jueves, 25 de diciembre de 2014

DIAGNOSIS ELEMENTAL PARA UNA SOCIEDAD ENFERMA: TERROR Y RESPONSABILIDAD DE SER INDIVIDUO

Para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas del blog Ancile, esta reflexión sobre la alienación del individuo en las sociedades modernas que lleva el título de Diagnosis elemental para una sociedad enferma: terror y responsabilidad de ser individuo.



Diagnosis elemental para una sociedad enferma, Francisco Acuyo



DIAGNOSIS ELEMENTAL

PARA UNA SOCIEDAD ENFERMA:

TERROR Y RESPONSABILIDAD DE SER INDIVIDUO






LOS términos ansiedad (en incluso depresión en relación con aquella), por harto familiares que ahora nos resulten en el discurrir social tan trasegado de nuestras turbadoras, por no decir perplejas y confusas jornadas imbuidas en la rutina cotidiana, no dejan de ser en realidad repertorio reciente en la clínica de las descripciones para la diagnosis psiquiátrica y psicológica, cuyas clasificaciones (y descripciones) fueron en otro tiempo, como digo, no muy lejano, propias de una suerte de melancolía metafísica aneja a la extravagancia de raros filósofos y poetas, sin duda no bien adaptados a la disciplina y dinámica social de cada época. Hoy, lejos de haber avanzado algo al respecto, creo que se agravan estas sintomatologías, ya con carácter de enfermedades bien descritas y clasificadas, en tanto que vienen a sucederse en virtud de las exigencias de una sociedad cada vez más hostil a la realización y desarrollo plenos del individuo.

Diagnosis elemental para una sociedad enferma, Francisco Acuyo                  Alejados de los miedos y ansiedades que eran propios de un entorno hostil ante la intimidación de depredadores y amenazas naturales, hoy el terror proviene, a mi juicio, manifiesto más o menos conscientemente, ante el desafío y la adversa  (y siniestra admonición)  fuerza social enajenante y arrobadora que, sin duda, arrasa más  brutalmente de lo que parece, cualquier iniciativa individual original o renovadora que ponga en peligro la paz social de la masa informe que consume y se esfuerza por no ser, resueltos decididamente en su realización a través del  tener (sin éxito, de ahí la sintomatología y enfermedad que advertimos), en pos de hundir al individuo en ese tótum revolútum que tan magras divisas produce a determinados intereses económicos, políticos y sociales. Se trata pues, de diluir cualquier iniciativa o cualquier rasgo distintivo de personalidad propia, fuera de este movimiento altamente enajenador.

                  Se dice, no obstante, que el síntoma ansioso o depresivo proviene de la exigencia social de futuro expuesta en las preocupaciones del individuo en la adquisición de bienes, de posición social, de estabilidad o seguridad económica…., donde el miedo es la expresión emocional evidente ante la responsabilidad de admitir (o de adaptarse a)  la incertidumbre para alcanzar estas exigencias, en realidad, sociológicas impuestas e individualmente impostadas.  Pero hay una razón oculta  más profunda y mucho más importante, a saber, la pérdida de la identidad personal -como manera de ser el mundo, y que es vehículo esencial para trascenderse a sí mismo- en pos de la avalancha de una psicología colectiva de consumo anuladora de cualquier impronta personal creativa que, al fin, pueda poner en peligro el equilibrio mórbido de una sociedad devoradora de lo genuino, nuevo, diferente e individual que, a l fin y a la postre es lo que hace crecer al ser humano como individuo singular, aspirante siempre a la superación de sus limitaciones.

                  Se ha dicho que los procesos de ansiedad (y o depresivos derivados de aquella) es la consecución cognitivo-afectiva innata que prepara para la supervivencia[1]. A mi humilde entender, hoy, se han transfigurado dichas respuestas  clarificadoras de manera harto sutil, pues, lo que en
Diagnosis elemental para una sociedad enferma, Francisco Acuyo
realidad oculta (y manifiesta en forma de ansiedad) es la sintomatología de una sociedad enferma (pues el anula la célula dinamizadora de aquella, que es el individuo creativo) para garantizar la supervivencia del sistema colectivo infectado a costa de la salud del individuo, el cual ha de volverse cada vez más dependiente de las necesidades colectivas impuestas con mayor o menor sutileza. La respuesta (consciente y o subconsciente) del ente individual ante esta terrible agresión contra su integridad no es otra que la manifestación clínica de la ansiedad, el miedo -y la consecuente depresión- ante la aniquilación evidente de su genuina y personal  existencia.

