente humana de su confusión y alcanzar la serenidad del ánimo: la ataraxia.

            Las otras dos Escuelas de Sabiduría Moral griegas, Estoicismo y Epicureísmo, tenían también como objetivo de su doctrina alcanzar “algún estado de serenidad” o tranquilidad. La filosofía tenía, para ellas tres, un función terapéutica: “La filosofía era útil, para curar a las personas de los males de la filosofía” (p. 20). El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951), antifilósofo a la manera de Montaigne, sostenía igualmente que ”la filosofía era útil sobre todo para curar a las personas de los males de la filosofía” o, lo que es igual, del   lenguaje corriente, “contaminado de sistemas metafísicos pasados”.

 

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
IV. En opinión de John Gray, la ausencia de razonamiento abstracto y la incapacidad de argumentar de los animales o de los gatos, lejos de representar una señal de inferioridad  es una marca de su libertad moral. Por eso, trata de continuar su sencilla apología de los felinos con un relato: “El viaje de Mèo”, un gatito que apareció en la ciudad vietnamita de Hué en febrero de 1968, en plena campaña nortvietnamita contra las fuerzas norteamericanas y survietnamitas aliadas, que desembocaría en la salida de los americanos de  aquel país cinco años más tarde (p. 21). La historia de Mèo no la vamos a destripar aquí, su aventura merece ser leída con la maestría y sensibilidad como la narra John Gray a partir del relato del periodista televisivo de la CBS John (Jack) Laurence en The Cat from Hué (El gato de Hué), un relato conmovedor (pp. 21-31). Jack finaliza el relato con estas palabras de homenaje al
gatito Mèo: “Creo que llegamos a alcanzar un mutuo respeto por nuestras capacidades como supervivientes. No me cabe duda de que hace ya mucho que había consumido el limitado número de vidas que se le habían asignado, y que por eso vivía cada nuevo día como un regalo. Además, parecía sabio. Sabía. Nos habíamos hecho amigos. Nuestra larga relación de enfados y cariño había pasado a simbolizar, en cierto modo, el nexo entre nuestros países, empapados cada uno de la sangre del otro, atrapados en un inseparable abrazo de vida, sufrimiento y muerte”.

            No es este relato, sin embargo, el único que ameniza y adereza el libro de J. Gray, a lo largo del mismo, el autor va ilustrándonos y emocionándonos con historias ejemplares y apasionantes sobre las relaciones afectivas entre filósofos/as. Además de “El viaje de Mèo”, nos describe las relaciones y vínculos de verdadero amor entre humanos y felinos reflejados por sus autores en relatos de ficción o  en novelas breves  como la narrada por la escritora francesa Gabrielle Colette (1873-1954) sobre la  relación entre sus protagonistas Camille y Saha en su obra romántica La Chatte, de 1933, (pp. 105-109); o la relatada por Patricia Highsmith en La mayor presa de Ming (pp. 110-117); la narrada por el novelista japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) en su novela, protagonizada por la gata Lily, La gata, Shozo y sus dos mujeres (1936) (pp. 117-123). Cabe citar también en este apartado el “amor diferente entre un ser  humano y un gato”  como el que describe Mary Gaitskill, en Lost Cat, que no es producto de una ficción como los anteriores  sino de una historia verdadera: la vida y muerte de un gato real, Gattino (pp. 123-135). A ellas habría que añadir otras historias autobiográficas no menos paradigmáticas y emocionantes sobre los vínculos afectivos y experiencias dramáticas entre gatos y escritores como el relato del filósofo religioso ruso Nikolai Berdiaev y su gato Muri, o el de Doris Lessing y  su gata negra (pp. 136-143).

            El gran mérito de John Gray,  por otra parte, más allá de su  claridad expositiva y de su información exhaustiva, aunque siempre interesante y curiosa, consiste en exponer de una manera sistemática esta filosofía felina en contraste con escuelas y doctrinas filosóficas perfectamente reconocibles de la historia de la filosofía occidental. Y en proponernos una suerte de filosofía felina que sirva de guía para una vida más auténtica y sosegada. Partiendo de una concepción de la filosofía en la que el  “desasosiego”, como antes hemos referido, es el estado de ánimo (Stimmung) o disposición que lleva al humano a filosofar, impulsado por su necesidad de eliminar su condición de inquietud y desasosiego y, así, alcanzar la felicidad, en el caso del animal felino esa es precisamente su “condición natural”: no necesitan “distraerse de su  condición”, de su propia naturaleza, no necesitan “divertirse”, salir de sí mismos.

            Por eso mismo, “aunque presentada como remedio la filosofía es un síntoma del trastorno que pretende curar (p. 45). “Los gatos son felices siendo ello mismos, mientras que los humanos intentan alcanzar la felicidad huyendo de sí” (p. 46). Epicúreos (Epicuro de Samos), Estoicos (Marco Aurelio, Séneca) y Escépticos (Pirrón de Elis) trataron cada uno con independencia alcanzar la paz espiritual, tranquilidad, o serenidad, a través de un camino diferente aunque semejante. Los Epicúreos, mediante un control ascético de sus deseos ---respecto a la comida, las riquezas o el sexo— y retirándose “al apacible aislamiento de un ubérrimo vergel” donde protegerse del dolor y la angustia, para lograr la “ataraxia” (p. 47-50); los Estoicos, a través de  una identificación nuestra con el orden cósmico, regido por el Logos. Marco Aurelio, por ejemplo, creía que “si lograba hallar un orden racional en su interior, se salvaría de la angustia y la desesperación” (p. 51). Para él el sabio debería ser como una estatua

Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno
J. Gray
inmóvil que hubiera logrado “la extinción voluntaria de la voluntad”, sin sentirse afectado por las vicisitudes negativas de la existencia. Finalmente, los Escépticos de Pirrón tratarían de alcanzar la “ataraxia” mediante una “suspensión del juicio” (p. 54), un modo “apático de vida” difícil de mantener durante mucho tiempo en la práctica.

