martes, 15 de noviembre de 2022

COMENTARIO A LA CIUDAD CONSTELADA, POR ANTONIO CARVAJAL

 Me complace traer para la sección de Extractos críticos del blog Ancile, el pero interesante comentario que Antonio Carvajal, quien me autoriza a publicarlo para esta plataforma, y que hizo a propósito de la aparición del libro La ciudad Constelada, aparecido recientemente en la Editorial Entorno Gráfico Ediciones, en su colección Imago Veritas, con fotografías de Alejandro Martínez acompañando los poemas. Edición que porta un chip NFC y un código QR dirige a los lectores a contenidos adicionales entre los que se encuentra una exposición de las fotos y otros contenidos en un entorno de realidad virtual creado por Juan Francisco Navarro par la ocasión. Encabeza el texto una foto cortesía de nuestro querido y común amigo el artista Carmelo Trenado Tormo.


COMENTARIO A LA CIUDAD CONSTELADA




Tu libro es una joya. La prosa me resulta trabajosa, problema mío evidente, pues la ciencia y la filosofía se me resisten, me falta la formación generosa que no tuve de joven. En tu caso admiro la novedad del pensamiento aglutinador de saberes y dicho con un halo arcaizante que hace inconfundible tu manera. Las mismas ideas, sujetas al número en el verso, llegan directamente, estremecen el pensamiento del lector iluminándole la sensibilidad. Como ves, no analizo, trato de referirte mis impresiones de lector.

No veo en tus versos dicciones reconocibles de nuestros poetas antepasados nocturnos, Fray Luis o Francisco de la Torre. Si acaso, noto el aire contemplativo común con Fray Luis, pero en tí sin nostalgia neoplatonica, lo que en mi opinión te hace más verdadero en nuestro tiempo. Y ya que he usado la palabra terrible (escribí hace más de media vida mía "la atroz verdad del tiempo : nuestro afán de durar"), como amigo que fui de ellos, poetas que escribían de noche en el recato de la alcoba, cuánto bien me hace parar contigo el "tiempo a la orilla", acogido en el "vasto dominio" que me ofreces con Elena Martin Vivaldi y Vicente Aleixandre.

Un abrazo:


Antonio Carvajal





lunes, 14 de noviembre de 2022

ORACIÓN INTRANSITIVA 1, DE MANUEL VERGARA

 De nuestro querido poeta y amigo Manuel Vergara traemos un par de entradas para nuestra sección de Poesía, que harán las delicias de los amantes del género (y sus colaterales efectos críticos  o no), y todo bajo el título de Oración intransitiva . Lo publicaremos en dos entregas.



ORACIÓN INTRANSITIVA 1,

DE MANUEL VERGARA




  Haber crecido en Ronda no es bastante para glosar a Rilke; diferente sería si estuvieras ligeramente ido. Aún así; tras la segunda lectura: ¿ya lo entiendo? Responderé que ahí es donde me aprieta el zapato: ¿Qué es lo abierto?

  Descanso. Yo tomaré de Rilke lo que me sirva a este fin. Si él me dijera: “en verdad gritaste puro como el pájaro” (Elegía VIII), nadie sabrá mejor qué es un trallazo de libertad en este aire serrano. Ronda: físicamente, un tambor entre montañas “abiertas, como para entonar los salmos”. Ni tan siquiera Toledo -con todos esos grecos-, tiene un redor heroico ni esta hondura:

                                Mi libertad: un grito levantado

                                ¡oh, alta desprotección!: Al aire, un ala

                                o, un alma.

                                                   Vastedades,

                                espacios natatorios

                                hendidos por el ángel; las heroicas

                                montañas.

                                                  ¿Y, lo abierto?

                                (los fuertes y fronteras). De repente:

                                ¡Sin números el pecho!                 

   Desde el Reina Victoria (invierno del 12 al 13) o El Castillo (desde el 51 en adelante): abismo -cuervo puro-, ya acuñan indelebles “la última impresión” para el poeta; primera en aquel niño. El espacio compartido -¿quién se lo quitará?-, de aquella Ronda estancada: Interminable posguerra, cero industrias, palacios en ruina, callejuelas; silencios, paseos -los mismos que el poeta-: las dehesas, El Tajo, El Abanico, Virgen de la Cabeza.

  Ronda, vivero de vivencias, imprimirá carácter; mas los ojos, pasado ya su tiempo, dan  poco más de sí. Los de aquel Rilke -tan viajado ya como atormentado-, miraron todo “como para aprenderlo de memoria” y, en decenas de cartas y postales, sacadas de remotos archivos por Doña Carmen Rivas Rubiales -“Viaje al sur. Rilke en Ronda” que voy citando muy de aquella manera-, lo trasmite, fiel y


exhaustivamente, a sus muy ricas y muy aristocráticas amigas. Entusiasta promotor de su hallazgo, al que dice haber llegado por un certero instinto, acaba sin embargo con “un ver ya sobresaturado.

 ¿Cómo debe entenderse que, habiendo tantas vistas en Ronda, no tenga al fin más ojos que para la figura del pastor?: Pues sólo eso quiere llevarse a París tras diez semanas en la Ciudad del Tajo. Explicación: en Ronda dio ya por terminada “la obra de los ojos” (Abro un paréntesis: Hoy precisamente 2/9/22, la etapa de “La Vuelta” tiene salida en Ronda y en Montilla la meta: Que es como llegar de Orson Welles, Rilke o, Zuloaga, al montillano José Garnelo: profesor de Bellas Artes en Barcelona de un adolescente Picasso y, maestro -la obra de los ojos-, en el más académico realismo). Ya es inminente la crisis de Picasso: -fin de la perspectiva- y, de toda la cultura europea.

 

  Para Rilke no habrá ya otro mirar ni otra realidad que la “del grande y oscuro no-ser-más del mundo” (Trilogía española, 1) que se escapa, indecible. Pues,

 

 

                              lo nuestro es: ignorar la salida

                              de nuestra extraviada circunscripción interior.

                                                                                                    (“Al ángel”)

 

 

  ¿De qué “salida” habla? Años más tarde Heidegger lo explica: Salir de ese “recinto” interior (el, en apariencia inevitable, saberse-a-sí…, de la conciencia moderna), requiere una “educación en el pensar” que -caso del poeta-, haga una sola y única cosa “de mí y del sentimiento…”; no más. Y nada menos: Ser tan solo una cosa; tan una sola cosa como lo es el pastor con todo el cosmos encima y la nobleza de un dios. Su rebaño, su honda; “lento el paso, no leve, con cuerpo pensativo, pero magnífico”, que:

                         Alternativamente avanza y se detiene, igual que el día mismo,

                         y las sombras de las nubes

                         le atraviesan como si morosamente el espacio

                         pensase pensamientos por él.

                                                                           (Trilogía Española)

 

  Esta imagen es la que quiere llevarse a aquel “espeso bullicio” de París para disponer, entre la multitud anónima, del “silencioso alivio del rebaño”

  Lo que parece (¿) querer Rilke es un trasplante mental; ser un momento, el pastor, el campesino ruso, cuya piedad conoció: Tan pegado a la tierra//a la sierra; tan cósmicamente envuelto que el aire, morosamente piensa su pensar. Lo que es lo mismo: regresión medieval a un Dios Creador que ha hecho el cielo y la tierra; y, ha dispuesto (“la voluntad de Dios”), a cada cosa un destino. No hay mucho que objetar.

  Mas, como tal regreso es imposible, todo el discurso de Rilke será una enmienda a la totalidad de la conciencia moderna: La de aquel existente “que mora a la manera de saberse a sí mismo; cosa que no ha sido nunca ni tiene por qué ser el destino del hombre histórico” (Heidegger). Pero esto es lo que hay: un Sujeto de sí que mira, juzga y, actúa desde un presunto centro, su Yo; que -de ser sólo una evidencia pensante-, tornose en existente. “Pienso, luego existo”: Toda una truculenta mutación que sistematiza Descartes, desde que aquella noche (10-11-1619, con veinte y tres años), entre visiones-sueños, halló “los fundamentos de una ciencia maravillosa”.

  Insistimos: “El hombre se ha sublevado en la yoidad del “yo pienso”. Con esa sublevación todo lo existente se convierte en objeto (…), es absorbido como objetivo en la inmanencia de la subjetividad” (Heidegger, “Sendas perdidas”). Es así como el hombre de la modernidad proyecta y gestiona la existencia: afirmándose “frente” al mundo o, “sobre” él. No era este el caso de pastor: él estaba “en” el mundo. O, el campesino ruso o, aquel otro -permíteme un inciso-, que araba con su yunta una mañana al pie de aquella roca de Acinipo y, se entonaba cantando: Miles de años (las ruinas de un teatro romano: Ronda la Vieja) pasados; y, aquel hombre a lo suyo: Y, ese estar embebido es la envidia de este Rilke. Solución: ¿hay vuelta atrás?

                 No: esa es ya una senda perdida; una vereda ciega:

                           lo nuestro es ignorar la salida

                          de nuestra extraviada circunscripción interior     




Manuel Vergara, 

primera entrega de Oración intransitiva




sábado, 12 de noviembre de 2022

¿CALUMNIA CONTRA CASTELLET?, POR DIONISIO PÉREZ VENEGAS

 Incluímos en la sección de Extractos críticos de nuestro, vuestro sin duda, blog Ancile, este espléndido post que firma nuestro muy querido amigo y poeta Dioniso Pérez Venegas, y todo bajo el título de ¿Calumnia contra Castellet?, disfrútelo quien sepa apreciarlo.


¿CALUMNIA CONTRA CASTELLET?



¿Calumnia contra Castellet? Dionisio Pérez Venegas


Sandro Botticelli, Dante con el pinganillo puesto para oír a Gimferrer recitando el penúltimo terceto del canto XXIII del Infierno–

 



Pere Gimferrer[1]: Un poeta puede decir cosas inverosímiles, pero no cosas que no puedan visualizarse

—A mí me interesan muchísimos poetas, pero si hablamos de la poesía actual, te quiero citar a un poeta de mi generación que no tiene el reconocimiento que merece: Antonio Carvajal. Empezó a escribir al mismo tiempo que los Novísimos, pero Castellet no lo incluyó en la antología porque lo consideraba demasiado tradicional. Entonces escribía casi exclusivamente sonetos, como también hizo Brossa. También quiero citarte a Ignacio Prat, que además de crítico fue un poeta más radical que Leopoldo María Panero. Prat fue uno de los primeros en interesarse por Carvajal, pero murió muy joven.

Cosa verosímil que dice el poeta y no se puede visualizar (por ahora): Castellet no lo incluyó en la antología porque lo consideraba demasiado tradicional.

Hay quienes opinan que es una calumnia contra Castellet y se cuenta que Prat tuvo la idea, incluyó a Carvajal y Aníbal Núñez en su selección, pero Gimferrer los eliminó. Muertos Castellet y Prat sólo tenemos la buena memoria de Gimferrer, que se sabe de coro la Commedia de Dante y entiende todos los versos, y la Carta gratulatoria a J.M. Castellet[2], de Carvajal, que publicó Eduardo Salas y que debemos ser muy pocos quienes la hemos leído y entendido.

Cosa que el poeta dice mal y se puede visualizar ahora lo mal que lo dice: Carvajal entonces escribía casi exclusivamente sonetos.

O no leyó en su día, ni después, la nota previa que en 1981 Carvajal puso al frente de Servidumbre de paso[3] (editado en 1982, reeditado como “libro I” en Del viento en las jazmines), libro en el que no hay ni un soneto que llevarse a la boca, o le resulta más cómodo repetir bobadas ajenas antes que pensar por su cuenta.

Carvajal lo ha repetido multitud de veces y no se le atiende: está harto de que se repita que no es novísimo, cosa más que sabida, como si aquel pelotazo editorial fuera el canon de los cánones (lo es de las canonjías, el poeta lo dice), de que se olvide que sí está en la antología de Martín Pardo (mucho más seria y acertada; bloqueada por Jaime Salinas, de lo que no se habla), en la de José Paulino Ayuso, en Las ínsulas extrañas y en todos los sitios donde un poeta de verdad tiene que estar, como está harto de que se le insulte tildándole de barroco y de caudaloso y otras sandeces por el estilo. Admirado por quienes lo leen sin prejuicios, reconocimientos le sobran, buena bibliografía sobre su obra tiene mucha, aunque sea bienvenida la que venga porque nunca un buen libro está de más. Y sobre Gimferrer calla y otorga. Con júbilo de corazón lo canta y cuenta don Antonio Sánchez Trigueros:

 

Llevóme Febo a su Parnaso un día,

y vi por el cristal de unos canceles

a Antonio y a Vicente con doseles,

leyendo filosófica poesía.

 

Vi luego la importuna infantería

de poetas «novísimos» noveles,

pidiendo por principios más laureles

que Castellet anima y Rosa cría.

 

Pedíle yo también por estudiante,

y díjome un bedel: «Trigueros, quedo;

que no sois digno de laurel triunfante».


«¿Por qué?», le dije; y respondió sin miedo:

«Porque los lleva todos un tratante

para hacer escabeches en Laredo».

 



[1] https://cronicaglobal.elespanol.com/letraglobal/letras/poesia/gimferrer-yo-no-creo-cultura-popular-no-pueda-ser-alta-cultura-dependera-como-se-use_738509_102.html

[2].De sombras y de sueños. Homenaje a J. Mª Castellet, Eduardo A. Salas, ed. 2001 Barcelona, Península, 2001(Ficciones, 41), pp. 15-26

[3] Servidumbre de paso. [Nota previa del autor; edición bajo el cuidado de Fernando Ortiz]. [Sevilla, Calle del Aire, 1982] (Calle del Aire, 14), reeditado como “libro I” en Del viento en los jazmines (1982-1984). Madrid, Hiperión, [1984] (Poesía Hiperión, 73) y en Setiembre en los jazmines. Introducción de Manuel García. Atarfe (Granada), Entorno Gráfico, D.L. 2017 (O gato que ri, 5), además de Extravagante jerarquía (1968-2017). Edición de José Luis López Bretones. [Valladolid], Fundación Jorge Guillén, [2018]. 2 volúmenes. (Véase José Manuel Fuentes García, Antonio Carvajal: Bibliografía (Ensayo de una guía descriptiva) en Júbilo del corazón / Homenaje al poeta y profesor Antonio Carvajal, Antonio Chicharro y Antonio Sánchez Trigueros (eds.), Editorial Universidad de Granada. 2012,  isbn: 978-84-338.


¿Calumnia contra Castellet? Dionisio Pérez Venega


jueves, 10 de noviembre de 2022

AMENAZA DE GUERRA, DE PASTOR AGUIAR

Bajo el título Amenaza de guerra, traemos un nuevo post para la sección de Narrativa del blog Ancile, relato de nuestro amigo y excelente narrador Pastor Aguiar.



AMENAZA DE GUERRA

 

 




Y aconteció que un amanecer, por los límites entre el terreno de pelota y el cañaveral, vi al ejército prusiano en zafarrancho de combate. Iban de norte a sur, marchando disciplinadamente al ritmo de los tambores. Era una larguísima columna de por lo menos ocho filas de soldados con sables al cinto y fusiles al hombro. Usaban uniformes donde sobreabundaba el rojo. Las cabezas protegidas por cascos con penachos. Podía escuchar las pisadas, sentir los temblores rítmicos de la tierra en el patio de mi casa.

La distancia que me separaba de la tropa sería de unos cien metros. A la derecha de la columna iba, con el sable desenvainado, el general Godofredo. Aunque yo no podía ver a sus enemigos desde mi posición, los imaginaba como una masa de lugareños atrincherados más allá del callejón hondo, en la finca de tío Bernardo, llamada Revacadero. Cerca de la casa de tío debían tener su estado mayor los rebeldes, armados con arcos y quién sabe cuántas otras armas, muchas improvisadas. Pensé que también tendrían caballos fieros y perros antropófagos.

La tensión se respiraba, la sangre aún en las venas enviaba su olor premonitorio, como una densidad sin cuerpo tangible.

Yo padecía el contagio bélico, y el miedo me convirtió en estatua viva.

De repente el general dio la orden de alto y con voz ronca pero poderosa como cañonazos, dijo.

_ ¡Escuchadme todos, voy a establecer contacto con el jefe de ellos para dejar bien claras las reglas de la batalla! ¡Aquí mismo se inicia una nueva era!!Que nadie me siga!, ¡y si al cabo de sesenta minutos no estoy de vuelta, arrásenlo todo a la redonda!

Yo sentí un frío de muerte, incapaz de huir hacia los montes gordos, a poco menos de tres kilómetros a mis espaldas.

El jefe salió con paso de ceremonia, hinchando el pecho como los pavos reales, hasta que el callejón hondo se lo tragó.

La tropa murmuraba, mientras revisaba el armamento. Creo que anhelaban el combate.

No pasaron cuarenta minutos cuando Godofredo regresó, ahora caminando con desenvoltura y sonriendo.

_ Hemos pactado una paz de cien años, al cabo de los cuales serán nuestros descendientes quienes la ratifiquen, o decidan desguazarse definitivamente.

Con el eco de las últimas palabras del general llegó un viento desde el oeste que lo barrió todo, y el batey volvió a ser aquello de siempre, apenas una docena de casas de madera con el terreno de pelota al centro, y yo allí, desde el patio, iniciando al fin el viaje al comedor, porque el desayuno estaba listo.

 

 

Pastor Aguiar

 



lunes, 7 de noviembre de 2022

¿ËCHATE O ECHA TÉ?, POR ANTONIO CARVAJAL

 Para la sección de Extractos críticos del blog Ancile, traemos una nueva entrada, divertidísima, del poeta, profesor y queridísimo amigo Antonio Carvajal, bajo el título: ¿Échate o Echa té?,  de cuya retranca y ocurrentes peculiaridades ortográficas no se hace responsable este blog ni el responsable que lo dirige.



¿ËCHATE O ECHA TÉ?,


POR ANTONIO CARVAJAL


 



Aunque la Papal Academia Vaticana haya sindicado a los santos arcánjeles y reducido al 29 de setiembre, Córdoba sigue celebrando el patrocinio de san Rafael el día 24 de octubre. Hay que estar informado de esta permanencia de patrocinio y festividad para entender, entre otras muchas materias artísticas, algunos cuadros de don Julio Romero de Torres, ese romance de san Federico García (digno de una emperatriz), y no pocas coplas de autor desconocido, como aquella soleá que canta "Válgame san Rafael, / tener el agua tan cerca / y no poderla beber". Pues bien, lo que pierde el Vaticano se suple con bonhomía cultural desde ONU/USA y así el 24 de octubre ha pasado a ser Día de las Bibliotecas. No conozco persona humana de jénero femenino que en número singular ostente tan lindo nombre, pero no me estrañaré si me dicen que hayla, como no conozco ninguna Juana de Dios que haya mudado su nombre por Mujer Trabajadora, ambas con onomástica el 8 de marzo. Sobre los nombres laicamente adecuados para los otros jéneros (masculino, común, epiceno, ambiguo y neutro) escribiré en sus días señalados.

    Ocuparme del 24 de octubre lo hago con silencios que me impone la piedad y voces en el desierto de Sonora que me dicta la razón. ¿Sabe mi lector (voz de jénero común en su inicio) que México concentra un tercio de hablantes del español y que su Academia Mexicana de la Lengua Española no acató la ortografía de 2010 que el resto de academias de lo mismo impone a sus escribientes? Apenas los hablantes de nacionalidad española alcanzamos a ser un diezmo, mas como nuestra Academia es Real se considera por encima de las restantes (republicanas, pobrecillas) y nos esije acatamiento aún a sus dictados más dictatoriales y menos racionales. En mis cortas luces, no alcanzo por qué escribir atildadamente el pronombre ti se considera una falta de ortografía cuando en realidad es una sobra, pues no es económica una ecepción en un conjunto cerrado de tres elementos (mí, tí, sí) ni esa censurada tilde perturba lo más mínimo, ni una tilde siquiera, la comunicación, pues se niega a los ojos pero consta al oído y, ya metidos en este berenjenal, para qué sirve atildar el té de las 5 cuando le pedimos a nuestra grata compañía “echa té” y en vez de verter la infusión en la taza se tiende en el sofá? Resumo: soy un ardiente defensor de la pulcritud de nuestra Lengua, no me canso de estudiarla y la paladeo con gusto y la recuerdo con melifluo retrogusto si la recibo armonizada por nuestros grandes escritores en cuyo uso esplende. Pero admite la Academia el uso de la conjunción “o” como enlace de los dos miembros finales de una enumeración ejemplificadora, uso que me parece muestra de confusión mental y perezoso contajio de lo peor, y no piensa en la conveniencia de aceptar el apócope de la preposición para (pa), ni sus resultantes adverbios de dirección, olvidando que la lengua está viva, que adelante es un aglomerado de palabrejas latinas (ad-de-in-ante) debidamente compactadas por el español y que esa tendencia aglutinante actúa en el habla fértil y reduce con garbo y buen uso la construcción “para adelante” y la deja en un palante más breve y con el mismo pleno significado. En cambio, nuestros académicos dominantes pierden el tiempo en definir, o sea, poner fines o lindes, al indefinible por estensísimo jilipollas, sin darse cuenta, aysé, de que la jilipollez no tiene fin, sencillamente se muestra con el índice para señalar un ejemplo. Velay (que se usa poco).

    Y, mientras, los retoños del dómine Cabra balan (o sea, disparan con cañón), trinan y trenan contra quienes atildan el ti, los suspenden, les hacen repetir curso, fracasar en oposiciones, perder la autoestima y hasta llegar al suicidio. Se me dirá que tí, así, con su tilde, es un dígrafo, que obliga a dar dos teclazos en el ordenador, pero ¿todos los escribientes del español tienen personal computador, teléfono móvil y claqueta? ¿Tan ricos nos hemos vuelto los hispanógrafos? ¿Recuerda alguien que los primeros teclados no tenían la ñ y al usarlos nos deseábamos en el momento oportuno “feliz ano nuevo”?

Así nos sea.

 

Antonio Carvajal

Motril, 2 de octubre-5 de noviembre de 2022, con puente laboral por medio.






viernes, 4 de noviembre de 2022

SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 3

 Ponemos punto y final a la serie de post intitulados Sobre la individualidad poética, con su tercera entrega, para la sección de Extractos críticos del blog Ancile.


SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 3



SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 3, FRANCISCO ACUYO


Aquel reflejo moral del mundo sustentado por el logos para llegar al ethos requiere un propósito justo para sí, que sólo puede alcanzarse mediante la dignidad de ser individuo digno de respeto.

Reflexionaba, insisto, en aquella exposición, que la aspiración de aquel ethos era (y es), sin duda, el impedimento de la destrucción personal (y por ende social), por lo que sigue pareciéndonos igual de indiscutible ahora que entonces, y que esa ética ha de estar basada en la excelencia humana (areté) que indaga en la justicia, en la verdad y el bien, y que precisa de la aspiración sincera a la bondad, pero, ¿dónde ha quedado en nuestros días aciagos esta fundamental aspiración?

Pero lo cierto es que vivimos la era de la postverdad (posmodernidad), que lo pone todo crudamente en entredicho, y la socialización de aquellas obras que deben ser verdad para todos pierden la esperanza de su autenticidad, que no es otra que la que aspira la anthrópeia philosophía (filosofía de las cosas humanas) y que atañe, insisto, inevitablemente a cada individuo.

No hace falta mucha imaginación para percibir hasta qué punto es disparatado el mundo de los conceptos y del lenguaje en nuestra época, y lo imposible que puede ser desarrollar un proyecto ético genuino, si se pretende recusar los antiguos e indispensables parámetros ético-filosóficos, y cómo, incluso, una de las manifestaciones del arte (literario) más antiguo y genuino, cual es la poesía, acaba diluyendo sus principios más básicos de construcción, expresión y entendimiento en la nanidad de nuestros días, si hemos de dar la razón a los censores cínicos, inclinados al rechazo irreflexivo de la indagación e invectiva de lo auténtico.

Debemos, pues, reconocer que el antidualismo característico del pensamiento posmoderno llevó, sin embargo, a los otros que querían rescatar de la postergación y la inadvertencia, al olvido de su ser individual, donde los marginados y oprimidos son también producto descuidado de su ser común, que no es otro que el individuo.

Su atención obsesiva al cuestionamiento textual y el giro lingüístico exacerbado, me pregunto, si no les hace obviar las manifestaciones más genuinas del lenguaje como es la poesía, donde se enfrenta singularmente la realidad de dicho lenguaje común, con otra más profunda y conectada con lo que muy bien pudiese considerarse como lo más universal de todo individuo: su ser como algo que pudiera o, al menos debiera ser duradero, verdadero y manifiesto en su personalidad en cualquier hora y lugar.

SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 3, FRANCISCO ACUYO
Es así que el poema, cada poema es una realidad sujeta al poeta y, por supuesto, a quien lo lee, saborea y suscribe en su personal exégesis, pues uno y otro no son sino un individuo, acaso el mismo. Puede una verdad cuestionarse, pero no la universalidad de esta anclada en la diversidad de cada persona individual, máxime si está rememorando que la totalidad de lo que somos como humanidad es algo gracias a esa individualidad que persigue la verdad del ethos y la inviste de dignidad (dignitas, decíamos) para cada ser humano.

            Cabe preguntarse si otra de las singulares características, acaso más perniciosas de esta intelectualidad posmoderna, ha sido su apego al materialismo más irracional, a veces, recalcitrante (así lo dejaron manifiesto algunas de las mentes críticas de dicha posmodernidad). No deja de resultar curioso que esto suceda cuando, a través de los descubrimientos y reflexiones extraídos de la misma ciencia (física cuántica, relatividad, teoría del caos…) se muestra que dichas presunciones absolutas (como lo fue el tiempo y el espacio, por ejemplo) no han servido de gran cosa para acercarse a la realidad, ya que se ofrecen como principios y patrones positivos materialistas, cuyo dogma de fe generalmente admitido,  ¡es una realidad científicamente indemostrable! que ha impedido e impide ir un paso si quiera más allá con el que mostrar sus inevitables límites, y con ellos, que en realidad, no sabemos todavía con certeza cosas fundamentales que presumíamos sabidas, sirva como ejemplo: qué es y de dónde viene la misma materia.

Si hacemos una reflexión breve sobre los principios básicos de la intelectualidad posmoderna, no dejamos de recabar una vez tras otra información básica de sus evidentes deficiencias ; sirva de ejemplo: el escepticismo hacia las teorías universalizadoras (Lyotard) se centra en la supuesta alienación tecnológica, pero nunca sobre lo esencial de esa enajenación, si impuesta en el ser y en la existencia de cada individuo, y aunque se critique el lenguaje impuesto como realidad por la modernidad, para esclavización colectiva, y puesta a punto para el utilitarismo y la efectividad, no se pone tampoco suficiente énfasis en el lenguaje subjetivo, ¿inútil? y creativo por excelencia cual es el de la poesía, y que no puede ser un juego del lenguaje, pues nos habla de una verdad más profunda por ser profundamente individual.

            Otro ejemplo lo podemos ver en el simulacro de los modelos virtuales de la modernidad, que, si bien son los modelos evidentes de la alienación, no lo son tanto social como del individuo que observa cómo socialmente se construye el artefacto de una realidad (hiperrealidad según Baudillard)[1] desvirtuada, que olvida lo sustancial del individuo y que en el fondo de su ser quiere pasar del pensamiento netamente discursivo a otro, articulado, mediante un lenguaje que revalorice el ser a través de la acción vital y creativa, que rebase la automatización del razonamiento y análisis lógico para optar por una vía de reafirmación de la persona que quiere contemplar activamente el mundo y así misma. O si, atendemos a aquella Babel informativa de la modernidad (Vattimo) que se produce en masa para las masas, nunca para la formación y el crecimiento del individuo, pero, ¿atendemos al origen del acto que hace ser al individuo? ¿Nos preocupamos por aquel nous aristotélico mediante el que nos contemplamos inteligentemente en lo más íntimo de nosotros mismos? ¿Hasta dónde llegó el impulso posmoderno en cuestiones de tan profundo calado? Ahora bien, ¿si hemos perdió toda conexión con las raíces más profundas del ser individual por el implacable avance de la inhumana tecnología, ya no somos capaces de escuchar el logos cósmico que, sin duda, todavía reside más o menos secretamente en las conciencias de cada individuo? Por eso lo del poema de Aleixandre que nos integra como criaturas únicas en el mundo. Si la Era del vacío (Lipovetsky)[2] de nuestra sociedad posmoderna impone su ley, ¿a qué responde que esa crítica posmoderna no acabe de calar en el alma del individuo actual si no es porque dicho individuo no está ahí, en el Da- sein (Heidegger), en el presente individual de las cosas, que no es sino el misterio de la existencia, y cuyo enigma trasciende cualquier marco de referencia instrumental o tecnológico?

Todas estas interrogantes han de servirnos para descifrar y evaluar las ausencias y silencios ontológicos, fenomenológicos y epistemológicos ante determinados acaeceres y realidades que afectan plenamente al individuo que siente, reflexiona y que trata de entender y a su vez entenderse en el mundo. Para comprender el célebre imaginario (de Castoriadis)[3] en donde se dice que subyace el origen mismo del pensamiento y del lenguaje que está más allá de cualquier logicismo, si está incardinado en las relaciones simbólicas de las que es capaz, y si no pueden entenderse ni las analogías, ni las sensaciones ni las metáforas, es muy difícil justificar su realidad, que se aviene al sujeto, cuya conciencia es y debe ser individual, y con él establecer parámetros creíbles sobre la creación humana

Insistimos que la poesía, en su subjetivismo es una muestra palmaria de este necesario e importantísimo reconocimiento de la individualidad. El imaginario colectivo no es sino el sincretismo de la actividad y hacer del individuo.

El legein del lenguaje[4] como representación identitaria de lo social no es nada sin la persona que lo produce, y cuya lógica (logos) se sitúa más allá de una representación social, si realmente aspira a ser profundamente creativo. Esto puede constatarse en la expresión poética, que supera el teukhein[5] instrumental (comunicativo) del lenguaje para ser creación viva, conocimiento y expresión de lo más íntimo del individuo, que ha de despertar el corazón sin que la tiranía del pensamiento robe, todo simulacro, la verdadera vida.

Mucho se ha hablado de la necesidad de una revolución del uso del lenguaje. Se ha preferido el reproche por el silencio antes que perecer por el abuso de las palabras. Pero, ¿qué modo de expresión sería este? Tanto valdría aspirar a articular un verbo estelar para comprensión de todos los astros que hallar un lenguaje suficiente satisfactorio para cualquiera logomaquia de razón que no pudiese mentir o ser falseada. No obstante, hay un lenguaje singular, el poético, que pasó inadvertido por apercibirse adulterado al calificarse como literario (tanto al moderno como al posmoderno intelectual), ¿No será en el fondo por no ir conducido siempre por juicios de razón?

En la observación del lenguaje poético contemplamos al individuo a través de un verbo trasgresor de la norma lógica, que supone  la superación de la lengua en su sistemática formal, y lo hace para hablarnos como lo hace la misma naturaleza a través de los árboles, los manantiales, las montañas, las estrellas… pues todos ellos forman parte del anima mundi que activa el pulso orgánico del universo, y el no menos vital de la poesía, puesto que los símbolos, metáforas, analogías verdaderamente poéticos no son en modo alguno lineales y mecánicos, forman parte de la organicidad del cosmos que llega a nosotros por la experiencia individual y ontológica de la existencia del ser en el mundo. El poeta verdadero sabe que: El mundo es de hecho un ser viviente dotado de alma e inteligencia,[6] son las criaturas en la aurora del poeta que, en fin, nos hablan como:

 

 inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.





Francisco Acuyo



[1] Baudillard, J.: Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 2007.

[2] Lipovestky, G:: La era del vacío, Anagrama, Madrid, 1998.

[3] Castoriadis, C.: La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets, Barcelona, 1977.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

[6] Platón, Timeo, Obras completas, Aguilar, Madrid, 1997, Pág. 567.


SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 3, FRANCISCO ACUYO


martes, 1 de noviembre de 2022

SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 2

 Siguiendo con el post intitulado Sobre la individualidad poética, ofrecemos su segunda entrada, y todo para la sección Extractos críticos, del blog Ancile.



SOBRE LA INDIVIDUALIDAD POÉTICA 2



Sobre la individualidad poética, 2, Francisco Acuyo



Si es cierto que uno capta lo que es absurdo antes de conocer aquello que no lo es[1], acaso no podemos dar por sentado en el discurso posmoderno, que se dice persigue con claridad el fin de lo social alienante sobre lo necesario individual; cuestionamos nosotros los principios sobre los que pretenden asentar su crítica, por eso decía al inicio de este tratado: Cuando hablo y pongo en cuestión a la persona, al individuo, no hago sino invocar, no tanto el recuerdo, sino la realidad propios del relato (que no metarrelato) de lo que sea el ser mismo. ¿Es con esta precisión e intención ontológica como plantea y vindica la individualidad el juicio posmoderno?  Más más adelante añadía: No sé, si en su afán de emancipación de la humanidad se pierden en exquisiteces intelectuales e ideológicas, de las que pudieren ser versados y hábiles tejedores (tergiversadores), pero, a mi juicio, olvidaron en el fondo que aquella humanidad está conformada por la inquietud existencial de sus individuos en cualquier época.

Así las cosas, verán que en esta exposición no hago sino cuestionar posicionamientos que acaso, en el devenir cultural de la posmodernidad, encuentran mi personal y humilde duda y objeción, aunque, como expresaba en el anterior trabajo mencionado: No es esta exposición un combate teórico a ultranza contra la conjetura posmoderna, sea más bien, acaso, un simple encuentro, en modo alguno aborrecible diatriba. Así, digo que, en lo que el ideólogo posmoderno quizá no pone énfasis suficiente será en el valor de verdad que reside en todo individuo. La noción pues, de individuo, es fundamental (pues ella encierra la dignitas) para el consecuente respeto hacia cada ser humano, cuya idiosincrática humana individualidad, supone una verdad incuestionable.

 El ethos o valor moral innegociable de aquel dignus que es propio de cada uno, se dice que es siempre inestimable. La acción de dignificar (dignificare) equitativamente a cualquier persona es fundamento básico de cualquier reconocimiento a todo hombre, el cual, a su vez, será dignatario de ese principio básico de reconocimiento, por lo que nos parece franca y extraña contradicción que, de la doctrina posmoderna, se extraiga una verdad que pueda pasar por una excrecencia especulativa, y l

Sobre la individualidad poética, 2, Francisco Acuyo

a quieran echar con las cosas sobrantes (si toda verdad es cuestionada)  y que no pasan de  formar parte de un detrito informe solo digno del olvido
. Y terminaría añadiendo una nueva interrogante: ¿dónde quedó aquel concepto de la filosofía y la ciencia griegos que tiende hacia valores incondicionales que aprehenden y pretenden la verdad?

El exilio sometido a conceptos como el de espíritu, basado y ligado al individuo, decíamos, es algo a día de hoy, parece que insostenible, ante todo porque este espíritu individual se manifiesta por el hecho de ser en el devenir histórico del mundo. Pero es evidente que este examen de lo histórico no es y no puede suponer una relativización de los valores. No podemos ni debemos rechazar la conquista del espíritu (individual), aunque sea solo como bien cultural, que desde luego no es poco.

Continuaba considerando que: Si todo lo que atenta contra la dignidad humana es intolerable por indigno, cabría reflexionar, si en la actualidad, más allá del pensamiento moderno y posmoderno, aquella Oratio de hominis dignitate[2] de Pico de la Mirandola, tiene alguna vigencia, sobre todo ante las continuas y grandilocuentes referencias a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que resulta más chocante es que, desde estas doctrinas críticas hacia la modernidad ni siquiera se haya planteado con contundencia, que es el individuo quien pone esta cuestión de la dignidad desde la perspectiva personal más básica: todo se fía a una virtual humanidad que parece dejar de serlo por culpa de los evidentes excesos tecnológicos de la modernidad, y cuando deberíamos saber, recordando la sentencia de Shakespeare, que “el fin corona todo, y ese viejo arbitro común del universo, el Tiempo, acabará con todo un día”.[3]

Creo, en fin, observar, no obstante, de sus críticas, una cierta falta de respeto a lo más hondo de la humanidad individual, que es su ser más íntimo, y que esta irrespetuosidad tiene un influjo realmente nocivo, cuando proviene del centro mismo de la vida pública y de sus responsables ejecutores en cargos de la vida política. Sin embargo, estos políticos buscan albergue en lo relativo de cualquier verdad, para justificar así mismo cualquier extravío y desvarío de los que estamos acostumbrados a ver que acometen sin ningún pudor hacia la vida pública y personal.

Vierten aquella insidiosa sugestión (Glusckman) que cuestiona la misma verdad para ofrecerla como un sin sentido o una quimera irrealizable.[4] Por eso también decía que, en forma de interrogante: ¿cómo es que se falta el respeto de manera tan evidente a sí mismo el ser humano en la actualidad, si ni siquiera se tiene en cuenta la primordial individualidad y no se lee con atenta detención su ser existencial?

Acaso deberíamos afrontar esta interrogante dirigiendo nuestra mirada hacia aquellos hombres ejemplares que debieran ser modelo para cualquiera que pretenda respetarse a sí mismo, y plantearse si hay alguno en lo más prominente de la vida pública entre nosotros. Parece, a primera vista, que no es nada fácil de encontrar un sujeto con esas características en este ámbito social de responsabilidad política, y por tanto pública. Si, pongamos que los mandatarios, modernos y posmodernos, no se respetan a sí mismos poniendo en contradicción continua el valor de su misma palabra (es tristemente constatable que nuestros próceres políticos mienten más que respiran con todo desparpajo y sin vergüenza alguna), ¿dónde hemos de mirarnos, no ya como sociedad, sino como individuo particular para ser coherente con aquella dignitas latina, y no digamos con el ethos griego?



Francisco Acuyo




[1] Gluksman, A.: La estupidez: ideologías del posmodernismo, Planeta Agostini, Buenos Aires, 1994, pág.14.

[2] Mirandola, P. de la: Discurso sobre la dignidad del hombre, Winograd, Buenos Aires, 2003.

[3] Shakespeare, W.: Troilo y Cresida, Obras Completas, vol. IV, Aguilar, Madrid, 1982, Pág. 293.

[4] Gluksman, A.: op. cit. pág. 59.



Sobre la individualidad poética, 2, Francisco Acuyo