sábado, 21 de marzo de 2015

EL PENSAMIENTO Y LA FORMA, POEMA SEMANAL

Proseguimos con poemas del libro Vegetal contra mosaico, 1994, para la sección Poema semanal, esta vez con los poemas que cierran la sección, Tiempo, de este título.


Enlace a la Web Ancile


El pensamiento y la forma, Francisco Acuyo, Ancile
Igor Morski



EL PENSAMIENTO Y LA FORMA, 
POEMA SEMANAL



El pensamiento y la forma, Francisco Acuyo, Ancile
Igor Morski




EL pensamiento y la forma.

Una piedra está cayendo;
turbado ser distorsiona.
La superficie libera
un estanque de palomas.

Emergen sobre la luz
las alas como las ondas.
Y la luz quebró el espejo:
Quebró el reflejo la sombra.

EL mundo estaba en el alma,
estábamos en el mundo,
el mundo estaba en nosotros.
Estaba en el alma el mundo.



*




AZUCENA donde beben
mariposas el pasado.
Labio que a gustar convida
el mañana en otro labio.



*



ES su identidad:
Nada en demasía,
silencio, verdad,
siempre, todavía.







Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1994






El pensamiento y la forma, Francisco Acuyo, Ancile

jueves, 19 de marzo de 2015

TERESA DE JESÚS, SU PROYECCIÓN Y VIGENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRO TIEMPO, PRIMERA ENTREGA

Traemos para la sección de Microensayos del blog Ancile el interesantísimo trabajo del profesor y filósofo Tomás Moreno en su primera entrega, bajo el título: El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, para el año del aniversario de la mística española.



El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile




EL LEGADO DE TERESA DE JESÚS. 
SU PROYECCIÓN Y VIGENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD 
DE NUESTRO TIEMPO (Iª)




El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile




I. Teresa de Jesús: Rasgos de su espiritualidad mística
Es significativo que 2015 sea un año en el que coinciden dos grandes centenarios: el cuarto de la edición de la segunda parte del Quijote y el quinto del nacimiento de Teresa de Ávila. Y también lo es, que en la figura de Teresa se conjuguen precisamente, dos rasgos inequívocamente quijotescos (casi un siglo antes de que tal vocablo cervantino existiese): el rasgo libresco  de su afición a la lectura de los libros de caballería y de  las vidas de santos (que compartía con  su madre Beatriz) y el rasgo utópico e idealista de su decidida apuesta por la empresa o tarea a realizar: toda su vida, como la del caballero manchego, estuvo impulsada por la búsqueda de un grandioso ideal irrenunciable y aparentemente irrealizable. En el caso de Don Quijote ese ideal fue restablecer la Justicia en el mundo y “desfacer tuertos” (Francisco Rico), en el de Teresa la reforma del Carmelo.
El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile            De los múltiples y polifacéticos rasgos o dimensiones de su obra, de su biografía y de su personalidad, hemos elegido -para su análisis- algunos que, creemos, han atravesado los siglos y que pueden atisbarse o detectarse en la espiritualidad de nuestro tiempo y en algunas de las figuras místicas más ilustres y representativas de nuestro siglo XX, poniendo así de manifiesto la modernidad, fecundidad y vigencia de su legado doctrinal. Analicemos, muy sucintamente, alguno de ellos.
El primero, hace referencia al carácter inequívocamente Cristocéntrico de su experiencia místico-religiosa y de su kerigma. El segundo, se refiere a una de las características esenciales de su Camino de perfección, de su vía de purificación, consistente en la necesidad de desarrollar un proceso ascético de desapego, desasimiento y anonadamiento kenótico para posibilitar la unión mística o el desposorio con el Amado divino. Y el tercero, se centra en su decidido e incondicional compromiso con el mundo y en su confianza en el valor y poder de la oración para llevarlo a cabo adecuada y eficazmente.

