viernes, 18 de noviembre de 2011

FEDERICO GARCÍA LORCA, ANOTACIONES FINALES A "POETA EN NUEVA YORK" Y "EL PÚBLICO" I.

Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo


Completamos con esta y otra posterior entrada, los trabajos sobre El público y Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Contemplación comparativa de ambas obras, una dramática, otra plenamente poética, con el fin de esbozar potenciales relaciones entre ambas obras, sobre todo en atención al tratamiento de algunos temas esenciales en la obra de Federico, como puede ser la temática del amor. Es por esto que será muy conveniente considerar estos dos últimos trabajos en relación muy estrecha con  los ya publicados anteriormente en este blog.


ANOTACIONES FINALES
A POETA EN NUEVA YORK Y EL PÚBLICO DE
 FEDERICO GARCÍA LORCA.

 DESDE EL SÍMBOLO PATÉTICO: EL AMOR, 
LA VERDAD Y LA VIDA



Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo



  No es posible esbozar la idea siquiera del amor amparada en la automaticidad de las esencias. Ahíto el espíritu de la modernidad de los silencios, se rebela contra cualquier convencionalidad basada en concepciones esenciales. El amor, como algo dado esencialmente, desajusta la realidad a través de una representación inexistente, se manifiesta en unos constructos que ocultan tendenciosos el otro pálpito en el que el amor verdadero responde. Es la razón de amor cortés transfigurado (metamorfoseado) en lo moderno, falsamente, cual luz que, aparentemente natural, ilumina las presunciones vanas que oscurecen en realidad lo que secretamente aspira nuestro espíritu.

            Entendamos a partir de este momento que la concepción amorosa con la que nos enfrentaremos en El público o en Poeta en nueva York, es, desde luego bien distinta, y lo podemos constatar según expondremos en lo que sigue: del célebre poemario veremos que el tema amoroso se conecta, como adelantábamos, con la falta de armonía (y solidaridad) que, a juicio del poeta, existe en el universo; la lucha perpetua la manifiesta Lorca en Poeta en Nueva York, donde el mundo de lo natural aparece como amenaza por el artificio constante de lo tecnológico y su empuje por una sociedad moderna que basa su sentir y su pensar en las esencias construidas al amparo de la ideología interesada que propicia este desencuentro, no resulta extraño que la selva de la ciudad incida tan negativamente en la conciencia de nuestro poeta; así podemos inferirlo de poemas como: Danza de la muerte o Ciudad sin sueño.

            Así también no deja de resultar importante el parentesco entre El público y Poeta en Nueva York, sobre todo cuando, en referencia al tema del amor, viene(n) a tratarlo de manera bien distinta a momentos creativos anteriores, pues el sufrimiento recibido viene a expresarse en términos evangélicos, donde la figura de Cristo (y su Pasión) ofrece en estos instantes de creación del poeta granadino una especial importancia en este poemario,[1] mas veremos que éste también será el corazón de la obra dramática El público.

            En el poema Amantes asesinados por una perdiz (poema por otra parte no incluido en ediciones anteriores)[2] tendremos ocasión de reflexionar nuevamente sobre la temática amorosa. Recoge sí, el tema del amor, mas como narración donde pone en evidencia que las formas son una total falacia. Veremos pues, en este poema, una historia de amor semejante, donde los amantes encontrarán la muerte precisamente por dicho amor. Veremos cómo, en El público, aparecerá con rasgos del todo similares al poemario neoyorkino dicha concepción amorosa, donde también los amantes encuentran finalmente la muerte.

            Veremos que el intenso sufrimiento del autor de los poemas de Poeta en Nueva York proviene más que de ninguna otra circunstancia, de un problema amoroso.

            Ahora, si atendemos a la obra El público, podremos observar que esta misma temática estará muy presente a lo largo de toda la representación; veremos también, que, la fuerza del amor[3] es una constante y que ese perfil de una fuerza oculta,[4] en referencia a aquel, tiene una raigambre muy profunda en la obra de Lorca.

Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo
            Es en verdad reseñable que tanto en esta obra como en el libro de poemas, la característica esencial radica en la autenticidad de entrega del sentimiento amoroso, la cual lleva a que los personajes lleguen a dar su vida por amor. Establece una suerte de símbolos amorosos perfectamente detectables y reseñables en una y otra obra ( por ejemplo, El ruiseñor, en El público). Será, pues, el amor el sentimiento que supone la expresión más alta de la vida... y que puede ser causa activa de una muerte por amor. Otro de los símbolos amorosos más significativos de dicha obra dramática será la de El pez luna que viene a representar la relación-extinción de un eros que niega la generación.

