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jueves, 4 de junio de 2026

CORPUS, DE GABRIEL MIRÓ

Para le sección de Narrativa, traigo un nuevo post, que viene muy a propósito en las fechas que vivimos, por sugerencia de Antonio Carvajal, que consiste en un bellísimo relato del inmenso Gabriel Miró que tituló, Corpus, y que ahora me impele mi amigo y poeta a acompañarlo con la  siguiente interrogante: ¿Qué nos queda del Corpus?, 


CORPUS






Acabado el enjalbiego, dijo la señora tía, ya doblada por senectud, al
sobrinico huérfano:

—Anda, Ramonete, anda; anda y acuéstate, como a buen seguro hicieron
ya todos los muchachos; que muy de mañana se ha de ir a la parroquia.

—¿Qué hay entierro o casamiento, señora tía?

—Pues, descabezado, ¿qué no recuerdas el día que es? ¿Qué dijo el
señor maestro?

—¡Que no había escuela!

—¿Y no paró en hablar de la grande fiesta de Nuestro Señor?

—Sí dijo de fiesta, señora tía, sí dijo.

—¿Y no entendiste que había de ser la del Corpus, la más preciosa y
bendita, hijo Ramonete?

—Sí que podrá ser, señora tía; que Damián y Javierico, los de la Corrionera
, y Luis y Gabriel y Barbera dijeron que estrenaban botas de cordones y
gorras de visera reluciente y trajes de...

—Anda, Ramonete, hijo; anda y acuéstate, que bien supiste las fantasías
de los rapaces... Corpus es mañana, y el señor rector predica, con que...
Y el sobrinito huérfano bebió de una cántara que estaba a la serena; besó
la mano seca y rugosa de la señora tía, y se internó muy despacio en la
negrura del portal.

Desde lo hondo llamó tímidamente:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Ay, Ramonete; ay, hijo! ¿Qué antojo es ése?

—¿Ha de venir pronto, señora tía? ¡Mire que todo está fosco, y en lo corral sentí ruido y pasó como una fantasma, señora tía!

—¡Ay, hijo Ramonete! Encomiéndate al buen Ángel; mira que recelo quetodo eso es el Enemigo que te lo hace ver...

A poco sosegaba el chico; y la vieja cerró con cautela él postigo; guardóse en la faltriquera del refajo la llave, trabajadosa y pesada como de puertas
de ciudad, y fuése a la casa de la mayordoma de la Congregación, cuyo
zaguán bullía de gente devota y picotera. El señor rector y otro eclesiástico
forastero paseaban gravemente, celando al vicario, recién afeitado, que
aleteaba en un ruedo de doncellas afanadas por acabar el recamado de
cañutillo de la nueva palia para el Sagrario. En un aposento alto, los
mozos ensayaban el “Credo” de la misa.

Ya cerca de la media noche entraba la señora tía en su dormitorio. El
sobrinico quejábase con pesadilla.

—¡Hijo Ramonete...! —llamó la vieja, signándose, y luego suspiró—: ¡No
sosiega una con criaturas!

Acostada, percibió la congoja de Ramonete. Y ella sopló al candil y rezó
tres veces su jaculatoria: “San Pedro, con vuestra licencia, voy a dormir;
las puertas de mi casa las guarde la Santísima Trinidad; mis ventanas,
San Joaquín y Santa Ana; mi aposento, el Santísimo Sacramento.”
Ramonete despertó espantado al sentir en su carne las manos afiladas de
la fantasma. Se había caído de la cama. Subióse muy medroso; ensanchó
los ojos y gimió:

—¡Señora tía!... ¡Señora tía!

Y estuvo aguardando.

La señora tía roncaba.

—¡Hijo! ¿Qué regodeo es éste?... A buen seguro que te pudrirías
durmiendo si no te tuviera a mi cuidado... ¡Pues que no oíste aquel
estrépito de campanas y de morteretes, que no parecía sino que era
venida la fin del mundo?

¡Y la bulla de los mozos que llegaban del monte con sus costales de chopo
y romero para enramar la casa de Nuestro Señor! ¿No piensas en la
fiesta? Darán las seis y te estarás allí como un gusano... Anda, hijo
Ramonete; anda, despabila; y en tanto que yo avío la clueca y los
cochinos, colócate este delantal lavado y el pañolico de pita..., y venga,
Ramonete; anda, hijo, que vayamos a la parroquia para bien
acomodarnos...

Y la señora tía salióse muy ahina a su corral, donde la pollada y los cerdos
la recibieron con alborozos y contiendas de gula.

Atolondrado, se incorporó el sobrino; entróse las calzas, que sujetó a las
rodillas con ataderas verdes; luego descuidó su atavío para estregarse los
ojos. Un dulce emperezamiento le rendía, y se acostó, diciéndose:
“¡Corpus, Corpus es! ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¿Qué será Corpus?”

Desde la pocilga acuciábale la señora tía:

—Hijo Ramonete, ¿qué negocio tan largo es el que me llevas, que no
acabas de salir?

Muy azorado levantóse de nuevo el sobrino. Se puso las alpargatas y salió
a bañarse la cara en la pila del pozo.

La señora tía ya estaba en su cámara mudándose las haldas; prendió su
mantellina de pana negra y raída con larga cruz de ébano tendida sobre el
seno; recogió del clavo de la cabecera su rosario de dieces cabales y
llevóse de la mano al sobrinico, sin permitirle enmendar la lazada del
cenojil, que se le había desceñido.

—¡Ay, señora tía, que se me cae una calza!

—¡Hijo Ramonete! ¿Qué nuevo antojo dices para ir reacio?
—¡Mire, señora tía, que muestro el calcañar!

—Obra es del Enemigo, hijo Ramonete, para que no oigamos al señor predicador.

Y tiraba del zagalico, que había de jadear y brincar como un chivo zaguero para poder seguirla.

Cuando llegaron a la iglesia colgaba los muros el vicario, ayudado de dos mozos. Otros esparcían juncia y espadañas en las losas.

Una lámpara pestañeaba en la lobreguez de la capilla de las benditas Ánimas.

Vino la mayordoma de la cofradía. Las hijas trajeron una butaca de su sala, que había de servir para el oficiante.

—¡Hijo Ramonete, no miras cuánto lujo!... Ahora quédate sin menearte ni
resollar en este puesto, y yo iré a cumplir mi trabajo.

Y la señora tía acercóse al hormiguero de amigas que colocaban la palia
nueva.

Quedó Ramonete custodio del codiciado asiento, y pensaba: “¡Corpus,
Corpus!” ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¡Qué será Corpus!” Y miraba a los
muchachos que pasaban libres y gozosos. Todos estrenaban ropas;
chupaban regalicia. Damián y Javierico traían bastones de hombrecito, y
Barberá lucía cadena de reloj y todo.

... Ramonete se aburría... “Corpus... Corpus... Corpus...” Y se quedó
dormido.

... Lo despertó muy enojada la señora tía.

—Hijo Ramonete, ¿no acabarás de afrentarme? Atiende, que está aquí
todo el pueblo y nos conoce... Mira que comenzó la fiesta...

Descaecía el sobrino entre la muchedumbre, y parecióle que su estómago
recogía como un ávido olfato olores mezclados de pisadas verduras, de
cera ardiente, de sudor de carne labradora, de telas tiesas y nuevas...
Los cantores gritaban rudamente el Gloria in excelsis Deo.

La señora tía, de rato en rato, mandaba al sobrinico: “Ponte en pies, hijo
Ramonete...” “Anda, hijo, y ponte de hinojos...” “Ahora, Ramonete, puedes
asentarte en tierra si te cansas...”

Hacíalo puntualmente el sobrino, y suspiraba de cansancio y hastío.

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Calla, hijo Ramonete, calla y mira a Nuestro Señor, que te ve desde la
Custodia!

Subió Ramonete la mirada por el altar y la puso medrosamente en el viril,
en cuyo centelleo se apagaba la blancura de la hostia.

Estuvo Ramonete muy quieto, muy quieto, y sin apartarse de la
contemplación, musitó:

—¡Señora tía, no me mira Nuestro Señor!

Y sudaba y se removía buscando descanso con la mudanza de actitud.
Avizorábale indignada la vieja.

—Pero, hijo Ramonete, ¿qué nuevo antojo te dió?

—¡Ay, señora tía, es que... es que me estoy orinando!...

—¡En la casa de Dios esos pensamientos!... Reza, hijo Ramonete, que
todo es el Enemigo que te posee... Pero, calla, hijo, que el señor rector
subióse ya al pulpito... ¡Qué bendición de hombre!

Ramonete miró a lo alto. Los anteojos del señor rector resplandecían como
los del señor maestro en la malhumorada lección de los lunes...
Ya era mediodía cuando la vieja y el sobrino huérfano volvieron al portal
de su casa.

La quejumbre de los goznes inquietó a los cerdos.

—Vamos, vamos, ¿no conocéis al ama?

Y la risica de la señora tía fuése entrando por los obscuros cuartos, hasta
que sonó muy zalamera y despejada en el corral calentado de sol, ruidoso
de moscas. De la umbría de la pila y de la leña salieron las gallinas.

Ramonete aguardaba.

Al entrar, reparó en él la señara tía.

—¡Mustio hoy, Ramonete! ¿Pues qué maquinas, Ramonete?

Y alcanzó del último vasar de la alacena un cuarto de hogaza; goteó la
miga con aceite de la alcuza, añadióle sal, y se lo entregó, diciéndole:

—Anda, Ramonete, y hártate; la señora tía come en casa de la
mayordoma, que da comida a la congregación y a los señores curas. Pero,
hijo, no voy a regalo, sino a faena, que bien me conoces, y no acertara
llevándote. Hártate cuanto quieras, pues eres chico... Y ya sabes que en la
procesión hemos de vernos. Amigos tienes, pero mira cuál es tu
comportamiento, que quedaste a mi guarda... ¡no se diga, hijo Ramonete,
no se diga de nosotros!...

Estaba en quietud toda la aldea; y por las calles repasaban muy bajas las
golondrinas. En la sombra de un cornijal sesteaba un perro.

Ramonete se acercó a da casa de la mayordoma y oyó voces de
gargantas espesadas al engullir. La señora tía no sosegaba de hablar.
Ramonete se alejó mordiendo el pan y marchóse al ejido. Comía y miraba
el valle ancho, suave y arbolado. Lo abría un río de aguas silenciosas
donde se miraban las trémuías frondas de los chopos.

Y el paisaje le envió toda su tristeza en aquella tarde de la fiesta de
Nuestro Señor.

De la aldea surgió una vocecita campanil que parecía volar entre la calina
y perderse en los campos.

Estuvo atendiendo, y sus ojos se regocijaron y pensó: “Será Gregorico?...
Gregorico es, que dijo que helaría limón para Corpus.” Y guardóse en sus
bolsillos los zoquetes que le quedaban, y tornó al pueblo.

Ya estaban empaliados los principales balcones y las calles rociadas.
En un cantón de la plaza estaba Gregorico cercado de muchachos que
lamían da garrafa con la mirada.

Llegó Ramonete al grupo y saludo risueño y humilde al vendedor; pero los ojos claros y fríos de Gregorico no le acogieron amigos. ¡Oh! Gregorico no tenía cara de chico, sino de hombre abobado y cermeño. Miraba desdeñoso la rapacería anhelante; destapaba la heladora; con el largo cazo arrancaba de las paredes del cañón los grumos de dulce nieve y alzando la mano caía estrepitoso el rico y codiciado suco de oro... Ycuando algún lugareño le compraba de su refresco, él le servía solemnemente con hazañería y melindre de poner, en apariencia, más de lo que cabía en el vaso de vidrio recio y nublado. Y luego preguntaba chancero:

 “¿Va otro? Vaya otro!”

Ramonete se perecía de risa para celebrarle la chanza. Y Gregorico no lo notaba.
Vinieron Barbera y Damián y Javierico y también refrescaron, que llevaban
dineros. Bebían muy despacio contemplados por Ramonete.
Gregorico explicó menudamente la mixtura y cuando dijo del azúcar,
Ramonete, que ansiaba intervenir y congraciarse, preguntó:

—¿Y es “asúcar morena”, verdad?

—¡Morena, morena será! ¡Qué va a ser morena! —gritaron, burlándose,
los otros; y miraron y se acercaron más a Gregorico para desagraviarle.

Arrepentido Ramonete, oseó con humildad las moscas que revoleaban
tenaces sobre la abierta vasija. Pero Gregorico no estimó la fineza, y
antecogiendo vasera y garrafa se alejó voceando, rodeado de muchachos.

... Como suele en los rediles
en torno de los tarros de la leche
zumbar de moscas numeroso enjambre,
cuando ya llega la estación florida
y ordeñan al ganado...

que dijo el padre Homero.

Corpus, Corpus, Corpus... La fiesta de Nuestro Señor —íbase diciendo
el sobrinico huérfano y volvió al ejido y se tendió en su llano torrado de sol.
De abajo, de un olmo ribereño, brotaba, esparciéndose en el silencio de la
tarde campesina, la apasionada cantiga de un ruiseñor.

Súbitamente cayó sobre la gran paz estruendo de campanas y alarida de
banda. En el azul aparecían copos de humo, reventaban los cohetes y el
tronar se arrastraba de montaña a montaña. Pasaron muy alto los
gorriones de la aldea, refugiándose en el valle.

—... Corpus, Corpus, Corpus... —decía Ramonete. Y se afligió su alma.
La procesión apareció en la calle frontera al ejido. Todos los aldeanos y
labradores del término iban alumbrando.

Vió Ramonete a la señora tía delante de la mayordoma. Un viejo agobiado
por su capa pardal acercóse a hablarla. Y la señora tía abandonó su
puesto para buscar al sobrinico huérfano; su diestra empuñaba un cirio
doblado, rendido.

—¡Hijo Ramonete! ¿No tienes compasión de la señora tía? ¿Habré de
coserte a mis faldas? ¡Pues no ves que todo el pueblo acompaña a
Nuestro Señor!

Y se lo llevó agarrado hasta la fila de los piadosos congregantes.

En un remanso de la procesión, ocurriósele a la señora tía secretear con la
mayordoma, y los cirios de las dos devotas gotearon espesamente en la
cabeza del rapaz. Quiso éste apartarse, y, al hacerlo, derribó la candela de
la mayordoma.

Entonces la señora tía creyó morirse de vergüenza.

