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viernes, 30 de enero de 2026

EL ARCA DE RADA, DE ALBERTO TORÉS Y PILAR QUINTÁS

Para la sección de Editoriales amigas, del blog Ancile, traemos una nueva entrada para recoger la publicación el título, El arca de Rada, de Albert Torés y Pilar Quintás. Se trata de una primicia editada y producida por el Grupo Pandora, proyecto bajo la dirección gráfica de Pedro Tabernero, con texto, decíamos de Alber Torés e imágenes de Pilar Quintás. Porta sendos prólogos de Rafael Ávila y Pedro Tabernero. La impecable reproducción la lleva a cabo Pepe Morán Antequera, siendo el diseño gráfico de Magos Ferlín, y todo ello coordinado por Chantal Abitol.

El resultado es verdaderamente hermoso, modelo sin duda para los que amamos las buenas y cuidadas ediciones, y que creemos  que el libro como objeto de arte es posible. Las abstracciones de Pilar Quintás armonizan perfectamente entre el singular texto en prosa, todo lo cual nos hace recordar la proverbial locución horaciana de su Ars poetica:  Ut pictura poiesis. Los textos de El arca de rada son la pintura que habla y las ilustraciones la poesía silente que se nos ofrece a la pupila, como ya nos advertía sabiamente Simónides de Ceos 

Esta publicación bellísima un objeto vivo que guardo con delectación y que recomiendo vivamente a aquellos que se complacen con las ediciones excepcionalmente bien hechas, y todo ello armonizado con con muy buena literatura y una sugerente y hermosa expresión plástica.

Incluimos un texto de Albert Torés y alguna de las ilustraciones de Pilar Quintá, que a la sazón conforman la excelente y primorosa edición de El arca de Rada.





 EL ARCA DE RADA,

DE ALBERTO TORÉS Y PILAR QUINTÁS









FRAGMENTO




De Pilar Quintás
El viejo Rada siempre se ha movido entre luces y sombras con una facilidad desconcertante. Desde siempre, se ha distinguido por una notable inteligencia y una curiosidad insaciable por el mundo que le ha rodeado. Personalmente, me parece incluso que no hace alardes de su brillantez intelectual y que hay un esfuerzo por contenerse, retenerse, tener prudencia. Sus intereses tan variados como manifiestos le llevaron a cursar estudios de filosofía y letras, pero también se licenció en ingeniería del sonido y sintió pasión por el arte y ejerció todos los oficios del mundo que puedan realizarse. A bote pronto o a vuelapluma, según lectores agrupados en “érase una vez” o bien en “no te lo vas a creer”, me percato que los incidentes de la emisora de radio podrían tener su autoría en el viejo Rada. Al fin y al cabo, se trata de arte técnico, de instigar por estudios de grabaciones, remover locales de sonido, diseñar equipos de audio, manejar diferentes herramientas, ver, manipular monitores, y micrófonos, grabaciones de imágenes, producciones de discos y sobre todo retransmisiones. Ya anuncio que no tengo pruebas de ello pero tampoco las tengo para no pensar en ello. ¿Cómo es posible que recitara de memoria toda la poesía de Neruda, por ejemplo? Con todo, lo que lo hacía indiscutiblemente misterioso no era tanto su conocimiento sino su capacidad para desaparecer en tierras lejanas y también cercanas sin dejar rastro. Más aún, cuando llegaba a una nueva ubicación, reaparecían sus saberes y objetos  -siempre contenidos- pero que nadie había visto antes. En las investigaciones llevadas a cabo, mejor aún, en simples conversaciones con los vecinos de esa pequeña ciudad francesa, otra aldea portuguesa en la que estuvo y ese pueblo anudado a montaña, siempre se escucha que el viejo Rada, como si nunca hubiera sido joven, tenía contactos en sociedades secretas y círculos de eruditos ocultistas. El desconcierto ya cuajó, puesto todo ello añadía una capa más de misterio a su persona. En los múltiples viajes del viejo Rada, muchos más de lo que son posibles realizar en una vida longeva, todos ellos se volvieron legendarios.

El viejo Rada, con sus hazañas, reales o imaginadas, pero percibidas sin ningún género duda, pasaba a engrosar el delgado santuario de los héroes.



De Pilar Quintás





De Pilar Quintás




















martes, 6 de enero de 2026

DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS, DE FRANCISCO SILVERA

Para la sección Editoriales amigas, del blog Ancile, traemos la novedad, De las naturaleza de las cosas, de Francisco Silvera, en edición de la firma editorial Alhulia, que con las pulcras, hermosas y cuidadísimas ediciones a las que nos acostumbra, reúne los poemas de este título, el cual recomendamos desde nuestras páginas amigas a todos aquellos que gusten de la buena poesía. Como muestra, estos poemas que aquí ofrecemos seleccionados por el propio poeta.



DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS, 


DE FRANCISCO SILVERA




De las naturaleza de las cosas, Francisco Silvera




OTOÑO, 1




Y desearíamos

que resucitaran,

que alzaran sus cuerpos

siendo todavía


mundo.

             Pero no,

el otoño llega

probando la angustia

en la inercia calma


de lo frío.

                 Vemos

la quietud, sabemos

que ya es para siempre,


todo sigue vivo

con el movimiento,

y qué quieto estás.


 

INVIERNO, 2




El invierno huele

a torcaz que canta

buscando su casa,

al humo primero

de la chimenea

que estrena ese frío

sin entrar aún.


Hay silencio y cala

la tarde, y hay alguien

dormido esperando

nada, la infinita

desidia cansada

de lo por llegar

que nunca ha de ser.


La estación avanza

dejando vacíos

en cada camino;

desiertos los vanos,

la pared esconde

vida de interior,

tiempo de quietud.





 

EL CAMPO SOLO, 4




Semeja la vida

la desdibujada

senda abandonada

que el tiempo olvida,


el camino estéril

cubierto de ramas

ciego por la grama

mostrando lo débil


de todo lo humano.

Fuerza rumorosa

apagada y muerta,

pisada deshecha,


el bosque devuelve

y cubre la altiva

figura artificial

del trïunfo vano.



 

De las naturaleza de las cosas, Francisco Silvera
Francisco Silvera

INVIERNO II, 2




Raro cielo

azul plomo

del confín

de la tierra

extranjera,


agua ansiada

horizonte

de la vista

que suplica

nube y lluvia.


Cae la tarde

más allá

de lo humano,

noche fría.



 

PRIMER VERANO, 5




Qué locura el agua

con el sol, la nube

que se va y levanta

un techo celeste


de cielo tan limpio

que parece Dios,

qué hermosa la tarde

verde, tierna y fresca.


Lejos queda el gris,

el frío distante

parece recuerdo,


la vida reclama

su música en flor

tibio el aire al fin.


 

    VERANO, 4



Incipit Aestas



Lluvia de verano

que engañas a todos

con lágrimas santas,

arrastras tristeza

como si septiembre

pintara la tarde

de luz de sol densa

y sonora, lenta.

Pero detrás tuya

retorna el ardor

con toda su fuerza,

la alegría verde

se rinde y el dios

agostará campos, personas y cielo.




 

ESTÍO, 2




Tristeza de estío

en paisaje fosco,

densa elevación

de la bruma ardiente,


calor criminal,

lento, lento el tiempo,

la muerte insolente

y la vida oculta,


que pase de mí

la feroz canícula

y venga la nube


blanca, fresca, grande,

que abarque la vista

y alague mi pena.



LAMENTO

Lamento de otoño...



Corazón y el agua

van juntos, discurren

perplejos por cauces

desesperanzándose,


porque cuando arrastra

el turbión la carne

un pulso de sangre

se agolpa y nos rompe


la vida.

             Te daba

método y tormenta

para calar almas,


pues saber llover

y latir es ser

manantial de afectos.





Francisco Silvera






martes, 29 de julio de 2025

LA ERA DE LOS NOMBRES OCULTOS, DE JESÚS GARCÍA CALDERÓN

Para la sección Editoriales amigas del blog Ancile, Traemos un nuevo post sobre el libro titulado, La era de los nombres ocultos, editado en Madrid por Letrame editorial, este año 2025, cuya temática es de gran interés y actualidad, por lo que recomendamos vivamente la lectura de este post y del libro en su totalidad. Aportamos, junto a una reseña de los contenidos,  un fragmento de dicha obra.


LA ERA DE LOS NOMBRES OCULTOS,

DE JESÚS GARCÍA CALDERÓN






No deja de sorprender que la enconada controversia y ruidosa alarma que produce el cambio climático y sus consecuencias en las sociedades avanzadas de nuestro tiempo no extienda su preocupación hacia su manifestación quizá más frágil, aunque menos visible, que es la del deterioro del clima de nuestros derechos. Esta creciente quiebra social, viene incrementándose de una manera imparable con el uso doméstico de los últimos avances tecnológicos, generando en la ciudadanía la sensación de que pagamos voluntariamente un engañoso peaje para convertirnos, de manera más o menos consciente, en súbditos o sujetos de escrutinio, en ciudadanos con una identidad disminuida, en una nueva especie de esclavos felices que sacrifican parcelas esenciales de su libertad y lo hacen con entusiasmo y para alcanzar el disfrute masivo de herramientas de ocio e información, prácticamente inagotables.