            En ambas obras puede observarse que no aparece de forma precisamente pacífica el sentimiento amoroso; esta violencia aparece de forma muy específica, sobre todo en muchos momentos de El público, los cuales veremos en la paráfrasis de forma más detenida.

            La soledad y la angustia que brotan en aquella obra dramática será desde luego sólo comparable a la que puede contemplarse en Poeta en Nueva York, así, en un poema de esta obra se dice que todo es Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.[5] Mas, de nuevo insistimos que tras este doloroso conflicto, de este amargo sufrimiento, se oculta el amor como desengaño.

            Es preciso reseñar en este momento que, no obstante de la desasosegada expresión de Federico en ambas obras respecto al presunto conflicto amoroso que le obsesiona, veremos que no deja al exterior la compleja red de íntimas relaciones que la conforman, presentándolas no directamente, sino dentro de una intrincada estructura donde viene complejamente a conjugarse tiempos y perspectivas varias muy complejas dentro de ambas obras.

            Como veremos seguidamente, respecto a un análisis más detenido de El público (aplicable sin duda a Poeta en Nueva York), que será desde luego muy conveniente atender al carácter interdiscursivo (dialógico) en el entorno complejo de una cultura[6] para una mejor intelección de la obra. Así también podemos entender todas la vertientes ya señaladas (amor, verdad, vida...) apoyadas en la ilusión de la poética de la representación,[7] y todo en virtud de una interpretación que no puede ni debe encerrarse en una sola tradición cultural.



PARÁFRASIS SOBRE EL AMOR Y LA VERDAD POÉTICOS


CUADRO 1º


            SI ATENDEMOS A AQUELLOS ELEMENTOS QUE, POSITIVAMENTE, pueden considerarse de intertextualidad discursiva, veremos en El público toda una amplia gama de elementos y aspectos apenas reconocibles, los cuales mostrarán su auténtica dimensión, no obstante, mas no sólo desde una lectura atenta a los elementos de inmediatez conceptual lógica, pues estos parámetros nos acercarán muy someramente sobre la infinitud de matices que relacionan e interaccionan en esta obra a todas luces extremadamente singular de Federico García Lorca.

            Primeramente observaremos que la estructuración dramática de las partes que conforman el corpus de la obra, en absoluto responde a las expectativas tradicionales, atentas de suyo a la preceptiva (al uso, según la época) sobre la cual se configura toda la trama dramática: no son escenas ni actos sobre los que construye el texto teatral: serán cuadros; se nos antoja, y no creemos que sin fundamento que esta original alternativa de conformación estructural de la obra, responde a una reacción a la composición en actos que muy bien puede retrotraernos a la característica configuración de la cultura sacralizada, la cual puede remontarnos a los autos sacramentales, y bajo el influjo sobre todo de Pedro Calderón de la Barca, que ya habíamos visto anteriormente que no debe considerarse autor baladí en el concepto y configuración intertextual de esta misma obra.


Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo
Federico García Lorca y Margarita Xirgú
            Nos encontramos, en principio, en la situación de escena, en el cuarto del Director, acaso como representación del espacio más característico del pensamiento monológico. De él (del cuarto, decimos) pueden extraerse referentes que nos transportan estrictamente al ámbito de lo privado, así también el hogar y la familia como lugar de recogimiento; también conlleva una significación de lo femenino en relación con la propiedad privada sobre la que no nos detendremos en este momento por evidentes circunstancias de falta de espacio y tiempo.

            Veremos ya en el texto de situación que introduce a los personajes bajo las referencias al cuerpo, donde la mano adquiere situación preferente en el escenario; así mismo las radiografías (que son las ventanas) hacen una clara referencia a lo más íntimo (abisal) corporal, en cierto modo en confrontación a lo puramente racional exigido por el teatro tradicional, y sujeto al concepto de la fábula aristotélica. Veremos ya, inicialmente, que la dialogía se construye claramente como común lenguaje radicalmente nuevo y moderno.

