martes, 8 de diciembre de 2020

GÉNESIS, GENÉTICA Y PRINCIPIOS DE LO TRASCENDENTE EN LA CONCIENCIA

Para la sección Pensamiento del blog Ancile traemos la nueva entrada, al hilo de otros post sobre la temática de la fe, que lleva por título: Génesis, genética y principios de lo trascendente en la concienci


 GÉNESIS, GENÉTICA Y PRINCIPIOS

DE LO TRASCENDENTE EN LA CONCIENCIA





Génesis, genética y principios de lo trascendente en la conciencia. Francisco Acuyo




Tras las interrogantes expuestas por cualquiera personalidad con capacidad consciente de

percepción y entendimiento de la realidad del mundo acaba necesariamente indagando por

la significación y sentido de dicha realidad. No descubrimos nada nuevo si observamos que

dicha significación y sentido se ha relacionado desde siempre con lo sagrado.1 Nos parece

que la creencia de que el aspecto religioso del pensamiento humano sea una mera

excrecencia de la vieja o primitiva conciencia mediante la que se trataba de explicar el

mundo, es una visión trivial por no decir profundamente ingenua de lo que esta manera de

aprehensión del mundo entraña, equivale e implica. Creo que importante tener muy

presente que lo sagrado no es tanto un estadio de la conciencia como un elemento

estructural fundamental de dicha conciencia.2


La intuición y el entendimiento de lo sagrado se identifica con la faceta espiritual del

ser humano que parece hoy día como nunca antes querer erradicar incluso del uso del

lenguaje ordinario de la sociedad. La imperativa autoridad de la ciencia, creen muchos, que

es precisamente la que empuja al deterioro y devaluación de su ámbito en la actualidad, sin

pensar siquiera que ese dominio del espíritu pudiera ser ¡mensurable, cuantificable y

medible!, en tanto que la espiritualidad es una de nuestras (acaso más preciadas) herencias

básicas del individuo.3 Se reconoce como un instinto con una singularidad que le hace

genuinamente vinculado a la conciencia y a todos los portadores de esta.


La conciencia, si se estima como un producto de nuestro cerebro, es decir como un

mero epifenómeno de este órgano fundamental neurológico, tiene pues, su origen en el

mismo, atribuyendo todas las alteraciones de dicha conciencia en estados meditación o de

éxtasis religioso a la producción de los neurotransmisores que sitúan al individuo en esa

situación peculiar de conciencia, atribuyendo más a la conciencia límbica que a la egoica4

toda la suerte de experiencias místicas o profundamente religiosas.


Sin embargo, nos parece que reducir al ámbito netamente neurológico el hecho

espiritual para explicar el fenómeno de la fe y el ámbito religioso donde se circunscribe es

resueltamente insuficiente para responder a muchas de las interrogantes que pueden

ocurrírsenos en torno al por qué se ha de creer en algo que acaso no puede ser constatado

resueltamente mediante la razón, la lógica o la ciencia misma. ¿Por qué hombres ilustres,

eruditos y de falta formación cultural, filosófica e incluso científica se manifiestan

abiertamente creyentes en doctrinas diversas que establecen la transcendente figura de

Dios como algo incuestionable? La lista sería tan larga que no merece la pena entretenerse

siquiera en enumerarla mínimamente. Me dirá que los que la niegan conformarían una no

menos numerosa. Pero esta sería, al fin y al cabo la postura lógica y razonable, por lo que,

a mí, como persona racional y lógica y adscrito en las filas de los más fieles y devotos

seguidores de la ciencia, no me llaman en modo alguno la atención: todas las directrices

sobre cualquier creencia irracional no puede ser tenida seriamente en consideración.

En esta disyuntiva entre fe e incredulidad, sin embargo, acabo por interesarme por

la faceta irracional, con el fin de dar respuestas satisfactorias al respecto. En próximas

entradas del blog Ancile, trataremos de encontrarlas, si las hubiere.



Francisco Acuyo




1 Elíade, Mircea: Historia de las ideas y las creencias religiosas, ediciones Paidós, Barcelona, 1999.

2 Ibidem. Op. Cit., pág. 17.

3 Hamer, D.: El gen de Dios, La esfera de los libros, Madrid, 2006, pág. 21.

4 Rubia, F. J.: El cerebro espiritual, Fragmenta, Barcelona, 2015, pág. 12.


Génesis, genética y principios de lo trascendente en la conciencia. Francisco Acuyo


jueves, 3 de diciembre de 2020

SOBRE LA NATURALEZA DE LOS DIOSES

Con el título de Sobre la naturaleza de los dioses, editamos un nuevo post para la sección Pensamiento del blog Ancile.


SOBRE LA NATURALEZA DE LOS DIOSES



Sobre la naturaleza de los dioses, Francisco Acuyo



Desde el Cicerón cristiano1 de Lactancio hasta nuestros días no han faltado apologetas y detractores de los dioses. También sobre qué sentido mantiene la fe o la piedad en la devoción de esta o aquella práctica religiosa. Con otras no menos profundas razones podemos trazar interrogantes nuevas que pongan en franca relación el fenómeno de la fe y la existencia de Dios. No entraremos nosotros en estos capítulos sobre el concepto de fe desde una óptica antropológica (o ética o interpersonal) relativa a sus fenómenos fuera del ámbito netamente religioso ¿Es posible una fe religiosa sin la divinidad explícita de una determinada confesión religiosa? O, mejor ¿Es posible tener fe en la realidad de la trascendencia? O ¿Acaso no es lo es lo mismo Dios que trascendencia?

Si atendemos a lo que explicita el Nuevo Testamento como fe en correspondencia con la garantía de bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven2 está directamente vinculada a la fe en Dios (omnipotente, omnipresente y omnisciente) y por tanto en su indubitable existencia. En el cristianismo esta fe esta teológicamente desarrollada en virtud a una serie de características que la hace posible y real como un don que está en íntima ligazón imbricado con la libertad de aquel que está investido por su gracia. Es de muy digna consideración en esta corriente religiosa, vincularla a la inteligencia (Un hombre inteligente confía en la Ley y la tiene tanta fe como a un oráculo divino)3 y la voluntad humanas («¡Si puedes...!», respondió Jesús. «Todo es posible para el que cree». Inmediatamente el padre del niño exclamó: «Creo, ayúdame porque tengo poca fe»),4 las cuales pueden buscar legítimo amparo en los principios de la razón y que puede fortalecerse a tenor de la experiencia de esa misma fe. La concomitancia de la fe profunda con una suerte de singular conocimiento es acaso lo que resulta más interesante y a la vez enigmático y paradójico (por aparentemente irracional)5 de aquella, sin olvidar el aspecto liberador de los individuos como otro de los fundamentos de la misma fe.

Hoy más que nunca tendremos que reconocer que le imaginario religioso6 se encuentra en una profunda crisis que pone en evidencia que la cuestión no es un problema de fe, sino que, si enlazamos a esta con la idea de Dios, debemos aclarar qué es lo que queremos decir cuando hablamos de Él; asunto que tan debatido que si nosotros siguiésemos esa senda en nuestras indagaciones, sin duda que no traeríamos nada nuevo al respecto como a sus impugnaciones sobre su esencia, sus predicados y atributos.7 No debe resultar extraño ver a la fe como una excepcionalidad en mundo ateo o declaradamente agnóstico que acaso no encuentra una clara fundamentación sino es por la profunda ignorancia social en nuestros días sobre la misma naturaleza de la religión, desconociendo, por ejemplo del mismo cristianismo que basa su razón de ser cristiano y por tanto de su fe en la razón y conveniencia de ella misma y su implicación cultural y social de sus fundamentos de certidumbre y convicción de su creencia. Y lo más difícil para nuestro propósito investigador, extraerse de las consecuencias ideológicas e incluso políticas que puede conllevar una determinada, cuestión que sería digna de investigarse en otro estudio y que no está en el ánimo de este, pues a los que a nosotros nos subyuga es la razón y origen de ese compromiso personal del que cree forzado en su fuero interno a responder o al menos afrontar interrogantes inevitables: ¿A qué nos referimos cuando pensamos en Dios? Como seres frágiles y limitados en nuestra mortalidad ¿cómo podemos entender su realidad y su manera de comunicarse con nosotros? ¿podremos comprender la situación de su Ser Absoluto con el devenir contingente y desgraciado de nuestra existencia?...

Con estas interrogantes interrumpiremos esta entrada para continuar la siguiente invitando a una reflexión bastante interesante, nos parece, que no por vieja de ser inevitablemente actual. Intentaremos si no dar respuestas, al menos mostrar con estas preguntas un motivo para la reflexión sobre lo más fundamental que angustia y preocupa al ser humano: su sentido y significado en este mundo.


Francisco Acuyo



1 Fueron muchos apologetas cristianos los que vieron en Cicerón un vigoroso detractor del politeísmo pagano (Tertuliano, San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo...)
2 Heb. 11, 1.
3 Ecli, 33, 3.
4 Mc, 9, 22-24 tanto en favor como
6 Estrada, J.A.: ¿Qué decimos cuando hablamos de Dios?, Trotta, Madrid, 2015, pág. 13.
5 Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!». Jn 20, 27-29.
7 Ibidem, pág.14. 

Sobre la naturaleza de los dioses, Francisco Acuyo


lunes, 30 de noviembre de 2020

LOS CUCHILLOS, DE PASTOR AGUIAR

Para la sección de Narrativa del blog Ancile,  traigo un espléndido relato de nuestro querIdo amigo y excelente narrador Pastor Aguiar, que lleva por título: Los cuchillos.




Cuchillos, de Pastor Aguiar



LOS CUCHILLOS




No sé por qué me pasaba la vida tirando cuchillos. Los llevaba por docenas. Dos o tres

en la cintura, sin vaina, para que no se me trabara el gesto. Otros al borde de las

polainas y unos diminutos en cada bolsillo. El último, de doble filo y del tamaño de un

lápiz, disimulado en la manilla del reloj.


Desde el amanecer comenzaba a dispararle cuchillos a los plataneros del fondo, a las

paredes de tabla y los más sutiles, a los amasijos de azucenas, por donde se precipitaba

el agua de lluvia desde el techo. Después tomaba unos tragos de ron, encendía un tabaco

e iba recogiéndolos hasta sus respectivos lugares.


Eran diez años. Desde el primer día de mi retiro de las tropas especiales de Banquitermo

había realizado un número colosal de prácticas. Era tanta mi pericia a estas alturas, tan

nítida la ubicación de cada blanco en mis reflejos, que me era imposible fallar. Trataba

de tener algunos yerros, como apuntarle a alguna nubecilla algodonosa, deseoso de

sacarle un aguacero; pero el metal giraba hacia su curso de siempre, hacia el corazón de

los plátanos, hacia el susto de las azucenas, hacia las tablas que ya eran un colador.

Tenía la esperanza de que no fuera en vano, de que alguna vez, mucho más tarde, al

menos, me iba a salvar la vida mientras tuviera un cuchillo.


Entonces vi la primera Anembrosia. Logró pasar una milésima de segundo después de

que el cuchillo mayor estiró su hilo de puntería a través del muro de las once de la

mañana. Fue como una pedrada y se posó en el techo por varios segundos. Era de la

variedad de pelo rojo, de pico redondo como ostras. No lo pensé dos veces. Agarré el

puñal más liviano y como hacen los lanzadores en los juegos de baseball, traté de

atravesarla. Pero el metal desfiló por la dureza de los rayos de aquella hora y vino a

encajarse en el mismo hueco de las tablas.

Cuchillos, de Pastor Aguiar


Entonces me irrité. Ello no me sucedía desde los comandos en la selva telúrica, donde la fuerza de gravedad fluctuaba como las mareas y el arriba y el debajo de las cosas jugaban como gatos jíbaros. Un odio irracional se apoderó de mí; pero un trago extra y par de buenas chupadas al habano, me fueron relajando.


Cuando volví a mirar la Anembrosia había desaparecido. Durante el resto de la jornada

pasaron dos o tres más, pero logré dominarme, cada vez con mayores dificultades.

Esa noche apenas dormí. Soñé que las Anembrosias habían talado todas las azucenas,

derribado los plataneros, desclavado las tablas de las paredes, arrancado los postes del

patio y volcado el tanque del agua.


Me levanté antes que el sol y entre los primeros luminazos pude ver que, efectivamente,

al menos las azucenas parecían la escena de un crimen y casi todas las cepas de plátano

habían sido trucidadas de forma abominable sobre el pasto.


Lancé los primeros cuchillos, los de la cintura, sin fallar uno, contra los troncos aún de

pie, contra el amasijo de azucenas marchitas, sobre la tablazón. Hasta que a media

mañana volvieron, porque era una veintena de Anembrosias del tamaño de lobos, de

pelambre roja mayormente. Cada vez que lanzaba un dardo, ellas pasaban una milésima

de segundo antes, como adivinando el trayecto, burlándose al amparo de sus

velocidades.


No pude sostener los nervios y comencé a tirar con ambas manos, apenas con instantes

de separación y los muy cabrones se clavaban donde debían, en los únicos puntos dados

por la costumbre, hasta que no me quedó uno. Entonces ocurrió la debacle. Agarré el

machete que solo reservaba para la chapea del pasto y cuando lo hice un grito me rajó la

garganta, como cuando los peores ataques en las praderas de Esquistos. Cerré los ojos

para gozar esta furia, que era como el sabor de un vino milenario y avancé en círculo

dando molinetes, danzando como las tribus anemólides durante las fiestas para

homenajear al primer sangramiento de las vírgenes. Con la misma naturalidad con que

se respira, en el clímax del éxtasis, iba cantando todos los himnos sabidos, para

alcanzar, finalmente, la eficacia del estallido de un látigo, cuando todas sus inercias se

catapultan ondulando hacia sus extremos.


Daba golpes a troche y mocha y tajaba a las solideces, al aire enrollado en el patio, al

muro reblandecido de la luz del medio día y quién sabe a cuántas Anembrosias, porque

pude sentir sus chorros de sangre sobre mi rostro y haciendo lodos en el suelo, que se

fue encharcando también con un aguacero errante a aquella hora límpida de mi

imaginación, porque para nada abrí los ojos, hasta que el agua insoportable y los truenos

cebados de gordura, me dejaron aniquilado, solo y borracho entre el picoteo de las

Anembrosias sacándome las tripas.



Pastor Aguiar 



Cuchillos, de Pastor Aguiar




viernes, 27 de noviembre de 2020

DE VIDAL, VIDALIA, POR ANTONIO CARVAJAL

 Para la sección Extractos críticos y De la métrica Celeste, del blog Ancile, que como verán, en ambos sitios pudiera estar perfectamente contenida, traemos una nueva entrada de mano del enorme poeta y eximio profesor Antonio Carvajal, que nos habla del libro Flores de la inocencia (Olé Libros, Valencia, 2020), del poeta José Luis Vidal, y todo bajo el título: De Vidal, Vidalia. Desde aquí nos unimos con Antonio para expresar nuestra recomendación de lectura de tan exquisito libro de poemas.


De Vidal, Vidalia, Antonio Carvajal


DE VIDAL, VIDALIA




Recibo Flores de la inocencia (Olé Libros, Valencia, 2020), previa consulta de su autor,

José Luis Vidal, que me quiere y me respeta tanto que no me pide para sí tiempo de mi

jubilación, sino que me regala frutos exquisitos y bien escogidos de horas de estudio y

de creación en la suya. Explica Jaime Siles en un ensayo sobre la Eneida que Virgilio

diseña un héroe sobreabundante de piedad y escasísimo de furor; toda mi vida he

querido ser pío, sobre todo en los años de vida que me restan, mas me mueve a furor la

intempestiva invasión de centones éditos o inéditos de quienes piensan que nada puedo

hacer mejor que consumir mis horas leyendo sus ocurrencias que, sin pudor alguno ni

respeto a mis ya escasas canas, me envían.


Repito: José Luis Vidal me consultó previamente. Y heme aquí disfrutando su palabra

medida, llena de piedad y exenta de furores, sometida conscientemente al arte de buen

trovar. Ha trazado un esquema flexible: poemas breves de nueve versos y en metros

ligeros, armónicos y oscilantes. Pocas veces alcanza el endecasílabo, combina los de

cinco, siete y nueve sílabas y, muy raramente, algún pie trisílabo. La brevedad de los

versos le permite al lector apreciar instantáneamente gallardías del pensamiento, joyas

de la dicción, y así nos conmueve definiendo su paternidad como sustancia de su anhelo

mientras se siente arrebatado por un azor azul. Piedad: lleva a su padre incorporado en

sus pulsos, laten en sus manos las manos de sus hijos, que ya se le escapan; por ellos y

en ellos se hace palabra desde su carne.


Frente a la canción trovadoresca, de gran empaque sonoro, aunque en principio sus

esquemas fueran libremente dispuestos y luego disciplinadamente respetados por el

autor, Vidal opta por la estructura breve, constantemente variada y modulada, sólo

sujeta a la cantidad de versos, siempre nueve. Ni siquiera la rima es constante y, cuando

suena, espira vocales, no se ata al tañir de las consonantes, y se desliza por los versos

pares, excepto cuando liga el final con la misma voluntad de subrayar sonoramente los

conceptos con la que nuestros clásicos cerraban sus liras y octavas y los ingleses sus

sonetos desviados del itálico modo:


A Paco Albert en su agonía


Te traigo

este breve murmullo,

humano, torpe,

impuro,

ahora junto a ti.

Y tú, harto del humo

de tantos ritos falsos,

te abrazas a mi bulto,

que ya no es tu mundo.


Hay quienes niegan el simbolismo fónico, allá ellos. Hay quienes braman contra la

rima, con su pan se lo coman. Pero poetas y lectores de mucha sensibilidad notaron que

la ú los sobrecoge o asusta o entristece, desde la famosa “unda recumbit” de Horacio a

la “infame turba de nocturnas aves” de Góngora y a este Vidal que aduzco.

¿Y qué decir del balanceo conceptual, corpóreamente sustentado por los garbosos

encabalgamientos? Óigase:


Amo las nubes. Sus vaivenes

de ser y de no ser

me afectan. Ellas nacen

de un amor sin sentido

que, azul azor,

picotea mis pétalos.

Las nubes, luces

y sombras de mi mal

de altura.


Bullen las rimas internamente, la multiplicidad de vocales tónicas diluye la oscuridad de

la u acentuada, las fricativas sugieren movimientos sordos, las laterales y vibrantes le

dan ligereza y rumor al vuelo. Vidal hace sus versos para que suenen. Digámoslos para

oírnos. Azul azor. ¡Y cómo se eleva!


Hace años tuve la dicha de editar y anotar las jaiquillas de Antonio Piedra. Hoy soy feliz

divagando brevemente sobre estas estrofas de José Luis Vidal que me han dado un

ligero quebradero de cabeza para nombrarlas. No son novenas ni novenillas, porque se

mezclan medidas y no responden a viejos ritos, como el de las coplas castellanas; por lo

mismo no son nonas ni nonillas, aunque en ellas lo par cuente menos que lo impar. Si a

una décima que el autor llamó redondilla los demás la llamamos espinela, llamemos a

esta estrofa vidalia, que para eso tiene padre conocido.



Antonio Carvajal

Motril, 24 de noviembre de 2020







martes, 24 de noviembre de 2020

BREVE REFLEXIÓN PSICOTEOLÓGICA SOBRE EL CORONAVIRUS, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos del blog Ancile, traemos la nueva entrada de nuestro colaborador Alfredo Arrebola que lleva por título: Breve reflexión psicoteológica sobre el coronavirus.




Breve reflexión psicoteológica sobre el coronavirus. Alfredo Arrebola





BREVE REFLEXIÓN PSICOTEOLÓGICA 

SOBRE EL CORONAVIRUS 



“Sueña el rico en su riqueza,
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
[…]
Pues el delito mayor del hombre
es haber nacido. 

(Calderón de la Barca, 1600 – 1681)



Sin la menor duda, la comedia filosófica “La vida es sueño” representa la producción máxima del inmortal autor madrileño, y, posiblemente, de todo el teatro barroco europeo. El pensamiento calderoniano me ha servido para confeccionar esta sencilla y breve reflexión psicológica y -¡ cómo no! - teológica sobre la terrible y letal pandemia denominada SARS-COV-2, a la que ya le he dedicado cinco artículos en sus diversos aspectos.

Sin embargo, viendo que cada día somos más conscientes de lo mal que se están poniendo las cosas, como lo vienen repitiendo al máximo los medios de comunicación social (Prensa, Radio y Televisión), a mi mente han acudido las palabras de mi inolvidable amigo – y uno de los mejores escritores granadinos – Luís Rosales Camacho (1910 – 1992), quien nos dejó escrito: “El dolor es un largo viaje, es un largo viaje que nos acerca siempre. Qué nos conduce hacia el país donde los hombres son iguales. Y yo quiero decir que el dolor es un don, porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre. Las personas que no conocen el dolor son como las iglesias sin bendecir”.

Han pasado, ciertamente, muchos años de la muerte del lírico poeta nazarí, pero sus palabras merecen ser recordadas ante el Coronavirus que ha originado una crisis económica a nivel mundial, con la tendencia de echar la culpa siempre a los otros, a los que no son de los nuestros, a quienes tienen el poder y las decisiones en nuestro país y en nuestro mundo, como escribe el P. Benjamín Echevarría en “Capuchinos Editorial. Ocubre 2020 (N.o 72). No obstante, ante este desastre, nos encontramos con una llamada a la responsabilidad de cada uno de nosotros. Y, a la verdad, de alguna manera responsables somos todos porque nos hemos ido acomodando a un estilo de vida, que nos ha llevado a donde nos encontramos en la actualidad. Lo que ineludiblemente nos conduce a plantearnos, como “creyentes” laicos cristianos, una serie de interrogantes vitales, propias de todo ser racional y pensante: ¿Qué es lo que da sentido a mi vida? ¿Cómo vivo? ¿Para qué vivo en este inquieto mundo? Preguntas, ciertamente, muy genéricas, pero obligadas dentro de las circunstancias que nos rodean y acucian a cada instante.

Breve reflexión psicoteológica sobre el coronavirus. Alfredo Arrebola
Se han apoderado de nosotros, sin la menor duda, la pena y la angustia existencial. Pero también, queridos lectores, existe un “Existencialismo cristiano” que, arrancando en san Agustín (354 – 430), ha sido expuesto y defendido por filósofos de la talla de Soren Kierkegaard, Miguel de Unamuno, Maurice Blondel, Gabriel Marcel, J. Maritain, etc.: todos ellos buscando, sin duda, ese Misterio Fontal que es Dios, escondido bajo mil nombres que las culturas le han atribuido. Dios es -escribe Leonardo Boff, Teólogo y Filósofo recientemente fallecido, Misterio no sólo para nosotros sino también para sí mismo, pues su esencia primera es ser Misterio. Él se autocomunica, y al autocomunicarse se muestra así como es: no como soledad sino como comunión de divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cf. “Cristianismo. Lo mínimo de lo mínimo”, pág. 12 (Madrid, 2013).

Por tanto, Dios, Misterio supremo, no abandona al ser humano creado amorosamente por Él;¡ni siquiera en estas tristes circunstancias de pandemia universal!. Y no olviden esos necios e irresponsables agnósticos que no todo lo que se presenta bajo el nombre de cristianismo es cristiano y, además, que junto a otros caminos religiosos y espirituales, el verdadero y auténtico cristianismo también participa de la misión común que es mantener viva la llama sagrada de la presencia divina en cada persona, en la historia y en todo proceso cósmico. San Pablo, locamente enamorado de Jesús de Nazaret, lo dijo aún mejor: “DIOS LO LLENA TODO”. Y ésta es la razón óntica de que mis reflexiones vayan siempre dirigidas a todos los que con fe o sin fe, se dejan fascinar por la figura de Jesús y ven en él “un tesoro escondido en el campo” (Mt 13,44).

No siento, pues, el más mínimo miedo de publicar a los cuatro vientos que los políticos no están cumpliendo las expectativas de un pueblo que no deja de sufrir día tras día. Sólo se ve, por desgracia, una política muy agresiva: atacar de forma teatralizada allí donde importa más quién insulta y quién menosprecia al contrario que solucionar los problemas. Como español, yo me siento plenamente defraudado: ¡ni derechas ni izquierdas, términos totalmente obsoletos y vergonzantes, para un pueblo que aspira a vivir en paz y armonía!. Las energías que gastan nuestros políticos deberían invertirlas en ayudar a España y sacarla de esta situación tan complicada, originada por el terrible y letal coronavirus. En la mente de todo español está muy firme la idea de que España necesita más que nunca a sus políticos unidos, luchando por salir de este pozo en el que estamos.

Breve reflexión psicoteológica sobre el coronavirus. Alfredo Arrebola

Es cierto, por otra parte, que son muchos y variados los efectos psicológicos que acarrea toda pandemia: ataques de ansiedad y depresión por miedo a contraer el virus, hipocondría que se apodera de algunas personas por la probabilidad a contagiarse; situaciones puntuales tales como los rumores y confinamiento domiciliario y, sobre todo, el atiborramiento de noticias repetidas al respecto en la televisión o radio, etc. No sé si es cierto lo que he leído en una revista: “Cerca del 40% de las noticias que recibimos sobre el coronavirus son falsas”.

Pero, como dice el refrán, “A grandes males, grandes remedios”, el psicólogo Jesús M. Iriarte nos ofrece algunas pautas y consejos que él ha recogido de la APA (American Psychological Association): Conocer los hechos: adoptar un enfoque más clínico a la hora de seguir la información sobre el virus, para lo que es necesario basarse en fuentes creíbles; conectarse en redes sociales puede fomentar una sensación de normalidad, como buscar ayuda adicional: personas abrumadas por el nerviosismo, tristeza persistente u otras reacciones prolongadas que afectan negativamente a su desempeño laboral o sus relaciones interpersonales, deben consultar con un profesional de salud mental capacitado y experimentado,(Capuchinos Editorial, pág. 25. No 72).

Analizada teológicamente la nefanda covid-19, pienso que la estrategia número uno es, para el creyente, la seguridad de que Cristo,¡que a tantos enfermos curó!, camina con nosotros para lograr el antídoto y podamos vencer esta nefasta pandemia. Y sigo creyendo que Dios no va a hacer milagros ostentosos. El es un milagro vivo y candente que nos lleva de la mano y trabaja con los científicos para encontrar la medicina adecuada y superar totalmente el virus. Más aún: mi corta “mente teológica” sigue afirmando que, ante la muerte de un ser querido infectado, el mejor duelo y la mayor ayuda humana está en Dios que da “la vida eterna”.Ya nos lo dejó dicho el genial San Agustín: ¡“Señor, nos hiciste para Tí, y nuestro corazón estará inquieto hasta no descansar en Tí” (Confesiones, Libro 1o).

No lo olvides, amigo lector, y reflexiona un poco: Hemos sido creados para amar y ser amados. Dios, que es amor (1Jn 4,16), nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y – cómo no! - para amarlo y también amar con Él a todas las demás personas. Este es el “sueño” de Dios para el hombre. No nos engañemos, pues, con sueños tontos. Tratándose de la vida o la muerte y del sentido de la existencia, el protagonismo lo tiene Cristo, Hijo de Dios vivo.




Alfredo Arrebola

Villanueva Mesía-Granada, Noviembre de 2020.




Breve reflexión psicoteológica sobre el coronavirus. Alfredo Arrebola






viernes, 20 de noviembre de 2020

EL MISTERIO Y LA FUERZA DE LA FE

 Para la sección Pensamiento, del blog Ancile traemos una nueva serie de entradas que versaran sobre las diferentes ópticas mediante las que se puede acceder a la cuestión de la fe, que viene a estar muy  relacionada con la problemática de lo trascendente. Y todo bajo el título de El misterio y la fuerza de la fe.


El misterio y la fuerza de la fe. Francisco Acuyo



EL MISTERIO  Y LA FUERZA DE LA FE




Advertencias, exhortaciones, éxtasis, reflexiones, discursos muy variados como tiempo y señal me mostrarían lo que custodia y cifra el grande y nunca a los ojos de la razón entendido prodigio de la fe. La fides más allá, quiero decir, de la creencia credere) que confianza pone en esta o aquella convicción supersticiosa al amparo de un credo religioso, y que quiere de forma irracional y en forma de confianza ciega, cada uno de sus principios imponer. No obstante, la acepción general del término, al menos desde una óptica filosófica, infiere un saber que ¿no puede?1  en modo alguno verificarse racional o empíricamente. 2  Los testimonios de confianza, los postulados que se adoptan como principios de demostración o de revelación ya incitan proverbialmente a toda desconfianza.3   

En este arranque argumental parece que la fe a la que nos referimos quiere fundamentarse en los valores éticos que funda el crédito y lealtad entre los hombres. Pero no es el caso, que queremos sin duda trascenderla. No puedo desprenderme del acervo cultural que me impregna como aquel individuo que vio la luz del mundo en una sociedad cristiana. Pero al margen, si fuere esto posible, de mis pocas convicciones y muchas dudas, he de reconocer que toda fe debe partir de la revelación y existencia de un Dios vivo, si es que está estrechamente relacionado con los hombres. Así la pietas 4 ha de superarse en pos de aquel criterio en el que la fe es el acto y el proceso mediante el que los seres inteligentes se ven interpelados, bien por la palabra o intervención divina,5 bien fundada en la naturaleza como medio de revelación … a creer en la existencia de lo trascendente. 6 

La fe como gracia implica que esta no es un tributo que tenga valor ante Dios mismo, más bien será su aceptación como gracia absoluta. Pero sobre todo es la decisión (Kierkegaard) de dar sentido a la propia existencia personal por la existencia de Dios. Todas y estas y otras muchas reflexiones que vendrán, está impuestas por la curiosidad de alguien que, con mente científica, no acaba de entender cómo es que personas insignes y de relieve intelectual extraordinario se decantan por la creencia en lo trascendente. La lista, de llevarse a cabo, sería aburridamente prolija.  No obstante, no por eso dejé de cuestionarme las mismas cosas durante tantos años. Pero siempre mantuve una intrigante relación de simpatía con aquellas mentes preclaras que con razón, sin razón o contra ella, defendieron su fe como razón de clara y profunda de sus existencias. 

¿Por qué tantos otros, no menos perspicaces, instruidos y penetrantes ingenios no pueden asumir estas inclinaciones como realidades que fundamentan ni su mundo ni el que les rodea?   

Trataremos de contestar a estas y otras interrogantes  al respecto en la próxima entrada de este blog Ancile.




Francisco Acuyo



1- Todos sabemos que, sin embargo, han sido muchos los intentos por parte de doctores de la Iglesia de dar cuenta racional de esta fe,  relativa a no otra  cosa que la de la existencia de Dios mismo.   
2- Enciclopedia  Garzanti de la filosofía, Barcelona, 1992, pág. 330.   
3- Al menos para quien suscribe así se suceden.    
4-Piedad entendida como la dimensión social y política, -moral, decíamos-
5-   Es el caso de la religión  bíblica y cristiana.   
6- Véase a Cicerón (Sobre la naturaleza de los dioses), por lo que también Dios puede ser objeto e estudio filosófico.



El misterio y la fuerza de la fe. Francisco Acuyo