Este breve ensayo parte del suicidio asistido de nuestra intimidad y su paulatina sustitución por el nuevo paradigma de la identidad digital, en una inquietante transformación que acentúa extraordinariamente nuestra condición de seres tremendamente vulnerables. El texto, aunque lo parezca, no se limita a exponer otra percepción pesimista. En España el pesimismo siempre ha tenido prestigio y tan profundo error nos ha conducido reiteradamente, a través del camino de su exhibición impúdica, hasta distintos abismos que aún no somos capaces de recordar sin rencor. Sin embargo y afortunadamente, esta situación se atisba como una forma de tenue lucidez colectiva, como un bondadoso aviso que nos llega a tiempo y que nos permitirá aprovechar aquellas oportunidades que, en el futuro, probablemente nos ofrezca el azar.

Por primera vez en la historia, la tecnología pretende construir una nueva naturaleza y nos impone otra relación con nuestro entorno. Este proceso se desarrolla a un ritmo vertiginoso y sin conocer con exactitud cuáles puedan ser las consecuencias reales de su implantación. La desaparición de la intimidad, sustituida por la engañosa identidad digital, es la primera de una larga serie de limitaciones a nuestros derechos más esenciales que debemos reconocer y combatir. Las nuevas pautas sociales nos debilitan y apenas nos permiten escapar de los más rígidos sistemas de control. También nos devuelve este proceso al viejo mito de los nombres ocultos. Solo la trascendencia nos permitiría comprender la verdadera identidad que se esconde tras nosotros. Desvelar prematuramente ese nombre puede destruirnos y hasta hacernos desaparecer. Este breve ensayo nos recuerda los principios que pueden guiarnos en esta defensa de nuestras libertades más esenciales en un futuro que se antoja distópico y cruel, ajeno muchas veces a los sentimientos que deben inspirar a una sociedad justa y democrática.








Fragmento


Es evidente que siempre hay una zona oscura que no se quiere compartir ni siquiera con nosotros mismos, pero ello no significa que esta zona contenga pensamientos o actos ilícitos, inconvenientes o reprobables. Este espacio apartado de la realidad virtual parece ser el único que rechaza enérgicamente la exposición pública que impone la nueva naturaleza de nuestra existencia.

En general, por ejemplo, negamos cualquier aspecto virtuoso a la tristeza, incluso llegamos a negarle, en un alarde de irresponsabilidad, cualquier sentido práctico o utilidad. Si excluimos los aniversarios fúnebres de la familia o las notificaciones sancionadoras de organismos públicos, son muy escasos los mensajes que refieren alguna forma de tristeza. Parece que las redes quieren aparecer ante nosotros como un infinito jardín de infancia en el que solo debemos transmitir mensajes muy positivos o formas de agradecimiento o asombro[1].

Cabría añadir a lo anterior que no mostramos nunca, cuando menos en lo personal, aquello que nos duele, quizá porque nos presenta como sujetos más débiles o vulnerables. Todos los desajustes que nos imponen las circunstancias que nos rodean, no merecen ser advertidos o comentados con los demás y los marcamos con un signo denigrante que los condena al silencio. La exhibición impúdica y próxima, casi ampliada, de lo cotidiano y ordinario nos empobrece y aísla, nos desnuda como si diéramos la espalda a la realidad para no tener que mirarla.

Pero si el mundo digital es un mundo sin intimidad, habría que preguntarse qué o quienes ocupan ese espacio vacío. Podríamos imaginar como solución una intimidad más profunda, pero advertimos muy pronto que se produce un hito paradójico ya que ese espacio profundo es demasiado grande para que pueda convertirse en refugio de sentimientos íntimos. El problema, por tanto, no es que no nos quede un espacio propio en ese pozo inmenso para subsistir: El problema es justamente el contrario y es que el espacio disponible es tan grande y descabellado que alojaría un intimidad siempre abrumada por la vastedad del aposento que la acoge. La intimidad requiere un espacio corto y cerrado, un horizonte humano y por eso lo íntimo se escapa para buscar el lugar natural y proporcionado que verdaderamente le corresponde. ¿Pero dónde puede acudir? ¿Qué viene para ocupar su lugar, para habitar ese inmenso espacio vacío?

