jueves, 6 de octubre de 2016

EL INCONSCIENTE COMO SUSTRATO DE LA IDEA DE LO TRASCENDENTE

Proseguimos reflexionando sobre la idea de lo trascendente en esta nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile; esta vez bajo el título: El inconsciente como sustrato de la idea de lo trascendente.



El inconsciente como sustrato de la idea de lo trascendente, Francisco Acuyo



EL INCONSCIENTE COMO SUSTRATO
DE LA IDEA DE LO TRASCENDENTE







 La idea (o el impulso) que late en la profundidad de la psique humana sobre lo trascendente ofrece desde antaño una controversia que no parece del todo resuelta en nuestros días, queremos decir que, si aquella proviene tanto de lo consciente  -racional y conceptual- o acaso también del inconsciente –oculto o inhibido en las simas de nuestra mente-,  hasta qué punto esta necesidad de trascendencia proviene más que de la necesidad de explicación –primitiva, proto-científica- del mundo, o, de la búsqueda de Dios como entidad superior, que de la necesidad de hallar un significado (sentido) último de la existencia. De hecho ya anticipábamos -en referencias posteriores-[1] que, de la tradición simbólica y del rito, no podemos tan fácilmente desembarazarnos, cuando los mismos agnósticos y ateos[2] pueden liberarse sin un costo a veces muy importante (si en verdad, como todo parece indicar, queda como reducto reprimido inconsciente). En cualquier caso se impone, decimos, ante esta realidad innegable que motiva al ser humano en una búsqueda –trascendente- de sentido, la superación de la visión mecanicista de nuestra psique, empujada por la necesidad de objetivación –reificación- del ser humano y, desde luego,  de la propia mente como epifenómeno del cerebro[3], ambas concepciones influidas grandemente por el naturalismo, atomismo y positivismo decimonónico. El engranaje y tornillería neuronal como descripción estructural de nuestros cerebros, así como las pulsiones e instintos como la manifestación psíquica única de nuestro inconsciente, describen a un ser humano diseccionado, esclavo de sus reflejos instintivos y de sus fragmentos[4] es quizá lo que le hace genuinamente humano, si es la visión de lo trascendente lo que le hace en verdad tener conciencia de sí mismo en la integridad del mundo.

El inconsciente como sustrato de la idea de lo trascendente, Francisco Acuyo
                No somos en modo alguno nosotros los únicos[5] que abogamos por la realidad inconsciente no sólo instintiva (que no negamos), sino por una realidad a todas luces incuestionable  (y que subyace en la inconsciencia de lo trascendente): lo espiritual en nuestras vidas. Para esto reiteramos la necesidad de entendimiento de nuestras capacidades psicofísicas como una totalidad integradora que en modo alguno puede entenderse únicamente como una mecánica potencia material y energética, sino como una comunión dinámica y compleja que se completa en su unidad física y mental, la cual  se hace plena en lo más profundo del inconsciente, que es donde vive el espíritu como último reducto de su conciencia intuitiva –irracional-,  que nos ofrece lo único necesario (unum necesse)[6] para el hombre, más allá de la subvenir las necesidades perentorias de la vida, lo cual habrá de revelarse en virtud de una presta atención a nuestros pensamientos y actitudes, observación mediante la que, al fin, acabará por ofrecerse lo más genuino del ser humano, a saber, la conciencia creativa, que es sin duda la que mejor significa el sentido existencial de los hombres.

                Por todo lo antecedido estamos convencidos de que la inclinación –consciente o inconsciente- a lo trascendente, por ser acaso una de las necesidades más íntimas del hombre, se hace posible –hoy más que nunca antes debido a la materialización reduccionista del mundo- una inhibición que como la de libido- conlleva unas consecuencias derivadas. Es perfectamente entendible que la conciencia –y su referente inconsciente que también la integra- debe aprehenderse no sólo como un hecho psicológico, pues también contiene lo que de trascendente intuye que existe, por lo que lo inmanente mental de nuestra psique viene a ser (en virtud de su intuición de lo inconsciente espiritual) también trascendente.