                  La estoicidad individual y su característico optimismo, o el impulso hedonista epicúreo, por poner sólo un par de ejemplos sensatos de respuesta a estas sintomatologías, basados en la capacidad individual racional para afrontar las contrariedades existenciales, ya no tienen cabida en nuestra civilización, la búsqueda, el hallazgo y la salida a cualquier problemática basada en la reflexión, en la meditación profunda, son iniciativas que se pretenden hacerlas inútiles para nuestra sociedad que, al fin y al cabo, está compuesta de individuos; solo queda la vía o solución parcial, provisional y transitoria de la química de la medicación  al albur de los gurús de la resiliecencia[2], mediante la que solo queda resistir o aceptar (acomodados ,o, mejor, alienados en las resueltas y modernas soluciones de una psicología sometida a los patrones serviles de una sociedad de consumo) no tanto las tribulaciones existenciales personales –afectas tanto al dolor como a la belleza-[3], como la enajenación de lo más genuino y necesario para la expresión, realización y el avance de nuestras sociedades: el individuo.


Francisco Acuyo





[1] Barlow, D.: Anxiety and its disordes, Paperback, 2004.
[2] Rojas Marcos, L.: Superar la adversidad, Bookot. Espasa Calpe, Madrid, 2011.
[3] Acuyo, F.: Elogio de la decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la Belleza, Jizo ediciones, Colc. Origen y destino, Granada, 2013.






Diagnosis elemental para una sociedad enferma, Francisco Acuyo

lunes, 22 de diciembre de 2014

POEMAS PARA LA PAZ, EN POEMAS DE NAVIDAD

En segunda entrega para la sección de Poesía del blog Ancile, estos Poemas de Navidad titulados Poemas para la Paz, con mis mejores deseos de paz, amistad y poesía para el año que se no va y el nuevo que se aproxima.











POEMAS PARA LA PAZ





Poemas para la paz, Francisco Acuyo, Ancile



ÁNGEL DE LA PAZ


 Para Laurita
pequeña



   ARDE el arrabal.
Niños de la guerra
vienen a llevar
a un ángel herido
agua, leche y pan.

   Ángel de bondad
sus alas extiende
de amor fraternal
y a los niños toma
dulce aletear.

   Sangre de cristal
por la herida mana
que los niños van
secando al muy triste
ángel de la paz.

   Arde el arrabal.
Niños de la guerra
van, vienen y van
al ángel herido
a llevar un poco
de agua, leche y pan.






Francisco Acuyo






Poemas para la paz, Francisco Acuyo, Ancile

sábado, 20 de diciembre de 2014

POEMAS DE NAVIDAD: EXPECTACIÓN DE MARÍA, DE LA POETA ROSÁURA ALVAREZ

El blog Ancile quiere unirse al fervor navideño con poesía. Lo haremos en dos entradas. Esta primera porta un precioso poema de la poeta Rosaura Álvarez, titulado Expectación de María, antes del nacimiento,  con el que queremos desearles unas fiestas sosegadas y, a ser posible en buena compañía.




Poemas de Navidad, Expectación de María, Rosaura Álvarez, Ancile




EXPECTACIÓN DE MARÍA

ANTES DEL NACIMIENTO





Quedose quieta.
Ya nanas por las sienes,
linos entre las manos,
¡qué no levante el cierzo!
El hálito azorado, al no saber
unción de tanta dicha:
¿Cómo se mira a Dios sobre el regazo?




Rosaura Álvarez





Poemas de Navidad, Expectación de María, Rosaura Álvarez, Ancile

jueves, 18 de diciembre de 2014

ANCILE: PÓRTICO, EL AROMA DE LA FLOR DE ORO

Traemos para la sección de Poema semanal del blog Ancile, una primicia que, aunque perteneciente al poemario Ancile (acaso uno de los libros más herméticos y unitarios de su autor, según algún interesado en su poesía) en su primera edición (1991), incorporará en la segunda edición que se está preparando, algunos poemas inéditos y una estructura nueva. De entre esos poemas se encuentra este en prosa, titulado Pórtico, El aroma de la flor de oro, que ofrecemos como novedad para los seguidores habituales de este blog.



