miércoles, 4 de julio de 2018

DE KANT AL CONCEPTO DE CAMPO CUÁNTICO


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que sigue la dirección argumental del anterior post de esta sección, en relación al concepto y ámbito de la conciencia, y todo bajo el título, De Kant al concepto de campo cuántico.


De Kant al concepto de campo cuántico. Francisco Acuyo



DE KANT AL CONCEPTO DE CAMPO CUÁNTICO




 La referencia y auxilio a los conceptos de campos cuánticos[1] (situados fuera del espacio tiempo) parecen servir para seguir ignorando cualquier alusión al observador inevitable. Kant vuelve a la palestra aún en nuestros días en esta singular visión del mundo: sujeto y objeto son inseparables. Así las cosas, el sujeto (consciente) debe tomar cuerpo –a regañadientes- por algunos científicos en la descripción del funcionamiento y naturaleza del mundo. En cualquier caso, esta visión del mundo no es más que el intento de certificar la defunción del infinito. El fin del infinito no es sino la concreción discreta del espacio y la elusión del tiempo, sino es en virtud de la, diríase, mágica contemplación (sin sujeto) del universo macrocósmico.

                La pieza clave para la definitiva elusión del observador se remite a la información y su concepto, establecido como la posibilidad de los sistemas físicos para comunicarse, y donde  dicha comunicación se produce entre emisores materiales (diríase que en ausencia de receptores sensibles); no obstante, acaba por reconocerse que aquello que podemos saber de un sistema depende de nuestra relación[2] –receptiva-  con dicho sistema, mas, ¿Por qué esta renuencia a aceptar la consciencia como elemento primordial sobre lo que la realidad sea? Y esto aunque se reconozca que la realidad puede no estar hecha de objetos aislados sino de una variable continua que depende estrechamente de la percepción del observador.

De Kant al concepto de campo cuántico. Francisco Acuyo                No estamos en esta reflexión teórico científica haciendo una apología de una suerte de nuevo empirismo berkeleyano, donde abundar en aquello de que, ser es percibir. Tampoco en realizar una nueva confrontación con el positivismo de la ciencia decimonónica y su evidente influencia mecanicista en la actualidad, la cual insiste en que la única realidad es aquella que está al margen mismo de la mente, y todo porque a mi juicio está del todo periclitada en la actualidad por la misma
ciencia (teoría de la relatividad y teoría cuántica).

           Acaso estemos ante aquellos presupuestos que marcan la ciencia de la actualidad que el gran Roger Penrouse identificaba como Moda, fe y fantasía[3], y esto a la hora no sólo de identificar determinadas posiciones teórico-científicas como a la que hacemos referencia, centradas en todo aquello relacionado a la asepsia forzada para explicar una realidad ajena al sujeto que la observa. La estructura de la realidad ha de ser descrita por la ciencia por una matemática coherente y una experimentación contrastada y verificada rigurosamente. En la mecánica cuántica, sin embargo, existen problemas de coherencia (que deben superar el criterio matemático estético) que, no obstante, experimentalmente encuentran un respaldo contrastado, todo lo cual ha de ofrecer alternativas de explicación (como es el caso de la teoría de cuerdas[4]) para hacer concorde el fundamento matemático y el resultado experimental. La cuestión es que el aspecto sustancial de la conciencia observadora se sigue pretendiendo, sino ignorar, sí, sin duda, extraer la importancia que requiere en la configuración de la realidad, y nos parece que en modo alguno pueda decirse, al admitir dicha relevancia, que estamos ante una injustificada libertad funcional en el mismo comportamiento de la realidad cuántica del universo. En próximas entradas seguiremos abundando sobre la tendencia de la ciencia mecanicista en relegar la conciencia a la hora de reconocer su papel fundamental en la configuracion y estructura de la realidad.