            El error de estas soluciones propuestas por esas filosofías, es creer que la mente puede diseñar una “forma de vida protegida” frente a cualquier tipo de pérdida, sin tener en cuenta la incidencia o influencia en ella del azar o de las emociones y pasiones. Y en su lugar, al no haber “podido remediar la muerte, la miseria, la ignorancia han ideado, para ser felices, no pensar en ellas” (p. 55). ¿Cómo? Mediante la distracción, esto es: “mediante alguna pasión novedosa y agradable que los ocupe o mediante el juego, la caza o algún espectáculo cautivador, o, en definitiva, cualesquiera de aquellas cosas a las que llaman diversión” (p. 56). Evitar el aburrimiento, ante todo. Ya que la “desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación” (p. 55). Esta será la solución de Pascal, científico, inventor, matemático y pensador religioso francés del siglo XVII, y la de Montaigne.

            También en lo que se refiere a la “ética felina” John Gray ha sabido en su delicioso ensayo deshacer prejuicios  y falsas  ideas establecidas sobre la conducta de los gatos, sobre su ética y moral. Escribe J. Gray al respecto: “Se dice a menudo que los gatos son amorales. No obedecen a mandamiento alguno y carecen de ideales. No evidencian señales de sentir culpa o arrepentimiento, como tampoco esforzarse por ser mejores de lo que son. No se esfuerzan en mejorar el mundo ni le dan vueltas a cuál es el modo recto de actuar” (p. 73). Nada de ello es pertinente aplicar a los gatos, ni a cualesquiera animales no “racionales”. La “vida buena”, que es la materia sobre la que versa la ética, no es unívoca para todos. Al igual que los hombres aspiran a realizar un “vida buena”, también los animales  tienden instintivamente hacia la mejor vida posible para ellos. En la historia de la filosofía existen muchas y diferentes maneras de concebir la vida buena. “En la Grecia y la China antiguas había tradiciones éticas que no hacía alusión alguna a lo que hoy conocemos como moral. Para los griegos, la vida buena consistía en vivir conforme a la diké, es decir, de acuerdo a tu naturaleza y al lugar de ésta en el orden de las cosas. Para los chinos, significaba vivir con arreglo al tao, el camino  del universo tal como de manifiesta en tu propia naturaleza” (p. 76). Seguir a la naturaleza es, por lo tanto, la “vida buena” y también la “virtud”.

            Aristóteles reconoció que también los animales no humanos poseen virtudes poniendo como ejemplo el caso de los delfines, en su “Investigación sobre los animales”. También en el taoísmo chino de Lao Tse y Chuang Tsé se hablaba de “virtud” (te), pero éste concepto no aludía a ningún tipo de capacidad “moral”, sino al “poder interior que se necesita para actuar de un modo acorde al orden de las cosas” (p. 78). John Gray considera, con toda razón, que en el pensamiento occidental lo que más se aproxima a esa visión es la noción spinoziana de “conato”, que es la tendencia de los entes vivos a preservar y potenciar su actividad en el mundo. O, con otras palabras, de esforzarse o empeñarse en “permanecer en el ser” (como sostiene en la proposición 18, parte IV de su “Ética more geométrico demonstrata”, de 1677).

            Ni Spinoza ni el taoísmo, concluye J. Gray, entienden la “vida buena” como un “vivir altruista”, orientada al bienestar de y  para los demás. En ambos, además, se relaciona la “autorrealización” con cierta forma de ausencia del ego, con la falta de un yo sustancial. Filósofos del pasado como Bayle o Spinoza y algunos actuales como el estadounidense Paul Wienpahl o el noruego John Wetlesen (El sabio y el camino. La ética de la libertad de Spinoza) apreciaron una gran afinidad entre la posición de Spinoza y el taoísmo en este punto. Tanto Spinoza como el taoísmo, dice el pensador noruego, no aspiran “a que uno sea lo que no es, sino a que  sea lo que es. Eso no obliga a ningún acto especial del ego temporal, sino más bien a una anulación del ego”. Pues bien, según J. Gray: “La ética felina es una especie de egoísmo sin ego. Los gatos son egoístas por cuanto solo se preocupan de sí mismos y de otros a quienes quieren. Y carecen de ego porque no tienen una imagen de sí mismos que traten de preservar y acrecentar. Los gatos no viven siendo unos egoístas, sino siendo ellos mismos desprovistos de un ego” (p. 101).

            Termina la obra de J. Gray con una apelación gatuna dirigida a los humanos con diez pistas felinas sobre cómo vivir bien, que de aplicarlas a nuestra vida humana, nos alegraríamos bastante, pues nos evitarían muchos sufrimientos y nos harían sin duda más felices y benéficos. Y con una pequeña admonición del gato de la historia de Jack, “Mèo sobre el alfeizar”, en el que se nos dice: “Los gatos nos enseñan que perseguir un sentido es como buscar la felicidad: una distracción. El sentido de la vida es una sensación táctil o un olor que llega por casualidad y, antes de que te hayas dado cuenta, ya se ha ido” (p. 170).

 

Tomás Moreno Fernández



Gatos y filósofos, 2, Tomás Moreno


 

 

 

 

 

martes, 3 de mayo de 2022

GATOS Y FILÓSOFOS, POR TOMÁS MORENO

 Para la sección de Microensayos del blog Ancile, traemos un nuevo post sobre el mundo felino, escrito como los anteriores por el profesor Tomás Moreno, esta vez bajo el palio de la filosofía, y bajo el título Gatos y filósofos. Esta es la primera entrega.



