martes, 8 de julio de 2014

EL MITO DE EVA, POR EL PROFESOR TOMÁS MORENO

Presentamos, para nuestra muy estimada y aclamada sección de Microensayos del blog Ancile , el trabajo del profesor y filósofo Tomás Moreno bajo el título de El mito de Eva,en dos post, en una sugerente y muy avisada exposición sobre tan interesante temática.




El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile



EL MITO DE EVA. LA MUJER TENTADORA (I)


El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile


1. Los Relatos del Génesis
Pocos textos han influido tanto en el pensamiento teológico y marcado tan indeleblemente la moral de Occidente como el relato del Paraíso terrenal del Génesis. Pocos arquetipos de la mujer han quedado tan grabados en el inconsciente colectivo y en el imaginario cultural occidentales como el de Eva, la primera mujer, la madre de a la humanidad, la tentadora, directamente responsable de la caída y perdición del hombre y por ello mismo estigmatizada, culpabilizada y conceptualizada como inferior a Adán, el varón.
            El prejuicio androcéntrico judeocristiano de la inferioridad de la mujer se remontaría al relato del Génesis, más precisamente a tres episodios que los exegetas y teólogos de todos los tiempos han comentado abundantemente: el episodio de la creación de Eva, el de la caída y el de la expulsión del Paraíso, hitos simbólicos, los tres, que nos remontan a los orígenes de la sociedad patriarcal, al inicio de los interdictos contra las mujeres y de la represión de lo femenino. Eva fue creada de la costilla de Adán lo que legitimaba el sometimiento de la mujer al hombre. El episodio de la Caída la hace además responsable del pecado y de la introducción en el mundo del mal, del sufrimiento  y de la muerte. Si bien Satán tentó a Eva, ésta fue quien sedujo a Adán y lo condujo a la falta[1].
El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile
Gerda Lerner
                Escribe Gerda Lerner que "muchas de las principales metáforas y definiciones sobre el género y la moralidad de la civilización occidental arrancan de la Biblia", colección y mezcla de piezas poéticas y en prosa de diversa procedencia[2],  algunas de carácter mítico y sapiencial y otras de carácter histórico y localista. Y dentro de ella, el Libro del Génesis  es, sin duda, el que ha aportado los símbolos y metáforas más destacadas y significativas, que han definido y modelado no sólo nuestra herencia cultural en general, sino también la configuración misma de la sexualidad, de la relación entre los sexos y el género y la posición de la mujer en la sociedad occidental.
            La antigua tradición de atribuir su autoría a Moisés ha dado paso, a causa de las numerosísimas evidencias internas demostradas por la crítica formal moderna, a la aceptación de la "hipótesis documental". Ésta sostiene que el primer libro de la Biblia, tanto si se cree en su inspiración divina como si no, fue obra de varias manos distintas. Su redacción abarcó un período de casi cuatrocientos años, desde el siglo X al V a. de C. En general ahora la mayor parte de los expertos acepta que hay tres principales tradiciones de redactores y que muchas de las fuentes representan una tradición muchísimo más antigua transmitida durante siglos oralmente, que los autores recopilaron, reinterpretaron e incorporaron a la narración[3].
            Hay, pues, dos versiones distintas de la Creación en el Génesis y por consiguiente el Génesis contiene también no uno sino dos relatos distintos de la creación del primer hombre y de la primera mujer. Uno de ellos, el recogido en el capítulo inicial del libro primero de la Biblia (Génesis, 1, 26-29) data de los teólogos postexílicos (circa 400 a. C.). Es, pues, el  más reciente (se lo denomina relato sacerdotal o P, Priesterkodex). En él se relata cómo Dios creó el mundo en seis días, coronando su obra con la creación de adam[4] -esto es, la humanidad, el ser humano genérico: los hijos y las hijas de la Tierra- a su propia imagen y semejanza. La primera pareja creada, macho y hembra, es imagen de Dios: "Dijo Dios: Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza […].Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó" (Gén. 1, 26-27).
            Esta versión  confirmaría la igualdad esencial entre mujer y hombre: el ser humano es imagen de Dios y lo es no sólo en la modalidad del varón sino también en el de hembra, esto es, como hombre y mujer ("macho y hembra")[5]. Finalizado este relato, en el siguiente versículo  empieza una narración diferente de la Creación, la yahvista-elohista, escrita varios siglos antes que la versión P -antes aludida- en la que se dice que Eva fue creada "a partir de la costilla de Adán" (Gén. 2, 21).