Francisco Acuyo



[1] Campos cuánticos covariantes, dícense de aquellos que viven sobre sí mismos fuera del espacio tiempo, 
[2] Ob. cit: p.229.
[3] Penrouse, R.: Moda, fe y fantasía en la nueva física del universo, Debate, 2017.
[4]La teoría de cuerdas expone que el componente básico de la materia no es una partícula concreta  ni de 0-dimensiones, ni de 3 dimensiones, sino de 1 dimensional como una línea curva (cuerda) que se puede identificar matemáticamente con las superficies de Riemann y de los números complejos.





De Kant al concepto de campo cuántico. Francisco Acuyo

lunes, 2 de julio de 2018

MARIE DE GOURNAY: ADALID DE LA QUERELLE DES FEMMES EN EL SIGLO XVII


 Bajo el título: Marie de Gournay: Adalid de la querelle des Femmes en el siglo XVII, ofrecemos un nuevo trabajo del profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección, Microensayos, del blog Ancile.




Marie de Gournay: Adalid de la querelle des Femmes en el siglo XVII, Tomás Moreno


MARIE DE GOURNAY: 

ADALID DE LA QUERELLE DES FEMMES EN EL SIGLO XVII



Marie de Gournay: Adalid de la querelle des Femmes en el siglo XVII, Tomás Moreno
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En la Europa del Mediterráneo, de mayoría católica, la Contrarreforma no apostará precisamente por la instrucción y educación igualitaria de las mujeres en paridad con la impartida a los varones. Lo que se propugna en ella es una especie de adoctrinamiento de las mujeres para su edificación moral y espiritual, el cuidado de los hijos y de la familia, basado en libros de formación cristiana como los escritos por Juan Luis Vives en 1524, De institutione feminae christianae, unos veinte años antes de Trento, y por Fray Luis de León, La perfecta casada, en 1583, veinte después[1]. Michelle Perrot nos muestra, por su parte, cómo en el siglo XVII las cosas relativas a la educación de las niñas y jóvenes, y del acceso de la mujer a la cultura en general, van cambiando en Francia. Es la época de los salones parisinos; la marquesa de Rambouillet hizo de su famoso “salón azul” un lugar de refinamiento de las costumbres y del lenguaje, punto de apoyo de las Preciosas que reivindican la escritura y el hablar florido del que se burla Moliere (1622-1673) en Las Preciosas ridículas de 1659[2] y en Las mujeres sabias (1572).
Marie de Gournay: Adalid de la querelle des Femmes en el siglo XVII, Tomás Moreno            Exponente máximo de ese cambio es, sin duda alguna, Marie de Gournay (1565-1645)[3], amiga íntima y editora de Miguel de Montaigne[4], comprometida en “la querella de las mujeres”, precedente y sustrato de un pre-feminismo innovador, que reivindicó con admirable determinación la igualdad y el derecho a la educación de las mujeres[5], continuando así la obra iniciada a principios del XV por una mujer tan valiente y lúcida como Christine de Pizan, y la de las españolas Teresa de Cartagena (autora de “Arboleda de los enfermos”) e Isabel de Villena (autora de “Vita Christi”), del mismo siglo, que también nos dejaron sus testimonios a favor de la educación femenina, se rebelaron contra su supuesta inferioridad y dejaron muy claro que la educación era un soporte necesario para el progreso de las mujeres.
            Fijémonos solamente en el texto, que reproducimos a continuación, del inicio de la obra de Marie de Gournay Agravio de damas (1626), para comprobar cómo el espíritu crítico y reivindicativo de su compatriota del XV, Christine de Pizan, se mantuvo vivo y desafiante frente a la arrogancia masculina, más de dos siglos después del escrito de aquella:      

Feliz tú, lector, si no perteneces a ese sexo al que se niegan todos los bienes al privarle de libertad, de la misma manera que se le niegan también las virtudes, apartándolo de los cargos, los oficios y funciones públicas, en una palabra excluyéndolo del poder en cuya moderación se forman la mayor parte de las virtudes; para concederle como única felicidad, como virtudes soberanas y únicas, la ignorancia, la servidumbre y la facultad de hacer el tonto si este juego le place. Feliz también el que puede ser sabio sin crimen: tu condición de hombre te concede, por la misma razón que se les priva a las mujeres, cualquier acción de alto destino, cualquier juicio sublime y cualquier discurso de exquisita especulación[6].