GATOS Y FILÓSOFOS, 


POR TOMÁS MORENO



Gatos y filósofos, Tomás Moreno



1. Como ya hemos visto y comprobado en las páginas anteriores a los hombres de letras y de poética inspiración, narradores y poetas, les atraen mayormente los gatos. El gato, al que Ramón Gómez de la Serna “emplumó” en una genial greguería (“búho gato emplumado”) ---como recuerda el ensayista mexicano José de la Colina en “Señor Gato”, Milenio, México, 13 marzo de 2016--- suele ser el animal preferido por esos hombres de la “mano a pluma”, como los llamaba el poeta Arthur Rimbaud, los escritores en general. (Haber aludido a Ramón Gómez de la Serna nos da licencia para detenernos, aunque sea brevísimamente, en este narrador-poeta, inventor de la greguería, a la que define como: metáfora + humor, que dedicó a los felinos toda una colección de greguerías gatunas de las que sólo queremos recordar estas tres: “El gato rubrica todos sus pensamientos con la cola”; “La Q es un gato que perdió la cabeza”, o “El gato es una gárgola que pasea por casa”). Y vamos ya con los filósofos.

            Al parecer hay una secreta afinidad entre filósofos y gatos. Pocos animales tan afines a los “amantes de la sabiduría” (philo-sophos) como el gato. Su prestigio es proverbial: espíritus libres, misteriosos, elegantes, independientes, sigilosos, de silente compañía, estimulantes de la meditación y de la imaginación creadora, son animales que atraen, que fascinan sobre todo a los hombres de pensamiento y meditación. Numerosos filósofos se han visto arrastrados por su atractivo irreprimible y por su inteligencia. La sagacidad de los felinos es tan manifiesta que en el más reciente de los ensayos referidos a su inteligencia y a su gusto por la libertad,  el “Elogio del gato” (ed. Léo Scheer, París, 2014), de la escritora francesa Stéphanie Hochet, llega a sostener lo que todo el mundo lo sabe: “el gato es un animal libre, el gato escoge  su amo antes de que el amo llegue”. Clásicos y modernos, de Occidente y de Oriente, pensadores y pensadoras ilustres se han rendido a sus asombrosas cualidades de adaptabilidad, versatilidad y flexibilidad (“souplesse”) físicas y mentales.

Gatos y filósofos,
G. Deleuze
            Entre los filósofos del XIX y XX que han vivido con mascotas félidos y han llegado conocerlos en profundidad y admirarlos, podemos citar a François René de Chateaubriand escritor y filósofo político (“El gato vive solo. No necesita sociedad alguna. Solo obedece cuando quiere, o simula dormir para observar mejor y arañar todo cuanto puede arañar”); Henry David Thoreau, escritor y filósofo estadounidense (“¿Qué clase de filósofos somos que no sabemos absolutamente nada del origen y
destino de los gatos?”); Hippolyte Taine, filósofo del arte e historiador francés, autor de  “Vida y opiniones filosóficas de un gato” (1858) (“He estudiado con detención a los filósofos y a los gatos. La sabiduría de los gatos es infinitamente superior”); Marcel Mauss, ilustre antropólogo francés (“Los gatos son los únicos animales que consiguieron domesticar al hombre”).

            Miguel de Unamuno, nuestro lúcido filósofo cristiano agónico (“Mi gato nunca se ríe o lamenta. Siempre está razonando”); A. N. Whithead matemático y filósofo británico (“Si un perro salta sobre tu regazo es porque te  tiene cariño, pero si un gato hace lo mismo es porque simplemente está más caliente”); el filántropo y médico humanitario Albert Schweitzer y (“Hay dos maneras de refugiarse de las miserias de la vida: la música y los gatos”); el filósofo Jean Paul Sartre, que vivía con un gato de nombre “nada”, en perfecta consonancia con su nihilismo teórico y con  la filosofía existencialista por él mismo profesada, cuya obra fundamental se titulaba precisamente: El ser y la nada. Debemos, finalmente, recordar a Jacques Derrida y su gato “Logos”, que llegó a escribir un ensayo sobre la mirada felina, y a Albert Camus tan inseparable de su gato “Stranger” como Michel Foucault de su gata negra “Insanity”.

            No podemos detenernos en relatar, con el espacio que se merecerían, alguna de estas relaciones aludidas, y que vincularon tan profunda, anímica y afectivamente a sus protagonistas, escritores o filósofos con sus gatitos/as. Solo nos hemos permitido una excepción, por su singularidad y trascendencia artística: se trata de la conmovedora historia del poeta-filósofo austríaco Rainer María Rilke (1875-1926), autor de las Elegías del Duino, y de su “ahijado” durante unos pocos años, Balthus (Balthasar Klossowski, 1908-2001), parisino de ascendencia polaca ---que sería años más tarde famoso pintor figurativo--- con cuya madre, Baladine, el escritor mantenía a la sazón una relación sentimental. Rilke y el niño Balthus (de unos 10 años) amaban con pasión al gatito de la casa, Mitsou. Un día el gatito se escapó y el niño, preso de angustia, comenzó a pintar de manera obsesiva toda una colección de dibujos que recordaban momentos y situaciones vividas por ambos. La serie, compuesta por 40 láminas, se iniciaba con el día en que lo encontró en la calle y acababa con el pequeño Balthus llorando por su pérdida. Tanto impresionaron al poeta las estampitas dibujadas por el niño del minino de angora, que decidió publicarlas en un volumen, del que él mismo escribió el Prefacio.

            El libro se tituló Mitsou. Historia de un gato  y se publicó entre 1920 y 1921. En él, el poeta de Praga narra, con bellas y sencillas palabras, las ilustraciones y escenas dibujadas con su lápiz por el niño Balthus (seudónimo o hipocorístico, por cierto, que el propio Rilke le puso). El poeta pone de manifiesto en dicho Prefacio su impresión de que la naturaleza del gato es elusiva, inasible, esquiva y difícil de aprehender conceptualmente, para concluir con estos interrogantes: “¿Quién conoce a los gatos? ¿Es posible, por ejemplo, que ustedes pretendan conocerlos? Reconozco que para mí, su existencia no fue nunca más que una hipótesis bastante arriesgada”. Según cuenta Baladine, su amante y madre del niño, la relación entre el niño, el gato y el poeta fue bastante estrecha y Balthus lo recordará como un hombre amable y fascinante. En adelante, el pintor retrataría en numerosas ocasiones, con rebuscada  ambigüedad, gatos junto a niñas o adolescentes, como símbolo, tal vez, de lo indómito, misterioso, femenino y sensual de su naturaleza, coincidiendo en ello con Baudelaire.   