a) El Cristocentrismo de Teresa de Jesús
Lo primero que nos sorprende cuando leemos los textos de Teresa de Jesús es la centralidad que toma en el itinerario de su conversión y de su espiritualidad, la figura de Cristo sufriente y redentor (algo, por otra parte, característico de la mayoría del misticismo femenino). No se trata, pues, la de Teresa, de una mística trinitaria ni teocéntrica, sino Cristocéntrica[1].
            A lo largo de toda su obra, pero de manera expresa en dos admirables capítulos, el vigésimo segundo de su “Vida” y el séptimo de las “Moradas sextas” -que constituyen, a nuestro entender, una de las claves de lectura de sus escritos doctrinales- manifiesta Teresa como eje esencial de su experiencia mística y de su fe: la humanidad de Cristo. En efecto, lo que ante todo debe destacarse en los textos aludidos es que Teresa rechaza de plano todo el extremo planteamiento espiritualista neoplatónico que, infiltrado a través de San Agustín y el Pseudo-Dionisio, impregnaba los libros de espiritualidad de su tiempo[2].
            Contra estos tratados místicos, denominados espirituales -que preconizaban como exclusivo privilegio de los perfectos la contemplación mística, entendida como “un perderse extáticamente” en la Divinidad (Absoluto), sin reconocer la mediación de la humanidad encarnada de Jesucristo- Teresa arremeterá decididamente[3]. Y se enfrenta a ellos con no disimulada indignación, afirmando que tal
El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile
extrema espiritualización “no lo puedo sufrir”[4] (Vida, 22,1 y Moradas sextas, 7, 14). La doctrina oficial decía, en efecto, que en los altos grados de la contemplación, todo cuanto no fuese puro espíritu, todo lo que estuviese inficionado de corporalidad (como lo relacionado con lo sensible e imaginativo)- habría de ser excluido como estorbo, ganga, obstáculo e impedimento de esa misma contemplación, incluyendo en ello incluso la humanidad/corporalidad de Cristo y de la Virgen.
            A tal espiritualismo extremo, Teresa siempre se opondrá, argumentando que la tentación del místico de abandonar la sacratísima humanidad de Cristo por la sospecha de que ir directamente a Dios sería más perfecto, es un total error. De tal modo que si alguien cree “que esto de apartarse de lo corpóreo, bueno debe ser”, sepa este tal que “si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino” (Moradas Sextas, 7, 6). Y concluye con una espléndida reivindicación de lo humano de Jesús: “Por esta puerta –dice- hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (Moradas Sextas, 7, 5-6). 
Apoyada en la Biblia y en su propia experiencia, Teresa mantendrá la continuidad de lo humano en Cristo en todo el proceso de su itinerario religioso-contemplativo y cristificará la mística, de tal manera que donde los demás ponen Dios, ella pone Cristo; donde los otros dicen absorción en la divinidad, ella habla de inmersión en Cristo resucitado y en su historia pre-pascual. El cambio de perspectiva con respecto a algunas corrientes místicas de su tiempo es, como se ve, total y sus derivaciones innumerables. Podemos concluir, en consecuencia, que Teresa avanzó mucho en esta vía mística que privilegiaba la dimensión de lo humano y de lo sensible corpóreo y que valoraba sobre todo la experiencia personal y vivida -de lo que no hay experiencia, mal se puede dar razón cierta- y la relación directa con Cristo, sin mediaciones. Cristo se le ofrece, le hace sentir, le habla, la embelesa, la llama hacia sí, y posibilita que se multipliquen sus experiencias extáticas.

