Siguiendo la línea de las últimas entradas par la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la siguiente exposición titulada: Sentido y sensibilidad trascendente: ¿Una imagen racional de Dios?, muy apropósito de la últimas tendencias denominadas ateo cientistas, que tanto predominio están adquiriendo.
SENTIDO Y SENSIBILIDAD TRASCENDENTE:
¿UNA IMAGEN RACIONAL DE DIOS EN EL MUNDO?
EL racionalismo ilustrado y
positivista encuentra, en singular y muy curioso parangón, un parentesco analógico entre la demostración empírica, digamos, de una partícula subatómica, o el
descubrimiento de un nuevo sistema solar o galáctico, con lo que debiera ser la imagen de Dios –o
lo trascendente- en el mundo, cuando esa intuición de lo sagrado, para
muchos, es el fundamento inicial de su existencia. La imagen racional y
positiva de Dios en el mundo parece imposible de encajar en un diagrama de
tales características, si es, como así lo aprecian no pocas mentes
privilegiadas, como el lienzo o, mejor, el marco en el
que se pinta el lienzo de cualquier imagen del mundo
.
Pero,
¿de dónde viene esa recurrente intuición, necesidad, menester, tantas veces
exigencia emocional –y también intelectual- de lo trascendente en el ser
humano? La arqueología cognitiva ha indagado en los orígenes mismos del
pensamiento humano, en el que aparece ya adherido es instinto, y cuya aparición, ya en pleno desarrollo cognitivo (se estima en
unos 30.000 años) se documenta con los registros arqueológicos que manifiestan la realización de artefactos complejos que ya dicen mucho del avance de las mentes que los crearon.

Más allá de la
conciencia episódica
(así la denominará Merlin Donald allá por 1991)
que ofrecía una burbuja limitada en espacio y tiempo de conocimientos
,
y tras los momentos miméticos de representación y culminación simbólica de
organización del mundo que habría de enriquecerse con el lenguaje, el pensamiento religioso se hace una realidad, invistiendo los significados simbólicos no más precisos y nítidos con un carácter singularmente ambiguo, haciéndolos en su significación más
amplios, intuitivos y borrosos, con lo que se le atribuye en su poder analógico una capacidad de
contextualización mucho más compleja y que pondría en evidencia la
conciencia
mítica como saber enciclopédico que, a pesar de lo muchos no sospechan, continúa aún en nuestros días
determinando nuestra manera de pensar. Ya desde aquí cabe afirmar que acaso la
intuición religiosa y o trascendente está en el origen mismo de la cavilación
humana. De hecho, todo parece indicar que la fluidez
cuyo carácter bastante más controvertido tampoco dejan indiferentes al
interesados en este tipo de cuestiones, no obstante, avisaremos de que las
conjeturas, hipótesis, juicios o presunciones son en verdad muy variadas y, desde luego, de no poco interés algunas de ellas; en cualquier caso parece indiscutible aquel veredicto nieztschiano que afirmaba que
quien tiene un porqué por el que vivir puede soportar cualquier cómo,
tiene una gran contenido argumental en el ámbito de la cognición de lo
trascendente, no en vano son numerosísimas las personas que dan fe de ello. No
es el único personaje de relevancia que piensa de manera similar, a saber,
William James determinaba que la vida merecerá la pena ser vivida en la medida
que su creencia le ayude a que así sea
.
A pesar de
aquellas aproximaciones al entendimiento de la necesidad de lo trascendente, el
denominado
cientismo al pairo de un ateísmo recalcitrante mantiene sus tesis de
que no hay nada más allá de la ciencia
.
Ese
nihilismo amable de Rosenberg –netamente reduccionista- dícese que tiene
sólo un propósito estético
,
de todas formas sería muy notable entender que el universo no sólo está hecho
de átomos, también de conciencia,
cuestión nada controlable que no acaba de verse sometida al reduccionismo tópico del
actual método de la ciencia actual, tan propio del naturalismo científico, a pesar del
evidente éxito de disciplinas como las matemáticas (también el de la poesía)
,
cuyas demostraciones para obtener el conocimiento son tan válidas como aquellas
otras naturalistas para la obtención del conocimiento, ofreciéndose este naturalismo
dogmático, a nuestro juicio, como un
enemigo más del
espíritu científico. Ya advertía el mismo Einstein de la importancia capital de la imaginación en cualquier proceso creativo, incluido el científico.

Esta perspectiva,
tan propia del positivismo lógico, a través de la exposición de su enunciado
analítico como el único verdadero, siempre y cuando pueda ser empíricamente
verificable, anula cualquier otra pretensión de conocimiento mediante cualquier
tipo de juicio metafísico o de valor
principio de verificación carecería de
significación siguiendo sus propios criterios, y es que la ciencia como guía
exclusiva de la realidad es imposible de justificar, sino es asumiendo
a priori
que esa conclusión es verdadera
.
De todas
formas, la acumulación de hierofanías (manifestaciones religiosas) en la
historia de la humanidad, pone de manifiesto algo más que una interpretación
supersticiosa de la realidad, si es que queremos ver y entender este hecho como
una realidad en sí misma que, para su entendimiento, ha de aceptarse fuera del mundo de lo profano, y, lo que es más importante, que aquello que se
manifiesta de forma sagrada forma parte de la naturaleza como totalidad que
acaba por manifestarse como hierofanía
.
Acaso se nos olvida la importancia que ha tenido (y tiene) para la humanidad
que la conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al
descubrimiento de lo sagrado
,
porque en verdad lo sagrado, lo trascendente es un elemento fundamental de la
estructura de la conciencia humana,
por lo que cabe inevitablemente hacer la reflexión de hasta qué punto no se
está tratando de enmascarar, camuflar, que diría Elíade, inhibir, que apreciaba
Jung, el instinto de lo trascendente, y todo en el intento de desacralizar el mundo y su
posterior identificación con lo profano (científico, lógico y positivista). Se
verá en próximas entradas las consecuencias de esta deformación y represión de
la propia conciencia de lo trascendente.
Francisco Acuyo