viernes, 4 de enero de 2019

OTTO WEININGER O LA NULIDAD ONTOLÓGICA DE LA MUJER (I). VIENA 1903: UN DISPARO EN MEDIO DE LA NIEBLA.


Con el título de: Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, traemos para la sección, Microensayos, del blog Ancile, un nuevo post, firmado por el filósofo Tomás Moreno.

Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno



OTTO WEININGER O LA NULIDAD 

ONTOLÓGICA DE LA MUJER (I)


VIENA 1903: UN DISPARO EN MEDIO DE LA NIEBLA



Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno


El 4 de octubre de 1903, Otto Weininger, joven filósofo austríaco, de veintitrés años de edad, de origen judío y recién convertido al protestantismo, se disparaba un tiro en el corazón en Viena, su ciudad natal. Acababa de publicar su tesis doctoral, rebautizada por su editor como Sexo y carácter (Geschlecht und Charakter)[1]: un libro enciclopédico, antifeminista y antisemita que, en el sentir de su autor y a pesar del apreciable éxito comercial obtenido, no había alcanzado todavía sus expectativas de reconocimiento. Ni provocó un escándalo, ni animó el entusiasmo que había de corresponder a una nueva doctrina salvadora, como sin duda esperaba secretamente su autor. Sólo suscitó moderada atención. La incipiente fama que le reportó no satisfizo su inquieto espíritu, ni mucho menos su anhelo de gloria, sino más bien sirvió para todo lo contrario: deprimirlo y desanimarlo hasta  precipitar probablemente su fatal decisión[2].
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Jean Amery[3] en su ensayo  Suicidarse, intentó reconstruir los últimos días del precoz filósofo y suicida: Otto Weininger había alquilado una habitación en la Schwarzspanierstrasse de Viena, en la casa donde vivió Beethoven. Allí, en la noche del 3 de octubre de 1903, escribe cartas a su padre y a su madre. Pasa la noche en medio de torturadores pensamientos. Al amanecer se mete una bala en el corazón. Su cadáver se encuentra con el sombrero y el abrigo puestos. Al día siguiente Max Nordau, en el Vossische Zeitung de Berlín, se despide del joven pensador aludiendo a un aciago “disparo en medio de la niebla”. Sus funerales reúnen en el cementerio de Viena a lo más representativo de la vida cultural de la ciudad. Tras el féretro del melodramático suicida van Stefan Zweig, Karl Kraus y Ludwig Wittgenstein, que entonces tiene catorce años y que ya había sido captado por sus fascinantes personalidad y obra. Incluso el profeta del naturalismo, August Strindberg, por entonces ídolo de la hermandad vienesa de los cafés, envía desde Estocolmo una corona de flores y redacta un epitafio, que Karl Kraus, temible periodista satírico, líder de la intelectualidad vienesa, publica en su revista Die Fackel (La antorcha), en el que dice: “Independiente de los puntos de vista es sin duda el hecho de que la mujer es un hombre rudimentario […] fue ese secreto conocido el que Otto Weininger se atrevió a pronunciar en voz alta; fue ese descubrimiento de la esencia y la naturaleza de la mujer el que comunicó en su masculino libro y el que le costó la vida”. Hermann Swoboda, su mejor amigo, recordaba decenios después, en un discurso conmemorativo, que en su obra Weininger “intentó clasificar a todos los seres humanos, tal como el botánico clasifica sus plantas” y comentaba que su ideal de vida había sido “realmente el ideal de un santo”[4].
            Viena se conmovió e hizo del joven suicida todo un mito, un personaje de leyenda, un héroe neorromántico, un genio incomprendido. La Viena finisecular de Weininger[5] que era, sin duda, el foco de la cultura y las artes europeas de la época, y que representaba, en el sentir de Hermann Broch, el “centro del vacío europeo de los valores”[6] (wertwakuun), fue el escenario de la tragedia. Una Viena  que trataba de encubrir la “decadence” y “penuria de la época” con un frívolo hedonismo y una fuerte deriva esteticista, manifestada en el teatro, la ópera, la opereta, y en un recargamiento decorativo, “peste ornamental”, que hacían de ella todo un escenario “teatral”  de “ciudad alegre y confiada”. La morbidez y el esteticismo de su universo estético, católico y barroco (tan enraizado en el suelo de la tradición austriaca), contrastaba con la modernidad  que compositores como Arnold Schönberg  y arquitectos como Adolf Loos le estaban imprimiendo con la “emancipación de la disonancia” en música y una incipiente revolución urbanística en arquitectura, que estaba cambiando la faz de la ciudad.