El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile            La historia de Adán y Eva (Génesis, 2,18-25), narrada en el lenguaje del folklore, se considera la más antigua de las dos historias, fechándose entre el año 1000 y el 900 a. C. Esta segunda historia cuenta cómo el Señor hizo un hombre con polvo de la tierra y, después de hacer todos los animales y al no encontrar entre ellos ningún compañero adecuado para Adán, sumió a éste en un sueño, sacó a Eva de su costado y la presentó a Adán como su esposa. Al verla, exclama: "Esta vez si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada" (Génesis 2, 21-23)[6].
            Desde la perspectiva antropológica de G. Lerner -que resumimos aquí- el relato "mosaico" más reciente, que se dice perteneciente a la fuente sacerdotal -"macho y hembra los creó" (Gén. 1, 26-27)- sería profemenino; el relato más antiguo o tardío, procedente de la fuente yahvista-elohísta, sería por el contrario misógino o antifemenino, pues en él se dice que Dios crea a Eva a partir de la costilla de Adán (Gén. 2, 21-23). Ambas versiones o relatos, en un principio separados, se fundirían en el período post-exílico para configurar los tres primeros capítulos del Génesis.
            La crítica bíblica se ha centrado durante siglos sobre las discrepancias entre ambas versiones y los méritos de la una sobre la otra[7]. Durante cientos de años prevaleció la versión más antigua del relato de la creación, la yahvista-elohista, que subordinaría la mujer al hombre. En efecto, interpretada en su sentido más literal la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán (una de las partes "inferiores" de Adán), mientras que él había sido creado de la tierra, parecía indicar que la inferioridad de las mujeres tenía una procedencia divina[8]. El caso es que este pasaje concreto y esa interpretación antifemenina son las que han
El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile
penetrado de manera devastadora en el imaginario colectivo occidental, postergando a la mujer en relación con el varón y mostrando históricamente un profundo significado simbólico patriarcal.  
            Tanto los maestros judíos de la Antigüedad, como muchos cristianos después de ellos, prefirieron la ingenuidad teológica al análisis histórico o literario para explicar las contradicciones de los textos. Sea como fuere, lo cierto es que éstos han ejercido gran influencia en la definición de los valores y las prácticas relativas a las relaciones de género. Aunque sea de esperar que las interpretaciones de una composición poética, mítica y localista como el Libro del Génesis, varíen según las necesidades de los intérpretes, y aunque el texto es, sin embargo, lo bastante ambiguo como para "dejar abierta" la posibilidad de una interpretación menos misógina, parece evidente que el peso mayor de los símbolos del género recae en las interpretaciones patriarcales y, como se ha indicado antes, éstas son las que han imperado durante dos mil años[9].
La conclusión a la que llega Gerda Lerner resultaría, así, incontestable: "Las metáforas sobre el género más influyentes presentes en la Biblia han sido las de Mujer, creada de la costilla del Hombre, y Eva, la tentadora que provoca la pérdida de gracia de la humanidad. Durante dos milenios se las ha citado como prueba del apoyo divino a la subordinación de las mujeres"[10]. Y no sólo de ello, sino también como evidencia de su inferioridad moral: puesto que la costilla es un hueso curvo, deducirán más tarde algunos teólogos medievales, el espíritu de la mujer no podía ser sino retorcido y perverso.
            A esta misma conclusión llegará el teólogo dominico español Emilio García Estébanez quien en su último ensayo publicado, Contra Eva, considera que:
El antifeminismo de la Biblia es expreso y descarado; la inferioridad de la mujer y su exclusión como agente del proyecto salvífico aparece como un dato de naturaleza que no ofrece dudas; cuando, no obstante, brota algún movimiento, algún gesto que pudiera significar o conducir a la participación activa e igual de la mujer, se sofoca con dureza y se niega a la mujer clara y explícitamente esa participación; se le recuerda que debe callarse, escuchar y vivir sujeta[11].
            Para el dominico español, la Biblia, que narra la historia de la salvación humana, sería paradójicamente -desde la hermenéutica patriarcalista del texto sagrado, dominante durante casi dos milenios- el documento de la exclusión de la mujer de esa historia:
La Biblia es el libro de los varones, recoge su voz, es la historia de la revelación del Padre y del Hijo, es decir, de la conciencia masculina que alcanza en Jesús su expresión completa; no es la historia del desarrollo de la conciencia humana, la masculina y la femenina por igual; la mujer no juega ningún papel activo en esa historia, está en ella de mirona y de mandada; su intervención en esta historia de salvación queda marcada por su protagonismo en el pecado que la origina[12]. (Continuará)