 

Gatos y filósofos, Tomás Moreno
M. Foucault
2. Entre las mujeres pensadoras citemos a la británica y premio Nobel de Literatura en 2007, Doris Lessing (1919-2013), autora de El cuaderno Dorado (“Si un pez es el movimiento del agua encarnada, dad la forma, entonces un gato es diagrama y patrón de aire sutil” (On Cats); a Patricia Highsmith (1921-1995), autora de Extraños en un tren, que empatizaban extraordinariamente con las criaturas animales y especialmente con sus gatitas y gatitos  ---de las que ya hemos hablado en el anterior epígrafe por su doble condición de escritoras novelista y filósofas--- y a la española María Zambrano (1904-1991). Centrémonos única y finalmente en esta última: La filósofa y escritora andaluza de Vélez-Málaga, discípula de Ortega y Gasset y autora de Filosofía y poesía (1939) y de La tumba de Antígona (1967), entre otras muchas. Recibió el Premio Príncipe de Asturias (1981) y el Premio Cervantes (1988), y pasó 44 años en el exilio después de la Guerra Civil.

            Con motivo del centenario de su nacimiento, Antonio Burgos, el escritor y periodista sevillano, iniciaba así su artículo conmemorativo “María Zambrano la gatuna”: “María era tres cosas filósofa, republicana y gatuna. Defendió a los gatos como defendió a la República Española. Demostró su valentía en la defensa heroica de sus gatos” (ABC de Sevilla, 22, de julio, 2004). Pero ella no teorizó su amistad con los felinos, especialmente gatas, no llegó a escribir libros sobre ellas, pero su vida sin ellas
sería impensable para quien llegó a conocerla, pues a lo largo de su vida llego a reunir, en Suiza, unos 70 gatos. Normalmente convivían con ella cinco  (Rita, Tigra, Blanquita, Lucía y Pelusa) que le acompañaron hasta su muerte a los 87 años de edad.

            Viajaron con ella durante el exilio por Francia, EE. UU., Cuba, México, Puerto Rico y Roma (donde retomaría su amistad con Alberti y M. Teresa León durante 11 años). Se conservan numerosas fotografías de María Zambrano con sus gatitos en sus brazos, abrazándolos igual que los abrazaría y jugaría con ellos cuando era una niña pequeña del precioso pueblo malagueño Vélez-Málaga. El poeta cubano José Lezama Lima llegó a escribir los siguientes versos sobre su relación con los gatos y su afición gatuna: “Tiene los ojos frígidos / y los gatos térmicos / aquellos fantasmas elásticos de Baudelaire / la miran tan despaciosamente / Que María temerosa / comienza a escribir.”

            Precisamente, por causa de sus gatitos, llegaría a ser expulsada de Roma junto con su hermana Araceli en el verano de 1964. El incidente se produjo como consecuencia de la denuncia de un vecino intransigente, a causa de las molestias producidas por los gatos que con ella convivían en su piso de Lungotevere Flaminio. Recibieron de la policía una orden de expulsión inmediata para dejar Italia en 12 horas. Enterado el presidente italiano Saragat (que interrumpió el Consejo de ministros con el que estaba reunido) mandó urgentemente cancelar dicha orden. A pesar de ello, en septiembre de ese verano María y su hermana Araceli abandonaron Roma en dirección hacia Suiza. “Pasó, como escribía A. Burgos, de dar de comer a los abandonados gatos proletarios de los barrios de Roma a cuidar los orondos gatos capitalistas helvéticos”.

Gatos y filósofos, Tomás Moreno
J. Derrida
            Hasta aquí, sucintamente su vida. Pero su historia, tiene un fin sorprendente, emocionante, mágico y gatuno, como no podía ser de otra manera. Inmediatamente después de enterrada la pensadora malagueña en el cementerio de su pueblo, sobre su tumba, rodeada por un naranjo y un limonero, comenzaron a visitarla a diario toda una colonia de gatos que, como en el caso del poeta Keats en la suya romana, la eligieron como lugar de reunión y de solaz.   Así permanecieron, por espacio de cerca de 16 años, hasta que el Domingo, 1 de noviembre de 2017 ---día aciago, sin paliativos--- apareció en la prensa malagueña  el titular y la noticia: “¿Qué pasa con los gatos de la tumba de la filósofa María Zambrano?” con el siguiente texto: “El grupo municipal de IU en el Ayuntamiento de Vélez Málaga denunció la semana pasada la captura y posible sacrificio de la colonia felina que tradicionalmente ha existido en el entorno del cementerio, unos animales que visitaban a diario la tumba de la filósofa María Zambrano”… Sin comentarios.

            Si repasamos los escritos, cartas o declaraciones de la mayoría de estos escritores y pensadoras hay en todos ellos una coincidencia, un punto de acuerdo generalizado: lo más fascinante de esos animalitos felinos, más allá de su inteligencia y de su conducta sorprendente son, sin lugar a duda, sus ojos, esos ojos… Se cuenta ---y no sé si es  leyenda, anécdota o suceso real--- que en cierta ocasión el Dante (1265-1321), recibió en su estudio-aposento florentino la visita de su buen amigo el médico y astrólogo Francesco Stabili, más conocido por su apodo Cecco de Ascoli (1269-1327), con el que disputaba frecuentemente sobre cuestiones filosóficas. La última disputa doctrinal se había referido, sin acuerdo, a la racionalidad o irracionalidad de los animales (y específicamente de los “gatos”) y  si en su conducta prevalecía la irracionalidad de su  instinto o el arte de los conocimientos adquiridos por “educación” o “experiencia”. Dante defendía una cierta inteligencia gatuna, frente al escepticismo mostrado por su amigo. Éste, Cecco, llegó a su cita dispuesto a infligir a su amigo una definitiva lección.