            Apenas cincuenta años separan a Marie de Gournay de un filósofo, compatriota suyo, tan relevante en el tema que nos ocupa como François Poullain de la Barre, autor del libro De la igualdad de los sexos, discurso físico y moral sobre la importancia de defenderse de los prejuicios (1673)[7] en donde se atrevió a afirmar sin ambages, en el último tercio del siglo XVII, la igualdad de los sexos y la identidad de aptitudes intelectuales de ambos, siguiendo los pasos de su maestro Descartes, para quien “el espíritu no tiene sexo”. Y en su tratado en forma dialogada, De la educación de las damas para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres[8],  editado en París en 1674, uno de sus personajes, Sofía, se preguntará si el espíritu humano, considerado en sí mismo, es universal y capaz de toda suerte de conocimientos, para responder afirmativamente, y postular la reivindicación de la igualdad de derechos para la mujer, así como la necesidad de impulsar la fundación de centros de educación femenina. Su propuesta pedagógica sienta las bases para una posible programación educativa igualitaria y universal para ambos sexos sin distinción[9]. (Cont.)


TOMAS MORENO



[1] Así describe el fraile poeta el ideal doméstico, modesto y sumiso de la mujer cristiana  “Su andar ha de ser en su casa y […] ha de estar presente siempre en todos los rincones della. […]  Sus pies son para rodear sus rincones no para rodear los campos y las calles” (La Perfecta casada).
[2] Sobre “la querelle des femmes” vid. Oliva Blanco Corujo, “La querelle feminista en el siglo XVII”, en Celia Amorós (ed.), Actas del Seminario permanente “Feminismo e Ilustración”, 1989-1992, Madrid, Universidad Complutense, pp. 73-84.
[3] Marie de Gournay (1565-1645)  participó en la querella de las mujeres con obras como Igualdad de hombres y mujeres) (1622) y su Agravio de damas (1626). Reflexionó sobre los mismos aspectos que Christine de Pizan. Vivió en París, era de origen noble y dedicó su vida al estudio, lectura y escritura. Amiga y admiradora de Montaigne, editó y prologó numerosas versiones de los Ensayos. Vid. Montaigne, Ensayos completos, tres tomos, traducción de Juan G. de Luaces, Orbis, Barcelona, 1984.  
[4] En el fragmento final de su ensayo “De la Presunción” el autor de los Essais escribe: “Con placer he publicado en varios lugares la esperanza que tengo en Marie de Gournay le Jars, mi hija de alianza, y por la que siento ciertamente un afecto mucho más que paternal, y a la que guardo en mi retiro y soledad como una de las mejores partes de  mi propio ser. No me queda más que ella en el mundo […] El juicio que hizo de los primeros Ensayos siendo mujer y de este siglo, y tan joven y tan sola en su región, y la famosa vehemencia con la que me amó y deseó largo tiempo por la sola estima que me profesó antes de haberme visto son un hecho muy digno de consideración”.
[5] En ese empeño, y en la misma línea de Marie de Gournay, merece citarse también la obra de la alemana, afincada en Holanda, Anna María Von Schurmann, que llegó a obtener el grado universitario de doctora y que escribió: De capacítate ingenii mulieris ad sciencias (1638), en la que trata de demostrar que las mujeres tienen las mismas capacidades que los varones para dedicarse al estudio de las distintas ciencias y a desempeñar oficios y empleos similares a los de ellos.
[6] Marie de Gournay, Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres, edición de Monserrat Cabré i Pairet y Esther Rubio Herráez, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2014. Incluye, ente otros escritos, I. Igualdad de los hombres y las mujeres y II. Agravio de damas.  Sobre su pensamiento véase Mercé Otero. “Christine de Pizan y Marie de Gournay. Las mujeres excelentes y la excelencia de las mujeres”, en R. M. Rodríguez Magda, Mujeres en la historia del pensamiento, Barcelona, Anthropos, 1997.
[7] Poulain de la Barre, De l’egalité des deux sexes, op. cit.
[8] Poulain de la Barre, De la educación de las damas para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres. Introducción,  traducción y notas de Ana Amorós, Cátedra, Madrid, 1993. Véase la “Presentación” de Celia Amorós.  
[9]Sorprende la defensa que hace Marie de Gournay de la igualdad femenina así como su explícita reivindicación de educación para las mujeres con la actitud de su mentor  y amigo, Michel de Montaigne, para quien la “mucha ciencia” y educación “es arma peligrosa que entorpece y perjudica a su dueño cuando está en mano débil e ignorante de su uso. […] Puede que sea este el motivo por el que ni nosotros ni la teología exijamos mucha ciencia a las mujeres”, recordando seguidamente las palabras del duque de Bretaña cuando al ser preguntado si deseaba casarse con una mujer como Isabel, infanta de Escocia, joven sencilla y sin apenas instrucción alguna, respondió que prefería una mujer sencilla y sin letras a una cultivada y “que una mujer era bastante sabia cuando sabía distinguir la camisa del jubón de su marido” (“Del magisterio”). En otro “ensayo” (“Del amor de los padres por los hijos”) escribe: “Pues no teniendo bastante capacidad de juicio para escoger y abrazar aquello que lo merece, [las mujeres] déjanse llevar de buen grado sólo por las impresiones de la naturaleza, como los animales que sólo conocen a sus crías mientras las amamantan”.  