Sabemos que lo íntimo deja de tener valor y que lo sustituye el rastro de registros que deja nuestro paso por el camino de la virtualidad, la suma de anotaciones que genera nuestra vida cotidiana y que podríamos considerar el reflejo de nuestra nueva identidad digital, el imperio definitivo del dataísmo en los términos pesimistas que se describen en el famoso ensayo de Yuval Noah Harari[2].

Quizá por eso muchas personas, conscientes de su naturaleza como sujetos de rendimiento[3], pero críticos e infelices con este sistema, muestran su rebeldía y adoptan viejos usos o comportamientos sociales que les permitan evitar ese rastro electrónico pegajoso e interminable. Procuran, por ejemplo, pagar sus transacciones con dinero efectivo[4], de manera que el papel moneda adquiere en nuestras manos un aire clandestino y equívoco. Algo tan natural como utilizar el dinero físico que lícitamente poseemos, se convierte en un acto sospechoso o en una fuente de leve intranquilidad. Para muchos, será preferible sufrir un pequeño robo, apareciendo como víctimas, que ser descubiertos en el pago efectivo por las autoridades tributarias, algo que los transforma y registra como personas sospechosas.

Sin incurrir en exageración alguna, podríamos considerar que esta situación es una consecuencia más de la intimidad social sustituida por una identidad digital que busca convertir al ciudadano en un sujeto previsible y feliz. Además, las aristas de esta cuestión nos trasladan, en tal caso, a nuevas preguntas que procuran descubrir a qué o a quienes sirve el nuevo súbdito digital.

En apariencia, el dueño digital que determina y medio gobierna nuestra voluntad es un espejo. El amo de nosotros somos nosotros mismos, pero un nosotros devaluado y confundido. He ahí la tragedia que se nos presenta y nos confina en un callejón sin salida. Partimos del famoso aforismo de Franz Kafka que inspiró las primeras enseñanzas de Byung-Chul Han[5]: El animal le arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para convertirse en amo.

La brillantez del silogismo nos atrapa y solo queremos creerlo con un sincero fervor, pero nos ofrece una visión un tanto limitada del problema, que exige buscar respuestas más eficientes en el mundo del derecho si seguimos entendiendo que una de sus funciones primordiales, máxime en este tiempo distante y desdibujado, es el arte de trazar límites[6], una labor cuya dificultad se ha incrementado en términos exponenciales con el desarrollo, imparable e impredecible, de las nuevas tecnologías.

Es cierto que el esclavo se apodera del látigo, pero lo hace como un sujeto inducido y devorado por la nueva dimensión de la virtualidad. Esta dimensión es una tierra infértil, un légamo invisible que lo atrapa, que acoge su identidad digital y que rinde el fruto de una nueva intimidad que no es más que la relación ordenada y sumisa de la mayor parte de sus actos. El amo digital no se impone por la fuerza: solo nos confunde: Nos entrega la llave del habitáculo en el que nos confina para que creamos que podemos abrirlo y salir, pero la llave solo sirve para entrar porque nos ha convertido previamente en
esclavos vocacionales que no pueden, ni quieren, ni saben abrir la puerta de su libertad. Si lo hicieran azarosamente, como un simple impulso mecánico, se encontrarían con un muro invisible alzado con la corteza del miedo y la adicción a una soledad muda, plana y casi opaca que se esconde de la naturaleza real y que vive una sensación contraria o antagónica a esa soledad sonora que descubrieron y cantaron, con tanto acierto, los místicos españoles[7].

Este nuevo sujeto de rendimiento y de consumo tiende a convertirse, además y entre otras pobres alternativas, en un sujeto de escrutinio que analiza sus acciones de manera compulsiva. Se convierte en un minúsculo engranaje de un mundo de recuento, un mundo ciego que no sabe muy bien dónde se
encuentra y donde se dirige. Rinde ante sí mismo con su explotación, consume para sostener materialmente el sistema y se evalúa continuamente para mantener el firme compromiso, tácitamente aceptado, de que sus acciones no pierdan un valor apreciable. Este comportamiento resulta tan agotador que lo incapacita o lo limita para afrontar otras acciones enriquecedoras, saludables y hasta placenteras que obstinadamente esquiva o incluso olvida para persistir en una tarea que parece que no tiene fin. El sujeto de escrutinio es una danaide agotada que sigue arrojando el rastro electrónico de su vida a un tonel sin fondo.

