jueves, 11 de abril de 2019

HERMENÉUTICA DE LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA.


Siguiendo con el mito de la Caverna de Platón, El profesor Tomás Moreno, para la sección, Microensayos, del blog Ancile, trae la entrada que lleva por título: La alegoría de la caverna. Hermeneútica.





HERMENÉUTICA DE LA ALEGORÍA 

DE LA CAVERNA


La alegoría de la caverna. Hermeneútica.Tomás Moreno


 II. LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA. HERMENÉUTICA
La riqueza de la "alegoría" platónica de la caverna no se reduce a esta única interpretación, que antes hemos expuesto. Las claves interpretativas son múltiples. Veamos algunas posibles:
            En el "mito de la caverna" vemos representada, en clave ontológica, la concepción metafísica de Platón con su división de la realidad en dos regiones o mundos ontológica o entitativamente diferentes: el mundo visible o sensible (cosmos aiszetós o caverna) y el mundo inteligible (cosmos noetós, exterior a la caverna). El mundo de las apariencias y el mundo de la verdadera realidad ontológica. El fuego que produce las sombras tiene un poder similar al del Sol en nuestro mundo de apariencias: su luz nos permite conocer el mundo. El exterior de la caverna es el mundo inteligible al que accede nuestra alma mediante la razón. La Idea fundamental del mundo inteligible es la Idea del Bien que tiene una función semejante a la que tiene el Sol en el mundo sensible: su luz nos permite conocer el resto de las Ideas. Además el Sol del mundo visible es la causa de los seres y la Idea del Bien da el ser a las demás Ideas. Así, la Idea de Belleza recibe su ser de participar de la Idea del Bien.
            El relato puede interpretarse en clave epistemológica –en conexión con el pasaje que precede inmediatamente a la alegoría de la caverna (libro VI, 509d - 511e)- los grados de conocimiento en relación con los grados del ser, representándolos sobre una línea cortada en segmentos. A partir de la distinción entre los dos ámbitos de la realidad: Mundo visible (o de la génesis y el cambio) y Mundo Inteligible (o de la ousía, verdadera realidad esencial), Platón señala cuatro grados de conocimiento posibles o escalones para ir ascendiendo y progresando en sabiduría, delimitados espacialmente con precisión, y que se corresponden fiel y geométricamente con los distintos géneros de ser existentes en cada zona del espacio interior o exterior de la caverna: En primer lugar, la zona de las sombras o imágenes del mundo proyectadas en la pared del fondo de  (ámbito de la EIKASIA, imágenes-conjeturas, mundo del Arte, grado inferior de la DÓXA u OPINIÓN). En segundo lugar, la zona que se extiende entre los prisioneros y el fuego (ámbito del conocimiento sensible, de las PISTIS, sensaciones, mundo de la Física, de los seres o cosas naturales). El prisionero es  liberado y obligado a volver su cabeza hacia el fuego y los objetos transportados, pero no los puede ver con claridad por causa del deslumbramiento (515 c 4-c 5). Este otro nivel se corresponde con el grado superior de la DÓXA u OPINIÓN), la creencia, que se corresponde con la Física. Es, podríamos decir, la boca o abertura de la caverna.
La alegoría de la caverna. Hermeneútica.Tomás Moreno

            El espacio del mundo exterior, visible a la luz nocturna de la luna o las estrellas al que el prisionero liberado es llevado y en donde percibe las sombras y reflejos de esos objetos o seres (515e 6-516a 7) se corresponde con el primer nivel de la (EPISTEME o CIENCIA), el estudio de los objetos matemáticos (ámbito de la DIANOIA, Razón discursiva, de las Matemáticas, "ideas” o “conceptos” matemáticos, números y figuras,). El espacio exterior a la caverna iluminado por el cielo diurno o la luz del Sol (ámbito de la NOESIS, Razón intuitiva, de las “Ideas en sí” o verdaderas realidades: (516 a 8). Es el mundo de la Dialéctica. “Y después de esto, colegirían ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían” (516 b 4-c 2). Este es el conocimiento de la Idea Suprema, la Idea del Bien.
            El mito es también explicable desde una interpretación ético-pedagógica como  una alegoría de la educación del alma ("paideia") en su búsqueda de la verdad  y del bien o la virtud. El logro del conocimiento y de la virtud exige un esfuerzo ascético (ascender dificultosamente, con esfuerzo, por el "camino escarpado" que lleva al mundo exterior, que nos hace ascender/progresar desde la simple apariencia de las ideologías imperantes y de sus informaciones (sombras, reflejos) hasta ir alcanzando grados de saber superiores: el conocimiento y la sabiduría). Es la filosofía o la dialéctica la encargada de educarnos para ese objetivo. Únicamente los que conocen la Idea del Bien están preparados para gobernar, desprecian el mundo de la política y sólo desean permanecer dedicados al estudio y la verdad hasta los cincuenta años. La educación tiene un carácter liberador: debe curar del error (función de la ironía socrática) y dirigir hacia la luz (función de la mayéutica). Sólo eso: no pretende infundir el saber (como los sofistas), sino únicamente orientar al discípulo en la buena dirección, para que uno lo descubra por sí mismo.
            Cabe también una Interpretación Político-social y otra Antropológico-Escatológica. Se nos indica en el relato cual debe ser la misión y la función política del filósofo en la sociedad. Sócrates, el narrador, es consciente de que una vez en el mundo real de la ideas el filósofo preferiría morir antes que volver a tener que sufrir una vida semejante: a los que han conocido la verdadera realidad (las ideas, el Bien)  les costará mucho descender de nuevo a la caverna.
           
