miércoles, 20 de marzo de 2013

KIERKEGAARD, EL FILÓSOFO DE LA ANGUSTIA, EN SU BICENTENARIO

Sören Aaaby Kierkegaard, filósofo de la angustia, en el bicentenario de su nacimiento, en la sección de Microensayos del blog Ancile, por el catedrático de filosofía Tomás Moreno. Pensador fundamental para los existencialismos del siglo XX (y de nuestro admirado Miguel de Unamuno), es traído a estas páginas digitales muy apropósito para deleite de los interesados en lo más granado del pensamiento de cualquier época. 


Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno




EN EL BICENTENARIO DE KIERKEGAARD,
 EL FILÓSOFO DE LA ANGUSTIA



Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno





I. La biografía de Sören Aaaby Kierkegaard (1813-1855), uno de los grandes filósofos europeos del XIX e indiscutible punto de referencia del existencialismo del siglo XX, es  muy pobre en sucesos: a excepción de un par de viajes a Berlín casi no salió de Copenhague. Una holgada renta familiar, le permitió vivir dedicado por entero a su producción literario-filosófica. No obstante, vivió su propia vida de forma intensísima, interpretando a menudo las propias vicisitudes personales como signos de un destino inexorable.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            Kierkegaard  nace en Copenhague, en el seno de una familia acomodada. Es el séptimo y último de los hijos de Michael Pedersen Kierkegaard y de Ann,  ex-empleada doméstica de éste, con quien se había casado en segundas nupcias. El padre, de orígenes muy humildes, había llegado a ser un acaudalado comerciante textil. En plena madurez, cuando tuvo su último hijo (Sören) con 56 años, ya hacía más de un decenio que se había enriquecido lo suficiente como para retirarse de los negocios y dedicarse al estudio y a la educación de sus siete hijos. Imbuido de una profunda, severa y opresiva religiosidad, que transmitirá a toda su familia, era un hombre atormentado y triste. Kierkegaard llega a calificarlo como “el hombre más melancólico que nunca he conocido”. Sin embargo, para único disfrute del hijo, conservaba una viva e incluso exuberante imaginación, además de manifestar unas dotes dialécticas que maravillaban al joven Sören, sobre todo en las discusiones filosóficas y teológicas que gustaba de mantener con sus visitantes.
            De su madre poco sabemos, aparte de su actitud protectora y tierna con los suyos.  Es extraño que Kierkegaard, tan locuaz sobre sí mismo y sobre su padre, nos diga tan pocas cosas de ella y apenas la mencione en sus escritos[1].   Si sus relaciones con su madre fueron tiernas y afectivas, no podemos decir lo mismo con respecto a las que mantuvo con su padre, al que sin embargo amaba profundamente: hasta el final de su vida arrastrará un tormentoso conflicto con él.
            Aunque era el hijo favorito, Kierkegaard recordaba su infancia como terriblemente dolorosa. Había sido un niño enfermizo, y todavía más en plena adolescencia como consecuencia de un desgraciado accidente: en 1828, al caer de un árbol mientras jugaba, Kierkegaard sufre una lesión en la columna vertebral y como secuela su espalda adquiere un arqueamiento pronunciado[2], lo que acentúa el aspecto quebradizo y débil del futuro filósofo. La salud de Sören será muy delicada durante toda su vida.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            Por otra parte, su educación, basada en una severa religiosidad pietista y centrada en un cristianismo tenebroso, según decía él mismo, le había sumido en una situación vital y existencial angustiada. En 1821, ingresa en el colegio de Borgerdyscole, donde se prolonga la educación religiosa imperante en su casa. En 1830 asiste a la Universidad de Copenhague, inmersa en esos años en la disputa entre la teología y la filosofía racionalista. En 1833, se produce su encuentro con el teólogo luterano Hans Lassen Martensen (1808-1884), que despierta su vocación religiosa. A través de él recibe las ideas del alemán Friedrich Schleiermacher (1768-1834)[3]. Su influencia sobre Kierkegaard fue profunda y se mantuvo viva hasta la muerte del filósofo danés. Sören destaca muy pronto en sus estudios de teología, siguiendo los pasos y la vocación sacerdotal de su hermano mayor, Peter Christian, que años más tarde llegaría a ser obispo luterano de Aalborg.
            Tras la muerte de su madre en 1834, la familia queda reducida a su hermano y su padre (sus otros cinco hermanos ya habían muerto). En julio, el joven Sören huye de su casa tras una disputa con su padre; cuando pasan unos meses regresa al hogar paterno, cargado de deudas, que su padre paga. Interrumpe en 1835 sus estudios de teología y en 1837 conoce a una jovencísima Regina Olsen, de quien se enamora. El 9 de agosto de 1838 muere su padre, quien poco antes ha confesado a su hijo su lacerante y angustioso “secreto” (Kierkegaard, más tarde, denominará esta revelación el “gran terremoto” de su vida). Queda dueño así de una doble herencia: por un lado, de una fortuna considerable; pero por el otro, de una inagotable angustia, caracterizada por la obsesión del pecado.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