Marie de Gournay: Adalid de la querelle des Femmes en el siglo XVII, Tomás Moreno

miércoles, 27 de junio de 2018

DEL PRINCIPIO ANTRÓPICO A LA CONCIENCIA CUÁNTICA. UNA IMAGEN MENTAL DEL MUNDO


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos un nuevo post que lleva por título: Del principio antrópico a la conciencia cuántica. Una imagen mental del mundo.


Del principio antrópico a la conciencia cuántica. Una imagen mental del mundo. Francisco Acuyo


DEL PRINCIPIO ANTRÓPICO  

A LA CONCIENCIA CUÁNTICA. 

UNA IMAGEN MENTAL DEL MUNDO



La naturaleza corpuscular (o cuántica) de la materia es hoy día indiscutible, así lo acreditan los físicos más reputados (ya desde Leucipo, Demócrito, Lucrecio… hasta Einstein y todo el linaje posterior de físicos cuánticos hasta la actualidad), que describen la realidad como un espacio en el que las partículas se atraen a través de fuerzas –eléctricas y magnéticas-, y donde los conceptos de masa y energía no son sino caras de la misma moneda, sujetos a procesos que los transforman unos en otros (de igual modo que son ambivalentes el campo eléctrico y magnético o el espacio y el tiempo –Relatividad  General de Einstein-). Se añade en ocasiones que la descripción matemática del cosmos no es tanto un conjunto de ecuaciones, sino una imagen mental del mundo[1]. No obstante, toda la fenomenología física del universo parece que quiere remitirse a un conjunto de interacciones de todos (pongamos como ejemplo la luz y su naturaleza corpuscular, los fotones), según las descripciones de la mecánica cuántica –principio de incertidumbre-, no existen siempre, sólo cuando interactúan con otras partículas (salto cuántico), y cuya materialización se lleva a cabo en virtud de dichas interacciones.

Del principio antrópico a la conciencia cuántica. Una imagen mental del mundo. Francisco Acuyo                Dicho lo cual, surge necesariamente una interrogante, ¿cuál es la naturaleza de ese aspecto relacional o interactivo? Todo parece indicar que el determinismo propio del método científico se pone en cuestión, ya que queda sujeto a la probabilidad de que el objeto cuántico se manifieste a través de este o aquel valor de una variable de – la dicha controvertida  azarosa- interacción. Nosotros ponemos en duda el azar de dichas interacciones que, a la postre, acaban configurando la realidad física de lo que sea el mundo. Finalmente se infiere que la realidad es el mundo de acontecimientos elementales mediante el que  las cosas adquieren entidad. [2] Puede, en fin, colegirse que el mundo no está compuesto tanto de cosas como procesos sujetos a interacciones diversas, todo lo cual lleva a debatir la cuestión inevitable de ¿cómo influye un sistema físico en otro?