La alegoría de la caverna. Hermeneútica.Tomás Moreno
Pero el filósofo liberado no debe aislarse en su torre de marfil, en la estética contemplación de la realidad, sino compadecerse de sus antiguos compañeros, consciente de que es su deber moral asumir un compromiso político liberador: "descender a la caverna de la política" y tratar allí de imponer la racionalidad y el sentido de la verdad y de la justicia. Debe comprometerse con los hombres explotados, ignorantes, alienados, manipulados, encadenados por la injusticia y por la mentira y tratar de ayudar a liberarlos de sus cadenas.
            Sin embargo, al regresar a la caverna y desenvolverse en el mundo de las sombras ya no será capaz de ver en la oscuridad, ni de desenvolverse en ese oscuro mundo donde lo que importa no es la verdad sino la mentira. El mundo de las sombras se les aparecerá como extraño: y contemplará con cierto escepticismo todos los “honores y elogios” que dentro de la caverna se tributan unos a otros. Si intentase acostumbrarse de nuevo a las tinieblas terminaría por hacer el ridículo y considerarían que se ha estropeado los ojos. Si al filósofo se le ocurriese desatarlos y conducirlos hacia la luz lo matarían (Sócrates, Monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Gandhi, Martin Luther King serían un buen ejemplo de tal tipo de conducta y de sus trágicas consecuencias).
            Por otra parte, la distinta actitud de los prisioneros de la caverna puede mostrarnos las diversas formas que tienen los individuos de instalarse en su medio político-social: unos mostrarán un evidente conformismo con su situación, asumiendo con naturalidad sus cadenas, su pasividad ante la opresión, su espíritu de rebaño y sumisión, su miedo a la libertad (Erich Fromm), su "bienestar" y "felicidad" en un mundo social que es una prisión. No faltan, en este sentido, aquellos que interpreten esa situación de los encadenados como a la espera resignada de un mesías salvador, de un elegido, que los salve de su opresión y los libere  de sus cadenas. Otros, por el contrario, harán gala de su rebelión y de su lucha por liberarse por sí mismos de las cadenas y de los muros que los aprisionan y por acceder a la libertad del mundo exterior sin esperar que nadie los redima de su esclavitud o de su aceptada “servidumbre voluntaria” (La Boetie). Y ello sólo será posible mediante la "paideia": la educación, la cultura.
            La existencia además otros enigmáticos personajes en el relato, sugiere también alguna reflexión política: ¿Quiénes son, por ejemplo, los "porteadores"? ¿A quién o a quienes sirven? ¿Qué pretenden con sus engaños? ¿Son ellos, a su vez, también manejados por otro/s  manipulador/es? Se trata de las ideologías hegemónicas en una determinada sociedad que tratan de imponer sus visiones de la realidad a todos los habitantes de la sociedad-caverna; representan el Sistema, lo políticamente correcto que trata de imponerse a todos mediante los medios más efectivos en cada época: escuela, universidad, ideologías religiosas/metafísicas, instituciones etc.. Son sin duda, pues, los ideólogos de todas las sociedades,  la clase epistémica monopolizadora en cada época del saber y del sistema establecido: chamán, mandarín, sofista, filósofo, teólogo, imán, investigador científico, profesor moderno, intelectual orgánico, la comunidad científica y los escritores y comunicadores de los mass media[1]).
            En la alegoría o mito se ilustra perfectamente la concepción antropológico-escatológica de Platón, su concepción dualista del hombre: el hombre como ser dual, constituido por dos sustancias irreductibles entre sí: cuerpo-alma, "soma-sema", "cuerpo-prisión" del alma. El alma sólo puede liberarse de ella a través de un camino de "purificación". A esta categoría pertenecerían también algunos intérpretes que han visto en la alegoría de la caverna una ilustración del "Mito órfico" del "Alma caída" y aquellos otros que, desde el psicoanálisis, han utilizado para interpretarla el símil de la expulsión del útero materno en la que se realiza a la perfección la clásica dialéctica entre sombra y luz, el mundo intrauterino velado y en penumbras, en el que se escuchan sólo los ecos de las voces y el mundo extrauterino, lleno de sonidos, ruidos y de luminosidad. Presentan no obstante importantes diferencias: el nacimiento es más una expulsión que una liberación y el retorno o regressus ad uterum es inviable, absolutamente imposible (cont.).

TOMÁS MORENO




[1] Carlos París,  Ética radical. Los abismos de la actual civilización, Tecnos, Madrid, 1912,  p. 220.


La alegoría de la caverna. Hermeneútica.Tomás Moreno


lunes, 8 de abril de 2019

A VUELTAS CON LA NADA Y LA CONCIENCIA. CONCLUSIONES


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, concluimos con un par de post sobre la nada; este primero lleva por título: A vueltas con la nada y la conciencia.



A vueltas con la nada y la conciencia. Francisco Acuyo


A VUELTAS CON LA NADA

Y LA CONCIENCIA. CONCLUSIONES



MATERIA (universo), vida y conciencia acaso siguen siendo un gran enigma en su genealogía. Sobre todo si acudimos a una revisión de la nada, no sólo como concepto, sino como realidad a priori de lo que es ahora, cuestión que pone en clara evidencia las serias dificultades de la ciencia para explicar las interrogantes más fundamentales (y ¿sencillas?) de la propia existencia y de lo la conforma. Hasta las cuestiones más básicas, como es la naturaleza del aquí y del ahora, no parecen obtener una explicación lógica, ante todo porque lo que se obtiene de una supuesta explanación de todo ello (experimentalmente) es siempre una realidad paradójica. Esto último lo hemos aprendido de los estudios exhaustivos de lo más íntimo y fundamental de la materia (a través de la física cuántica).

                La dicotomía clásica (objeto y sujeto) de lo que la realidad sea, acaso ahora más que nunca antes en occidente es puesta en tela de juicio (no tanto en oriente). Todo parece indicar que aquello que denominamos realidad bien pudiera ser una mera ilusión que experimentamos como percepción de una realidad en la que las fronteras del que observa y lo observado se diluyen y que diríase que nos hablan de una única conciencia. La idea del tiempo es la ilusión de una conciencia propia, y es que lo que es (Parménides) es uno y su existencia es atemporal.

La nada es el ámbito (no el concepto) absoluto en cuya matriz espacio temporal se reflejan las formas y los movimientos que incesantemente cambian con la ilusión de la individualidad en derredor de ese espejo inmutable que es el ser de esa única conciencia inmutable.

A vueltas con la nada y la conciencia. Francisco Acuyo

La idea clásica (aristotélica y cartesiano newtoniana) de la componenda –mecánica-  del mundo como algo independiente de la mente ha sido (y es en la ciencia positiva) el indiscutible evangelio de la ciencia y los presupuestos filosófico positivos del pensamiento occidental en la actualidad. Hasta la aparición de la mecánica cuántica y sus extraños postulados que vendrán a poner en cuestión todo el edificio de su presupuesto milenario. La inclusión de la incertidumbre como como hecho integrado en la estructura de la realidad ha propuesto una óptica bien distinta de la materia, del universo, de la vida y de la misma conciencia.

El espacio y el tiempo pasan a  ser considerados instrumentalmente, como herramientas necesarias para la descripción (aparente) de la realidad. Que se comience a plantear la realidad como un hecho que no es nada (o lo que es lo mismo: es nada) a no ser que haya una conciencia que dé cuenta de cualquiera aproximación potencial que pueda existir en función de ese colapso –de materialidad y movimiento-   producido por la conciencia observadora.

La nada adquiere, según los antecedentes formulados anteriormente, carta de singular naturaleza unida estrechamente a la conciencia. El mundo cuántico y sus partículas que pueden simultáneamente existir y no existir al mismo tiempo y que se realizan en virtud del observador, proyectan una idea necesariamente capital para el entendimiento de la realidad o de lo que esta sea. El efecto de entrelazamiento cuántico (ya descrito en anteriores entradas), nos habla de una nada en la que potencialmente todo es posible y donde el espacio y el tiempo no tienen el más mínimo sentido.

En próximo post concluiremos esta conclusión sobre la nada y sus manifestaciones posibles a tenor de los procesos que realice esta singular conciencia de la que venimos hablando.


Francisco Acuyo



A vueltas con la nada y la conciencia. Francisco Acuyo


jueves, 4 de abril de 2019

LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA Y SUS CLAVES INTERPRETATIVAS


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos una nueva entrada del filósofo y profesor Tomás Moreno, en relación con el mito de la Alegoría platónica de la Caverna, y todo bajo el título: La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Trabajo de cuya merecidísima dedicatoria me hago partícipe, al maestro Emilio Lledó, quien en esta bitácora ha sido traído en ocasiones varias y por cuya sabia e imprescindible influencia el redactor de este medio se siente tan profunda y gratamente agradecido.



La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Tomás Moreno


LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA 

Y SUS CLAVES INTERPRETATIVAS



La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Tomás Moreno


I. Platón inicia el Libro VII de La República[1] (514a-518b) con una de las páginas más memorables y densas de contenido filosófico de toda la historia de la filosofía: el pasaje de la alegoría o  mito de la caverna. El relato de la "caverna” es puesto por Platón en boca de Sócrates, que dialoga con Glaucón, y viene a decir así:
            El estado en que se halla nuestra naturaleza con respecto a su "educación" ("paideusía") o "ineducación" ("apaideusía") es comparable a la de unos prisioneros encerrados en el interior de “una especie de cavernosa vivienda subterránea”. Allí, por no se sabe qué desventura, han sido condenados a permanecer de por vida, desde su nacimiento, encadenados por los pies y por el cuello (sin poder girar la cabeza hacia atrás), de espaldas a la única entrada que comunica la cueva con el exterior. Su peculiar situación les obliga a mirar únicamente a la pared del fondo de la caverna.
            “Detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior”; entre el fuego y los prisioneros encadenados hay “un camino situado en alto”, junto al cual se levanta un tabiquillo (tapia o paredilla) parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de los cuales exhiben aquéllos sus maravillas” o marionetas. Imagínate ahora que, del otro lado de ese tabique, pasan unos hombres que transportan toda clase de objetos, “cuya altura sobrepasa la de la pared”, estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de diversas materias. Y entre los que pasan unos van hablando y otros caminan en silencio.
La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Tomás Moreno

            Los prisioneros sólo pueden contemplar las "sombras" o "imágenes" proyectadas por el fuego en la pared del fondo de la caverna, y escuchar los "ecos" de las voces de los misteriosos porteadores. Para ellos esas sombras y ecos constituyen la única, la verdadera "realidad", no pueden concebir "otra" distinta. En ese estado permanecerán hasta que alguien los libere de sus cadenas y les obligue a la fuerza a abandonar la caverna y salir al exterior de la misma, pudiendo entonces contemplar a la luz del sol las cosas reales y verdaderas, el mundo auténtico y verdadero.
            Imaginemos - propone Sócrates a Glaucón- que uno de los prisioneros fuese de repente desatado y liberado de sus cadenas y forzado a levantarse, volver el cuello y marchar hacia la salida. Cerca de la misma se toparía con la hoguera y sufriría encandilamiento (o “chiribitas” en los ojos) producido por el resplandor de la luz del fuego de la caverna y sentiría dolor mostrándose incapaz de percibir aquellos objetos cuyas sombras había visto antes. Si se le dijera, una vez  cerca  de la salida de la cueva, allí donde se encuentran los porteadores y sus figurillas de hombres y de otros animales, que esos objetos son mucho más reales y verdaderos que las sombras que antes veía en el fondo de la caverna y que ahora su visión está mejor orientada que antes, tardaría en convencerse de ello.
             Y prosigue Sócrates con su imaginativa suposición: “Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma [del fuego] ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más claros que los que le muestra” […]. “Y si se lo llevaran de allí a la fuerza, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?”.
            En el exterior de la cueva, ya fuera, necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar “las cosas de arriba”. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en las aguas y luego los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de las estrellas y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol”. Poco a poco iría percibiendo las cosas de ese mundo exterior, las verdaderas realidades iluminadas por la luz del día. Finalmente, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo en su propio dominio y tal cual es en sí mismo. “Y después de esto colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían”.
            En medio de su felicidad por tan bella visión, se acordaría, entonces, de sus antiguos compañeros de la caverna, con pena y sentirá compasión y simpateia por ellos. Decidiría regresar a la caverna, para comunicarles su hallazgo. De regreso allí, todo lo “vería confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve. En su antigua morada se mostrará, pues, torpe y ofuscado: sus ojos llenos de tinieblas –por haber dejado súbitamente la luz del sol- no se adaptarían al mundo de las sombras, no pudiendo competir con sus moradores mucho más hábiles y prácticos en las sombras (por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban”). Los "conocimientos" de esos prisioneros ahora le parecerán faltos de valor y verdad. Y cuando les tratara de explicar lo que había visto fuera de la caverna no le creerían; dirían que por haber salido de la cueva se había dañado la vista o que se le habían “estropeado los ojos”, sería el hazmerreír de todos y si pudieran incluso lo matarían.
          
La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Tomás Moreno
  Hasta aquí, aproximadamente, el relato socrático de la alegoría. A continuación el propio Platón a través de Sócrates  nos va a dar las claves para su interpretación. En una primera aproximación la interpretación es sencilla: la "caverna" representa el "mundo visible”, ámbito de los seres sometidos a génesis y cambio, el mundo de las “imágenes” de las “cosas” o de los seres materiales; los "prisioneros", somos los hombres que lo habitamos, antes de haber recibido una adecuada educación ("paideia"). Sólo pueden ver sus propias  sombras, las de sus compañeros y las de las cosas transportadas por detrás del tabique, y, en consecuencia, entenderán que éstas son las únicas realidades que hay). Este estado -prisioneros de nuestro conocimiento sensible- se corresponde con el grado más bajo de conocimiento: la opinión o conjetura.
            Las "ataduras o ligaduras" que los atenazan son nuestros "sentidos" corporales que nos atan a este falso y aparente mundo. La "oscuridad" de la caverna es la "ignorancia" en la que vivimos. Las "sombras" e "imágenes" proyectadas en la pared del fondo de la caverna representan las artificios creados por el arte y la imaginación artística humana (las obras de la "mímesis" artística, copias de copias). El fuego que arde en la caverna representa al Sol del mundo sensible, principio de la vida y de la luz y visión de los seres que habitan ese mundo. El "camino escarpado" o rampa que conduce al exterior de la caverna, es el esfuerzo educativo que tenemos que emprender para acceder a la verdad.
            Los "objetos y estatuillas" llevados en sus manos y sobre sus hombros por los porteadores representan los "seres del mundo sensible" (copias de las Ideas, imitaciones de las "verdaderas realidades").Los porteadores expertos en “sombras” de la caverna son los sofistas y  políticos de la época de Platón, de la Atenas de su tiempo, educados en la retórica y expertos en el arte de la mentira y de la persuasión mediante el lenguaje y la manipulación, iniciados en el arte de hacer pasar como realidad lo que no son más que sombras o patrañas.
            La áspera y escarpada rampa o cuesta para acceder a la salida de la caverna simboliza la difícil y ardua tarea de formación y educación que debemos emprender si queremos alcanzar nuestra liberación de la ignorancia. El "mundo exterior" a la caverna simboliza el "Mundo inteligible", de las Ideas: la verdadera realidad. El "Sol", es la Idea Suprema del "Bien", "Sol del mundo inteligible", fuente y raíz de la vida, del conocimiento y de la entidad de todas las demás cosas, se puede contemplar, por unos instantes tan sólo, en "éxtasis".
            El "prisionero liberado" de sus cadenas es el "filósofo" (evoca, sin duda, la figura de Sócrates), que gracias a la "dialéctica racional" ha logrado desembarazarse de las cadenas de la ignorancia. Este ascético, difícil y esforzado camino de salida de la caverna o ascensión al mundo de las Ideas implica un proceso de “conversión” cuasi-religioso que es muy compatible con la consideración de la Idea del Bien como algo sagrado, en opinión de Werner Jaeger[2] (cont.).

TOMÁS MORENO


[1] Platón, La República, Edición bilingüe, traducción, notas y estudio preliminar por José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano, Instituto de Estudios Políticos, Tomo. III., Madrid, 1969, pp. 1-8.
[2] Cfr. Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, traducción de Loaquin Xiral, Fondo de Cultura económica, México, 2001.




La alegoría de la caverna y sus claves interpretativas. Tomás Moreno

lunes, 1 de abril de 2019

IRRACIONALIDAD DE LA NADA, DISCERNIMIENTO Y NANIDAD


Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: Irracionalidad de la nada, discernimiento y nanidad.

Irracionalidad de la nada, discernimiento y nanidad. Francisco Acuyo



IRRACIONALIDAD DE LA NADA,

DISCERNIMIENTO Y NANIDAD



SIN DUDA una de las grandes paradojas para la razón (occidental) será la (¿extraña?) relación entre el discernimiento como capacidad de entendimiento (de lo que es) y el concepto de la nada (cada día más necesario de tener en cuenta por la misma ciencia)[1] o nanidad, como lo venimos denominando en numerosos momentos de nuestra exposición sobre la temática. No sucede de igual modo en el pensamiento oriental. La manera de afrontar nuestra realidad existencial, y de todo lo que de ella podemos considerar como perteneciente a nuestra capacidad de entendimiento, decimos que reside en nuestro yo, así el conocimiento del mundo y de nosotros mismos, sujetos a la separación del que observa y lo que es observado. Sin embargo, todo parece indicar  (no solo para el pensamiento oriental), que la aprehensión de lo que sea la realidad precisa una disolución de todo condicionamiento (que, al fin y al cabo, es lo que conforma y configura nuestro yo pensante), y que pone en cuestión precisamente esta dualidad, al menos, cartesianamente[2] entendida.


Irracionalidad de la nada, discernimiento y nanidad. Francisco AcuyoLa disolución de todo lo conocido implica la disolución del yo –corporal y mental- y  el enfrentamiento inevitable con  la nada. Se dice en ciertas versiones muy influyentes del budismo (zen, por ejemplo), que esa vía de desintegración o destrucción del yo –racional- es la vía única de libertad y genuino entendimiento. Ese acceder sin prejuicio a la realidad solo puede advenir de la nada que es la disolución de todo condicionamiento personal, en el que se van adhiriendo todo aquello que ha marcado nuestro ego (costumbres, educación, prejuicios, condicionantes culturales….) a lo largo del tiempo. Hablamos nosotros aquí de la nada como muerte de todo aquello sobre lo que ha construido el yo y que nos impide ver lo que la realidad sea, cuanto mayor el ego, más imposibilitado está cualquier entendimiento de inferir lo que la realidad sea. Cuando hablamos de la muerte del yo, nos referimos a la nada, la nada o el vacío que se sitúa fuera (anterior o después) del tiempo.

                Pensar la nada es ir contra toda lógica. Nos sitúa en la paradoja –racional- constante y que adquiere carta de muy singular naturaleza, en tanto que esta nos remite de manera inevitable al fin de la conciencia (relativa de nuestro ser pensante). En cualquier caso, indagar en la nada es reconocer intuitivamente que esta, la nada es la última y primera conciencia (absoluta más allá o más acá de cualquier juicio egotista razonable).

                No en vano visionarios, místicos, filósofos de la nada, han deducido del vacío (del sunyata) toda génesis verdaderamente creativa. La visión nihilista, por el contrario, entiende vía de la razón, en la nada y la disolución que supone, la ausencia de cualquier fundamento (lógico) que llevará inevitablemente a la desesperación y a la angustia. Confuso este conocimiento racional nihilista que acaba distinguiendo entre la sinrazón del ser irrevocablemente abocado al no ser, acaso porque ignora la propia naturaleza (irracional) de la nanidad, que está situada en realidad más allá (o más acá) de cualquiera


Francisco Acuyo



[1] Ver anteriores referencias al respecto en Ancile.
[2] Rex cogitans y rex estensa cartersiana




Irracionalidad de la nada, discernimiento y nanidad. Francisco Acuyo

lunes, 25 de marzo de 2019

NADA: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR, MUY BREVEMENTE



Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, ofrecemos el post que lleva por título: Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente.

Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo


NADA: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR,
MUY BREVEMENTE



 ESTÁ claro que el hombre, en su tránsito existencial, vive, experimenta e intuye la infinitud en algunos momentos de su vida, así como, en contraste, la evidente caducidad de todo lo que existe. Lo infinito, durable, digo, se nos antoja que reside en lo bello y por serlo merece o debería ser permanente (como gozo de plenitud estética), y que se nos antoja aún más necesario ante la efímera y caduca realidad de la cosas que, al fin, será la que nos señale la impermanencia de nuestro propio existir.

                Será ante la implacable contemplación de la disolución y muerte de todas las cosas que, veamos la inflexible e inevitable realidad última, y que acabamos por identificar con la nada, y que se impone fuera del alcance de los designios de nuestra propia voluntad. Es la destrucción que sanciona inexorable nuestra realidad existencial, no obstante, amorosa –absoluta-, si es que la entendemos como  fuerza renovadora, creativa, ya que es el fin y el principio de todo.
Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo

                Esta nada destructora _y amorosamente creativa- nos enfrenta a una realidad que acaece y es en un ámbito sin tiempo ni espacio y, acaso, sin principio ni fin, y en consecuencia como expresión y o realidad única de trascendencia que, de manera paradójica, para la razón es inmanencia absoluta.

                La nada es un no ser en el mundo que, en virtud de su naturaleza vacía, es, sin embargo, ser en el mundo. Este yo que una vez fue y ahora es nada, es el recipiente (amoroso) que es compasión (y filantropía) hacia todas las criaturas que tienen nuestra misma y paradójica naturaleza, y que no hacen sino mostrar que en la nada o en la gran muerte cielo y tierra se renuevan.[1]

                Concluiremos en próxima entrada sobre la naturaleza de la nada y su extraordinaria relación con la conciencia, que llevará por título, A vueltas con la nada y la conciencia, conclusión.

Francisco Acuyo



[1] Nishitani,: Op. Cit.  p. 351.



Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo


viernes, 22 de marzo de 2019

OTTO WEININGER: UN GNÓSTICO CRISTIANO


Cerramos las entradas entorno al filósofo Otto Weininger con el post del filósofo Tomás Moreno que lleva por título: Otto Weininger: un gnóstico cristiano, para la sección, Microensayos, del blog Ancile.

Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno





OTTO WEININGER:  UN GNÓSTICO CRISTIANO



Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno

La actitud de Otto Weininger respecto de la sexualidad y de la naturaleza de la mujer, a lo largo de su ensayo y especialmente en el capítulo XIV, refleja, pues, toda una antigua concepción religiosa soteriológica, cuyos orígenes -ya lo hemos indicado en el anterior epígrafe- se remontarían al herético gnosticismo cristiano de los primeros siglos cristianos. Permítasenos reiterar en los párrafos que siguen algunas de sus similitudes. En efecto, si el gnóstico puro execraba la sexualidad y el parto -responsable del primer “encarcelamiento” corporal de las almas desdichadas- y vinculaba su aversión por el mundo sensible y su aversión por la unión carnal (idea profundamente enraizada en la gnosis), Weininger -fallido fundador de una religión ascética y antifemenina-  también predicaba el exterminio (gnóstico) de todo lo carnal. Porque éste era, en definitiva, el estado de agregación al que veía ineludiblemente condenados a mujeres y judíos: “El hombre tiene que redimirse del sexo y sólo así redimirá a la mujer. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro” (SYC, Ibid).
Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno

            El objetivo de la continencia es esencialmente, para el gnóstico, evitar la procreación para evitar la muerte y la rueda de la existencia.  La opción de Weininger por el ascetismo, la castidad y la continencia (“se trata”, confiesa paladinamente nuestro filósofo, “de la pretensión de la castidad para ambos sexos”) en nada difiere, como se ve, de la de los gnósticos y su objetivo es el mismo: “La negación de la sexualidad tan sólo mata al individuo corporal, pero confiere existencia al espiritual” (SYC, p. 339). Ese es el requisito imprescindible, según Weininger, para liberarse de la prisión de la naturaleza y poder acceder a un nuevo estado de superior y soberana libertad. Entre los gnósticos cristianos la mujer con su matriz es la que perpetúa la rueda de las generaciones, el círculo -concebido como infernal- de los nacimientos y de la muerte, obra de un aciago demiurgo. El texto del evangelio apócrifo de Tomás así lo refleja:

“Simón Pedro les dijo: ‘Que María salga de entre nosotros, pues las mujeres no son dignas de la Vida’. Jesús dijo: Pues yo voy a guiarla a fin de hacerla varón, para que se convierta ella también en un espíritu viviente parecido a nosotros, varones. Pues toda mujer que se haga varón entrará en el Reino de los Cielos”[1].
           
            En Weininger las mujeres, como hemos visto, esclavas del cuerpo y de la sexualidad, ni pueden liberarse por sí mismas, ni pueden tampoco ser liberadas o redimidas ya que “en tanto que la mujer no deje de existir como mujer para el hombre, no dejará de ser mujer” (SYC, p. 337). Para Weininger la condición para dejar de ser mujer es renunciar sincera y voluntariamente a ese acto sexual –el coito- que como una cadena ata al género humano a esa vida inferior que comparte con las hembras de las demás especies y que la somete y obliga a asegurar “la continuidad de la especie, mezquino sustitutivo de su falta de fe en la vida eterna” (SYC, p. 339).    La redención, por consiguiente, sólo puede llevarla a cabo un ser que participe de la vida superior, un espíritu puro: el hombre, lo masculino en su máxima encarnación posible. La liberación de la humanidad, y en primer lugar la de la mujer, de lo demoníaco causado por el “eterno femenino” (y que comprende también en términos raciales el espíritu judaico en su conjunto) exige, pues, matar todo lo carnal, todo lo material, renunciar a todo lo sexual. Exige, ni más ni menos, la abolición radical de los dos sexos:

El hombre debe redimirse del sexo, y sólo así redimirá a la mujer. Sólo su castidad, no su lujuria, como ella cree, es su salvación. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro. He aquí por qué el problema de la mujer persistirá mientras haya dos sexos, y tampoco se resolverá antes el de la humanidad” (SYC, p. 338).

            No otra fue –en opinión de Weininger- la aspiración del antiguo gnosticismo cristiano, tal y como nos transmiten las palabras de Clemente de Alejandría, según el cual Cristo habló en este mismo sentido a Salomé, afirmando que “la muerte continuará en tanto que las mujeres paran” y que “la verdad no alumbrará hasta que de los dos sexos haya surgido un tercero que no sea hombre ni mujer” (SYC, p. 338). El texto del Padre de la Iglesia viene textualmente a decir lo siguiente:

 “A Salomé, que preguntaba cuánto duraría el tiempo de la muerte, el Señor respondió: El tiempo que vosotras las mujeres deis a luz hijos. Y Salomé le dijo: Luego, he hecho bien en no dar a luz. El Señor le respondió: come de todos los frutos, pero no del que es amargo. Como Salomé le preguntara qué debía entender por ello, el Señor le respondió: Cuando hayáis pisoteado el ropaje de la vergüenza, el cuerpo, y cuando ambos –el macho y la hembra- sean sólo uno, ya no habrá hombre ni mujer”[2].
            En este caso no sería, pues, el retorno al paraíso andrógino y el logro de la completitud del ser humano, en su dimensión biológico-orgánica como bisexualidad o intersexualidad, la aspiración última de su doctrina salvadora –como afirmara la primera de las interpretaciones que hemos examinado- sino la extirpación y anulación radical y definitiva de la feminidad, de la mujer pura o absoluta, con el consiguiente establecimiento de un nuevo reino espiritual, en el que no tengan ya sentido ningún tipo de realidades corporales ligadas a cualquier tipo de sexualidad -sea ésta la bisexualidad o sea la diferencia sexual- ya que se habrá producido la total superación de la misma en un mundo puramente inmaterial y asexual trascendente.
Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno            Al terminar de leer libros como éste nos preguntamos: ¿Qué es lo que, verdaderamente, nos está proponiendo su autor? ¿Qué tipo de discurso presuntamente científico es éste, que nos invita a la extinción de la humanidad como paso previo a su total redención y salvación? ¿A qué se refiere su autor al aludir a expresiones propias del lenguaje religioso: un anhelado “reino de Dios”, “partícipe de lo divino”, “fe en la vida eterna”, “redimirse del sexo”, “ser humano puro”? ¿Qué discurso científico se revestiría de semejantes kerigmas soteriológicos?¿Qué claves hermenéuticas utilizar para adentrarnos en su verdadero sentido y significado?
            ¿Cómo interpretar esta obra tan compleja y esotérica que le llevó a su autor, Weininger, desde una cientificidad de partida a construir un sistema que resultó tan extravagante e irracional como las ideas no científicas que decía menospreciar?[3] La conclusión a la que llegaría Weininger, en la interpretación de H. Moreno, “apunta hacia esta discrepancia entre los dos mitos: si bien su punto de partida había postulado la presencia de los dos sexos –inclusive- en caracteres físicos- en cada individuo humano, el punto de llegada exige la desaparición de todo aquello que a lo largo de medio millar de páginas se ha caracterizado como lo femenino”.  Para nuestra autora la recuperación de la completitud perdida a consecuencia de la expulsión del paraíso andrógino, sería la propuesta de salvación weiningeriana. Ello significaría, en efecto, la completa anulación de la feminidad –la expulsión del cuerpo femenino maternal- del panorama humano[4].
            En nuestro caso, al escuchar su mensaje doctrinal nos parece asistir más a la predicación de un falso profeta de un nuevo cristianismo gnóstico regenerado, a la soflama mística de un teósofo o de un romántico esotérico y ocultista, de los que tanto abundaban en su medio social, que al discurso racional de un racionalista exaltado representante del cientificismo y del positivismo finisecular como trataba de presentarse. El pathos con el que Weininger acomete su propuesta soteriológica, su doctrina salvífica, es más propio de un mesías iluminado, tan abundante, por otra parte, en la tradición judaica, que de un científico objetivo, atento a los hechos.
            No olvidemos, por otra parte, que el libro está escrito en momentos de profunda crisis espiritual del joven filósofo: coincidiendo con un proceso de “conversión religiosa” que le llevará a abrazar su nueva fe protestante: un cristianismo regenerado. Al leerlo nos parece estar escuchando, efectivamente, la revelación del fundador de una nueva religión misógina y falolátrica, de un delirio seudorreligioso, de un gnóstico redivivo, en la que se nos ofrece una gnosis, un “conocimiento salvador”, para el advenimiento de una nueva espiritualidad, de un nivel superior de humanidad y un nuevo orden espiritual que haga posible: instalar el reino de Dios sobre la tierra (SYC, p. 337). Y esto no se conseguirá “por la emancipación de la mujer por obra del hombre, sino de la emancipación de la mujer por ella misma” (SYC, p. 337). Es decir: inmolándose como mujer, renunciando a serlo, cesando de serlo (SYC, p. 340).

TOMÁS MORENO



[1] Ev. Th, 114. Citado en Francine Culdaut, op. cit., p. 46.
[2] Fragmento conservado por Clemente de Alejandría del Evangelio de los Egipcios, escrito gnóstico del siglo II. Citado en S. Hutin, (op. cit.,  p. 33). Son múltiples los textos gnósticos que como éste aluden a ese retorno al momento originario de indiferenciación sexual que también propugna Weininger, pero cuyo sentido trasciende lo biológico corporal asumiendo un significado espiritual. Baste con éste otro, procedente del Evangelio de Tomás (Ev.Th, 22): “Jesús vio unos pequeños que estaban siendo amamantados. Dijo a sus discípulos: ‘estos niños que están mamando se parecen a los que entran en el Reino’. Ellos le dijeron: ‘Entonces, ¿haciéndonos pequeños entraremos en el Reino?’. Jesús les dijo: “Cuando hagáis de dos uno, y hagáis el interior como el exterior, y el exterior como el interior, y lo alto como lo bajo; y cuando hagáis del varón y de la mujer una sola cosa, a fin de que el varón no sea varón y la mujer no sea mujer; cuando hagáis ojos en lugar de un ojo, y una mano en lugar de una mano, y un pie en lugar de un pie, y una imagen en lugar de una imagen, entonces entraréis”, citado en Francine Culdaut, op. cit. p. 46.
[3]Aun presentándose exteriormente con rasgos de carácter científico, en los que está muy marcada la huella de la mentalidad positivista dominante en los albores del siglo, Weininger se aproxima a posiciones más cercanas a una doctrina esotérica que a otra cosa. Jacques Le Rider en  “El caso Weininger” ve en la obra de Weininger un “documento diagnóstico de la crisis cultural del cambio de siglo”, un momento de crisis en el que para eludir sus contradicciones internas, la sociedad huye hacia sistemas metafísicos, hacia fantasías omnipotentes seudorreligiosas (J. Riedl, op. cit., p. 98).  Desde este ángulo, se puede comparar el caso psicopatológico de Weininger con el mucho más famoso del presidente de la sala del Tribunal Superior de Justicia de Dresde, Sajonia, Daniel Paul Schreber, que dio pie a Sigmund Freud para llevar a cabo su gran estudio sobre la paranoia. Recuerda Riedl que tanto los Apuntes de un neurótico de Schreber como Sexo y carácter de Weininger aparecieron en el mismo año de 1903. Común a ambos era la fuga al extraviado sistema de sus delirios: Schreber entraba en relación directa con Dios, escuchaba voces sobrenaturales, sentía rayos del cielo, creía alimentarse de sus propias vísceras, inventaba maravillosas maquinarias deseadas y se sentía llamado a redentor de la Humanidad, al transformarse lentamente por milagro divino, desde su “posición vital honorablemente masculina”, en mujer. Terminó sus días en un sanatorio para enfermos mentales, esperando la metamorfosis redentora, literalmente opuesta a la preconizada por Weininger.
[4] H. Moreno, op. cit. pp.154-155.


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