Para honrar su memoria, decide proseguir sus estudios de teología, que concluirá en 1841 con una tesis doctoral titulada Sobre el concepto de ironía. Por ese tiempo rompe su promesa de matrimonio con Regina, que había contraído un año antes (septiembre de 1840), devolviéndole el anillo. Regina le suplica que vuelva a ella, pues está realmente enamorada, pero Sören -a pesar de amarla apasionadamente- se muestra frío y desdeñoso. La ruptura es inevitable: “Ella ha escogido la vida, yo he escogido el dolor”, escribirá en sus Diarios (que se publicarán póstumamente).
Se traslada a Berlín (1841-42), donde durante algunos meses se convierte en oyente de las lecciones Schelling. Pero su fascinación por el pensador alemán dura muy poco. En 1843 regresa a Copenhague. Redacta y publica, bajo seudónimo[4], O esto o lo otro. En ella se inserta el famoso Diario de un seductor. Este mismo año, también en Copenhague, aparecen publicados La repetición y Temor y temblor,  que obtienen un gran éxito: la fe aparece ya caracterizada como paradójica y ejemplificada con la historia de Abraham e Isaac, y la angustia ante Dios analizada como “temor y temblor”.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
En 1844 publica, también bajo seudónimo, dos obras con las que se aleja definitivamente del pensamiento hegeliano: Migajas filosóficas y El concepto de la angustia. Ésta es una de sus obras capitales y más conocidas, en ella que analiza con gran profundidad psicológica el problema de la angustia, a la que considera como estado de ánimo inherente a la existencia humana. Su repercusión es clave en el nacimiento y desarrollo del existencialismo europeo posterior.
En 1845 aparece una de sus obras más acabadas y sistemáticas, Estadios en el camino de la vida, exhaustivo estudio sobre los tres estadios de la vida humana estético, ético y religioso, y el “salto cualitativo” que se produce en la vida del individuo al pasar de uno a otro. Los Estadios incluyen, en su primera parte, una narración titulada In vino veritas (atribuida a un tal William Afham), en la que Kierkegaard, alude a un banquete, al final del cual cada uno de los cinco comensales invitados, Juan el Seductor, Víctor el Ermitaño, Constantino Constantius, el Jovencito y el Mercader de Modas, emiten amargos juicios sobre el amor y las mujeres.
En 1846 ve la luz Post scriptum conclusivo no científico a las Migajas filosóficas, obra que, bajo su irónico título, esconde una crítica a fondo de la filosofía hegeliana. En 1847 Kierkegaard trabaja en la redacción de Mi punto de vista, que aspira a ser arreglo final de cuentas con la filosofía sistemática. El filósofo afirma en ese texto que toda su obra debe ser entendida desde el punto de vista de la religión.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
En 1848 experimenta su segunda crisis mística; la primera había tenido lugar al escuchar la confesión de su padre, cuyo recuerdo no dejaba de atormentarle.  Kierkegaard, de treinta y cinco años, habiendo ya vivido más de lo que consideraba posible o justo, siente las conmociones de una nueva metamorfosis espiritual: tenía que intentar convertirse en sí mismo y considerar su melancolía “metiendo a Dios en el aprieto”. La metamorfosis anunciada tuvo lugar el 9 de abril. “Toda mi naturaleza ha cambiado”, escribió emocionadamente. “Mi íntima reserva, mi introversión, han desaparecido. Debo hablar. ¡Gran Dios, dame la gracia!”. En 1849 bajo el seudónimo de Anti-Climacus, Kierkegaard publica una de sus más importantes obras, La enfermedad mortal o De la desesperación y el pecado: un estudio sobre el pecado, trasgresión fundamental de la moral cristiana. La fortuna heredada de su padre está a punto de diluirse, junto con la prosperidad de la que hasta entonces había gozado Dinamarca. En 1850 publica La escuela del cristianismo, y, por último, sus Discursos edificantes (publicados con su propio nombre). Los cinco años siguientes son laboriosos y conflictivos en extremo.
            En octubre de 1855, Kierkegaard retira del banco los últimos fondos y poco después cae desmayado en la calle. Sufre parálisis en las dos piernas. Su estado se agrava, pero se niega a reconciliarse con la Iglesia oficial  incurablemente descarriada y con su propio hermano, el obispo. Muere el 11 de noviembre, en una clínica de Copenhague.