            El personaje del El director, en estos primeros compases de la obra, puede entenderse como una representación del poder antropológico. Los caballos, por el contrario, son representaciones de lo instintivo, de lo inconsciente, del deseo. Esta referencia a lo oculto sería prácticamente ininteligible, si no estuviese expuesto a las significaciones abiertas en los campos del lenguaje, de la política, de la psicología, así como por personajes tan influyentes como Marx,[8] Sausurre[9] o Freud.[10] Desde las primeras intervenciones de los personajes veremos ya la denuncia de los valores puramente monológicos generadores de conflicto; véanse, por ejemplo, Los caballos,[11] los cuales establecen el precio o valor (pecuniario) de las cosas y desde dónde puede deducirse también cómo sucede el intercambio de sujetos.

            Tendremos ocasión de observar un dialogismo expreso a través de una expresión soez (escatológica) que habrá de mostrarse como un lenguaje en ciernes (un protolenguaje) que será muy útil para mostrarnos la apariencia en donde se mueve la modernidad. La confrontación de ésta con el mundo que ofrece Lorca (en su teatro bajo la arena), aparece en boca del Director (como representación del poder monológico), mas, también, como enfrentado a su propuesta de teatro al aire libre,[12] el cual no es sino el teatro regido por las convenciones de la sociedad así mismo monológica, dejando entrever, en principio, la doble confrontación del mundo y el teatro de la dialogía, frente a aquellos pertenecientes (vinculados estrechamente) a la cultura tradicional, bien antropológica, bien sacralizada, siendo ésta última motivo de serias controversias en la obra; tendremos ocasión de comprobarlo más adelante.

            Muy pronto confrontaremos como recurrente uno de los motivos centrales de la obra: el amor, el cual se sitúa enfrentado al concepto tradicional (esencialista) del mismo, antes ya observamos con una carga de irónico sarcasmo la crítica a las costumbres a través de la hipócrita lisonja en boca del Hombre 1º.

            Así también, en una de las claves que vertebran la obra, el amor, lo observamos en un perspectivismo propio de la dialogía en su pluralidad. Podremos ser testigos de excepción de dicha temática en cuanto que caigamos en la cuenta de la feroz denuncia que hace de los silencios (y sepulturas) observados a la luz de la dialógica del amor.

            La presentación absolutamente convencional de la actividad teatral y del concepto amoroso, en virtud de uno de los títulos emblemáticos de dicho teatro: Romeo y Julieta, de Shakespeare, en voz y justificación del Director y del Hombre 1º, nos aclara definitivamente lo anteriormente expuesto.

            La ausencia de una trama argumental nos hará, así mismo, reflexionar sobre la naturaleza monológica del argumento en la obra dramática tradicional, suponiendo además una ruptura total de la que nos ocupa (El público) respecto de la preceptiva aristotélica y clásica.

Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo
            Será, entonces, con la aparición del Hombre 2º, cuando los elementos netamente dialógicos harán acto de presencia en los diálogos y los personajes con aquellos elementos escatológicos y corporales que hacíamos mención. Aparece la reflexión primera sobre el sufrimiento del amor y su flor venenosa  que invoca a El sueño de una noche de verano, capaz de otorgar a su receptor el más grande de los dolores y soledades jamás imaginados. Será, por tanto, preciso, ante el  apremiante agobio, angustia, sufrimiento, la inauguración del teatro bajo la arena.

            La reacción del Director, frente a la nueva necesidad de afrontar lo no expreso en el teatro ni en las convenciones de la vida, se manifiesta angustiosamente; la moral, la verdad convencionales se cuestionan abiertamente y se pone en evidencia el miedo a la ruptura que construye falazmente la identidad monológica (del hombre moderno), y la necesidad de sacar al Director (poder monológico), fuera de su máscara; se hace patente en su aparición (recurrente) de El biombo, elemento capaz de velar y desvelar esta situación insostenible y de representar la ambigüedad de lo moderno.

            Seremos también testigos de un lenguaje con poderosa capacidad de sugestión: Hay personan que vomitan cuando se vuelve un pulpo de revés, imágenes que nos descentrarán y nos convulsionarán inopinadamente.

            Aparece por vez primera la figura de la mujer: Elena, mas, como se verá seguidamente, como figuración o representación de la mujer bajo el velo de la convención antropológica, mujer de la modernidad que implica un adelanto de la concepción de la sexualidad más allá de lo estrictamente heterosexual. La homosexualidad no se reivindica en estas páginas, se investiga, y dicha indagación conlleva la aceptación de una realidad oculta que precisa ser reconocida a través de la referida investigación.