Paradigmas de esta tortura, leve pero persistente, serían las alarmas del teléfono móvil, zumbidos, vibraciones o campanillas que suenan una y otra vez y nos obligan a interrumpir conversaciones o ensueños. Silenciar el teléfono no basta porque, al fin y al cabo, el aplicado registro nos obliga, tarde o temprano, a detener nuestra vida y mirar las pantallas para borrar un sinfín de alarmas innecesarias o de intentos de acoso o fraude. En definitiva, este nuevo sujeto de escrutinio se ha transformado en el esclavo vocacional e incansable que desconfía de su libertad y acaba por traicionarla y que, a veces, hasta la odia porque le exige la toma propia de decisiones.

El incremento de la auto explotación nos ha llevado hasta una auto evaluación generalizada y miserable porque sustituye o confunde el benéfico examen de conciencia que aprendimos al estudiar el catecismo católico o al descubrir los elementos básicos de la ética. Ahora no sabemos, dónde acabará llevándonos esta forma de pequeña esclavitud voluntaria en un futuro no muy lejano.



Jesús García Calderón

 

 



[1] Debo la imagen al dramaturgo Francisco Nieva (1924-2016). Solo recuerdo haber leído una entrevista, de la que no guardo referencia alguna, en la que preguntado sobre la opinión que tenía tras visitar la Exposición Universal de Sevilla de 1992, contestó que le parecía haber visitado, un inmenso jardín de infancia.

[2] Homo Deus: Breve historia del mañana; Yuval Noah Harari; Editorial Debate, traducción de Joandomènec Ros i Aragonès, Madrid, 2016.

[3] La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han, ob. cit.; páginas 25/30. “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya sujetos de obediencia sino sujetos de rendimiento. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos […] El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo […] La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que la libertad y coacción coincidan […] se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en auto explotación”.

[4] Con el habitual lenguaje críptico de este tipo de normas, la Ley 11/2021, de 9 de julio, de medidas de prevención y lucha contra el fraude fiscal, de transposición de la Directiva (UE) 2016/1164, del Consejo, de 12 de julio de 2016, por la que se establecen normas contra las prácticas de elusión fiscal que inciden directamente en el funcionamiento del mercado interior, de modificación de diversas normas tributarias y en materia de regulación del juego, nos recuerda en su Exposición de Motivos que la previa modificación de la normativa tributaria y presupuestaria y de adecuación de la normativa financiera para la intensificación de las actuaciones en la prevención y lucha contra el fraude, en la línea también seguida por otros países de nuestro entorno, determinó la limitación al uso de efectivo para determinadas operaciones económicas. En ese sentido y ante los positivos resultados obtenidos, se introduce una nueva modificación en el régimen sustantivo de los pagos en efectivo, dirigida a profundizar en la lucha contra el fraude fiscal, disminuyendo el límite general de pagos en efectivo de 2.500 a 1.000 euros.

[5] La tonalidad del pensamiento, Byung-Chul Han, Paidós Contextos, Editorial Planeta, Barcelona 2024; traducción de Lara Cortés Fernández; página 74. “El animal piensa que es libre cuando se azota a sí mismo. Y nosotros hemos sucumbido a esta ilusión fatal. Nos explotamos voluntaria y apasionadamente, con la ilusión de que nos estamos realizando. […] Soy al mismo tiempo amo y siervo. Esta es una libertad paradójica en la que confluyen presión y libertad.”

[6] El arte de trazar límites. Sobre la defensa del lenguaje jurídico para comprender el lenguaje. Jesús García Calderón. Anales de la Real Academia Sevillana de Legislación y Jurisprudencia, número 8, 2016, páginas 31-39. “Fue Manuel Olivencia quien también reclamara, con tanto acierto y en su recordado Discurso de Ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, pronunciado en 1981 y titulado Letras y letrados, la importancia de la lengua para el jurista. Allí nos recordaba los consejos del maestro Joaquín Garrigues Díaz-Cañabate, autor del famoso Curso de Derecho Mercantil que aparece en años tan decisivos para el devenir de España y Europa como 1936 y 1940 y allí nos refiere también su impagable enseñanza al imponer a cualquier jurista que se precie, entre otras muchas obligaciones, la de buscar la claridad, señalando que el Derecho es el arte de trazar límites y el límite no existe cuando no es claro”.