II. Todos estos datos y detalles biográficos son significativos a la hora de poder comprender su concepción filosófica, que él entendía no tanto como conocimiento objetivo de lo real cuanto como una reflexión existencial del individuo. Los “Diarios” indican precisamente los múltiples nexos, con frecuencia intrincados, entre su biografía y su pensamiento.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            En efecto, la vida privada de Sören estuvo marcada sobre todo por tres hechos: la relación con su padre, ya aludida, la enigmática “espina en el costado”, y la breve relación con su frustrado amor, Regina Olsen. En más de una ocasión Kierkegaard insinuó o dijo francamente que su sufrimiento era su parte en la culpa secreta de su padre. El padre, se ha conjeturado a partir de los escritos de Kierkegaard, le confesó su secreto: al parecer, cuando era todavía niño y un pobre pastor, maldijo a Dios por los muchos sufrimientos que padecía; desde entonces, se sintió perseguido por ese pecado de sacrilegio. Si esta suposición era cierta lo ignoramos, pero en cualquier caso el piadoso viejo debió de sufrir el horrible tormento de la culpabilidad y el miedo durante toda su vida. Cuando, en un periodo de dos años, la madre y tres de los niños murieron, la sensación familiar de tristeza por estar sometida a un trágico destino de castigo y culpa se agravó: tanto él como Peter, su hermano, estaban convencidos de que -por causa de ese pecado paterno- una maldición divina pesaba sobre toda la familia y de que ellos también morirían pronto.
            En lo referente a su “espina en el costado” (utiliza también otras expresiones: “aguijón en la carne”, “discordia” o “desproporción”) nadie sabe con precisión qué pudo haber sido. Lo cierto es que Kierkegaard una y otra vez alude a ella en sus escritos, afirmando que es lo que le impide entablar las relaciones normales en la vida y lo que le sujeta a la consciencia del pecado y de la culpa. “Soy, en el más profundo sentido de la palabra”, observó, “una individualidad desdichada que desde sus primeros años ha estado siempre afectado por uno u otro padecimiento, rayanos en la locura y que deben tener sus raíces más profundas en una desproporción entre el alma y el cuerpo; pues (y eso es lo extraordinario) no tenía nada que ver con mi mente”[5].
            Esa enigmática expresión (de reminiscencias paulinas) nos llevaría a esta inquietante posibilidad: que Sören estuviese acomplejado por su deformidad física o que fuese impotente. El hecho de que consultase a un médico para ver si éste podía resolver “la discordia entre lo psíquico y lo físico” y, actuando a través de su voluntad, llevar a cabo “el universal ético” del matrimonio, hace probable, según algunos, que su problema fuese sexual.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            El tercer hecho, y sin duda condicionado por el anterior, fue su relación con Regina Olsen. Prometido con la joven, Sören rompió el noviazgo -como ya vimos- al cabo de un breve tiempo, convencido de no poder llevar una vida “normal” en la situación matrimonial y de ser una “excepción”[6]. La había conocido en mayo de 1837, siendo ella una bella muchacha de 14 años. Tres años más tarde se promete con la joven, pidiendo su mano. Pero sólo unos meses después rompe inexplicablemente el compromiso: cree que la muchacha es una tentación que puede apartarle de su camino, ocultando el aspecto moral y religioso -y también el fisiológico o psíquico personal- que tal vez le ha llevado a tomar semejante drástica e inesperada decisión.
            En su obra Temor y temblor habla de su frustrada experiencia amorosa y afirma que ha renunciado a la muchacha por un mandato divino. En  su Diario de un seductor, Kierkegaard cuenta muchos detalles de su relación amorosa con Regina Olsen e intenta explicar algunas razones de su ruptura, enmarcándola en el carácter inconciliable entre la vida estética y la vida ética: él se siente consagrado por entero al culto de lo Absoluto y tiene conciencia de ejercer, como tal, un sacerdocio o vocación “religiosa” incompatible con el matrimonio, por su exigencia de total entrega[7].
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            Algunos biógrafos aluden -como uno de los motivos de su ruptura- al hecho de padecer de melancolía, evidentemente, una herencia paterna y familiar; otros, al temor de ser aceptado por ella no por verdadero amor sino por “compasión”. Theodor Haecker señala un hecho que indudablemente tuvo que pesar, y mucho, en su renuncia a casarse con su amada Regina, su torturante e inasumida deformidad física: “Kierkegaard tenía quizá un atormentado miedo de que sus hijos pudieran ser semejantes a él, y un miedo todavía más atormentado de que tales hijos pudieran incurrir en la perdición eterna y sucumbir al mal. Sabía por propia experiencia qué pequeña es la distancia que separa a un hombre deforme como él de lo demoníaco”[8]. El 3 de noviembre de 1847 Regina Olsen contrae matrimonio con Fritz Schlegel, hecho que -según testimonia su Diario- provoca a Sören una viva desesperación.
            En lo referente a su vida pública, tres son los grandes acontecimientos (en realidad confrontaciones intelectuales) que marcaron su trayectoria filosófica y espiritual: la primera contra el “sistema” hegeliano, la segunda contra la “cristiandad establecida” y la tercera contra la “prensa”, a raíz de sendas polémicas ocasionadas por el ataque del periódico satírico de Copenhague, “El Corsario”, de M. A. Goldschmidt y por el enfrentamiento con el obispo Martensen.