                Al margen de que reconozcamos ese nivel trascendente de la conciencia o no (el que no lo hace se atiene sólo al estrato fáctico de su fenomenología psicológica)  en modo alguno podemos deshacernos de aquella o aprehenderla mediante meras consideraciones materialistas, sobre todo, si en realidad existe una inhibición de lo (inconsciente) espiritual, pues, aquel conocimiento (positivo materialista), en definitiva, no puede conocerse a sí mismo sin dar el salto hacia más allá de sus fronteras lógico racionales. Todo el  riquísimo acervo simbólico y de patrones religiosos dan fe de una potencia común a toda la humanidad (como arquetipos), mas también pone de manifiesto la potencia individual que nos conecta con el mundo a la búsqueda de un sentido –existencial- último de nuestras vidas.

                La búsqueda de sentido, de significado para el ser humano parece regirse, más que por la
El inconsciente como sustrato de la idea de lo trascendente, Francisco Acuyo
búsqueda del conocimiento –consciente- de uno mismo, por la indagación de ese lugar donde habita el olvido -de sí-, en tanto que no hay un objetivo, sí un significado para ser en el mundo, la autotrascendencia y el desapego son una clara fenomenología del espíritu mediante la que nos reconocemos como entidades conscientes y plenamente humanas que encuentran en este fenómeno el modo para encontrar el sentido y el significado últimos, o, si fuese necesario, para sacarlo fuera de las simas del inconsciente espiritual inhibido.

                Nos preguntamos cuántas veces no hemos suscitado de manera intuitiva (inconsciente) no pocos de nuestros pensamientos, intenciones, emociones… un sentido trascendente o trascendido de nuestras vidas, quizá en los momentos más oscuros, o, tal vez en instantes de lucidez extrema, ante la imposibilidad de explicar(nos en) el mundo y sus indescifrables avatares. Cuando Oskar Pfister[7], nada menos que allá por 1904 manifestaba la necesidad de reconocer la altura espiritual de nuestra naturaleza, tan poderosa como su instintiva, ponía de manera ostensible al entendimiento la fuerza y el sentido de los símbolos que hacen comunes los elementos significativos de la trascendencia, si arraigados en lo más antiguo e íntimo de los hombres a través de los tiempos para dar respuesta al sentido de la vida.

                Acaso todo ese acervo del espíritu manifiesto en los diversos y profundos sentidos de lo simbólico sea el software singular que alimente, siguiendo la (rudimentaria) analogía del ordenador, con la capital diferencia de que las rutinas y programas para realizar determinadas tareas informatizadas, en este caso, sirven para el fin último de dar sentido a nuestra existencia.

                Proseguiremos en posteriores entradas de nuestro (vuestro) limitado y humilde blog examinando con el mismo interés de siempre cuestiones que, quizá, a alguno de los habituales de este lugar puedan resultarles igualmente atrayentes.



Francisco Acuyo
                                                                                                                                                                                     




[1] Blog Ancile: De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse, http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2016/10/de-la-conciencia-e-inconsciencia.html
[2] Frankl, E. Viktor: El hombre en busca del sentido último, Paidós, Barcelona, 2012, p. 26.
[3] Véanse entradas anteriores, dirección y título.
[4] Entiéndase este espíritu no circunscrito a ningún credo religioso.
[5] Véase a Jung, a Viktor E. Frankl, Mircea Leíade….
[6] Frankl, E. Viktor: El hombre en busca del sentido último, p. 51.
[7] Oskar Pfister  1873- 1956, psicólogo suizo que fue el primero en observar la dimensión teológica del psicoanálisis freudiano.