            El masoquismo (representado muchas veces en la imagen de la mujer, de lo femenino, nos muestra una faceta sádica (El Hombre 3º, pasa por detrás de El biombo, látigo en mano, para azotar al Director) de la obra ampliamente reconocible. Se entiende de esta apreciación que la modernidad, hábilmente, oculta la violencia de las relaciones sociales, y se muestra, ahora, abiertamente violenta en la expresión dialógica de la obra que nos ocupa.

            Es así que la modernidad, en lo fundamental, silencia, determinada totalmente por la potencia de la cultura económica, estrechando pues los poderes culturales y, en definitiva, silenciando lo que de un modo u otro pone en evidencia sus carencias.


Francisco Acuyo






               
                       



[1]  García Lorca, F.: Poeta en Nueva York, Grito hacia Roma, Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1997.
[2]  Clementa Millán, M.: El público, Estudio introductorio, Cátedra, Madrid, 2001.
[3] Ibidem.
[4] ibidem
[5] García Lorca, F.: Poeta en Nueva York, Oda a Walt Whitman, ver nota 1.
[6]Sánchez Mesa, D.: Una teoría en expansión: La expansión social, Dialógica del círculo de Bajtín, Crítica. Madrid, 1995.
[7] Bajtín, Mijaíl M.: Estética de la creación verbal, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002 .
[8] Marx, K. y Engels, F.: Cuestiones de arte y literatura, ed. Península. Madrid, 1975.
[9] Saussure, F.: Curso de Lingüistica General, Losada Buenos Aires, 1970.
[10] Freud, S.: Psicoanálisis del arte, Alianza Edt, Madrid, 1980.
[11] García Lorca, F.:  El público: Cuadro 1º, ver nota 2.
[12] Ibidem.



Federico García Lorca, Surrealismo y lógica poética, El público, Poeta en Nueva York, Francisco Acuyo

miércoles, 16 de noviembre de 2011

CIENCIAS Y HUMANIDADES: LA NUEVA ALIANZA.

Proseguimos la senda abierta en la sección microensayos de este blog, con un nuevo e interesante y actual y muy apropósito trabajo de nuestro colaborador y muy querido amigo Tomás Moreno, profesor y catedrático de  filosofía, quien nos ilustra y ameniza tan gratamente este apartado de Ancile que, puede decirse sin ningún tipo de duda, se ha vertido a través de su labor breve pero primorosa en este medio, como del todo sugestiva, entretenida e imprescindible por su magisterio y singular pedagogía filosófica. Así pues, disfruten de este nuevo artículo intitulado: Ciencias y humanidades: la nueva alianza, de Tomás Moreno.


Ciencias y humanidades: La nueva alianza, Tomás Moreno




CIENCIAS Y HUMANIDADES: LA NUEVA ALIANZA


Ciencias y humanidades: La nueva alianza, Tomás Moreno
Ilya Prigogine
Como Martin Heidegger vio, lúcidamente, hace más de medio de siglo, y como recoge y recuerda Ilya Prigogine[1] en una de las obras que vamos a comentar, el proyecto científico occidental “realiza lo que apuntaba desde el alba griega: la voluntad de potencia que escondería toda racionalidad”. El embargo científico y técnico que, según el filósofo de Messkirch, se desencadena hoy a escala planetaria, “revela la violencia implícita en todo saber positivo y comunicable”, violencia sistemática que interpreta o visualiza teóricamente las cosas reduciéndolas a objetos esclavizados a la dominación de su mirada.
           Cuando Heidegger interroga la esencia de la técnica, la dimensión técnica de la inserción humana en la naturaleza, no le preocupa tanto el hecho de que la contaminación industrial ponga en peligro la vida animal en el Rhin, lo que le preocupa es el hecho mismo de que éste (el río en cuanto tal) sea puesto al servicio del hombre mediante el cálculo; le preocupa el que la naturaleza no llegue a ser otra cosa que energía disponible y manipulable (en forma de central hidroeléctrica o de estación de gasolina), mero “dispositivo” técnico (Ges-tell) y el hombre mismo simple dominador que dispone a su placer de la naturaleza y que nos ha llevado a la devastación del hogar humano y al desarraigo más ominoso:

            “La central eléctrica -escribe Heidegger en Die Frage nach der Technik (1953)- está construida en la corriente del Rhin. Le obliga a ceder su presión hidráulica, lo que obliga a su vez las turbinas a girar […], la central no está construida en la corriente del río, como el viejo puente de madera que desde años comunica una orilla con la otra. Es más bien la corriente la que está encerrada en la central. Lo que hoy es corriente, a saber, un suministro de presión hidráulica, es la propia manera de ser de la central”[2].