            Conociendo la costumbre del poeta florentino de utilizar a su gato ---al que había adiestrado a conciencia para sostener sobre sus patas una vela encendida para poder leer y escribir sus versos--- como una especie de candelero viviente, Cecco había llegado a la estancia de Dante trayendo consigo una caja llena de ratones. En cuanto tuvo ocasión de “soltarlos”, el felino, dejo la vela, se oscureció la estancia y, sin hacer caso de las llamadas del amo, comenzó a perseguirlos. Quedó, así, demostrada la superioridad del instinto sobre la “instrucción” o el aprendizaje en los seres irracionales. Alighieri no se arredró por ello y respondió a Francesco de esta manera: “Amigo Cecco, el gato, y particularmente este gato mío, no es irracional sino inteligente. Sin su ayuda, sin su generosidad de servirme con la luz de la vela, además de la luz de sus ojos, no hubiera yo podido escribir los mil endecasílabos que llevo ya de mi Comedia”.

            No fue el poeta de la Divina Comedia el único que ha ponderado en su justo valor no ya la belleza casi “luciferina” de los ojos de los gato/as, sino, sobre todo, el poder de iluminación física e intelectual de los mismos. Recuerdo haber leído en un ensayo del poeta y ensayista brasileño Gerardo Mello Mourao, “Los ojos del Gato y el retorno inacabado”, este texto casi mágico: “Una noche en la India, Luis de Camoes, a falta de velas, escribió parte de un canto de Os Lusíadas a la luz de los ojos de sus gatos. Tasso cuenta lo mismo: escribió un soneto en la oscuridad del manicomio donde lo habían metido, alumbrado por los ojos de un gato. Sospecho, concluía, que Baudelaire habría escrito unos alejandrinos bajo la luz verdosa de unos ojos de gato […]”.

Y es que la filosofía, al fin y al cabo, no es más que “una forma de mirar”.


Continuará


Tomás Moreno




Gatos y filósofos, Tomás Moreno


jueves, 21 de abril de 2022

GATOS Y POETAS II, POR TOMÁS MORENO

 La tercera entrega sobre gatos y poesía ocupa un lugar de privilegio en la sección de Microensayos del blog Ancile, con la que tan gratamente nos viene ilustrando el profesor Tomás Moreno, bajo el mismo título de Gatos y poetas II.



GATOS Y POETAS II,

POR TOMÁS MORENO


Gatos y poetas II. Tomás Moreno


Si dirigimos ahora nuestra mirada a la poesía en lengua española comprobaremos que la atención dedicada a los gatitos a lo largo de nuestra historia literaria no le va a la zaga, en calidad y cantidad, a la escrita en otras lenguas foráneas antes revisadas. Desde Lope de Vega (“La Gatomaquia”) a Ramón Gómez de la Serna (gregerías poéticas…); desde Pablo Neruda (“Sueño de gatos”) o César Vallejo (“altura y pelos”) a Félix María de Samaniego (“La vieja y el gato”); desde Herrera Ressing (“El guardabosque”) y Baltasar del Alcazar (“Salir por pies”) hasta Gloria Fuertes (“El gato Pirracas”) o Ramón de Campoamor (“La carambola”) el motivo felino ha dado ocasión para que nuestros poetas, además de lustre literario, pudieran ofrecernos aspectos y perspectivas interesantes y sorprendentes de los gatitos domésticos. Entre ellos es obligado comenzar por el “Fénix de los Ingenios”, nuestro gran  clásico madrileño Fray Félix Lope de Vega y Carpio, que dedicó toda una obra, bien extensa, La Gatomaquia, a ensalzar a sus protagonistas, la gata Zapaquilda y el gato Mízifuf.  De ella seleccionamos o entresacamos este bello, como suyo, Soneto.


SONETO

 

Con dulce voz y pluma diligente,

Y no vestida de confusos caos,

Cantáis, Tomé, las bodas, los saraos

De Zapaquilda y Mízifuf valiente.

 

Si a Homero coronó la ilustre frente

cantar las armas de las griegas naos,

a vos, de los insignes marramaos

guerras de amor por súbito accidente

 

Bien mereces un gato de doblones,

aunque ni Lope celebréis, o el Taso,

Ricardos o Godofredos de Bullon.

 

Pues que por vos, segundo Gatilaso,

quedarán para siempre de ratones

libres las bibliotecas del Parnaso.



Gatos y poetas II. Tomás Moreno



            Seguimos con J. L. Borges, al que le fascinaban desde pequeño, los felinos y los tigres, y que iba al zoológico cercano para admirar la elegancia del tigre, tenía un profundo amor por los gatos. De ellos  Borges dijo una vez: “Nadie cree que los gatos son buenos compañeros, pero lo son. Estoy solo, acostado, y de pronto siento un poderoso brinco: es Beppo, que se sienta a dormir a mi lado, y yo percibo su presencia como la de un dios que me protegiera”. Y también: “Siempre preferí el enigma que suponen los gatos”. Tuvo varios gatos de los que solamente conocemos dos, llamados Odín y Beppo; el primero, un hermoso gato blanco que jugaba con los cordones de sus zapatos y se dormía en su regazo, fue así llamado en honor al dios de la mitología nórdica. Y el de Beppo, un gato atigrado de mal carácter pero que congeniaba con su amo, fue inspirado por Lord Byron, que poseía entre sus cinco gatos, uno de igual nombre, y que según cuentan viajaban con él allá donde fuera. En su obra “La cifra” (1981) Borges le dedicó un poema comentando un suceso en el que un día su gatito se miraba en un espejo y creyó ver a otro gato (un posible rival): “Se llamaba Pepo pero era un nombre horrible, entonces lo cambié enseguida por Beppo, el gato de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida” (Información y datos tomados del Blog “Gatos y respeto.org”, de 21 de julio, 2016).

            Si  tuviéramos que elegir un solo poema gatuno, como paradigma o arquetipo de las cualidades del pequeño felino, ese sería, sin duda, el titulado “A un gato” de “El oro de los tigres” (1972).


A UN GATO

 

No son más silenciosos los espejos

ni  más furtiva el alba aventurera;

eres, bajo la luna, esa pantera

que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

divino, te buscamos vanamente;

más remoto que el Ganges y el poniente,

tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

caricia de mi mano. Has admitido,

 desde esa eternidad que ya es olvido,

el amor de la mano recelosa.

 En otro tiempo estás. Eres  el dueño

De un ámbito cerrado como un sueño.

 

            Pero como podemos elegir alguno más ahí va este dedicado a “Beppo”, de igual título, incluido en La cifra (1982): 


BEPPO

 

El gato blanco y célibe se mira

en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa  blancura

y esos ojos de oro que no ha visto

 nunca en la casa son su propia imagen.

 ¿Quién le dirá que el otro que lo observa

 es apenas un sueño del  espejo?

 Me digo que esos gatos armoniosos,

 el de cristal y el de caliente sangre,

 son simulacros que  concede al tiempo

 un arquetipo eterno. Así lo Afirma ,

 sombra también, Plotino en las Ennéadas:

 ¿De qué Adán anterior al paraíso,

de qué divinidad indescifrable

somos los hombres un espejo roto? 

 

Gatos y poetas II. Tomás Moreno

            El genial poeta andaluz Rafael Alberti conservó su alma de niño grande para recuperar alguna de sus vivencias infantiles una vez transterrado al exilio de Roma. En su edad madura, y con su gracia gaditana y su enorme talento literario, nos dejo en este delicioso poema una crónica burlesca de algo tan propio  entre gatos y ratones como una nocturna jornada de caza.

GATOS GATOS y GATOS y MAS GATOS

 

Me cercaron la alcoba en que dormía.

Pero gato que entraba no salía,

Muerto en las trampas de mis diez zapatos.

Cometí al fin tantos asesinatos

Que en toda Roma ningún gato había,

Mas la rata implantó su monarquía

Sometiendo al ratón a sus mandatos.

Y así halle tal castigo, que no duermo,

Helado, inmóvil, solo, mudo, enfermo,

Viendo agujerearse los rincones.

Condenado a morir viviendo a gatas,

En la noche comido por las ratas

Y en el amanecer por los ratones.

 

            El poeta y  escritor  peruano Eduardo Chirinos,  de la generación del 80, profesor de Literatura Hispanoamericana en varias Universidades estadounidenses (Filadelfia, Pensilvania, Montana) perteneció, con los también poetas peruanos José Antonio Mazzotti y Raúl Mendizabal, al conocido grupo denominado “Los Tres Tristes Tigres”. Su afinidad con los felinos, a pesar de su retorico rechazo de los mismos, se manifiesta en este precioso poema a ellos dedicado en el que nos  ofrece todo un pertinente, perfecto epítome de las más célebres y significativas poéticas gatunas, desde Baudelaire, Lope de Vega y Lewis Carroll, hasta Perrault, Roberto Carlos y Natsume Soseki. Falleció tempranamente a los 55 años en los Estados Unidos y es considerado como uno de los grandes poetas hispanos del siglo XX. Su poema tiene como título: 

 

GATO NOCTURNO DESTRUYE SU LEYENDA

 

No sé si me gustan los gatos. Tampoco

Si me gustan los perros. Jamás he tenido

Mascotas en casa (tampoco niños), pero

Un gato me visita siempre por las noches.

“Debes ser el gato de Baudelaire, le digo.

Veo tus místicas pupilas, tus ojos de metal

Y ágata mirarme a través de la oscuridad”.

Pero el gato no responde: “Entonces eres

Micifuz el extranjero o Marramaquiz 

el que araña las bibliotecas del Parnaso”.

Pero el gato estira sus lomos sin decirme

Nada. “¿Has visto acaso de Cheshire

y no entiendes español?, ¿acaso apareces

y desapareces y muestras de noche tu

sonrisa sin gato?” Pero el gato, pardo

como todos los gatos, ni siquiera sonríe.

 Pruebo entonces con el gato con botas,

con el gato triste y azul que nunca se

olvida, con el gato filósofo de Natsume

Sosecki “que aún no tiene nombre”. Pero

El gato levanta su cola, da media vuelta y

Se marcha indiferente, hacia la noche fría.

           

            Con su habitual retranca gallega, y lacónico estilo, este poema de Miguel D’Ors  ----uno de los pocos “poetas mayores” con los que hoy cuenta la poesía española, y no por su edad, sino por su indiscutible calidad--- refleja a la perfección la forma de comportarse del félido doméstico, adormecido, comodón, arisco, sorpresivo indiferente  y “muy digno”. Pertenece a uno de sus últimos libros publicados Átomos y Galaxias, Renacimiento, Sevilla MMXIII, su título, revela la concreción con la que está escrito: “Gato”.

GATO

 

Un gajo de pasillo

dorado por el sol

de invierno, una quietud

de silencio y calor

y el gato arrebujado

de sueño en el rincón:

una bola de pelo

blando y cálido. No

se oía ni una mosca

en toda la región.

Alejado del mundo en mi beato sillón,

Con el sueño del gato

Casi me duermo yo.

 

De pronto, sin ninguna

aparente razón,

el gato abrió sus ojos

de color de limón,

movió una oreja, se

puso en pie, bostezó

con todo el cuerpo,

como solo los gatos lo

hacen, se dio la vuelta

muy digno, levantó

de una forma insultante

la cola y se marchó,

sin despedirse, hasta

la próxima ocasión.