El inconsciente como sustrato de la idea de lo trascendente, Francisco Acuyo

martes, 4 de octubre de 2016

LOS MOTIVOS DEL LOBO, DE RUBÉN DARIO, POR MI ONOMÁSTICA

Mi admirado y querido amigo Antonio Carvajal, esta mañana, con motivo de mi onomástica, San Francisco de Asís, me ha regalado con una dedicatoria (en tu onomástica. Y como no podremos tomarnos juntos ni una cervecica, ahí te adjunto un poema de Rubén Darío, una  exquisitez, con un abrazo: Antonio  Carvajal  ) que yo quiero compartir, en la sección de Poesía del blog Ancile, con todos mis amigos y lectores de este (vuestro siempre) humilde y limitado soporte de ciencia, amistad y poesía.





Los motivos del lobo, de Rubén Darío, por mi onomástica, Ancile.








LOS MOTIVOS DEL LOBO







El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano
lobo!" El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: "!Está bien, hermano Francisco!"
"¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?"

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"

"Esta bien, hermano Francisco de AsIs."
"Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata."
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: "He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriente.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!",
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dió treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fué a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho."

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

"Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía, 
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fué como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad."

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."



Rubén Darío



Los motivos del lobo, de Rubén Darío, por mi onomástica, Ancile.

lunes, 3 de octubre de 2016

CIENCIA DE AMOR

Los versos  de la composición titulada, Ciencia de amor, del libro, Mal de lujo (1998), para la sección del blog Ancile, Poema semanal.



Ciencia de amor, Francisco Acuyo
De Tomasz Alen Kopera



CIENCIA DE AMOR




«Mientras haya un misterio para el hombre»
G.A. Bécquer: «Rima IV»


QUEDA la luz igual al pensamiento,
inmóvil rayo del azar seguro,
el astro queda en claridad oscuro
dormido el fuego con rigor violento.

Sostenido en la vida el movimiento
fugaz al tiempo regresó en futuro,
y el ser, deshecho instante, hará el conjuro
de renacer total en el fragmento.

Así la fuente un devenir procura
de amor aunque sujeto a la mudanza
del instante en perpetua ligadura.

Tras del espejo sombra está igualmente,
como mañana que a la luz alcanza
y está en su imagen misma diferente.






Francisco Acuyo, de Mal de lujo (1998)





Ciencia de amor, Francisco Acuyo
De Tomasz Alen Kopera

sábado, 1 de octubre de 2016

DE LA CONCIENCIA (E INCONSCIENCIA) PRIMITIVA A LA ACTUAL,Y SU AFÁN DE TRASCENDER Y TRASCENDERSE.

    La naturaleza de la mente y de la conciencia (y lo inconsciente) sigue formando parte de estas reflexiones recogidas en la sección, Pensamiento, del blog Ancile. Ahora seguimos incidiendo sobre el tema bajo el título: De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse.


De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse, Francisco Acuyo
De Grete Stern




DE LA CONCIENCIA (E INCONSCIENCIA) PRIMITIVA A
 LA ACTUAL,Y SU AFÁN DE 
TRASCENDER Y TRASCENDERSE.





            