            Esta hostilidad de Heidegger apunta tanto, según Prigogine, al trabajo técnico como a todo saber comunicable; el viejo puente sobre el Rhin se ve perdonado, no como testimonio de un “saber hacer” probado, de una observación laboriosa y precisa, sino “porque deja correr la corriente del Rhin”.
            El hombre moderno distanciado y escindido de la naturaleza, su origen y hogar primigenio, llegará probablemente a la pesimista conclusión con la que J. Monod culmina su obra Le hasard et la necéssité (Du Seuil, París, 1970):

                “La antigua alianza está ya rota; el hombre sabe al fin que está sólo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte. Puede escoger entre el Reino y las tinieblas”[3].

Ciencias y humanidades: La nueva alianza, Tomás Moreno
Martin Heidegger
            Esta ha sido hasta hace poco el clima espiritual de nuestro panorama científico-cultural, la imagen científica dominante durante los dos últimos siglos en Occidente; pero la extraordinaria revolución conceptual que se ha producido en el “continente” de la física actual, revolución que abarca todos los niveles de la física y de la química, todo el ámbito de lo microcósmico y lo macrocósmico, desde las partículas elementales a la evolución cosmológica, y que comporta la sustitución de una imagen mecanicista-determinista (newtoniana) del mundo por otra imagen cuántica, probabilista, indeterminista de la misma (e incluso por una tercera emergente imagen termodinámica “de estructuras disipativas” que generan orden a partir del caos), nos hace abrigar la esperanza de un nuevo diálogo entre lo que se ha llamado las dos culturas y que ya no cabe imaginar con imágenes contrapuestas e irreductibles como antes; un nuevo diálogo, en fin, entre el hombre y la naturaleza.
            A dilucidar esta cuestión, a sentar las bases de este esperado diálogo, para hacer posible la “nueva Alianza” entre ciencias y humanidades dedican Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, por una parte, y B. d’Espagnat, por otra, dos de los libros más sugestivos y trascendentales del pensamiento científico-filosófico de nuestro tiempo: La nouvelle alliance. Métamorphose de la science (Gallimard, París, 1979)[4], de los primeros, y A la recherche du réel. Le regard d’un physicien (Bordas, París, 1981)[5], del segundo.
            El libro de Prigogine y Stengers analiza los dos paradigmas que han dominado la ciencia a lo largo del siglo XX: el mecanicista-newtoniano y el cuántico-indeterminista. El paradigma de la mecánica newtoniana (del que también participaba el modelo atómico de Bohr, la teoría de campos unificada que buscaba Einstein y buena parte de la mecánica cuántica) sostenía que las leyes físicas son prácticamente independientes del tiempo (que es un simple parámetro); que el futuro y el presente pueden intercambiarse y que los procesos son reversibles.
            Hoy en día, sin embargo, debido sobre todo a las decisivas contribuciones en este revolucionario campo de investigación de Ilya Prigogine[6], se dibuja un panorama muy distinto con la emergencia de un nuevo modelo o paradigma termodinámico; si el símbolo de la ciencia fue en otras épocas el reloj o una máquina térmica que tarde o temprano se apagaría, la metáfora más adecuada para los más recientes desarrollos de los investigadores podría ser la nueva Alianza entre el hombre y la naturaleza. Desde que la teoría del calor y la termodinámica introdujeron conceptos tales como entropía y la flecha del tiempo, ha quedado patente que el azar y la irreversibilidad pueden conducir al orden y a la organización y que el alejamiento de lo repetitivo y universal para penetrar en lo específico y único permite estudiar y explicar fenómenos mucho más ricos y complejos.
            En su libro, Prigogine aboga por “el fin de la ruptura cultural que hace de la ciencia un cuerpo extraño y que le da la apariencia de una fatalidad a asumir o una amenaza a combatir”; por la fecundidad de las comunicaciones entre los interrogantes filosóficos y científicos; porque ciencias y humanidades dejen de ser compartimientos estancos, superando así el viejo conflicto del enfrentamientos entre las dos culturas y haciendo posible el alumbramiento de una tercera cultura:

                “Queremos demostrar –escriben Prigogine y Stengers- que las ciencias matemáticas de la naturaleza, en el momento en que descubren los problemas de complejidad y evolución se convierten en igualmente capaces de entender algo del significado de algunas cuestiones expresadas por los mitos, las religiones, las filosofía; capaces también de medir mejor la naturaleza de los problemas propios de las ciencias cuyo interés es el hombre y las sociedades humanas”[7].