                                                                                                           Tomás Moreno





[1] Ha vuelto a estar de moda referirse al mito de Eva con las sucesivas oleadas actuales del feminismo. La mujer occidental intenta captar los motivos míticos, ancestrales y religiosos de su marginación moral. El Antiguo Testamento es, ciertamente, un punto de ataque fundamental para la revisión crítica del modelo occidental de feminidad. Véase: Sonia Villegas, El sexo olvidado. Introducción a la teología feminista, op. cit.
[2] Gerda Lerner, La Creación del Patriarcado, op. cit., pp. 243-266. Después de casi un siglo y medio de estudios arqueológicos, históricos, filológicos y hermenéuticos, sabemos de la estrecha correlación entre los descubrimientos arqueológicos de las culturas del antiguo Próximo Oriente y las narraciones bíblicas: los autores y redactores de la Biblia adaptaron y transformaron materiales culturales antiguos de Sumer y Babilonia, Canaán y Egipto, y que las prácticas, leyes y costumbres de los pueblos vecinos contemporáneos quedaron reflejadas en sus narraciones. Armanda Guiducci, La manzana y la serpiente (op. cit., pp. 58 y ss.) que también hace una lectura feminista del relato, coincide en que se trata de un mito de pastores nómadas y guerreros, elaborado en la remota antigüedad, entrelazado de las presiones míticas opuestas de Oriente (Sumer, Babilonia, Fenicia, Canaán) y del continente africano. Entre Mesopotamia, Anatolia y Egipto, pueblos de Oriente y de África, se plasmó el núcleo más antiguo, cosmogónico, del pensamiento hebraico consignado en el Génesis y en la explicación de los orígenes. En la cosmogonía hebraica, como viene a decir, nos encontramos con un mito preocupado por explicar la dualidad de la presencia hombre-mujer en el mundo y de presentar a la mujer “castigada”, “deudora con respecto a Dios”, en relación con el Mal integrado en la organización del mundo
[3] Para Gerda Lerner (op. cit., p. 244) coinciden varias tradiciones narrativas en el Génesis: Yahvista, Elohista y Sacerdotal. Vulgarmente se cree que la tradición narrativa conocida por J (por el uso del término Yahvéh” y por sus orígenes judaicos) fue compuesta en el reino meridional de Judá en el siglo X a. C. La segunda, llamada E de Elohista, por la manera en que se dirige a la divinidad y porque se piensa que representa la tradición efraimita, seguramente trabajó en el estado norteño de Israel algo más tarde. En tercer lugar está la tradición P, que incluye y reinterpreta las narraciones de J y E. A pesar de que existe una enorme controversia en torno a la cronología de P, los eruditos se muestran de acuerdo en que no estamos tratando con un individuo solo, sino con una escuela sacerdotal de redactores de Jerusalén que habrían trabajado durante cientos de años y habrían completado la obra en algún momento del siglo VII a. C. Según Gerda Lerner, la interpretación actual y que parece que acepta todo el mundo es que ambas versiones o relatos de la Creación fueron escritas independientemente y que ambas provienen de un corpus de tradiciones anterior.
[4] Derivado de adamah, que significa "tierra fértil".
[5] Según Leonardo Boff se trata de un texto en el que se resalta “la igualdad fundamental de los sexos; ambos remontan sus orígenes a Dios mismo, la Realidad suprema. Dios sólo puede ser conocido por la vía de la mujer y por la vía del hombre. Cualquier reducción de este equilibrio distorsiona nuestro acceso a Dios y desnaturaliza nuestro conocimiento del ser humano, hombre y mujer” (Leonardo. Boff y Rose. M. Muraro, Femenino y Masculino. Una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias, editorial Trotta, Madrid, 2004, p. 72).  En las versiones gnósticas, este relato sugiere que Dios Creador mismo podría tener una doble naturaleza que combinaba características masculinas y femeninas; los gnósticos, en efecto, tenderían a preferir esta versión andrógina de la divinidad. Cf. R. R. Ruether, Christianity. Sharma, 216, cit. en Sonia Villegas, op. cit., p. 18 y ss.
[6] El sentido originario de este segundo relato objetivaba mostrar -comenta L. Boff- la unidad hombre/mujer y fundamentar la monogamia. Sin embargo esta comprensión que en sí debería evitar la discriminación de la mujer, acabó reforzándola. La anterioridad de Adán y la formación a partir de su costilla fue interpretada como superioridad masculina (Masculino y Femenino, op. cit., p. 72-73).
[7] Según anotación de Gerda Lerner, la versión P recuerda al Enuma Elish, el relato de la creación mesopotámico, en detalles varios y en el orden de los sucesos. Ello podría explicar la aludida tesis andrógina de la creación –"macho y hembra los creó"-, pues reflejaría la influencia de las ideas religiosas mesopotámicas. Algunos intérpretes han intentado extender esta resonancia andrógina a la versión J al señalar que la palabra hebrea adam, que significa género humano, equivale al término genérico de humanidad, que incluye a hombres y mujeres, y que escribir en mayúsculas el nombre de Adán es un error posterior fundado en supuestos androcéntricos.
[8] Para Armanda Guiducci (op. cit.) la dualidad en el mito hebraico se representa como una escisión, o más bien una cesión, por parte del hombre, de su propia riqueza vital. El hombre es una totalidad tan “plena” que puede ceder una parte de sí mismo (una mísera costilla) sin perder nada. Aquí reside la profunda diferencia entre el mito grecoplatónico del ser original que se parte en dos mitades exactas, y el mito hebraico, elaborado en el medio cultural más limitado de las tribus nómadas y pastoriles  de Asia y del Islam, que mantiene, en cambio, una relación de pequeña parte con el todo. A través de la costilla de Adán se produce la línea de ruptura que separa el Mundo de las Madres del Mundo de los Padres y se denuncia un total trastocamiento de culturas, un cataclismo remoto de valores. Y esta línea de ruptura –como el hundimiento de un pliegue subterráneo- atraviesa incluso los mitos griegos más arcaicos, ricos en choques con el Oriente prehistórico. Y, al igual que el parto producido en el costado de Adán, a lo largo de esa ruptura emerge una serie de divinos partos masculinos: entre horribles gritos Atenea nace de la cabeza de Zeus; del falo de Urano, cortado y lanzado al mar, nace Afrodita, mientras otras criaturas nacen del muslo o incluso de la rodilla de un dios varón.
[9] En los mitos de la Biblia característicos de una sociedad patriarcal y pastoril domina la interpretación patriarcal: se trata de una sociedad patrilineal en la que la línea familiar se sigue a través del padre. En este modelo de familia la figura prócer, a gran distancia de cualquier otra, es el padre; la segunda el hijo primogénito. La esposa no tiene relieve, se la puede repudiar casi por capricho; y la hija sólo cuenta como valor relativo, como una desgracia familiar (Cf. Eclo., 42, 9-14). Pero no sólo el linaje sino que la misma procreación se había convertido en un acto masculino: los hijos siempre son los hijos de los padres y que las diferentes interpretaciones feministas que unas mujeres han realizado durante los últimos siete siglos han sido hechas contra una tradición que se ha parapetado y cuenta con una aprobación teológica que viene de antes del cristianismo. Cf. Gerda Lerner, op. cit., p. 277.
[10] Ibíd.,  p. 270.
[11] Contra Eva, Melusina, Colección Circular, España, 2008, pp. 114.
[12] Ibid. Tanto para G. Lerner como para G. Estébanez la matriz ideológica de la supuesta inferioridad y subordinación de la mujer -vigente en nuestra tradición cultural durante más de dos milenios- encuentra su asiento y apoyo en estos textos del Génesis analizados.



El mito de Eva, 1 Tomás Moreno, Ancile

lunes, 7 de julio de 2014

LA REALIDAD POÉTICA

Insistiendo en los estudios semióticos sobre poesía, ofrecemos para la sección de Pensamiento del blog Ancile, el post titulado La realidad poética, incluido en las aproximaciones semiológicas del discurso poético llevadas a cabo para publicaciones especializadas .


La realidad poética, Francisco Acuyo, Ancile


LA REALIDAD POÉTICA







 CUANDO SE EMPIEZA, laboriosamente acaso, a vislumbrar aun en los más elementales rudimentos la muy intrincada máquina vital que alienta los resortes, tantas veces enigmáticos de lo que en otro momento ya denominábamos1: ser en la belleza, 2 han de surgir necesariamente no pocas dudas cuando no bastantes titubeos. Allí, en aquellos primeros escarceos con la realidad poética ya contemplábamos en su verdadera dimensión la grande complejidad de cada una de las singulares incógnitas que ofrece su complejísimo entresijo y que, en tan raro funcionamiento, habría de exigir, muchas veces de su análisis, una adaptación ciertamente ergonómica a la industria y reconocimiento del espíritu que, mediante el uso (y a veces el abuso) del sin par instrumento de la razón y del concepto, ha querido comprender aquello que para nosotros se muestra como una totalidad indisociable en cada uno de sus potenciales y peculiares elementos.

La realidad poética, Francisco Acuyo, Ancile Nace de nuestro ¿extraño? adiestramiento (si poetas, que ante todo nos reconocemos embebecidos ante la atractiva fascinación vertida por su excelsa, paradigmática magnificencia) en su ámbito extraordinario, el poema; y si este tiene realmente vuelo, no debe resultar extraña la imposibilidad, confusamente manifiesta en la desmañada, tarda, obscena, tornadiza casi siempre ignominosa exégesis de los versos propios (muchas veces también de los ajenos), todo lo cual, a nuestro juicio, nos invita a una seria y profunda reflexión sobre la conversión (transmutación) perceptible en el tránsito que va desde la génesis creativa del poema (y su lectura), a la aprehensión, casi siempre particular del mismo y el posterior ejercicio de hermeneusis, proceso que, por otra parte, no hará sino dar noticia cierta y siempre incalculable de la dinámica inaudita que subyace en su impulso creativo.

También tomamos en este proemio de nuestro estudio una invectiva que, muy bien podría acabar en grave controversia; pero en realidad no pretendemos juicios de rigor (¿imposibles en esta materia?) por lo que nos mantenemos en nuestras hipótesis como en peculiar dictamen, el cual basará su discurso en la intuición que en principio no puede (¿o no quiere?) integrarse en un método tradicionalmente científico. Es por tanto que, lejos de verter ásperas aseveraciones, no ofrecemos sino aquellos elementos de prudencia que viven de su juicio, y es que este ámbito de prodigio que es la poesía parece, de manera insistente, deslavazarse de criterios netamente conceptuales familiares más cercanos a la lógica de lo estrictamente racional.

La realidad poética, Francisco Acuyo, Ancile
Tendremos, no obstante, por feliz nuestro tratado si en él encuentra (quien pudiere o quisiere) algún motivo de curiosidad, y de ver por ello nuestros aduares en tan gustoso esfuerzo ciertamente mejorados. Es así que no quisiéramos en este instante reducir a la memoria la suerte de la disertación que les ocupa con disposición (deseamos) tan benévola, sino abierta a la sugestiva (y también muy necesaria) impronta de la creación poética; Con todos los defectos y seguras limitaciones de tan modesta e insegura alocución,
inevitablemente inoculada por el germen inexplicable que infunde nuestro espíritu (¿de poeta?) intranquilo, contestatario, indócil, subitáneo, insubordinado, siempre rebelde;  aquel que aspira con la ciencia al juicio siempre sincero y contrastable con el que determinar este fenómeno especial y cada uno de sus singulares y genuinos elementos. De cualquier forma recurriremos, como decimos, muchas veces al rigor de nombres insignes y al de su ciencia, y a sus orientadoras logomaquias las cuales se invisten en la severidad de sus ajustadas y estrictas costumbres.

Observábamos con anterioridad 3 ideas especialmente interesadas e interesantes respecto del mundo poético: tiempo e intencionalidad poética; poesía y realidad; poesía: espejo del ser; causa y fin en el ámbito del poema... Atenderemos ahora a aspectos bien distintos e incidiremos nuevamente sobre algunos de los ya descritos. De cualquier forma creemos que estos juicios son dignos al menos de escucharse en la limitación de su industria entusiasta, pues,  estimamos que algunas causas de interés se acomodan al designio singular de los efectos que se indagan, y que sujetas están al ambiente vivo y extraordinario donde se hace expreso el fenómeno poético, intentando, en la medida de lo posible, no mezclarse el rigor y singularidad de su dinámica de manera heterogénea con fabulosas leyes, y las verdades que encierra la poesía en el ser y devenir no menos singular de la tantas veces fuerza inmarcesible en su arte.




                                                                         Francisco Acuyo

Notas.-

 Acuyo, F.: Signo y Poesía I.
2 ibidem
3 Ibidem




La realidad poética, Francisco Acuyo, Ancile

jueves, 3 de julio de 2014

CATEDRAL, LA SAGRADA FAMILIA, POEMA DE LA SEMANA

El poema titulado Catedral, perteneciente a Cuadernos del ángelus, 1992, lo ofrecemos para la sección Poema semanal del blog Ancile.


Enlace a la Web Ancile


Catedral, La Sagrada Familia, Francisco Acuyo, Ancile



CATEDRAL

(LA SAGRADA FAMILIA)




Catedral, La Sagrada Familia, Francisco Acuyo, Ancile


VIBRA de lejos. Casi
teñida aquella tímida
pestaña sin prodigio. De entre los
élitros que una voz surtiera como
divina luz que tasca además de los
                         [traslúcidos espejos,
propias ventanas aromáticas.
Pero fulge
celeste, donde falsas mariposas,
con infundios azules casi siempre
señalados.

CRISTALES y mejillas para abrir
apenas un murmullo.
No acaba de entre vidrios todavía
la fina luz purísima
un tanto de pulir la azucena de los pájaros
que entonces del vitral
confusos resbalasen.

LAS húmedas cabezas
que ya silbando no pensásteis
por la espuma,
oscilen como el áspid por su línea
a la selva escapando.
El dorado colmillo si la lengua
bífido en la verdura, ya respira.
Con un beso quizá
aceche tan furioso
el rubor
de un naúfrago, dormido sólo para
siempre.
Nunca el dolor germina un cuerpo
como el tigre
si con raíces hiere todo el orbe,
y a la selva
sus zarpas rinde poderosas.
YA los bambúes rayan el dolor
en ásperas criaturas cuando muere, en la
                                                           [concha
o en la arena
o en ramos de coral, aun espuma
que creciendo
no es tropel verdadero en el espíritu,
no en la vena
que hiende tras las puertas y los muros
torreados.

URBANO
asiento viste apenas con su luz
protocolaria tanta sangre, con
la noche, pero acecha.
No ampara en la penumbra
con las piernas
al desgaire,
ni así al gemido del
vestíbulo de la raposa
palaciega,
amarilla en el gozne distendido
sabiamente, y en espejuelos
o en las guijas sonoras entre muelles
de ríos verticales tras las puertas.
Escala sobre besos oxidados
en el sueño esa sombra
de farol tembloroso a vuestras plantas.

UN río puro observo.
Entre vislumbres fugitivas veo
polícroma
frontera pero arcángel,
crisol donde se escurre
con sigilo
de pantera a beber desde mi sombra,
y mientras fulge de hornacinas sacras
como el astro
en su transcurso:
¡Qué miríficas purifica las vidrieras!



Francisco Acuyo






Catedral, La Sagrada Familia, Francisco Acuyo, Ancile

martes, 1 de julio de 2014

¿EL POETA, UN FINGIDOR?

En esta entrada ofrecemos la última entrega del trabajo Signo y poesía para la sección de Pensamiento del blog Ancile, bajo el título de ¿El poeta, un fingidor?.


¿El poeta, un fingidor?, Francisco Acuyo, Ancile
Kevin Corrado



¿EL POETA, UN FINGIDOR?












LA aparente falsedad, lo fingido que alertaba Pessoa,49 atentamente observado se muestra en verdad como la imagen que amplifica en numerosas ocasiones, milagrosamente, la realidad, o, vertiéndose, como diría Salinas, 50 como exaltación de la misma. Así pues, el vigor y el rigor del lenguaje en poesía sirve para eliminar lo común y reforzar lo genuino. 51

Se entiende de esta manera que la apreciación de la realidad en poesía esté inevitablemente relacionada con la dimensión estética, pues la belleza no enmascara la verdad, al contrario, el ser poético alcanza su plenitud en la realidad misma, si armoniosamente revelada. Pero no será esta una realidad sólo apreciable estética y filosóficamente, mas sobre todo nos encontramos ante una realidad viva. El binomio vida-poesía resulta inseparable (e inevitable) para un correcto entendimiento de su relación con la realidad. Debemos entrever al menos el profundo sentido de lo que exponemos, pues, aun teniendo la palabra como idea, habremos de ser conscientes con ella a través del texto poético; así se manifiesta como unidad de sentido y sonido, que como diría Jorge Guillén 52 y, ya como poesía, se ofrece como lo que es y algo más.

Cuando decimos que el lenguaje poético se ofrece más allá de lo puramente intelectual (o conceptual), entenderemos que, con la supuesta comprensión del poema, no agotaremos su contenido. Se verá así, como rasgo común a la poesía verdadera: que la realidad vivida se muestra como singular experiencia poética, la cual, para desasirse del yo, muchas veces se vierte como aniquilación y manifestándose como un acercamiento veraz hacia la realidad del ser en el mundo y que, para algunos, ha supuesto en sus indagaciones la poesía una manifestación auténticamente religiosa. 53 Y es que el propósito poético se vierte al margen tantas veces de la «voluntas» personal del poeta, que deja emparentada la dinámica poética con el proceso de formación onírica. Resultarán de esta forma transparentes los mecanismos de comprensión teórica de Bécquer 54 o de Novalis, 55 exponiendo como denominador común a la poesía y el sueño, la apreciación que dice que ambas vierten una realidad esencial y una representación verdadera del alma. 56

Podemos observar ahora con un mejor ángulo de visión aquella lucidez de lo poético y lo onírico que proponían aquellos autores, pues veían en la poesía una forma sutil de captación de la objetividad independiente del individuo poético; queremos decir una objetividad que da cuenta de una potencia de
¿El poeta, un fingidor?, Francisco Acuyo, Ancile
Erik Johansson
conocimiento y percepción particular, pero auténtica del mundo. Y es que lo vertido como experiencia en Poesía es en realidad memoria viva que libera de las ataduras egotistas de la conciencia, pues la palabra poética es el lenguaje del espíritu, o, la palabra en plenitud que, a su vez, se ofrece como instrumento y como entidad para verterse a la realidad del ser.

Creo que puede entenderse mejor en este punto la idea de la lírica contemplación por la palabra que halagaba tanto a Gabriel Miró, 57 y a través de la cual se llega a la culminación de la vida; la vida expresada como ciencia y conciencia de lo auténtico.

Si pretendemos en la observación del poema una indagación científica, tendremos en cuenta, con Dámaso Alonso, 58 que no existe una matemática (estilística o no) capaz de una observación de todos y cada uno de los resortes que, en principio, se diría evidenciar el fenómeno poético como ciencia de la paradoja. 59 El instrumento esencial es el instinto (la intuición), porque el límite del análisis poético es en realidad un límite matemático 60 quedando impregnado de dicha limitación el mismo análisis del signo poético.

Que el significante no va a transmitir sólo conceptos, sino delicadísimos complejos funcionales 61 que se rigen por y para un solo organismo cual es la poesía, nos parece evidente, y que los significados conllevan trazas de tan enorme complejidad nos lleva a la necesidad de distinguir igualmente significados parciales para intentar hacer inteligible de la única forma aceptable el mundo de lo poético, esto es: viviendo en poesía la forma poética y su no menos acendrada complejidad.

No es pues, nueva, la aceptación de la complejidad del signo poético, ni tampoco la señalización necesaria de la insuficiencia del concepto sausseriano de signo para la poesía, ni tampoco nuevo el reconocimiento entre la vinculación esencial entre significante y significado en su ámbito particular, por todo lo cual esta disertación quiere ser, sobre todo, caldo de cultivo para el lector atento de poesía, a quien se recomienda mantenerse desconfiado del rigor mecánico propio de un análisis puramente conceptual y mantenerse, sin embargo, atento a la interacción vital y totalizadora del impulso poético.
Pretender inquirir significados netos en poesía es ignorar su propia naturaleza. Es necesario atemperar el juicio sobre el concepto como elemento interpretativo y mostrar una reserva razonable para la comprensión del todo, tantas veces irreconocible en el análisis particular de sus elementos.

Es por todo esto que, al fin, se nos antoja (y a la vista de todo lo anteriormente reflexionado, no caprichosamente por cierto) que la poesía tiene mucho más que decir como ser genuino y vivo en la distancia que, como cadáver interesadamente propicio en cercanía, para la disección de las convenciones y su análisis, y todo porque nos parece también que significa más en sí misma (la poesía, digo) que, desde luego, en manos de una interpretación manipulada, viciosa e ilusoria.

El mundo de los signos es también el mundo de lo plural e impreciso, 62 y donde la poesía vive de su incertidumbre la plenitud de lo que es y acontece. Nos llegamos a plantear en esta coyuntura reflexiva, si la poesía en sí  no se ofrece como signo singular, como unidad psíquica y estética mínima que, acaso, en sí misma guarda un significado último y se vierte cual arquetipo esencial que se designa como el ser en la
¿El poeta, un fingidor?, Francisco Acuyo, Ancile
René Magritte
belleza. 63 Es por esto quizá que lo detectamos originariamente en cualquier ámbito de la expresión artística verdadera, e incluso en cualquier disciplina del saber que exprese creativamente el acerbo de su ciencia y, en fin, en la naturaleza de todo aquello que invita a culminar plenamente en la vida de los hombres.

A fe que creo sinceramente que nadie debiera investirse de una dignidad inmerecida porque, así mismo, entiendo que los bienes, las jerarquías, el justo precio, suelen obtenerse cuando menos se los pretende; así, la poesía, ofrece con su enigmático y vívido aliento tangibles, emocionantes y subidos homenajes a quien sabe observar y ser en su seguro azar sin pretensiones. En nuestras modestas pesquisas, por lo tanto, no se ha pretendido sino solazarse entre su amable brisa, pues aconseja tal disposición al alma que sólo sabe del hermoso continente del que parte misteriosamente la vida, y del profundo contenido que encierra el espíritu en su belleza, pues la poesía comprime e imprime tanto y tan mágicamente en su alado éxtasis de ciencia unánime del mundo que excede, sin duda, todo cálculo.



                                                                           Francisco Acuyo



Notas.-

         49 Pessoa, F.: Obras completas, Atica, Lisboa, 1978.
50 Mallarmé, S.: ob. cit. nota 31.
51 Salinas, P.: ob. cit. 44.
52 Guillén, J.: ob. cit.notas  4, 14, 27, 38 y 40.
53 Santayana, G.: Interpretaciones de Poesía y Religión, Cátedra, Madrid, 1993.
54 Becquer, G. A.: Obras completas, Aguilar, Madrid, 1954.
55 Novalis: ob. cit.  nota 23.
56 Holderlin, F.: Ensayos, Ed. Libros Hiperión, Madrid, 1976.
57 Miró, G.: Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1943. 
58 Alonso, D.: ob. cit.  nota 5.
59 Acuyo, F.: en este volumen cap. ?.
60 Alonso, D.: ob. cit.  notas 5 y 48.
61 Ibidem
62 Eco, U.: Signo, Labor, Barcelona, 1973.
63  Acuyo, F: ob. cit. nota 59.





¿El poeta, un fingidor?, Francisco Acuyo, Ancile

viernes, 27 de junio de 2014

REESCRITURA DEL LENGUAJE: SIGNO Y POESÍA, TERCERA ENTREGA

En la tercera entrega, para la sección de Pensamiento del blog Ancile, presentamos: Reescritura del lenguaje, del trabajo Signo y poesía.



Reescritura del lenguaje: lenguaje, signo y poesía, Francisco Acuyo, Ancile




REESCRITURA DEL LENGUAJE:
 SIGNO Y POESÍA, TERCERA ENTREGA 








V


CREO que podemos, si no deducir, sí acercarnos con fundadas garantías de éxito, no sólo a la (casi insondable) potencialidad del lenguaje poético, también al hecho que muestra que, prácticamente cualquier signo susceptible de ser lingüístico, puede ser esencialmente poético, y en esta dinámica singular, atendiendo al poema como objeto de nuestras observaciones: que su lenguaje (poético) se vierte como lenguaje presto a recibir nuevos (y muchas veces enigmáticos) significados; momento a partir del cual empezamos a ser verdaderamente conscientes de encontrarnos en un proceso de reescritura del lenguaje. Así, veremos, con no poca perplejidad, la fantástica función referencial (piénsese en la connotación y la denotación) del signo lingüístico en poesía.

Mas, ahora volvamos al valor del símbolo que apuntábamos inicialmente y que, en poesía, tantas veces actúa como elemento de orientación clarificador, pues, si el símbolo se presenta como aquella presencia que evoca otra realidad, ya sugerida o evocada, no debe producir el efecto ilusorio que nos aleje, como espejismo, de su relación con la realidad especial de la poesía, donde el signo va a presentarse más allá de la relación inmotivada entre significante y significado, esto es, como resultado de una interacción ciertamente motivada y no siempre necesaria, siendo este uno de los aspectos esenciales del discurso poético desde donde valorar elementos inconscientes, intuitivos o irracionales como sujetos de gran estima para hacer valoraciones respecto de su extraordinaria complejidad.

Podemos constatar, si atendemos a los elementos esbozados aunque sea sólo brevemente, del riesgo cierto de equivocarse cuando enfatizamos en exceso sobre una posible metáfrasis de la poesía y que puede tener lugar en el análisis de estos o aquellos versos, o en la propia concepción de lo que la poesía sea.

Si observamos la metáfora como uno de los elementos más significativos del discurso poético e intentamos una interpretación aislada del mismo, podremos cometer errores muy significativos a su vez en la interpretación del poema, tal es la carta de naturaleza del discurso poético donde todo, inevitablemente, se relaciona con todo. Así, cuando consideramos la metáfora y sus interacciones con el signo lingüístico, si
Reescritura del lenguaje: lenguaje, signo y poesía, Francisco Acuyo, Ancile
tratamos de observar solamente la realidad designada con el nombre de otra realidad, atendiendo a relaciones de semejanza entre los elementos que la conforman, acaso estemos limitando gravemente nuestra observación, pues tratamos de inquirir aisladamente, atendiendo sólo a la comparación de los elementos constitutivos de dicha metáfora, quedando sujetos a una limitada concepción mimética emparentada sólo parcialmente a la aristotélica.
Jakobson,45 en relación con la afasia, habla en términos similares de la metáfora: como un fenómeno de traslación o desplazamiento del significado, atendiendo a las relaciones de semejanza ya señaladas; mas, a nuestro juicio, es tal el mundo que vierte no sólo de relaciones, si no también de divergencias en poesía, que la atención al fenómeno metafórico debiera en este terreno pasar por un acercamiento mucho más minucioso dada la extraordinaria complejidad que representa; apuntaremos tan sólo el fenómeno de la sinestesia que pone en jaque nuestra clásica concepción de relación-semejanza, habida cuenta de cuán difícil resulta encontrar aquella (la sinestesia) sin encontrar en la misma una metáfora.