Del principio antrópico a la conciencia cuántica. Una imagen mental del mundo. Francisco Acuyo                Al fin, para la correcta descripción de la realidad material (física) del mundo, habríamos de hacer confluir un espacio tiempo –curvo- continuo (Einstein),  con un espacio tiempo plano, donde sólo existen los paquetes cuánticos manifestándose discretamente en forma de energía. Esta gran paradoja expuesta entre las dos teorías físicas no resulta fácil de combinar ambas coherentemente, aun funcionando las dos de manera independiente. La concepción de una teoría cuántica de la gravedad se ofrece como una alternativa de solución a este aparente contrasentido. Quiere exponerse como una visión cuantizada del mismo espacio tiempo, donde el primero, el espacio, tiene un carácter [3] Obsérvese que hasta este momento no se ha hecho referencia alguna al concepto de observador, e inevitablemente a algún tipo de conciencia interviniente en dicho proceso. Diríase que el afán por sujetarse al método positivo estricto y mecanicista de la ciencia, quisiera explicar el ámbito de lo cuántico (cuando en realidad la referencia al observador es básica para su funcionamiento físico y matemático). Esta resistencia por algunos físicos aun en el mismo ámbito de la teoría cuántica por hacer referencia a la conciencia es el motivo central de esta y otras posteriores entradas de este blog y que iremos ofreciendo paulatinamente. Tengan este primer post por una semblanza introductoria sobre una temática en verdad fascinante.




Francisco Acuyo



[1] Rovelli, C.: La realidad no es lo que parece, Tusquet, Metatemas, p. 86-87.
[2] Ibidem, p. 123.
[3] Ibidem, p.164.



Del principio antrópico a la conciencia cuántica. Una imagen mental del mundo. Francisco Acuyo

lunes, 25 de junio de 2018

LA HYBRIS DEL DESEO DE SABER, RAÍZ DEL PECADO ORIGINAL: DEL GÉNESIS A LA REFORMA PROTESTANTE


Siguiendo con la temática de la misoginia ampliamente tratada en nuestro (vuestro) blog Ancile, para la sección, Microensayos, traemos una nueva entrada que lleva por título: La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, expuesta magistralmente por el profesor Tomás Moreno.

La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, Tomás Moreno



LA HYBRIS DEL DESEO DE SABER,

RAÍZ DEL PECADO ORIGINAL: DEL GÉNESIS 

A LA REFORMA PROTESTANTE



La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, Tomás Moreno


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La modernidad de estas palabras e ideas contrasta abismalmente con la mentalidad antifemenina que se manifiesta en los tratados teológicos, eclesiásticos y pedagógico-doctrinales sobre las mujeres que aparecen a lo largo de todos esos siglos bajomedievales y renacentistas[1]. Basándose en la literatura patriarcal teólogos ortodoxos como santo Tomás de Aquino,  afirmaban que Eva, la mujer, perseguía dos cosas con su deseo de alcanzar sabiduría. La primera, poder determinar por sí misma el bien y el mal para conducir su vida, así como conocer de antemano lo que le deparaba el futuro. La segunda, lograr la felicidad por sí misma, por su propia mano. Con ambas pretensiones desborda la medida establecida por Dios a su condición humana. El pecado original consistió en este deseo de un bien espiritual desproporcionado a su naturaleza, lo que es un acto de soberbia. Es decir, lo bueno y lo malo para el hombre lo determina Dios solo, y la felicidad es un don gratuito que solo cabe obtener de Él; el hombre que prueba a conseguir ambas cosas por sí mismo en vez de esperarlas de Dios quiere suplantarle, ser como Él. Esta soberbia o “hybris” le mereció el castigo a Eva, castigo que recayó también sobre el género humano.
La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, Tomás Moreno            Siguiendo las aportaciones de García Estébanez a este respecto podemos inferir que los teólogos de la Reforma interpretaban que lo que buscaba Eva con su conducta era sustraerse a la autoridad de Adán o al menos compensar su inferioridad natural haciéndose con algún conocimiento que la pusiera a la altura de su marido. Aunque tanto Lutero (1418-1546) como Calvino (1509-1564) sostenían que Eva no era inferior en nada a Adán, al pasar a la exposición concreta de los roles de una y otro olvidaron por completo la teoría. Para justificar el orden doméstico, en que la mujer está sujeta al varón, Lutero arguye que ya en la creación, aunque iguales, había en Adán un toque de gloria y nobleza que no tenía su equivalente en Eva. Y el hecho es, según comprueba Lutero por experiencia, que la mujer de su tiempo seguía siendo tan dependiente del marido como antaño, pues sólo anhela y desea lo que éste quiere[2].
            Para Calvino, por su parte, el rol de Adán era cuidar el jardín y relacionarse con Dios; el de Eva, en cambio, era cuidar el vínculo con Adán y asistirle, mientras su relación con Dios era indirecta, a través de la que tenía con Adán. Aplicando a la vida familiar su doctrina sobre los primeros padres, el reformador ginebrino hablaba, ciertamente, de la mujer como un “complemento” del marido, pero era una complementariedad de desiguales. Empleó la analogía de los padres de la Iglesia: el hombre era la mente, la mujer el cuerpo y su principal obligación era “complacer a su marido” y “serle fiel pasara lo que pasase”.
            En la interpretación de John Milton (1608-1674), en su obra El Paraíso perdido (1671), Eva quería eximirse de su responsabilidad ante Adán; quería valer por sí misma, ser una individualidad y no un mero apéndice de su marido, que es lo que Dios había querido; el resultado de su pretensión fue la expulsión del Paraíso: querer ser libre e igual a Adán es perder el Paraíso, perder el amor de su compañero, perder la felicidad de ambos; la garantía de la felicidad matrimonial y la del amor de su marido es su sumisión a éste. Su deseo de emanciparse acrecentó su dependencia y la hizo gravosa. Santo Tomás ya había puntualizado este extremo: la mujer fue creada en sujeción, pero en el Paraíso la hubiera llevado voluntariamente, mientras que después de pecar ha de sufrirla incluso en contra de su voluntad.
            La Ilustración alemana vio en la conducta de Eva un intento de quien quiere superar el estado de infantilismo y constituirse en adulto, dado que las virtudes del hombre del Paraíso eran la obediencia y la estupidez. Para Schiller, por ejemplo, Eva representaría el Prometeo femenino, una bienhechora de la humanidad que robó el mayor de los bienes, retenido por la envidia de los dioses, el conocimiento emancipador. El Dios bíblico, en opinión de Hanna Wolf, sería una especie de patriarca que exigiría una total obediencia excluyendo cualquier tipo de emancipación: habría creado al hombre infantil para asegurar su obediencia, prohibiéndole conocer el bien y el mal para así evitar cualquier tentación de insumisión o rebelión. La culpa de Eva sería una felix culpa, una culpa afortunada pues nos puso en el camino del progreso y la libertad[3].
La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, Tomás Moreno            Sea cual fuere la interpretación que elijamos entre todas ellas como más correcta o verosímil, no cabe duda de que el deseo de saber femenino, la curiosidad de la mujer intervino, y de modo no liviano, en el fatal desenlace que nos describe el relato genesíaco. Precisamente por ello la historiadora francesa, Michelle Perrot, se sentirá legitimada para escribir en ese mismo sentido: “De alguna manera, la figura de Eva es emblemática: ella muerde la manzana por ávida curiosidad. La Iglesia medieval la sustituyó por la imagen serena y meditativa de la Virgen con el libro”[4]. Sin embargo, esa aspiración al conocimiento y al deseo de saber por parte de la mujer rebrotará –según la historiadora francesa- de nuevo como un legado de la Reforma: “Desde este punto de vista, la Reforma es una ruptura. Al transformar la lectura de la Biblia en acto y obligación de cada individuo, hombre o mujer, el protestantismo contribuye a desarrollar la instrucción de las niñas. La Europa protestante del Norte y del Este se cubre de escuelas para ambos sexos. El feminismo anglosajón es un feminismo del saber, muy diferente del feminismo de la maternidad de la Europa del Sur”[5].
            En efecto, señalan Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, aunque los protestantes también predicaron como los católicos el papel subordinado de las mujeres, su inferioridad natural y su comportamiento obediente y solícito respecto del marido, los teólogos de la Reforma también valoraron el fervor, la piedad activa y el éxito en el mundo, y lo glorificaron como el verdadero testamento de la fe. “En el protestantismo no eran los humildes y obedientes quienes heredaban el Reino de los Cielos, sino los astutos, los fuertes y los audaces. Era  como si, por definición se negara el acceso a la salvación a los creyentes ejemplares: Si se le permitía leer, una mujer podía finalmente descubrir esta contradicción por sí misma”[6]. El dogma católico no presentaba estas flagrantes contradicciones. En su veneración de la humildad, la aceptación de sufrimiento y de la resignación y las buenas obras, siempre se valoró a la mujer como esposa y madre:

Quizá debido a esta diferencia en los mensajes de las religiones –concluyen las historiadoras estadounidenses- , durante los siglos XVIII y XIX en las naciones protestantes conocerían mayor éxito los grupos que trabajaron para conceder derechos a las mujeres. Aunque la fe no favoreció estos cambios, el protestantismo, en mayor medida que el catolicismo, promovió circunstancias y actitudes que permitieron a las mujeres organizarse en su propio nombre, asegurarse su lugar como iguales y mantener sus victorias. De manera no intencionada, el protestantismo contribuyó al largo proceso por el que la mujer europea empezó a liberarse de las denigrantes y desvalorizadoras premisas alimentadas y formalizadas durante tantos siglos en nombre de la verdad religiosa[7]. (Cont.)

TOMÁS MORENO



[1] Cf. el libro de Margaret L. King Mujeres renacentistas. La búsqueda de un espacio, Alianza Universidad, Madrid, 1993, en el que se  incluye la biografía de otras mujeres que vivieron entre los siglos XV y XVI y que, junto a Christine de Pizan y María de Gournay,  defendieron la igualdad de la capacidad intelectual de las personas cualquiera que fuera su sexo, dejando en sus escritos testimonio de ello. Entre ellas podemos recordar a Isotta Nogarola, Casandra Fedele, Laura Cereta, Olimpia Morata en Italia, Caritas Pirckheimer, Clara Pirckheimer en Alemania, Margarita de Angulema en Francia, Jane Grey e Isabel Tudor en Inglaterra.  
[2] E. García Estébanez, Contra Eva, op. cit. pp. 47-50. Lutero escribía de su esposa Katharina von Bora lo siguiente: “Mi esposa es más sumisa, complaciente y amable de los que yo me aventuraba a esperar” (Citado en Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres. Una historia propia, Crítica, Barcelona, 2007, p. 284).
[3] E. García Estébanez, Contra Eva, op. cit., p. 51 y ss. passim..
[4] Michelle Perrot, Mi historia de las mujeres,  op. cit., p. 122-124.
[5] Ibid., p. 116. El subrayado es nuestro.
[6]Anderson, Bonnie S. y Zinsser, Judith P. Historia de las mujeres. Una historia propia, op. cit. 2007, pp. 290-291.
[7] Idem.