Aunque en su juventud  sólo le interesara la lectura de autores como Platón,  Goethe, Schiller o Heine, y -como confiesa en sus minuciosos y doloridos Diarios- en sus primeros años de universidad saciara sus apetencias de saber filosófico en los sistemas idealistas alemanes,  primero a través de intermediarios daneses y más tarde directamente, con los años, la filosofía clásica alemana -de Fichte, Schelling y Hegel- se convirtió para Kierkegaard en paradigma del error, del orgullo intelectual y de la frialdad religiosa. De ahí que entablara con ella -y en especial contra Hegel- una ardua y sutil polémica que sólo acabó cuando el filósofo danés cerró definitivamente sus ojos, en una clínica de Copenhague.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
El “sistema filosófico” en cuanto tal, fue combatido por Kierkegaard en nombre de exigencias tanto teóricas como éticas: la pretensión de una hojeada objetiva sobre el mundo es insostenible (ya que todo pensador no es más que un individuo existente, inmerso en la temporalidad) e inmoral (en cuanto es una huida de la propia responsabilidad individual): solo la subjetividad es la verdad. En 1843 comienza su extensa polémica contra el sistema de Hegel y su desprecio de la subjetividad: O esto o lo otro, (1843), el Post scriptum conclusivo no científico a las Migajas filosóficas (1846) y Mi punto de vista (1847), son los escritos en los que lleva a cabo su ajuste de cuentas con el hegelianismo.
Por “cristiandad establecida” entiende Kierkegaard la situación histórica en la que el mensaje cristiano, exaltado en palabras, es de hecho convertido en letra muerta, sometido a compromisos y mundanizado, privado de su verdad más profunda y terrible: la relación “personalísisma” y “absurda” entre el individuo pecador y Cristo. De ahí sus críticas y objeciones, expresadas en su Post scriptum (1846) contra la Jerarquía de Iglesia oficial danesa, a la que acusa de tibieza y de componendas con el poder político y la burguesía para oprimir a los más pobres, a las que seguirán muchas otras. En 1850 en su La escuela del cristianismo la acusará de practicar una religiosidad sin  riesgo y sin sufrimiento. En 1854 tiene lugar la ruptura final de Kierkegaard con la jerarquía eclesial luterana de Dinamarca denunciando sus actitudes acomodaticias y de estar excesivamente influidas por el hegelianismo. El cristianismo, para él, sólo puede practicarse a imitación de Cristo.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            La “prensa”, inicialmente, es combatida por ser expresión e instrumento del principio de lo “anónimo” que rige en la sociedad moderna (y al que Kierkegaard contrapone el “individuo”).    En 1845 aparece una de sus obras más acabadas y la más sistemática de todas ellas, Estadios en el camino de la vida. Un periódico satírico de Copenhague, “El Corsario”, publica una malhumorada reseña de esta obra, y Kierkegaard arremete contra el temible periódico, soportando estoicamente las burlas e sus insultos de la revista, que no ahorran referencias canallescas a su contrahecha figura. El escándalo es considerable, porque Kierkegaard gozaba del respeto y la simpatía de todos los daneses sin excepción. De ese cariño y de esa devoción, además del que sacaba de sus propias reservas místicas, se alimentó espiritualmente K. en estos críticos momentos.
 III. En vida de Kierkegaard, pocos escritores daneses eran conocidos en el resto de Europa, con una excepción: la de Hans Christian Andersen (1805-1875), cuyos cuentos infantiles eran célebres a través de las traducciones al inglés y al francés[9]. Sören Kierkegaard, obtuvo en su país, desde la publicación de su primer libro, en 1841, un enorme éxito; sin embargo, hasta bastantes años después de su muerte Kierkegaard permaneció ignorado para el público de la mayor parte de Europa.
Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno
            Tuvieron que pasar muchos años y una guerra mundial para que el pensamiento del filósofo danés ocupara el sitio que le correspondía en la cultura europea y ejerciera una poderosa influencia en la historia contemporánea de las ideas. El derrumbe moral, político y económico implícito en el estallido y desarrollo de la guerra fue un factor determinante en el “descubrimiento” de Kierkegaard llevado a cabo por los pensadores alemanes y franceses. El análisis de los problemas del existir concreto, hizo de Kierkegaard, en efecto, un punto de encuentro para pensadores como Martín Heidegger (1889-1981), Karl Jaspers (1883-1969), Jean-Paul Sartre y, sobre todo, para nuestro Miguel de Unamuno, que tanto le interesó e inspiró[10].
            Pero el pensamiento de Kierkegaard no influyó solamente en la filosofía del siglo XX; otras numerosas áreas del conocimiento muestran hoy su impronta, por ejemplo la teología. Corrientes que hoy se conocen como “teología dialéctica” y “teología de la crisis”-cuyo representante más conspicuo fue el teólogo protestante alemán Karl Barth (1886-1968)- serían impensables sin su influjo. Su legado filosófico y doctrinal constituye un decisivo aporte al pensamiento contemporáneo y asegura la continuidad y vigencia de este el gran escritor y pensador danés[11].