Muchas veces, bastantes más de las que nos gustaría reconocer, la capacidad de asombro ante la arrogancia de determinados comportamientos y aseveraciones que se presumen científicos, se diría que no encuentra parangón ni disposición ni aforo para agotarse, sobre todo para los más cautos observadores y atentos interesados en reconocer la naturaleza, estructura y dinamismo de determinados fenómenos y realidades que, como la psique (la mente) se reparten entre constataciones físicas (o biológico materiales) y sus manifestaciones espirituales (término que se requiere ya en desuso, en muchos casos por meros prejuicios ideológicos o de fatua suficiencia materialista o, simplemente, por mera ignorancia sobre lo que se debate). Parece que no hay por qué preocuparse por la naturaleza, dinámica e inmaterial estructura de nuestro pensamiento, ya que sus manifestaciones conscientes e inconscientes quedan reducidas a su manifestación material biológica, por cierto, hoy día detectada de manera tangible mediante la tecnología avanzada (por ejemplo, a través del escaneo o tomografía por emisión de positrones),[1] por lo que su realidad –sensoria- queda puesta en evidencia corpórea en virtud del flujo eléctrico supuestamente evidenciado en las áreas coloreadas en pantalla de ordenador, y correspondientes a determinadas sectores del cerebro que, según qué distintas actividades mentales se realicen, serán susceptibles de observarse en virtual movimiento. Así las cosas diríase que, si se activa esta o aquella área cerebral, podemos transcribir, entender y describir de corrido y sin dificultad alguna la realidad –material- no sólo rítmica[2] del poema, por lo que será tranquilamente desechable la componenda simbólica, conceptual, irracional, emocional, creativa… ya que no hay posibilidad existente de hacerla detectable para una medida siquiera virtual, esto, si hablamos de poesía; la fórmula, teorema o proposición o componente abstracto, si de matemáticas hablásemos, será desechable sino aparece en este o aquel reducto armonices mundi de color, dibujo o audaz abstracción de las formas, si no es medible por el artefacto digital, será sin duda inexistente, si avisamos del impulso creativo en la pintura; el acorde, la armonía, el ritmo, la impresión sentimental, conceptual, emocional… en cada nota, si no es visible en el arco de color informático, no es posible, si nos movemos en el ámbito impracticable de la música; y, por qué no, la materia misma del dolor, del amor, de la soledad, de la angustia y sus muchas y profundas razones -y sin razones- que tan singular y materialmente acompañan a todos aquellas manifestaciones del ¿espíritu, del alma, de la mente…? en las trajinadas y siempre tangibles y palpables existencias de los hombres, será totalmente rechazable si no hay medición y constatación física de la misma. 

De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse, Francisco Acuyo
Esta disparatada sinécdoque que hemos propuesto no es ninguna exageración, se lo advertimos, y si bien hay algunos que consideran los límites para conocer, reconocer y entender la misma realidad de la naturaleza física (véase, por ejemplo, buena parte de los científicos y estudiosos de la mecánica cuántica) así como la de la propia psique humana, son preocupante mayoría aquellos que tienen el vivo y omnímodo convencimiento de que todo está escrito para siempre en la máquina neuronal y su extraordinaria trama eléctrico-química y, siempre predecible demás tornillería neurológica, por lo tanto, nada que advertir sobre la dinámica viva y orgánica de su funcionamiento, acaso porque es mucho más fácil hacer labor de forense y, sobre materia muerta, hacer los respectivos análisis y taxonomías; ahí no hay temor de cambios inesperados y de sorpresivas respuestas, pero, para entenderlo en su total complejidad ¿es lo mismo observar el tejido yerto que, en su vital dinamia y en su conjunto orgánico y complejo? Si esta visión de nuestro cuerpo es manifiestamente mejorable, ¿qué decir de una realidad posible sobre la disparatada, fantástica y quimérica idea del espíritu, del alma, de la psique, de la mente, fuera de los parámetros reduccionistas y netamente materialistas? Y es que no hay otra realidad que la de la materia, aunque en verdad no sepamos muy bien qué es aquella, cómo funciona, cuál su estructura y dinámica y que, diríase, aparece tan clara a los ojos del neurocientífico que constata que la percepción, digamos, musical, se hace sensorialmente manifiesta en esta o aquella área cerebral.