Enlace a la Web Ancile



Ancile: Pórtico, El aroma de la flor de oro, Francisco Acuyo, Ancile





PÓRTICO, EL AROMA DE LA FLOR DE ORO





Ancile: Pórtico, El aroma de la flor de oro, Francisco Acuyo, Ancile




  EL CURSO DE LA LUZ NO OCULTA EL NUMEN que fulge delectable en el espíritu, ni el ser de sombra acaso que nos muestra con clara incertidumbre, como ciencia cuyo saber ardiente invita lejos: más allá de la causa y su razón, si en su concepto palidece la verdad que apenas se refleja. El tiempo que discurre (si sueña) no calcula los valores perdidos (traspasados) de infinito a su paso.

No es ayer, si mañana todavía aquella senda por la que, dorada, anduve, pues, expresa su camino no trazado lo más íntimo de mi ser, si para conocer trazado. No hereda del espíritu la luz total con que concebir la celeste polaridad de los opuestos: no ha llegado sino a balbucir el signo que trasciende lo cierto iluminado.

 Bien sé que sufro, pero, a otra luz su dolor fue distinto, que no vi finalidad o método a la vida muy abstractos; la expresión de lo total se hizo preciso cuerpo ante mis ojos sin conciencia: ninguna fantasía inhibe el corazón de lo que nunca se discierne sino a la luz de lo no pensado, pues acontece libre y expreso bellamente, incorruptible, siempre a la autoridad en cuyo olvido de soberbia se duerme su vital naturaleza impracticable. 

Cual camino providente que a la cima de un sí mismo conspira en su cumbre no pisada: es la vida y la conciencia línea en promiscuo círculo de amor puro sobre el aroma de su flor de oro. Ved aquí el unívoco y diverso fruto de su feroz diálogo, si fue alma con el mundo apenas e insospechada luz de otra conciencia.

Ved, digo, en esta lúcida presencia la razón no pensada que cavila sin hipótesis la divinidad de lo vacío, de la nanidad que colma el alma de los nombres, de las palabras no habladas
que una vez fueron, formaron vuestros dioses. Ved aquí esas potencias psíquicas que esculpen a hierro y fuego los corazones más feroces para el sueño del amor. Ved ahora las figuras que, conmigo, pasean los parajes del locus amoenus cabalmente, como espíritus amigos que muestran un estado sin contenido en la conciencia.

Cada aurora nos confunde como objeto de sus sueños, nos prende sobre su pecho como la luz arrebolada que la observa en lo ajeno; corazón fraterno que es imagen de otro yo mismo, unánime que, continuamente, nace en la fuente, bajo el roble, en la cumbre, sobre la hierba, o, entre la lírica mano que funde su caricia musical con el vívido silencio que ilumina en lo ignoto resonando.

Espíritu consciente que en la senda cristalina de su ánima ha supuesto en esta expedición hacia la cumbre, la fuga del fenómeno dulcísimo que engaña al corazón de sus adeptos. Entre la piedra viva que mi mano aferra fulge la premisa del mundo todo que a leyes no tocadas pertenece pues, son acceso fértil a los principios que acontecen tan comunes a la mente desasida de cualquier metafísico concepto: urdido está mi pecho a su tejido celeste sin razón de opuestos. No hay ascesis, sino vital reserva de amor y libertad genuina de conciencia.

Ya en la cima, de otra vida que no sea su culmen desligado, retorno y desciendo a observar los rastros de lo que una vez fue apenas vivenciado. 