b) Necesidad de la Kénosis 
Al final del Camino de Perfección (CP. 28, 9), cuando Teresa ha explicado ya a sus monjas la práctica de la oración, que está orientada a la unión mística con Cristo, hace su aparición una metáfora espacial: dentro de vosotras, viene a decir Teresa dirigiéndose a sus monjitas, hay “un palacio de grandísima riqueza”  todo hecho “de oro y piedras preciosas”. Ésta será la imagen clave de su mayor obra, Castillo interior o las Moradas[5]. Nuestra alma, explica allí Teresa con una candorosa comparación, es como “un castillo todo de un diamante u  muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo hay muchas moradas” (Moradas primeras, 1, 1).
Ese castillo interior solo es accesible a través de un recorrido, de un itinerario interior que nos lleva hacia el propio centro o ápice del alma, el lugar de nuestra auténtica morada intima. Lo divino -que habita el alma- es la verdad del sujeto, con él hay que juntarse no ya mediante el éxtasis (salir fuera de sí) sino con el ínstasis (adentrándose en el interior). Hay que entrar en sí mismo/a para alcanzar así el “propio conocimiento” y saber quién somos[6]. Cuando se llega a la séptima morada del castillo interior, la más íntima, cesan las manifestaciones del éxtasis: “en llegando aquí el alma,
El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile
todos los arrobamientos se le quitan”. Es la morada del desposorio. Entonces el alma y Dios “se gozan con grandísimo silencio” y paz; se aplaca la fuerza de los deseos; y ya no hay más voluntad que la divina. El alma de Teresa ya no anhela morir sino vivir. Se produce así una especie de kénosis, de “desasimiento de todo lo criado” (Cp. 4, 4 y 8,1) o de vaciamiento de sí mismo/a[7].
En la Cristología de Teresa -apunta P. Agustina Serrano[8]-  se da una clara referencia a la kénosis de la “razón por amor” (Camino de Perfección). Y esta, permítanme el juego de palabras, “razón de amor” es muy concreta y explícita: la humanidad de Jesús es lo que la enamora, la atrae y la convierte. Su presencia es real y ella comprende su anonadamiento, su entrega hasta la muerte por amor al dios-hombre Cristo y por fidelidad al plan de Dios. Y el fruto de ese matrimonio espiritual tiene que manifestarse en el mundo: “Para esto es la oración, hijas mías, de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras” (Séptimas Moradas, 4, 6).

c) El compromiso con el mundo y el valor de la oración
Para Teresa, la experiencia mística, la experiencia contemplativa no nos debe desinteresar, pues, de las cosas del mundo sino al contrario nos debe volver al mundo: Marta y María (vida activa y vida contemplativa) “han de andar juntas” (Séptimas Moradas, 4,12), deben estar de acuerdo. Tras ella, tras esa experiencia, ya no se desea morir sino vivir para servir mejor al Señor -al Amado- en el mundo. “Señor mío –escribe en Camino de Perfección- no hace nada quien ahora se aparta del mundo” (CP. 1, 4). En consecuencia, para Teresa, la aspiración suprema del cristiano no ha de ser la mística sensu stricto sino la ética (el seguimiento, la acción pastoral), como prescribe al finalizar su obra cumbre Las Moradas.
            En ello consiste la modernidad de su mística -absolutamente contraria a cualquier tipo de angelismo espiritualista o desencarnado- y tan cercana, como veremos en la segunda parte de esta ponencia, a la espiritualidad actual, derivada de la nueva cristología. “Su pensamiento encaja mejor en nuestra comprensión de la vida cristiana que en la de su tiempo”[9], afirma un experto tan acreditado como Secundino Castro, carmelita y autor -entre otras de obras- de una muy encomiable Cristología carmelitana. La experiencia mística no es, por tanto, para Teresa una desconexión o separación de este mundo, una evasión o desentendimiento de la realidad, sino una experiencia que nos permite ir más allá del éxtasis: un volver del éxtasis a la  interioridad, al ínstasis, y desde ahí –de nuevo- hacia la realidad exterior, modificando de esta manera cualquier sentido pietista, quietista o escapista[10].



                                                                                                                   Tomás Moreno





[1] Ello no quiere decir que eluda el tratamiento de la Santísima Trinidad o  del Dios Padre. Teresa no solo goza del regalo de la presencia de Cristo, su Señor, sino también el de las otras dos personas divinas: “Aquí –dice en uno de los muchos pasajes de Las  Moradas en donde se refiere a ellas-  se le comunican todas las tres personas y la hablan”.
[2] Cfr. Secundino Castro, “Una mística con los pies en la tierra”, El País, 15 de octubre de 1981. Véase también sus decisivos ensayos al respecto: “Cristología teresiana”, Editorial de Espiritualidad, Madrid, 1978 y  “Ser cristiano según Santa Teresa”, Editorial de Espiritualidad, Madrid, 1985
[3] También San Juan de la Cruz, autor del Cántico espiritual, el tratado más  cristológico de la mística cristiana, pide imágenes a todo lo sensible para reproducir la inefable hermosura del Amado, en vez de abismarse en el centro del alma. Ello es inconcebible sin la humanidad de Cristo. Santa Teresa  confiesa cómo llegó a tal opinión: “…no entendía la causa, ni la entendiera a mi parecer, hasta que tratando la oración que llevaba con una persona sierva de Dios, me avisó” (Moradas Sextas, 7, 15). Esa persona tal vez sería el mismo San Juan de la Cruz, al que en Carta a Ana de Jesús lo llama padre de su alma.
[4] En Teresa de Jesús, Obras Completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1997.  El texto del Libro de la Vida (22, 1) dice así: “Porque les parece que, como esta obra (la contemplación) toda es espíritu, que cualquier cosa corpórea la puede estorbar […] mas que entre en cuenta este divino cuerpo (el de Cristo) con nuestras miserias […] no lo puedo sufrir”.
[5] Teresa de Jesús, Obras Completas, op. cit.
[6] Es evidente la influencia de San Agustín en este proceso de búsqueda que la mística Teresa propone al encuentro del Señor amado por la vía de la interioridad, en el mismo “centro” de su alma: “Noli foras ire, in te ipsum redi; in interiore homine hábitat veritas. Et si tuam naturam mudabilem invenius, trascende te teipsum. Illuc ergo tende, unde ipsum lumen rationis ascenditur” (Confesiones X, 33, 50) (No vayas fuera de ti, entra en ti mismo, en el hombre interior habita la verdad. Y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo. Encamina, pues, tus pasos allí donde la luz de la razón se enciende”).
[7] Para Patricio Peñalver (La mística española (siglos XVI y XVII), Akal, Madrid, 1997) esta cuestión  del vaciamiento no debe interpretarse como una aproximación de la mística carmelitana al quietismo o nihilismo de raíz eckhartiana. El tema radical y esencial en la mística carmelitana de la aniquilación del alma y deshacimiento, la busca no voluntarista de una determinada pasividad del alma no se parecen en lo más mínimo y, sobre todo, no en su acento afectivo y su tono amoroso, al nihilismo especulativo. El caso es que los místicos españoles –carmelitas, sobre todo, en un clima en que el afectivismo de franciscanos y agustinos prevalece sobre el intelectualismo de dominicos y jesuitas- no se muestran interesados por “superar” el destino mortal del alma. El teresiano “muero porque no muero (Vivo sin vivir en mí…) apunta exactamente a lo contrario. .
[8] “La racionalidad apasionada. Acercamiento a la relación razón y amor en la obra ‘Camino de Perfección’ de Santa Teresa de Ávila (1515-1582”, Teología y Vida, Vol. XLVI, nº 3, Santiago de Chile, 2005
[9] S. Castro, “Una mística con los pies en la tierra”, art. cit.
[10] El teresianismo protestante inglés y alemán -de Allison Peers, Truemann Diecken o Ernst Schering (Mystik und Tat) ha mostrado cómo la santa de Ávila no se encierra con su experiencia mística en un dudoso pietismo o escapismo: “en su vida el misticismo es fuente de dinamismo interior y de actividad creadora”, como muestra toda su vida y su obra fundacional. 





El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo, Tomás Moreno, Ancile

martes, 17 de marzo de 2015

TIEMPO, DE VEGETAL CONTRA MOSAICO

Para la sección de Poema semanal del blog Ancile, traemos los dos primeros poemas del libro Vegetal contra mosaico, 1994, publicado en la Fundación Jorge Guillen de Valladolid. Poemario de singular estructura que ofrece al lector cuestiones vitales y poéticas con un acento que tal vez no ha vuelto a repetirse en obras posteriores.


Enlace a la Web Ancile





Tiempo, Vegetal contra mosaico, Francisco Acuyo, Ancile



TIEMPO, DE VEGETAL CONTRA MOSAICO




Tiempo, Vegetal contra mosaico, Francisco Acuyo, Ancile





TIEMPO




A J.M. Blecua




ETERNA rosa que extremas
amor de sombra de amor:
y la vida otro dolor
entre las rosas supremas.


*


EN torno a la piedra
el alma reposa,
extiende su imagen
y cambia la forma.
El alma se mira
mientras fluye en la onda,
se extiende en la luz,
persigue su sombra.


*



DESHUMANO aquel bosquejo
vivo estuvo de su mano.
Deshumano aquel refl ejo
que estrechó la vida en vano.
De su mano, en el espejo,
con la imagen deshumano.
EN el cauce de los siglos
está el donde lo vivido.
Caudal de lirios y rosas
del corazón parecía
al alcance, y perla el alma
a ese cáliz de la brisa,
y en espíritu del tiempo
que se aroma todavía.





Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico (1994)





Tiempo, Vegetal contra mosaico, Francisco Acuyo, Ancile

domingo, 15 de marzo de 2015

JUAN MELÉNDEZ VALDÉS, EN CONTRA DE SÍ SU PENSAMIENTO

Raro entre los raros, si por olvido medimos una obra poética, estaría el afrancesado -amigo de Jovellanos y Cadalso- Juan Meléndez Valdés, jurista, político y sobre todo poeta (1754, Ribera del fresno, Badajoz, 1817, Montpellier) el cual recuperamos para la sección, precisamente de, Los raros, del blog Ancile. Esta selección mínima de sus versos para  aquellos que Lucha en contra de sí (su) pensamiento.



Juan Meléndez Valdés, en contra de sí su pensamiento, Ancile.




 JUAN MELÉNDEZ VALDÉS, 
EN CONTRA DE SÍ SU PENSAMIENTO


Juan Meléndez Valdés, en contra de sí su pensamiento, Ancile.




¡OH!, qué don tan funesto
es Fabio, un corazón sensible
cual débil muro puesto
de un mar airado al ímpetu terrible.




Oda, XXXI


QUÉ sedición, ¡oh cielos!, en mí siento,
Que en contrapuestos bandos dividido,
Lucha en contra de sí mi pensamiento.

Elegía V





ODA DE LA NOCHE





¿Do está, graciosa noche,
tu triste faz, y el miedo
que a los mortales causa
tu lóbrego silencio?
¿Do está el horror, el luto
del delicado velo
con que del Sol nos cubres
el lánguido reflejo?
¡Cuán otra, cuán hermosa
te miro yo, que huyendo
del popular ruido
la dulce paz deseo!
¡Tus sombras, qué suaves,
cuán puro es el contento
de las tranquilas horas
de tu dichoso imperio!
Y extático, los ojos
alzando, el alto cielo
mi espíritu arrebata
en pos de su luceros.
Ya en el vecino bosque
los fijo, y con un tierno
pavor sus negros chopos
en formas mil contemplo.
Ya me distraigo al silbo
con que entre blanco juego
los más flexibles ramos
agita manso el viento.
Su rueda plateada
la Luna va subiendo
por las opuestas cimas
con plácido sosiego.
Ora una débil nube
que le salió al encuentro,
de transparente gasa
le cubre el rostro bello;
ora en su solio augusto
baña de luz el suelo,
tranquila y apacible,
como lo está mi pecho;
ora finge en las ondas
del líquido arroyuelo
mil luces, que con ellas
parecen ir corriendo.
Él se apresura en tanto,
y a regalado sueño
los ojos solicita
con un murmullo lento.
Las flores, de otra parte
un ámbar lisonjero
derraman, y al sentido
dan mil placeres nuevos.
¿Dó estás viola amable,
que con temor modesto
solo a la noche fías
tu embalsamado seno?
¡Ay! ¡Cómo en él se duerme
con plácido meneo,
ya de volar cansado,
el céfiro travieso!
Pero ¿qué voz suave,
en amoroso duelo,
las sombras enternece
con ayes halagüeños?
¡Oh ruiseñor cuitado!
tus trinos melodiosos,
tu revolar inquieto,
me dicen los dolores
de tu sensible afecto.
¡Felice tú que sabes
tan dulce encarecerlo!
¡Oh! ¡Goce yo contino,
goce tu voz, y al eco
me duerma de tus quejas,
sin sustos ni recelos!




DE MIS VERSOS






Dicen que alegre canto 
tan amorosos versos, 
cual nuestros viejos tristes 
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos 
pretensiones ni pleitos 
vivo siempre entre danzas 
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme? 
¿Pueden mis dulces metros 
no sacar los ardores 
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan, 
de vil codicia ciegos 
inicuos atesoran 
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia 
hierven y horror sus pechos, 
cuando riente el mío 
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan 
mientras que en paz yo duermo, 
tras el fugaz fantasma 
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede 
cada cual su deseo, 
pero yo antes que al oro 
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras 
o a deleznables puestos, 
a delicias y gozos 
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas, 
que mejor que no duelos 
son los sorbos süaves 
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije, 
que festiva al momento 
me dio llena otra copa 
gustándola primero.
Y entre mimos y risas 
con semblante halagüeño 
respondiome: «¿Qué temes 
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen, 
bebamos y bailemos, 
que de tus versos dulces 
yo sola juzgar debo»




EL GABINETE




¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!

Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.

Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,

y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,

coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.

Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,

y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.

Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.

¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.

¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.

¡Oh!¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!

En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;

y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.

Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.

Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.

Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.

Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,

que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.

Y tú sosténme, ¡oh Venus!
sosténme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.




A UNOS OJOS



LETRILLAS

  I

 Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.

            II

   Niña, tus ojuelos
no sé cómo son,
que siendo mi vida
 me matan de amor.
 Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren contentos,
o amorosos miren,
o airados retiren
todo su esplendor,
tus ojuelos, niña, 
me matan de amor.
   Si se alzan al cielo
llenos de temores,
o colman de flores,
con mirarlo, al suelo,
   o abaten el vuelo
a mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
   Niña de mis ojos,
¿cómo son, me di,
los tuyos que así
glorias dan y enojos?
   Y si sus despojos
mis potencias son,
¿para qué, mi vida,
 me matan de amor?
   Si me sois piadosos,
¿cómo me matáis?
Si no, ¿a qué me dais
la vida amorosos?
   ¡Ay, ojos hermosos!,
¿a qué tal rigor,
que siendo mi vida,
me matáis de amor?




SONETO



Al Sr. D. Gaspar de Jovellanos, del Consejo
de S. M., oidor en la Real Audiencia de Sevilla




Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.

El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.

Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,

alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.



LA PRESENCIA DE DIOS





Doquiera que los ojos
inquieto torno en cuidadoso anhelo,
allí ¡gran Dios! presente
atónito mi espíritu te siente.

Allí estás, y llenando
la inmensa creación, so el alto empíreo,
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable a un tiempo ostentas.

La humilde hierbecilla
que huello, el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta
y esconde en el abismo su honda planta,

el aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo el universo anima,

me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,

y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su elevada cima,
la hierbecilla crece
por tu soplo vivífìco y florece.

Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto al elefante,
del átomo al cometa rutilante.

Tú a la tiniebla obscura
das su pardo capuz, y el sutil velo
a la alegre mañana,
sus huellas matizando de oro y grana;

y cuando primavera
desciende al ancho mundo, afable ríes
entre sus gayas flores,
y te aspiro en sus plácidos olores,

y cuando el inflamado
Sirio más arde en congojosos fuegos,
tú las llenas espigas
volando mueves y su ardor mitigas.

Si entonce al bosque umbrío
corro, en su sombra estás, y allí atesoras
el frescor regalado,
blando alivio a mi espíritu cansado.

Un religioso miedo
mi pecho turba, y una voz me grita:
«En este misterioso
silencio mora; adórale humildoso».

Pero a par en las ondas
te hallo del hondo mar; los vientos llamas
y a su saña lo entregas,
o si te place, su furor sosiegas.

Por doquiera infinito
te encuentro, y siento en el florido prado
y en el luciente velo
con que tu umbrosa noche entolda el cielo

que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y el ángel puro que tu lumbre adora.

Igual sus himnos oyes
y oyes mi humilde voz, de la cordera
el plácido balido
y del león el hórrido rugido;

y a todos dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente.
¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.

Óyele blando, y mira
mi deleznable ser; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y doquier tu deidad mis ojos vean.

Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que a cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.

Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.


Juan Meléndez Valdés



Juan Meléndez Valdés, en contra de sí su pensamiento, Ancile.