No sabemos, según esta aproximación estrechamente reduccionista, cómo describir, ordenar y entender lo arcaico mitológico -y simbólico-  (que ya el mismo Freud había reconocido y sobre el que Jung indagó con gran eficiencia y detenimiento) de lo inconsciente, al margen de las huellas fisioneurológicas grabadas por la evolución filogenética en nuestros cerebros, sobre todo cuando todo [3] y que, sin embargo, nos hablan de los secretos de psique (del alma) de manera tan inaudita como fiel a su propia naturaleza. Por todo esto, cuando el hombre impone la razón como vía única de entendimiento, cabe interrogarse (con el mismo Jung en su momento lo hiciera), si el rechazo a la interpretación de las imágenes –y símbolos- de lo profundo de la psique como factores decisivos en la configuración de nuestra entidad e identidad humanas, no será sino la suma de sus prejuicios y miopías.[4] Nos parece evidente que el drástico empobrecimiento del catálogo (impresionante de las imágenes antiguas) de los símbolos en nuestros días, coincide lamentablemente con la pobreza espiritual sita en nuestro espacio tiempo y que, a su vez, conviene y concurre con la alienación del individuo y de su decadencia creativa, sin contar con el crecimiento alarmante de trastornos psíquicos y manifestaciones múltiples de insatisfacción personal[5] que dejara su necesaria y triste impronta en la sociedad. Cabe preguntarse si la continua negación de vida más allá de la materia no ha llevado al espíritu a su latencia en lo inconsciente; lo sublime, lo subido, lo empíreo de la vida del espíritu, si este llega desde lo alto, ha acabado sumergido en las aguas palpables y reduccionistas de la ciencia,  pues todo es observado desde la vida de la razón consciente que cree ver lo inconsciente del espíritu como una mera excrecencia de su dependencia fisioneurológica (cerebral) y, por lo tanto, asido a ella y sin entidad ni autonomía propia. Se sueña con que no existe energía ni potencia que no dependa de aquel pulso racional, positivo y consciente que encuentra su sustento en la materia, y, nosotros creemos que mediante el autoengaño, crea la ilusión de que todo puede arreglarse y satisfacer por los medios propios, cosa a todas luces imposible, más aquella fuerza inconsciente espiritual ha de surgir más tarde o temprano en formas muy diversas:  desesperación, desamparo, debilidad y que, de no habérsele dado una adecuada respuesta –espiritual- a lo largo de los tiempos, es muy claro que la extinción humana sería un hecho desde hace siglos, por eso nos parece bastante claro que la aspiración a lo trascendente es capital no solo para la subsistencia de la especie, también para el conocimiento profundo de nosotros mismos.


De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse, Francisco Acuyo

Hoy parece querer negarse aquel incuestionable que otrora fuera el hombre en busca de sentido, el caos, el nihilismo, la angustia vital o la respuesta a ellos mediante la anestesia de las ideologías, el consumo, o las drogas (físicas o sociológicas) de la más variada índole quieren negar aquella realidad de búsqueda innegable y que ha quedado reprimida en unos individuos adocenados en una sociedad sin más propósito que la búsqueda de la satisfacción inmediata y efímera, de espaldas a lo trascendente avalado por los símbolos, mitos y leyendas invocados desde la noche de los tiempos y que en modo alguno (ni agnósticos o ateos) pueden desembarazarse tan alegremente.

Entre las analogías empleadas por la neurociencia, quizá una de las favoritas sea, como decíamos en otras variadas ocasiones, la de comparar nuestra mente (creada y movida por el cerebro), con una máquina y, sobre todo, con la máquina moderna por antonomasia, el ordenador. Parece claro que el sustrato material (hardware) es el cerebro, mas ¿y el software, la componenda informática; dónde las instrucciones, el conjunto programático por el que ha de regirse en sus cálculos y especificaciones? ¿Son solo señales eléctrico-químicas que alteran nuestra conciencia o, es la conciencia la que altera y modifica el sustrato electroquímico haciéndolo que sea cómo es? El viejo dilema del huevo o la gallina en el origen del problema no parece de fácil resolución. De hecho el concepto mismo de información (base para cualquiera aproximación a dicha máquina increíble) no es de fácil identificación. De todo ello hablaremos en próximos post de este blog Ancile por su interesante y muy sugerente naturaleza y extenso y complejo ámbito de resolución y movimiento.



 Francisco Acuyo





[1] La tomografía por emisión de positrones (PET), tecnología propia de la medicina nuclear, es una técnica, dícese no invasiva para la investigación (y diagnóstico) que mide la actividad metabólica de nuestro cuerpo y que se basa en la reacción entre fotones y positrones mediante la introducción de un radiofármaco en la sangre.
[2] Acuyo, F.: Fundamentos de la proporción en lo diverso, Universidad de Granada, 2007 , Jizo ediciones, segunda edición aumentada y revisada, Granada, 2009. En estas publicaciones (tesis doctoral, en principio), se estudias las relaciones métrico estructurales del verso (y sus desvíos de la norma de la preceptiva) como muestra de la más intensa y mejor expresividad del verso, y por tanto de su relación muy estrecha  con los componentes emocionales, conceptuales y de intensidad con la realidad lingüística (gramatical) y la material rítmica del verso, de todo cual puede deducirse fácticamente la importancia del nexo métrico (rítmico) y su realidad material, pero su conexión con los factores innegables (abstractos, emocionales, ideales…) y no menos reales del verso y la totalidad del poema.
[3] Jung, C. G.: Arquetipos e inconsciente colectivo, Paidós, Barcelona, 2010, p. 15
[4] Ibidem: p. 25
[5] El sistema nervioso autónomo se establece como el centro mediante el cual poner orden a nuestras dolencias e insatisfacciones, sin preguntarse hasta qué punto no se ha modelado toda la fisiología –incluido este mismo sistema-  en virtud de factores no materiales como los influjos de las creencias, los mitos, las leyendas, las interpretaciones simbólicas, y, en fin, hasta qué punto no estamos inhibiendo su potencia y su necesidad vital.






De la conciencia (e inconsciencia) primitiva a la actual, y su afán de trascender y trascenderse, Francisco Acuyo
De Darius Kilmczak

martes, 27 de septiembre de 2016

AMISTAD O AMOR

Traemos para la sección, Poema semanal, del blog Ancile, la composición del libro, Mal de lujo (1998), titulada, Amistad o amor.



Amistad o amor, Francisco Acuyo



 AMISTAD O AMOR




«Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera»

FRAY LUIS DE LEÓN:
«A Francisco de Salinas»




QUIZÁ del verso aquel obrero sea
que en sombra elaboró con luz un alma,
que en la azucena de la miel desea
acerbo cáliz y pasión y calma.

Tal vez el ángel terrenal no vea
la amistad de este dios que amor ensalma
en la flor y el aroma de su palma.
Quizá cansado en el dolor sestea

y desliza un silencio sucesivo
vestido de una tibia fantasía,
de una luz, de un jardín de amores vivo.

Dicen que la amistad no hace al cobarde;
yo digo que el amor camina día
a día, y cuando llega es poco y tarde.





Francisco Acuyo, Mal de lujo (1998)






Amistad o amor, Francisco Acuyo

lunes, 26 de septiembre de 2016

MATERIALIDAD O INMATERIALIDAD DEL INCONSCIENTE. MÁS ALLÁ DE LA RACIONALIDAD DE LO CONSCIENTE

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos hoy el post intitulado: Materialidad o inmaterialidad del inconsciente, abundando en la interesante temática de los contenidos de la psique humana y su peculiar naturaleza.


Materialidad o inmaterialidad del inconsciente, Francisco Acuyo




MATERIALIDAD O INMATERIALIDAD
DEL INCONSCIENTE. 









Uno de los pilares de la ciencia encuentra fundamento en la relación experimental demostrable de cualquier hipótesis que venga al caso verificar. No es extraño que las corrientes del empirismo, desde finales del XVII, hayan tenido grande predicamento en los dos siglos posteriores, pudiendo establecer sus presupuestos como primordiales en el ámbito positivo materialista de las ciencias del siglo XIX y XX, no obstante, no deja de resultar digno de mención que aquella tabula rasa a la que se refería el influyente John Locke en relación a la mente del hombre (en su nacimiento), hoy no tenga la más mínima justificación, así se encargaron de demostrar Meltzoff,[1] así como el reconocimiento del error de  Piaget[2] (que creía que los neonatos no entienden de manera abstracta y plena la permanencia de los objetos), ignorando la red connatural que organiza el sistema ejecutivo cerebral que va madurando con el paso del tiempo.