—¡Ay, hijo Ramonete, hijo Ramonete! ¿Te mordió alguna sierpe, o es que
en verdad te ha poseído el Enemigo?...

...Ya muy estrellado el cielo, entraban en su casa la señora tía y el
sobrinico huérfano.

—¿Cómo tropezabas tanto, hijo Ramonete?

—Es que me estaba durmiendo, señora tía.

—Bien dices, hijo; a mí también me rinde el sueño, que si tu divertimiento
te cansó, yo estoy majada del trajinar de todo el día. Y mejor será
acostarnos, que no conviene la cena tarde; y mira, hijo Ramonete, que
mañana hay escuela y no todo ha de ser holgar y regalarse.

Y la señora tía entornó su alcoba.

El sobrinico huérfano sollozó.

—Pues cómo, hijo Ramonete, ¿ya te dormiste y te anda la pesadilla?

—¡No es durmiendo, señora tía, que estoy llorando, estoy llorando de
verdad!

—¡Llorando, hijo Ramonete, llorando en la noche de la grande fiesta de
Nuestro Señor!

¡Corpus, Corpus, Corpus!... La fiesta fue de Damián, Garbiel y Javierico
y Barberá, que yo...

—¡Ay, hijo Ramonete, rézale al buen Ángel, y mira no murmures, hijo, no
sea que te castigue el Nuestro Señor!...

Ramonete no podía ya dormirse. Tenía hambre y miedo. Y gimió:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

La señora tía roncaba...



Gabriel Miro, 1908.






viernes, 4 de julio de 2025

EL CAYUCO, POR JUAN MIGUEL ORTIGOSA

Traigo para la sección de Narrativa del blog Ancile, este sentido relato de nuestro amigo Juan Miguel Ortigosa, cuya temática es de plena actualidad y encierra el dramatismo de la vida de tantos que buscan una vida mejor fuera de los lugares que los vieron nacer, y todo bajo el título de El cayuco.


EL CAYUCO, 

POR JUAN MIGUEL ORTIGOSA



El cayuco. Juan Miguel Ortigosa


   Y los años pasan y ni de una parte ni de otra, damos señales de querer empezar a superar el malentendido. Y digo malentendido, porque no puedo concebirlo de otra forma, porque no puedo entender que siendo todos trabajadores y trabajadoras del mundo, pueda esto ser verdadero racismo, hacia las trabajadoras y trabajadores de la otra parte. Porque el racismo, significa y encierra elitismo, supremacía, desprecio y rechazo al otro… y yo sé que esto no es así en nuestro Llano. Quizás un poco de miedo a lo desconocido, una cierta xenofobia, sea el sentimiento que mejor explique el rechazo entre ambas partes. Y cuando digo ambas partes, efectivamente, me refiero a que en los dos colectivos, autóctonos e inmigrantes, he detectado un similar rechazo. Hoy sólo quiero decirles a unos y a otros: hace ya exactamente cuarenta años que llegó al Llano el primer inmigrante procedente del continente africano. ¿No es tiempo ya, de que nos hubiéramos conocido lo suficiente, como para no considerarnos desconocidos y dejar de ignorarnos mutuamente?. ¿No es tiempo también, para que la otra parte, sin abandonar sus costumbres, creencias y tradiciones, se integren también y acepten las normas de actuación y convivencia del país de acogida? Mientras tanto resulta que la situación real, que es tan terca y obstinada nos dice, que tanto a nivel profesional, (trabajo asalariado y autónomo en la huerta) escolar o de población en general, es del 50 % en todos los estamentos, como es fácil de comprobar. En tantos años ya de “convivencia,” hemos pasado de la simpatía inicial, al rechazo, luego a la indiferencia y últimamente, movidos quizás por falsos bulos, “fake news” y exageraciones de comportamientos inadecuados, de nuevo a un cierto racismo. Cuarenta años alimentando falsos bulos de violaciones, agresiones, robos, e incluso graves atentados contra la vida, hasta ahora todos falsos o en su inmensa mayoría, dan para mantener el fantasma de la xenofobia y hasta del racismo, como así ha ocurrido. En ese tiempo, es cierto que todos esos comportamientos y otros mucho más graves, se han dado en el ámbito de nuestro Llano, sin embargo, hasta ahora, todos, ajenos a esa población inmigrante que convive con nosotros. ¿No nos dice nada esto? Y no creáis que al escribir así, es que me siento “más bueno” o “más perfecto” que los demás, que también yo he tenido que luchar contra mis propias fobias y contradicciones. Tal vez, en alguna ocasión tuve la suerte de tropezarme con testimonios como los de esta carta escrita por un inmigrante de Malí, narrando su odisea de inmigrante “ilegal”. ¿O tal vez lo he soñado?.., ya no lo recuerdo bien, pero que dice así:

  - “Tres largos días con sus larguísimas noches, llevamos en medio del mar. Tres días viendo sólo agua y cielo. El mar, unas horas calmo y otras levantisco, reflejando en su azul, el azul puro del cielo y en

El cayuco. Juan Miguel Ortigosa
momentos, gris, oscuro y sucio, como el cielo atormentado y lluvioso de este día. Noches eternas, sólo acompañadas del rumor del mar y el chirriante crujir del desvencijado cayuco. 

   Todavía era noche cerrada. Si acaso, al frente a nuestra derecha, el cielo en el horizonte, tiene un ligero matiz más claro. Quizás pronto amanezca. Atrás quedaban casi setenta horas de angustioso viaje. Aún más atrás, los tres meses de deambular sin esperanza en los bosquecillos y montes del litoral norte de Marruecos. Y antes aún, la épica travesía andando, desde Malí, a través de montes, pantanos boscosos y desiertos secos e infinitos, hasta llegar a la costa.

    Habíamos empeñado todos los recursos de la familia para costear el pasaje. Uno tiene que llegar a la Tierra Prometida, para que pueda hacer de puente y tirar de los demás.

   Aquí se conocen como “mafias”, pero allí son el rostro de la esperanza, al precio que sea. Aunque demasiadas veces, el precio sea el de la propia muerte. Lo único que esperas y deseas, es que al menos sean “honrados” y cumplan lo pactado. 

    El motor del viejo y destartalado cayuco, suena entrecortado y ronco y amenaza con pararse. De pronto una luz tenue, centellea en el horizonte. ¡Es la costa!, ¡¡España, Europa, La Tierra Prometida…!! 

    Como un sólo hombre, todos comenzamos a rasgar el agua con las manos, con los pies… Hay que aligerar la marcha. En una hora, arribamos a la línea de playa. Amanece.

    Entre la turbia neblina, distinguimos una línea de formas, a menos de veinte metros del agua. Es la “policía de costas”, la Guardia Civil española. Forman un semicírculo cerrado frente a la línea de mar de más de treinta hombres. Al parecer nos esperaban desde hacía rato. Nosotros también los esperábamos a ellos. Lo teníamos muy bien estudiado y ensayado. Derrotados, exhaustos, cabizbajos, rendidos y entregados, nos dirigimos lentamente hacia ellos. Somos veintisiete: diecisiete hombres y seis mujeres. De repente, a una leve señal, como un resorte, nos abalanzamos sobre el punto de la línea que nos pareció más vulnerable. Entre la sorpresa y nuestro ímpetu, atravesamos la línea como si fuera de mantequilla. Cayeron tres, dos hombres y una mujer. Sabíamos que era el canon a pagar. Los demás, nos lanzamos a la
carrera en dirección a los montes cercanos. En ese terreno, sabíamos que no nos alcanzarían nunca. Era la ventaja de ir siempre ligeros de equipaje. ¡Lo habíamos logrado! Ahora, siempre hacia el noreste. Lo traíamos escrito en el corazón y en la cabeza: El Llano de Zafarraya, unos pueblos entre Málaga y Granada. Allí, decía Ben Amí, habría trabajo para todos. Tres días a campo a través, subiendo y bajando montes abruptos, cruzando pequeños valles y extensas llanuras… Quedábamos ocho, siete hombres y una mujer: Moussa, Sadio, Ousmane, Binta, Amidou, el menor, Lamine, la mujer, Arkia y yo, Mamadou, un poco, el jefe del grupo. Los demás, marcharon hacia el oeste. Hablaban de ir hacia Huelva, a las fresas. Varios, buscaron destino en la costa de Málaga.

El cayuco. Juan Miguel Ortigosa
Por Carolina Vigo

   Avanzaba el ventoso marzo y aunque el frío invierno había remitido, las rachas de viento y agua, hacían muy penosa nuestra marcha. Anochecía, cuando desde la cumbre de una sierra de rocas de gris claro y un denso pinar en su falda norte (la Torca), divisamos El Llano de Zafarraya. Bajamos en tropel. Diluviaba. Agotados, sin fuerzas y con el estómago en huelga de varios días…, ¡pero aguantábamos! Abajo ya, nos echamos al resguardo del viejo muro de una nave agrícola. La noche avanza y a la luz del último crepúsculo, centellean los cetrinos y chorreantes rostros de mis compañeros. ¿Son las gotas de lluvia, o es una lágrima que se escurre fugaz por la mejilla del benjamín del grupo, Lamine? De pronto, recordé un viejo dicho de mi pueblo allá en Malí: “los peces también lloran, pero el agua nos impide ver sus lágrimas”. Y unas gotas tibias, bajaron también por mis mejillas. 

    Al fin y al cabo, ahora sólo se trata de aguantar tres años, siendo “pez y no pescado”, y… ¿que son tres años, para los que llevábamos tantas vidas esperando? (Es el tiempo que necesita acreditar cualquier inmigrante irregular, para poder acceder a regular su situación y tener papeles). 

    Los faros de un coche, rasgan la oscuridad de la noche. El dueño de la nave, nos observa sereno. Se apiada de nosotros, abre la puerta de la nave y nos invita a pasar y se marcha. Media hora después, vuelve con varios cartones de leche y unas tortas. Se llama Rafael. No cruzamos más palabras, pero con el gesto basta. ¿Es posible que en el mundo todavía exista eso que llamamos solidaridad y altruismo…?

    Es noche cerrada, pero el horizonte se ilumina. ¡Son los fuegos de la nueva esperanza!

    De todo esto, hace ya cinco años. Ya llevo dos con papeles en regla y contrato permanente de trabajo. Ya me he traído de Malí, a dos hermanos y un primo. Me siento bien en El Llano de Zafarraya y aquí pienso echar raíces. Y me siento patriota, porque la verdadera patria de un pobre, es donde come y trabaja. 




                      Juan Miguel Ortigosa



El cayuco. Juan Miguel Ortigosa


viernes, 6 de junio de 2025

MIGUEL EL DE MIGUELICO, POR MIGUEL ORTIGOSA

Para la sección de Narrativa del blog Ancile, traemos un relato de nuestro amigo, escritor y poeta  Miguel Ortigosa, que lleva por título; Miguel el de Miguelico, en el que saborearemos mucho más que un relato costumbrista al uso.


MIGUEL EL DE MIGUELICO






  Desde que comencé hace ya casi una año, a escribir estos relato, siempre me decía, "mañana toca el de "Miguel el de Miguelico" (mi tío Miguel), pero me producía un respeto tan imponente,  que siempre lo dejaba para más adelante, porque pensaba que iba a defraudar su memoria y hacer también fraude a la gente que lo leyera, porque no iba a reflejar  ni de lejos siquiera, parte de su vida, de su realidad.

  A pesar de todo, hoy me he decidido, y espero poder reflejar, si no toda su barroca personalidad y austera realidad, al menos un ramillete de sus virtudes y capacidades, de su filosofía de vida, de la elevada poesía que desprendía su aura, de su actitud vital ante los problemas que le presentó la vida, de su bonhomía extensa e intensa, de su capacidad de empatía con todo el mundo, de su incapacidad de odio y ausencia de sentimientos de venganza o revancha, para los que le habían hecho daño, de sus manos rotas de hacer el bien, de su bondad, de su honestidad y honradez, de su integridad a quemarropa, hasta las últimas consecuencias, hasta el último día de su vida.

  Nació Miguel Ortigosa Chica, allá por 1887, hijo de Miguel Ortigosa Frías, (Miguelico Ligerete) y de Carmen Chica García. Fue otro "Miguel" en la larga tradición en la saga de los Miguelicos: hijo de Miguelico Ligerete, que fue hijo de Miguel Ligero, hijo de Miguel Escalera, vecino ya, de Alfarnate. Y que continúa la tradición en la familia: Miguelico, su hijo; Miguel el de Miguelico, su nieto; José Miguel el de Miguelico, su biznieto y no sé si andará ya por ahí algún Miguel, tataranieto.

  Antiguamente, como podéis comprobar fácilmente todos, se seguía mejor el rastro de la saga familiar, por algún nombre dominante, que por los apellidos.

  Casó con Julia Romero Arrebola, una mujer buena que lo acompañó en todas las vicisitudes, alegrías y penas de la vida, posicionándose siempre juntos, fueran las que fueran las dificultades. En la paz y en la guerra.

  A su muerte temprana (relativamente joven en 1964) por una enfermedad incurable, sufrí uno de esos traumas sentimentales de juventud, de imborrable recuerdo. Aún lo visualizo en mi memoria y se me enturbian los ojos: ella, en el lecho mortuorio y él sentado junto a ella, ausente de toda la realidad del entorno, la contempla mirándola con desesperada ternura. —"¿Pero por qué me dejas?; pero si yo no necesito que me hagas nada, si tú sabes que me apaño bien sin tu ayuda... Yo sólo te quiero aquí a mi lado, para tenerte, para mirarte, para que estes conmigo, para que nos hagamos compaña... ¿Por qué te vas?" Mientras lágrimas silenciosas bajaban hasta su barbilla. Y es que que él era así desde siempre. De toda la vida, sobretodo, desde que enfermó su mujer, era un hombre que sabía cocinar, fregar, barrer, coser, planchar y hacer cualquier tarea de la casa con la misma destreza que segaba,  escardaba o manejaba la yunta en las sementeras. Fue el mayor de seis hermanos,  junto a Enrique Candelaria, Margarita, Julia y Emilio Ortigosa Chica, (Emiliano, mi padre) que murió prematuramente a los 48 años, dejando ocho hijos:el mayor, Emilio, de apenas 17 años y el menor, yo, con tres recién cumplidos. Desde entonces hizo de verdadero padre de todos nosotros y de protector y asesor de mi madre, viuda y con ocho hijos, a los 45 años. De ahí la especial vinculación nuestra, con "tito Miguel", que además ostentaba la representación oficial de la familia, en las solemnes ocasiones en que se le demandaba. Aún recuerdo con emocionada ternura, cuando, como patriarca de la familia, acudió con nosotros a la petición de mano de mi futura esposa, la Conchi de Juandes, elegantemente vestido con traje oscuro, impoluto y sombrero de fieltro, negro. La calidez y altura humana que le dio al acto, resultaba conmovedor. Recordarlo, se me representa como un patriarca del Antiguo Testamento.

  Durante los difíciles años de la República, sobre todo después del golpe de estado que provocó la guerra, como hombre de ideología progresista y de filiación republicana, ocupó la presidencia de Izquierda Republicana local y al inicio del conflicto, desempeñó la presidencia del Comité de Abastecimiento de Alimentos a la población. Dando aquí otra muestra de su integridad y honestidad: en el reparto de alimentos de inicios del invierno del 36 al 37, como era de justicia, asignó los correspondientes lotes a las familias de varios dirigentes de la derecha local, que habían huido a la zona nacional en los días anteriores. Esto provocó las protestas de algún grupo minoritario de izquierdistas, movilizados por agitadores provenientes de zonas tomadas por los franquistas, de Loja sobre todo. Miguel se mantuvo firme y esto llevó,  a que un grupo de los exaltados, elevara un escrito al Comité de Guerra y al Centro de Mando Militar, ubicado en Ventas, con petición de fusilamiento para Miguel Ortigosa Chica, por delito de traición.

  Dado que al término de la guerra, en la farsa de juicio celebrada contra él, como represaliado rojo, sufrió asimismo la petición de pena de muerte, yo creo que fue el único, en nuestro conocimiento, en recibir dos peticiones a la pena máxima, una por los "rojos" y otra por los ,azules.

  Ante las protestas de un grupo de energúmenos que, en la puerta del Comité de Abastecimiento gritaban: "¡cuando ganemos la guerra, vamos a echar candelas de ricos, que son todos unos fascistas!", tronó la voz de Manuel Arrebola Martín, "Fantasías", recriminándolos y que, después ha sido repetida cientos de veces en ambientes izquierdistas, —"¡Sí, vamos a echar candelas de ricos, pero las vamos a prender con "probes" que están más resecos y arden mejor", en referencia a que, si bien los ricos merecían castigo por insolidarios y golpistas, algunos proletarios lo merecían también por egoístas e injustos.

  La frase fue lapidaria, rotunda, demoledora; no necesitaba de muchas explicaciones para entender la dura critica, cargada de ironía, a sectores proletarios "pancistas" e insolidarios.

  "Fantasías" al final de la guerra, fue represaliado y sufrió la condena a veinte años de cárcel, e indultado, como todos, en el 46.

  Conocí a este hombre, a finales de los cincuenta, cuando contaba ya, con ochenta años. Me pareció un buen hombre, con una personalidad acusada, diligente y con talento. Aceptó, como Félix Herrero, su marginación y resolvió su subsistencia y la de su familia, explotando como autónomo, un rebaño de cabras para leche y cría. Las más hermosas, por cierto. Murió en 1963, a los 85 años de edad.

  Pese a la petición inicial del fiscal, contra Miguel Ortigosa Chica, de pena de muerte y después cadena perpetua, la condena final se redujo a seis años. Y es justo reconocer que fue gracias a testimonios favorables de elementos señalados del nuevo régimen e incluso, miembros del clero.

  Cumplió la condena, dos años en Granada y Málaga y el resto hasta seis años, en el pais Vasco, en concreto en la cárcel de Bilbao.

  La convivencia durante cuatro años, con presos políticos de gran talla intelectual, científica y humana, fue la suerte de Miguel el de Miguelico (mi tío Miguel), que a sus méritos personales y condición natural, unió los cursillos acelerados de formación integral de las personas, que significaron los años de relación carcelaria. ¡Y bien que los supo aprovechar!.

  Creo que ahora se  puede entender mejor, que cuando digo que era un ser excepcional, no es un chauvinismo infantiloide de amor propio  familiar.

  Disfruté mucho de mi tío Miguel, en su papel de padre reciclado mío y de mis hermanos. Y digo, como decía de él: "¡Y bien que lo aprovechamos!". Cuando nos acompañaba en la tradicional matanza familiar, de inicios de cada invierno, que presidía en su rango de patriarca, y en las larguísimas veladas a la lumbre de la chimenea, mientras se cocían las morcillas, en las que nos daba una charla magistral, a mis hermanos y a mí, por ejemplo, de cómo se formó el universo-mundo. Decía que la tierra era una lágrima incandescente, que salió del Sol y que se solidificó con el paso de los siglos, así como la Luna, era una lágrima que, salida de la Tierra, nos acompaña desde entonces todas las noches. Y esto, en la década de los cincuenta, cuando la astronomía y la geología aún andaban a gatas, cuando Alfred Wegener todavía no había escrito sobre la deriva continental, ni se hablaba aún de la tectónica de placas y mucho menos, del origen terrestre de la Luna.

  Otras noches o días, la conversación derivaba hacia otros derroteros totalmente distintos, pero en todos ellos, daba fe y testimonio, de una formación humanista, científica y racionalista, muy lejos del común de un hombre rural típico y tópico de la época, incluso de los que tuvieran alguna formación básica. Esto, unido a un exquisito sentido común y a una inteligencia natural e intuitiva,  adornada del arte innato de buen conversador, es lo que le daba ese arrebatador atractivo, que tanto fascinaba a todo el que lo trataba. Tengo que decir aquí, que el 90% de la memoria de los relatos que he escrito, proceden directamente de él o indirectamente, a través de mi hermano Emiliano.

  No me resisto a trasladaros la respuesta que me dio en una ocasión, a la pregunta, que en mi permanente debate teológico-científico de mi primera juventud, le hice un día:—"tío, ¿qué es para ti el Cielo?" La respuesta, no tiene desperdicio: —"sobrino, si a un hombre le llega la hora de morir, y la Parca se lo encuentra con el espíritu tranquilo, porque cree que siempre actuó en conciencia y justamente confortado, muere conforme y con una leve sonrisa, como desde ese momento su estado es inmutable, disfrutará para siempre de ese cielo y esa sonrisa.

  Definitivamente, esas respuestas y tantas otras, me convencieron más que las que, desde siempre había aprendido en la escuela y en la catequesis, del catecismo de "Ripalda". ¿Influyó todo esto en cambiar con el tiempo mi fe, por el marxismo racionalista? ¡Hoy, sólo deseo ser de mayor, como mi tío Miguel!

  Tuvo Miguel el de Miguelico, la suerte y el enorme privilegio, de sobrevivir a su verdugo, el dictador Franco. En los años anteriores a la llegada de la democracia, Miguel, se había convertido ya en el verdadero e indiscutido icono de toda la izquierda en el pueblo. La izquierda más activa, se había organizado en torno al partido comunista, no tanto por el conocimiento a fondo de su ideología, como porque todos nos identificamos con el partido que más había luchado contra la dictadura. También Miguel Ortigosa Chica, cuya militancia en tiempos, había sido en la extinta Izquierda Republicana.

  Y llega el primer mitin de las elecciones generales de 1977, del Partido Comunista de Santiago Carrillo. En el antiguo cine, lleno a reventar, queda mucha gente en la calle que con las puertas abiertas de par en par, sigue el acto desde la vía pública. En la tribuna de honor, Miguel el de Miguelico, mi tío Miguel, con su terno oscuro e impoluto y su sombrero negro de fieltro, que toma la palabra: —"a partir de esta noche, ya puedo morir tranquilo y en paz, porque he podido comprobar que, aunque haya tenido que esperar cuarenta años, los principios que defendíamos hace tanto tiempo, eran justos y acabarán abriéndose paso en nuestro pueblo, en España y en el mundo. Sé que vais a obtener la victoria y sólo os pido mesura, prudencia y magnanimidad, para saber ejercer el poder que os otorgará el pueblo con sus votos. ¡Viva la libertad!"

  Una atronadora ovación, cerró su intervención, pero, para entonces, la mitad de los asistentes, ya llorábamos a moco tendido.

  En el pueblo, arrasó la izquierda y en España, ganó la democracia. Y con la Transición, ganamos todos. Al año siguiente se proclamó la Constitución española.

  En noviembre de 1979, meses después de ver a "su izquierda" triunfar en las primeras elecciones municipales, murió tranquilo,  contento y satisfecho. Cuando expiraba, le vi una sonrisa en su cara.¿Alguien puede creer que no está en su Cielo?



                         Juan Miguel Ortigosa






martes, 3 de diciembre de 2024

HIPÓLITO Y AQUELLO, DE PASTOR AGUIAR

Desde La Florida de los Estados Unidos me envía un nuevo relato mi querido amigo, escritor y poeta, Pastor Aguiar, para la sección de Narrativa del blog Ancile, que les ofrecemos con mucho gusto, y bajo el título de Hipólito y aquello.


HIPÓLITO Y AQUELLO,

DE PASTOR AGUIAR



Hipólito y aquello. Pastor Aguiar




Se trabajaba mucho en Anatomía Patológica, pero a la una de la tarde el almuerzo.

Toda la mañana preparando muestras de tejidos. Láminas transparentes de apenas medio centímetro cuadrado que habían sido pulmón, cerebro, parte de fulano de tal; ahora apenas bulas enfisematosas, infiltrado de leucocitos.

Yo me asomaba al microscopio con la esperanza de ver planetas sin bautizar, y llamarlos Celedonio, Bernardo Calderín, carajo, ya han sido suficientes nombres de rancias alegorías. Y a veces sufría un atisbo de galaxias relampagueantes, quizás fatiga, digo ahora que me curé de magias.

A la una de la tarde el almuerzo era un oasis donde tácitamente se prohibía hablar de trabajo. La jefa del departamento, Luisa, iniciaba algún tema sobre recetas culinarias, de allá cuando pasó tres meses en París por los seminarios.

A Hipólito y a mí nos gustaba hablar de pesca en la ciénaga de zapata sin la preocupación del tiempo, de las biopsias de alguien abierto de arriba abajo en el salón esperando el veredicto, y vaciamiento total en el peor de los casos.

Esta vez Hipólito había hervido macarrones en el reverbero del laboratorio, y los trajo en platos de cartón separados. Luisa frente a nosotros desenredando tubos blanquecinos; qué bien hubiera venido una salsa con carne y bastante tomate, pobre Italia, salvada por el hambre de la una y ojalá no llegara una emergencia desde el salón de operaciones.

Entonces descubrí un filamento en mi plato que no era macarrón. Parecía un tallo de hierba, igual de blanquecino, pero macizo y resistente al tenedor. Lo saqué hasta la mano izquierda; y después otro y otro. Había más tallos que pasta, de manera que ya era un mazo de aquellas cosas inclasificables en la zurda.

Hipólito y Luisa parecían comer, hasta que vi que ella también sacaba filamentos y los iba amontonando a un lado, sobre el zinc galvanizado de la mesa de necropsias.

No había comido absolutamente nada, mi tarea era desbrozar la maleza. Se me antojaban lombrices sacadas del formol, quién sabe si enormes áscaris lumbricoides, sí, y sales de piperacina de tratamiento: menos mal que no me fallaba la memoria con tanta hambre, cabrón Hipólito, qué locuras se te ocurren.

Descubrí que me miraba de reojo, con una severidad desconocida.

_ ¿Y qué?

_ Nada; mira lo que estoy sacando de tus macarrones. Parece un zoológico.

Hipólito y aquello. Pastor Aguiar
Luisa había pasado a otra dimensión y nosotros dos girando hasta quedar de frente, sobre nuestras silletas.

_ Lo habrás inventado para joderme, porque yo acabé con mi plato sin problemas.

_ Estarás ciego; o me los pusiste a propósito. A ver, qué coño te debo. Si no te gusta lo que haces vuelve con los de medicina interna, a meterles el dedo en el culo a los viejos.

_ Así que esas tenemos, te crees suficiente para manejarte solo, piensas que te hago sombra, por eso vives adulándole a la jefa.

_ Cállate; sabes que es mentira…

Corté mi discurso cuando le vi las intensiones de abalanzarse sobre mí, los puños apretados y él rojo como un carbón en ascuas.

Lo menos que tenía eran deseos de enredarme a trompadas allí, frente a Luisa, desbaratar el laboratorio y después expulsión deshonrosa, consejo de trabajo, mancha para el resto de la vida.

Así que me levanté buscando a Luisa con el rabillo del ojo, y ella era como una foto antigua en el haz de una vela.

Al minuto la calle solitaria al fondo de anatomía, la pared rojiza por un lado y casas de familia por el otro.

La primera piedra me rozó una oreja.

Era Hipólito veinte pasos detrás y no sé de dónde sacaba piedras; ahora un recipiente metálico, creo que una riñonera.

Fui acelerando la marcha mientras escudriñaba en busca de algún proyectil. Me palpé la cintura pero no llevaba el machete de cuando las zafras, no el rifle de las prácticas militares, e Hipólito acercándose.

Necesitaba acumular una furia al menos igual a la suya. Si lo enfrentaba manso se iba a dar banquete conmigo.

Me exprimí la memoria tratando de recordar alguna ofensa, pero ninguna; él era un guajiro sin tacha, querido por todos hasta ahora.

Entonces lo imaginé Tobías allá en la finca, su risa insultante, la baba ofensiva sobre mi sombra como si me escupiera a mí, y abuelo diciéndome que le rompiera la cara; sin embargo el padre de Tobías llevándoselo por los pelos, muchacho de mierda, que te van a fundir los ojos; no ves que ese guajiro es un animal.

Esta era mi oportunidad, no más Hipólito, sino Tobías indecente, hijo de puta que me las vas a pagar todas juntas.

No fui yo tampoco, digo, el médico de anatomía; era Pepito de trece años apenas, mirando regueros de sangre por las pupilas ensangrentadas.

_ ¡Aquí te espero, mariconsón!

_ ¿Qué dices? A ver, repite eso.

Era Luisa con su bata blanca como una bandera desde las torres de un castillo imaginario.

_ ¿Dónde está Hipólito, doctora?; con él estoy hablando.

_ De qué Hipólito hablas. Ven acá, que acaba de llegar una biopsia.



Pastor Aguiar





 

viernes, 22 de noviembre de 2024

ESTORNUDOS, POR PASTOR AGUIAR

Para la sección de Narrativa del blog Ancile, nos complace traer un nuevo relato de nuestro amigo, escritor y poeta Pastor Aguiar, que lleva por título: Estornudos.


ESTORNUDOS,

 POR PASTOR AGUIAR



Estornudos. Pastor Aguiar



A Pánfilo, que era alérgico a todas las cosas, se le ocurrió hacer negocio con su enfermedad. Así, un sábado por la mañana tocó a la puerta y tía Canda salió a recibirlo. Yo me escondía detrás de su vestido negro.

_ Vendo estornudos embotellados.

_ ¿Cómo? ¿Y para qué sirven?

_ Es la novedad del siglo, señora, la novedad del siglo. Casi un regalo. A cinco pesos la botella.

_ Hummm…déjame ver… ¿en botellas?

_ Sí, cada vez que tengo crisis, los taponeo de repente y les pongo cera para que queden bien sellados. Cada una tiene entre diez y quince.

_ No está mal. Suponiendo que fueran diez, a cincuenta centavos cada uno. Vale la pena probar. Dame un litro.

Cuando Canda cerró la puerta, desde la ventana, pude ver a Pánfilo contando los billetes en la casa vecina. Ese día los vendió todos.

Enseguida corrí al patio interior donde tía estaba inclinada junto a la pequeña fuente, con el litro sobre el cementado circular.

_ Espera, tía, que quiero ver.

_ No te acerques mucho, que te puedes contagiar.

_ ¿Y usted no?

_ Yo jamás he estornudado.

Dejó el recipiente y se retiró a unos pocos pasos, hasta sentarse en el banco de piedra.

_ Tengo que buscar la manera de destaparlo desde lejos. No sé qué efecto pueden hacer.

_ Tía, la vecina compró varias botellas. La vi por la ventana.

Enseguida ella se fue hacia el cercado de tuna y gritó.

_ ¡Juana, Juanita! ¡Asómate un segundo!

_Oye, ¿qué has hecho con eso de los estornudos?

_ Ah… ¿y tú compraste también?

_Un litro; pero no me atrevo a destaparlo. Era para saber qué has hecho.

_ Estoy esperando a que llegue Macario. Yo sola no me atrevo.

Pero Canda no tenía a nadie a quien esperar. Entonces tuve una idea.

_ Tía, ¿y si le tiramos piedras desde lejos?

_ No está mal. De todas formas cinco pesos se gastan en cualquier cosa. Ve y recoge unas cuantas debajo de la cerca.

Regresé al momento con media docena de chinas pelonas del tamaño de huevos de gallinas.

_ Ven, tira con cuidado.

Y fue al tercer lanzamiento que alcancé el litro, que estalló regando cristales por todas partes. Pasaron unos segundos y nada. Ya Canda estaba mentándole la madre al hijo de puta de Pánfilo cuando tronó el primer estornudo junto a nuestros pies, como si fuera a mordernos. Pero era como un medio estornudo degollado, apagándose en un ahhhh! Diminuto, y al momento otro, y otro, desparramados por el patio, sacando a las gallinas del fondo y asustando a los perros que husmeaban desde el lado de Juana.

Ya tía enrumbaba hacia la sala halándome por la manga de la camisa. Yo sentí el golpeteo en las pantorrillas, eran como pelotazos húmedos y babosos.

_ ¡Corre, coño! _ Y tiró la puerta pasando los cerrojos.

Afuera, el patio era un hervidero de estornudos que vino a apagarse con las primeras sombras de la noche.




Pastor Aguiar



Estornudos. Pastor Aguiar



viernes, 18 de octubre de 2024

EL SALUDO, DE PASTOR AGUIAR

 Para la sección de Narrativa del blog Ancile, traemos un nuevo post con un texto de nuestro querido y admirado amigo Pastor Aguiar, en este caso con un relato titulado:  El saludo.



EL SALUDO,

DE PASTOR AGUIAR


 

El saludo. Pastor Aguiar

Lo voy a saludar, a Rótulo el sonso voy a saludar de manos, saludo de hombre como en los buenos tiempos. Es mejor que decir hola, qué tal, porque un apretón de manos es más decidor que cualquier palabra. No mano blandita, ni sudada hipocresía; mano de hierro que hiere por sincera y callada, carajo.

    Allá voy, sé que no escucha mis pasos ni mi sofoquina, a causa del trote por esos caminos interminables. Él se entretiene en sus canteros de flores a ambos lados de la puerta, como cada tarde. Ahora remueve el suelo, después les echará agua dulce. Le disuelve dos cucharaditas de azúcar a cada balde de agua, pues según él, así los perfumes enamoran a las vírgenes. Y todo el que huele termina siendo poeta. Le dicen el sonso los ignorantes, creen que su lentitud silenciosa es sinónima de estupidez, y Rótulo lo sabe y se alegra; no le gusta socializar, perder el tiempo con mentecatos. En eso nos parecemos.

El saludo. Pastor Aguiar
    En realidad, mi propósito inicial esta mañana no era saludar al sonso. Nadie se levanta diciendo hoy voy a saludar a zutano y mengano, esas cosas surgen según los acontecimientos. Yo me levanté con la presión alta y me dije que lo mejor era bajarla corriendo, sudarla hasta el desmayo. Han sido diez kilómetros a paso doble por esos trillos como culebras entre cañaverales y potreros, finca tras finca hasta que vi a Rótulo y me dije, no doy más, me duele la cabeza y apenas puedo ver al hombre, voy a saludarle para que me contagie con su paz; también con su salud de buey.

    Y heme aquí en los preámbulos del saludo. Estoy a diez pasos de él.

    Me he parado en seco como por arte de magia; mejor dijera la punzada en el cráneo. Me doy cuenta de que no estoy firme, soy una torre tambaleándose, mierda, se me quitará en cuanto apriete la diestra de Rótulo, sin palabra por medio. No soy amigo suyo, creo que no los tiene por lo cabal que es. Nos hemos visto raramente en la tienda del moro, y ni un sí ni un no. Ahora mismo se romperá el hielo con este pacto.

    Llevo más de cinco minutos tratando de levantar el brazo derecho, ya lo tengo casi horizontal, coño, que la mano me pesa tres arrobas de plomo. Dicen que lo mismo es una arroba de algodón que de plomo; no lo creo.

    Ya estoy listo para avanzar, aunque desconozco si lograré mantener el brazo recto hasta que llegue a su lado. Me está costando una fortuna el primer paso, la rodilla se me resiste como diciéndome que si se dobla nos iremos a tierra. Déjame intentar el desplazamiento sin flexiones, con las patas rectas, así, según me lo imagino. Pareceré una momia, qué ataque de risa me amenaza. No quiero que él me oiga, la sorpresa es lo principal.

    He logrado empujar un pie par de pulgadas, a esta velocidad llegará la noche antes del encuentro. Para colmo estoy a punto de caerme, la vertical me juega a los escondidos. Tengo un sueño que ni te digo, como una laguna de manteca, me voy a pique, y diría que gozo con ello.

    Si Rótulo me siente caer, entonces vendrá, y cuando se incline, lo saludaré a boca de jarro, sin palabra por medio, como había planificado, menos mal, porque me he quedado sin voz, intento gritar rumbo a esas piedras delante de mí, y no puedo.

 

 

Pastor Aguiar



El saludo. Pastor Aguiar


 

viernes, 23 de agosto de 2024

LOS POLLOS, DE PASTOR AGUIAR

Me complace muy gratamente contar con una nueva colaboración para la sección de Narrativa del blog Ancile, de mi amigo y extraordinario narrador, Pastor Aguiar, que me trae el siguiente relato bajo el título singular de Los pollos



LOS POLLOS



Los pollos. Pastor Aguiar


No vayan a preguntar por qué lo hice. Esta pregunta es mucho más tonta que yo. Mejor, por qué lo cuento. Y les diría que por la simple y cabrona necesidad de hacerlo. Puede que sea esta mañana cristalina y caliente que enfrento yo solo en un parque del vecindario.

No soy boxeador, ni ajedrecista, ni navegante que descubriera nuevas ínsulas. Me haría muy feliz cantar ópera, pero cuando abro la boca y pujo, tal parece que mi ano ha cambiado de lugar. No maltrato instrumentos, ni siquiera soy campeón de pulseadas en el barrio ni aquel que se echa un saco de 16 arrobas de azúcar debajo de cada brazo y anda veinte o treinta varas del camión al almacén. A mí la gente no me ve comiéndome cuarenta huevos de avestruz ni tomándome un vaso de leche de ornitorrinco. Para colmo muy pocas mujeres insensatas se atreven conmigo. Entonces escribo, con la razón insólita que falta a todas las otras razones.

Pero, en fin, ya he matado el cuento con tanta bazofia en su inicio, que debió ser para sus garras. Pero si alguien ha logrado llegar a este punto certifico que me ha pasado lo siguiente: se trata de los pollos.

Vivo en una pequeña casa hacia el norte de la ciudad, en su periferia, cerca de los marabuzales. Un patiecito de unos veinte metros de fondo la rodea por tres de sus lados, cercado con cañabrava, dejándole abierta una entrada pegada a la pared. Allí he logrado dos matas de guayabines rojos, más semilla que carne, y un guanábano que se hizo todo tronco, cien varas rumbo al cielo con cuatro o cinco gajillos jorros que dan unas flores enormes, amarillas y con peste a sicote.

Por la situación del patio respecto a la mole de la casa, allí la mañana empieza cerca del mediodía, y el sol se olvida de ponerse muchas veces, enroscándose en los rincones. Todo armonizaba perfectamente con mis días de pesca en los canales a tiro de bicicleta y la repartición de truchas tiesas al oscurecer, a dos pesos cada una, para clientes fijos.

Los pollos. Pastor Aguiar
Hasta que se me llenó el patio de pollos. Eran unos pollos amarillo-mostaza, todos por encima de la libra de peso, funcionando en un sincronismo increíble, un hambre insaciable y un raro vocerío que como andanadas de lamentos de mujer artrítica sonaba a intervalos. Cuando no, comían o lanzaban
pequeños huevecillos turbios en todas direcciones, que más tarde le servirían de alimento.

En realidad, había pensado comenzar la historia con una larga indagación sobre los posibles motivos de la aparición de estas aves en mi patio, aquella tarde de abril, exactamente a la hora que se vieron urgidos de buscar dormitorio sobre los gajos de las guayabas y los bordes de las cercas, mientras otro grupo, una y otra vez, se apilaba contra el tronco del guanábano tratando de escalarlo hasta algún saliente cómodo.

Mi primer impulso fue de calificarlos de intrusos en propiedad ajena y fui derecho a la escoba. Pero mirándolos bien, mudé de gesto y me acerqué al grueso de la tropa. Si bien no hallaba otro calificativo que pollos, de pronto me vi riéndome a solas e inclinándome un poco para ver cada detalle.

Los más grandes rebasaban las diez libras, y todos encajaban en la sombrilla del amarillo. De lomos redondeados y cortos, sin cola alguna, repartiendo cagadas verdiblancas por doquier. Eran de largo cuello, como de cisne, sí, elegante y rematado con una cabeza casi redonda, de cresta trilobulada, blanca como la leche y a cada lado unos ojos con largas pestañas de mujer, lustrosas y negras. Cada ojo se movía en diferentes direcciones sin relación alguna con el otro. Un pequeño moco de guanajo sobre la nariz y un insólito hocipico de pollo-ratón que no hallo forma de describir. Vestían un gozoso plumero, largo, sedoso, fino como cabellera, y de todo aquello brotaba un fuerte olor a marisco.

No me atreví a avanzar más, y entonces me fijé en sus patas espectaculares, tan gruesas, escamadas en rojo con las rodillas hacia adelante como en los hombres, y todos los que detallé eran cinqueños, con membranas interdigitales como los patos.

Allí me quedé varado, cual un tronco al borde del patio y fui, después de larga meditación, retirándome hacia la butaca del portalito donde, hasta muy tarde fui dando cuerpo a lo que hoy día es mi “Tratado Sobre la Funcionalidad Comparada de Distintos Modelos de Rodillas de Pollo y el Papel de la Selección Natural en la Escogencia del Mismo”.

Los pollos. Pastor Aguiar

Esta obra junto con el proyecto del aparato para tomarse el agua de los cocos sin tener que subir a la palma o tumbar la fruta y la reciente indagación sobre tres maneras de enlatar el guarapo de caña sin que pierda su frescura, cerró la trilogía que amenaza con hacerme millonario cuando más anhelo la tranquilidad de mis truchas.

Pero sin disgregarme más, esa noche apenas dormí imaginando el patio hirviendo con aquella abundancia. Y cuando alrededor de las diez de la mañana, mordisqueando aún mi ración de trucha en escabeche, me acerqué en puntas de pie al lugar, ya la pollería insaciable se había comido todos los garbancillos, cuanta piedra merodeaba por el suelo, los comejenes que deterioraban las cañabravas, las lombrices de tierra del lado de la toma de agua y hasta la mierda propia. Para colmo se empecinaban en tragarse la tierra cercana al guanábano, descubriéndole unas raíces carnosas como enormes yucas, que picoteaban insistentemente.

En un gesto de defensa involuntaria, recogí un pedrusco en las afueras del cercado y lo lancé en suave parábola sobre el grueso de los animales. De pronto todos dejaron de comer, se estiraron hacia arriba, miraron en derredor asombrados y al verme en el portón comenzaron una interminable gritería de furia y reproche.

En aquel momento, un avión pasó rasante, sobre nosotros, con gran estridencia. Brillaba a la luz tempranera como un gran huso de plata, casi como una trucha enfilando al techo del mundo. Entonces los pollos se arremolinaron, sus cuellos ondularon como serpientes buscando altura. Sus alas de desplegaron y desdoblaron en una gran aparición de vuelo y empezaron a despegar torpemente, con un ajetreo que parecía aplausos rozando el borde superior de la cerca y subiendo cada cual más rápidamente detrás de la nave aérea, que ya trasponía el otro extremo de la ciudad.

Un sólo pollo enorme, viejo, que hasta entonces no había diferenciado, se acercó a mí con una ligera arritmia en su lento andar y el ala derecha sangrante y quebrada por el guijarro que yo había lanzado minutos antes. Se me acercaba con la expresión de una mujer anciana, más de compasión que de reproche, más de amor que de condena. Llegó junto a mis pies, me miró directamente, ahora con gesto de ligera impaciencia, y después me señaló el ala herida.



Pastor Aguiar

 

Los pollos. Pastor Aguiar