                                                                                               Tomás Moreno



[1] Ben-Ami Scharfstein, Los filósofos y sus vidas, Para una historia psicológica de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1984, pp. 286-291.
[2] Sobre su incidencia en su compleja personalidad véase: T. Haecker, La joroba de Kierkegaard, Rialp, Madrid, 1956.
[3] Para quien sólo la experiencia individual subjetiva consigue iluminar en profundidad cualquier pensamiento religioso, juzgando inútil y peligrosa cualquier fundamentación racional del cristianismo, actualizando así el “credo quia absurdum” de Tertuliano.
[4] La mayoría de sus escritos, salvo excepciones contadas, los publica bajo seudónimo: Víctor Eremita, Johannes de Silentio, Constantin Constantius, Johannes Climacus, Vigilius Haufniensis, Nicolaus Notabene, Hilarius Bogbinder, Frater Taciturnus y, el último, J. Anti-Climacus. Tanto la diversidad de sus “géneros literarios” como su heteronimia se debieron, según algunos intérpretes, a su intento de hablar “desde dentro” de las posibilidades existenciales humanas (estética, ética o religiosa); a menudo expresan visiones del mundo contrapuestas y paradójicas con una finalidad dialéctica o mayeútica.
[5] Ben-Ami Scharfstein, Los filósofos y sus vidas, Para una historia psicológica de la filosofía, op. cit., p. 287.
[6] La temática de la excepción y de la irreductible individualidad del ser concreto tuvieron un peso teórico fundamental en todas sus obras.
[7] Pocos días antes de su muerte dijo a su amigo Emilio Boensen: “[…] Es la muerte; reza por mí para que me llegue pronto y bien. Estoy desazonado; tengo como San Pablo, un aguijón en la carne; por eso no puedo hacer la vida ordinaria, y de aquí deduje que mi misión era extraordinaria; procuré llevarla a cabo lo mejor que pude. He sido un juguete de la Providencia, que me lanzó y quiso valerse de mí […]. Luego tiende la Providencia su mano y me recoge en el arca. Tal es siempre la existencia y el sino de los mensajeros extraordinarios. Esto fue también lo que me cerró el camino para llegar hasta Regina; yo había creído que esto tendría remedio; pero no lo tuvo, y por eso rompí las relaciones […].” (Cit. en T. Haecker, La Joroba de Kierkegaard, op. cit., pp. 180-181).
[8] Theodor Haecker, La Joroba de Kierkegaard,  op. cit., p. 149. Magnussen, uno de sus biógrafos, enumera los rasgos de personalidad en los que coinciden algunos genios literarios (Lichtenberg, Byron, Leopardi, Pope etc.) afectados como Kierkegaard de algún defecto físico visible: la expulsión del defecto físico fuera de la conciencia; el miedo y la aversión a mirar la realidad decidida y consecuentemente; la fuerza de la ilusión casi indestructible y continuamente reavivada; la excesiva sensibilidad alternando con el cinismo y, precisamente en las naturalezas más nobles, el horror a la compasión ajena (ibidem, p. 153).
[9] La primera obra de K., titulada Papeles de un hombre que todavía vive, publicados a su pesar, fue una reseña crítica de cierta novela de Andersen y supuso la ruptura de su amistad.
[10] Para las relaciones y coincidencias entre Kierkegaard y Unamuno véanse las múltiples referencias de Pedro Cerezo Galán en su ensayo Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Trotta, Madrid, 1996. (Sin duda, la mejor y más profunda aproximación existente al pensamiento de Unamuno y uno de los ensayos filosóficos más importantes, lúcidos y admirables escritos en España durante el último cuarto de siglo).   
[11] Para comprobar el reciente interés que suscita su figura y pensamiento en los medios filosóficos hispanos, sirvan de ejemplo estas obras publicadas en los últimos decenios: Celia Amorós, Sören Kierkegaard o la subjetividad del caballero, Anthropos, 1987; M. Holmes Hartshorne, Kierkegaard: el divino burlador, Cátedra, Madrid, 1992; Peter Vardy, Kierkegaard, Herder, Barcelona, 1997; Francesc Torralba, Poética de la libertad, Madrid, 1998; Rafael Larrañeta, La lupa de Kierkegaard, Salamanca, 2002 y Carlos Goñi, El valor eterno del tiempo. Introducción a Kierkegaard, Barcelona, 1996. Además de la iniciativa, emprendida por la editorial Trotta desde 1997 a 2007, de traducción al castellano de la mayoría de sus grandes obras y escritos. 




Kierkegaard, el filósofo de la angustia, Ancile, Tomás Moreno

martes, 19 de marzo de 2013

JORGE GUILLÉN: AMOR Y POESÍA


De mi admirado y nunca suficientemente ponderado, cumbre incuestionable de la poesía española, Jorge Guillén, hemos seleccionado los poemas que siguen (colección exigua y siempre limitada del gran poeta de Valladolid), para la sección de Amor y poesía del blog Ancile, con la que sumarse a la ya nutrida cuenta de autores que conforman dicho espacio digital. Poeta que también cantó al amor con esa voz suya tan extremadamente singular y exacta y que tanto habría también de influir en mi trayectoria no solamente poética, también vital, pues supo contagiar como pocos esa alegría y pujanza vital al ámbito creativo tan particular y necesariamente imbuido de vida como es la poesía. Quede pues esta mínima pero seguro que grata y significativa muestra del extraordinario Jorge Guillén.


Jorge Guillén: amor y poesía, Ancile




 JORGE GUILLÉN: AMOR Y POESÍA



Jorge Guillén: amor y poesía, Ancile




SALVACIÓN



Ajustada a la sola
desnudez de tu cuerpo,
entre el aire y la luz
eres puro elemento.
¡Eres! Y tan desnuda,
tan continua, tan simple
que el mundo vuelve a ser
fábula irresistible.
…Mi atención, ampliada,
columbra. Por tu carne
la atmósfera reúne
términos. Hay paisaje.
Esos blancos tan rubios
que sobre tu tersura
la mejor claridad
primaveral sitúan.
Es tuyo el resplandor
de una tarde perpetua.
¡Qué cerrado equilibrio
dorado, qué alameda!…)


AMOR DORMIDO



Dormías, los brazos me tendiste y por sorpresa
rodeaste mi insomnio. ¿Apartabas así
la noche desvelada, bajo la luna presa?
tu soñar me envolvía, soñado me sentí.
Dominio del recuerdo

Un recuerdo -pasado deleitoso-
me ataca y se apodera
tanto de mí que interna primavera
me somete a su acoso.