[7] La noche sosegada/en par de los levantes del aurora, /la música callada, /la soledad sonora, /la cena que recrea y enamora; ya aparece en esta estrofa del Cántico de San Juan de la Cruz o en otros muchos poemas o poemarios decisivos en la literatura española y universal como La soledad sonora (1908) de Juan Ramón Jiménez.





martes, 22 de abril de 2025

LA MORADA INFINITA, QUIEN LEE VIVE MÁS, 2, DE JAVIER LOSTALÉ

Tengo el placer de ofrecer a mis asiduos y generosos lectores una nueva entrada para la sección, Editoriales amigas,  del blog Ancile; en esta ocasión para mostrar la primicia de nuestro admirado y muy querido poeta y amigo Javier Lostalé, intitulado: La morada infinita, quien lee vive más, 2, primorosamente editado por la madrileña editorial Polibea, que regenta con tanta nobleza como sabiduría Juan José Martín Ramos, para su colección extremada, La espada en el ágata, en su número 48. Ofrecemos para abrir boca un par de textos para deleite de los amigos de nuestro, vuestro blog Ancile.  Preciosa publicación que enseña que hay otra vida no menos gozosa e interesante en la lectura de los libros. Recomendamos vivamente la detenida inmersión en sus páginas porque será como indagar en la misma alma, profundamente benévola y sensible, de su autor Javier Lostalé.

El libro se presentará el día 2 de mayo a las 20.00 horas, en el Centro Artístico, Literario y Científico, sito en la calle Almona del Campillo 2, 18009 de Granada. Presentará el poeta José Gutiérrez e intervendrá el propio autor leyendo algunos de los textos.


LA MORADA INFINITA, QUIEN LEE VIVE MÁS, 2, 

DE JAVIER LOSTALÉ



La morada infinita, quien lee vive más, 2, Javier Lostalé




EL MANANTIAL DE LA ALEGRÍA



CORRO hacia aquel instante / y alcanzo el manantial de la alegría, así rezan dos versos de Clara Janés. Su lectura nos inclina más sobre el libro que nos tiene separados del mundo, o mejor, dentro del otro que existe en este. Deprisa, pero muy quietos, vamos también nosotros en pos del manantial de la alegría. Ya se escucha su sonido, claro pero oculto, y cada página que pasamos todo nuestro ser empieza a cantar, muy en silencio, la cadencia de un agua tan clara como oscura en su misterio.

Cada pausa que hacemos se torna un espejo en el que se refleja un rostro que, enseguida, se borra, pero que hondo nos responde. Libro y nosotros nos cogemos entonces de la mano y caminamos juntos hacia un espacio desconocido pero donde ya estuvimos, porque en brazos ya estamos de la alegría, y el texto sin llama arde, y no hace sino responder a cuanto su corazón, que es el nuestro, le pregunta. Y un momento llega en que las palabras se nublan y amanecen otras nuevas dentro de nosotros. Y ya no sabemos de quién somos, a qué abrazos o sueños pertenecemos. Solo deseamos alcanzar el manantial de la alegría para, leyendo, hasta la misma luz beber. Y así, radiantes, vivir más.



La morada infinita, quien lee vive más, 2, Javier Lostalé
Javier Lostalé






LECTURA CUERPO



«EL cuerpo se abre como un libro, tiene índice, capítulos, colofón», escribe Adolfo García Ortega. Y el libro es un cuer­po, añadimos, que nos espera en las librerías, en las bi­bliotecas o en cualquier lugar, dispuesto a que lo poseamos y comenzar así a respirar. Y como la pasión se va poco a poco encendiendo dentro del lector, va tendiéndose ante sus ojos para que este contemple la belleza que esconde, o visite las ciudades, mares y cielos que encierra.

Los buenos libros, como los cuerpos, admiten muchas lecturas y siempre viven en su amanecer. Como los cuer­pos avivan la imaginación, y promueven una aventura cuyo destino constantemente se aplaza para que nunca falte algo por descubrir.

Tienen los libros piel, son táctiles, y al mismo tiempo son fuente del espíritu, poseen alma. En sus páginas tiem­bla su horizonte el amor y sentimos lo que interrumpe el dolor.

Los libros se despiden lo mismo que un cuerpo. Notamos su falta una vez terminados, aunque una luz queda dentro de nosotros que, como la de un cuerpo, pervive. Nunca los buenos libros, como un cuerpo, se acaban de cerrar. Volver a ellos es situarse en el más maravilloso umbral.



Javier Lostalé




La morada infinita, quien lee vive más, 2, Javier Lostalé



martes, 25 de marzo de 2025

CON ALCANCES DE HUMUVIA, DE ANTONIO CARVAJAL

Para la sección de Editoriales amigas, traemos una nueva entrada que dedicamos al nuevo libro editado por Alhulia Ediciones, en la preciosa colección Mirto Academia, de la Academia de Buenas letras de Granada, y que lleva por título, Con alcances de humuvia, del poeta Antonio Carvajal, cuyas excelencias queremos compartir con nuestros seguidores muy parcialmente ofreciendo unos pocos poemas, que creo servirán para abrir el poético apetito al resto que componen  tan singular libro de poemas.