Amarillo, glauco, azul; níveo, rojo, magenta, gris cerúleo; naranja, rosa y límpido violeta. Al templo de la cumbre nuestro pájaro se eleva entre preclaros signos de místicas sombras y trémulas siluetas. A la orilla del tiempo, apenas lirios: cielo nocturno sobre ebúrneas rosas; trémulos enigmas, cuyos signos vívidas almas destilan pétalos carnales; sueña el aire el espíritu que alienta entre el mundo dormido el corazón rotundo, cuyo pálpito de fuego en lo efímero prende cual vida eterna. Sobre la tierra agreste aquella luz ilumina la sombra ultraterrena, el silencio, sublime melodía, en lo carnal su corazón transforma en espíritu y música celeste.






Francisco Acuyo (del libro Ancile (1991 en primera edición), la segunda edición se prepara en estos momentos)






Ancile: Pórtico, El aroma de la flor de oro, Francisco Acuyo, Ancile

martes, 16 de diciembre de 2014

SUEÑOS DE LA MATERIA Y MATERIALIDADES DEL ESPÍRITU, SEGUNDA ENTREGA

Segunda y breve entrega de Sueños de la materia y realidades del espíritu, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas del blog Ancile.



Sueños de la materia y realidades del espíritu, 2 Francisco Acuyo




SUEÑOS DE LA MATERIA Y 
MATERIALIDADES DEL ESPÍRITU


II





CUANDO se dice que el alma, el espíritu (la mente) han de estar vacíos de sí mismos para que la creación –como fuente originaria, prístina, genuina- sea posible, se pone en evidencia dos tipos de nihilismo, a saber, uno, singular (moral, intelectual e incluso epistemológico), tan propio de la modernidad (y postmodernidad) y que se dice imbuye el entorno y el núcleo mismo de nuestros días; y otro que muy bien no tiene que estar emparentado con el enunciado y que mantiene un carácter marcadamente metafísico y, por tanto, fuera de tiempo y de lugar para los más radicales positivistas.  El segundo puede conectarse con el lenguaje del misticismo (y tiene, tradicionalmente una condición o naturaleza espiritual); el primero, netamente materialista, hizo caso omiso a esta opima tradición y vertiente espiritual, y se habría paso como realidad ambivalente o alternativa, primero filosófica, después como posibilidad científico positiva que decantaría en el pensamiento materialista positivo y, al fin, como manifestación intelectual y de pensamiento hoy amplia ciertamente reconocida.

                 El ser (platónico aristotélico) y toda su panoplia de significado y sentido, se ofrece en nuestra cultura occidental enfrentado a aquella otra nada, por cierto muy singular y de no menos (acaso mucho más) arraigado abolengo (por ejemplo, en nuestro continente, echkariana, o, en oriente, budista -mahayana-). Y es que la nada en occidente se identifica con el sentimiento del horror vacui, acaso olvidando totalmente que en ella, en la nada, en el vacío, se encuentra el principio de toda realidad.

                La visión materialista (¿acaso burda aceptación de la ontología aristotélico platónica?) no cae en la cuenta de que es necesaria la liberación de lo conocido -percibido o ideado- pues, cualquier proceso creativo necesita del olvido, del abandono o de la mors mystica como vía de generación genuina que, por ejemplo, en poesía, la cual se establece como modelo singular de creación mediante el lenguaje,  este se manifiesta con la ruptura, la violencia, el desvío de la norma común para someter las palabras y su dimensión conceptual y racional con el fin de superar los significados de la convención lógica, o lo que es lo mismo, para dar el salto necesario en la consecución de la liberación del espíritu de cualquier previo ajuste, acuerdo o norma, y todo por propiciar la verdadera realización creativa.





                                                                                                     Francisco Acuyo





Sueños de la materia y realidades del espíritu, 2 Francisco Acuyo

lunes, 15 de diciembre de 2014

UTOPÍAS MAQUETAS. FÉRREA NORMATIVIDAD Y UNIFORMIDAD SOCIAL, CUARTA ENTREGA.

Entregamos en esta ocasión la cuarta parte de Utopías Maquetas, del profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección de Microensayo del blog Ancile, bajo el título  de Férrea normatividad y uniformidad social.


Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, Ancile


UTOPÍAS MAQUETAS.
FÉRREA NORMATIVIDAD Y UNIFORMIDAD SOCIAL



Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, Ancile


R. Ruyer ha destacado el carácter normativista de toda utopía que conlleva habitualmente un afán de imponer en todas las instituciones sociales la mayor uniformidad y homogeneidad posibles, impidiendo así el despegue de la individualidad,   la creatividad,  la espontaneidad y la autonomía humanas. La utopía es por ello mismo, en expresión de F. Laplantine, el frenesí de la organización y de la planificación. Todo en utopía se debe planificar y ordenar por parte del Estado hasta en sus menores detalles y con absoluta precisión. Sus funcionarios expertos proyectarán cuidadosamente todos los aspectos de la vida social y de la vida del ciudadano (súbdito, más bien) -desde el plano de la ciudad hasta la forma de los sombreros o  el color de los vestidos y ropajes, desde el rígido horario de trabajo hasta el menú de cada día de la semana- a fin de prevenir toda irrupción del capricho, de la fantasía humana y de la individualidad, consideradas siempre desastrosas.
El objetivo último de los utopistas, como ha señalado Miguel Ángel Ramiro Avilés, “es controlar todos los comportamientos, lo cual se alcanza mediante la aplicación estricta de las leyes ya sea fruto de la adhesión o de la ejecución forzosa”[1]. Y en el caso de que algún comportamiento haya sido omitido por las normas y esté exento de regulación, la sociedad de Utopía actúa, según Lyman Sargent, conforme a una regla general: “si el Derecho no dice expresamente que se puede
Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, Ancile
hacer algo, no puedes hacerlo”. Se impone, así, una norma general de clausura que evita cualquier tipo de laguna jurídica prohibiendo aquellos actos que expresamente no están permitidos ni prohibidos[2].
            El ideal que el legislador y diseñador utopista procura realizar es algo que, en última instancia, es sobremanera angustiante y deshumanizador: un estado totalmente planificado y uniforme en el que los hombres no tengan identidad propia, carezcan de deseos y aspiraciones individuales o personales y todo el mundo deba actuar de la misma manera. Según R. Ruyer el utopista propugna la uniformidad -que parece dar sensación de seguridad, reducir las diferencias individuales y promover la sociabilidad, la abnegación, el altruismo- y  rechaza lo heterogéneo, la diversidad, la pluralidad; Detesta, de esta manera, todo aquello que es único y original, lo que diferencia y personaliza. Desde La República de Platón, pasando por La Ciudad del sol de Campanella, la Utopía de More o el Viaje a Icaria la de Etienne Cabet, en toda utopía se procede a una verdadera nivelación de los individuos, convertidos en simples piezas anónimas e intercambiables de una máquina escrupulosamente aceitada.
Según F. Laplantine la necesidad de mantener las sociedades utópicas fijas e inmodificables, determina tanto el estancamiento de sus instituciones y de sus relaciones sociales, como la uniformidad geométrica de su organización social, lograda siempre a decreto limpio. La pasión por la regularidad exagerada se convierte en una auténtica perversión de ese bienhechor apetito de orden, que está en la base de todo ideal político y que, asociado con la pasión del poder, puede transformarse en fuente de  tiranía, regimentación y autoritarismo. Si tratamos de comprobarlo, acudiendo a algunas de sus obras más representativas -sobre todo nos hemos centrado en este ensayo principalmente República platónica, en las cuatro más características del Renacimiento: las de More, Bacon, Campanella y Andreae[3] y en las relacionadas con el socialismo utópico del siglo XIX- veremos confirmada con creces la vigencia en la mayoría de ellas de todas estas características.
Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, Ancile
además de en la arquetípica
En efecto, en República (y en Las Leyes) de Platón todo está regulado: la vida cotidiana estrictamente reglamentada en lo referente a fiestas, creencias, costumbres, tradiciones, hasta incluso los propios juegos infantiles y sus canciones o músicas. Se prohíbe en ella todo cambio o innovación con el fin de evitar la diversidad (poikilia). La libre iniciativa individual, la diversidad y pluralidad, así como la propia autonomía están terminantemente prohibidas; constituyen factores distorsionantes, disolventes de su perfecta uniformidad, de su orden armónico. Por eso nuestro filósofo legislador escribe al respecto:

De todos los principios el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, ha de carecer de un jefe. Tampoco debe acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndole fielmente y aún en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse o comer sólo si se le ha ordenado hacerlo […], en una palabra, deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado a no soñar nunca con actuar con independencia y a tornarse totalmente incapaz de ello. En esa forma la vida de todos transcurrirá en una comunidad total. No hay, ni habrá nunca, ley superior a ésta o mejor y más eficaz para asegurar la salvación y la victoria en la guerra y en tiempos de paz, y a partir de la más temprana infancia, deberá estimularse ese hábito de gobernar y ser gobernado. De este modo, deberá borrarse de la vida de todos los hombres, y aún de las bestias que se hallan sujetas a su servicio, hasta el último vestigio de anarquía (Las Leyes, 942ª y sig.)[4].

En La ciudad del Sol de Campanella  el Estado regula todo, incluso las esferas más personales como veremos, desde la educación, el vestido, la comida, los viajes, el matrimonio y, por supuesto, la procreación y la sexualidad y cualesquiera otras actividades:

Al fin de cada semestre los  Maestros eligen las personas que deben dormir en uno u otro lugar, quiénes en la primera habitación, quiénes en la segunda […]. Cada función está presidida por un viejo de edad provecta y además por una anciana, quienes de común acuerdo dan órdenes a los servidores y están autorizados para golpear –o mandar golpear- a los negligentes y díscolos. Ambos vigilan y toman nota de la clase de servicio en que más se distingue cada niño o niña”.

Se trata con ello de lograr la uniformidad despersonalizadora incluso por vías genético-astrológicas:

Como la mayoría de los muchachos son concebidos bajo el signo de una misma constelación, a la que los supervisores del ayuntamiento carnal consideran lo más favorable, resultan de una misma  edad y se parecen uno al otro en fuerza, modales y aspecto externo. Esto genera una concordia perdurable dentro del estado, pues se tratan entre sí cariñosa y fraternalmente.

Así, también en la utopía de Gerrard Winstanley “habrá normas para cada acción que un hombre pueda hacer”[5]. La uniformidad de los individuos se refleja, lógicamente, en sus vestidos: la preferencia de los utopistas se inclina desde luego por los uniformes: en la república sansimoniana de Pierre Enfantin donde sus apóstoles llevaban barba y un singular atuendo: pantalón blanco, túnica azul-violeta y chaleco rojo abotonado a la espalda), blancos en la ciudad solar de Campanella, ya que en ambos casos significan pureza y se los puede oponer al rojo, que es el color predilecto de los movimientos milenaristas y revolucionarios.
Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, AncileEn la novela utópica de Etienne Cabet, después que su cicerone icariense le ha descrito la regimentación total de los habitantes de Icaria desde que se despiertan por la mañana hasta que llega la hora de recogerse, el visitante le interroga acerca de si una ordenación así no les parece tiránica. Explica entonces el guía, con fluidez, como si fuese la cosa más natural del mundo, que una ley así sería intolerable si la hubiese promulgado un tirano, pero no tanto cuando es adoptada por el pueblo [6]. 
Lo que no dice el guía es que no es el pueblo quien realmente la promulga y adopta libremente sino que lo hace, en todo caso, adoctrinado por la propaganda y forzado por la coerción. La Constitución, por ejemplo, fija de una vez por todas la moda: los uniformes se confeccionarán con tejidos elásticos, a fin de poder adaptarlos indistintamente a los hombres y las mujeres, a los bajos y los altos, a los delgados y los gordos. Los habitantes de utopía devienen así  “seres uniformes con idénticos deseos y reacciones, privados de emociones y pasiones”[7].
Como ha enfatizado Juan Antonio Rivera en un lúcido ensayo[8], esa pretensión obsesiva por la supresión de la individualidad y por imponer la uniformidad y la homogeneidad de todos sus integrantes, hace de la sociedad utópica una especie  de Superorganismo colectivo:

Tu utopía, Platón, se parece más que nada a un hormiguero o a una colmena, cuya forma de vida refleja un colectivismo o socialismo perfecto: la vida individual no cuenta fuera de ese ‘superorganismo colectivo’ en el que debe transcurrir su existencia[9].

Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, AncileSugiere así el potencial insectista que implica el modelo utópico, aun cuando Arnold Toynbee haya ido más lejos que las simples insinuaciones antropomórficas. En su Estudio de la historia [10] trata de comparar ingeniosamente la estructura social de las sociedades humanas imaginarias llamadas utopías, no sólo con la de los insectos sociales, sino también con las República de Platón, de Un Mundo feliz de Huxley y de las diversas fantasías de H. G. Wells Se diría que al atravesar los umbrales de la ciudad utópica penetramos en una colmena o en un hormiguero.
            Se propugna en ellas, en consecuencia, la primacía de lo público-colectivo sobre lo privado-individual (tanto en lo referente a la propiedad y la educación como a la familia y la sexualidad, como examinaremos más adelante). Se trata de sociedades configuradas como contrapunto exacto de lo que estaba ocurriendo en la Europa del XVI en el momento de su invención literaria-formal, donde el individualismo capitalista, la libre iniciativa y la libre empresa estaban destruyendo formas de vida seculares, tradicionales, aceptadas hasta ese momento y generando nuevas formas de vida y de organización socioeconómica de carácter capitalista, propias de un nuevo modo de producción social emergente: individualista, competitivo y antiigualitarista. (Continuará)



Tomás Moreno




[1]Miguel Ángel Ramiro Avilés, “La utopía de derecho”, Anuario de Filosofía del Derecho, 19, 2002, pp. 453-454.  Véanse también de este gran especialista español en el tema: Utopía y Derecho. El sistema jurídico en las sociedades ideales, Marcial Pons, Madrid, 2002; “Ideología y Utopía: Una aproximación a la conexión entre las ideologías políticas y los modelos de sociedad ideal”, Revista de Estudios Políticos (nueva época), Nº 128, Madrid, abril-junio (205), pp. 87-128;  “La función y la actualidad del pensamiento utópico (respuesta a Cristina Monereo)”, Anuario de Filosofía del Derecho, 21, 2004, pp. 439-461. La hiperregulación, nos informa Ramiro Avilés, no era considerada extraña en los siglos XVI-XVII porque el moderno Estado tenía que incrementar su presencia en la sociedad con nuevas instituciones y nuevas áreas de control.
[2] Ibid.
[3] Sobre las utopías del Renacimiento véase Eugenio Imaz (comp. e introducción) Utopías del Renacimiento, México-Buenos Aires, 1966;María Luisa Berneri, A través de las utopías, Proyección, Buenos Aires, 1970;  M. Eliav-Feldon, Realistic Utopias. The ideal imaginary societies of the Renaissance 1516-1630, Clarendon Press, Oxford, 1982; J. C. Davis, Utopía y la Sociedad Ideal. Estudio de la literatura utópica inglesa, 1516-1700,trad. Juan José Utrilla, FCE, México, 1985; F. Patrizzi Da Cherso, “La ciudad feliz” en Las ciudades ideales del siglo XVI, ed. y trad. E. Moreno, Sendai, Barcelona, pp. 64-83; Raymond Trousson, Historia de la literatura utópica, Viajes a países inexistentes, trad. C. Manzano, Península, 1995; Armand Mattelart, Historia de la utopía planetaria, trad. Gilles Multigner, Paidós, Barelona, 2000  
[4] Este texto platónico es citado por Karl Popper en el pórtico de su Parte I y en el capítulo VI de su obra La sociedad abierta y sus enemigos, op. cit., p. 109.
[5] G. Winstanley, “The Law of Fredom in a Platform”, The Works of Gerrard Winstanley, ed. G. H. Sabine, New York, 1965,  pp. 512- 528(Citado en Miguel Ángel Ramiro Avilés, “La utopía de Derecho”, op. cit.).
[6] E. Cabet, Voyage en Icarie, París, 1840. Cf. Thomas Molnar, El utopismo. Herejía perenne, op. cit., p. 206.
[7] Cf. M. Louise Berneri: “Journey through utopie”, Londres, 1950, p. 4.
[8] Juan Antonio Rivera, Carta abierta de Woody Allen a Platón, Espasa, Madrid, 2005, pp. 16-33)
[9] Ibid
[10] Arnold Toynbee, op. cit., tomo I, p. 276.





Las utopías maquetas 4, Tomás Moreno, Ancile