Aquel amor aun vibra
bajo el impulso de una imagen, mero
fantasma. Pido, quiero.
un imán se me impone fibra a fibra.

El espíritu invade mi existencia
con poder soberano.
Espíritu ya es cuerpo. ¿Quién presencia
tal fusión, tal arcano?

Amor, que fue tan fuerte
durante aquel minuto fenecido,
saliendo de su nido
mental en sensación se me convierte.

Mi memoria ya es carne, ya un placer
-soñado- resucita,
ya la verdad de mi vivir da cita.
¿Alma, cuerpo ? Mi ser.




Jorge Guillén: amor y poesía, Ancile



LA CARICIA ADORMECE




La caricia adormece,
y a una región conduce
más cercana a la tierra,
a su silencio y sueño,
bien tendidos, dichosos.
Y tu cuerpo está ahí, remoto y mío,
inmóvil, invisible, descuidado,
y mientras me abandono a su nostalgia,
la oscuridad absorbe en su sosiego
de gran remanso nuestro amor flotante.

Mis manos y mis labios y mis ojos...
Mis manos y mis labios y mis ojos
rehacen
con creciente embeleso
próximo al éxtasis,
activo sin embargo,
un incesante viaje
de reconocimiento que a la vez descubre
tanta comarca donde nunca es tarde:
Aurora permanente
sobre cimas y valles.
Entre las combas y las sombras
de tu hermosura no me pierdo,
y tu nombre claro proyecta
luz muy personal sobre tu cuerpo,
que está en mi amor y fuera de
su mágico radio secreto.
Y a esa tu vida, más allá,
bajo sol y luna me entrego,
toda tú estás conmigo,
nuestro doble futuro yo lo quiero.
Pleno amor
¿Amor envuelve en las formas
de un viento? Se transfigura
bajo un viento nuestro abrazo:
concentrándose está en lucha.
Triunfo habrá para los dos,
gocémonos. ¡Oh, no hay burla
contra la fe ya animal
de toda la criatura!
Desaparece la estancia.
Una luz de anhelo y súplica
crea un ámbito al amor
con muros de sombras juntas.
Infinita, sí, trascurre
la noche. Pero se ajusta
-con la precisión de un mundo
soñado por la absoluta
claridad- a este clarísimo
destino: nuestra ventura.
Y la ventura despacio
va confiándose -nunca
más estrellas en el cielo-
a una pesadumbre suya.
Mientras -la carne es también
alma, reina tu blancura-
un ritmo acoge y acrece
la obstinación -¡qué profunda
masa tanta noche en vela!-
de esta casi calentura,
de este buen ardor.
                                   Palpitan,
humildemente nocturnas,
las estrellas como si
regalasen una luna
de paz.
             Paz en la verdad.



II




En la verdad.
                        Y se anuncia
lo más fabuloso. ¿Tumba
para una resurrección,
para llegar a ser pluma
casi indistinta del aire,
aire sobre el mar, espuma
que fuese nube en un cielo
con voz de mar?
                            No hay más ruta
que este más allá mortal:
vértigo de una dulzura
que de más vida en más vida
se atropella, se derrumba,
-¡llega a tal embriaguez
el ser que desde su altura
conspira al derrumbamiento!-
y va a la noche desnuda
con un ansia de catástrofe,
o de postrer paz, en fuga
final ¿hacia qué reposos,
qué aplanamientos, qué anchuras?
¿O hacia la aniquilación
desesperada?
                           Concluya,
concluya tanta inminencia.
Todo se confía -nunca
más estrellas en el cielo--
a su pesadumbre muda,
fatal.

            ¡Sea!

                         Fatalmente
puede más que yo la angustia
que me entrega a la catástrofe, 
-todo conmigo sucumba- 
que no será... que no es
una catástrofe -¡brusca
perfección!- por más que abdique,
y se desplome y se hunda
-amor, amor realizado-
el alma en su carne: puras.





TRÉBOLES




Cada vez que me despierto
mi boca vuelve a tu nombre
como el marino a su puerto.

*

Este volver a empezar
cada jornada sin ti,
esta sensación de mar
que navego y ya perdí...

*

Como si mi voz te alcanzase,
murmura: Amour adoré,
¿No puedes oírme? No sé.

*

Vivos estamos en la frase.
¡Qué lejos ayer de hoy!
Hondo ayer: dos fuimos uno.
Hoy no estás y yo no soy.

*

Gentes que me son extrañas:
esas que me creen solo
sin ver que tú me acompañas.

*

Así voy sin ti: perdido
por entre gentes que anulan
nuestro amor bajo su olvido.

*

La Patria, lejos, en el lodo.
Soledades alrededor.
Navidad a pesar de todo:
hijos, su recuerdo, mi amor.