CON ALCANCES DE HUMUVIA, 

DE ANTONIO CARVAJAL


Con alcances de humuvia, Antonio Carvajal



AIRE LIBRE


Para Manuel Vergara




Qué libertad los montes.

Ancha la luz, más anchos 

los pechos con la brisa 

más dilatada y ágil, 

sentirse humano y pájaro, 

pájaro de alma en vilo, 

con más trino, más vuelo, 

y sin riesgo en los saltos

pasar los carvajales 

a impulsos de vergaras, 

más allá del sí mismo, 

oh libertad sin tasa.





ONCENA CON HUMUVIA


Para José Biedma





Es el macasar humuvia

en los páramos del frío

como tras ardiente estío

con caricias de la lluvia

se despierta un vago aroma

con dejes de macasar,

y al cuerpo ―que se sabía

exánime― qué alegría

lo mima y lo mece y toma

cuando vuelve a suspirar

y el campo el alma le asoma.


Con alcances de humuvia, Antonio Carvajal
Antonio Carvajal


TRANSPARENCIAS


Tienes el alma de sal,

dejas que la luz te pase

con la transparencia alada

de un silbo claro en el aire. 

Lo sé porque mis palabras 

y tus palabras se hacen

lazos de brisa en los ojos, 

nudos de luz en los aires.



RETRATOS



A menos luz del viso,

el iris más brillante, 

y a tules y tinieblas 

de fondo, candeales 

las mejillas: con más 

rocío, menos sangre.

Con paso poco el cuerpo;

a la sonrisa, el aire.

¡Ay de quien no sonríe! 

Queda muda su imagen, 

ciega al rumor del agua 

en los cañaverales. 

Importa más el ojo 

que vio que los paisajes 

vedados al silente 

tránsito de los ángeles; 

y, aunque nadie se guste 

cuando alcanza a mirarse 

en la mirada de otro 

con la verdad por clave, 

las leves aureolas 

de la gracia le hacen 

saberse más en sí 

y miembro del linaje 

de los que bien se aceptan 

porque mejor se saben.

Fijar para otros días

Ese momento grácil

en que el cautivo rompe

los lazos asinales

es prodigio aromado

que en el índice trae

el generoso pálpito

de Francisco Fernández.



Antonio Carvajal




Con alcances de humuvia, Antonio Carvajal




martes, 4 de marzo de 2025

SI NO VEO MI ROSTRO, DE JUAN JOSÉ MARTÍN RAMOS

Para la sección de Editoriales amigas del blog Ancile, traemos un nuevo post dedicado al libro, Si no veo mi rostro, de mi querido amigo, editor, poeta y escritor,  Juan José Martín Ramos. Promotor de esa editorial madrileña  admirable en todos los sentidos, Polibea. Incluye en ella este título en su colección, El levitador, cuya cifra capicúa (palíndromo singular) 101,  augura signos de venturosa bonanza a esta iniciativa editorial. Traemos para la ocasión un breve fragmento de las palabras preliminares de José Ángel Cilleruelo, que pueden servir de óptima semblanza de nuestro autor. Decir, que este un libro de aforismos (recogemos una brevísima muestra)  que en verdad no tiene desperdicio y recomendamos vivamente desde nuestro blog, porque hará las delicias del lector inteligente y del amante del ingenio que exige este género tan particular.



SI NO VEO MI ROSTRO, 

DE JUAN JOSÉ MARTÍN RAMOS








ANTES de empezar a leer Si no veo mi rostro, tal vez merezca la pena evocar los diversos rostros de Juan José Martín Ramos (1961). Filólogo de formación, entre las opciones que la historia literaria le ofrecía al joven estudioso, detuvo la mirada en el Modernismo desde el principio. Leyó los poetas celebrados y descubrió otros en viejas ediciones cen­tenarias. Con el tiempo alcanzó a rescatar algunas páginas en el olvido de los periódicos de la época, reflexionó sobre sus secretos y las editó con primor.

El impulso que le animaba a estas tareas filológicas poco a poco le fue alejando de la figura del erudito impasible para conducirle hacia el espejo que mismo. Quiero decir, en sus lecturas y devociones literarias Juanjo Martín Ramos fue desvelándose. Su admirado Joris- Karl Huysmans (1848-1907) le había ofrecido, en La-Bas, la clave de bóveda del proceso. Lo supo cuando le escuchó decir que todos los fin de siglo se parecen. Y el joven Juanjo, por espíritu y vocación, se descubrió finisecular. Y en el espejo modernista aprendió el difícil arte de fundir opuestos: locura y elegancia, exceso y contención, belleza y sabiduría. Características que se pueden rastrear en todo lo que firma, sea un texto creativo o la cubierta de un libro en proceso de edición. Uno de los poemas fundacionales de su obra arranca con un principio amoroso alzado sobre un inquietante oxímoron: «Esta es la historia de dos personas que están juntas pero hacen y dicen cosas que las separan».




AFORISMOS



La vida transcurre sin mí.


*



A mí me ha tocado ser yo.


*



Cuando el intruso no es el otro.


*



La vida entendida como memorial de agravios.


*


¿Para qué vivir en un amor nuevo la inevitable vieja rutina?


*


Bien mirado, entre las fechas de nacimiento y muerte de una persona, el pequeño guión que las separa es toda la vida.


*


Cultivamos la desgracia con fervor acólito.


*



Le gustaba la Gramática como extensión de su propio orden obsesivo.


*


Cuando alguien dice «dios» yo pienso en el horóscopo.





Juan José Martín Ramos







viernes, 28 de febrero de 2025

UNA SOMBRA, UNA FICCIÓN, DE ROSAURA ÁLVAREZ

Bajo el título, Una sombra, una ficción, que es el mismo del último libro editado por nuestra querida amiga y admirada poeta Rosaura Álvarez, traemos un nuevo post para la sección, Editoriales amigas, del blog Ancile. Título editado impecablemente por la editorial de la Fundación Jorge Guillén de Valladolid, para su colección Cortaelaire, en su número 90, y que desde aquí recomendamos por la excelsitud de sus poemas y por la primorosa edición con la que nos acostumbra esta querida editorial vallisoletana. Una brevísima muestra damos con estos pocos pero hermosos poemas.






UNA SOMBRA, UNA FICCIÓN, 

DE ROSAURA ÁLVAREZ



ATARDECIDA


 
Porque le hurta la tarde
 lo que dice la mañana.

Luis de Góngora


 
 
Como espesa humareda en mi retina
que no me deja ver lo ya vivido
y fuese todo un lienzo desvaído
donde el trazo de nada se adivina.

Como orquesta que infausta desafina,
olvidadas las magias del sonido
de un tiempo que es pasado y pulso herido,
de un presente abocado a toda ruina.

Mas tengo los sentidos tan abiertos
al goce de la luz, al suave tacto
de las rosas, el tono en dulcedumbre
 
de una voz..., que hago duelo los inciertos
y es abismo sin fondo el día exacto
en que mude mi tarde a podredumbre.








TIEMPO ANIQUILADO
(GLOSA)




Impresión de Tigres en el jardín
 de Antonio Carvajal



«Al tiempo aniquilado de la quieta hermosura»
me entrego. Puede tanto la palabra ignescente
que me quemo en su llama, mas déjame fulgente
 el pasmo de tu verbo, sin sombra ni fisura.

Después, es un silencio de laurel en altura
que solo el ave sabe —clausurada la fuente
que mana de tu mano — , pues no puede la mente
penetrar ardimientos de amor con su cordura.








RITUALES




Para José Manuel Ruiz

Así ruedan los días, alrededor de un gesto.

Rafael Juárez



Cada mañana, me levanto
solícita por un quehacer que oficie
el culto sacro de saber que existo,
disponiendo para ello
los viejos medios superlativos:
memoria, entendimiento, voluntad,
que, sumisos, ayudan
al cotidiano menester:
arreglos del jardín,
paseos alhambreños,
por algunas desposeídas horas
guisados de manjares deliciosos
o, en lirismo endiosado,
leer a Proust o a Juan Ramón,
manchar con lunas de mis noches
los lienzos impolutos;
en el crepúsculo, por la nostalgia,
— sobre piano antiguo — , 
ensoñaciones de Granados.
Y en álgido esplender de mi silencio
—huyendo de mi propia muerte —
 buscar el verso puro
 que nunca encontraré.





ALTOS MUROS



Para Francisco Acuyo



Muros..., mis altos muros,
mis altas tapias, sois
cerrazón en la carne;
la no luz que enceguece 
y duele, y a tientas camino
con ulcerado tacto, sin
saberme,
                  sin saberos,
                                sin saber.




Rosaura Álvarez