            En su breve pero pregnante conferencia dictada en la Unesco en 1998, La pluralidad de futuros y el fin de las certidumbres (verdadero epítome de sus descubrimientos científicos y de su postura intelectual), Ilya Prigogine concluye así su visión del mundo:

                “Vamos de un mundo de certidumbres a un mundo de probabilidades. Debemos encontrar la vía estrecha entre un determinismo alienante y un universo que estaría regido por el azar y por lo tanto sería inaccesible para nuestra razón. Llegamos a un concepto diferente de la realidad. La realidad asociada con la mecánica clásica era comparable a un autómata. La mecánica cuántica no ha mejorado la situación porque, en mecánica cuántica ortodoxa, la realidad depende de nuestras mediciones. En mecánica cuántica hay un curioso antropomorfismo que ciertamente ha tenido un papel en el posmodernismo. En cambio nosotros llegamos a la concepción de un mundo en construcción. Esta concepción rompe con la jerarquía tradicional de las ciencias. Las ciencias duras hablan de certidumbres. Con frecuencia era el modelo, el objetivo supremo de las ciencias humanas. Ahora las ciencias humanas como la economía o la sociología pueden remitirse a otros modelos […]. En un mundo donde ya no impera la certidumbre, restablecemos también la noción de valor […] Sin duda, en el siglo venidero veremos el desarrollo de una nueva noción de racionalidad donde “razón” no estará asociada a “certidumbre” y “probabilidad” a “ignorancia”. En este marco, la creatividad de la naturaleza y sobre todo, la del hombre, encuentran el lugar que les corresponde”[8].  

            El segundo de los libros aludidos, el de Bernard D’Espagnat, físico y matemático eminente -director del laboratorio de Física teórica y partículas elementales de la Universidad de París-, versa sobre los problemas recientes de la literatura especializada dentro de la  Física cuántica más en vanguardia y trata de aplicar sus resultados -sutilmente técnicos- al problema de si la ciencia puede “mejorar la visión que el hombre se hace del mundo y de su papel en él”. En último término: al problema de “sus valores”.
            En el paradigma hegemónico de la Física de las partículas la realidad que la ciencia conoce -sujeta siempre a los instrumentos de observación y por tanto al observador- es una realidad dependiente del hombre. La tan exaltada “objetividad de la ciencia” no quiere decir en el fondo otra cosa que esto: si un experimento se hace en Granada y se repite en Melbourne, por observadores diferentes, da el mismo resultado. Pero no por eso deja de ser una realidad “observada” y “medida” por el hombre: una “realidad dependiente”.
            La originalidad de su libro consiste en mostrar que hay barruntos muy fuertes, dentro de los progresos últimos en física de partículas elementales, para admitir la existencia de “otra” realidad, de un “real” “independiente del hombre”. Por consiguiente, al lado de la objetividad clásica de la ciencia, objetividad que llama “débil”, habría otra objetividad “fuerte” que supone la existencia de una “realidad velada” que está “fuera del hombre”. La crítica del cientismo o cientificismo -actitud consistente en sostener dogmáticamente que “todo lo explica, o puede explicarlo, la ciencia y que no existe otra realidad que la que ella describe”- que d’Espagnat ejerce con  explícita ironía, se vuelve así acerada.
Ciencias y humanidades: La nueva alianza, Tomás Moreno
Bernard d'Espagnat
            Bernard d’Espagnat pone de relieve, en fin, cómo este error cientificista, que constituye el substrato del pensamiento del hombre de hoy, nace de que tomamos como permanentes y eternos “modelos” que nos han sido preciosos para descubrir cosas, pero que en el fondo únicamente son “recetas” que por lo bien que funcionan demuestran una correspondencia entre nuestro espíritu y una cierta parte de la realidad del Universo. Los puntos de vista de d’Espagnat, apunta Juan Rof Carballo en una sugerente reseña del libro del físico francés, titulada La huida de lo real, ponen al desnudo este “cientismo” que -tras la proclamación nietzscheana de la muerte de Dios y el declive de la metafísica occidental- se envanecía de haber desalojado a Dios de nuestro mundo, y sugieren, sin afirmarla, la existencia de esa “realidad velada”, no explorable por los únicos medios de la Física, pero que “por ciertas regularidades” en los fenómenos observados permite sospechar.
            Esto supone una revivificación de la noción de “ser”, una reivindicación de la metafísica (de un realismo ontológico lejano y no físico) y una inflexión en su concepción del hombre que retorna desde su condición de “homo faber”, de hombre fabricante, a su condición clásica de “homo sapiens”. El hombre contemporáneo, abrumado por urgentes y perentorias necesidades materiales y subyugado por un oscurantismo ideológico que a veces se disfraza o reviste de “ideas avanzadas”, huye de la “realidad independiente”. Esta huida de lo real significa que el hombre hodierno ha tratado de escapar -al parecer sin conseguirlo- de todo contacto con eso que, en términos muy generales, los metafísicos llamarían Ser o, si se prefiere, Realidad intrínseca, los místicos, Absoluto, y los teólogos designarían sencillamente con el nombre de Dios, y que sigue siendo para d’Espagnat “la explicación última de regularidades en los fenómenos observados”. Ya lo profetizó y dejó escrito André Malraux: El siglo XXI será místico o no será.   