La hybris del deseo de saber, raíz del pecado original: del Génesis a la Reforma Protestante, Tomás Moreno

miércoles, 20 de junio de 2018

EL POEMA: MÁS ALLÁ DE LOS PROCESOS MECÁNICOS DE LA CIENCIA. TERAPIA Y POESÍA


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos el post que lleva por título: El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía.

El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo




EL POEMA: MÁS ALLÁ DE LOS 

PROCESOS MECÁNICOS

 DE LA CIENCIA. TERAPIA Y POESÍA






El medio singular terapéutico que ofrece el elemento retórico poético pone de manifiesto el especial diálogo que va mucho más allá de las experiencias (vitales, emocionales….) compartidas, lo que hace es plantearnos hechos cuya verdad introspectiva está sujeta a idea de la belleza, y cuya concepción tiene mucho que decir de la naturaleza de nuestra mente y del conocimiento que a través de ella que es posible constatar. Pero, atención, esto es un conocimiento no acumulador y por tanto parcial, su dinámica es siempre integradora y, por eso, sería mejor hablar de comprensión o entendimiento que de conocimiento mismo. Su extraordinaria singularidad radica en que entiende con palabras el significado más allá de las palabras. El entendimiento poético, como fuerza vital integradora y dinámica se sitúa en un plano o estadio que trasciende lo netamente intelectual que implica una llamada de interés hacia un grado de atención que, normalmente, se encuentra secuestrado por el juicio racional, lógico, conceptual, o, también anulado por convenciones de la más diversa especie.

El buen poema sugiere más allá de los procesos mecánicos de la misma lengua y de la marcha consciente de nuestro pensamiento, y lo hace de manera abierta, libre, creativa. Nos ofrece un aprendizaje nada convencional para entenderse a sí mismo, pues lo primero que exige para su comprensión es el rechazo a cualquiera cosa aprehendida y, por tanto, condicionada, si nos impide ver
El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo
la realidad de nuestra angustia, tristeza, depresión…. lo cual implica un intelecto imbricado íntimamente en las emociones. De esa acción de entendimiento surge muchas veces una silenciosa respuesta que nos deja sin palabras, y donde no hay elección, ni juicio, ni análisis, solo un percibir, un darse cuenta en el que sobran explicaciones y cesan las ansiedades y la tristeza y las contradicciones, porque hemos visto lo que es en su totalidad. Aquí sobran explicaciones y cesan las ansiedades y la tristeza y las contradicciones.

Lo más extraordinario que manifiesta el componente retórico del poema es que nombra sin nombrar en tanto que, si verdadera poesía, aquello que nombra se manifiesta como un hecho que expone la necesidad tergiversadora de la mente cuando verbaliza, y que en el poema se exhibe o revela como sentimiento, emoción… como un hecho no sujeto ya a la mente, sino como un proceso completo activo que vive el hecho; la palabra deja de ser palabra para ser acción. La palabra poética nos libera del yo en tanto el hecho de lo que es, de lo que somos, no plantea una solución a este o aquel problema, sino que (en el discurso poético) se centra en la compresión íntegra del problema. Por eso los procesos metafóricos nombran sin nombrar, para romper con la palabra y ver el hecho. La palabra poética hace de la poesía la destructora de la palabra y el conocimiento mismo para enfrentarnos a la estructura misma del pensar.

La poesía nos confronta con nosotros mismos diluyendo al observador y a lo observado, y donde la palabra ya no es palabra, solo es acción y movimiento del entender, del aprender de nosotros y de la relación con el mundo sin censor ni censura. La poesía es atención perturbadora y catártica que nos libera del conocimiento y del proceso del pensar. Nos invita a indagar en la verdad que no tiene continuidad porque no tiene sitio, lugar ni tiempo; nos enseña que la verdad es siempre nueva, es vida siempre renacida. La palabra poética nos enseña que lo real no puede nombrarse y que, en realidad, la mente no la puede alcanzar sino es en virtud del silencio al que invita, del vacío, si es que en verdad la poesía es el olvido mismo de la palabra con la palabra insólita, inaudita, nunca antes pronunciada de la poesía.




Francisco Acuyo





El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo