miércoles, 12 de diciembre de 2012

VIDA, CIENCIA Y CONCIENCIA ALIENÍGENAS II



Vida, ciencia y conciencia alienígenas 2, Francisco Acuyo, Ancile


VIDA, CIENCIA Y CONCIENCIA ALIENÍGENAS II



Parece cada vez más evidente que la ciencia camina con un pie fuera de la ley (del método científico) cuando no con ambos, sobre todo en diferentes asuntos de laxa apariencia y que requieren, no obstante, algún juicio tutelar, y esto acontece con no poca controversia, aunque haciéndose tolerar por los más severos jueces de la ciencia, ora por las especulación del análisis de determinados datos, ora por la reflexión teórica más o menos bien argumentada, ora por la necesidad urgente de superar paradigmas que no acaban de responder a todas las interrogantes planteadas.

Vida, ciencia y conciencia alienígenas 2, Francisco Acuyo, Ancile
Cuando se establece un discurso sobre temática controvertida, diríase que siempre se busca una suerte de licencia y libertad singulares, y todo para disponer de la audacia y disposición necesarias para acompañar la liberalidad y valentía que al lector mismo le suponemos, pues, afín a su paciencia lectora acompaña si audaz y verdadero interesado le significamos, y todo por debatir aquellas cuestiones de nada fácil resolución y no más sencilla demostración para el buen entendimiento. La opulencia de su disputa discursiva se ofrece desde luego para todos, aun para los más charlatanes, ladinos y timadores; hasta hace muy poco el desorden y desgobierno en esta materia establecía el mejor salvoconducto para toda estirpe de iluminados, excéntricos e incluso perturbados. Desde luego temática como la propuesta en anterior entrada de esta misma sección, [1] y esta nueva que ofrecemos, será difícil encontrar paradigma tan a propósito. Pues con esa licencia volvemos a la cuestión debatida que, según algún correo de amigo y de lector cercano de este blog, no pueden dar crédito a que la ciencia tuviera a bien entrar en asuntos (según sus previsiones) más propios de medios sucedáneos o periféricos al debate científico. Pero no es tal la realidad, aunque sea tan heterodoxa la cofradía de los interesados. Se debate y se debatirá esta materia seguramente por largo tiempo. Vean sino las siguientes proposiciones (las cuales provienen, en buena parte por cierto, de conjeturas y aproximaciones a sectores del ámbito científico de reconocida trayectoria).

Vida, ciencia y conciencia alienígenas 2, Francisco Acuyo, Ancile
La propuestas ofrecidas son de hecho altamente sugerentes. A saber: se imaginan que en realidad ya estuviesen observando nuestros movimientos (entidades extraterrestres) mediante alguna sonda geosincrónica[2], o si ya estuviesen entre nosotros a través precisamente de este medio que ahora mismito estamos utilizando, me refiero a la red de redes[3]… Estas serían, entre otras muchas, las sugerencias de consuno expuestas. Sin embargo, todo parece indicar (así lo admiten las autoridades científicas que estudian estos supuestos) que no quieren manifestarse abiertamente a la raza humana. Quizá sea, simple y llanamente porque no hay tal ciencia y conciencia extraterrestre. Aunque también podemos optar porque no pretenden interfieren en sus observaciones sobre nuestras vidas, del mismo modo que no lo haríamos nosotros en la investigación zoológica, o, que en el orden de sus preocupaciones no estemos de ningún modo incluidos. La motivación alienígena no tendría por qué parecerse a la humana (finalista y ganancial por antonomasia). Incluso se hace énfasis en que la riqueza biológica de nuestro planeta puede ser motivo más que suficiente para no encontrar huella de su paso (¿miedo a potenciales contagios biológicos?), pero, ¿es cierto que nunca estuvieron en nuestro planeta? Estudios arqueológicos muy específicos no dan por sentada dicha ausencia. Pero no entraremos en controversia llena de polémica y digna sin duda de otro espacio de debate.

Por otra parte, no debemos dejar de lado que en realidad muy bien no tendríamos por qué tener la menor idea del rasgo y alcance de su supuesto avance tecnológico, el cual no tendría por qué parecerse siquiera al que nosotros disfrutamos (o padecemos) en la actualidad. De hecho, la distinción entre el artificio y lo natural podría no estar ni con mucho tan claro al modo como ahora lo entendemos en nuestro mundo. La visión cuántica del universo nos pone en muy serios antecedentes: la parte sólo y únicamente está definida en relación al estado del todo de la que forma parte, por lo que la máquina cuánticamente concebida por una ciencia y una conciencia súper avanzada alienígena, no cabría evaluarse conceptualmente con el mismo significado que un artefacto actualmente referenciado por nuestra tecnología.

Finalmente, es irremediable poner en cuestión si nuestra ciencia (y desde luego nuestra conciencia) está en condiciones de evaluar y establecer hipótesis sobre tecnologías que acaso ni siquiera podamos soñar y, que, incluso, puedan poner en jaque algunas de las constantes, principios y leyes que tenemos por inalienables en la física de la actualidad. De hecho, sí podemos imaginar en el ámbito de los avances de la biología, que el principio de evolución selección natural puede fracturarse en tanto que podamos decidir qué o quién sobrevive en un determinado círculo social o natural (los avances en la manipulación genética apunta claramente a esta conjetura). Todo esto acabará afectando inevitablemente a la misma conciencia (e inteligencia) de lo que hoy, todavía, denominamos máquinas.