      
                                                                                                                   Tomás Moreno


[1] Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia, Alianza Universidad, Madrid, 1979.
[2] Martin Heidegger, La pregunta por la técnica, en Martin Heidegger, Conferencias y artículos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1989.
[3] Jacques Monod, El Azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, Barral, Barcelona, 1970, p. 193. Por Reino entiende Monod: el reino trascendente del humanismo cientista, de la objetividad metodológica de la ciencia: de las ideas, del conocimiento y de la creación científicas; reino donde habita el hombre y en donde se encuentra liberado de las servidumbres mentirosas de los dioses, las religiones y de las doctrinas anticientíficas “animistas”. Las “tinieblas” estarían representadas por los viejos animismos, según él, oscurantistas y consoladores.
[4] Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia, op. cit.
[5] Bernard d’Espagnat, En busca de lo real. La visión de un físico, Alianza Universidad, Madrid, 1983.
[6] Ilya Prigogine físico, químico y filósofo belga de origen ruso, recibió el Premio Nobel de Química en 1977 por su contribución a la termodinámica del no equilibrio y en particular por su teoría de las estructuras disipativas en el mundo físico, esto es, la aparición de orden lejos del equilibrio.
[7] Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia, op. cit. Veánse sobre todo las páginas de la Introducción a la obra, el capítulo El desafío a la ciencia, pp. 11-29.
[8] Ilya Prigogine, La pluralidad de futuros y el fin de las certidumbres, incluida como Apéndice en Arnaud Spire, El pensamiento de Prigogine. La Belleza del caos, Editorial Andrés Bello, Barcelona 1999, pp. 177-178.


Ciencias y humanidades: La nueva alianza, Tomás Moreno

lunes, 14 de noviembre de 2011

EL VERSO HEPTASÍLABO: DE LA MÉTRICA CELESTE. EPÍTOME DE VERSIFICACIÓN ESPAÑOLA

En esta ocasión, y dentro del apartado señalado como De la métrica celeste, epítome de versificación española, incluimos esta entrada para mostrar el verso endecasílabo en sus diferentes variedades en nuestra lengua, y que se suma a los anteriores en relación a esta temática de gran interés para todos aquellos que gusten del buen hacer del verso en nuestra lengua.


El verso heptasílabo De la métrica celeste, Francisco Acuyo




 EL VERSO HEPTASÍLABO



Antonio Quilis, en su ineludible Métrica Española[1],  avisaba de la necesidad de la división del verso en nuestra lengua en versos de arte menor y de arte mayor, y todo en virtud de la tendencia fonética del español a emitir entre dos pausas un número de sílabas (grupo fónico)[2] que viene a variar alrededor de un mínimo de ocho sílabas y máximo de once,[3] por lo que el verso de siete viene a clasificarse como de arte menor. Se usa en muchas ocasiones combinado con versos endecasílabos, formando silvas y liras[4]

El verso heptasílabo De la métrica celeste, Francisco Acuyo
                El verso de siete sílabas métricas exige acento obligado en sexta, y las diferentes variedades detectables en el resto del verso vendrán a derivar en las subsiguientes variedades del mismo. Verso de uso harto frecuente en el género denominado de las anacreónticas y de aquel destinado al canto. También se le reconoce como anacreóntico; endecha; septisílabo o redondilla menor.[5] Históricamente señalado como forma del dímetro yámbico, cuya ascendencia se detecta en la poesía hímnica latina,[6] en español, francés e italiano es uno de los versos más antiguos, en España se detecta ya en las jarchas de los siglos XI yXII, alcanzando su mayor corrección silábica en la Edad Media como hemistiquio del verso alejandrino (mester de clerecía, Gonzalo de Berceo). La importancia italiana del mismo señala la segunda época de mayor importancia en el uso del mismo, por ejemplo pie quebrado del  endecasílabo italiano en la canción petrarquista y de forma autónoma en la poesía  Anacreóntica. En la actualidad puede decirse que cuenta con un impulso formidable comparable al que tuviera en el periodo neoclásico.

                En la variedades de heptasílabos distinguimos los siguientes: heptasílabo anapéstico (dactílico, según Navarro Tomás)[7], que lleva acentos en la tercera y la sexta sílabas:


                                                               Es la savia entrañable
                                                                              3ª        6ª
                                                               Que madura los campos.[8]
                                                                              3ª             6ª


                                                               Cien insectos alados
                                                                              3ª       6ª
                                                               Van y vienen a un tiempo
                                                                               3ª                6ª
                                                               Y os adulan y mecen
                                                                              3ª           6ª           
                                                               En sus plácidos juegos.[9]
                                                                              3ª             6ª


                                                               …entre mirtos y violetas,
                                                                                3ª             6ª
                                                               horizonte de pétalos
                                                                              3ª           6ª
                                                               tu mirada proyecta.[10]
                                                                              3ª           6ª

                Variedad de heptasílabo mixto, con acentos en las sílabas primera, cuarta y sexta, propio de composiciones con ritmo muy variado:

                                                               Madre del alma mía
                                                               1ª                4ª       6ª
                                                               Qué viejecita eres,
                                                               1ª               4ª     6ª
                                                               Ya  los ochenta años
                                                               1ª                 4ª      6ª

                                                               Pesan sobre tus sienes[11]
                                                               1ª           (4ª)           6ª

                                                               ¡Pobre barquilla mía
                                                                1ª          4ª             6ª
                                                               Entre peñascos rota,[12]
                                                               (1ª)              4ª     1ª


                El heptasílabo yámbico (trocaico, según Navarro Tomás) es una variedad de heptasílabo que se caracteriza en que porta los acentos en las sílabas pares, segunda, cuarta y sexta y se dice que se caracteriza por su especial fluidez.


                                                               Quedóse el penitente
                                                                         2ª                 6ª
                                                               Al borde de la roca,
                                                                      2ª                    6ª
                                                               Sentado, sin aliento,
                                                                       2ª                   6ª
                                                               Sin voz ni voluntad,[13]    
                                                                      2ª                    6ª

                Se denomina heptasílabo polirrítmico (Navarro Tomás), aquella variedad en la que aparecen versos heptasílabos de ritmo anapéstico (3ª y sexta sílabas), yámbico (en sílabas pares acentuadas) y mixto (con acentos en 1ª, 4ª y 6ª sílabas), siendo esta fórmula la de más frecuente aparición en las estrofas o poemas de siete sílabas.

                                                               De tus rubios cabellos
                                                                              3ª           6ª
                                                               Dórida ingrata  mía
                                                               1ª                 4ª      6ª
                                                               Para el arco homicida[14]
                                                                              3ª              6ª       


                                                               En la imagen del tiempo
                                                                              3ª                6ª
                                                               La eternidad refleja
                                                                              4ª           6ª
                                                               Deshojada en instantes
                                                                              4ª           6ª
                                                               Intacta tu azucena.[15]
                                                                    2ª                    6ª




                                                                                                Francisco Acuyo                                                                           




El verso heptasílabo De la métrica celeste, Francisco Acuyo

                                                                                                                                            
                                                              
                                                              



                                                                             

[1] Quilis, A.: Métrica española, Ariel, Barcelona, 1991,
[2] Domínguez Caparrós, J.: Métrica española, Síntesis, Madrid, 1993.
[3] Quilis, A,: ver nota 1.
[4] Ibidem.
[5] Domínguez Caparrós, J.: Diccionario de métrica española, Alianza editorial, Madrid, 1999.
[6] Baehr, R.: Manual de versificación española, Gredos, Madrid, 1984.
[7] Navarro Tomás, T.: Métrica Española, Guadarrama, Madrid, 1978.
[9] Juan Meléndez Valdés
[10] Francisco Acuyo
[11] Salvador Rueda.
[13] José Zorrilla
[14] Gutierre de Cetina
[15] Francisco Acuyo



El verso heptasílabo De la métrica celeste, Francisco Acuyo