 

            Seducidos, conjuntamente, por los gatos y por los niños,  una serie de poetas singulares ha sabido elevar la literatura infantil y adolescente al nivel de pequeñas pero espléndidas obras de arte, con un plus de imaginación, ternura y candidez. No desmerece esa literatura infantil y juvenil, por su sencillez, sensibilidad y pulsión moralizante y/o didáctica, de cualquiera otra orientación literario-formal o género literario canónico. Su calidad sustantiva en nada disminuye por aquellos lectores u oyentes a los que se dirige: los niños y los lectores más jóvenes. Recordemos únicamente que poetas y escritores tan grandes como J. R. R. Tolkien, James Matthew Barrie, Michel Ende, Julio Verne, Mark Twain, T. S. Eliot, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, García Montero etc. han escrito libros a ellos dedicados: coplas, canciones, nanas, cuentos, relatos, fábulas, apólogos, poemas, e incluso tratados didáctico-poéticos que forman parte de la cultura popular y también de la cultura denominada culta o académica.

            Nos referiremos aquí exclusivamente a aquellos que han dedicado una parte, por pequeña que sea, de su producción a escribir relatos, poemas, textos referidos a felinos o protagonizado por los gatos. El primero de ellos es Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, inolvidable autor El rayo que no cesa (1936) y, en lo que aquí nos interesa, de  Nanas de la cebolla (1939), canciones de cuna dedicadas a su segundo hijo, Manuel Miguel, mientras se encontraba encarcelado en la prisión de Torrijos. Sabemos por una noticia de prensa (de la periodista Martina Brown en El Español, del 15 de marzo de 2017) que en sus últimos días, mientras estuvo encarcelado en la cárcel de Alicante, pudo conocer a este, su segundo hijo, tras las rejas de la prisión, y que incluso llegó a escribir a lápiz, y en pequeñas hojas de papel higiénico, cuatro preciosos cuentos dedicados también, como las Nanas, a él, a “Manolillo” como Miguel lo llamaba: “El potro obscuro”, “El conejito”, “Un lugar en el árbol” y “La gatita Mancha y el ovillo rojo”. Primorosamente escritos. En el último cuentecito versificado, y de intenso sabor y saber popular, la protagonista felina trata de escapar de una cárcel de algodón. Cuando, asustada, logra huir dice: “¡Fus! ¡Fus! ¡Parafus! / porque el gato más valiente, / si sale escaldado un día / huye del agua corriente, / pero, además, de la fría”. Este fue el tierno homenaje que este poeta sin igual ofreció antes de morir  a su hijito y a la gata de su cuento.

            Si Miguel Hernández se muestra tierno con los niños y con los animales, no menos tierna y sensible se manifestó en sus lindos poemas Gloria Fuertes, de la “Generación del 50”. Esta inmensa humilde poeta, fallecida en Madrid en 1998, conocida como “la poeta de los niños”, dedicó prácticamente toda su prolífica producción literaria, caracterizada por la alegría, el humor, el espíritu de juego, a los niños y niñas de su pueblo (Madrid: España). Tuvo además la virtud de explorar en sus textos las posibilidades del lenguaje para destruir prejuicios y descubrir en lo popular, y en el “habla” infantil y de la gente común, riquísimas dimensiones de lo real ocultadas a presuntuosos, estirados o pedantes. Leídas con mirada de niño y con espontánea inocencia, sus versos nos hacen reír y llorar, pensar y emocionarnos. Lo que ya es algo: más no se le puede pedir a la Poesía. El poema gatuno elegido en este caso es:

EL GATO PIRRACAS

El gato  Pirracas estaba helado,

El gato Pirracas vivía en el tejado.

La gata Timotea con las patas se asea,

La gata TImotea vivía en la azotea 

“¡Bájate conmigo gato!; salta, gato, no seas pato”

“Tengo comida de lata”, le dijo la gata.


 

Gatos y poetas II. Tomás Moreno



Francisco Acuyo  creador y gestor de este blog literario Ancile y  discípulo,  admirador y amigo del gran poeta granadino, de Albolote,  Antonio Carvajal*, es un amante incondicional de los gatos. Actualmente goza de la compañía de siete gatos con nombre y “personalidad” propias: Marramaquiz, Zapaquilda, Zoraida, Friz, Mar, Timoteo y Carpincho. Dos están en su piso “granaíno”, los otros cinco en su casa de campo. Autor de una docena larga de libros de poesía y de media docena de ensayos meta-literarios en su mayoría. Entre sus libros podemos destacar Los Principio del tigre (1997 y Haikus de la Alhambra (2014). Como poeta yo lo calificaría como  “jánico” (de “Jano bifronte”, el dios griego poseedor de dos frentes o caras que miraban en dirección opuesta). Es, en este sentido, un autor ambivalente: por una parte un poeta de culto, clásico, hermético a veces, habitualmente juanramoniano en busca de la  pureza poética esencial y orfebre del lenguaje siempre, caracterizado por una utilización del barroco gongorino, que es clave en su identidad poética. Y por la otra, poeta popular que domina las formas y métrica de la poética andaluza desde las letrillas gongorinas hasta las distintas formas de la copla; desde la poesía japonesa, el  haiku, tan cercana al flamenco, hasta el romance tradicional, que domina a la perfección, “romancista consumado” en opinión de  Rosa Navarro Durán. Desde que lo conozco, alterna, sin solución de continuidad, ambos perfiles.

            De Francisco Acuyo hay que resaltar, para los fines de este ensayo, especialmente su poemario De Feles Dignitate-Gatodicea- o El coloquio de los gatos, aun no publicada, dedicada por entero a los gatos y dirigida al solaz, la sonrisa y la edificación de los niños (y de los mayores). Una composición poética que, sin ser una remake, ni un pastiche, ni tampoco una burda imitación, sí recuerda ---en su formato e intertextualidad, en su denominación e intencionalidad--- a dos de los libros pioneros sobre gatos y perros, de la literatura española y occidental: La Gatomaquia de Lope de Vega  y El coloquio de los perros de Cervantes. Diálogo o coloquio delicioso, en el que se pone de manifiesto esa veta de ternura hacia la infancia y también ese amor a los animales, especialmente al felino doméstico, que no contradice, para nada, la  otra vección profunda filo-sófica y filo-científica de su producción literaria y de su personalidad intelectual. Consta de XVII apartados precedidos por una Nota Introductoria, en donde explica las circunstancias y motivos de su creación, y por dos sonetos (I. Marramaquiz y II. Zapaquilda) más XV poemas dialogados, que constituyen y configuran un bello y largo Poema en el que sus gatos intervinientes transmutan sus rasgos felinos en humanos transformándose en gatos-filósofos, que asumen en sus argumentaciones y diálogos, modos de pensar propios de los pensadores de todos los tiempos (socráticos, platónicos, aristotélicos, cartesianos, empiristas y hasta kantianos). Leamos, pues, con atención estas dos muestras de su libro, un Soneto sobre el gato Marramaquiz y un fragmento de la disquisición metafísica de un filósofo-gato de nombre Benito Espinosa:

 

MARRAMAQUIZ

 

De lamerse después en el tejado,

Marramaquiz prudente, sabiduría

de lo celeste y lo profano hacía

en honda ontología ensimismado.

 

Abundante y profunda en la innombrada

agenda hiciese y diligente guía

de ciencia: intelectual orfebrería

donde quedó el saber a su cuidado.

 

Acuden en tropel, no obstante, dignos,

serios, disciplinados pensamientos

que hablan sobre el silencio de los signos

 

inveterados de sapiencia viva,

que levantan, diríase, monumentos

de conciencia felinos reflexiva.

 

 

POEMA XI (fragmento)

 

“Si disperso o junto,

seguro o accidental,

 caprichoso  constante,

 sujeto o bien objeto,

 eterno o bien efímero al instante,

 la faz del mundo no sería nunca la misma

hasta el mundo en que el gato

sionista, dicen que marrano,, si

bien de muy pura de bengala raza –y discreto-

que al nombre respondía de Arrebato,

castigo y plaga del sofisma

todo en su ópera póstuma transforma,

así filosofía fue la cara

ciencia donde de grado el panteísmo

más elevado, no el humano,,

sino aquel que este gato mismo

en el mundo universo elaborara.”

 

Dicho esto y, ya encorvado

Primero el lomo y, luego, prolongado

ad infinitum, félida y elástica estructura,

se despereza cual

luenga fuese y flexible su figura

y entonces, tras un rato bostezando

prosigue con la línea del discurso:

“Observen la sustancia

en presta vigilancia,

y el atributo y su conato,

vean qué personal

filosofía de la vida

hace, donde el amor intelectual

se mira en Dios, y en forma no fingible

hubiera de mirarse cada gato”.”

 

            Como colofón de esta aproximación poético-sentimental a los félidos peludos  ningún homenaje más delicado y cariñoso que este poema de Rosaura Álvarez, poeta granadina (nada menos que del Albaicín, que imprime carácter), una de las poetas más representativas del panorama literario granadino, en el que abundan numerosas y excelentes mujeres poetas. Pertenece a la Academia de Buenas Letras de Granada, profesora de Historia del Arte y  exquisita artista con una privilegiada formación musical pictórica y literaria que se ha reflejado felizmente en su obra poética e intelectual y en su elegante y lúcido talante  personal. Entre su muy extensa y variada obra destacan: De aquellos fuegos  sagrados (Granada, 1988), edición al cuidado de Antonio Carvajal; y  Lumbres apagadas (2012), poemario con el que inicia una nueva etapa de “poesía esencial, desnuda”en su trayectoria poética, oscilante entre el arrobo de la espiritualidad religiosa y de la mística y el esplendor poético del arte y de la búsqueda de la belleza. En el texto poético que seleccionamos ---un absolutamente perfecto poema--- Rosaura nos ofrece con emoción contenida,  una tierna despedida de su gatito, llena de lírico sentimiento e impregnada de una nostalgia que nos interpela y conmueve profunda y fuertemente.


FELINO MÍO

 

Felino mío, no te empeñes:

Tus saltos ya no tienen eficacia,

tampoco gracia. Andas ya

de despedida, como el débil sol

en el ocaso. Rondas el jardín

como antaño lo hacías,

mas no tienes el gentil gesto,

prestancia del pisar, avizorar

del instante la presa sabrosísima

que tu ser gozaba.

 

Felino mío

tu mirar brumoso,

tu desgastado olfato,

tu lentitud… denuncian

el sol en el poniente,

tu luz despavorida,

aquella deleitosa luz de ayer

para atrapar a un pájaro. 

 

Tomás Moreno

 

*El gran poeta granadino Antonio Carvajal ---considerado por la crítica más prestigiosa y exigente  como uno de los más grandes poetas españoles de nuestro tiempo---  en una reciente y memorable presentación de una muestra antológica de su obra en la “Ciudad ilustrada” (de la editorial Entorno gráfico), celebrada  en la Librería Picasso de Granada ---  confesaba que el título de su primer y deslumbrante libro Tigres en el jardín, de 1968, le fue sugerido por la algarabía que formaban por la noche  las gatas en celo –esos como pequeños felinos/tigres--- en el jardín de su casa de Albolote, lo cual es, sin duda alguna, un nuevo y recién descubierto  timbre de gloria en el haber de los  pequeños felinos alboloteños, que  propiciaron su inspiración, o le dieron ocasión a crear tal espléndida joya literaria.




Gatos y poetas II. Tomás Moreno