Vida, ciencia y conciencia alienígenas 2, Francisco Acuyo, Ancile
La ciencia y la conciencia postbiológica[4], sino acabamos echando nuestro futuro por el desagüe, será una realidad inevitable y que muy bien pudiese tener una relación o analogía mucho más cercana con esas potenciales civilizaciones superavanzadas extraterrestres, que con las actuales que habitan nuestro entorno. Entidades (¿artificiales?) con identidad personal que manejan una ciencia avanzada en pos de una conciencia (¿cuántica?) cuya capacidad de proceso y resolución de datos sea casi inimaginable para nosotros ahora. Pero surge otra pregunta inevitable ante la hipótesis de la existencia de tales entidades extraterrestres: ¿Por qué habrían de encontrar algún interés en un mundo físico concreto como el nuestro? Si alguna vez fuimos producto de su imaginación creativa (como apuntan algunos más audaces en sus hipótesis) pudiera ser este motivo de curiosidad netamente científico, aunque no debiéramos esperar ninguna consideración ética o estética de su magnificencia tecnológica. ¿Estará la humanidad preparada para el conocimiento de una ciencia y conciencia extraterrestres de estas características?, ¿O lo estará siquiera para los cambios que se barruntan en nuestro futuro, a tal vez no ha demasiada distancia en el tiempo (y, como decía, si la indecencia política, ideológica y económica de nuestro mundo no lo hunden en la miseria o la misma extinción), y que estos avances exijan cambios de mentalidad, ahora tal vez inimaginables; los habitantes de las nuevas sociedades de nuestro mundo futuro tendrán, para nosotros ahora impensables, exigencias de adaptación para el mejor entendimiento de lo que se les aproxima.

No sería extraño que surgieran (sino está sucediendo ya) una suerte de reacción ideológica en contra de todo aquello que suponga una ruptura de la tendencia humana ancestral de progreso violento, evolutivo, interesado y finalista de grupos más o menos cerrados e interesados (una vuelta al tribalismo más recalcitrante, véanse el resurgir de los movimientos nacionalistas, los fundamentalismos religiosos e ideológicos….) que se mostrarán frontalmente en contra de cualquier alternativa de reconocimiento integrador de ciencia, conciencia y de inteligencia, y a cualquier aspiración de una perspectiva más profunda de la realidad que vaya más allá de presupuestos centrados netamente en la viciada óptica convencional (religiosa, ideológica e incluso científica) antropológica. Me trae esto a colación en referencia al designio del ser humano que parece ponerse en evidencia con estos intrigantes trasuntos, a aquel bellísimo pasaje inicial de nuestro admirable y admirado Rinconete y Cortadillo[5]  cuando siendo interrogado por el compañero de andanzas en relación de dónde venía, quién era y a dónde iría, responde: …pero yo he dicho verdad en lo que he dicho, porque mi tierra no es mía, pues no tengo en ella más que un padre que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como un alnado; el camino que llevo es la ventura, y allí le daría fin donde hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.



                              Francisco Acuyo





[2] Con una órbita de un día y de apariencia estacionaria.
[3] No es esta posibilidad tan extravagante como en principio podría pensarse vean si no el sitio: http://www.ieti.org/
[4] A conclusiones muy semejantes llega Davies, P.: Un silencio inquietante, pp. 204.
[5] Cervantes, M.: Novelas ejemplares, obras completas, Aguilar, tomo II, Madrid, 1986, pp. 80.




Vida, ciencia y conciencia alienígenas 2, Francisco Acuyo, Ancile

martes, 11 de diciembre de 2012

PABLO NERUDA: AMOR Y POESÍA


No podía faltar en nuestra sección de Amor y poesía, los versos arrebatados de Pablo Neruda. Poeta del amor incuestionable que habría de marcar los primeros años, los incipientes comienzos, los balbucientes inicios de poeta enamorado del amor y la poesía. He aquí una exigua muestra de su genio y de su fuerza, en un puñado de célebres poemas que dan alas a cualquier espíritu que se precie de haber amado alguna vez, de haber sentido vibrar el amor en el verso como muy pocos lo han conseguido. Con todos vosotros el amor y la poesía del universal Pablo Neruda.



Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile



PABLO NERUDA: AMOR Y POESÍA



Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile







Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, 
te pareces al mundo en tu actitud de entrega. 
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava 
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros 
y en mí la noche entraba su invasión poderosa. 
Para sobrevivirme te forjé como un arma, 
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo. 
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. 
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia! 
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia. 
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso! 
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, 
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.



INCLINADO EN LAS TARDES TIRO MIS TRISTES REDES  




Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes 
a tus ojos oceánicos. 
Allí se estira y arde en la más alta hoguera 
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago. 
Hago rojas señales sobre tus hojos ausentes 
que olean como el mar a la orilla de un faro. 
Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía, 
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto. 
Inclinado en las tardes echo mis tristes redes 
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos. 
Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas 
que centellean como mi alma cuando te amo. 
Galopa la noche en su yegua sombría 
desparramando espigas azules sobre el campo. 


Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile
Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile













Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.




Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile












¡Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso,
qué soledad errante hasta tu compañía!
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
No amanece aún la primavera.

Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
juntos desde la ropa a las raíces,
juntos de otoño, de agua, de caderas,
hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

Pensar que costó tantas piedras que lleva el río,
la desembocadura del agua de Boroa,
pensar que separados por trenes y naciones

tú y yo teníamos que simplemente amarnos,
con todos confundidos, con hombres y mujeres,
con la tierra que implanta y educa los claveles.









Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile










Antes de amarte, amor, nada era mío: 
vacilé por las calles y las cosas: 
nada contaba ni tenía nombre: 
el mundo era del aire que esperaba.

Yo conocí salones cenicientos, 
túneles habitados por la luna, 
hangares crueles que se despedían, 
preguntas que insistían en la arena.

Todo estaba vacío, muerto y mudo, 
caído, abandonado y decaído, 
todo era inalienablemente ajeno,

todo era de los otros y de nadie, 
hasta que tu belleza y tu pobreza 
llenaron el otoño de regalos.










Espléndida razón, demonio claro 
del racimo absoluto, del recto mediodía, 
aquí estamos al fin, sin soledad y solos, 
lejos del desvarío de la ciudad salvaje. 

Cuando la línea pura rodea su paloma 
y el fuego condecora la paz con su alimento 
tú y yo erigimos este celeste resultado! 
Razón y amor desnudos viven en esta casa. 

Sueños furiosos, ríos de amarga certidumbre 
decisiones más duras que el sueño de un martillo 
cayeron en la doble copa de los amantes. 

Hasta que en la balanza se elevaron, gemelos, 
la razón y el amor como dos alas. 
Así se construyó la transparencia.


Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile






No tengo nunca más, no tengo siempre. En la arena 
la victoria dejó sus pies perdidos. 
Soy un pobre hombre dispuesto a amar a sus semejantes. 
No sé quién eres. Te amo. No doy, no vendo espinas.

Alguien sabrá tal vez que no tejí coronas 
sangrientas, que combatí la burla, 
y que en verdad llené la pleamar de mi alma. 
Yo pagué la vileza con palomas.

Yo no tengo jamás porque distinto 
fui, soy, seré. Y en nombre 
de mi cambiante amor proclamo la pureza.

La muerte es sólo piedra del olvido. 
Te amo, beso en tu boca la alegría. 
Traigamos leña. Haremos fuego en la montaña.






EN MEDIO DE LA TIERRA APARTARÉ






En medio de la tierra apartaré
las esmeraldas para divisarte
y tú estarás copiando las espigas
con una pluma de agua mensajera.

Qué mundo! Qué profundo perejil!
Qué nave navegando en la dulzura!
Y tú tal vez y yo tal vez topacio!
Ya no habrá división en las campanas.

Ya no habrá sino todo el aire libre,
las manzanas llevadas por el viento,
el suculento libro en la enramada,

y allí donde respiran los claveles
fundaremos un traje que resista
la eternidad de un beso victorioso.



                                                                         
Pablo Neruda: Amor y poesía, Ancile
                                                                      Pablo Neruda

domingo, 9 de diciembre de 2012

VIDA, CIENCIA Y CONCIENCIA ALIENÍGENAS



Retomamos con un nuevo post la sección De juicios, paradojas y apotegmas del blog Ancile, esta vez en dos entregas breves sobre la contemplación científica en relación a la posibilidad de vida e inteligencia fuera de nuestra frontera planetaria. Podrá constatarse que no es un tema de frivolidad propia de tiempos en los que se buscan sucedáneos religiosos de la más diversa estirpe, aunque tengamos que reconocer movimientos sociales, seudociéntificos,  ideológicos y religiosos que buscan amparo en unos presupuestos que desde luego no se enmarcan en el rigor debido al método científico. En cualquier caso los traemos a colación porque, efectivamente, muestran un claro panorama de contradicciones tan propio de los tiempos que nos ha tocado en suerte vivir y compartir.



Vida, ciencia y conciencia alienígenas 1, Francisco Acuyo, Ancile





VIDA, CIENCIA Y CONCIENCIA ALIENÍGENAS







Tantas veces he gustado de reflexionar a mi sabor sobre estas o aquellas cuestiones que de la ciencia han quedado (y aún muéstranse) marginales a su método riguroso, que no puedo sino reconocer mi inclinación depravada a trasgredir su casi siempre recomendada severidad. Es claro (a mí así me lo parece) que esta actitud responde a la condición entusiasta y acaso poco pensativa de quien les habla(más propia de quien escribe versos, que reconozco que esta índole y propiedad pueden ser un defecto para el análisis de cualquiera cosa digna de atención meritoria); ruego por todo ello acepten mis más sinceras disculpas, no obstante, también es verdad que no todo es negativo en este comportamiento, pues cuando vierto hacia esta o aquella alternativa de estudio mi atención, me vuelco siempre sin prejuicio, incluso ante aquellas cuestiones que muchas veces son tenidas por cosa altamente extravagante. La excentricidad al saber común de algunas curiosidades que irrumpen en nuestro mundo no son óbice para mi interés y curiosidad, y atiendo a ellas  con una mentalidad abierta, pues es condición indispensable para la objeción más prudente o la aceptación más juiciosa, si así la ocasión lo requiriese. Es por todo esto que no veo opósito razonable a una cuestión que también ha interesado a la ciencia en forma de muy diversas conjeturas, a saber: la vida y la inteligencia extraterrestres.

Cuando hablamos de materia y energía oscura (cuya existencia objetiva y empírica todavía no ha sido constatada, acaso deducida de diversas manifestaciones fenomenológicas concretas y descritas teóricamente), tanto en física como en cosmología, el científico avisado es consciente de la necesidad de evaluar estadísticamente la potencial o virtual evidencia de su realidad. Los razonamientos congruentes y exposiciones matemáticas, así mismo coherentes, imponen altamente la probabilidad de su existencia.

Vida, ciencia y conciencia alienígenas 1, Francisco Acuyo, Ancile
De forma análoga, y no precisamente ahora, llevan estableciéndose conjeturas en relación a la posibilidad de vida inteligente en otros mundos, diversos del nuestro propio. Los astrónomos Johannes Kepler y Christiaan Huygens en sus obras: Somnium y Cosmothereos, respectivamente, ya especulaban con la existencia de vida extraterrestre. Célebres son las referencias de Angelo Secchi y Giovanni Schiaparelli, y más tarde las de Percival Lowell, en relación a la potencial vida inteligente en Marte, y todo en torno a la observación de supuestos canales (artificiales) sobre la superficie marciana. Pero, ¿cómo se significa la ciencia en relación a este tema tan extraordinariamente sugestivo?

El programa SETTI[1] ideado por Francis Drake, funciona desde hace más de cincuenta años sin que, hasta la fecha, tengamos conocimiento de novedad en relación a la existencia de vida inteligente extraterrestre. Pero el hecho de que exista un programa (amparado, en principio, por la propia NASA), no deja de resultar harto significativo, además de manifestar en su realidad y en su proyecto unas exigencias científicas mucho más complejas de lo que en principio, para el no avisado, cabría pensarse. Ya lo advertía Paul Davies en una publicación[2] sobre temática tan ¿extraña? para la ciencia, cuando de la habitual (y un tanto pedestre)  deducción de que, en razón de una innumerable realidad de mundos en el universo, se obtenga la necesaria  consecuencia afirmativa de la existencia de vida en algunos de ellos, olvidando o no contando que esta realidad estadística no implica de forma necesaria una condición suficiente. 

Son no menos célebres los rechazos a este respecto de Francis Crick y Jaques Monod, negando  la existencia de vida fuera de nuestro planeta, estableciendo el azar como conditio sine qua non de su aparición en entorno tan singular y, desde luego, como accidente monstruoso no extrapolable a lugar alguno que no sea la misma Tierra; afirmaciones estas que, no obstante, no dejarán de resultar significativas, sobre todo cuando en realidad no sabemos con total certeza que la vida, tal y como la conocemos, se originara en nuestro propio planeta. Además, no debe obviarse  el hecho de que la química de la vida sea aleatoria no implica en modo alguno que sea inespecífica y arbitraria. La organización de la vida como evolución nos habla ya de un principio que parece romper con la visión deprimente del azar como bastión fundamental que sostiene la realización de la vida, sin contar con la posibilidad de que esta haya aparecido y desaparecido varias veces en nuestro mismo planeta, condición que, de demostrarse, ya pondría en entredicho la monstruosidad de la vida como hecho absolutamente excepcional; cuestión esta última que colocaría sobre la mesa la más que segura probabilidad de su existencia en otros lugares del universo, e incluso manifestando tal vez un origen común.
Vida, ciencia y conciencia alienígenas 1, Francisco Acuyo, Ancile
Paradójicamente, no es menos legítimo conjeturar que, si la vida en la tierra bien puede tener un origen extraterrestre, ¿por qué no ha de mantener esta una deuda con la vida inteligente que en ella habita, compartiendo la misma impronta que dio lugar a la vida tal y como la conocemos en la tierra, siendo esta inteligencia igualmente de origen estraterrestre? Es inevitable colegir (sin necesidad de hacer un ejercicio singular de imaginación) que estas características de diseño inteligente, que nos hace portadores de tan peculiar rasgo de conciencia, puedan ser también provenientes del exterior de nuestro mundo. Por lo menos nos parece igualmente razonable poner en cuestionamiento (por razones obvias de inclinación excesiva antropológica) que la inteligencia sea exclusivamente un rasgo de nuestra humanidad.

Parece que, cuando una mente como la de Gauss[3] sugería la creación de formas en el bosque siberiano para llamar la atención de supuestos extraterrestres para convencerles de nuestra inteligencia, tales conjeturas no sean del todo cosa baladí (de hecho se ha especulado con mayor o menor éxito de señales y balizas construidas en muchas partes de nuestro planeta para algo parecido, véase las pistas de Nazca como singular ejemplo). En conclusión, parece que la ciencia, aun en su rigor y exigencia metodológica no desiste ante cuestión siempre delicada, sobre todo para quien no quiera pasar por perturbado proclive a los cuentos de ovnis e invasiones alienígenas.
Así, de todo lo dicho, aunque no me desdigo un punto, confirmo la demanda de atención hecha por la propia ciencia hacia tales cuestiones, sin querer por otra parte más recompensa del lector sino que se tengan por verdaderas y honestas estas reflexiones inspiradas por la propia ciencia, conciencia inigualable para cualquier aspiración a la verdad.



                                                                                                                             Francisco Acuyo



[1] Search for ExtraTerrestrial Intelligence, o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre tratan de encontrar vida extraterrestre inteligente, ya sea por medio del análisis de señales electromagnéticas capturadas en distintos radiotelescopios, o bien enviando mensajes de distintas naturalezas al espacio con la esperanza de que alguno de ellos sea contestado.

[2] Davies, P.: Un silencio inquietante, Crítica, Barcelona, 2011, pp. 41.
[3] Nos referimos nada menos que el insigne matemático Johann Carl Friedrich Gauss (1777-1855)

Vida, ciencia y conciencia alienígenas 1, Francisco Acuyo, Ancile

viernes, 7 de diciembre de 2012

DEBATE SOBRE EL BUDISMO, CUARTA SESIÓN, POR TOMÁS MORENO

Ofrecemos en la sección de Microensayos la cuarta y última entrega sobre el Budismo, trabajo culminante de la serie del profesor y catedrático de filosofía Tomás Moreno, seguros de que esta gradación de trabajos sobre la materia serán de referencia para los interesados en temática tan fascinante como actual.







DEBATE SOBRE EL BUDISMO (IV Sesión)


Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4


ANTROPÓLOGO.- Hoy vamos a dedicar nuestra sesión a analizar la historia de la penetración y difusión del budismo en Occidente y, si nos es posible, a indagar las causas de su arraigo en determinados sectores -sobre todo jóvenes- de nuestra cultura, fascinados por el Oriente en general y por el budismo en particular.
            Es cierto que se tienen noticias fidedignas del contacto de la cultura budista con Grecia a partir, sobre todo, de la época helenística[1]. También se conocen contactos con la civilización oriental a lo largo de toda la Edad Media europea y el Renacimiento: el afán misionero, aventurero y comercial -la “ruta de la seda”, por ejemplo- impulsó a numerosos viajeros atrevidos, desde Fray Guillermo de Rubruk, Juan del Plano Carcopino o el gran Marco Polo, a adentrarse por los lejanos territorios de extremo Oriente, dejándonos testimonios y relatos inapreciables de sus exóticos viajes.
            Más tarde, en los siglos XVII y XVIII, sectores minoritarios de la cultura europea, desde filósofos como Leibniz, o enciclopedistas franceses como Diderot y Voltaire e historiadores como Jules Michelet, se interesaron por las exóticas civilizaciones orientales para utilizar sus enseñanzas como un arma contra el cristianismo o el clericalismo, al servicio de los ideales Ilustrados.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
            En el siglo XIX, el encuentro de lo Occidental con Oriente se fue haciendo más visible. Es cierto que estos contactos no superaron al principio lo anecdótico y epidérmico, quedando reflejados en el ámbito de la literatura y el arte: desde el exotismo superficial y decorativo de novelistas como Pierre Loti, Claude Barriere, los poemas a la manera de la poesía china de Victor Segalen o los haikus japoneses de los poetas imaginistas anglosajones, hasta incluso la pintura impresionista francesa (el retrato de Pére Tanguy de Van Gogh). Pero fueron los Románticos alemanes (F. von Schlegel, J. G. Herder) y la tradición contrarrevolucionaria francesa quienes hallaron en el pensamiento oriental -esta vez al contrario que los enciclopedistas del XVIII- argumentos para combatir precisamente la ideología de la Ilustración (sus derechos del hombre y su materialismo). En otros ámbitos culturales europeos, como el de la filosofía, se produjo también, ya lo comentamos, un verdadero interés por las sabidurías hindúes y budistas: desde Schopenhauer hasta Paul Deussen.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
Aldous Huxley
            A principios del XX, escritores europeos desde Herman Hesse (Siddharta, 1922 o el Viaje a Oriente, 1932) o Aldous Huxley (La Filosofía Perenne, 1945) hasta Paul Claudel (El conocimiento del Este, 1896) o Henri Micheaux (Un bárbaro en Asia, 1933) mantienen ese interés por lo exótico oriental. Pero es en la década de los cincuenta tras la invasión maoísta del Tíbet -que es anexionado a la China en 1950-51[2]- cuando los Beatnicks, inspirándose en el budismo y en el hinduismo, inician en las costas occidentales de los Estados Unidos su minoritario movimiento de protesta contra la sociedad de consumo -que puso de moda las drogas, la libertad sexual y el pacifismo- y que alcanzará su cenit y apogeo diez años más tarde, en la década de los sesenta, con los Hippies y los movimientos Contraculturales norteamericanos, tan impregnados de orientalismo.
            La década de los 70, en fin, nos sorprendió con famosos viajes al Oriente de líderes juveniles occidentales (como la peregrinación de John Lennon al Nepal) y con el viaje a Occidente de los primeros maestros tibetanos: gurús y guías espirituales.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
Herman Hesse
SOCIÓLOGO.- En conexión con todo lo que ha expuesto nuestro compañero, me ha interesado sobre todo investigar acerca de las causas del actual interés occidental por el budismo, que me recuerda, por cierto, al que experimentó Europa en el siglo XIX, y del que ya se nos ha informado cumplidamente. No cabe duda de que el budismo está de moda entre nosotros: Richard Gere, Leonard Cohen y otros artistas famosos confiesan su adscripción al budismo o al hinduismo[3]. Comunidades budistas se extienden y asientan por todas partes. Gurús y lamas son entrevistados en los periódicos. El Dalai Lama visita con cierta frecuencia los EE.UU. y Europa[4]. Películas como Siete años en el Tíbet, de Heinrrich Harret o El pequeño Buda, de B. Bertolucci, popularizan los modos de vida y sensibilidad orientales y alimentan la fascinación –de los jóvenes sobre todo- por Oriente. Surgen como champiñones Centros de Técnicas de transformación de la mente, Cursos de meditación trascendental o de Yoga, etc., por todas partes. Hasta el mismo Arnold Toynbee predijo este fenómeno cuando escribió: “Uno de los acontecimientos más significativos desde el punto de vista espiritual del siglo XX será la llegada del budismo  a Occidente”.
            Por su parte, el gran neurobiólogo chileno Francisco Valera, llegará a afirmar -sin duda con un punto de  exageración- que “su descubrimiento es comparable al impacto que el descubrimiento del pensamiento clásico causó en el Renacimiento”. A este respecto, un ilustre sociólogo francés contemporáneo, Fréderic Lenoir, dedicó en 1999 un voluminoso ensayo[5] a analizar las motivaciones principales que, en su opinión, movían a los occidentales a refugiarse en el budismo. La primera de las que cita es lo que denomina un cansancio o hastío ante el consumismo desenfrenado que preside sus vidas, a las que añade un rechazo del dominio de lo económico, y un sentimiento de frustración ante el desencanto del mundo materialista o ante la ausencia de una auténtica vida espiritual. La necesidad, por otra parte, de “recuperar un pensamiento mítico y mágico”, al que el cientificismo y el racionalismo modernos se oponen por principio, es otra de las razones aducidas.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
            Otra de las motivaciones, en fin, que señala es el atractivo de lo exótico: la imagen del Tíbet, paraje inaccesible e inviolado, mítico “techo del mundo”, al margen de la corrupción del consumismo, ha desempeñado un papel indudable en todo este proceso. Para colmo, la agresión china contra el Tíbet en los años cincuenta y, a continuación, la destrucción de la cultura tibetana, planificada por Pekín, hicieron de este pueblo, como señala el filósofo francés J. C. Guillebaud, la encarnación ejemplar del país mártir que opone a la barbarie de sus conquistadores la imperturbable dulzura de sus lamas[6], cuyo líder y figura mediática, el Dalai Lama, se nos presenta como una especie de autoridad moral universal, llena de dulzura, tolerancia y de amor desinteresados.
            A todo ello, hay que añadir la crisis indiscutible por la que atraviesan las grandes religiones bíblicas (cristianismo y judaísmo), percibidas hoy, en determinados ámbitos, como dogmáticas y burocráticas o como moralizadoras y normativistas en exceso. Frente a la figuras del sacerdote, del pastor o del rabino, que transmiten lo que hay que creer y hacer y lo que no debe creerse y hacerse –en suma, el dogma y la norma-, los conversos al budismo  y a las espiritualidades orientales, contraponen la figura del maestro oriental que enseña modalidades de una experiencia espiritual que él mismo ha realizado y con el cual los adeptos establecen una relación personal y dialógica más directa y sin mediaciones jerárquicas de ningún tipo.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
            Alan Watts decía por ello que si el zen ganó popularidad en Occidente es porque, a diferencia del estilo profético judeocristiano, no predica, no moraliza, no amenaza y porque propugna seguir el propio e individual camino espiritual, más experiencial y menos heterodirigido. Y Salvador Pániker, por su parte, aduce otras motivaciones parecidas: su condición de sabiduría sin culpa, plena de dulzura, armonía, tolerancia; la unión teoría-praxis y doctrina-vida que prescribe; el uso de técnicas de transformación de la mente y de liberación (sentimientos, emociones, pensamientos) que inducen al sosiego y equilibrio vital; su menor apego a lo material; la inexistencia de jerarquías (aunque sí de guías), la carencia de dogmas etc. Y además, “que no trata de vender nada. No da la tabarra”[7].
            Este modelo de budismo estaría, sin duda, en consonancia con la sensibilidad occidental contemporánea, con la ideología nihilista y relativista del llamado “pensamiento débil” y de la postmodernidad en general, que predica la muerte de los grandes relatos de la modernidad y la crisis de la idea del progreso, que ha constatado el fracaso de los movimientos (mesiánico-salvíficos) de liberación colectiva[8], que postula la desconfianza en la racionalidad científica e instrumental, así como en todo discurso normativo que defienda la existencia de una verdad objetiva o de una naturaleza humana, fundamento de la individualidad personal.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 4
            Pero debemos preguntarnos si este budismo no adolece, en realidad, de una cierta simplificación: ¿Se acerca esta imagen idílica del budismo occidentalizado a lo que en realidad es y significa verdaderamente esa doctrina ancestral? ¿No se trata más bien -como algunos creen o creemos- de un budismo a la carta, una especie de planta exótica trasplantada artificiosamente a un terreno inadecuado para su natural floración y desarrollo y, por tanto, desarraigado y desnaturalizado, o, lo que es peor, adulterado o caricaturizado?[9] O, lo que es lo mismo, de un budismo ligth, que Occidente ha confeccionado a su conveniencia y que parece olvidar la rigurosidad de su moral, la importancia de la ascesis, del orden y la disciplina en la auténtica tradición budista, y que ignora tanto la visión pesimista de su antropología -que presentaría una cierta pulsión thanática y desesperanzada de la vida-, como el fatalismo de su doctrina de la reencarnación, convirtiéndolo en un simple producto de transacción comercial, en una mera mercancía espiritual balsámica, muy vendible en el Supermercado religioso, montado y publicitado por intereses espurios en este Occidente mercantilista además de anómico y nihilista.
NEUROFISIÓLOGO.- Precisamente de ello quería yo hablar, utilizando también como fuente de mi información el importante ensayo del filósofo francés Jean Claude Guillebaud[10], al que antes se ha aludido. La puesta en tela de juicio de la individualidad y por lo tanto de la humanidad del hombre, por parte de las modernas teorías cognitivistas -de las que el ya aludido Francisco Valera es uno de sus adalides más combativos- sería una hipótesis convergente con lo preconizado por la espiritualidad budista del Anâtman o No-Yo[11].
            En efecto, el postulado de las ciencias cognitivas, según el cual no somos más que un conjunto de realidades genéticas y neuroquímicas e impulsos motrices, sin posible fundamentación en ningún Sujeto o Yo estable (alma o entidad sustancial) o en ninguna naturaleza humana permanente, nos obligaría a renunciar a nuestro Yo soberano, voluntarista, pensante y espiritual, en beneficio de esas realidades corpusculares, semejantes, en lo esencial, a los skandhas constituyentes del Atma búdica.
            Francisco Valera nos habla en realidad -como apunta S. Pániker-  de un yo sin ego, de un yo virtual, emergente, real en la interacción con el mundo, pero inexistente en cuanto tratamos de localizarlo. El yo no sería más que una propiedad emergente de ciertos mecanismos cerebrales (pero las propiedades emergentes no poseen identidad real). Se trataría, en consecuencia de un yo virtual, esto es, despojado del yo: “en el lugar del “yo” hay un vacío (sunyata)”. Lo que llamamos yo “nace de capacidades lingüísticas recursivas. El yo narrativo se constituye por la vía del lenguaje, es un fenómeno social” [12].          Ello significa, en definitiva, la desaparición de la individualidad humana, de  la consciencia individual y del espíritu humano, sobre los que se ha apoyado, durante siglos, el humanismo occidental y la ética y el derecho de nuestra civilización judeo-cristiana y romana.
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            De resultas de todo ello, quedaríamos abocados a aceptar no ya que nuestro Yo es sólo una ilusión, mera ficción sin fundamento real, sino incluso a sostener que su supresión misma -preconizada tanto por el budismo como por el cognitivismo reduccionista- comportaría la total eliminación de nuestras penas, angustias, desasosiegos y malas pasiones (envidia, odio, errores o ilusiones), puesto que en él situamos el origen mismo del sufrimiento y de las pasiones humanas. Alcanzaríamos así la superación de la ignorancia (Avidyâ) y consecuentemente nuestra liberación definitiva del dolor (Dukkha) y de la cadena del Samsara.
            Abandonando el “Yo” sufriente, habríamos alcanzado el “No-Yo” sosegado, o lo que es lo mismo “abolido” y “anulado”.  A este redescubrimiento de la tradición budista por parte del pensamiento débil de nuestra posmodernidad y de la neurobiología más actual es a lo que se ha llamado “un segundo renacimiento en la historia cultural de Occidente”.
            Y si este es el mensaje que se nos quiere vender, la incompatibilidad absoluta entre la doctrina del No-Yo y los derechos del hombre se nos mostraría como algo obvio: Si el Yo es una ilusión, si el hombre como individuo está en vías de extinción, ¿cómo vamos a cimentar el respeto a su dignidad, a su integridad o a su libertad? ¿Cómo compatibilizar la contradicción entre esa creencia  budista en el No-Yo y la defensa de los derechos humanos, que son individuales y para todos?
            Si, además, la ley del karma conduce a imputar la desgracia de una situación social actual de miseria o de una minusvalía física o psíquica, por ejemplo, a las faltas cometidas en una vida anterior. ¿Cómo, aceptada esta creencia, sería posible rebelarse contra la injusticia que padecen los niños del Tercer Mundo o apoyar su derecho -inherente a su cualidad de seres humanos- a nacer en mejores condiciones?
            ¿No estaríamos más bien ante una coartada, legitimadora de la pasividad y la resignación ante la miseria humana? ¿No nos encontraríamos con un tipo de escapismo trascendente y de culpable evasión o dimisión de nuestra responsabilidad social, más que ante una doctrina que pretendiera, en serio, ser un vehículo de realización personal o de liberación de no se sabe muy bien qué? ¿Qué respondería, venerable Gurú, a todas estas preguntas?
GURÚ.- […]. Se cuenta la historia de que un discípulo interpeló al Buda con estas palabras: “He venido para hacer una pregunta: ¿Cuál es la mejor pregunta que se puede hacer y la mejor respuesta que se puede dar? Buda contestó: La mejor pregunta que se puede hacer es la pregunta que acabas de hacer y la mejor respuesta que se puede dar es la respuesta que te estoy dando”.
           

                                                                                                                             Tomás Moreno



Bibliografía consultada:
Alfred Foucher, Las  vidas anteriores de Buda, Taurus, Madrid, 1959.
Alan Watts, Psicoterapia del Este, Psicoterapia del Oeste, Kairós, Barcelona, 1968.
Vicente Fatone, El Budismo nihilista, Eudeba, Buenos Aires, 1971.
D. T. Suzuki, La gran liberación, Mensajero, Bilbao, 1972.
H. Saddhatissa, Introducción al Budismo, Alianza, Madrid, 1974.
H. von Glassenap, El budismo: una religión sin Dios, Barcelona, 1974.
J. Luis Borges y Alicia Jurado, ¿Qué es el Budismo?, Columbia, Buenos Aires, 1976.
Edward Conze, Breve historia del Budismo, Alianza, Madrid, 1983.
S. Berchuld y Sherab Chödzin Kohn, La senda de Buda. Introducción al Budismo, Planeta, Barcelona, 1994.
Heinrich Dumoulin, Para entender el Budismo, Mensajero, Bilbao, 1997.
R. Pániker, El silencio del dios, Trotta, Madrid, 2001.





[1] Como ha mostrado el filósofo y economista francés Serge Christoph Kolm en su imprescindible Le bonheur-liberté (PUF, París, 1982), en donde desarrolla la verosímil hipótesis de una influencia budista sobre la Stoa, al considerar cómo  en la tripleta estoica epoché-lógos-phantasía kataleptiké (suspensión del juicio-razón-idea percaptadora) puede apreciarse un análogo de la progresión darana-dyana-samadhi (concentración-meditación-contemplación comprensiva y sintética) característica de la técnica budista de meditación trascendental. Otros remontan hasta los pitagóricos (VI a de C.) esta presencia del budismo en la Grecia clásica.
[2] Se producen levantamientos populares en 1959, que es reprimido sangrientamente: seis mil monasterios son destruidos, un millón de tibetanos, el 1/5 aniquilados, 200 mil asesinados. El Dalai Lama y 100 mil tibetanos se refugian en Nepal (Himalaya).
[3] Vicente Verdú al reflexionar en su ensayo El sentido del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, Barcelona, 2003) sobre este fenómeno sociocultural señala que esta búsqueda de la espiritualidad oriental por parte de estos iconos del cine, de la música y de la moda contemporánea revelarían una reafirmación del “lado femenino” de nuestra cultura, un rescate de los valores femeninos reprimidos en Occidente durante decenios. Y escribe: “Porque, al cabo, a lo que más se parece la nueva espiritualidad  y a las gimnasias suaves (el yoga, el zazen, el tai chi, el qigong) es al modelo de la feminidad. Como, a la vez, sentirse más acoplado a la naturaleza, más sensible y sensitivo, es volverse más mujer. Ciertamente, desde Uma Thurman a Tina Turner, desde Demi Moore o Christy Turlington a Laetitia Casta, Noemí Campbell o Gwyneth Paltrow, muchas se han alistado en las prácticas de la meditación zen y han apoyado sus nalgas en el zafu” (pp. 218-219).
[4] Véase al respecto la serie de entrevistas mantenidas en el monasterio de Techen Choeling por el Dalai Lama y un famoso periodista francés: Su Santidad el Dalai Lama y Jean-Claude Carriere, La fuerza del Budismo, Ediciones B, Barcelona, 1995.
[5] La Rencontre du bouddhisme et de l’Occident, dos tomos, Fayard, París, 1999.
[6] Cfr. para todo este apartado: Jean Claude Guillebaud, El principio Humanidad, capítulo “Del ‘Yo’ sufriente al ‘No-yo’ sosegado”, Espasa Calpe, Madrid, pp. 168-180
[7] Salvador Pániker, Cuaderno Amarillo, op. cit., p. 167.
[8] Pues, en efecto, han funcionado como Religiones políticas o seculares, como verdadera doctrinas de salvación intramundanas.
[9] El gran teólogo católico holandés E. Schillebeeckx (Hacia un futuro definitivo: promesa y mediación humana, en VV. AA., El Futuro de la Religión, Sígueme, Salamanca,., 1972, pp. 45-46) se muestra escéptico respecto de la posibilidad del hombre occidental -inmerso en una cultura secularizada, unidimensional y dominada por el conocimiento utilitario y científico-técnico dominador de la naturaleza- de acceder a una experiencia contemplativa en su “original primitividad”, como la budista o la taoísta orientales. No es posible tal experiencia desde el “exterior” sin sumergirse culturalmente en las antiguas tradiciones orientales. Y señala: “Al hacerse una vez en el centro de psicología de Harvard un encefalograma […] a zen-taoístas occidentales en contemplación, resultó que estos místicos no desarrollaban actividad contemplativa alguna durante su oración, sino que estaban meramente pasivos. En medio de la civilización occidental no se puede volver a una “original primitividad”. El cardenal Ratzinger, por su parte, expresaba, hace algo más de un decenio, su preocupación y recelo por estas formas de meditación orientales ya que no se dirigen a un Dios personal, confían demasiado en las técnicas y posturas y pudieran dar pie a que se confundan estados psicológicos con gracias místicas.
[10] El Principio de Humanidad, op. cit. pp. 174- 176.
[11] Cfr. Francisco Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch, De cuerpo presente: las ciencias cognitivas y la experiencia humana, Gedisa, 1992. La tesis que se defiende en este libro -la desaparición de la individualidad humana en beneficio de otras realidades (corpusculares o neurológicas- es una de las hipótesis que ofrecen las actuales ciencias cognitivas. Con ello, en opinión de J. C. Guillebaud, estas ciencias asaltan el territorio hasta ahora reservado a la filosofía: el del espíritu humano. “La inexistencia de individualidad humana se presenta como una comprobación tan evidente que dejaría caducos a un mismo tiempo el humanismo occidental y la filosofía cartesiana” (El Principio de Humanidad, op. cit., p. 168).
[12] Salvador Pániker, Cuaderno Amarillo, Areté, Barcelona, 2000, pp. 339-340.



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