Materialidad o inmaterialidad del inconsciente, Francisco Acuyo                Hoy sabemos que el desarrollo cognitivo no es sólo la compilación de recursos, conocimientos y habilidades, es capital para ese desarrollo la represión todas aquellas rutinas y procedimientos que imposibilitan o paralizan la expresión de lo que ya se conoce. No nos extraña tampoco que niños de muy corta edad tengan en su cerebro estructuras básicas matemáticas que en modo alguno han podido ser enseñadas. Y qué decir del lenguaje, ya lo advertía Noam Chomsky[3] y su admonición del rasgo innato que tiene el ser humano en relación a la producción del lenguaje, por lo que el razonamiento empirista habría de ponerse en seria consideración y que decía que todo lo lógico racional y abstracto se adquiere después de la adquisición del lenguaje. En cualquier caso, hoy se reconoce que las resoluciones o determinaciones del individuo pueden ser racionales (conscientes) y otras irracionales (inconscientes). Lo que sí nos parece muy singular de reseñar es que tanto las conscientes como las inconscientes se atribuyan siempre  al ámbito de lo  material y biológico (cerebral), atribuyendo a meras corazonadas el ámbito de las acciones inconscientes, aunque muchas de ellas hayan tenido como resultado la producción riquísima de los mitos y los símbolos ancestrales que han ido arraigando en nuestras consciencias desde tiempos inmemoriales; basan sus conjeturas en experimentos de juegos de cartas y otros artificios y solaces de ingenio que muestran lo más elemental de lo inconsciente como meras pulsiones arraigas a estímulos directos e inmediatos; mas [4] Los estereotipos neuronales son los quieren marcar la realidad última de lo inconsciente cuando, en realidad, no hacen sino convertir –y pervertir- el proceso psíquico para ser descrito como una máquina perfectamente descriptible a través de sus diversos engranajes neuronales y relaciones químico sinápticas, y, por lo tanto, siempre con un marcado carácter material y positivo, por lo que no se cansan de referirse a la mente como una compleja red neuronal que responde a unos mecanismos que explican sus relaciones causales.

                Así las cosas, la inhibición –inconsciente- pasa  a ser siempre producto material de nuestra ambidiestra construcción cerebral (en donde una parte del cerebro establece los argumentos emocionales[5], frente a otra que organiza los racionales),[6] la tuercas de la singular máquina cerebral, en fin, ajustan cualquier parámetro de nuestra actividad de acción y decisión, y donde la cosa inconsciente –más o menos profunda, inferimos, es una cuestión de cultura que se entrelaza con los engranajes bien engrasados de la máquina cerebral, quedando perfectamente claro que hasta la misma realidad participa de dichos acoplamientos, encajes, filetes, arandelas y demás tornillería neuronal. Esto es así hasta el punto de que, con grandes dosis de arrogancia, son capaces de discernir milimétricamente cuando hay o no consciencia en pacientes en coma o en estado vegetativo[7] y es que, como es muy difícil definir lo que es la conciencia- acaso como el tiempo- [8] que dicen es el concepto, la idea, inexistente realidad del alma.

Materialidad o inmaterialidad del inconsciente, Francisco Acuyo
                Así como en un momento la física establece que el calor es un estado de la materia, no cabe duda que también la conciencia –y lo inconsciente – se dice que no es sino un estado material producto de la fisiología cerebral, y todo porque puede describirse –detectarse- a través de escáneres (o resonancias) su funcionamiento expuesta en determinadas áreas del cerebro su actividad neuronal, y esta como única producción de la actividad consciente e inconsciente de la psique. Las piezas independientes –neuronas- que componen el artefacto cerebral son en definitiva el origen y el final de . No entraremos en discusión  sobre las consecuencias que conllevan estas afirmaciones en relación a las acciones humanas y su imposible libertad de decisión (haciendo una superficial y bastante pedestre concepción de la cuestión del libre albedrío), pues prácticamente toda la actividad será compulsiva e inconsciente (en el sentido reflejo y mecánico que esto conlleva), y la conciencia como el corriente y vulgar suplantador que hace su particular exégesis, mediante la cual se pretende explicar las acciones que brotan a nuestra vida consciente e incluso incons ciente. Véase si no cómo hasta la misma componenda onírica de nuestros sueños no es más un proceso material biológico mediante el cual se elimina deshechos y residuos (y demás tornillería superflua) del [10]. A veces me pregunto dónde estará el residuo neuromaterial en donde se forjaron los más bellos poemas, o haciendo uso célebre paráfrasis al respecto de la ilusión de las ideas, y saber de la materia de la cual están hechos los sueños que una vez, gracias a ellos, hicieron bello y verdadero un teorema matemático que, ¡oh divina providencia, antes de ser empíricamente demostrado, ya describía la realidad material de un fenómeno!, o la concepción hermosa de una vida más solidaria para la humanidad, etc… Todos sabemos de la importancia del cerebro en cualquier campo de la actividad humana, pero ¿es la psique humana un fenómeno reductible a un manual de mecánica o de ingeniería mediante el que describir y entender su extraordinario –orgánico- y mucho más complejo funcionamiento? ¿Los complejos comportamientos, las capacidades increíbles, los logros impensables, las aspiraciones de trascendencia, ética y estética y, sobre todo, el inexplicable, o, al menos extraño impulso creativo humano, son necesariamente la génesis del funcionamiento de una máquina fabulosa impulsada por una compleja trama de engranajes neuronales y reacciones químicas? Dejo aquí esbozada muy tosca e impertinentemente esta interrogante, que espero debatir en próximas entradas en este blog.
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                                                                                                        Francisco Acuyo





[1] Andrew N. Meltzoff, psicólogo especializado en la cognición y desarrollo infantil, quien deduce en virtud de sus descubrimientos entorno a las asociaciones propias y ajenas, y entre distintas modalidades sensoriales, demuestra que los neonatos eran capaces de generar abstracciones asociando acciones diversas observadas en el exterior  y de acciones propias.
[2] Jean Piaget, epistemólogo, psicólogo y biólogo, también especializado en la cognición infantil, la cual la describía como diferenciada del adulto, por mor de la serie de patrones que describía como diferenciadores en las diferentes etapas de desarrollo del individuo.
[3] Avran Noam Chomsky, uno de los lingüistas más destacados del siglo XX, cuya gramática generativa indagaba en los aspectos y estructuras más profundos del lenguaje de los que se deduciría el innatismo en la adquisición del lenguaje y en la autonomía de la gramática que bien podría postularse como universal.
[4] Véase las relaciones estudiadas por Jung, véase, por ejemplo, Jung, C. G.: Arquetipos e inconsciente colectivo, Paidós, Barcelona, 2010.
[5] Sigman, M:  La vida secreta de la mente, Debate, Barcelona, 2016, p. 104 .                             
[6] Y todo porque en la corteza frontal y prefrontal se activan diferenciadamente, según cuál sea el argumento a describir.
[7] Peliaguda cuestión que en modo alguno está resuelta, véase: Bossi, L.: Historia natural del alma, A. Machado libros, Madrid, 2008, pp.401-440.
[8] Sigman, M:  p. 123.
[9] Según Freud había tres clase de neuronas Phi (sensoriales, sin memoria ni conciencia), las Psi (receptoras de la historia de las sensaciones que no cambian en el tiempo) y las omega (que sí acumulan en el tiempo la memoria en episodios diferentes y que tienen la facultad de saltar en el tiempo, eso sí, como la maquinaria de un reloj).
[10] Sigman, M:  p. 163.




Materialidad o inmaterialidad del inconsciente, Francisco Acuyo