*

La memoria, malla a malla,
me cubre armando su mundo.
Interior, mi noche calla.
En tu recuerdo me hundo.

*


Ya te lo decía yo.
Era imposible el olvido.
Fuimos verdad. Y quedó.

*
Sobre esta misma almohada
me acompañó su cabeza.
Sé ya ahora cómo empieza
la blancura de la nada.

*
Despierto y como no estás,
no me suena el mundo a mundo:
nunca a solas no hay compás.

*

¡Estaba yo tan contento
de ser yo, yo para ti!
¡Qué alegría ser así
dos historias en un cuento!

*

Lo que un día me dijiste
de nuevo suena en mi oído.
La soledad no es tan triste.
Ser es también no haber sido.




Jorge Guillén: amor y poesía, Ancile



DE EL ANILLO




¡Gozo de gozos: el alma en la piel,
ante los dos el jardín inmortal,
el paraíso que es ella con él,
óptimo el árbol sin sombra de mal!

Luz nada más. He ahí los amantes.
Una armonía de montes y ríos,
amaneciendo en lejanos levantes,
vuelve inocentes los dos albedríos.

¿Dónde estará la apariencia sabida?
¿Quién es quien surge? Salud, inmediato
siempre, palpable misterio: presida
forma tan clara a un candor de arrebato.

¿Es la hermosura quien tanto arrebata,
o en la terrible alegría se anega
todo el impulso estival? (¡Oh beata
furia del mar, esa ola no es ciega!)

Aun retozando se afanan las bocas,
inexorables a fuerza de ruego.
(Risas de Junio, por entre unas rocas,
turban el límpido azul con su juego.)

¿Yace en los brazos un ansia agresiva ?
Calladamente resiste el acorde.
(¡Cuánto silencio de mar allá arriba!
Nunca hay fragor que el cantil no me asorde.)

Y se encarnizan los dos violentos
en la ternura que los encadena.
(El regocijo de los elementos
torna y retorna a la última arena.)

Ya las rodillas, humildes aposta,
saben de un sol que al espíritu asalta.
(El horizonte en alturas de costa
llega a la sal de una brisa más alta.)

¡Felicidad! El alud de un favor
corre hasta el pie, que retuerce su celo.
(Cruje el azul. Sinuoso calor
va alabeando la curva del cielo.)

Gozo de ser: el amante se pasma.
¡Oh derrochado presente inaudito,
Oh realidad en raudal sin fantasma!
Todo es potencia de atónito grito.

Alrededor se consuma el verano.
Es un anillo la tarde amarilla.
Sin una nube desciende el cercano
cielo a este ardor. ¡Sobrehumana, la arcilla!







Jorge Guillén: amor y poesía, Ancile

domingo, 17 de marzo de 2013

EL ARTE DEL TIEMPO


Ofrecemos nuevas aproximaciones a la cuestión del tiempo en la sección del blog Ancile, Pensamiento, del conjunto de ensayos inédito El tiempo poético, donde se pone en consideración diversa los aspectos que atañen al  concepto del tiempo en el ámbito de la poesía, y de esta con el concepto general que se estudia en los dominios de las ciencias y de la filosofía.







EL ARTE DEL TIEMPO




El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile



      Mantener que la esencia en el arte es una suerte de fluctuación, de dinámica, de movimiento intemporal, quizá pueda entenderse en virtud de lo que el rigor exige de cualquier informado intérprete, cuando menos como una extraña (extravagante) impostura; no obstante, considero apunte necesario aquel que sólo interesa a la concepción artística del tiempo, si parece discurrir ajena a presupuestos humanistas, y cuyo origen, diríase por tanto, cosa natural de las disciplinas más próximas a la ciencia y a la filosofía que a la exégesis del arte. Mas la estética debate este aspecto esencial, a mi juicio, tan parca como parcialmente, y no nos deja más salida para el análisis que la ineludible referencia a conceptos temporales derivados del método científico y de la indagación que es propia del  filósofo.

El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      Desde la descripción aristotélica del tiempo que durante siglos fuera de precepto (y que tuvo bien conexo a su planteamiento temporal el fenómeno del movimiento), hasta la visión del tiempo y del espacio inmutables que sellaría Newton con lógica implacable (concepción, por otra parte, que disfruta de un secular predicamento aún en nuestros días, a pesar de que ofrece la cosmovisión de un mundo (o un universo) totalmente extático, y que, no obstante, observaríamos derrumbarse en virtud del concepto einsteniano del tiempo y del espacio relativos. No abocaré al lector a la inquietante perspectiva del tiempo que mantiene la física del cuantum, advirtiendo de pasada que aquél, el tiempo, en esta apasionante teoría de la física, muy bien parece que brilla por su ausencia.

      La concepción estética del tiempo tal vez exige para el arte una dinámica que se vierta como movimiento singular que no contiene tiempo alguno.