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Viena, ciudad de los cafés literarios, lugar de encuentro privilegiado del arte y la literatura[7] europeos de la época, vuelta sobre sí misma, sobrevivía así, satisfecha y orgullosa, en el ensoñamiento de su magnificente historia y de su brillante pasado, inconsciente de las amenazas y peligros que sobre ella se cernían e ignorante de lo que se le venía encima: todo un cataclismo, un apocalipsis, el final de una época – “el final de los tiempos” en expresión de Kraus- que culminaría con el estertor de un modelo de civilización, la agonía de una clase social y la descomposición de todo un imperio, el austriaco de los Habsburgo, que iba a dejar de ser “protagonista” de la historia europea, tras el final de la Gran Guerra. Ciudad que aunaba un irrefrenable amor a la vida y al placer y, al mismo tiempo, una inquietante y fatal tendencia hacia la autodestructividad[8]. Ésa dualidad de vida y muerte, Eros y Thanatos, núcleo de la filosofía antropológica de ese gran vienés coetáneo de Weininger que fue Freud, resuena en su teoría del “malestar en la cultura” y late, ocultada, en su fundamental distinción entre lo manifiesto y lo reprimido.
            Los años de esplendor de la Viena “fin-de-siecle”[9] -entre 1880 y 1914- ofrecen un espectacular alumbramiento cultural en todos los campos del conocimiento, de la ciencia y de las artes. Es la capital cultural del planeta. Cuna de lo genial, laboratorio de la modernidad: la literatura, la música, la pintura y la arquitectura han transformado la ciudad en una obra de arte integral. Pero también, nido de la infamia en donde el huevo de la serpiente nazi se está gestando: enloquecidos antisemitas y nacionalistas de extrema derecha abogan por el crimen y la castración de los no arios. De ese clima sórdido surgirá, apenas unos años después de la muerte de Weininger, un joven austriaco que, entre 1907 y 1913, vegetaba pobremente por sus calles y cafés como frustrado aspirante a pintor y arquitecto, empapado de odio, de antisemitismo, de resentimiento y de delirios de grandeza: Adolf Hitler.
            Ésa es la Viena que vivió y conoció Weininger: la descrita en la Kakania[10] de Robert Musil (1880-1942), la conocida con el doble título de “K. und K.” (Imperial y Real)[11], el centro geográfico, político y cultural de Europa, capital de la “Mitteleuropa” y que tenía detrás de sí casi un milenio de historia. La Viena de Sigmund Freud, cuna del naciente psicoanálisis, con una prestigiosísima tradición en medicina y psiquiatría, en la que triunfan las ideas de pensadores como Franz Brentano (abriendo el camino de la fenomenología) y de filósofos empirio-criticistas como Richard Avenarius, E. Mach (cuya herencia recogerán los neopositivistas del Círculo de Viena) y en la que escritores y poetas como Karl Kraus, Frank Wedekind, Robert Musil, Georg Trakl, Stephan Zweig, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal y Hermann Broch elaboran y publican lo más granado de sus obras.
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Una ciudad que asiste en ese momento a una auténtica revolución en el ámbito de la música, las artes plásticas, el urbanismo y la arquitectura. En música destacan figuras tan geniales como Richard Strauss, Gustav Mahler y la llamada “segunda escuela de Viena”, de Arnold Schönberg, Antón von Webern y Alban Berg. En pintura, Gustav Klimt, Oskar Kokoschka, Hans Makart,  Egon Schiele. Otto Wagner y Adolf Loos, destacan en arquitectura; Camillo Sitte y el propio Loos, en urbanismo; Joseph Hoffman, en diseño. En física, Ernst Mach y, sobre todo, Ludwig Boltmann, creador de la teoría cinética de los gases, de la mecánica estadística y del concepto termodinámico de entropía. La ciudad, en fin, que conocieron en su niñez y juventud los que serían, decenios más tarde, primerísimas figuras de la filosofía, el derecho, la economía, las letras y la ciencia como Ludwig Wittgenstein, Karl Popper, los integrantes del Círculo de Viena, Hans Kelsen, Joseph Schumpeter, Elias Canetti, Konrad Lorenz, etc.  La Viena fin-de-siglo convertida en estela o friso de lo insuperable, en modelo o paradigma de toda una civilización fatalmente agonizante.
Pero la salsa cultural y filosófico-científica en que se gestó y cocinó la obra de Weininger, incluía otro ingrediente importante, como acertadamente señala María José Villaverde: la situación de resquebrajamiento de un mundo que zozobra, sin asidero, que se manifestaba en un sentimiento difuso de crisis y decadencia de valores – “que los franceses bautizaron como le grand malaise, los ingleses como the great unrest y Freud como el malestar de la cultura”- que recorrió la Europa finisecular y que ya  había sido diagnosticado por Nietzsche en La gaya ciencia al anunciar la muerte de Dios, el fin de los ideales del mundo moderno y el advenimiento del nihilismo. “Es el mismo sentimiento de naufragio, de mundo a la deriva que late en los escritos de muchos de sus contemporáneos: en las novelas de Robert Musil o de Marie von Ebner Eschenbach, en los poemas de Hofmannsthal, en los relatos de Hermann Broch, Stefan Zweig o Karl Kraus, quien incluso llegó a certificar su muerte: Bienvenido sea el caos porque el orden ha fracasado”. Pues bien, en ese clima, concluye María José Villaverde, “mujeres y judíos jugaron el papel de chivos expiatorios”[12] (cont.).

TOMÁS MORENO



[1] Otto Weininger, Geschlecht und Charakter. Eine prinzipielle Untersuchung, edit. Wilhem Braunmüller, Wien und Leipzig, 1923. Se publicó en mayo de 1903, cinco meses antes de suicidarse. Citamos en adelante por la traducción castellana de la tercera edición alemana, de Felipe Jiménez de Asúa,: Otto Weininger, Sexo y carácter, Península, Barcelona, 1985. Todas las citas que incluimos en este ensayo remiten a esta edición con las siglas SYC, seguida del número de página. 
[2] Joachim Riedl, Viena infame y genial, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995.
[3] Ibíd., p. 96.
[4] Ibíd., pp. 96 - 97.
[5] Sobre la Viena de Weininger, además de la citada obra de Riedl, véanse : Carl E. Schorske, Viena, Fin-de-Siècle: Politics and Culture, Vintage, Nueva York, 1981, trad. cast., Gili edit., Barcelona, 1981; Allan Janik y Stephen Toulmin, Wittgenstein`s Viena, Weidenfeld Nicolson, Londres 1973, versión cast.: La Viena de Wittgenstein, trad. de I. Gómez de Liaño, Taurus, Madrid, 1974. Sobre la historia social e intelectual de la cultura vienesa véase William M. Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938, University of California Press, Berkeley, 1972.
[6] Cf. Hermann Broch capítulo dedicado a  “Hugo von Hofmannsthal y su tiempo”, en  Dicten und Erkennen, Zurich, 1955 (citamos por la edición francesa: Création litteraire et connaissance, París, 1966, p. 86).
[7] Las tertulias literarias de la Viena de fin de siglo se reunían en el famoso café Griensteidl. Los cafés eran toda una institución que hacían de Viena un lugar diferente de Londres, París o Berlín: confortables, bien amueblados -sus mesas de mármol eran características- se habían convertido alrededor del 1900 en clubes de carácter informal, en los que la adquisición de una taza de café daba derecho a permanecer en el establecimiento durante el resto del día y a recibir cada media hora, un vaso de agua en bandeja de plata. El uso de los diarios, las revistas, las mesas de billar y los juegos de ajedrez no suponía ningún coste adicional, y otro tanto sucedía con las plumas, la tinta y el papel con membrete. Los parroquianos podían solicitar que el correo les fuera enviado a su cafetería favorita; se les permitía dejar allí las ropas con las que se vestirían por la noche. Algunos como el citado café Griensteild, disponían de vastas enciclopedias y libros de consulta para los escritores que usaban sus mesas como lugar de trabajo. Cf. Peter Watson, Historia Intelectual del siglo XX, Crítica, Barcelona, 2002. pp. 39-51.
[8] Para Emile Durkheim la Viena finisecular ocupaba el centro de la “zona de suicidios de Europa”. Era un laboratorio perfecto en el que poner a prueba su teoría del suicidio anómico, efecto de desintegración normativa y de infelicidad social. Cf.: William M. Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938, op. cit.
[9] José Jiménez, La Torre de Babel (Viena fin-de-siglo como ejemplo del presente), en  La vida como azar. Complejidad de lo moderno”, Mondadori, Madrid, 1989, pp. 126-127.
[10] Lugar mítico en el que el gran escritor austríaco R. Musil desarrolla su gran obra narrativo-ensayística El hombre sin atributos (Der Mann ohne Eigenschaften), una de las cimas de la novela europea del siglo XX, cuyos dos primeros volúmenes, fruto de diez años de trabajo, fueron publicados en 1930 y en 1933. 
[11] La monarquía austríaca, denominada la monarquía del “doble”, ostentaba los calificativos de “Imperial y Real” (Kaiserlich und Königlich) por la condición de emperador de Austria y rey de Hungría de su titular Francisco José.
[12] María José Villaverde, “Sexo y carácter” (en el centenario de Weininger)”, “El País”, 4 de octubre de 2003. La autora, gran conocedora de su pensamiento y obra, es historiadora y catedrática de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.


Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno


martes, 1 de enero de 2019

LA NADA O LA CONCIENCIA, LA CONCIENCIA Y LA NADA


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos el nuevo post que lleva por título: La nada o la conciencia, la conciencia y la nada.


La nada o la conciencia, la conciencia y la nada. Francisco Acuyo



LA NADA O LA CONCIENCIA, 

LA CONCIENCIA Y LA NADA








Si la mente, la vida, la conciencia, según la ciencia convencional no son más que epifenómenos de la materia, ¿que sería, o dónde se ubicaría la nada? ¿Será una simple-o compleja- abstracción? ¿Qué sería el enigmático fenómeno de la conciencia y dónde habría de encontrar sustento, si su materialidad no es materialmente constatable sino en virtud del concepto de conocimiento en el que parece concluir, y si de ella es, al fin y al cabo, de donde parte su idea? La conciencia, aún más si unida al concepto de la nihilidad, por su intangibilidad no deja de resultar algo profundamente extraño a ojos de la visión reduccionista  -mecanicista- de la ciencia positiva, no en vano sigue siendo motivo de grandes controversias entre psicólogos neurocientíficos e incluso físicos.

La nada o la conciencia, la conciencia y la nada. Francisco Acuyo                No obstante, lo que puede llamar la atención en esta primera  aproximación de estas reflexiones es el hecho de emparentar el vacío, la nada con el fenómeno de la conciencia. Iremos tratando de enlazar un discurso coherente al respecto. En primera instancia es conveniente advertir que la misma ciencia de la física fue la que introdujo el supuesto caballo de Troya del subjetivismo, y que algunos consideran muy peligroso elemento, extraño para el mismo método científico, me refiero, claro está, a la importancia capital de la conciencia en el ámbito de la disciplina medular de la ciencia actual como es la física –cuántica-, donde esta y no tanto la materia, pudiera inferirse, fundamenta la realidad de todo ser.

                Que emparentemos ahora la nada con la muerte, y esta con la pérdida de toda conciencia, puede ayudarnos a encaminar nuestros juicios en pos de una coherencia en la que pueda regirse nuestro discurso y que, de hecho, emparente con el bloque de reflexiones llevadas a cabo con anterioridad en entradas de este mismo blog sobre la temática de la nihilidad. La muerte, decíamos, como cesación de la vida, parece indicar una cesación de la conciencia, si esta se fundamenta en la vida, y en ella, el ego, el yo, es donde habitualmente identificamos la conciencia. Sin embargo, no parece del todo claro que el yo convencional sea el que sustente del todo el sorprendente fenómeno de la conciencia. No entraremos a fondo en esta discusión psicológica, porque no es el tema que pretende centrar estas reflexiones; seguimos en la línea de contemplar las analogías de la nada, la información, la materia y ahora la conciencia. En cualquier caso remitiremos al interesado en temática tan fascinante a la discusión entre el idealismo monista platónico, en el que la conciencia es la luz única que nos conduce a la contemplación de la verdad, y el monismo materialista que no viene a decir sino que todo lo que es real proviene de la materia, seguros de que encontrarán en esta visión confrontada una vía de controversia seguro muy enriquecedora.

La nada o la conciencia, la conciencia y la nada. Francisco Acuyo                Pero sigamos atendiendo a la nada y su relación negativa con la conciencia. La conciencia –atada a una determinada personalidad-  ha de entenderse (por razones idealistas o materialistas) como algo vivo, pero lo que exponemos nosotros en este punto es que esa conciencia –aun vinculada a una personalidad- está inevitablemente  relacionada con ese extraño estado que venimos denominando como nada. La conciencia –personal- está fundamentada en esa nihilidad absoluta [1] que no debería obviarse tan ligeramente, aunque estemos tratando de situar científicamente (o al menos dentro de la denominada filosofía de la ciencia) los fenómenos físicos del vacío ya expuestos en anteriores entradas y la realidad de la nada que muy bien puede encontrarse en la frontera misma de la ciencia y la filosofía, e incluso en la frontera de un entendimiento trascendente.

                El hecho de emparentar la muerte (la no conciencia) con la nada es una constante no solo en las tradiciones místicas, también lo es en la filosofía, si es que la nada reside incluso más allá del ser de Dios[2], por lo que el vacío, la vacuidad es la forma real de la realidad,[3] y la conciencia el sustrato mismo de la realidad de la nada o de lo sustantivo de la nihililidad. Insistimos que en este ámbito las fronteras de la filosofía y la ciencia (y aun de la misma noción de lo trascendente)  se diluyen, no obstante, seguimos pensando que este post está justificado al situarse en la sección de ciencia de este blog, por razones que iremos exponiendo en posteriores post de este medio.



Francisco Acuyo



[1] Nishitani, K: op. Cit. p. 124
[2] Echhart, op.cit. 78-91.
[3] Nishitani, K: op. Cit. 127

La nada o la conciencia, la conciencia y la nada. Francisco Acuyo


lunes, 31 de diciembre de 2018

2019 EN VERSO CON UN BRINDIS Y UN FRATERNAL ABRAZO

Despide el blog Ancile el año viejo  y saluda al nuevo con tres poemas para los lectores fieles  u ocasionales de estas modestas páginas, que no tendrían sentido sin ellos.



Feliz 2019, Francisco Acuyo





2019 EN VERSO CON UN BRINDIS 
Y UN FRATERNAL ABRAZO





Feliz 2019, Francisco Acuyo




BRINDIS




    Con música y
                  versos a : Franz Schubert.


                    CONSTELADA y tibia ciencia,
                 geométrica consigna,
                 luz incógnita y benigna
                 que transforma y se potencia,
                 belicosa en su impaciencia
                 pues nos cuenta o nos recita
                 con su sílaba una cita:
                 Quiero en brindis ofrecer
                 esta vid que mide el ser
                 en la estación infinita.





Francisco Acuyo





                                    (De El hemisferio Infinito, 2003)





                                                                       
Feliz 2019, Francisco Acuyo

FUNDAMENTO FILOSÓFICO DE LA NADA: DEL VACÍO A LA CONCIENCIA TRANSPERSONAL


Con el título de: Fundamento filosófico de la nada: del vacío a la conciencia transpersonal, publicamos un nuevo post para la sección, Ciencia, del blog Ancile.


Fundamento filosófico de la nada: del vacío a la conciencia transpersonal, Francisco Acuyo



FUNDAMENTO FILOSÓFICO DE LA NADA:

DEL VACÍO A LA CONCIENCIA TRANSPERSONAL






¿Es la néant (la nada) fundamento de la existencia humana, según la visión existencialista sartriana? De ser cierto que no hay otra verdad que nos sirva de partida, nuestro ego –ciertamente cartesiano- encuentra fundamento en ella y es el punto de salida para la libertad del hombre. La trascendencia de la nada es aquí indiscutible en tanto que esta constituye el fondo de la propia existencia.

                Frente a este entendimiento de la nada el cristianismo muestra una vertiente distinta, ya que esta (nada) trasciende nuestro ego pues, es posible una creatio ex nihilo, es más, todas las cosas tienen como fundamento de su ser ese nihilum, y nos aporta un pilar capital para la participación de un Dios en verdad avanzado -no de un dios (demiurgo de ascendencia griega) que da forma desde la materia ya existente-.  Creación –divina o no- encuentra en la nada su soporte vital, aun cuando podamos sentirnos arrojados al desierto sórdido de la muerte, pues esta representa esa nada cimiento de todo lo que es; incluso la supuesta ausencia –o nanidad- de un Dios inexistente, declara su existencia.
                Podemos entender ahora por qué la nada ha sido y es vinculada a lo trascendente, sobre todo cuando hasta la misma ciencia, enfrentada al sinsentido de la existencia, haya en la nihilidad el argumento de superación de dicho nihilismo, en tanto que posibilita una libertad que se sitúa por encima de la necesidad de la vida y de la misma racionalidad[1]. El materialismo, el racionalismo científico y la idea de progreso de la modernidad no son en modo alguno suficientes para superar la angustia –ateísta- de la nada que en el fondo oculta un significado profundamente religioso, en tanto que confronta al individuo que sufre y la realidad última y trascendente de la nada.

Fundamento filosófico de la nada: del vacío a la conciencia transpersonal, Francisco Acuyo

                El vaciarse –ekkenosis- uno mismo –anatman- o no yo al que nos enfrenta la muerte reproducida en la disolución de nuestro yo no es otra cosa sino la nada, aquel Dios en sí mismo del maestro Eckhart no es sino la nada absoluta, es decir, más allá del dios personal o deidad, que no Dios, ya que Este no hace sino dar testimonio a través de la conciencia (o alma en la tradición cristiana) de su presencia en el vaciado del alma misma, si en verdad la nada es el fundamento de toda subjetividad. Parece claro que para llegar a este mundo se requiere la muerte entendida no solo como disolución, sino como éxtasis donde el yo no es yo en cuanto que se ha superado así mismo.

                Nos estamos refiriendo pues, a la conciencia personal, mas no como un yo aprisionado en un modo de ser (personalidad) más o menos narcisista, la conciencia es un fenómeno aquí entendido que, como persona, aparece[2] y no puede considerarse con personalidad egocéntrica confinada o máscara, lo cual nos abre una idea de conciencia que trasciende la propia subjetividad, es una conciencia que obtiene su presencia más allá –o más acá- de cualquier máscara o actor (prósopon), esta conciencia es persona cuya aparición no está sustentada por nada que la haga aparecer, o lo que es lo mismo, la nada que en definitiva la sustenta, pues es ella la que ocupa el lugar de aquella conciencia. Dicho esto, es pertinente avisar que esta nada no es en modo alguno lo contrario del ser (concepto occidental por excelencia), y que haría de ella un mero concepto sujeto al pensamiento, más bien al contrario, estamos ante una nada dinámica, enérgica y resolutiva y que por eso no deja de ser conciencia capaz de dar testimonio de sí misma.

                En próximas entradas abundaremos sobre esta conciencia de la nada que trasciende la conciencia personal vulgarmente entendida.


Francisco Acuyo






[1] Nishitani, K.: Op. Cit. p. 88.
[2] Ibidem, p. 120.



Fundamento filosófico de la nada: del vacío a la conciencia transpersonal, Francisco Acuyo

miércoles, 26 de diciembre de 2018

RAZONES Y CAUSAS DE LA SERVIDUMBRE


Cerramos la serie de post dedicados al concepto político de Servidumbre de La Boiétie, esta vez bajo el título: Razones y causas de la Servidumbre, para la sección, Microensayos, bajo la directriz siempre avisada del profesor Tomás Moreno.

Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno




 RAZONES Y CAUSAS DE LA SERVIDUMBRE



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Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno



 Tras analizar las circunstancias que hacen al hombre abandonar voluntariamente su condición natural y renegar conscientemente de su libertad original, indaga las razones o causas de esa abdicación o renuncia a la libertad. Entre las razones y causas que aduce en su alegato podemos señalar en primer lugar la educación. En su opinión la naturaleza humana “es tal que, de una forma natural, se inclina hacia donde le lleva su educación” (p. 73); e insiste afirmando que “la primera razón por la cual los hombres sirven de buen grado es la de que nacen siervos y son educados como tales” (p. 77). La costumbre, o el hábito, es otra de las razones de la servidumbre voluntaria ya que “todas las cosas son naturales, tanto si se cría con ellas como si se acostumbra a ellas” (p.73) y además “la costumbre que ejerce tanto poder sobre nuestros actos, lo ejerce sobre todo para enseñarnos a servir” (DSV, p. 67).
            Otras veces es la fuerza y coacción del rey-tirano la que impone a sus súbditos la servidumbre, envileciéndolos y haciéndoles olvidar sus derechos naturales hasta “enfangarse en la más abotargante esclavitud” (DSV, p. 68), “ya que bajo el yugo del tirano es más fácil volverse cobarde y apocado” (DSV, p. 77), e incluso el engaño urdido por la astucia de un traidor y habilidoso guerrero que pasa de ser un admirado capitán-rey a detentar el poder como auténtico rey-tirano
Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno
(Idem) puede también ser causa de la misma. Las gentes sometidas por la derrota militar pierden  “la vivacidad y son presa del desánimo y la debilidad” (DSV,p. 78). Existe además de las indicadas un procedimiento habitualmente utilizado por los tiranos consistente en embrutecer al pueblo sometido y a sus súbditos y “fortalecer el yugo” (DSV, p. 81). Recuerda así La Boétie que, tras apoderarse de Sardes y apresar a Creso de Lidia, su rico monarca, Ciro de Persia “montó burdeles, tabernas y juegos públicos, y ordenó que los ciudadanos de Sardes hicieran uso libremente de ellos” (DSV, p. 80). El clásico panem et circenses de los romanos es aquí también aludido como uno de los instrumentos del despotismo tiránico de todos los tiempos y lugares para imponer la sumisión: “Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos y otras drogas eran para los pueblos antiguos los cebos de la servidumbre, el precio de su libertad” (DSV, p. 80).
            A  todo ese sistema de reclamo para seducir y esclavizar al pueblo habrá que añadir un sutil y engañador recurso consistente en vincular o asociar la realeza a la divinidad: la fascinación que ejercen los tiranos encubriendo su poder e intenciones con bellas palabras más una deslumbrante “nube de misterio y divinidad” como los tiranos y reyes de la Antigüedad que “iban con la religión por delante a modo de escudo, y, de ser posible, se adjudicaban algún rasgo divino para dar mayor autoridad a sus viles actos” (DSV, p. 85-86) como, por ejemplo, el hecho de atribuirles un poder taumatúrgico milagroso, capaz de curar todas la enfermedades imaginables o el de utilizar supersticiosamente fantasías o fetiches como “sapos, flores de lis, la ampolla y la oriflama” (p. 86) para propiciar la mayor grandeza y prosperidad del imperio o del reinado, como había sido usual en las monarquías de la Francia de su tiempo.
            Pero La Boétie da un paso más y enuncia el definitivo y auténtico secreto de la renuncia por parte de los hombres a su liberación y la explicación de tal dominación por parte de los poderosos, consistente en unos muy complejos y eficaces mecanismos para perpetrar y perpetuar su dominación, todo un entramado de intereses, prebendas y favores mutuos que los incapacitan para tomar conciencia de su situación de servidumbre:
Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno“Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía. El que creyera que son los alabarderos y la vigilancia nocturna los que sostienen a los tiranos, se equivocaría bastante […]. Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tirano. Cuesta creerlo pero es cierto. Son cuatro o cinco los que imponen por él la servidumbre en toda la nación. Siempre han sido cinco o seis los confidentes del tirano, los que se reparten el botín de sus pillajes […]. Estos seis tienen a seiscientos hombres bajo su poder […]. Estos seiscientos tienen bajo su poder a seis mil, a quienes sitúan en cargos de cierta importancia, a quienes otorgan el gobierno de las provincias, o dde la administración del tesoro público, con el fin de favorecer su avaricia y su crueldad […]. Extensa es la serie de aquéllos que siguen a éstos. El que quiera entretenerse devanando esta red verá que no son seis mil sino cien mil, millones los que tienen sujeto al tirano y los que conforman entre ellos una cadena ininterrumpida que se remonta hasta él […]. En suma, se llega así a que, gracias, a la concesión de favores, a las ganancias, o ganancias compartidas con ls tiranos, al fin hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la libertad sería deseable […] No es que no padezcan ellos mismos de la presión del tirano, sino que esos malditos por Dios y por los hombres se limitan a soportar el mal, no para devolverlo a quien se lo causa, sino para hacerlo a los que padecen como ellos y no pueden hacer nada” (DSV, pp. 89-90 )[1].

            En estas cadenas o redes piramidales de dominadores los dominados son el límite de las mismas, el punto extremo sobre el que ejercen su poder, el conjunto de todos aquellos hombres que no tienen a su cargo a nadie a quien tiranizar, y que tampoco aspiran a ello. Son, por tanto, los únicos que no mantienen activamente a la tiranía. Son, por ello mismo, los más libres y los más dichosos, aunque esto pueda parecer paradójico:

“Las gentes del campo, a quienes pisotean y tratan peor que a presidiarios o esclavos, son, no obstante, más felices y más libres que ellos. El labrador y el artesano, por muy sometidos que estén, quedan en paces al hacer lo que se les manda, mientras que el tirano ve a los que le rodean acechar y mendigar sus favores” (DSV, p.92).

            La Boétie denuncia, por otra parte, que los dominadores no se limitan a obedecer al tirano sino que deben anticiparse y doblegarse a todos sus deseos, “sacrificar sus gustos al suyo, anular su personalidad, despojarse de su propia naturaleza, estar atentos a sus palabras, a su voz, a sus señales y a sus guiños, no tener ojos, pies, ni manos como no sea para adivinar sus más recónditos deseos, o sus más secretos pensamientos”. Y se pregunta “¿Es esto vivir feliz?”. Nuestro denunciador del poder afirma seguidamente que todo ello lo hacen los súbditos o dominados para obtener bienes, privilegios y favores y que cuando el príncipe desee les serán arrebatados fulminantemente. Y continúa su alegato advirtiendo en estos términos a los infelices y poco avisados gobernados:
Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno
“Cuanto más fácil fue su ascensión en los favores del tirano, menos sabiduría tuvieron en conservarla. De la cantidad de gente que siempre ha frecuentado la corte de los malos reyes, pocos o ninguno, han podido eludir al fin la crueldad del tirano al que antes habían azuzado contra los demás. En la mayoría de los casos, tras haberse enriquecido a la sombra de sus favores y a costa de otros, terminan ellos mismos por enriquecer a otros” (DSV, p. 94).

            Pero esto mismo hace que el propio tirano esté a merced de sus allegados: “He aquí por qué la mayoría de los tiranos de la Antigüedad solían morir por manos de sus propios favoritos, quienes, tras conocer la naturaleza de la tiranía, no se sentían seguros de los caprichos del tirano y temían su poder”, concluirá La Boétie. Llegamos así al punto en el que lo político y lo moral muestran su irreductibilidad. La lógica del poder es contraria a la lógica de la libertad, la complicidad de los dominadores es contraria al compañerismo de los que se sienten iguales, hermanos, amigos. Y no cabe mediación alguna entre ambos tipos de relación social:

“Esta es la razón por la que un tirano jamás es amado, ni ama él mismo jamás. La amistad es algo sagrado, no se da sino entre gentes de bien que se estiman mutuamente, no se mantiene tan sólo mediante favores, sino también mediante la lealtad y la vida virtuosa. Lo que hace que un amigo está seguro del otro es el conocimiento de su integridad. Tiene como garantía de ello la naturaleza de su carácter amable, su confianza y su constancia. No puede haber amistad donde hay crueldad, deslealtad, injusticia. Cuando se juntan los malos, siempre hay conspiraciones, jamás una sólida amistad, ya que, al estar por encima de todos y no tener iguales, se sitúa más allá de los límites de la amistad, que sólo se d en la más perfecta equidad, cuya evolución es siempre igual y en la que nada se enturbia” (DSV, p. 98)r.

            Contrastando con la dulzura de la amistad y el gozo de la libertad, el texto de La Boétie termina describiendo la ingrata vida de quienes renuncian a ser libres y a tener amigos por obtener los vanos y efímeros goces de la tiranía.


TOMÁS MORENO






[1] Este texto pone de manifiesto con claridad cómo el Uno (Tirano) no está sólo. Es falso ese manido tópico de la “soledad del poder”. La experiencia histórica nos enseña que –como sostiene La Boétie- que el tirano siempre está rodeado y apoyado por toda una cohorte de múltiples tiranuelos (los chulos del poder) que son los oídos y los ojos del tirano, que gobiernan a sus anchas mediante el temor o el engaño de la mayoría y la complacencia de unos pocos, al amparo de la sombra protectora del poder del Uno tiránico. Y también nos apercibe -como si estuviésemos ante un antecedente del Panóptico benthamiano o  del Gran Hermano totalitario, tal y como aparece en la obra distópica de G. Orwell “1984”- de que la tiranía penetra e impregna todos los intersticios de la sociedad, de parte a parte, sin que exista lugar o recoveco que escape a su mirada y dominación inexorable.



Razones y causas de la Servidumbre, Tomás Moreno