Pero, atendamos ahora, para no dispersar en demasía nuestra exposición, en el cómo se relaciona la metáfora poética con la realidad, en tanto que puede (o debe) manifestarse como asociación de términos, o como sustitución del término real por el imaginario o de la imagen ¿Cabe la misma aserción estructural y teórica en el caso de la metáfora irracional o en de las representaciones visionarias? Para llevar a cabo reflexiones tan pertinentes y no faltas de coherencia, no parece del todo aconsejable obviar en la presencia definitoria conceptual de la metáfora, los antecedentes que, en su momento, entendemos como prehistoria de la semiótica: desde la concepción del órganon aristotélico, a la distinción estoica de significado y significante, la pedagogía y teología agustiniana, y un largo etcétera hasta nuestros día que, aunque no satisfagan del todo las necesidades explicativas del fenómeno poético y sus constituyentes singulares, los cuales, diríase funcionan tan compleja como especialmente, y pueden llegar a ser muy útiles para ver las potenciales carencias.

Podemos constatar también que la relación entre la Semiosis y la Poesía no son del todo fáciles. En fin, nadie, creemos, pretendía que lo fueran, pero así mismo estimamos  que sería sumamente interesante intentar hablar con más propiedad y rigor de todo aquello que concierne al signo poético: del signo de y en la poesía como variante digna de ser estudiada y apreciada independientemente.


VI


NO obstante de todo lo expuesto, parece que, si queremos aventurar unos servicios de investigación con garantías de éxito (para el presente bosquejo de estudio sobre «semiótica-poética»), también deberíamos atender, al menos unos instantes, más que al concepto genérico de poesía (cuestión, a nuestro juicio, motivo de otro no menos interesante debate) a su aspecto cosificado, prestando nuestra atención a su vertiente objetual. Lo estimaba acertadamente Jorge Guillén46 de esta manera, (o incluso el mismo Heidegger), 47 quien preferiría el acercamiento a la poesía atendiendo al poema como objeto, pues la poesía se ofrece siempre como espíritu indivisible en su identidad. Esta metodología supone, si no una garantía total de inteligibilidad, sí un punto esencial para el acercamiento a la realidad poética; más que hablar del lenguaje poético observar y entender en la medida de lo posible el lenguaje del poema. Será desde la observación del poema como objeto desde donde mejor visualizaremos (e interiorizaremos) el rasgo esencial de los significados en poesía, a saber: que todo viene a relacionarse con todo.

Que este rasgo es esencial viene a demostrarlo el hecho de la singularidad de apreciación y percepción tan particular de la realidad en poesía que, muchas veces no tiene por qué coincidir con la identificación cotidiana de lo que acontece. Un ejemplo podía ser la percepción y el concepto de tiempo, los cuales no parecen conectar con esa aproximación regular y correosa de nuestra visión natural de su discurrir, pues se ofrece como la dimensión en la que lo eterno y lo actual se identifican (tómese como ejemplo la concepción temporal de Antonio Machado). 

Veremos que la aproximación a la realidad, si observamos atentamente la naturaleza del lenguaje (poético), garantiza una conexión más íntima de lo que cabe pensarse en un análisis rápido y poco avisado.
Reescritura del lenguaje: lenguaje, signo y poesía, Francisco Acuyo, Ancile
Esto se nos antoja como algo primordialmente objetivable en la poesía (verdadera), la cual hace alarde de un lenguaje vivo, el cual interconecta con la realidad del poeta en virtud de una sutilísima conexión con el mundo.

Observaremos desfilar, en sugestiva sucesión, del estudio serio que garantice así mismo una aprehensión constatable de aquella relación primordial, una serie de elementos que diríanse propios del lenguaje poético y que actúan como principios esenciales sobre los cuales observar cómo se activan los mecanismos que adquieren una importancia fundamental en poesía. Enunciemos, por ejemplo, la expresión alusiva, donde el lenguaje poético se estima como objeto enigmático y donde lo absoluto y lo contingente conviven de forma totalmente natural en poesía. 

No entraremos en detalle en este momento sobre aquellos autores que, digamos, hiperbaloran el lenguaje, y sitúan a éste como eje desde donde ha de girar su mundo poético, el caso de Góngora, por ejemplo; o el de otros quienes entienden la poesía como arte sucesivo (emparentado con la música) e íntimamente conectado con el tiempo y cuya novedad esencial es el espacio: del primer tipo de inclinación expresiva veremos aspectos en verdad fascinantes como la funcionalidad del hipérbaton, de donde inferimos la concepción de la poesía como construcción y creación, todo lo cual debería hacernos reflexionar sobre la materia y el espíritu de la poesía. Lo abstracto y lo concreto del signo poético viven en una particular armonía, de la que pueden observarse también otros elementos comunes a la gran poesía, como, por ejemplo, la ausencia del yo histórico. 48





                                                                                                 Francisco Acuyo




Notas.-

46  Guillén, J.: ob. cit. notas  4, 14 y 27.
47 Heidegger, M.: Arte y Poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.

48 Guillén, J.: ob. cit. nota s 4, 14, 27 y 38.





Reescritura del lenguaje: lenguaje, signo y poesía, Francisco Acuyo, Ancile