      El goce de lo estético despliega un movimiento en que el instante no es sino creación, y en su dinámica ejemplar, no contempla reglas vertiendo una belleza libre de conceptos y significados que entiendo como la más radical concepción de belleza libre kantiana. La figura (o el paisaje) indica un movimiento que no tiende a un fin, pues su dinamia es propia de un fenómeno de exuberante y vívido exceso, y es común al arte clásico y a la más radical, sofisticada y desafiante creación moderna. No obstante, la corriente fugitiva de cada pincelada, o el proceso transitorio en que dispone cada objeto es una vívida estructura que late y, sin embargo, nos asalta con la quietud de lo que, por ser único, es eterno.

      Pero si la obra de arte como tal, resulta irreemplazable, lo será en virtud de la mímesis, mas no entendida esta como una imitatio, sino extraída del uso y del concepto originales y que eran relativos al movimiento de los astros, si estos representan la pureza de la ley, de la proporción y del canon matemático que vierte al cosmos su orden inmutable.Y es que no hablo ya de que la obra de arte se sostenga en una propia estructura temporal, y su tempo, subjetivo, no pueda ser medido exactamente, sino que es movimiento que no se describe con medida temporal alguna. La ilusión de ese transcurso traducible en tiempo es muy probable que devenga a través de un ancestral equívoco; esto es : la traducción o labor de interpretación de la obra de arte (mas puede que también del mundo), desde la que se interpreta como distintos ese movimiento interno (o subjetivo) del que observa o se arrebata en la contemplación, de aquél externo, si ofrecido objetivamente por el artista.

      Cualquier interpretación, valoración o criterio de exégesis conlleva una necesidad de contingencia incompatible a la naturaleza intemporal (si no inmutable) de la auténtica obra de arte. La grandeza de ese ritmo, latido sin instante, está en que nos invita a compartir su continuo e inextinguible pulso, y hacer nuestro (ya lejos del efímero decurso de lo transitorio, y que apercibimos con la parcialidad fugitiva y falaz de los sentidos) su aliento permanente y su naturaleza para siempre duradera.

El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      Si el tiempo es devenir, la poesía y lo esencial en el arte fluyen como movimiento que dura lejos del precepto y del concepto de cualquier tiempo. Cuando olvidamos, superamos la dualidad expresa en el análisis del poema, de la obra de arte, ya indistinto el sujeto y el objeto se comienza en verdad a asaltar la auténtica naturaleza de la poesía, de lo esencial en el arte; decimos que la división ha cesado.

      La eternidad está aquí, pues participa de la realidad última: importa aquello que sucede, no cuando sucede. El tiempo se hace virtualmente redundante. Y el futuro (y el pasado) están del todo en su acción de presente contenidos.

      El tiempo (¿y su entidad?) en poesía, o en lo esencial de un cuadro, es sustituido por una durísima y abigarrada colección de espacios con diferente geometría donde no queda tiempo alguno para unirlos. La ilusión temporal en el cuadro surge del intento interpretativo tras del proceso de cristalización intemporal de su extraordinaria geometría.

      La idea o el concepto de tiempo poético ¿en qué difiere de ese tiempo mensurable y cotidiano de nuestros relojes? Desde la noción kantiana de que el mundo fue hecho con tiempo y no en el tiempo, ya planeaba la duda de si el tiempo es eterno, o si tuvo en realidad un principio. Es así que Leibniz se sintió perturbado porque un creador perfecto e inmutable pudiese originar abruptamente un universo en un momento particular. Esto conlleva: o bien que ese creador no creo nada en absoluto, o creó el mundo antes de cualquier tiempo asignable, o lo que es lo mismo, el mundo es eterno. Llevarían estas alternativas a la idea que describe el instante particular antes de que existiera el universo, con el concepto ingenioso de tiempo vacío kantiano. Pero hoy, el origen del tiempo parte de una singularidad, la cual delimita tanto el espacio como el tiempo de manera que no se puede continuar más allá de una singularidad semejante, de igual modo que no se puede continuar un cono más allá donde su vértice culmina. Es la frontera del tiempo, pero esta no se conforma como parte del propio tiempo.

El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      El poema, la poesía, lo esencial en el arte, no fluyen sino en la mente ilusa de aquel que cree que en su exégesis interpreta como uno o varios sucesos que acontecen en ese movimiento inmarcesible del ser» en la poesía. En el proceso de percepción del ser poético no se remiten los datos a la mente como a un sujeto mítico, sino que devienen totalmente, copilados todos en unívoco conjunto.

      La experiencia del tiempo está trabada profundamente con la identidad personal, y proyecta sobre el cuerpo inmanente del poema la falacia del transcurso del tiempo: la poesía es el devenir del ser, porque es el que es y el que deviene.

      La poesía es el conocimiento que nos libera del conocimiento mismo, pues no es producto del pensar. No depende de un ejercicio de la voluntad. Pensar es movimiento en el tiempo. La poesía es discernimiento: la quietud que observa su dinámica; el pensamiento tiene causa; el discernimiento es acausal. Es por tanto la acción sin causa y así mismo, sin tiempo, pues trasciende el yo que interpreta. Es el movimiento que no divide en objeto ni sujeto, es la acción que completa el mundo lejos de la experiencia propia o ajena, así como del conocimiento que de ella se derive, porque su discernimiento no es de la memoria, ni del tiempo, ni del conocimiento; es la creación que, renovada, se vierte en un instante eterno.



                                                                                                           Francisco Acuyo


El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile